Capítulo II: El Nuevo Integrante De La Familia
1 de Enero del 2008, 12:07 a.m., San Pedro, Gran Buenos Aires, Argentina
–¡Un monstruo! –Gritaba desesperadamente la madre de Cristian, mientras retrocedía y se tropezaba, cayéndose al piso. Los gritos de esta mujer no eran los únicos del lugar, varias otras personas también se encontraban gritando desconcertadamente. La llegada de esas criaturas no había sido bien recibida en ese camping.
–No puede ser… –vacilaba el joven, emocionado, pero a la vez confundido.
–¡Atrás todos! –Gritó el padre de Cristian, tratando de hacerse el valiente, si es que no se infartaba primero. Por su nervioso tono de voz, se notaba que le estaba subiendo la presión por el susto.
El padre del joven agarró una de sus tres cañas de pescar, que se encontraban apoyadas contra un árbol, y caminó lentamente hacía el gato. De un empujón, corrió a su hijo del camino, quien se encontraba entre la criatura y el hombre. Luego, muy despacio, el hombre empezó a levantar su caña de pescar tras su hombro, con intención de golpear al Sneasel.
Y lo hizo. Bajó rápidamente la caña con todas sus fuerzas, apuntando hacía le pokémon. Lo hizo en un acto tremendamente rápido, pero por más del poco tiempo que disponían, en esas fracciones de segundo que tenían, el joven y el pokémon lograron actuar.
–¡Arañazo! –Gritó rápidamente Cristian, en el tiempo que la caña descendía.
Sneasel al principió no se percató de la orden, pero logró reaccionar. Por más que haya sido instintivamente o porque Cristian se lo ordenó, el pokémon pegó un gran salto con sus garras al frente, pasando por al lado del padre del muchacho y destrozando la caña de pescar en varios pedazos, los cuales cayeron al piso, pocos segundos antes de que el hombre lo hiciera también, no por haber recibido el ataque, sino porque su pulso llegó al límite.
–¡Ahh! –Gimió el padre de Cristian, desplomándose en el piso, recibiendo un infarto. El veloz movimiento de Sneasel había provocado que el corto tramo que faltaba para el paro cardíaco se acabara.
–¡No! –Dijo la madre del muchacho dándose cuenta de lo que le pasaba a su marido. Se levantó del suelo y corrió hacía él, y trató de levantarlo– ¡Ayuda, mi marido está recibiendo un infarto!
Al oír esa última palabra, todo se volvió gris para Cristian. Las mini-vacaciones de año nuevo ya habían sido malas de por sí, todo había mejorado con la llegada de los pokémon, y ahora todo empeoraba devuelta. ¿Cómo podía algo que había deseado que sucediera desde hace tanto, que había soñado, haber provocado tanto mal en tan poco tiempo? Aunque tal vez el problema también sea la solución. Al parecer los pokémon conservaban sus ataques, o al menos eso suponía por el arañazo de Sneasel. Si tan solo encontraba algún pokémon curador como Chansey, todo se solucionaría.
El joven alzó la vista y observó por todos lados. La gente ya asustada por los pokémon, se había puesto aún más nerviosa al ver al padre de Cristian apunto de morir. Empezaron a rodear al enfermo, mientras varios intentaban llamar a un hospital. Al ver que algunos hablaban por sus celulares, Cristian supuso que ya se había solucionado el problema con ellos.
Ignoró ver si su celular funcionaba, ahora habían cosas más importantes. Siguió mirando a su alrededor buscando algún pokémon útil, tal vez un Kadabra con recuperación, o a lo mejor algún pokémon que pueda usar luz lunar. Al no ver más que algunos Pidgey, Starly, Rattata y Bidoof, se resignó a pensar que a su padre ya no le quedaba tiempo.
Sin embargo, después de todo, los pokémon tal vez si tenían la solución. Cuando se dio cuenta, varios Illumise y Volbeat sobrevolaban al hombre que sufría el infarto. Sobre él, dejaban caer unos resplandores extraños, que brillaban intensamente cuando la luz de la luna se reflejaba en ellos. Se dio cuenta que esos pokémon bicho ya estaban usando luz lunar, sin que nadie se los pidiera. La generosidad de los pokémon que se ve en la serie, al parecer también se hacía presente en los pokémon reales.
