Advertencia: este capítulo contiene escenas de violencia y lenguaje adulto que pueden afectar la sensibilidad de ciertas personas.
Capítulo VII: El inicio de la extinción
Lunes 21 de Enero del 2008, 01:48 p.m., Las Toscas, Santa Fe, Argentina
La imagen era horrorizadora, petrificante, dolorosa. Tanto Dark, como Edu y CP sintieron una ira interna. El gran aprecio que tenían hacía los pokémon provocó que al ver tal escena, sintieran un profundo sentimiento de venganza. No podían creer lo que veían, no podían creer que de verdad estuviera pasando.
Allí, en medio de ese gran prado, había varias personas de uniforme negro, cada una con una función diferente. Algunos azotaban con látigos a varios Vileplume encadenados, para que utilizaran dulce aroma, y atrajeran a los pokémon. Cuando los pokémon venían, grandes cantidades de estas personas golpeaban a las criaturas con látigos, provocándoles grandes heridas, y dejándolos sangrando. Luego, otro grupo de gente los metía dentro de pokebolas negras, que iban a parar a cajas de madera para luego ser almacenadas en un camión de carga, para luego ir a quien sabe donde.
La escena ya era cruel para los pokémon débiles, pero a los más fuertes se les presentaba algo peor. Para los pokémon que lograban oponer resistencia a los latigazos, les esperaba un dolor mucho peor, ya que un pequeño grupo de estas personas estaban armados, para disparar a cualquier criatura que no quisiera ser capturada.
Todo era muy triste. No solo hacía acto de presencia la crueldad y el dolor, sino que también estaba presente la muerte. Por varios pokémon que estaban tirados inmóviles en el suelo, sin ser capturados, no costó descifrar que habían muerto en el proceso de captura.
Una lágrima se derramó por el ojo de Dark. El enojo, la ira y la furia que sentía eran imparables. Nunca había sentido tal enojo. Tal era su furia, que era capaz de arrasar con la vida de aquellos humanos por cada pokémon que capturaron.
–¡Hijos de…! –maldijo Dark, golpeando el suelo con su puño.
El insulto le sirvió para desquitarse, pero llamó la atención de ellos. Uno de los hombres encargados de purgar la zona, se les acercó. Era alto, grande y corpulento; tenía el pelo corto al estilo militar, y no se veía tan joven. Llevaba un látigo en la mano, manchado con la sangre de quien sabe cuantos pokémon.
–¡Ustedes! ¡Alto! –gritó.
CP y Edu tomaron a Dark de los brazos y lo levantaron para irse. Era conveniente alejarse antes que les quitaran sus pokémon.
–¡Ya nos vamos! ¡No queremos problemas, nos iremos en seguida! –dije con gran nerviosismo CP, retrocediendo un par de pasos.
–No. Se quedan aquí. Revisaré si tienen algún pokémon, y luego se podrán ir –dijo con una voz fría aquel sujeto.
–¡No tenemos ningún pokémon! –exclamó, aún más nervioso, el administrador.
El hombre se acercó a los tres, y los comenzó a revisar, empezando con CP. Tras revisar y confirmar que no llevaba nada oculto en la ropa, empezó a revisar sus pertenencias. Le sacó la mochila, pero solo encontró ropa, algo de comida, mapas, y dinero. Sin embargo, el tipo encontró algo que le llamó la atención.
–¿Qué es esto…? –dijo el sujeto, a lo que los tres pensaron que encontró la pokebola de Charmander.
El hombre revolvió un poco la mano en la mochila, hasta agarrar firmemente algo, y disponerse a sacarlo. Sacó la mano de la mochila, y con ella sostenía una pistola.
–¿Un arma? ¿Por qué lleva un arma? –empezó a interrogar.
–Ah… eso… es que… –CP no sabía que palabras usar– verá…
–Es el arma reglamentaria… ¿acaso es policía? –preguntó el hombre.
