No, no me he olvidado del fic. Simplemente he sufrido un pequeño bloqueo que de forma graciosa solucioné; escribiendo. Lo que quiero decir es que no me salían las palabras para continuar la historia aunque sabía lo que tenía que suceder. En los últimos días, unas vacaciones en las que he visitado la Ciudadela de Jaca, entre otras cosas, han despertado de nuevo mi imaginación que he conseguido canalizar en forma de una nueva historia que tiene muy buena pinta. Si la continuo la compartiré en esto foros. Gracias a empezar a escribir otra historia encontré la forma de seguir esta y, aquí vuelvo.
1- No soy un especialista en batallas pokémon. Entiendo que la batalla que he relatado parezca plana e incluso aburrida, pero he de practicar para lograr algo decente. He leído batallas de otros fics, pero no se corresponden con mi estilo. Es por eso que agradecería eternamente vuestras críticas sobre cómo mejorar en este aspecto. Gracias de antemano.
2- No se me dan bien las historias de amor y no me gustan por temas personales. Pero considero y quiero que este fic contenga parte de ese sentimiento que es, quizás, el más humano, bello, horrible y traicionero a la vez. Es por eso que me disculpo si la forma de llevarlo a cabo no es la correcta o no transmite lo que debería.
Gracias de nuevo por tu comentario. Lo siento por la explicación; quizás peco de querer ser demasiado perfeccionista. La razón de que haya creado una explicación tan larga es para no "dejar cabos sueltos" intentando eliminar la sensación de ciencia ficción, acomodando el aparato a la lógica del mundo pokémon. El tema de la carta de Giovanni; quería que fuera un tipo de letra que se pareciera a la letra clásica de las máquinas de escribir y no encontraba otra. Seguiré buscando por si acaso tengo que repetir en un futuro que sea mas legible.
Hogar, dulce hogar
–Casi un año en Sinnoh y no haber visitado ni una vez Ciudad Canal. Tendríamos que haber hecho un poco más de turismo.
–Qué rápido has superado de lo Encina, ¿no?
–Bah. Tenías razón; no éramos tal para cuál. Ahora solo nos queda volver y hacer lo que tendríamos que haber hecho hace un año; volver al Team Rocket.
–En eso sí que estoy plenamente de acuerdo.
–Sí. Eso está bien.
Miré alrededor. El edificio del puerto era inmenso. Al frente, la zona de embarque; a la derecha, la zona de billetes. Nosotros estábamos en el centro, entre el ir y venir de la gente. En ese momento me di cuenta de que Aurea tenía razón, debía haber salido más del laboratorio. Lebanté la cabeza, el techo estaba magníficamente decorado con un fresco del mapa del mundo. Una escalación de pitidos se escuchó por toda la sala. “El crucero SS Anne, con destino Kanto, zarpará en veinte minutos. Por favor, diríjanse a la puerta de embarque número tres, malecón cuatro.”
–Vamos, que todavía no tenemos ni el billete comprado.
–¿Qué? Ah, perdón. Todavía no acabo de acostumbrarme.
–Pues mejor que te des prisa.
–Dame tiempo; no me puedo hacer tan rápido a algo como esto.
–No, no es eso. Que te des prisa en comprar el billete.
Corrimos hacia la ventanilla con el letrero “SS Anne”. Me choqué un par de veces con gente que caminaba en sentidos de lo más variado. Lucario, por su parte, no tenía problemas en ir esquivándolos a todos. El vestíbulo resultó ser más grande de lo que pensaba y llegué justo cuando estaban echando el cierre. Me detuve en seco, poniendo la mano encima del mostrador. Justo en ese momento, otra persona había realizado el mismo acto. Encima del mostrador había una mano ligeramente más pálida que la mía, con una pulsera de cuerda adornando una muñeca esbelta que se hacía una con los dedos suaves y alargados; una mano de pianista, es lo que pensé en ese preciso instante. Giré la cabeza y me encontré con una chica alta y delgada, con una figura muy estilizada. Una melena rubia, cortada a la altura de la barbilla, reflejaba la luz que entraba por los grandes ventanales. Un ojo grande y azul me miraba directamente; el otro yacía oculto bajo un flequillo que le daba un toque de misterio. Unas gotas de sudor le corrían por la frente y jadeaba un poco por la carrera que acababa de realizar. El cuello, también largo y delgado lucía adornado por un colgante en forma de gota de color negro. Llevaba una camisa blanca con las mangas arremangadas y un vaquero negro que bajaba ajustado hasta unas deportivas también negras, marcando perfectamente todas sus curvas. La posición que adoptaba, con una mano sobre el mostrador y la otra sujetando una mochila que llevaba al hombro, permitía contemplar una figura como nunca había visto antes.
