Los pokémon también sangran
Cita de Novelista
Evaluación
Evaluación del Fic
Los pokémon también sangran
Los pokémon también sangran
Autor: Demian
Tema y Trama del Fic: 14/15
El prólogo sorprende, al presentar un concepto bastante olvidado de la lógica de los Pokémon, esa noción de historia y paralelo desarrollo con nuestro mundo. Se tiene una percepción distinta a lo visto en el anime y manga, lo que es refrescante al materializar con palabras como debió ser el pasado del mundo Pokémon como lo conocemos. La idea del destino y sus ocurrencias me parece quizás trillada, pero no pierde el encanto considerando las posibilidades que ofrece.
La Gramática, Ortografía y Estructura de la Escritura: 14/15
Sólo unas cositas, por lo que vi son errores de escribir rápido en el ordenador o quizás regionales, corrígeme si me equivoco: champignones es champiñones, camorote es camarote. Por lo demás, es un buen escrito, límpido, de buen ritmo.
El Desarrollo del Fic, es decir, la forma de expresar del autor: 18/20
Ofreces claridad al escrito, con un toque suave de narración épica sin salirse del contexto y dejar de lado la parte directa. Realista en varios aspectos, me gustaron las frases que aludían rotundamente al universo de Pokémon. Siento que pudo ser más épico, releyendo me doy cuenta de que siendo reinos lejanos, vidas difíciles y sucesos inesperados, dan cabida a reflexiones o también narraciones homéricas. Aunque me imagino que conforme avance la historia algo así pasará.
Total:46/50 (Con un mínimo de 30)
Conclusión: Fic apto para la Publicación.
Comentarios:
No puedo evitar pensar en la frase: “Regreso Triunfal”. La historia se ve prometedora y conociéndote tendrás mucho por contarnos. Mis mejores deseos.
Evaluado
By Novelista
By Novelista
Hermosa evaluación, muchas gracias, Anita.
Los pokémon también sangran
Bueno, como conocen la clase de ser vil, cruel y despiadado que soy les traigo un fic corto pero interesante para no perder la costumbre de escribir. La historia va a tratar sobre épocas antiguas, como solíamos escribir en los buenos tiempos con Cygnus, más que nada en la edad medieval donde las pokeball y los sistemas de almacenamiento cibernéticos no existían. Hay mucha batalla pokémon y bastante sangre debo decir así no hiero la mente de nadie. Así mismo, va a ser una historia con una aventura de alta calidad. Les digo de antemano que no sé mucho acerca de nuevos ataques y generaciones, les pido disculpas y espero que me corrijan para ayudarme a mejorar. Por cierto, es muy posible que en cierto momento ingresen al fic capítulos de otras personas, me gustaría que todos participen por eso sería bueno que lean y comenten. Si les da pereza comentar sobre la ortografía y esas cosas no lo hagan, vayan directo al punto; qué es lo que les gustó o no. Irá el prólogo y el primer capítulo que espero que les guste mucho.
Índice:
Prólogo
Capítulo 1: Crocune
Capítulo 2: Coralair
Capítulo 3: Buce
Capítulo 4: Comercio Pokémon
Capítulo 5: Ariadne
Capítulo 6: Armamentística
Capítulo 7: El Bosque Plateado
Capítulo 8: Las Cinco Tempestades
Prólogo
Spoiler
Fedri era una ciudad antigua que fue capital de un poderoso imperio. Se encontraba muy alejada de las regiones de Kanto, Johto y demás pero ese imperio mantenía con ellas un buen comercio. Había una diferencia notable entre ésta y esas regiones más que nada en el trato que le daban a sus pokémon. En los tiempos antiguos, en Kanto las personas mantenían una especie de simbiosis con sus pokémon, trabajando juntos, construyendo ciudades mano a mano y, por lo general, conviviendo al lado de esos seres con una estima encomiable. Por el contrario, en Fedri y en todas las tierras del imperio Therraf las cosas eran muy distintas.