–Eh… ¡sí! Sólo que estoy sin trabajo actualmente por una lesión, es eso –inventó el administrador–. Y como no quería quedarme sin hacer nada, de la comisaria de Las Toscas me mandaron a hablar con quien esté a cargo.
–Si eso es verdad, muéstreme su placa –dijo el sujeto–. Por más de que esté parado por una lesión, debe tener su placa encima.
–Verá… lo que pasa es… –nuevamente, CP no sabía que decir, y el sudor de su frente resaltaba su nerviosismo.
–Usted no es policía, pero por más que me mintió, no encontré ningún pokémon. Se puede ir, pero me quedo con el arma. Ahora siguen los pibes –dijo el hombre, ahora mirando a Edu y Dark. CP, recibió su mochila devuelta, pero se quedó inmóvil, sin irse.
Aquel tipo había decidido proseguir con Dark. El chico le dedicó una mirada de odio, y retrocedió un paso cuando el hombre se dispuso a revisarlo. Esto hizo sospechar a quien lo revisaba, y con sólo la vista, descubrió la pokebola de Dark que estaba colgada de su cinturón.
–¡Dame esa pokebola! –ordenó.
–¡Jamás! –respondió el joven.
La siguiente acción fue, probablemente, lo más idiota que haya hecho Dark en su corta vida. Sin pensarlo, dio un fuerte golpe en el rostro a aquel tipo, dejándole sangrando la nariz.
–¡Maldito pendejo hijo de…! –insultó el hombre, agarrándose la nariz y queriendo evitar que siga sangrando.
Aprovechando el momento, Dark, junto con CP y Edu empezaron a correr, alejándose lo más posible de la zona. Sin embargo, no les fue tan fácil. El hombre que había golpeado Dark los siguió apuntándolos con el arma que le había quitado a CP.
Llegaron a la pequeña espesura de vegetación que ocultaba aquel operativo, la cual cruzaban para llegar al pueblo devuelta, esperando que una vez allí no los siguieran más, pero se equivocaron.
Una vez atravesado el pequeño bosquejo, aquel hombre que los perseguía empezó a disparar. Por suerte, al encontrarse en movimiento no tenía tanta puntería, por lo que ningún tiro acertó.
–¡Si entramos en Las Toscas ya no nos seguirá! –gritó Edu, acelerando el paso.
CP y Dark le seguían el ritmo, hasta que un imprevisto apareció. Por el simple y diminuto hecho de tener los cordones desatados, Dark tropezó, quedando tirado en el piso, mientras sus amigos seguían avanzando.
–¡Dark! –gritó CP.
–¡No hay tiempo de recogerlo, CP! ¡Dark, levántate y sigue! –dijo Edu mientras seguía corriendo sin mirar atrás.
Sin embargo, el tiempo no alcanzó para que Dark se levantara. Antes de que se diera cuenta, el sujeto que los seguía estaba a unos pasos enfrente del chico, apuntándole con la pistola.
–Debiste pensar mejor lo que hacer –fue lo único que dijo el hombre, y apretó el gatillo.
El sonido de la bala siendo disparada fue tan fuerte, que se escuchó en toda el área. Lo único que pudo hacer Dark fue cerrar los ojos y esperar a sentir el dolor, el cual nunca llegó.
“¡Huye!”, fue el único sonido que escuchó tras el disparo. Sin embargo, la voz que le dijo que huyera no le sonó familiar, no era ni de CP, ni de Edu, ni del hombre que le había disparado. Nunca antes la había oído.
El joven abrió los ojos, y vio un destello rojo meterse dentro de una pokebola. Miró su pantalón, y vio una mancha de sangre, pero aquella sangre no era suya. Fue cuando entendió que un pokémon se había interpuesto entre él y la bala, recibiendo el impacto y siendo capturado por el tipo que le disparó. Eso explicó el destello rojo que vio al abrir los ojos: era el destello del pokémon entrando en la pokebola.
–Maldito pokémon; bueno, ya lo capturé, y esta vez nadie detendrá el disparo –dijo el hombre con una pokebola negra en la mano izquierda y el arma en la derecha. Nuevamente, volvió a apretar el gatillo, pero ninguna bala salió disparada.
