XX
Marriot
La comida la encontré fría y seca sobre mi plato manchado, encima de la mesa, en donde yo nunca acostumbro a cenar. Allí no la alcanzaría jamás, a los amos se les olvidó que el plato deben dejármelo en el suelo. Sin embargo, fue un notable alivio que no tuviera hambre. No siquiera ganas de armar un escándalo por el poco cuidado que habían prestado a la hora de la cena, aunque a estas alturas, poco me sorprendía ya.
En realidad, no intenté alcanzarla porque no tenía hambre, sino muchas ganas de llorar. Estaba bastante frustrada porque todo me estaba saliendo mal, nada de lo que hacía últimamente era correcto, quizás partiendo desde mi existencia. Algo me hacía pensar que nadie en este mundo me apreciaba, o que a nadie le importaba verdaderamente, que yo era como un estorbo en esta casa, que me hacían sentir como un fantasma vagando, un pokémon que todos veían pasar pero que nadie tenía el gusto de hablar o acercársele, como si tuviera la peste. Me herían estos detalles, mi orgullo estaba destrozado. Ahora había terminado mi relación amistosa con todos gracias a esa abrupta reyerta que tuvimos hacía una hora. Abiertamente les declaré a todos que los odiaba, pero más bien era al revés: ellos eran los que no soportaban mi presencia, los que me rehuían por mi carácter agriado. Lo comprendo. Y ya que estaba sola, justo en ese momento, sentía imprescindible una buena compañía, alguien con quien pudiera hablar, de comunicarle todos mis sentimientos y lo que pensaba sobre mi forma de proceder. Quizás haya sido por eso, muy en el fondo, que me disculpé con Midnight. No tanto porque me interese ser su amiga, sino porque me da miedo estar sola. Siempre tuve una compañía a mi lado, siempre alguien que al menos fingía escucharme, o alguien que me hacía creer que me quería, como los amos.
Y entonces, cuando me ponía a reflexionar sobre su conducta, noté que estaba totalmente equivocada con el paradigma fabuloso que tenía acerca de ellos. Al parecer, Fyrus tenía toda la razón en esta cuestión, que yo no quise ver en esos momentos. Intenté recordar la postura del Raichu en cuanto a los humanos, y realmente no estaba tan desacertado. Lo que más me dolía era descubrir de golpe que toda mi vida había estado engañada, regocijándome tantas veces ante el amor falso que fingían tenerme, principalmente de Emily, que me consideraba más su pasatiempo o distracción que su mejor amiga. Era cierto, ese maldito Raichu me había abierto los ojos. Los pokémons en esta casa no habíamos fungido en otro papel que no fuera el de la estúpida mascotita. Quizás todo esto era nuestro inevitable destino, nuestro sino como pokémons. ¡Qué diablos! Ya no iba a continuar como la damita inocente que seguiría siendo manipulada por Emily a su completo capricho, para después olvidarse de ella completamente, como no se olvida a una verdadera amiga. ¡Cuántas veces la seguía por toda la casa queriendo simplemente pasar un rato en su compañía, mientras ella seguía caminando y me ignoraba con total cinismo! Yo la dispensaba, pero ya era suficiente. Es cierto, había pasado momentos realmente impagables junto a ella, y todo eso se lo agradecía infinitamente, pero eso ya tenía que quedar en el olvido, ya era pasado, ya no podía aferrarme en esos recuerdos en un intento por revivir la maltrecha relación entre ambas. No quería todos los lujos, no quería ese almohadón de terciopelo rojo, no quería el caviar de Remoraid, no quería jactarme de vivir en una mansión si iba a seguir siendo la mascotita de la casa, el ser irracional, el juguete. La mascotita secundaria, mejor dicho, porque la plaza protagonista la cubría ya Rey, feliz conociendo la hipocresía de la que lo alimentaban a diario a cucharón grande. Y él correspondía con más de eso, así que ya había un vínculo corrompido, sucio y venenoso entre el señor Maillard y el Persian, y los dos lo sabían. ¡Qué odiables, ambos!