Los pokémon eran seres salvajes, difíciles de domesticar, sólo las personas más fuertes o aquellos que dominaban la hechicería podían hacerlo. Pero existía una soberana, aquella que portaba el título de emperatriz, que con su simple presencia podía dominar a cualquier pokémon que quisiera. Sin embargo, su poder tenía un impedimento: no podía controlar nada fuera de los límites de la ciudad, más precisamente del perímetro que formaban las cuatro torres que había hecho construir con ese único fin. Además, debía llevar por siempre una máscara de oro en su cara y un cetro que eran los objetos hechizados para dominar así todo tipo de pokémon.
Aún con esa limitación, Sephra, la emperatriz, controlaba todo. Nadie sabía que ella no podía ejercer su poder fuera de la ciudad por eso todos le obedecían creyendo que era una especie de diosa enviada a ese lugar para reinar. Tenía soldados humanos leales, campesinos trabajando día y noche a su disposición y una larga lista de esclavos a los cuales sometía de todas las maneras imaginables.
Con un gran imperio a sus pies, Sephra sólo tenía un último objetivo: conquistar las regiones orientales y volverse así la suprema dueña del planeta. Para eso, no podía contar con su poder, debía formar guerreros humanos capaces de dominar pokémon y sembrar el caos en las tierras lejanas. Guerreros poderosos, sobrenaturales, que pudieran domar hasta los más fieros dragones.
En esa época, cuando Sephra se preparaba para una guerra de tamaño sideral con sus grupos de guerreros denominados Caohis, apareció en las yermas planicies orientales del imperio Therraf un muchacho joven con un pokémon que sin tener mucha idea de la situación que acontecía iba a cambiar el curso de la historia, para bien o para mal.
Los pokémon eran seres salvajes, difíciles de domesticar, sólo las personas más fuertes o aquellos que dominaban la hechicería podían hacerlo. Pero existía una soberana, aquella que portaba el título de emperatriz, que con su simple presencia podía dominar a cualquier pokémon que quisiera. Sin embargo, su poder tenía un impedimento: no podía controlar nada fuera de los límites de la ciudad, más precisamente del perímetro que formaban las cuatro torres que había hecho construir con ese único fin. Además, debía llevar por siempre una máscara de oro en su cara y un cetro que eran los objetos hechizados para dominar así todo tipo de pokémon.
Aún con esa limitación, Sephra, la emperatriz, controlaba todo. Nadie sabía que ella no podía ejercer su poder fuera de la ciudad por eso todos le obedecían creyendo que era una especie de diosa enviada a ese lugar para reinar. Tenía soldados humanos leales, campesinos trabajando día y noche a su disposición y una larga lista de esclavos a los cuales sometía de todas las maneras imaginables.
Con un gran imperio a sus pies, Sephra sólo tenía un último objetivo: conquistar las regiones orientales y volverse así la suprema dueña del planeta. Para eso, no podía contar con su poder, debía formar guerreros humanos capaces de dominar pokémon y sembrar el caos en las tierras lejanas. Guerreros poderosos, sobrenaturales, que pudieran domar hasta los más fieros dragones.
En esa época, cuando Sephra se preparaba para una guerra de tamaño sideral con sus grupos de guerreros denominados Caohis, apareció en las yermas planicies orientales del imperio Therraf un muchacho joven con un pokémon que sin tener mucha idea de la situación que acontecía iba a cambiar el curso de la historia, para bien o para mal.
Capítulo 1: Crocune
Spoiler
Crocune era un muchacho desarrapado que vivía en Kanto, más específicamente en Ciudad Carmín que entonces era una sucia comarca con pescadores, mercaderes y piratas. Trabajaba junto a su padre quien tenía una gran cantidad de pokémon de tipo agua a su disposición y lo ayudaban en las tareas cotidianas. Él reparaba barcos los cuales se utilizaban mucho en esa época ya que era raro ver pokémon voladores de gran tamaño en la región para transportar elementos. Además, la única forma de llevar y traer especias desde la región Therraf era por barco, si lograbas sortear su mar lleno de Sharpedo.