–Je… parece que te quedaste sin balas –trató de reír Dark–. Una lástima, parece que seguiré viviendo.
–No lo creo; no contratan patovicas para este trabajo por nada –dijo el hombre tirando el arma al suelo y tronándose los dedos.
–Por más patovica que seas, no puedes contra un pokémon. ¡Dale lo que se merece, Sneasel! –tras este grito, Dark sacó la pokebola de Sneasel de su cinturón, liberando a su compañero.
El pokémon siniestro quedó entre Dark y el agresor. No tardó en comprender la situación, y al siguiente segundo de salir, Sneasel embistió al hombre con un ataque rápido. El patovica al recibir el impacto, cayó de espalda en el suelo, liberando la pokebola del pokémon que había salvado a Dark.
–¡Sin piedad! ¡Viento hielo! –ordenó Dark.
Sneasel saltó sobre el estómago del agresor, quitándole el aire, y luego soplándole en la cara un aire helado, que dejó escarcha por todo su rostro. Sneasel seguía soplando, mientras Dark se le acercaba. Una vez frente a él, con toda su ira le pateó en la cara, tirándole dos dientes.
–Ya está bien, Sneasel –dijo el joven–. Bien hecho, ahora regresa antes de que te atrapen –sacó la pokebola de su compañero y lo regresó.
–¡Dark! –gritaba CP desde lejos. Al ver que ya no había peligro, volvía hacía su amigo junto con Edu.
–Gracias por volver por mi, Edu –dijo DS con un tono irónico–. Ya nos encargamos de él Sneasel y yo.
–¿Cómo sobreviviste al disparo? –preguntó el emo, viendo que Dark no tenía ninguna herida en su cuerpo.
–Un pokémon me salvó… no sé que clase de pokémon era, pero escuché que hablaba. Oí claramente que me gritó que huyera, luego recibió el impacto de la bala, y fue capturado en esta pokebola –explicó el joven, y se agachó a tomar la pokebola en la que había sido capturado su salvador.
–Tuviste suerte, Dark, aunque yo no escuché que nadie dijera nada –dijo Edu.
–Ni yo… pero bueno, sácalo ya a ese pokémon, debe necesitar ayuda médica –le dijo CP.
–Verdad… ¡sal, pokémon! –gritó Dark, apretando el botón del centro de la pokebola para que se abriera, pero nada ocurrió– Que extraño… –dijo apretando el botón una y otra vez.
–No es extraño, esas pokebolas están diseñadas para no abrirse fácilmente –explicó Edu–. Solo pueden ser abiertas al colocarse en una máquina de esos sujetos. Es para evitar que los pokémon huyan.
–Entonces, ¿no lo podemos liberar? –preguntó CP.
–No. Se quedará allí hasta… –Edu no acabó su frase, ya que el final no era algo agradable.
–¿Hasta…? ¡Responde, Edu! –le gritó Dark.
–Hasta que se acabe la batería interna de la pokebola y se borre su información –terminó.
–¡¿Qué?! –se sobresaltó DS.
–¿No íbamos a huir de nuestros hogares? Huyamos entonces, estamos muy cerca del enemigo –dijo Edu–. Les explicaré cuando estemos en un lugar más seguro… ahora síganme.
Edu empezó a caminar nuevamente hacía Las Toscas. En ese momento, se percataron de que muchas personas los miraban. Los ignoraron, y sin mirarlos siguieron por el borde de la ruta hasta estar nuevamente en el pueblo de Edu. Una vez allí, se dijeron hacía donde CP y Dark habían llegado en un principio, para tomar un micro hacía cualquier otro lugar.
–Bueno, entonces vamos a La Pampa –dijo CP, con los tres pasajes en mano–. Volver a capital no es conveniente, y no creo que se les ocurra buscarnos en La Pampa.
–De acuerdo –dijo por lo bajo Dark, mirando fijamente la pokebola negra.
