Pues yo aquí de nuevo, actualizando Celaje. Había estado un tiempo ausente por motivos personales, y este vez no fue el internet el causante de ello! XD
Tuve un pequeño bloqueo con este capítulo pues quería cumplir las exigencias tanto de ustedes los que leen como las también las mías, tuve que reescribirlo varias veces hasta que anoche por fin me llegó la inspiración y escribí como diez páginas en mi cuaderno que son todo este capítulo.
Agradezco a Taylor Swift, Foster the People, F.U.N., y Miley Cirus por inspirarme a escribir este capítulo, si prestan atención podrán ver que hay algo de las canciones de ellos en este capítulo, específicamente de: Red, Safe & Sound de Taylor Switf, FUN con We are Young, We can´t stop de Miley Cirus y Houdini de Foster de People. Obviamente algo distorsionado el sentido de estas pero sí, esta presente.
Espero que les gusta esta ida de Dante al psicólogo.
Capítulo V
Después de una larga discusión sobre mi ida al psicólogo no me quedó de otra que hacer lo que ella decía. Para mi era una total pérdida de tiempo, yo no tengo nada que superar y aún no me creo totalmente la historia de las postales malditas ni nada de eso, sin embargo aún no consigo una explicación razonable para todo lo que ha pasado en tan corto tiempo.
Subí a mi cuarto a regañadientes, me rehusaba totalmente a ir con alguien para que me dé consejos sobre algo que yo soy el único que puede solucionar, además si necesitara desahogarme tengo a Chris pero… tampoco sería justo para él, pues el está en una situación similar a la mía con todo esto; no quisiera que lo que está pasando también le salpique a él.
Busqué la ropa en el armario y fui al baño, en total me tomó como treinta minutos en estar listo porque quería tardarme todo lo posible para ver si mi mamá cambiaba de opinión, cosa que en realidad dudo, una de sus cualidades es que es perseverante; nunca se da por vencida y siempre hace hasta lo imposible por obtener lo que quiere.
—Hablé con tu papa, él esta totalmente de acuerdo con que te lleve al médico —dice cuando aún estoy bajando las escaleras para ir hacia la cocina—. Dice que es la mejor forma de ayudarte a cargar con todo esto.
Ella aún no está lista, aún le falta peinarse y maquillarse, lo que me da más tiempo alrededor de una hora por lo que vendríamos saliendo a la una de la tarde y con algo de suerte tendré suficientes personas adelante como para que no me atiendan.
—No me importa. De verdad no me importa en lo absoluto, no necesito a nadie que me ayude a superar la muerte de una compañera con la que apenas compartí. ¿Sabes para que sí necesito ayuda, y no solo de uno sino de miles de psicólogos? Para entenderlos a ustedes, para adaptarme a todo esto de la familia feliz y la gran imagen que quieren proyectar a la sociedad para “mantener nuestros intereses” —dije. Un tono de frustración era perceptible en mi voz, todo esto salió desde mis adentros y no lo pude contener, lo dije involuntariamente y me sentí desahogado. Pero sabía perfectamente que esto la iba a herir, no sólo a ella sino a todos.
—Da… Dante —dijo mi madre sorprendida, al parecer las palabras no podían salir de su boca.
—¿Dante qué? Sé lo que vas a preguntar, ¿qué te falta si tienes todo lo que quieres? Y es cierto, en cuanto a lo material no me falta nada, pero… ¿ustedes acaso son materiales? Nunca están aquí, nunca podemos hablar; ¡a veces ni siquiera nos vemos durante meses! ¿Crees que eso es justo?
—Dante… no pensé… no pensé que te sintieras así –era más que visible, sus ojos se humedecieron y repentinamente las lágrimas caían por su rostro como pequeños ríos atravesando una montaña.