Al joven no le gustaba mucho la idea de la carpintería y la metalurgia pero como de niño encontró un Charmander que se encariñó con él, entonces era muy raro que un niño y un pokémon salvaje tuvieran relación, su padre le dijo que el destino quería que él trabajara el metal de los cascos de los barcos. Y así fue como aprovechó su niñez y parte de su adolescencia arreglando barcos de hombres que lo único que hacían era maltratarlo a él y a su padre cuando los precios eran altos o el trabajo tomaba tiempo.
Al menos su madre cocinaba muy bien y a él y a su Charmander les encantaba comer. Por si las cosas no fueran suficientemente malas, aparte de trabajar todo el día, vivía en una casa muy pobre donde el taller de barcos ocupaba la mayor parte de la parcela. Conocía algunos jóvenes de su edad que vivían jugando porque sus padres eran marineros… eso sí que era una buena vida. En realidad muy pocos marineros volvían de altamar pero cuando lo hacían traían infinidad de tesoros y ganancias por lo que sus mujeres y sus hijos vivían felices por mucho tiempo. Él y Charmander estaban hechos para la vida fácil, no para el trabajo duro.
Fue una noche de mucho trabajo, mientras su padre había ido a buscar unas herramientas de un vecino, que él y su pokémon de fuego tomaron un descanso recostándose suavemente dentro de uno de los botes que habían reparado hacía poco.
—Oh, cielos, Charmander, qué día. Lo que daría en este momento por comer un buen salteado de vegetales y champiñones. Espero que papá regrese rápido así terminamos de una vez esta maldita chalupa que ya me tiene los ojos al rojo vivo. Sólo descansaré un poco.
Charmander farfulló algo ininteligible en su idioma y se recostó sobre su pecho, enrollando en su cuerpo su flamígera cola. Con el pesado día y la comodidad del sitio no tardaron en dormirse.
Cuando Crocune se despertó ya estaba a varias leguas marinas de su hogar. Charmander dio la alarma de que algo malo pasaba y cuando el chico vio que se encontraba en el medio de la inmensidad del océano no lo podía creer. De repente se puso histérico, pensó que moriría, o peor, que se mojaría. Ni a él ni a Charmander les gustaba el agua.
—Tranquilo, amigo, saldremos de aquí. Sólo necesitamos esperar a que el faro muestre su luz o que un barco venga y nos…
—¡CHAAAAAAR!
El chillido de su amigo lo hizo voltear a ver qué pasaba.
—¡Oh, no!
Una ola gigantesca cubrió el cielo. Eso se los iba a tragar muy pero muy profundo. Charmander tembló y se abrazó a la olorosa y requemada prenda de vestir azul de Crocune. El chico lo vio a los ojos y lo abrazó con fuerza.
—Pase lo que pase no nos vamos a separar. Vamos a estar juntos, compañero.
El pequeño pokémon asintió y cerró los ojos. Crucune lo apretó fuerte contra su pecho, tanto que la llama de la cola le quemaba los cabellos. La gran ola se abatió sobre ellos, inexpugnable. El bote se volteó como catapulta, envolviéndolos y llevándolos a las entrañas del mar. No tardaron en desmayarse cuando el agua llenó completamente su sistema respiratorio.
Momentos después un grupo de marineros lo reanimaba en la superficie de un gran barco. Desesperado, en cuanto volvió en sí buscó a sus lados a su pokémon.
—¿Buscas al lagarto rojo? Mmm, no está nada bien, tragó más agua que tú, mira que eso es decir bastante —le habló un tipo alto, de piel blanca y barba abundante que estaba frente a él.
Crocune se sorprendió bastante al verlo y al admirar también a todos los demás que eran muy parecidos. Esos no eran marinos de su ciudad, ni siquiera de su región. Eran piratas, o peor, marinos de Therraf. Los marinos de Therraf tenían muy mala reputación, solían intercambiar metales y piedras preciosas por mujeres o niños para la explotación. Crocune no tenía mucha idea acerca de la esclavitud porque en Kanto no se practicaba pero se lo imaginaba y no le gustaba para nada la idea. Bastante le molestaba ver de vez en cuando a las personas maltratando a los pokémon que usaban para trabajar.