Y luego estaba ese Raichu nuevo, para terminar de echarme a perder la vida. La verdad, ¿qué podría expresar de él? Un tonto no era, porque solía hacerse el taimado para despertar simpatía, el muy maldito. Ahí está Midnight, el ejemplo claro. A pesar de que Fyrus la recibió con salvajismo, la muy boba no se le despega un solo instante, como si ahora fueran los mejores amigos desde siempre. Ese malvado sabe cómo herir, cómo lastimar, cómo destrozar a los demás, cómo destruirles su reputación y arañarles su alma. ¡Justo como me encontraba yo! Si estaba tan deprimida, todo era por culpa de él. Ojalá nunca hubiera puesto una pata dentro de esta casa, porque con él vinieron las desgracias. Lo odio por ser como es o como finge ser, lo odio por no tomarle aprecio a nadie en la vida, lo odio por robarme mi dignidad y hacerme sentir menos ante los demás, lo odio porque sé que él nunca haría nada por mí, aunque me encontrara en los mayores apuros.
Estaba preocupada porque repudiaba a Fyrus, a Rey, a los amos y a Emily. ¡A todos! Sentía que toda esa hiel no era natural, y menos en mí, que me conozco bien y siempre fui tan alegre. Tal vez era que me odiaba a mí misma, por ser como era, por ser tan torpe y desafortunada, por ser una Vulpix que nació débil, incapaz de escupir fuego, por ser una decepción para Emily, era todo a la vez. Estaba, pues, inconforme con la vida que llevaba, con el ambiente en donde me desarrollaba y con los compañeros con quienes compartía gran parte de mí.
Tuve unas ganas enormes de escaparme, de abandonar esta casa en donde había caído sobre mí la desdicha, y quise iniciar una nueva aventura, lejos de todos estos malvados que lejos de agradarme, buscaban destruirme. Pero a la vez, tampoco me decidía a irme. Después de todo, no quería terminar siendo una Vulpix callejera, como ese Meowth que debía andar rondando por ahí afuera del jardín. ¡No, no puedo rebajarme a tal grado! Tenía que buscar un lugar más digno para vivir, ¡pero no quería que ningún humano, que ninguna familia más me adoptara! ¡Humanos, nunca más!
De pronto, un ruido extraño interrumpió mis cavilaciones. Levanté el rostro, que llevaba rato hundido entre mis patas delanteras, y me percaté que mi visión estaba borrosa, producto de la humedad de las lágrimas. Las limpié enseguida, e intentando alcanzar serenidad, me puse alerta como pude. Ese ruido no era normal, y venía desde la cocina. Me acerqué más, fingiendo sagacidad, pero con temor interior: quienquiera que fuera, no era ni Midnight, ni Rey ni Fyrus porque ellos estaban arriba. ¿Quién podría ser, cuya presencia no había notado? ¿Un ladrón? Me espantaba, porque estaba sola.
Abrí la puerta de golpe, intentando sorprender al que se hallara dentro, pero no vi a nadie. Volteé hacia todos lados, por detrás de los muebles, pero nada. Un nuevo ruido se escuchó desde la parte posterior del refrigerador, como si el pokémon —no podía ser un humano— se percatara de mí y se hubiera escondido.
—¿Quién anda ahí?— exclamé sin respuesta.
Miré a mi alrededor con sincero pánico. Los bichos eran casuales en nuestra cocina, en especial durante la noche. Y algunos solían ser venenosos. Encontré la ventana abierta del patio, pero era improbable que el intruso se hubiera introducido por ahí, ya que
Daren hubiera ladrado, y era difícil que al viejo Mightyena guardián se le escapara alguien.
—Marriot, ¿qué haces?
De un salto di media vuelta, intentando contener mi respiración agitada. Era la Eevee, para mi alivio. Me miraba con suspicacia.
—Guarda silencio, Mid— murmuré—. Parece que hay alguien en la cocina.
—¿Alguien? No, debe ser tu imaginación— aseguró enseguida.
—No comprendes, escuché un ruido claro. Dos ruidos, de hecho. Provenían desde la parte de atrás de la nevera.
—No, no debió ser nada. Ven un momento.
—Pero, pero… ayúdame, Eevee, ayúdame a sacar al intruso de ahí, o al menos a inspeccionar. Me da miedo que sea algún pokémon peligroso.
—Olvídalo, ven…
—¡Midnight, escúchame! ¡Puede ser un bicho venenoso, un Ariados que haya venido del patio, no sé!
Se me acercó, quizá con nerviosismo, e intentó empujarme hacia afuera de la cocina con rapidez.
—Olvídalo, ¿sí? No hay nadie… debe ser el estrés, o los nervios traicioneros, sobre todo ahora. Quería preguntarte, ¿ya cenaste?
La forma de conducirse me pareció extraña, como si me quisiera ocultar algo, pero al menos su pregunta fue amable.
—No, no he comido. Los amos dejaron la comida en la mesa, y no la alcanzo.
