Una historia de Amor
“Siempre he sido una mujer muy correcta…”
Ai
Recuerdo, como si fuese un mal sueño, esa fatídica tarde, besaba por la noche, donde mi mundo cambió de la oscuridad a la luz… por mucho que cueste creerlo aquello que inicio como una mala noticia tornó en una buena vida y que puedo decir, frente a todo, siempre he sido una mujer muy correcta. Aún así es duro para mí refrescar la memoria de ese día, quizás porque en ese momento lo que por tanto tiempo soñé se volvía en mi contra y en los que confié me condenaron…
-Eh… ¿esto dice… trasladada a Telecomunicaciones? –pregunté incrédula a la joven que estaba atendiéndome.
En su antiséptica y metalizada oficina, sobre su escritorio y entre sus papeles y cachivaches de oficina, yacía la carta. De papel amarillo claro y letra firme en negro, tal como dictaba el legado de los Beifong, estaba lo que quizá fuese la decepción más grande de mi vida.
-Sí, señorita Ai. Conforme a sus vastos conocimientos de radiocomunicación, códigos y mensajería se le ha asignado al Departamento de Telecomunicaciones –dijo la funcionaria con su sonrisa falsa, máscara con la que pretendía darme la noticia.
-Pero… ¡entrené toda mi vida para trabajar en un escuadrón…! –reclamé confundida entre las palabras y su evidencia, antes de desatar mi opinión –Soy Maestra Tierra desde muy joven y hace dos años que soy Maestra Metal, tengo condecoraciones y las mejores notas de la academia, hasta superé a la mitad de mis compañeros de grupo, no pueden solamente quitarme ese privilegio de estar en las calles haciendo cumplir la ley…
-Señorita Ai no lo considere de forma tan negativa –tergiversó la joven mujer –Piense que en lugar de eso, hay otro espacio de esta magna institución que la necesita y ese será su puesto.
Sólo pude mirarla con mis ojos llorosos un par de segundos, antes que su falsa cara de seguridad me asqueara. Sollocé un poco, buscando limpiar torpemente mis lágrimas bajo las gafas. Me levanté del asiento con mi bolso en mano, caminé hacia la puerta metálica y de un movimiento de muñeca la cerré. Vi el resto del corredor, vacio por lo menos, y de espaldas a la puerta me dejé zurrar hasta quedar de cuclillas, sólo quería derretirme allí y llorar un rato.
Pero justo en ese momento oí que sonaba un teléfono, dentro de la oficina. ‘¡¿Habrán reconsiderado mi traslado?!’ pensé con un último rayo de esperanza, que sólo duró hasta que oí las palabras de la joven…
<<No vuelvan a encargarme algo como esto… dejarme con esa chica a solas… ¡Tú no sabes! A esa chica la trasladaron por falta de control y letalidad comprobada… vamos, el mismo Capitán Saikhan dijo que en la academia entrenaban policías, no asesinos, que buscara una manera de sacarla… ¿Cruel? No lo creo, cruel sería permitir que esa chica salga a las calles a torturar delincuentes y menos en nombre de la policía de la ciudad…>>
Sentía el corazón en mis manos y esas palabras clavándose en el mismo, como si fueran cuchillos… tomé valor para levantarme y salir del edificio lo más rápido posible, sin que notaran demasiado mi consternación. En ese tiempo no comprendía lo que podía hacer ni creía que era verdad lo que decía, en mi mente sólo resonaba cuando dijo que le habían mandado a buscar una manera de sacarme, de deshacerme de mi…
Logré llegar a la calle principal y el frío aire mestizo de Ciudad República me dio de lleno en el rostro empañando mis lentes, como si deseara secarme las lágrimas, parte del horror que vivía mi mente se estaba calmando. Miré el cielo nublado y las esteras de la noche que comenzaban a abarcarlo. Volví a tomar fuerza y me encaminé a mi casa entre las sinuosas veredas de la ciudad, pensando que algo de aire me sentaría mejor.
No recuerdo cuanto tarde, ni cuando dejé de ver a las personas caminando cerca de mí pero al momento de notarlo era de noche, faltaba mucho para mi casa y estaba completamente sola en medio de la calle. En primera instancia me asusté, hasta que sentí los pasos de un varón que caminaba tras mío. ‘Es sólo mi imaginación’ pensé, antes de sentir la punta de un cuchillo amenazando mi cuello.