—¿Y… —al verla llorar mi corazón se achicó— cómo ibas a saberlo…? —de pronto bajé mi tono de voz hasta que no fue más que un susurro y luego mi voz era de compasiva— Lo… lo siento, no quería lastimarte, perdóname —la abracé fuertemente como nunca lo había echo en mi vida, de pronto todo ese rencor que había sentido secretamente durante años se había ido y ahora estaba llorando junto con mi madre.
—¿Sabes qué? Definitivamente debemos ir al psicólogo, no solo tú, sino todos nosotros. Voy a llamar a Henry —me dio un beso en la cabeza, se soltó de mis brazos y secó sus lágrimas. Después subió las escaleras con su teléfono en mano mientras marcaba teclas.
Quedé en shock, literalmente, sabía que las personas, más las mujeres podían ser manipuladoras pero jamás había visto a una mamá en acción. El tiro me salió por la culata y ahora no iba a ir al psicólogo una sino quién sabe cuantas veces y acompañado de mis papás; todo me había salido al revés de lo planeado. Pero estaba decidido a no jugar este juego, tenga que hacer lo que tanga que hacer, si es necesario mentiré.
Mientras yo me recobraba de aquella escena, mi mamá estuvo lista y bajó para irnos.
—Dante, vamos o llegaremos tarde.
—Voy —dije con desgano.
Ya en el auto me limité a observar por la ventana sin ver nada en realidad, solo estaba sumido en mis pensamientos cuando el sonido de mi teléfono me volvió a la realidad. Era una llamada… de Chris.
—¿Dante? —preguntó él cuando contesté.
—Sí. Dime.
—Oye ven aquí para que veas algo. ¿Recuerdas las fotos que tomé en clases, cuando el problema de la profesora Floppy y todo eso?
—Si, sí. Claro que las recuerdo ¿Por qué?
—Pues he descubierto algo anormal en ellas. ¡Ven rápido! —exigía. Su voz era algo confusa, parecía alegría y enojo al mismo tiempo.
—Ya voy, dame cinco…
Mi madre me arrancó el teléfono de entre las manos y comenzó a hablar sin dejar de ver el camino. Con una mano al volante —Él no va a ningún lado ahorita Chris, está ocupado.
—Pero señora…
—Pero nada Chris, ahorita está ocupado y no puede ir. Quizás mañana —yo solo observaba desde mi asiento, confuso por lo que acababa de presenciar. Me había quitado el teléfono para hablar ella en mi lugar, eso jamás había sucedido.
—Esta bien señora Esser.
Después de esto Chris colgó la llamada y yo tomé mi teléfono de vuelta.
—¿¡Pero que acabas de hacer!? —grité atónito.
—Lo que debí haber hecho hace mucho tiempo. Ocupar mi papel como buena madre.
Solo solté un pequeño gemido de rabia, y durante todo el camino no le volví a hablar más.
—Llegamos —dijo mientras detenía el auto en el estacionamiento de la clínica.
—Que mal —fue lo único que dije mientras me bajaba del auto y cerraba de un portazo.
Mi madre andaba vestida formalmente como si fuese una empresaria que va a una reunión de negocios; una falta azul, ceñida al cuerpo que resaltaba las curvas naturales de sus piernas, trasero e incluso sus pechos.
Se veía muy bonita, ella es muy bella y eso es algo que no se puede negar, cualquier hombre moriría por estar con mi madre, pero ese no era mi caso; por más que quisiera no podía verla con otros ojos más que los de un hijo que, al igual que ella, es sobre protector. También llevaba una camisa mangas cortas blanca y encima un chaleco del mismo tono azulado de la falda. El cabello lo traía arreglado en un simple pero bien hecho moño o “cebolla” como ella acostumbra a decirle; y por último sus favoritos… tacones. Cada par es más alto que el anterior y este no es la excepción.
—¿Venimos a una reunión de trabajo o al médico? —pregunté con indiferencia.
—Un poco de ambas, el doctor Henry es mi cliente así que tengo que estar presentable en todo momento.