—¡Oh, no te preocupes! La bajaré por ti. No tardo nada. No te muevas, ¿de acuerdo?
Dio un salto para trepar hasta una silla replegada, y de ahí brincó ágilmente hasta la mesa. Tomó el plato de la orilla con la boca, y saltó nuevamente hasta el suelo, cayendo suavemente.
—Aquí tienes— me dijo, depositando el plato frente a mí.
—Gracias— respondí—, pero está frío e insípido, así que creo que no lo comeré.
—No te hagas problemas, vamos a meterlo al horno. He visto cómo los amos lo manipulan para calentar sus comidas. Y también sazonaremos el alimento; me he dado cuenta que la señora Maillard le pone sal. Yo lo hago todo, no te muevas.
Y ya iba a arrancar con el plato hasta la cocina, cuando la detuve.
—Espera, Mid— le dije, sinceramente conmovida—, ¿realmente haces todo eso por mí?
—¡Claro que sí!
Yo no podía hablar, no sabía ni qué decir.
—Muchas gracias. No lo parece, pero para mí es un detalle enorme que te preocupes tanto por mí. Aunque no te molestes en hacerlo, aprecio tu intención e interés, pero sinceramente no tengo hambre, y no comería esto.
—¿Por qué no tienes hambre?— preguntó— ¿Estás enferma?
—Algo así— intenté explicar—. Estoy muy triste.
—¿Pero qué sucede?— volvió a interesarse— ¿Es por lo de la discusión de hace rato? No tienes por qué preocuparte ni sentirte mal. Yo ya lo he olvidado, si de algo te sirve saber eso.
—Son más cosas, Midnight— intenté ser suave con ella—. Y no lo comprenderías. Ahora… ahora necesito decirte algo importante.
—¿Qué cosa?
—Es… es algo que ya está determinado. Una decisión muy personal, que nadie me hará desistir. Y no te preocupes, que no es tu culpa, al contrario, estoy agradecida contigo por mostrarte tan amable en estos últimos momentos. Te tendré muy presente siempre, aunque no te vuelva a ver jamás.
—¿De qué estás hablando?— murmuró con temor.
—Me voy para siempre— dije, al fin.
Midnight se puso seria y abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Abandono la casa. Ya no voy a vivir aquí. Me voy, y no sé a dónde. Sólo quiero irme muy lejos de aquí, sola, para poder despejar mi mente y pensar con tranquilidad.
—No… no puedes estar hablando en serio…
—Lo siento, Midnight. No es tu culpa. Es mi decisión, y nadie la podrá refutar.
Por lapso de un minuto, nadie dijo nada. Yo no sabía qué más hacer, o cómo disculparme, principalmente por haber confesado mi plan secreto, y la Eevee se había conmocionado con eso.
Una voz áspera nos interrumpió desde la escalera.
—Nadie se va.
Cerré mis ojos un segundo, presa del terror, luego volteé hacia atrás y descubrí al mil veces maldito Rey, que había estado escuchando todo ahí oculto en el rellano oscuro.
—Es Rey— murmuró a mi oído Midnight, temblando.
De un salto, el Persian abrevió los tres escalones que restaban por bajar y caminó con deleite hacia mí, con toda su arrogancia a flor de piel.
—Nadie se va, porque aquí yo estoy a cargo.
Midnight me abandonó de repente, echando carrera hacia la cocina, como si tuviese un asunto pendiente, y dejándome sola. No sabía si temer por eso, o sentirme aliviada porque se había puesto a salvo de un modo tan sencillo. Levanté el rostro aún más, para aparentar orgullo ante el Persian, que llegó enseguida hasta mí. El plato de comida en el suelo era lo único que se interponía entre nosotros.
—De modo que pretendes brincar mi autoridad, tomando decisiones propias, intentando huirme, ¿no es así, tonta?
—Con permiso— le dije, e intenté retirarme.
—Espera, ¿a dónde vas?— me interrumpió y me cerró el paso de un brinco—. No he terminado.
—No me interesa escucharte, Rey. Quítate.
Él, lejos de hacerme caso, emitió repentinamente un rugido estrepitoso, que retumbó varias veces por toda la sala y me contrajo el alma de súbito.
—¡Te quedas aquí!— bramó furioso.
Me detuve enseguida y lo volteé a ver al rostro, que tenía ardoroso por la ira y me miraba como si me fuera a comer de un momento a otro.