—Nuestro médico está curándolo, vamos a ver cómo le haces para pagar —dijo otro tipo flaquito que había cerca, con la misma gran barba y un cabello rojizo muy llamativo.
Crocune se enderezó y trató de nivelar su cuerpo. Estaba muy mareado, sentía el pecho adolorido y el estómago pesado.
—Jajaja, parece que acabara de salir del estómago de un Wailord —comentó un tipo robusto de cabeza rapada.
—¿Dónde estoy? —preguntó el chico.
—No importa dónde estamos sino a dónde vamos —le explicó el tipo que lo había reanimado—. Nos dirigimos al puerto de Coralair, en Therraf.
Crocune asintió algo perdido. Sólo había una razón por la que aún no había muerto y era porque a esos tipos seguro les interesaba más venderlo como esclavo que como un montón de abono para Roselia.
—¿Cómo vas a pagar, ah? —volvió a hablar el nervioso flacucho.
El chico negó con la cabeza.
—No tengo dinero pero si me regresan a mi ciudad mi padre les pagará —trató de negociar.
—Oh, no, sin duda no será nada provechoso regresar. Creo que podrías sernos más útil trabajando, tienes un pokémon de fuego, si sobrevive, cosa muy improbable, nos va a ayudar en la cocina. Y tú pareces tener pinta de saber cocinar, ¿no? —preguntó el tipo de cabello claro y barba abundante que lo revivió, parecía ser el líder.
Crocune tragó en seco. En la cocina él quemaba hasta las cucharas. Pero no podía decir que no, su vida estaba en juego.
—Ehh, sí, claro, los platillos de mi ciudad me salen exquisitos. ¿Cuánto tendré que cocinar para poder volver a mi casa?
De repente los marinos se admiraron, sonrientes, como si estuviera haciendo una pregunta demasiado ingenua. Todos empezaron a reír como locos. El tipo que lo había asistido se levantó y sacó de su cinturón una espada de metal. Era algo imponente y muy atemorizante, nunca había visto de cerca nada igual. Los únicos que solía ver con espadas en su ciudad eran piratas de poca monta que sólo las utilizaban para asustar, esa era de verdad, enorme, pesada, finamente pulida y afilada. Esos tipos no eran simples aventureros que se hicieron a la mar. Eran guerreros de Therraf.
—Tu vida ya no está en tus manos ni en la de tus padres; está en las nuestras. Cocinarás por hoy y por siempre. —Las palabras le cayeron al joven como piedras en los hombros—. Y agradece que sólo eso te haremos hacer.
El chico empezó a temblar. Eso no era lo que esperaba. Los sujetos lo dejaron tirado en la cubierta y volvieron a ocuparse de sus tareas. Por el momento Crocune estaba tan shockeado que no podía reaccionar. Seguía preocupado por su pokémon, por sus dolores y por estar lejos de su casa; aún no entendía bien que ya no era dueño de su libertad.
Se incorporó y pudo ver perfectamente el barco y el mar. Aún era de noche pero las aguas estaban más calmas… o tal vez los tipos sabían por dónde ir para que una ola no los aplaste. Se ponía a pensarlo bien y por más de que en ese momento estuviera preso no podía negar que se sentía muy agradecido de estar vivo. Cualquiera hubiera muerto con tremendo accidente. No entendía cómo había sucedido, ¿por qué el bote se había desplazado hacia el mar mientras dormía? Se había quedado dormido en botes un millar de veces y nunca le había pasado nada. Sin dudas el destino lo quería en ese barco. Y después de pensarlo bien tampoco le urgía demasiado volver a su casa, su padre seguramente lo regañaría, tendría que seguir trabajando y volvería a la vida pesada de siempre. Él toda su vida había querido ser marino, claro, no en un barco como ese y menos siendo cocinero.