Pronto, a medida que la luz lunar curaba al papá de Cristian, los gemidos de dolor de este hombre cesaban. Dejó de aferrarse el pecho, y soltó la mano. Al principio todos los que lo rodeaban pensaron que había muerto por su repentina inmovilidad, pero cuando este hombre se sentó para luego ponerse de pie, se dieron cuenta que el infarto había parado, y que había sobrevivido.
Los hombres de más fuerza lo apoyaron en sus hombros para que se siente en una banqueta, en vez de que permanezca en el piso. Varios discutían que hacer por si volvía a sufrir el infarto, pero dejaron de preocuparse en cuanto oyeron la sirena de una ambulancia. Por el camino de tierra se acercaba el vehículo, del cual descendieron dos paramédicos que pronto preguntaron por el enfermo. Tras que la gente señalara al padre del joven, los doctores lo colocaron sobre una camilla y luego en la misma ambulancia. La mamá de Cristian también subió en el vehículo, mientras que el muchacho permaneció en el campamento. Más allá de decir que podrían robarles si lo abandonaban, deseaba quedarse para asimilar todo lo ocurrido.
Se sentó en la mesa de piedra que se había sentado hace rato, y empezó a pensar. Todo fue tan rápido, y difícil de explicar. Primero los animales se transformaron en pokémon, luego su padre atacó a Sneasel quien se defendió; por ese motivo, su padre recibió un infarto del susto que le provocó el pokémon. Y al final, un grupo de pokémon lo curaron con luz lunar, y una ambulancia se llevó a ambos de sus padres. Tantos hechos, tan peligrosos, tan confusos, en tan poco tiempo. Costaba creer.
Sin darse cuenta, Sneasel estaba a su lado. El pokémon se había sentado junto a Cristian, parecía que le había tomado afecto. El joven levantó su mano y acarició la cabeza del pokémon. Al parecer él también estaba nervioso por lo sucedido, seguramente sabía que él había originado el problema del padre de Cristian. De cierta forma, se lo veía arrepentido.
–Descuida, no fue tu culpa… –le dijo Cristian tratando de animar a Sneasel– Solo te defendiste, mi papá no debió atacarte.
–Snea… –dijo el pokémon lentamente, agachando la cabeza.
–Toma, de seguro la transformación te dio hambre… –dijo Cristian, buscando en el canasto de sus padres algo de comida. Encontró restos de pollo que quedaron del almuerzo del mediodía, y se los dio a su nuevo amigo, quien los comió sin preocupación.
Ambos permanecieron en silencio por un rato, ninguno lograba aceptar muy bien todo lo sucedido. Para los dos, el hecho de que los animales se transformaran en pokémon los había alterado. Cristian miró por todos lados, observó a algunos Hoothoot merodeando por allí, y otros Noctowl sobrevolando el área. También encontró algunos Rattata paseándose por donde acampaba la gente, buscando restos de comida. Y sin mencionar los Kricketot que cantaban por todas partes. Definitivamente ya no había rastros de animales, y los pokémon abundaban. ¿Habría sucedido en todo el mundo? ¿Y qué habría provocado la transformación? ¿Aceptaría el mundo a los pokémon? Todas estas dudas azotaban la cabeza del joven, y seguramente también la de Sneasel.
Por más que Cristian no entendiera lo que el pokémon decía, sabía lo que pensaba y le preocupaba. Seguramente no había tenido una vida fácil cuando era un gato, siempre callejero, luchando por sobrevivir. Y luego se transformó en pokémon, y casi provoca la muerte de un humano, lo que le dificultaría mucho más ser aceptado en la humanidad. Pero a Cristian no le importaba que casi matara a su padre, él se lo había buscado al atacarlo con una caña de pescar. Para este muchacho, Sneasel no era una amenaza como seguramente ahora pensara su padre, sino que más bien era un compañero, un amigo… se había identificado con él.
–Sneasel, ¿quieres venir a vivir a mi casa? –Preguntó el muchacho, tratando de disipar los pensamientos del pokémon. Este lo miró con una cara de duda– Seguramente mis papás no van a querer, pero no importa… seguramente en cualquier momento empezarán las construcciones de gimnasios y venderán pokebolas, y podremos viajar por el mundo volviéndonos los mejores, ¿qué opinas?
El felino lo miró intrigadamente, pero la idea le había gustado. Por fin alguien lo había aceptado, y lo quería como mascota, o más bien, como compañero. Sin dudarlo, la criatura sonrió y saltó a la cabeza del joven, riendo y jugando, quien le siguió la corriente.