—El día de hoy has estado más insolente que de costumbre. Hace un rato dijiste cosas que nunca te perdonaré— dijo Rey.
—Y no me importa. Lo que dije es exactamente lo que pienso de ti. ¡Lo que eres!— exclamé.
—Tienes valor, ¿eh? Dime, ¿crees que puedes enfrentarte a mí?
—Vete al infierno, malvado Persian.
—Vamos, dímelo. ¿Quieres medirte conmigo?
—No, Rey, no quiero pelear. ¡Apártate!
—¡No voy a apartarme! ¡No me des órdenes! ¡Te quedas aquí!— volvió a gritar.
Intenté evadirlo, pero me dio un fuerte empujón que me lanzó al suelo enseguida. Me incorporé, encarándolo.
—¡No te atrevas a volverme a tocar!— le advertí—. Muy valiente debes ser, golpeando a una pokémon indefensa.
Se me acercó más, como para enfatizar su postura al respecto y resaltar su jerarquía. Tanto se aproximó, que podía oler su aliento apestoso.
—Y tú, damita indefensa, debes ser valiente para venir a burlarte cínicamente de la autoridad, frente a todos y a gritos.
—¡Tú no eres ninguna autoridad aquí, y yo me burlo de ti cuando se me plazca!
—¿Así que te doy risa?— espetó, encolerizado.
—No puedes tocarme otra vez, ¡ya te lo advertí!
—No me des órdenes, Marriot. Yo estoy en disposición de hacer lo que quiera. Soy la autoridad aquí, ahora que no están los amos, y tú te subordinas ante mí.
Algo me llamó la atención desde la cocina, una sombra que pasó corriendo pegada a la pared. Distinguí un par de siluetas, pero sólo identifiqué a Midnight porque la otra pasó muy veloz. La Eevee llevaba un paquete en la boca, como si se hubiera hurtado algo de la despensa, y ahora corría céleremente.
Quise gritarle y detenerla, pero Rey volvió a gritarme en la cara.
—¡Mírame cuando te hablo, desgraciada!
Ambas siluetas ya subían por las escaleras con prisa.
—Quítate, Rey. Debo irme ahora.
El malvado volvió a empujarme, esta vez con mucha menos delicadeza debido a su grado de ira.
—¡No vas a ningún lado! ¡Cállate y escúchame!
Me volví a incorporar con rapidez.
—¿Qué quieres de mí?
—No me hables así. Ahora yo soy tu amo, y vas a obedecerme.
—¡Nunca! ¡No eres mi amo, estás loco! ¡Completamente loco! ¡Vete al diablo!
Rey se plantó justo enfrente de mí, y levantó una garra para golpearme.
—¡Ni te atrevas!— le advertí.
—¿Me estás retando, Vulpix debilucha?
Después, ya no supe exactamente lo que sucedió en ese momento. Sólo alcancé a ver tres o cuatro líneas rojas y paralelas que se cruzaban ante mí, y luego la negrura total, el vacío.
Salí rechazada unos dos metros hacia atrás, no supe cómo exactamente, porque no podía ver nada, pero sin duda fue un impacto violento.
Rodé por el suelo mientras un dolor agudísimo me nacía en un costado de la cara, algo indescriptible. ¡Rey se había atrevido a golpearme como nunca antes lo había hecho! Enseguida me llevé la pata a mi ojo, mientras emitía inevitablemente unos gritos desgarradores de dolor, que alimentaban el orgullo de mi enemigo. Era tan intensa mi dolencia, que estaba segura que con el zarpazo me había extirpado el ojo de tajo. No podía volver a pararme, me había rendido, la fuerza del Persian era incalculable comparada a la mía. Quedé, pues, retorciéndome en el suelo sin ser capaz de despegar la pata de mi ojo izquierdo.
Rey se acercó a mí con suavidad, sin que sus pisadas hicieran ruido, mientras yo sentía correr los hilos de sangre caliente sobre mi mejilla.
—¿Qué te pasa, te duele mucho?— me preguntó burlonamente— ¡Anda, párate, insecto!
No le hacía caso, no podía, sino que continuaba lamentándome por la herida, cosa que a él le molestó bastante.
—Eres una decepción. Una completa decepción. Lo sabías, ¿no? Cualquier otro Vulpix ya se hubiera levantado a luchar, aunque le hubiera arrancado las narices también. Marriot, tienes un espíritu de Magikarp. Qué asco.
El cruel Persian, aprovechando que yo estaba tendida en el suelo, comenzó a pisar mi estómago fuertemente, como si con la violencia fuera yo a reaccionar. Esos golpes casi me hacen escupir el alma.