–Disculpen –llamó nuestra atención la azafata–, pero tengo que cerrar. Me temo que solo queda un camarote, así que...
–¿Eh? –pregunté mientras seguía mirando a la chica
–No puede ser. ¿En serio? –dijo ella mientras se giraba hacia la azafata
–Cierra la boca, que se te cae la baba –me soltó Lucario, dándome un golpe en las costillas
–Sí. Ustedes verán quién se lo queda, pero dense prisa; el crucero zarpa en doce minutos
–¿Lo echamos a suertes? No tendrás por ahí una moneda.
–Yo; esto... ¡Espera un momento! Nosotros dos hemos llegado antes.
–Disculpa si discrepo, pero yo no estoy tan segura.
–Si hubieras llegado tu antes me hubiera quedado parado en seco al verte.
–¿Cómo? Esto...
–Calla, animal. Esa no es forma de camelarla.
–Disculpen, el tiempo pasa. Si les sirve de algo, el camarote es doble.
–¿Perdón? –preguntamos ambos al unísono
–Doble. Dos camas separadas. Además les saldrá a la mitad de precio si dividen. Todo ventajas, ¿no?
–Por mí perfecto.
–Yo no estaría tan segura –comentó entre dientes, mirándome de reojo
–¡Eh!
–No te lo tomes a mal, pero no te conozco de nada.
–Pero no creo que quieras esperar al siguiente.
–¿Cara o cruz? –preguntó rebuscando en el bolsillo
–Cara –respondí casi a la vez que lanzó la moneda
–Veremos lo que dicta el azar –concluyó mientras la moneda tintineaba en el suelo–. Vaya... Pues... Compartimos camarote, ¿no?
–Espera un momento; pero si...
–Al fin. Muy bien. Denme sus nombres para que expida los billetes.
–Yo... Esto... Anthoni Lendeg.
–Cintia Sniroa
–Muy bien. Son doscientos veinticinco cada uno.
–¿Cuánto?
–Venga; paga –me dijo mientras buscaba en su mochila
–Pero...
–También podemos ir en avión.
–Que te den –respondí mientras empezaba a buscar la cartera
–¿Perdón?
–No, no. No era a ti; era... Olvídalo.
Pagamos y la recepcionista nos entregó las llaves de un camarote de clase preferente y los billetes correspondientes. Eso explicaba el desorbitado precio. Aunque pensando en que el S.S. Anne se trataba de un crucero de lujo, no estaba tan mal el precio. Tan pronto acabamos de pagar, Cintia desapareció. A decir verdad, me importó poco y si no volvía a aparecer me ahorraba el compartir camarote. Yo tenía mis propias preocupaciones. Corrí hacia la zona de embarque y llegué al barco justo a tiempo. Tras pasar Lucario y yo, retiraron la pasarela. Me quedé mirando hacia afuera, esperando ver a la chica que me había hecho tener que compartir camarote, pero nada. Puede que hubiera llegado antes que yo, aunque al haber ido directo y a toda prisa no era muy probable.