–Ven, vamos a dormir… tantos sucesos extraños me dieron sueño –comentó Cristian, dirigiéndose a su carpa con el pokémon aún en su cabeza. Una vez dentro, ambos jugaron un rato más hasta que el sueño los venció.
–¡Ahhh! –Gritó una mujer al mirar dentro de la carpa de Cristian. El joven despertó, y vio que el grito femenino provenía de su madre, quien gritaba al ver a Sneasel dentro de la carpa también– ¡Ese demonio devuelta! ¡Ahhh!
–¡Cálmate, mamá! –Dijo Cristian desesperado por calmarla. Sneasel también se había despertado y se había puesto de pie– Él es mi amigo, es un Sneasel –trató de explicar.
–¡Esa cosa por poco mata a tu padre! –Debatió su madre.
–¡Él fuma y bebe como un condenado, ¿cómo quieres que no se infarte al menor susto?! –Argumentó el joven, defendiendo a su pokémon.
–¡No es culpa de tu padre! –Gritó su mamá.
–Es verdad, es culpa del cartonero de la esquina –le dijo sarcásticamente Cristian, aún defendiendo a su nuevo amigo–. Sneasel se queda y vendrá a Capital con nosotros.
–Ah no, eso sí que no –dijo su mamá–. Ninguno de esos bichos vendrá a nuestra casa.
–Entonces me quedo acá con él… sea en casa o acá, me quedaré con Sneasel –dijo Cristian, sabiendo que con esa frase lograría convencerla.
–Luego hablaremos de eso, ahora ven, tenemos que preguntarte unas cosas –dijo su madre, y se alejó de la carpa, en dirección hacía la mesa de piedra donde estaba su padre con todas las cosas guardadas, listos para irse.
Cristian se estiró un poco dentro de la carpa, y al ver que Sneasel nuevamente puso cara de preocupación, le sonrió para animarlo. Abrió el cierre de la tienda y salió con el pokémon colgado en su hombro. Ambos se dirigieron donde estaban los padres del joven.
–¿Qué pasa? –Preguntó Cristian sentándose en la banqueta de piedra, mientras Sneasel bajaba de su hombro y se sentaba al lado.
–Después de que esas cosas le tiraran ese polvo a tu papá, él mejoró considerablemente… ¿qué le tiraron, es seguro? –Preguntó su madre.
–Esas cosas tienen nombre –dijo primero que todo el muchacho–. Eran Illumise y Volbeat, unos pokémon capaces de usar el ataque luz lunar, que mejora la salud de quien lo recibe. Confío plenamente en que es seguro.
–¿Y esa cosa que tienes al lado qué es? –Preguntó su papá, mirando con desprecio a Sneasel.
–Con él más respeto, que encima lo atacaste –defendió nuevamente Cristian a su amigo–. Él es un Sneasel, un pokémon del tipo siniestro y hielo.
–¿Siniestro? O sea que es mal, él debió ocasionar mi infarto –dijo el papá del joven, feliz de poder culpar a alguien.
–No disfraces las cosas, el infarto lo tuviste porque fumas y tomas como si no hubiera mañana, los pokémon te salvaron –explicó Cristian, llevándole la contra a sus padres.
–¿Y como es que los pokémon se volvieron reales? –Preguntó su mamá cambiando el tema para evitar una discusión– En el hospital, vi en las noticias que todos los animales se habían transformado en pokémon, pero nadie estaba seguro de porqué.
–Si el mundo entero no sabe por qué sucedió, ¿qué te hace pensar que yo si lo sabré? –Respondió lógicamente Cristian, con otra frase que odiaba su madre.
–Y estos pokénon, ¿qué son capaces de hacer? –Preguntó su papá.
–Se dice “pokémon”, no “pokénon”, y son capaces de hacer muchas cosas –explicó Cristian–. Se dividen en tipos, que son diecisiete: normal, fuego, agua, hierba, electricidad, volador, luchador, veneno, roca, acero, tierra, siniestro, fantasma, psíquico, hielo, bicho y dragón. Los pokémon pueden ser de hasta dos tipos diferentes, pero pueden usar habilidades de otros tipos que no sean a los que pertenecen. Pueden hacer cosas como crear lanzallamas, lanzar chorros de agua, hacer crecer plantas, dormir a la gente, crear electricidad y varias cosas más. En mi opinión son muy útiles.
