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¿Te encuentras bien, Llamita? —pregntó Dyfir muy preocupada, tratando de quitársele de encima a su pokémon pero resbalando con el barro tantas veces que aplastó repetidas veces a su amigo.
Cuando finalmente pudo levantarse sin caerle encima a su Cyndaquil, el pequeño pokémon le reclamó enérgicamente, bastante molesto, tanto que a Dyfir le sorprendió que no le quemara el rostro.
Luego de que Llamita se calmara, volteó a ver con qué había tropezado; ese algo le devolvía la mirada de tan malhumor como su compañero, pero Dyfir estaba más concentrada en lo adorable que lucía.
A simple vista parecía un peluche, un hada que cayó de las estrellas, con sus bucles rosa, sus orejitas puntiagudas, sus alitas y pequeños ojitos negros. Era una Clefairy. Jamás había visto uno en persona, pero ahora que lo tenía en frente suyo NECESITABA tenerlo.
Llamita cayó en cuenta de que su entrenadora ya no le hacía caso y buscó el motivo, tropezando con el hada estelar, cosa que no le hizo mucha gracia. La Clefairy también se percató del modo en que el Cyndaquil la miraba y mantuvieron sus ojos fijos sobre los del otro, en un duelo de miradas que parecía nada amigable.
Dyfir poca atención le prestó a ello, sólo quería poner sus garras sobre ese trozo de cielo, así que agarró a Llamita y lo lanzó (literalmente) contra la Clefairy.
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¡Sí! —gritó llena de alegría Dyfir cuando la pokebola al fin apresó a su nueva adquisición, cogiéndola rápidamente para ejecutar un perturbador baile de la victoria —
¡No lo puedo creer! ¡Tengo un Clefairy!
Estaba más que contenta, tenía un nuevo pokémon y hace poco Fuzzyt había evolucionado, no podía pedir más, excepto quizás…
Llamita, muy molesto, le acababa de achicharrar la cara con las débiles brasas que podía producir, haciéndola pegar un grito de dolor en esa ocasión. El pequeño pokémon le armó una bronca, recordándole el motivo por el que estaban ahí.
Tenían que continuar.