Historia de un ex miembro del Team Rocket.
Me gustan los Fictions de Pokémon y siempre he querido escribir uno. Sin embargo, me apena que siempre traten de lo mismo (entrenador que consigue su pokémon y se larga de aventuras). Por eso me dispongo a compartir con vosotros un Fiction que pretende crear una historia que transcurre durante los juegos y que incluye matices sacados de las historias que nintendo nos ha ido presentando de una u otra forma, pero sin caer en lo mismo de siempre.

Sinopsis
Aviso sobre el modo de narrar:
Capítulos
Capítulo 1:

Sinopsis
Spoiler
Anthoni Lendeg lleva deprimido desde que, cuatro años atrás, todo en lo que creía murió. Ahora, por consejo de su psicóloga, se dispone a escribir un relato donde cuenta cómo su vida acabó ligada al Team Rocket para siempre y cómo las desgracias fueron fuego constante en su historia.
Esta historia pretende ser una mezcla entre drama y aventura con pequeños momentos de acción y rompiendo el drama con épocas felices; en definitiva, la vida de una persona.
Esta historia pretende ser una mezcla entre drama y aventura con pequeños momentos de acción y rompiendo el drama con épocas felices; en definitiva, la vida de una persona.
Aviso sobre el modo de narrar:
Spoiler
Este Fiction pretende narrar los sucesos como si una persona estuviera escribiendo una especie de minibiografía, variando el tipo de texto según el contenido:
-Letra normal: los hechos que ocurren a nuestro protagonista y, en su mayoría, conversaciones que tiene consigo mismo en la actualidad del Fic.
-Letra cursiva: lo que escribe nuestro protagonista, es decir, la historia.
Si tienen alguna sugerencia de cómo podría hacerlo mejor, estaré encantado de conocerla.
He de aclarar que la historia que escribe nuestro personaje en el primer capítulo es más parecida a una historia del ejército de la de los abuelos que a un cuento o novela corta. Eso es porque los recuerdos son más antiguos y se encuentran más borrosos y porque todavía no tiene una finalidad clara el protagonista para escribir el texto. Esto cambiará a partir de los hechos en próximos capítulos, donde tendrá (o pretenderé que tenga) una forma más novelesca.
-Letra normal: los hechos que ocurren a nuestro protagonista y, en su mayoría, conversaciones que tiene consigo mismo en la actualidad del Fic.
-Letra cursiva: lo que escribe nuestro protagonista, es decir, la historia.
Si tienen alguna sugerencia de cómo podría hacerlo mejor, estaré encantado de conocerla.
He de aclarar que la historia que escribe nuestro personaje en el primer capítulo es más parecida a una historia del ejército de la de los abuelos que a un cuento o novela corta. Eso es porque los recuerdos son más antiguos y se encuentran más borrosos y porque todavía no tiene una finalidad clara el protagonista para escribir el texto. Esto cambiará a partir de los hechos en próximos capítulos, donde tendrá (o pretenderé que tenga) una forma más novelesca.
Capítulos
Spoiler
Capítulo 1: Así empezó todo
Capítulo 2: Miyamoto
Capítulo 3: El Refugio
Capítulo 4: Recuerdos lejanos
Capítulo 5: Devon S.A.
Capítulo 6: Devon S.A. (Segunda parte)
Capítulo 7: Renacer
Capítulo 8: Giovanni
Capítulo 9: Problemas en cubierta
Capítulo 10: Al otro lado del mundo
Capítulo 11: ¿Qué es ese auricular?
Capítulo 12: Hogar, dulce hogar
Capítulo 13: Mewtwo (próximamente)
Capítulo 2: Miyamoto
Capítulo 3: El Refugio
Capítulo 4: Recuerdos lejanos
Capítulo 5: Devon S.A.
Capítulo 6: Devon S.A. (Segunda parte)
Capítulo 7: Renacer
Capítulo 8: Giovanni
Capítulo 9: Problemas en cubierta
Capítulo 10: Al otro lado del mundo
Capítulo 11: ¿Qué es ese auricular?
Capítulo 12: Hogar, dulce hogar
Capítulo 13: Mewtwo (próximamente)
Capítulo 1:
Así empezó todo
En una habitación destartalada y pequeña, con una pobre decoración, sentado a la mesa del centro de la sala está Anthoni, un ex miembro del Team Rocket. Frente a él, sobre la mesa, un bolígrafo y unos cuantos folios.
—Hace cuatro años que empezó esta maldita depresión. ¿Por qué me culpo si no pude hacer nada? Mi psicóloga dice que es una forma de canalizar la impotencia y creo que tiene razón; no hay mayor impotencia que ver que todo en lo que creías se desvanece para siempre sin poder hacer nada.