Fueron muchas horas las que Crocune se pasó dando vueltas en el barco sin nada que hacer. Los fuertes navegantes se ocupaban de intercambiar chistes, adecuar el barco para la navegación y tomar bastante licor. Luego del momento en que le hablaron nadie volvió a dirigirle la palabra, ni siquiera lo miraban. Era como un pokémon fantasma dando vueltas en el barco hasta que el médico llegó. Era un sujeto bajito y escuálido, sin barba y con un semblante totalmente sonriente.
—Tu pokémon estará bien. Es realmente muy raro que hayan sobrevivido con el mar tan bravo. Él necesita descansar y creo que tú también así que te llevaré a un camarote vacío. Te lo advierto, debes estar preparado para que en cualquier momento se solicite tu presencia.
Crocune aprovechó para informarse un poco al ver que el médico era un tanto simpático.
—¿Es cierto que voy a tener que quedarme aquí para siempre? Yo estoy agradecido pero me gustaría volver a mi casa.
El médico lo admiró con semblante rígido.
—Creo que lo mejor que te podría pasar es quedarte aquí para siempre. No creo que te gusten los demás futuros que podrían caerte. Te lo digo como un consejo, olvida que alguna vez tuviste un hogar.
Con esa última frase, el médico lo acompañó al interior del barco donde había un pequeño cuarto en el cual apenas cabían los dos. Crocune entró y pudo ver a su Charmander dormitando sobre unas mantas. Se agachó a abrazarlo y se recostó a su lado mientras el médico cerraba la puerta.
—Charmander, no te preocupes. Vamos a estar en este barco hasta que lleguemos a tierra. No será mucho tiempo.
Sin decir más, entrecerró los ojos para aprovechar el instante de descanso sin saber que, mientras dormía, el destino lo seguiría llevando por dónde quisiera.
Al joven no le gustaba mucho la idea de la carpintería y la metalurgia pero como de niño encontró un Charmander que se encariñó con él, entonces era muy raro que un niño y un pokémon salvaje tuvieran relación, su padre le dijo que el destino quería que él trabajara el metal de los cascos de los barcos. Y así fue como aprovechó su niñez y parte de su adolescencia arreglando barcos de hombres que lo único que hacían era maltratarlo a él y a su padre cuando los precios eran altos o el trabajo tomaba tiempo.
Al menos su madre cocinaba muy bien y a él y a su Charmander les encantaba comer. Por si las cosas no fueran suficientemente malas, aparte de trabajar todo el día, vivía en una casa muy pobre donde el taller de barcos ocupaba la mayor parte de la parcela. Conocía algunos jóvenes de su edad que vivían jugando porque sus padres eran marineros… eso sí que era una buena vida. En realidad muy pocos marineros volvían de altamar pero cuando lo hacían traían infinidad de tesoros y ganancias por lo que sus mujeres y sus hijos vivían felices por mucho tiempo. Él y Charmander estaban hechos para la vida fácil, no para el trabajo duro.
Fue una noche de mucho trabajo, mientras su padre había ido a buscar unas herramientas de un vecino, que él y su pokémon de fuego tomaron un descanso recostándose suavemente dentro de uno de los botes que habían reparado hacía poco.
—Oh, cielos, Charmander, qué día. Lo que daría en este momento por comer un buen salteado de vegetales y champiñones. Espero que papá regrese rápido así terminamos de una vez esta maldita chalupa que ya me tiene los ojos al rojo vivo. Sólo descansaré un poco.
Charmander farfulló algo ininteligible en su idioma y se recostó sobre su pecho, enrollando en su cuerpo su flamígera cola. Con el pesado día y la comodidad del sitio no tardaron en dormirse.
Cuando Crocune se despertó ya estaba a varias leguas marinas de su hogar. Charmander dio la alarma de que algo malo pasaba y cuando el chico vio que se encontraba en el medio de la inmensidad del océano no lo podía creer. De repente se puso histérico, pensó que moriría, o peor, que se mojaría. Ni a él ni a Charmander les gustaba el agua.