La conversación se mantuvo en silencio. No era un momento agradable para ninguno. Estar de repente sin hogar, sin un lugar fijo a donde ir, sin saber que hacer, siendo apuntados con un arma hace poco… todos deseaban que el decreto nunca hubiera existido, pero existía.
Pasó media hora hasta que el transporte que debían tomar llegara. Subieron en él, con muy pocas otras personas, y partieron. Se dirigirían hasta Rosario, la capital de la provincia en que estaban, y de allí a La Pampa.
Se habían sentado en los asientos de atrás de todo, estando CP a la izquierda, Edu en el medio, y Dark a la derecha, junto a la ventana. El chico miraba por la ventana con la vista perdida, pensando en el pokémon que estaba dentro de la pokebola negra. ¿Qué pokémon era? ¿Por qué lo había salvado? ¿Cómo fue que le dijo que huyera? ¿Por qué CP y Edu no lo habían escuchado? ¿Podría liberarlo? Esas preguntas invadían su mente y por desgracia no encontraba ninguna respuesta.
–Edu, explícame mejor lo de la pokebola –dijo Dark, esperando que Edu le respondiera algunas de sus preguntas.
–Bueno, verás… las pokebolas son medios de transporte pokémon con forma esférica, hechas de metal con tecnología muy avanzada, y huecas –explicó el emo–. Los pokémon tienen un ADN extraño, que por alguna razón puede convertirse en datos. Lo que hace la pokebola, es convertir al pokémon en datos, transferirlos a sí misma, y almacenarlos hasta que sean liberados.
–¿Y por qué hay que mantenerla cargada? –preguntó Dark.
–Yo te respondo eso –le dijo CP–. La memoria de una computadora se borra cuando se apaga, por eso las cosas se guardan en los discos duros, quienes la almacenan permanentemente. Bueno, la pokebola es igual, sólo que no tiene discos duros. Cuando se apaga la pokebola, es decir, cuando se queda sin batería, los datos se borran.
–Entonces, si por algún descuido, una pokebola se descarga… ¿el pokémon muere? –dijo Dark con un hilo de voz.
–No muere, desaparece. Sus datos se borran, como si borraras una canción de tu MP3 –explicó el administrador–. Igual las baterías de las pokebolas duran dos semanas, y mientras tengamos cargadores, no habrá problemas. Yo traje el mío.
–Yo también lo traje, no dejaría que Turtwig muriera –dijo Edu.
–Y yo lo traje igual, pero… –la voz de Dark no sonaba más animada, sino que más preocupada. Sabía que las pokebolas se podían cargar, pero lo que le asustaba, era que no encontraba el lugar para conectar el cargador a la pokebola negra.
–¿Qué sucede, Dark? –preguntó CP.
–Sebas, dime si encuentras el lugar para conectar el cargador –le dijo el joven entregándole la pokebola–. Es que yo no lo encuentro…
–Debe estar –dijo el administrador empezando a buscar, pero sin éxito.
–No me sorprendería que no tuvieran… después de todo, quieren matar a los pokémon, ¿para qué recargar las pokebolas y alargarles la vida? –explicó Edu.
–No ayudas, Eduardo –le dijo Dark–. ¿Lo encontraste, CP?
–No, y no sólo eso, la batería de la pokebola está por debajo de un cuarto… a este pokémon le quedan días de vida si no lo sacamos –dijo CP lentamente, devolviéndole la pokebola a DS.
–No dejaré que muera… –insistió Dark mientras apretaba una y otra vez el botón de la pokebola– Edu, ¿cómo dijiste que se abrían este tipo de pokebolas?
–Deben tener una especie de código dentro… yo vi antes de que llegaran, que capturaron a un Rattata bastante desangrado, y colocaron una varilla de metal en el botón de la pokebola, el cual liberó al Rattata para que muriera al aire libre –explicó el emo–. Pero no lograremos robar uno de esos aparatos a esos tipos, y aunque lo lográramos no sé si sabríamos como usarlo.
–Ya se nos ocurrirá algo para liberarlo, no te preocupes, Dark –trató de tranquilizarlo CP–. Por ahora, guarda la pokebola de ese pokémon y la de Sneasel para que no las vean.