–¿Y ese Neashel qué hace? –Preguntó su mamá.
–Se llama Sneasel, y sus acciones son más bien físicas, aunque puede crear hielo, energía oscura, dar golpes de gran fuerza, cortar cosas con sus garras… –empezó a enumerar Cristian.
–Ya veo… ¿y mis pájaros en qué se transformaron? –Preguntó el padre del joven, mirando las jaulas de sus aves, las cuales estaban rotas. Se ve que eran muy pequeñas para los pokémon en los que se transformaron sus mascotas.
–No estoy seguro, pero por como se rompieron, diría que se transformaron o en Pidgey, o en Starly. Pero seguro no están lejos, tú eres su entrenador –informó el joven.
–¿Entrenador? –Inquirió su padre sin saber a lo que se refería su hijo.
–Su entrenador, es decir, su dueño; aunque los pokémon y humanos comparten lazos de amistad más que de obediencia –explicó Cristian–. Sneasel, revisa el área en busca de un Pidgey y un Starly que se encuentren solos, cerca, posiblemente observando esta zona.
–¡Snea! –Afirmó el pokémon, y se puso de pie. De un gran salto llegó hasta el árbol más cercano, y de ese lugar fue saltando hasta otros árboles, en busca de lo que su entrenador ordenó. A los pocos minutos volvió, y le seguían, como Cristian había dicho, un Starly y un Pidgey.
–¿Son ellos los pokémon de mi padre? –Preguntó el joven a Sneasel, quien asintió. Las aves volaron sobre el padre de Cristian y luego se posaron uno en cada hombro.
–¿Estos son mis pájaros? –Preguntó el hombre, mirando a ambas aves.
–Sí, tus pájaros se transformaron en ellos –explicó Cristian–. Si los entrenas, podrías evolucionarlos. Ambos son aves muy poderosas si se los entrena bien.
–¿Evolucionarlos? –Interrogó su padre, nuevamente sin saber a qué se refería su hijo.
–Ahh… –suspiró Cristian por tener que explicar algo tan obvio para él– Si un pokémon se entrena adecuadamente evoluciona a otro pokémon, obteniendo mayor fuerza –explicó–. Pidgey evoluciona a Pidgeotto y luego a Pidgeot, mientras que Starly evoluciona a Staravia y luego Staraptor. Por ejemplo, mi Sneasel si le doy una garra afilada de noche, evolucionará en un Weavile.
–Ahh, ya entiendo, creo… –dijo su padre, algo confundido.
La explicación sobre los pokémon fue larga, Cristian tuvo que contar todo lo que sabía con lujos de detalles. Tardo mucho tiempo en que sus padres entendieran, pero al final lo logró. Cuando se dio cuenta, sus padres ya habían aceptado a los pokémon: su papá alimentó a su Pidgey y Starly, y su mamá no se horrorizó tanto, parecía que le agradaran más que los animales comunes. Y no solo sus padres se llevaban bien con ellos, ya que Cristian notó que toda la gente del campamento se divertía jugando con ellos, en especial los jóvenes; y algunos ya habían hecho amigos. Los pokémon alegraban cualquier lugar en el que estuvieran.
Los cuatro, Cristian, sus padres y Sneasel, empezaron a guardar las cosas que estaban dentro de las carpas. Luego limpiaron las carpas mismas ya que la tormenta del día anterior las había ensuciado demasiado. Tras lavarlas y secarlas con los aleteos de Pidgey y Starly, guardaron todo en el auto, ya preparado para que vuelvan a Capital.
Todos subieron a bordo, los padres de Cristian al frente, Sneasel y su entrenador atrás, y los dos pokémon voladores acurrucados y durmiendo sobre unas mantas sobre el equipaje. El auto empezó a andar, hasta que perdió de vista el camping para adentrarse en la ciudad de San Pedro. Recorrió la calle principal de esta gran ciudad, donde pudieron ver a gran cantidad de diferentes pokémon: Abra, Meowth, Snubbull, Ralts (Cristian se tentó a traer con ellos a uno), Smeargle, Voltorb y varios más. La ciudad estaba abarrotada de ellos, y los humanos ya los aceptaban.
Pronto salieron de la ciudad y llegaron a la ruta que se dirigía hacía Capital. El camino fue tranquilo, observando los pokémon que vivían en los campos que cruzaban (más que todo Tauros y Miltank). Fue un recorrido agradable, más de lo normal, ya que esos viajes solían ser aburridos y largos. Sin embargo no lograron avanzar libremente, ya que se vieron afectados por un obstáculo: la ruta estaba cerrada a la mitad del camino hacía Capital.