—Tranquilo, amigo, saldremos de aquí. Sólo necesitamos esperar a que el faro muestre su luz o que un barco venga y nos…
—¡CHAAAAAAR!
El chillido de su amigo lo hizo voltear a ver qué pasaba.
—¡Oh, no!
Una ola gigantesca cubrió el cielo. Eso se los iba a tragar muy pero muy profundo. Charmander tembló y se abrazó a la olorosa y requemada prenda de vestir azul de Crocune. El chico lo vio a los ojos y lo abrazó con fuerza.
—Pase lo que pase no nos vamos a separar. Vamos a estar juntos, compañero.
El pequeño pokémon asintió y cerró los ojos. Crucune lo apretó fuerte contra su pecho, tanto que la llama de la cola le quemaba los cabellos. La gran ola se abatió sobre ellos, inexpugnable. El bote se volteó como catapulta, envolviéndolos y llevándolos a las entrañas del mar. No tardaron en desmayarse cuando el agua llenó completamente su sistema respiratorio.
Momentos después un grupo de marineros lo reanimaba en la superficie de un gran barco. Desesperado, en cuanto volvió en sí buscó a sus lados a su pokémon.
—¿Buscas al lagarto rojo? Mmm, no está nada bien, tragó más agua que tú, mira que eso es decir bastante —le habló un tipo alto, de piel blanca y barba abundante que estaba frente a él.
Crocune se sorprendió bastante al verlo y al admirar también a todos los demás que eran muy parecidos. Esos no eran marinos de su ciudad, ni siquiera de su región. Eran piratas, o peor, marinos de Therraf. Los marinos de Therraf tenían muy mala reputación, solían intercambiar metales y piedras preciosas por mujeres o niños para la explotación. Crocune no tenía mucha idea acerca de la esclavitud porque en Kanto no se practicaba pero se lo imaginaba y no le gustaba para nada la idea. Bastante le molestaba ver de vez en cuando a las personas maltratando a los pokémon que usaban para trabajar.
—Nuestro médico está curándolo, vamos a ver cómo le haces para pagar —dijo otro tipo flaquito que había cerca, con la misma gran barba y un cabello rojizo muy llamativo.
Crocune se enderezó y trató de nivelar su cuerpo. Estaba muy mareado, sentía el pecho adolorido y el estómago pesado.
—Jajaja, parece que acabara de salir del estómago de un Wailord —comentó un tipo robusto de cabeza rapada.
—¿Dónde estoy? —preguntó el chico.
—No importa dónde estamos sino a dónde vamos —le explicó el tipo que lo había reanimado—. Nos dirigimos al puerto de Coralair, en Therraf.
Crocune asintió algo perdido. Sólo había una razón por la que aún no había muerto y era porque a esos tipos seguro les interesaba más venderlo como esclavo que como un montón de abono para Roselia.
—¿Cómo vas a pagar, ah? —volvió a hablar el nervioso flacucho.
El chico negó con la cabeza.
—No tengo dinero pero si me regresan a mi ciudad mi padre les pagará —trató de negociar.
—Oh, no, sin duda no será nada provechoso regresar. Creo que podrías sernos más útil trabajando, tienes un pokémon de fuego, si sobrevive, cosa muy improbable, nos va a ayudar en la cocina. Y tú pareces tener pinta de saber cocinar, ¿no? —preguntó el tipo de cabello claro y barba abundante que lo revivió, parecía ser el líder.
Crocune tragó en seco. En la cocina él quemaba hasta las cucharas. Pero no podía decir que no, su vida estaba en juego.
—Ehh, sí, claro, los platillos de mi ciudad me salen exquisitos. ¿Cuánto tendré que cocinar para poder volver a mi casa?