Recorrimos la poca distancia que separaba nuestro auto de la puerta de la clínica en pocos segundos, que fueron largos para mí. Mi madre sostuvo la puerta de vidrio para que yo entrara lo cual hice pero sin ganas; en realidad quería salir corriendo de allí.
Odio a los psicólogos por una razón: te sacan todo lo que quieren saber envolviéndote en trampas mentales poco a poco sin que te des cuenta, y cuando reaccionas ya es demasiado tarde porque él o ella ya lo sabe todo y tú mismo has sido quien se lo dijo.
Cuando llegamos a la sala de espera, ésta estaba completamente vacía. Los tres sillones de líneas simples y color beige estaban solos. Sin nadie que les hiciera compañía ni disfrutara de su comodidad.
—Siéntate —ordenó mi mamá, mientras tocaba la puerta del consultorio.
—Adelante —dijo una voz proveniente del otro lado de la puerta.
—¿Henry? Soy yo Madeley.
—¡Madeley! —dijo con euforia el hombre mientras abría la puerta. Luego le dio a mi mamá un beso en la mejilla y ella se lo devolvió.
—Hola Henry. Vengo a mi cita con Dante.
—Perfecto, pasen adelante. Hoy he venido exclusivamente para atenderte a ti, este siempre es mi día libre —exclamó con su voz grave, mientras se dirigía a mí.
—Se hubiera quedado en su casa haciendo lo que tenía que hacer en vez de venir. No se imagina el favor que me estuviera haciendo —respondí con brusquedad. Mi madre apretó mi mano.
—Oh, Henry. Por favor perdónalo, es que lo que ha pasado últimamente lo ha afectado mucho.
—No te disculpes Madeley, es de lo más normal; todos los adolescentes se rehúsan a venir aquí. Creen que pueden con todo y que no necesitan ayuda.
Después del pequeño intercambio de palabras, él y mi madre se dieron un pequeño apretón de manos y un abrazo, otra vez. Típico en ella con todos sus amigos.
—Bueno Dante, pasa a mi consultorio por favor. Siéntate en el diván.
—No me queda de otra —caminé con muchos desgano, pero no podía desobedecer a mi mamá y armarle un espectáculo frente a él; nunca lo hice cuando pequeño y esta no sería la primera vez.
Entré y me senté en el diván de color negro y líneas sencillas que estaba junto a la ventana, al frente de éste estaba el sillón que él va ocupar durante nuestra cita de una hora. Eso es… la hora.
Busqué un reloj por toda la habitación y vi uno en la pared al lado de la puerta, aquello era perfecto podría mirarlo medir el tiempo y saber cuanto falta para salir de la tortura. Ya tenía un plan que tenía que seguir al pie de la letra, evitar decirle cualquier cosa que le permitiera hacer un análisis sobre mí.
Henry entró al cuarto, cerró la puerta y se sentó al sillón tal cual yo había imaginado.
—Bien, ya estoy aquí, ¿qué tengo que hacer? —pregunté con frialdad.
—Hablas conmigo —respondió con voz calmada.
—¿Qué quiere que diga? —pregunté con indiferencia. A partir de ahora mi plan entraba en acción y el tiempo comenzaba a correr.
El psicólogo suspiró y solo se limitó a observarme por un momento para luego hablar:
—Se supone que eso debes de decírmelo tu —tomó una libreta de notas y un lapicero de la pequeña mesita que estaba al lado derecho del sillón y me miró—. Sé perfectamente que lo único que quieres es que el tiempo se pase, no hace falta ser adivino para saberlo; todos quieren eso —hizo una pausa.
—Esta en lo correcto Doctor —asentí—, pero…
Me interrumpió.
—Pero nada Dante, al hacer eso no ganarás nada. Tu madre tendrá que pagarme de todas formas, así que solo será dinero perdido.
—Eso no sería muy ético de su parte ‘Henry’.
Él solo me miró por un segundo y continuó.