Caminé hasta la posición del camarote. En mitad de un pasillo infinito, lleno de puertas y de gente que acababa de embarcar, encontré la puerta. Abrí con la llave y, al abrir la puerta, allí estaba. Se había quitado las deportivas y estaba tumbada leyendo un libro en una cama frente a la puerta, justo bajo una ventana de ojo de buey. Tenía las rodillas flexionadas hacia arriba, con los pies apoyados en el colchón; y parecía no haberse percatado de mi presencia. Entramos y cerré la puerta, procurando hacer un poco de ruido.
–Yo me quedo con esta, la tuya es esa de ahí –dijo rápidamente, sin apartar la vista de la lectura
–Creía que preferías tirar una moneda.
–Ja. Muy gracioso.
Caminé hacia el interior, pasando la puerta del baño. La habitación era relativamente pequeña para ser de clase preferente. Una cama de frente y otra a la izquierda. Un armario empotrado, también a la izquierda y un escritorio a la derecha era todo lo que ofrecía. No pude evitar soltar un suspiro. Avancé hacia mi cama, dejando caer mi mochila y mi maleta encima. Al pasar miré por el rabillo del ojo qué estaba leyendo. “El conde de Montecristo” era una novela que había leído en un par de ocasiones; así que aproveché para intentar iniciar una conversación.
–Alejandro Dumas. Siempre me ha gustado la forma en que en cada página te da una razón para seguir leyendo. Aunque, personalmente, soy más de “Los tres mosqueteros”.
–No tienes por qué hacerlo.
–¿Cómo?
–No tienes por qué intentar que nos llevemos bien. Ambos estamos ocupando parte del camarote que el otro quisiera tener solo para él. Y además, tú ganaste en el cara o cruz. Entiendo que tengas razones para que no te caiga muy bien. Del mismo modo sucede de forma recíproca.
–No es que no me caigas bien. Aún no te conozco para decidirlo. Si es verdad que siento un poco de rencor, vamos a tener que convivir las siguientes dos semanas y no es propio no intentar, al menos, llevarnos bien.
–Estoy de acuerdo, pero no pretendas hacerlo buscando gustos comunes en algo que seguramente conozcas solo de oídas.
–Muy listilla. Pero si te refieres a Dumas, he de decir que he leído en repetidas ocasiones muchos de sus libros.
–“En cada página te da una razón para seguir leyendo”. Por favor. Eso es lo que pondría en cualquier revista de literatura para novatos que pretenden sentirse intelectualmente superiores.
–Porque es la verdad.
–¿Cómo se llama el conde de Montecristo?
–Edmundo Dantés; eso sí que es algo de revista, pregunta algo más específico.
–Muy bien –respondió cerrando el libro–, tienes razón. ¿Cuantos compartimentos tenía el cofre?
–Tres. Uno con monedas, otro con lingotes y el último con piedras preciosas.
–Y ya que has mencionado antes a los mosqueteros –comentó mientras se sentaba, cruzando las piernas, y dirigiéndome la mirada por vez primera–; ¿Qué mal atormentaba al rey de Francia?
–Se aburría. ¿Ya está, esperaba algo más?
–Te gusta la literatura clásica –respondió riendo–. No puede ser. ¿En serio?
–Es un poco cruel llamarlo literatura clásica siendo ya novela moderna.
–Sí, bueno. Se entiende a qué me refiero.
–Sí.
–Y dices que prefieres los mosqueteros. ¿Cuál es tu favorita?
–Es difícil decirlo, pero estaría entre Sherlock Holmes y los cinco de Amadís de Gaula.
–Me refería a tu favorito de Dumas, pero ya que lo mencionas; ¿cómo diablos acabaste leyendo novelas de caballerías?
–Bueno, simplemente sentía curiosidad tras leer el Quijote.
–En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...
–...no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, rapidash flaco y houndour corredor.
Pasamos el resto de la mañana hablando de literatura. Mientras tanto, Lucario dormía plácidamente y el barco se alejaba lentamente de la costa de Sinho. La hostilidad inicial tardó un poco en disiparse y, aunque siempre conseguíamos sacar un tema de conversación, al principio intentábamos evitarnos todo lo posible. Pero el tiempo hace milagros, y una semana compartiendo camarote hace que se lleven bien cualquier par de enemigos, así que al final acabamos hablando de nuestras vidas.