–De acuerdo. Por cierto, CP, ¿cómo es que no encontraron la pokebola de Charmander cuando te revisaron? –interrogó DS.
–Sencillo, tenía la pokebola oculta en una caja, de modo que si revisan, sentirán la caja y no su interior –explicó–. No creo que hagan un chequeo tan extenso como para tomarse las molestias de ver que hay dentro de la caja.
–Gran idea… habrá que tener a los pokémon bien ocultos, suerte que te tenemos para recordarnos esos detalles –dijo Edu.
–Bueno, por mi parte quiero tomarme una siesta… por más de que el día aún no termina, ya estoy agotado. Despiértenme cuando lleguemos –dijo CP, acomodándose en el asiento para dormir.
–Buena idea, también descansaré un rato –dijo Edu, acomodándose también.
–Los despierto cuando lleguemos… –dijo Dark.
Edu y CP se durmieron bastante rápido. Por su parte, Dark se quedó despierto mirando por la ventana, y pensando en la situación. Pensaba en los pokémon que habían sido capturados para ser sacrificados, y los que ya habían muerto, y le daban escalofríos. Tenía miedo. Después de todo, los que trabajaban purgando el mundo de los pokémon hacían su trabajo a sangre fría, sin importar que tantos humanos o pokémon sean dañados. Si eran capaces de apuntar a un chico con un arma para sacarle una pokebola, serían capaces de cualquier cosa.
Pero había una duda que aún inquietaba a Dark, además de las obtenidas recientemente con aquel misterioso pokémon. Ya había visto como capturaban a los pokémon salvajes, ¿pero cómo harían con los pokémon que tienen dueño? ¿Irían casa por casa robando los pokémon? Al principio pensó que no sería posible, pero luego de ver el operativo que montaron para atrapar a los pokémon salvajes, se dio cuenta de que serían capaces.
Seguía debatiendo en su cabeza las distintas posibilidades que podrían usar para extinguir a todos los pokémon, y todo eso le revolvía el estómago. Por suerte, pronto el sueño le fue ganando, hasta que se durmió, y obtuvo un momento de paz en que dejó de pensar en todos sus problemas. O al menos eso creyó.
Abrió los ojos. Lo que vio, fue aún más horrorizante que lo que había visto hace unas horas. El cielo estaba teñido de un rojo sangre, provocado por la luz de la luna, la cual también era de un color sangre intenso. Se encontraba en una ciudad destrozada, varios edificios y rascacielos hechos pedazos, autos volcados, personas heridas e incluso muertas por las calles, las cuales estaban bañadas con charcos de sangre y restos de los edificios y autos. Dark se encontraba en medio del lugar, mirando fijamente hacía el frente suyo, donde él estaba. Ese mismo pokémon de su sueño anterior se encontraba a alrededor de 50 metros de distancia de Dark. Frente a él, había una chica de pelo largo, la cual Dark no reconoció. Junto a ella había un pokémon de cerca de un metro de alto, el cual tampoco pudo distinguir. Este pokémon atacó a la criatura que había estado presente tanto en este como en el sueño anterior, quien con un campo de fuerza rechazó al pokémon de la chica.
Luego, el pokémon que había provocado tal destrucción, el pokémon que había aterrorizado a Dark en este y en el pasado sueño, utilizó un poder psíquico para lanzar a la chica que tenía a su pokémon en brazos contra un edificio, dejándola inconsciente.
El oscuro pokémon ahora se acercaba a Dark. Nuevamente vio a la gente huir, y nuevamente Dark comprobó que estaba en el suelo, petrificado por el miedo. El pokémon se acercó cada vez más, hasta que nuevamente colocó la mano en la frente de Dark. Otra vez, sintió aquella energía acumularse en la palma del pokémon, hasta que éste la liberó…
–¡Despierten! –gritó una vez, que acabó con el sueño de Dark, despertándolo tanto a él como a Edu y CP.