—Luego en tu casa tendrá una charla contigo y terminará regañándote —jugueteaba con el bolígrafo entre sus dedos y me miraba fijamente a los ojos sosteniendo mi mirada con la suya.
Podía sentir como el intenso color marrón de sus ojos me recorría de arriba abajo, fijándose en cada detalle de mí; su mirada era fuerte y muy intensa estuve a punto de soltar todo pero me contuve, por más intimidante que fuera y por más que usara todos sus jueguitos mentales no conseguiría nada de mi. Estaba decidido.
—¿Quieres hablar? Perfecto, hablemos —dije fríamente, aquello ya era un reto.
—Te escucho —asintió. Su voz era igual de calmada que en un principio.
—Pero primero… —me detuve, y él me interrumpió.
—¿Primero qué?
—Tú tendrás que contestar mis preguntas. No te voy a dar toda la información que quieres sin nada a cambio.
—Eso no puede ser, Dante. Se supone que estoy tratando de ayudarte, tú tienes que hablar conmigo, no compliques las cosas.
—Entonces no hay trato —dije secamente y me crucé de brazos tal cual niño al no conseguir lo que quiere—. No sé porque no quieres responder, apenas nos acabamos de conocer, literalmente, no hay mucho que pueda preguntar.
Me miró, tener sus ojos clavados en mí ya era bastante inquietante. Y que tardara en responder era aún más frustrante, resultó ser más inteligente de lo que pensé pues descubrió mi plan al principio. Pero yo no estaba dispuesto a dar mi brazo a torcer, y sé que él tampoco.
El plan de las preguntas, fue de manera improvisada, pero me venia como anillo al dedo en este momento, el tiempo pasaba y cada instante de silencio no podríamos recuperarlo, por suerte para mí.
Treinta minutos restantes.
Asombrosamente ya habían pasado quince minutos de los cuarenta y cinco que dura la cita; el tiempo corría lento para mí y rápido para él, todo el tiempo lo habíamos pasado prácticamente en silencio total. Él pensaba en que decir, seguramente en como sacar toda la información de mi cabeza y yo… estaba activo, pensando bien mis palabras y las preguntas que ahora iba a hacer, atento a sus palabras también para evitar caer en sus trampas.
—Pero ya me tuteas —respondió después de un minuto. Igual de calmado que siempre.
—Tu comenzaste… digo ‘usted’ comenzó —dije con sarcasmo e indiferencia.
—Muy cierto. ¿Entonces que te parece un dos por uno?
—Explícame —respondí.
—Es fácil, tú contestas a dos de mis preguntas y yo contesto una tuya. Debes entender que no puedo ceder más de eso, es más, ni siquiera debería estar cediendo a tu propuesta; no es profesional pero solo lo hago por tu madre.
—¡Mi madre! Que bueno, parece que al menos tengo un punto a favor en todo este juego.
—Esto no es un juego Dante. Esto es serio.
Quedé pensativo, solo podía mirar al techo para huir de ver su mirada, tranquila aunque intimidante al mismo tiempo, ahora pensaba en su propuesta.
Lo tenía justo donde quería o al menos eso parecía, el reloj andaba, el tiempo pasaba y aún no tenía ni una palabra de mi.
Veinticinco minutos restantes.
Mi plan original estaba saliendo a la perfección, ahora debía aprovechar esta pequeña jugarreta que me había inventado, pero igual debía hacer preguntas que le ocuparan mucho tiempo en contestar. Debía pensar… debía… mentir.
—Me parece justo; he considerado tu propuesta y me parece justo. ¿Qué quieres saber?
—Primero, por qué estás aquí.
—Muy simple; por mi madre —mi voz era risueña, como si aquello fuera una broma.
—Se más específico, por favor. Eso lo sé perfectamente. Dudo mucho que te trajera aquí de paseo.
Estaba en lo correcto, y yo estaba casi seguro de que él sabía perfectamente el por qué de mi visita.