Esto sorprendió a todos, era raro que cerraran la ruta. Quienes la habían cerrado era un grupo de patrulleros, que argumentaban que había una criatura interrumpiendo el paso, y que era muy peligroso para dejarlos avanzar.
–No puede ser… un pokémon obstruyendo la ruta… pero si son chiquitos, ¿cómo puede ser que ocasione tantos problemas? –Decía el padre de Cristian.
–No todos son chiquitos, papá… –decía Cristian, imaginándose un Groudon obstruyendo el camino.
–No creo que sea tan grave –dijo nuevamente su papá.
–Mejor vamos a preguntar que clase de pokémon es… –sugirió Cristian bajando del auto junto con Sneasel. Toda la ruta era un embotellamiento, todos los autos amontonados sin poder pasar por la gran barricada policial. Cristian caminó a un lado de la ruta, por el pasto con Sneasel a su lado, hasta que se acercaron a la barricada donde un gran grupo de uniformados evitaba el paso.
–Aléjate niño, es peligroso –dijo el policía más cercano al ver a Cristian.
–¿Qué clase de pokémon es? –Preguntó el joven, ignorando lo que le había dicho el policía.
–No estamos seguros… es gris, como si tuviera una coraza, y tiene cuatro patas –describió el policía.
Cristian miró tras la barricada para ver si lograba ver al pokémon, pero un gran grupo de camiones blindados de la policía le obstruía la vista.
–A lo mejor es un Metagross… ¿ese pokémon flota? –Preguntó Cristian, queriendo ver un Metagross.
–No, pero se lo pasa a cada rato saltando –informó el policía.
“¿Saltando? ¿Qué clase de pokémon tiene cuatro patas, es gris y salta?”, pensaba el muchacho.
“Tal vez sea… ¡sí, ese pokémon debe ser!”.
–¿Puedo acercarme? Sé como manejar esta situación. Si es el pokémon que supongo, yo y mi compañero podremos con él –dijo el joven señalando a Sneasel.
–¿Estás bromeando? –Rió el policía– ¿Esa diminutés detendrá a ese monstruo? No me hagas reír.
–Déjeme probar, será mucho mejor que retener a toda esta gente aquí, ¿no? –Dijo mirando el embotellamiento.
–Buen punto… si quieres cruza la barricada, pero no te acerques mucho a esa cosa –le dijo el policía, y le señaló un hueco entre dos patrullas.
–Gracias, en unos minutos estará todo solucionado –dijo Cristian, y con Sneasel en su hombro, cruzó la barricada.
Caminó entre los policías y camiones blindados. Todos estaban muy ocupados y preocupados como para darse cuenta de que un niño se había infiltrado entre ellos. Pronto, Cristian pudo ver qué pokémon estaba ocasionando ese problema, y era quien suponía. Un gran círculo de camiones blindados y policías apuntando rodeaban una criatura grande, con una coraza, y unos ojos amarillos provenientes de adentro de su caparazón: era un Shelgon.
–¡Abran fuego! –Ordenó un policía, que por como vestía parecía ser el de mayor rango.
Decenas de pistolas fueron disparadas a la misma vez, y todas las balas se acercaron a una velocidad imperceptible hasta impactar en Shelgon. Si no fuera por su resistente coraza, el pokémon hubiera recibido daños.
–¡Sheeel! –Gritó el pokémon, que aunque las balas no penetraron en su cuerpo, lo lastimaron. De repente, el pokémon pegó un gran saltó, y empezó a mover las patas desesperadamente, como si intentara volar. Sin embargo no lo logró, y cayó al suelo provocando que este temblara. Shelgon había hecho el ataque terremoto.
–¡Ahh! –Gritó Cristian tambaleándose y luchando por mantener el equilibrio. Al parecer como el terremoto no había sido intencional, no resultó ser tan fuerte como el de los videojuegos.
–A mi orden, disparen de nuevo… –empezó a decir el oficial al mando, dando instrucciones a sus hombres.
–¡Deténgase! –Gritó Cristian, acercándose furioso hacía el oficial. Parecía como si quisiera golpearle, y seguramente tenía ganas de hacerlo, pero de ese modo no arreglaría las cosas– ¿Qué cree que está haciendo? ¿Cómo puede dispararle a un pobre pokémon?