Los tres abrieron los ojos y vieron a un hombre corpulento y calvo, con el mismo uniforme que tenían los que estaban atrapando los pokémon cerca de Las Toscas. Ese hombre había subido al micro, y había estado revisando a las personas para ver si tenían pokémon.
–¡Ya! ¡Denme sus mochilas! –ordenó.
CP actuó al momento. Tras entregarle la mochila, el hombre la revisó, hasta verificar que no había ninguna pokebola, o al menos eso creía, ya que CP la tenía oculta dentro de una caja.
–Ahora tú, fenómeno –dijo el hombre devolviendo al mochila al administrador, y mirando al emo.
Edu en un principio se negó a entregar su mochila, pero el hombre forcejeó con él y se la arrebató. Empezó a revisarla, hasta que encontró en el fondo la pokebola del Turtwig de Edu.
–Así que tenían un pokémon, ¿eh? –dijo el sujeto– Me lo quedo como regalo, ¿dale?
–¡No! –gritó Edu.
–Lástima, ya me la quedé –gruño, y luego miró a Dark–. Ahora vos, dame tu mochila.
”¡Libérame!”, dijo una voz. Dark miró a sus amigos, y al ver que no mostraron ninguna reacción, descubrió que él solo había oído aquella voz. Pensó de quien podría ser, y descubrió que se trataba de la misma voz que le había dicho que huyera. ¿Aquel pokémon misterioso, que lo había salvado y se encontraba dentro de la pokebola… le estaba hablando?
–¡Dije que me des tu mochila! –gritó el hombre.
–¿Querés mi mochila? –preguntó DS, desafiándolo.
–¡Eso dije! ¡Dámela ya! –le ordenó.
–¿Querés mi pokémon? ¡Entonces toma mi pokémon! –Dark metió la mano en su mochila– ¡Toma a mi Sneasel!
CP y Edu lo miraron bastante sorprendidos, pero vieron que la pokebola que sacó Dark no era la de su pokémon, sino la pokebola negra que contenía al pokémon que lo había salvado.
–Veo que ya capturaron a tu pokémon –dijo el hombre, riendo y provocando a Dark–. Dame esa pokebola ya –insistió, al ver que Dark sostenía la pokebola sin entregarla.
–¿Para qué? ¿Para que lo maten? Mi pokémon ya recibió un balazo, además de varios latigazos. ¡Déjenlo morir en paz! –gritó.
Edu y CP se miraron cada vez más confundidos. No solo Sneasel no estaba en esa pokebola, sino que tampoco se encontraba en ese estado. Ninguno comprendía el plan de Dark.
–Bueno, dejemos que muera entonces –dijo aquel tipo, y le sacó la pokebola a Dark. Luego, revisó en su bolsillo y sacó una especie de palillo metálico con unos alambres en la punta. Insertó la punta con alambres en el botón de la pokebola, y al removerlo, ésta se abrió.
Un haz de luz roja salió del interior de la pokebola, tomando forma entre el hombre y los tres jóvenes. Esta luz roja se moldeó hasta tomar la forma de un pokémon alto, de cerca de un metro con sesenta, con dos brazos largos.
Antes de que el destello rojizo del pokémon desapareciera, éste golpeó al hombre que tenía la pokebola de Edu con uno de sus brazos convertido en una hoja larga y filosa. El hombre recibió el corte en el pecho, provocándole un tajo no muy profundo pero doloroso, y salió disparado contra uno de los asientos delanteros del micro.
–Gracias, Dark –dijo el pokémon.
Pronto, el destello rojizo desapareció, dejando ver que clase de pokémon era.
Continuará…
Mejor tarde que nunca ^^
Espero que les haya gustado el cap. Planié postearlo hace unos días, pero visto que faltaba poco para la final, esperé a que al final empezara para postear.
Bueno, ojalá lo hayan disfrutado, lo hice con toda mi sadiqués (?) xD aunque me quedó cortito D=
Bueno, gracias por tomarse las molestia de leer ^^
Atentamente, Dark Sneasel.
Bye!