—Estoy más que seguro de que ya lo sabes, mi madre tuvo que habértelo dicho por teléfono.
—No es lo mismo que me lo diga ella a que me lo digas tú. Necesito escucharlo de ti para poder hacer tu diagnóstico —dijo en su defensa. Su actitud era tranquila, inquebrantable. Estaba fallando en mi intento de hacerlo molestar, pero no importaba siempre y cuando mi plan marchara como debía.
Me tardé un tiempo en responder, era necesario buscar las palabras adecuadas para decirle esto pero sin caer en mayores detalles, una tarea difícil pues ellos son amos de la deducción.
Veinte minutos restantes.
—Está bien —suspiré con flojera—. Para resumir toda esta historia, ella cree que necesito ayuda para superar la muerte de una compañera de estudios.
—¿Por qué te afecta tanto? —preguntó.
—Bueno… esta es tu segunda pregunta —le recordé—, y en realidad no lo hace pero ella cree que si.
—Pues por algo debe ser, dime.
—¡Oh! No. Ahora es mi turno de hacer las preguntas aquí.
—Lo último no fue una pregunta; solo te pedí que me dijeras, no te pregunté.
Miré el reloj por un segundo fugaz para ver cuanto faltaba; alrededor de dieciocho minutos. Solo debía entretenerlo un poco más y podría largarme de allí.
Él estaba comenzando con su juego, no iba a hacer preguntas más sin embargo me haría decirle todo, usando la lógica para obtener lo que quiere.
—Okey —gemí, sus jugarretas parecían ser muy elaboradas y si no prestaba suficiente atención iba a caer en ellas—, pues murió arrollada.
—Entonces…
Imaginé que esperaba una respuesta, estuve a punto de dársela por alguna razón pero logré contenerme. El silencio reinó nuevamente la habitación.
Él esperaba y yo solo observaba el techo; el tiempo transcurría de a poco y cada vez faltaba menos para que toda esta tortura terminara. Cansado de esperar rompió el silencio.
—¿La mataste? —preguntó. La frustración era perceptible en su voz, de seguro jamás había trabajado con alguien como yo, o todos caían en sus juegos.
—No —exclame. Hice una pausa antes de seguir—. Ahora es mi turno de preguntar.
Tratando de cumplir mi cometido tardé un poco en hacer la pregunta, noté como Henry se impacientaba en su sofá moviendo el lapicero entre sus dedos cada vez más rápido pero sin decir alguna palabra.
Quince minutos.
—Listo. Después de pensarlo seriamente, mi pregunta es: ¿Qué te traes tú con mi mamá? —pregunté con toda la seriedad que me fue posible en ese momento.
Me quedé mirándolo, en su cara se notaba cierta sorpresa; pero cuando fue capaz de responder la tranquilidad volvió a su rostro.
—Nada —respondió apaciblemente.
Me sorprendió, tenía una gran capacidad para ocultar sus emociones. De seguro se lo habían enseñado en la facultad de psicología, pues según tengo entendido ellos no pueden permitirse expresar ningún tipo de sentimientos hacia sus pacientes, ni antes ni durante la cita.
Tuve que pensar mi siguiente pregunta, y se me vino a la mente rápidamente.
—No te creo —ahora faltaba menos, trece minutos exactos para que dieran las tres.
Mi talento para mentir debía salir a flote en este momento, me pareció rarísimo que mi pregunta lo hiciese dudar tanto, ahora quién quería saber era yo.
—¿Sabes por qué no te creo? Pues porque mi madre, se la pasa día y noche al teléfono. Sale en ocasiones y regresa a la madrugada, es más a veces ni regresa —él se estaba constipando, pero intentaba mantener la compostura; mis palabras lo ponían muy nervioso—. ¿Y sabes qué es lo más curioso de esto? Que lo hace cuando papá está de viaje.
Pensó un momento antes de responder para defenderse.
