Nothing & Nowhere

Nothing & Nowhere


¡Bienvenidos a mi humilde e inexistente morada! ¿Entienden? Inexistente... nada... morada... todo aquí es morado... ¿Verdad que es brillante? (?)

Esto de estar abriendo temas por cada corto que escribo me parecía llamativo, no es que haga muchos trabajos además de EGN, si acaso para concursos, pero parece que tengo ganas de escribir ciertas cosas aparte de pokémon y es bueno tenerlos todos lindos y organizados en un solo tema.

Por los momentos, no pondré el post tan bonito, eso será a medida de que se me ocurra alguna cosa, pero sí que tendré divididas las cosas que aquí postee, siendo las principales unas minihistorias personales y pokémon porque... es inveitable que escriba algo de estos bichos.

También, añadiré al índice los oneshot que ya he publicado previamente, pero esos son temas aparte.

Sin más que decir —al menos por ahora—, espero que lo que encuentren acá sea de su agrado.




Índice


Pakiman


La vida es más divertida de lo que parece

No te comas las uñas (en este mismo post)






Para inaugurar el tema, dejaré un corto que acabo de terminar y que me pareció divertido de escribir, inaugurando así la parte de las minihistorias. Enjoy!


No te comas las uñas


Spoiler
Esta es una anécdota de algo que sucedió hace mucho tiempo… aunque, pensándolo mejor, tampoco es tan vieja, no he vivido lo suficiente para mirar sobre mi hombro y decir “¡Vaya camino más largo!”.

Era yo pequeña, cuando mucho tendría seis años, esa edad en la que aún estamos en pleno aprendizaje sobre cómo funciona el mundo y donde somos más impresionables.

Iba en el bus con mi madre, camino a la escuela, que en realidad no quedaba muy lejos pero llegábamos más rápido así; el lujo de irnos a pie nos lo otorgábamos al mediodía, cuando volvíamos a casa. Además, era lo mejor, pues mi madre quería evitarme la engorrosa experiencia de tener que esperar a que terminara la oración de la mañana, afuera del colegio, para luego calarme el sermón de las monjas y perderme la primera media hora de clase como mínimo. Total, que la hora de entrada era a las 6:45 y cuando entraba al salón daban las 8:00 fácilmente.

Todo transcurría con normalidad aquel día, iba tarde como siempre pero me tocaba presentar un examen, así que mis nervios estaban alborotados y me predispuse a hacer lo único que me tranquilizaba en cierta medida: comerme las uñas. Desde que tuve uso de razón (y dientes) me mordía las uñas, no llegaba al extremo de otros niños de ir más allá de sus límites y dejarse un cuarto de sus respectivas pezuñas y si acaso, pero cualquiera que viera mis pequeñas manos sabría de inmediato lo nerviosa y ansiosa que podía ponerme bajo presión.

El autobús se detuvo para recoger a un pasajero a medio camino del colegio. Tardó un par de minutos en arrancar, ya que se trataba de un hombre bastante mayor al que le costó subirse al vehículo. Era bastante peculiar, pues más allá de la gran cantidad de arrugas y manchas que surcaban su rostro, la falta de dientes y lo encorvado que estaba por los años que cargaba encima, vestía de un modo bastante peculiar. Llevaba puesto un traje negro, no tan elegante pero bastante formal, una camisa blanca que no estaba totalmente abotonada y un sombrero negro.

Llamó mi atención de inmediato, puesto que para la época estaba vestido de una forma muy curiosa, ya casi nadie usa sombreros como ese y muchos menos en la ciudad; supongo que eran detalles que se le podían achacar a su longevidad.

Agarrándose firmemente de su bastón, caminó por el estrecho pasillo y tomó asiento cerca de nosotras; yo no le quitaba los ojos de encima, como buen niño curioso e indiscreto, pero aún así no dejaba mis uñas en quietas.

En eso, el anciano me miró y me sonrió, mostrándome los pocos dientes que le quedaban. No me impresionó demasiado, mi nonna tenía dientes postizos y todas las noches se los quitaba; lo importante fue lo que pasó después.

— ¡Pero que niña más bonita! —exclamó el hombre con esa voz apagada y ronca que sólo los ancianos podían tener —. Dios la bendiga.

— Gracias —respondió mi madre, sonriendo muy orgullosa.

— ¿Pero qué estás haciendo? —me preguntó con curiosidad —. Eres una niña muy bonita para estarte comiendo las uñas, ¿no crees?

Siendo leal a mi personalidad retraída, no le contesté; sus palabras sólo consiguieron que continuara mordisqueando con más empeño.

— Te voy a echar un cuento, mija —dijo el anciano, irguiéndose lo más que podía y sosteniendo con fuerza su bastón —. Cuando era chamito, yo tenía una novia que se parecía mucho a ti, era muy bonita y yo la quería mucho. Tristemente, ella falleció muy joven; eso rompió mi corazón. Ella también se comía las uñas, se las tragaba enteras, y eso le rompió el estómago por dentro y por eso se murió.

Terminando de decir eso, pidió su parada y despidió, bajando tan lento como subió.

Cuando somos niños, los adultos se encargan de contarnos las historias más inverosímiles o amenazarnos con que el señor del abasto nos va a llevar a su casa y nunca nos devolverá, todo para que aprendamos a comportarnos. Eso es así y siempre lo será, el miedo nos corrige hasta cierto punto, justo cuando dejamos de ser impresionables con el supuesto perro que nos va a llevar en su boca si no dejábamos de correr mientras mamá habla con la amiga.

Si el cuento que me echó aquel hombre era cierto o no, nunca lo sabré, tampoco si pasó tal cual lo estoy contando pues mi memoria no es tan exacta. Lo único cierto en todo esto es que nunca más volví a comerme las uñas por miedo a reventarme por dentro.




Pokiu.

EGN: Hoy es el fin del mañana
65 - Todo se paga