—Hace cuatro años, junto a muchos compañeros, esperaba el regreso de aquel que nos elevaría de nuevo hacia el estrellato. Mientras el resto mantenían la posición recibí un chivatazo; se encontraba en la frontera, entre Johto y Kanto. Corrí a buscarle; pero cuando llegué supe al instante que no era el mismo, le había sucedido algo, se lo leía en la cara.
—“Ríndete, Anthoni. El Team Rocket ha muerto para siempre. Jamás volveremos a ser lo que fuimos. Ya nada tiene sentido.”
Golpea con fuerza la mesa con el puño.
—Esas palabras siguen resonando en mi cabeza como si las hubiera escuchado ayer. Fueron las últimas palabras que escuché del que para mí era un ídolo. Aquel Giovanni no era el mismo que casi gobernó el mundo tres años antes; y, desde entonces, tampoco yo soy aquel imbatible y orgulloso agente que un día fui.
Resopla con una mezcla de pesadez y nostalgia
—Liberé a todos mis pokémon y, aunque al principio Lucario insistió en quedarse conmigo, acabé por echarlo por la fuerza. ¿Dónde estará? Hoy me arrepiento de ello. Lucario, eres la única familia que me quedaba y te aparté de mí. Creo que ahí fue cuando de verdad empecé a perder la cordura. Soy imbécil.
—Esta mañana, mi psicóloga me ha aconsejado que escriba sobre mi vida; como si fuera tan fácil. Dice que puede ayudarme con mi depresión; así que aquí estoy, haciendo los deberes para que no me eche la bronca en la sesión de mañana. Empecemos, pues.
Los primeros recuerdos que guardo son imágenes borrosa, casi irreconocibles. Sé que son de cuando tenía cinco años por un pequeño detalle; aparece Riolu. Es, o mejor dicho, era costumbre en mi familia hacerle entrega de un Riolu al primogénito cuando cumplía cinco años para que lo protegiera y acompañara durante toda su vida.
Provengo de una familia aristocrática. Nací entre algodones, y mi más joven niñez se basaba en vivir colmado de lujos y jugar con los pokémon que mis padres me traían. Por supuesto, Riolu siempre estaba ahí, como fiel acompañante que era. Y mi vida seguiría siendo una maravilla si no fuera por aquel odioso crack bursátil.
Tenía ocho años, y ahí es cuando empiezo a tener recuerdos bastante nítidos. La crisis se llevó por delante la mayoría de la fortuna de mis padres. Cogieron un avión para intentar llevar a cabo unas negociaciones con tal de no perderlo todo. Tenía, y sigo teniendo miedo a volar; por eso no les acompañe. Esa es la razón de que no esté muerto.
Recuerdo dolorosamente el entierro. Sepultaron lo poco que quedaba de ellos en el panteón familiar. Ahí fue cuando descubrí qué es eso a lo que llaman “la maldición de los ricos”; solo estábamos yo, Riolu, el cura y los operarios de la funeraria. Una vez se fueron el resto de personas me quedé allí mucho más tiempo del que puedo recordar. Junto a mí, siempre fiel, estaba Riolu que era la única familia que me quedaba.
Entonces llegaron los dos empleados del orfanato. Los veía venir de lejos y sabía lo que iban a hacer. Me abracé a Riolu; no quería que me llevaran, y menos aún que me separaran de él. Se acercaron y se agacharon a mi lado; querían convencerme de que dejara a Riolu y que los acompañara por las buenas. Eran delicados, se ve que sabían cómo tratar a un crío que acababa de perderlo todo. Pero yo no iba a irme. En un momento dado me cogieron y me separaron a la fuerza de Riolu. Intenté que me soltaran, pero en vano. De repente, Riolu les atacó con palmeo. Le impactó en el pecho al que se encontraba a mi derecha; creo que le rompió algunas costillas. El otro operario sacó una pokéball y envió a luchar a un Houndoom. Les rogué que no le hicieran daño a Riolu, pero mis palabras cayeron en saco roto. Nunca había luchado y se cebaron con él. Tuve que ver como atacaban una y otra vez a mi amigo, a mi única familia, causándole daños fatales. Esas imágenes perduran todavía hoy en mi mente como grabadas a fuego. Mis padres muertos, separado de lo único que me quedaba, el orfanato; en aquel momento dejé de ser un niño.