—Me parece que tus acusaciones están fuera de contexto, eso no significa, o mejor dicho, no tienes pruebas de que sea mi culpa todo lo que tu madre hace cuando tu padre no está —se defendió, había un tono de frustración en su voz.
—Ja ja ja —me carcajeé con sarcasmo y levanté del diván—. En realidad sí. Un día dejó su teléfono en la cocina y la curiosidad, como con todo adolescente, me ganó.
>Lo revisé y para mi sorpresa en su buzón habían muchos mensajes de un tal Henry C. En ese preciso instante el teléfono sonó en mis manos y era el mismo Henry C.
El mentir se me estaba dando bien. Al momento que hablaba caminaba de un lado a otro a lo largo del diván. Eché una fugaz mirada al escritorio donde vi su placa.
Diez minutos restantes.
—¿Cómo me dijiste que es tu apellido? —hice una mueca como si estuviera pensando de verdad— Ah ¡Ya sé!, Collins. Doctor Henry Collins, ¿mucha casualidad verdad? No lo creo —le acusé fríamente, lo que mejor se me daba.
Él me miraba desde su asiento, estaba nervioso, demasiado en realidad. Permaneció en silencio esperando a ver cuales eras las siguientes acusaciones que echaría sobre él.
—¿Qué opinaría mi papá de esto? —pregunté con ironía— ¿Sabes qué, por qué no preguntarle ahora? Voy a hacerlo ahora mismo —saqué mi teléfono del bolsillo de mi pantalón.
—¡Para! —gritó. Se levantó de la silla— Maldición —se quejó consigo mismo, mientras inhalaba y exhalaba con frustración.
—¿Por qué? ¿Algún problema con que mi padre se entere? —musité. Mi sarcasmo parecía no tener límites, incluso en una situación como esta que yo sabía que no iba a terminar bien.
—No sé como decir esto pero… —se acariciaba el cabello con preocupación mientras se movía de un lado a otro—, estamos saliendo ¿Sí?
Ahora el de cara de sorpresa era yo. La rabia se apoderó de mí, por fortuna la supe contener y lo único que hice fue darle un empujón que lo hizo caer sentado de nuevo al sofá. Me di medía vuelta y llegué a la puerta, y viéndolo de perfil le dije:
—Ya se acabó la cita —exclamé. Fui lo más serio y educado posible para evitar insultarle y cometer alguna estupidez. Abrí la puerta, salí y la cerré de un portazo.
Afuera estaba mi mamá, que se levantó del sillón angustiada al verme salir así del consultorio.
—¿Qué pasó? —preguntó visiblemente angustiada.
—¡Tú a mi no me toques! —le grité con todas mis fuerzas y salí corriendo a toda velocidad de ese lugar. Ella intentó alcanzarme pero los tacones no se lo permitieron por lo que se devolvió al consultorio.
Mientras corría no sabía que pensar, ¿cómo iba a poder ver a mi papá a la cara después de saber esto?, ¿se lo digo o no?.
En realidad no sabía que debía hacer más que correr y correr, no quería ir a mi casa. Mi teléfono timbró pero no le di importancia, debía ser ella; pero ni lo revisé.
Agarré el primer taxi que vi, por suerte cargaba algo de efectivo encima. Tomé la decisión más apresurada que pude y le dije al taxista que me llevara al único lugar al que podría ir y sentirme seguro.
La casa de Chris.
Linda forma de descubrir una infidelidad por error ¿verdad? Y estoy más que seguro de que ninguno de ustedes se acorbada de las fotos que había tomado Chris en el salón.
No estoy dispuesto a dejas ningún detalle al aire y muchos menos suelto, a ver como voy a tejer esta telaraña de misterios, secretos y revelaciones.
Aviso además que ya tengo pensado y hasta echa una ficha con los personajes de Hikaru~, y Demian con el papel que jugarán en el próximo capítulo de esta historia.
Chao, y gracias por leer.