Cintia era natural de Sinho y estaba embarcada en un viaje para mejorar como entrenadora pokémon. Había participado el la liga de su región quedando segunda, y ahora se dirigía hacia Kanto para participar en la liga. Su objetivo último era convertirse en campeona de Sinho, tal y como llevaba queriendo desde que no era más que una cría.
Provenía de una familia adinerada que, a pesar de ello, no le había dado ninguna clase de facilidades para que cumpliera su sueño. Sus padres hubieran querido que colgara el título de medicina en alguna pared de su mansión y, si bien había comenzado dichos estudios, los abandonó poco antes de acabarlos para perseguir su sueño. Llevaba sin hablarse con sus padres desde entonces. Su abuela, arqueóloga y conservadora de prestigio, era la única con quien seguía hablándose.
Yo le conté la parte de mi vida que no era, por así decirlo, secreta. Ocultando todo sobre mi implicación al Team Rocket, lo que quedaba no daba ni para un chiste, así que lo engrosé todo contando un par de anécdotas medio inventadas en las que cambiaba “Team Rocket” por “mi familia” o cosas similares. Tenía la sensación de que se había dado cuenta de que le ocultaba algo, pero nunca lo preguntó. Así que no tuve que dar explicaciones incómodas al respecto.
Desde que embarqué, noté como si alguien me espiara. Lucario me decía que era mi imaginación, que no me preocupara. Aun así, yo seguía notándolo. Esa sensación se agudizaba cada vez que subía a cubierta, especialmente cuando salía a pasear de noche. Faltaban tres días para que llegáramos a Kanto cuando, estando en la proa del barco, algo aterrizó sobre la barandilla. Una silueta más o menos redonda permanecía inmóvil en la oscuridad de la noche, posada sobre la barandilla. Lucario estaba tan sorprendido como yo, y tan inmóvil como la extraña silueta. Me acerqué, paso a paso, poco a poco. Cuando estaba a pocos metros podía sentir su respiración en el silencio de la noche. Fuera lo que fuese, estaba vivo. Giré la cabeza, haciéndole un gesto a Lucario para que se acercara. Cuando estuvo a mi altura, me acerqué a él y le dije que mantuviera un pequeño esfera aural para iluminar la silueta. Así lo hizo; de la oscuridad emergió un pokémon pájaro de color marrón, redondo, con unas cejas, o mejor dicho, con una ceja muy acentuada y acabada en dos flechas. Se apoyaba sobre una sola pata y nos miraba fijamente mientras giraba de vez en cuando la cabeza. Me costó identificarlo, pero acabé llegando a la conclusión de que era un hoothoot.
–¿Qué haces? ¿Eres tú quien me está siguiendo?
–Hoothoot. Hoothoot.
–Lucario...
–Ya lo has oído.
–Eso es relativo.
–No ha dicho nada. Solo ha hecho ese sonido.
–Me estás siguiendo; ¿sí o no?
–Hoothoot. –continuó mientras giraba extrañamente la cabeza– Hoothoot.
–Tomaré eso como un sí.
–¡Anthoni! ¡¿Estás ahí?!
El hoothoot salió volando hacia la oscuridad de la noche. Lucario detuvo en seco su esfera aural, dejándonos de nuevo a oscuras. La voz que me llamaba era la de Cintia. Me giré y vi una silueta frente a mí. Una luz me iluminó, cegándome antes de enfocarse al suelo.
–Al fin te encuentro. ¿Sabes cuánto llevo buscándote?
–No; pero no vuelvas a hacer eso.
–¿El qué? ¿La linterna? – preguntó volviendo a enfocarme
–¡Eso!
–Perdón, perdón. No me había dado cuenta. –pronunció rápidamente, apuntando de nuevo al suelo y riéndose inocentemente.
–En fin... ¿Qué querías?
–Me acabo de enterar que hay un campo de batalla en la cubierta cinco. Y quería pedirte un favor.
–Adelante.