El orfanato ocupa un lugar oscuro en mis recuerdos. No había más pokémon que los de los del personal de seguridad. A los empleados les importábamos poco más que una mierda. Los de mi edad me daban de lado por ser más inteligente de ellos. Los niños mayores me discriminaban constantemente. Allí fue donde comenzó mi carrera como desafiante de las leyes; conocí la venganza. Descubrí en mis propias carnes la satisfacción de hacer daño a los que te lo han hecho a ti. Todo empezó con aquel chico mayor que me rompió un brazo. En el comedor le “derramé accidentalmente” la sopa hirviendo en la cara. Recuerdo todavía con júbilo cómo se retorcía de dolor en el suelo. No volví a verle más antes de fugarme.
Lo siguiente fue lanzarle un jarrón sobre la cabeza desde una ventana a uno de los que me recogieron en el cementerio. Me pregunté durante mucho tiempo, hasta que lo descubrí, qué era eso de “traumatismo craneoencefálico” que le oí los días siguientes a algunos de los trabajadores.
Pero nada fue tan grave como lo que sufrió el Houndoom que atacó a Riolu. En aquel caso incluso llegué a asustarme de lo bien que me sentí. Un día, poco antes de mi fuga, encontré la puerta del cuarto de limpieza abierta. Robé un bote de legía y, sin que nadie me viese, envenené desde una de las ventanas que daban al patio trasero la comida de Houndoom antes de que se acercara. Hay pocas cosas de las que me arrepienta en mi vida; esta es una de ellas. Por brutal, cruel o fría que pueda ser una venganza, cuando provoca una muerte se cruza una delgada línea que tuve cuidado de no volver a cruzar el resto de mi vida, al menos hasta que formé parte de la élite del Team Rocket.
El 31 de diciembre es mi cumpleaños; y aquel cumpleaños pretendía celebrarlo por todo lo alto. Había robado una llave maestra del despacho del director; unas tenazas del almacén de mantenimiento; un mechero de uno de los empleados de los que fumaban y un pequeño bote de alcohol de la enfermería. Me llevó meses conseguirlo todo; esconderlo fue aún más difícil. Pero tenía el material, tenía un plan, y tenía la necesidad de abandonar aquella cárcel para siempre. Ese día de mi noveno cumpleaños tendría el mejor regalo del mundo; la libertad.
—Hace cuatro años que empezó esta maldita depresión. ¿Por qué me culpo si no pude hacer nada? Mi psicóloga dice que es una forma de canalizar la impotencia y creo que tiene razón; no hay mayor impotencia que ver que todo en lo que creías se desvanece para siempre sin poder hacer nada.
—Hace cuatro años, junto a muchos compañeros, esperaba el regreso de aquel que nos elevaría de nuevo hacia el estrellato. Mientras el resto mantenían la posición recibí un chivatazo; se encontraba en la frontera, entre Johto y Kanto. Corrí a buscarle; pero cuando llegué supe al instante que no era el mismo, le había sucedido algo, se lo leía en la cara.
—“Ríndete, Anthoni. El Team Rocket ha muerto para siempre. Jamás volveremos a ser lo que fuimos. Ya nada tiene sentido.”
Golpea con fuerza la mesa con el puño.
—Esas palabras siguen resonando en mi cabeza como si las hubiera escuchado ayer. Fueron las últimas palabras que escuché del que para mí era un ídolo. Aquel Giovanni no era el mismo que casi gobernó el mundo tres años antes; y, desde entonces, tampoco yo soy aquel imbatible y orgulloso agente que un día fui.
Resopla con una mezcla de pesadez y nostalgia
—Liberé a todos mis pokémon y, aunque al principio Lucario insistió en quedarse conmigo, acabé por echarlo por la fuerza. ¿Dónde estará? Hoy me arrepiento de ello. Lucario, eres la única familia que me quedaba y te aparté de mí. Creo que ahí fue cuando de verdad empecé a perder la cordura. Soy imbécil.
—Esta mañana, mi psicóloga me ha aconsejado que escriba sobre mi vida; como si fuera tan fácil. Dice que puede ayudarme con mi depresión; así que aquí estoy, haciendo los deberes para que no me eche la bronca en la sesión de mañana. Empecemos, pues.
Los primeros recuerdos que guardo son imágenes borrosa, casi irreconocibles. Sé que son de cuando tenía cinco años por un pequeño detalle; aparece Riolu. Es, o mejor dicho, era costumbre en mi familia hacerle entrega de un Riolu al primogénito cuando cumplía cinco años para que lo protegiera y acompañara durante toda su vida.