—¡Déjala!— alguien gritó.
¡Era Midnight! ¡La Eevee era mi salvación! Venía corriendo de la escalera, quizás porque oyó los gritos y quiso bajar a ayudar, decidida a detener la brutal pelea.
—Vete, mocosa, ¡el asunto no es contigo!— gritó Rey, y luego dirigiéndose a mí, murmuró a mi oído—. Habrás aprendido la lección, ¿eh? Espero que ahora, con un solo ojo, puedas enfocar mejor a tu única autoridad.
Midnight se le abalanzó al cuello, llegando justo a tiempo, pero después de forcejear por unos instantes, él la aventó lejos para enfrentarla.
—Bicho estúpido— le espetó groseramente—. Me daría placer de arrancarte los dos ojos de un zarpazo. Así se parecerían más entre ustedes, que son tan amigas.
Sin que él lo notara, me incorporé lentamente; las patas me temblaban, mi vista estaba perdida y borrosa, mi mente ofuscada. Pero de ninguna manera iba a dejar que agrediera a Midnight.
—Ya basta— le dije sin ninguna seguridad al bravucón—. Ya me tienes harta.
Rey volteó a verme con sorpresa.
—¡Vaya! ¡No me hagas reír! ¿Qué vas a hacer tú?
—Recibirás tu castigo de parte de los amos! ¡Yo me encargaré de eso!
—¡Ja! ¿Y cómo?
—¡Voy a confesarle todo a Emily, y me encargaré que esto llegue a oídos del señor Maillard! ¡Ya veremos qué tal te va!
Y diciendo aquello, le arrojé a la cara el plato que aún contenía mi alimento frío. Su rostro quedó untado de tal manera que en otras circunstancias hubiera resultado irrisorio.
Su rugido de furia fue el más fuerte que había escuchado hasta esos momentos, y se me abalanzó encolerizado, pero tuve tanta suerte que logré escabullirme corriendo como pude hasta el otro extremo del corredor.
—Eso no va a suceder— me dijo, por lo bajo y clavándome su mirada demoníaca—, porque ahora mismo voy a matarte. ¡Voy a hacerte trizas, voy a triturarte, lo juro!
—¡Corre, Mid!— alcancé a gritar, haciendo yo lo mismo.
Era claro que Midnight no era el objetivo de Rey, porque no la persiguió ni la volteó a ver siquiera. Mientras tanto, yo empleaba todas mis energías en alejarme de ese loco, cruzando la sala hasta llegar a las escaleras, pero al ver hacia atrás, me di cuenta que Rey era tres veces más veloz que yo, y que la distancia que en un principio le aventajaba se iba acortando.
Llegué al fin hasta el primer escalón, pero él me embistió contra la pared al alcanzarme. Quedé atrapada en la esquina; quería huir, pero no encontraba la forma, me tenía aplastada entre él y el muro.
Intenté escurrirme por debajo y, en un descuido suyo, logré burlarlo y continuar mi carrera escaleras arriba. Él se quedó atrás, confundido, y yo volví a sacar una buena ventaja, pero a cada zancada sentía una horrible pulsación en las costillas, justo del lado en donde me había embestido. Me parecía que mi pulmón estaba oprimido, y me agotaba más y más al correr; ya no me quedaban energías, estaba rendida y exhausta.
Esconderme en mi recámara no tenía caso, iba a ser presa fácil, ahí atrapada, así que continué de largo el pasillo y, sin voltear hacia ningún lado, me dirigí directamente al balcón.
Al fin lo alcancé, y una corriente helada me azotó el rostro de repente cuando salí. Volvía a encerrarme, y ahora estaba en lo alto, lejos de cualquier escapatoria.
—Voy a matarte, Marriot, estás atrapada y ahora nadie nos ve— se escuchó una voz, y acto seguido el Persian apareció desde adentro, caminando lentamente hacia mí, como al acecho—. Luego, esconderé tu cuerpo y les diré a los amos que te ocurrió un accidente, o te perdiste. No tienes escapatoria, despídete de esta vida antes de destriparte.
Calculé mis posibilidades de escape, y al voltear hacia abajo, al jardín, sólo se me ocurrió una idea.
“Este es el fin”, pensé.
Luego, me arrojé con determinación al vacío, caí en el terreno irregular y rocoso y no supe más. Lo único que sentí es que mi mente se elevaba muy, muy alto, y luego un impacto sordo.
…