–Verás; tengo un riolu desde hace algún tiempo y querría que luchara contra tu lucario para que aprendiera de su forma evolucionada.
–Comprendo. Lucario, ¿qué dices?
–Dalo por hecho.
Nos desplazamos hasta el estadio. Estaba vacío a esas horas de la noche, pero las paredes insonorizadas hacían que se pudiera utilizar a cualquier hora sin molestar al resto de pasajeros. Estaba muy nervioso; no quería quedar mal y, a pesar de haber recibido un entrenamiento especial de Viper y de haber formado parte del club de combates en la universidad, no me sentía cómodo enfrentándome a aquella persona que había quedado segunda en la liga de Sinho. Lucario parecía bastante más seguro que yo y, de vez en cuanto, me decía algo para animarme.
El combate sería puramente por entretenimiento y entrenamiento, de modo que no llegaríamos a que uno de los dos pokémos pudiera debilitarse. Cintia lanzó al instante a riolu contra Lucario en un fuerte ataque rápido. Hice que Lucario intentara rechazarlo con un ataque oseo, pero nuestra falta de práctica se hacía notar especialmente en la velocidad. Lucario calló de espaldas, pero estaba bien. Se levantó y opté por un esfera aural, que riolu esquivó sin dificultad.
–Venga ya. No nos estarás dejando ganar, ¿no?
–La falta de práctica...
–Deja que me acerque, Anthoni. Vamos a demostrarle que somos mejores cuerpo a cuerpo.
Hice caso a la petición de Lucario, enviando un a bocajarro. Riolu esquivó el primer par de golpes, aunque acabó cediendo ante la potencia del ataque. En ese momento me creí con la victoria; riolu seguía en el suelo y ordené a Lucario que repitiera la faena; en esta ocasión impactó de lleno y con toda la fuerza que cabía esperar. Pero pequé de imprudente y olvidé que me estaba enfrentando a alguien mejor que yo. Ordené a Lucario que repitiera por tercera vez el ataque justo cuando Cintia se sacó un as bajo la manga que debería haberme esperado habiendo conocido a Lucario desde que era un Riolu. Un certero contador lanzó literalmente a Lucario por los aires que, unido a la bajada de defensa que no había tenido en cuenta, quedó tumbado boca arriba en el suelo.
–Creo que es suficiente –admití–. Has ganado, no estamos preparados para enfrentarnos a tí.
–Solo necesitáis práctica. Y menos de la que puedas creer.
Cintia devolvió a Riolu a la pokéball y, entre los dos, llevamos a Lucario al centro pokémon. Aunque yo no fuera precisamente un genio, ella era demasiado buena. Ni me quería imaginar cómo sería aquel que quedó delante de ella en la liga, así que ni mencionemos al Alto Mando o al Campeón. No debería haber aceptado un reto que debería haber sabido que no era capaz de ganar.
No volví a ver al hoothoot en el resto del viaje. Cuando llegamos a Ciudad Carmín, no pude evitar observar desde la proa del barco el muelle en el que estaba atracado el buque del ejercito aquella noche de hacía casi seis años. Al bajar del barco, Cintia y yo estuvimos hablando durante un rato. A mí me estaban esperando en un coche y ella se quedaría para retar al Lugarteniente, así que ahí es donde se separaban nuestros caminos. Ella se acercó y , tras una pequeña pausa, me dio un beso en la mejilla y se giró para irse. En ese momento algo dentro de mí se apoderó de mi cuerpo. Le cogí la mano antes de que se alejara. Ella se giró, me miraba fijamente. Me acerqué y la besé en los labios. Fue como si, por un momento, el mundo dejara de existir. Le miré a los ojos; me encontré con unas pupilas preciosas que mi miraban fijamente; esbozó una sonrisa. Esa vez fui yo quien, con un “volveremos a vernos”, me giré y caminé hacia donde un coche de color negro mate me estaba esperando. Por vez primera en mi vida sentía que hacía lo correcto y esa fue, quizás, una de las últimas veces que lo sentí.