De repente los marinos se admiraron, sonrientes, como si estuviera haciendo una pregunta demasiado ingenua. Todos empezaron a reír como locos. El tipo que lo había asistido se levantó y sacó de su cinturón una espada de metal. Era algo imponente y muy atemorizante, nunca había visto de cerca nada igual. Los únicos que solía ver con espadas en su ciudad eran piratas de poca monta que sólo las utilizaban para asustar, esa era de verdad, enorme, pesada, finamente pulida y afilada. Esos tipos no eran simples aventureros que se hicieron a la mar. Eran guerreros de Therraf.
—Tu vida ya no está en tus manos ni en la de tus padres; está en las nuestras. Cocinarás por hoy y por siempre. —Las palabras le cayeron al joven como piedras en los hombros—. Y agradece que sólo eso te haremos hacer.
El chico empezó a temblar. Eso no era lo que esperaba. Los sujetos lo dejaron tirado en la cubierta y volvieron a ocuparse de sus tareas. Por el momento Crocune estaba tan shockeado que no podía reaccionar. Seguía preocupado por su pokémon, por sus dolores y por estar lejos de su casa; aún no entendía bien que ya no era dueño de su libertad.
Se incorporó y pudo ver perfectamente el barco y el mar. Aún era de noche pero las aguas estaban más calmas… o tal vez los tipos sabían por dónde ir para que una ola no los aplaste. Se ponía a pensarlo bien y por más de que en ese momento estuviera preso no podía negar que se sentía muy agradecido de estar vivo. Cualquiera hubiera muerto con tremendo accidente. No entendía cómo había sucedido, ¿por qué el bote se había desplazado hacia el mar mientras dormía? Se había quedado dormido en botes un millar de veces y nunca le había pasado nada. Sin dudas el destino lo quería en ese barco. Y después de pensarlo bien tampoco le urgía demasiado volver a su casa, su padre seguramente lo regañaría, tendría que seguir trabajando y volvería a la vida pesada de siempre. Él toda su vida había querido ser marino, claro, no en un barco como ese y menos siendo cocinero.
Fueron muchas horas las que Crocune se pasó dando vueltas en el barco sin nada que hacer. Los fuertes navegantes se ocupaban de intercambiar chistes, adecuar el barco para la navegación y tomar bastante licor. Luego del momento en que le hablaron nadie volvió a dirigirle la palabra, ni siquiera lo miraban. Era como un pokémon fantasma dando vueltas en el barco hasta que el médico llegó. Era un sujeto bajito y escuálido, sin barba y con un semblante totalmente sonriente.
—Tu pokémon estará bien. Es realmente muy raro que hayan sobrevivido con el mar tan bravo. Él necesita descansar y creo que tú también así que te llevaré a un camarote vacío. Te lo advierto, debes estar preparado para que en cualquier momento se solicite tu presencia.
Crocune aprovechó para informarse un poco al ver que el médico era un tanto simpático.
—¿Es cierto que voy a tener que quedarme aquí para siempre? Yo estoy agradecido pero me gustaría volver a mi casa.
El médico lo admiró con semblante rígido.
—Creo que lo mejor que te podría pasar es quedarte aquí para siempre. No creo que te gusten los demás futuros que podrían caerte. Te lo digo como un consejo, olvida que alguna vez tuviste un hogar.
Con esa última frase, el médico lo acompañó al interior del barco donde había un pequeño cuarto en el cual apenas cabían los dos. Crocune entró y pudo ver a su Charmander dormitando sobre unas mantas. Se agachó a abrazarlo y se recostó a su lado mientras el médico cerraba la puerta.
—Charmander, no te preocupes. Vamos a estar en este barco hasta que lleguemos a tierra. No será mucho tiempo.
Sin decir más, entrecerró los ojos para aprovechar el instante de descanso sin saber que, mientras dormía, el destino lo seguiría llevando por dónde quisiera.
Hasta el próximo!

Gracias a todos por recordarme
Sólo tengo buenos recuerdos de ustedes y de este agradable lugar también.







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. Esperemos que no se encuentre de nuevo con esos marineros, o le irá muy mal xD.