Provengo de una familia aristocrática. Nací entre algodones, y mi más joven niñez se basaba en vivir colmado de lujos y jugar con los pokémon que mis padres me traían. Por supuesto, Riolu siempre estaba ahí, como fiel acompañante que era. Y mi vida seguiría siendo una maravilla si no fuera por aquel odioso crack bursátil.
Tenía ocho años, y ahí es cuando empiezo a tener recuerdos bastante nítidos. La crisis se llevó por delante la mayoría de la fortuna de mis padres. Cogieron un avión para intentar llevar a cabo unas negociaciones con tal de no perderlo todo. Tenía, y sigo teniendo miedo a volar; por eso no les acompañe. Esa es la razón de que no esté muerto.
Recuerdo dolorosamente el entierro. Sepultaron lo poco que quedaba de ellos en el panteón familiar. Ahí fue cuando descubrí qué es eso a lo que llaman “la maldición de los ricos”; solo estábamos yo, Riolu, el cura y los operarios de la funeraria. Una vez se fueron el resto de personas me quedé allí mucho más tiempo del que puedo recordar. Junto a mí, siempre fiel, estaba Riolu que era la única familia que me quedaba.
Entonces llegaron los dos empleados del orfanato. Los veía venir de lejos y sabía lo que iban a hacer. Me abracé a Riolu; no quería que me llevaran, y menos aún que me separaran de él. Se acercaron y se agacharon a mi lado; querían convencerme de que dejara a Riolu y que los acompañara por las buenas. Eran delicados, se ve que sabían cómo tratar a un crío que acababa de perderlo todo. Pero yo no iba a irme. En un momento dado me cogieron y me separaron a la fuerza de Riolu. Intenté que me soltaran, pero en vano. De repente, Riolu les atacó con palmeo. Le impactó en el pecho al que se encontraba a mi derecha; creo que le rompió algunas costillas. El otro operario sacó una pokéball y envió a luchar a un Houndoom. Les rogué que no le hicieran daño a Riolu, pero mis palabras cayeron en saco roto. Nunca había luchado y se cebaron con él. Tuve que ver como atacaban una y otra vez a mi amigo, a mi única familia, causándole daños fatales. Esas imágenes perduran todavía hoy en mi mente como grabadas a fuego. Mis padres muertos, separado de lo único que me quedaba, el orfanato; en aquel momento dejé de ser un niño.
El orfanato ocupa un lugar oscuro en mis recuerdos. No había más pokémon que los de los del personal de seguridad. A los empleados les importábamos poco más que una mierda. Los de mi edad me daban de lado por ser más inteligente de ellos. Los niños mayores me discriminaban constantemente. Allí fue donde comenzó mi carrera como desafiante de las leyes; conocí la venganza. Descubrí en mis propias carnes la satisfacción de hacer daño a los que te lo han hecho a ti. Todo empezó con aquel chico mayor que me rompió un brazo. En el comedor le “derramé accidentalmente” la sopa hirviendo en la cara. Recuerdo todavía con júbilo cómo se retorcía de dolor en el suelo. No volví a verle más antes de fugarme.
Lo siguiente fue lanzarle un jarrón sobre la cabeza desde una ventana a uno de los que me recogieron en el cementerio. Me pregunté durante mucho tiempo, hasta que lo descubrí, qué era eso de “traumatismo craneoencefálico” que le oí los días siguientes a algunos de los trabajadores.
Pero nada fue tan grave como lo que sufrió el Houndoom que atacó a Riolu. En aquel caso incluso llegué a asustarme de lo bien que me sentí. Un día, poco antes de mi fuga, encontré la puerta del cuarto de limpieza abierta. Robé un bote de legía y, sin que nadie me viese, envenené desde una de las ventanas que daban al patio trasero la comida de Houndoom antes de que se acercara. Hay pocas cosas de las que me arrepienta en mi vida; esta es una de ellas. Por brutal, cruel o fría que pueda ser una venganza, cuando provoca una muerte se cruza una delgada línea que tuve cuidado de no volver a cruzar el resto de mi vida, al menos hasta que formé parte de la élite del Team Rocket.
El 31 de diciembre es mi cumpleaños; y aquel cumpleaños pretendía celebrarlo por todo lo alto. Había robado una llave maestra del despacho del director; unas tenazas del almacén de mantenimiento; un mechero de uno de los empleados de los que fumaban y un pequeño bote de alcohol de la enfermería. Me llevó meses conseguirlo todo; esconderlo fue aún más difícil. Pero tenía el material, tenía un plan, y tenía la necesidad de abandonar aquella cárcel para siempre. Ese día de mi noveno cumpleaños tendría el mejor regalo del mundo; la libertad.