–Esa cosa está obstruyendo la ruta, no tienen intenciones de moverse y está provocando terremotos… ¡quiere matarnos! –Gritó el oficial– ¡¿Y qué hace un niño aquí?!
–¡Ese Shelgon si quisiera matarlos ya hubiera usado su aliento de dragón para aniquilarlos! –Gritó aún más fuerte Cristian.
–¿Y tú que sabes niño? No te entrometas en el trabajo de los adultos –le refunfuñó el oficial.
–¡Sé que lo que intenta Shelgon es volar, no hacer un terremoto! –Gritó nuevamente Cristian.
–¿A qué te refieres? –Dijo el oficial, confundido.
–El sueño de Bagon, su pre-evolución, era volar. Al evolucionar en Shelgon, en el interior de su caparazón se está preparando para evolucionar en Salamence, y por fin tener alas –explicó Cristian–. Seguramente Shelgon está inquieto porque ya está por evolucionar.
–¿Y qué sugieres que hagamos, niño? –Dijo el oficial.
–Primero que todo no me digas niño –se quejó el joven–. Segundo, deme unos minutos sin interferencia de sus hombres para lograr que Shelgon evolucione, o al menos que se mueva de la ruta.
–¿Y qué es lo que harás si te lo permito, niño? –Preguntó el policía.
–Una batalla –respondió claramente Cristian–. Supongo que una buena batalla servirá de experiencia para que Shelgon evolucione. O en todo caso lo debilitaré para moverlo del camino.
–¿Pelearás tú contra ese monstruo? –Dijo sorprendido el oficial.
–No, yo no… mi Sneasel –dijo el muchacho y Sneasel se destacó diciendo su nombre, por detrás del hombro de su entrenador.
–¿Esa cosita? –Inquirió el policía, creyendo que un pokémon tan pequeño no podría hacer nada.
–Cállese, ponga en descanso a sus hombres y déjeme actuar a mí –volvió a decir claramente Cristian.
–De acuerdo, pero hazlo rápido… y si algo te sucede no nos haremos responsables –le informó el oficial, y con una seña de su mano hizo que sus hombres se retirarán pero permanecieran alertas.
–Descuida, no me pasará nada –dijo muy confiado Cristian, y se acercó hasta el Shelgon. Miró hacía atrás para asegurarse que todos los policías estén considerablemente lejos, para que no salgan lastimados, y luego dirigió unas palabras al pokémon dragón–. Hola amigo –le decía a Shelgon–. ¿Estás por evolucionar verdad? –Preguntó sonriendo, tratando de que el dragón no lo considerara una amenaza.
El dragón retrocedió un poco, pero asintió moviendo su cuerpo verticalmente. Cristian, sin temor y con Sneasel aún colgado de su hombro, se acercó hasta el dragón y le acarició la parte superior de su armadura.
–Estás entre amigos, no tengas miedo –le explicó–. Supongo que estás alterado por la reciente transformación de animal a pokémon… aunque no sé qué animal habrás sido, estoy seguro que como Shelgon, debes estar ansioso de volar, ¿no es así?
Esta vez el dragón asintió más confiadamente, y no retrocedió. Su mirada ya se veía más tranquila, y el pokémon se comportaba menos nerviosos.
–Es difícil evolucionar a los dragones, cuestan entrenar y evolucionan a nivel alto, ¿pero sabes como acelerar el proceso? –Preguntó sonriendo al pokémon, para que entrara aún más en confianza. El pokémon negó con la cabeza, aunque animado por evolucionar pronto– Con una buena batalla. ¿Quieres un encuentro amistoso contra mi Sneasel? ¡De seguro con eso evolucionas!
El pokémon asintió nuevamente, esta vez muy alegre, y agitándose de un lado a otro por la emoción. Shelgon retrocedió un par de pasos, y se puso en posición de batalla. Se lo notaba más tranquilo, feliz y emocionado.
–Genial –dijo Cristian, y empezó a retroceder de espaldas hasta estar a distancia considerable de Shelgon. Luego Sneasel bajó de su hombro–. Sneasel, escucha, es tu primera batalla desde que te convertiste en pokémon, pero lograste a la perfección el arañazo, por lo que pienso que debes tener los ataques grabados en tu mente instintivamente. Así que ten confianza, y a pelear.
El pokémon siniestro sonrió y miró confiadamente a su entrenador. Luego volteó hacía Shelgon, y lo miró con una cara de rivalidad, aunque sabía que era un encuentro amistoso.
–De acuerdo, ¡empecemos! –Gritó fuerte, para que Shelgon oyera.
Una vez dichas estas palabras, Shelgon caminó lentamente hacía Sneasel, aunque Cristian sabía que en realidad Shelgon estaba corriendo.
–¡Acércate zigzagueando para confundirlo! –Ordenó Cristian, esperando que Sneasel entendiera la orden.
El pokémon siniestro se empezó a mover lateralmente, de un lado a otro, provocando que Shelgon se mareara al tratar de seguirlo con la vista. Sneasel se acercó aún más, y cuando estuvo a metro y medio de Shelgon, empezó a moverse alrededor de él, rodeándolo y confundiéndolo todavía más.
–¡Excelente, ahora pega un salto y cae en picada usando ataque rápido! –Gritó el joven, observando atentamente el combate.
Sneasel aún moviéndose alrededor de Shelgon, saltó lo más alto que pudo, por la parte trasera del pokémon, de modo que el dragón no podía verlo. Luego, cayó en picada, como si se hubiera impulsado en una pared invisible oculta en el aire. A gran velocidad, golpeó a Shelgon con todo su cuerpo, aunque recibiendo más daño el pokémon siniestro que su adversario.
–Maldición, sabía que Shelgon tenía una gran defensa pero no creí que fuera tanta… –susurró Cristian, preocupado por su error.
Sin embargo, mientras Cristian se criticaba y Sneasel estaba inmóvil por no recibir ninguna orden, Shelgon aprovechó el momento y con un gran grito, lanzó un poderoso aliento de dragón. El ataque golpeó a Sneasel provocándole una parálisis, por lo que la velocidad del pokémon siniestro se vio reducida.
–¡No! –Gritó Cristian, aún más preocupado– Seguimos siendo más rápidos que Shelgon, pero nuestros ataques son débiles ante él… aunque si uso un ataque especial… ¡Sneasel, no sé si sepas este ataque, pero haz viento hielo, por favor!
Sneasel, aunque paralizado, miró fijamente a Shelgon, y se acercó lo más rápido que pudo. Una vez cerca, sopló con gran potencia, y el aire que salió estaba congelado, provocaba un frío invernal. Este cubrió a Shelgon y su coraza, provocando que descendiera su temperatura considerablemente.
–¡Sheeeel! –Gritó de dolor el pokémon, al parecer por tener sangre fría, el ataque de hielo le afectó aún más, además de que la defensa especial de este pokémon era muy baja.
–¡Sí, genial! Ya casi ganamos, ahora Sneasel… ¿ah? –Empezó a decir Cristian, con intenciones de dar otra orden, pero se calló al ver un extraño comportamiento por parte de Shelgon.
El dragón agachó su cuerpo y se aferró firmemente con sus patas al suelo. De repente, el brillo amarillo de sus ojos desapareció, comprobando que los había cerrado. Se quedó quieto por un momento, y luego empezó a brillar. El brillo fue igual al de la noche anterior, cuando los animales se transformaron. Esa luz sin origen aparente, se esparcía por todas partes, su coraza, sus patas, su cola, sus garras, incluso su interior. Ese brillo sobrenatural, indiscutiblemente, era una evolución.
Shelgon empezó a cambiar su forma. Su cuerpo se acható un poco, y su cola se alargó. Apareció un cuello con una pequeña cabeza al final. Sus patas también se alargaron un poco, y de su espalda salieron dos enormes alas. Cuando el brillo se extinguió, se logró admirar un gran Salamence, con su cuerpo celeste, alas rojas, y una intimidante mirada.
–¡Genial! –Se emocionó Cristian, al ver la evolución.
–Salamence… –dijo el pokémon, con una sonrisa, aparentemente le agradecía, y empezó a agitar las alas para volar.
–¡No te creas que ya te puedes ir, ja, ja! –Gritó el joven, para que el pokémon oyera– ¡Aún debemos acabar una batalla!
–¡Snea! –Dijo Sneasel, igual de emocionado.
–¡Mence! –Dijo Salamence, con ganas de pelear. Alzó aún más el vuelo y luego empezó a caer en picada hacía Sneasel.
–¡Esquívalo! –Gritó su entrenador, y Sneasel se hizo a un lado para evitar el golpe del enorme dragón. Este se estrelló en el suelo, pero se levantó como si nada.
–¡Salamence! –Gritó el pokémon, y lanzó un poderoso aliento de dragón.
–¡No! –Dijo el entrenador de Sneasel, cuyo pokémon recibió el golpe– ¡Intenta con viento hielo devuelta!
Sneasel tras recuperarse del aliento de dragón, corrió con gran velocidad hacía Salamence, y una vez que estuvo cerca, pegó un gran salto quedando encima de su cabeza. El pokémon siniestro cayó en la espalda del dragón, aferrándose al cuello de este. Cuando Salamence se percató de esto, hizo un gran rugido y se elevó en el aire, tratando de desprenderse de Sneasel. Sin embargo el pokémon siniestro estaba muy bien agarrado a la bestia, y mientras este aleteaba sin parar, Sneasel sopló un viento invernal que congelo la cabeza del dragón, y enfrió todo el cuerpo del mismo. Salamence quedó inmovilizado por el frío que recorría su cuerpo, y empezó a caer en picada. Pronto, Salamence se impactó contra el suelo, haciéndose un daño aún mayor, mientras que Sneasel se había desprendido de él a pocos metros antes de la caída.
–¡Genial, amigo! –Gritó Cristian acercándose a Sneasel, y tomándolo en sus brazos– ¡Venciste a un Salamence tu solito, eres genial! –Le sonrió. Luego se acercó hasta el dragón, que ya había recuperado la movilidad– Oye, gran combate, estuviste genial –lo felicitó el joven, y el dragón le sonrió–. Bueno, ahora puedes irte volando, ¡ya puedes cruzar los cielos! –Salamence rugió– Adiós, amigo, y suerte, ¡y cuidado con los aviones!
Tras esas palabras, Cristian y Sneasel retrocedieron dándole espacio a Salamence para que pudiera volar. Este se acomodó un poco, desplegó sus alas y alzó el vuelo. Al poco tiempo se perdió en el horizonte, mientras Cristian le seguía despidiendo con la mano.
–No lo puedo creer, muchacho –le decía el oficial, acercándose a Cristian y su pokémon–. Ustedes dos son verdaderamente fuertes. ¿No le interesaría a tu gato convertirse en parte de la policía?
–No, Sneasel es mi amigo y se quedará conmigo, ¿no? –Miró Cristian a su pokémon, quien asintió.
–Bueno, muchas gracias –les dijo el oficial–. Les debemos una, no sabíamos que hacer con ese bicho… cualquier cosa que necesiten, llámenme. Pregunten por el oficial Brandon, de las fuerzas armadas.
–Muchas gracias por su ofrecimiento, oficial –agradeció.
–¡Retírense y quiten la barricada! ¡Reabran la ruta! –Gritó Brandon, mientras sus hombres obedecían.
Antes de que los vehículos volvieran a circular, Cristian corrió en busca del auto de sus padres. Cruzó la barricada de patrullas de la policía que todavía no se había retirado, y buscó el auto de su papá. Una vez que lo encontró, subió en él.
–¿Por qué tardaste? ¿Qué pasó? –Preguntó su mamá.
–Nada, un pequeño problema con un Shelgon que evolucionó en Salamence –explicó Cristian, y sus padres no entendieron ni una palabra–. Ya se solucionó, en cualquier momento retirarán la barricada.
–Ya la están sacando… –dijo el papá de Cristian, a medida que los autos de toda la ruta avanzaban.
–Ya no falta mucho para llegar a Capital –dijo su mamá.
–Tómense su tiempo, Sneasel y yo tomaremos una siesta, la necesitamos –dijo con una risa el joven, mientras sus padres se miraban confundidos.
El joven y el pokémon se acomodaron en el asiento de atrás del auto, hasta que ambos se quedaron dormidos. Después de su primera batalla, necesitaban de esa siesta.
Continuará…
Bueno, perdón por la demora, es que al principio no sabía que hacer con este cap... xD
Pero se fue escribiendo solo, tenia medio de que me quedara corto y aburrido, pero fue tan largo como el otro y tuvo mas accion
Espero que les agrade... y por cierto... ¿desde cuando mi fic esta puesto como "nota"? muchas gracias a quien lo hizo

(Siro, CP, o el Alto Mando

)
Muchas gracias, y espero no desepcionarlos con mi fic =D