Aquel hombre, alto y bien abrigado, estaba tratando de robarme y en mi letargo no había hecho nada para impedirlo. Me pidió que no gritara ni complicara las cosas, para que no tuviera que matarme y deshacerse de mi… hasta ahí llegué. La sangre me hirvió rápidamente y antes de lo que pensaba había hecho que el metal del cuchillo se doblara, alejándose de mi cuello. Sólo necesitaba mis muñecas y un par de pasos para detenerlo, pero el muy cobarde ya había comenzado la carrera con mi bolso en su mano.
Enojada pensé en perseguirlo hasta que recordé que mi bolso estaba lleno de cadenetas que planeaba usar cuando me asignaran un escuadrón. Sin siquiera dudarlo comencé en mi posición, abrí las piernas y estiré mis brazos con fortaleza para comenzar a controlarlas desde el bolso.
No sé cómo lo concebí, sin embargo cuando empecé a atacarlo el recuperar mi bolso dejó de ser mi prioridad. Quería herirlo, hacerle sufrir por inquirir en mi tranquilidad, mi propiedad. Cuando volví a estar en mí sólo pude ver una mínima de hombre en un mar de sangre… yo lo sabía, que las cadenas pulidas tenían filo, que atravesarle el cuerpo haría que muriera, que romperle el cuello evitaría gritos…
Y justo ahí, en ese momento, comprendí lo que el resto del mundo vio en mi… una asesina. No tanto como yo me creía, una chica sensible con una gran capacidad, que con tal de continuar no temía apuntar siempre a los puntos vitales… no, quizá y sólo quizás ellos vieron la verdad, que amaba hacer eso y que en lugar de policía me convertiría en verdugo de lo que se cruzara en mi camino.
Extasiada, no dejaba de mirar esa escena del crimen ni pensar como había llegado a esto. Vi también mi bolso destrozado por las cadenas y bañado en su sangre, sólo que algo llamó mi atención. Al levantarlo para recuperar mi identificación vi como un papelito inmaculado de blanco caía suavemente sobre la sangre.
Rápidamente lo tomé, antes de que se ensuciara… pero ¡En qué rayos estaba pensando! Acababa de matar a alguien y sólo pensaba en recuperar lo que me pertenece. A punto de volver al pánico decidí ver el papel… era un teléfono y dirección de una vieja amiga que hacía poco me encontré por la calle. De inmediato llegó a mi mente su voz, comentándome: ‘Lo mío es vida y muerte, si algún día necesitas ayuda puedes llamarme’.
Sé que suena a la tontería más grande del mundo, pero corrí por la vereda buscando un teléfono público. Cuando lo encontré casi me paralizo y no digo nada, pero escuchar su voz alegre en mi cabeza me hizo llamarla.
-Está por salir -escuché de una pesada voz de varón.
-Es urgente, dígale que Ai la necesita –dije rompiendo en llanto, como si mi sentimental consciente acabara de notar lo que pasó.
-Dice que está bien… -aceptó el varón con desinterés, haciendo caso omiso al estado en que le hablaba.
-Hola mujer, ¿Qué cuentas que me necesitas? –escuché esa voz familiar y parte de mi alma se consolaba mientras la otra tomaba aire para decirlo...
-Iya… yo… yo creo que herí a alguien…- confesé a medias.
-¡Pues mi clínica ya cerró por hoy…!- dijo animada, sin pensar lo que yo estaba pasando.
-No… no lo entiendes creo… lo maté Iya, lo destrocé y no pude detenerme…- terminé de decir antes de que un silencio de varios segundos me torturara.
-¿Dónde estás? –me preguntó con un tono serio, severo y a la vez calmado.
-En una de las doceavas calles al sur en Ciudad República, cerca de la librería donde nos encontramos –aclaré temerosa, simple, estaba relatando un crimen.
-Entiérralo –condenó tranquilamente.
-¿Qué… lo entierre? –pregunté escéptica y confundida.
-Vamos, tú sabes, usa Tierra Control para elevar la plataforma donde yace el difunto y voltéala, dejando caer el muerto en la zanja que queda, luego retoma la placa que sacaste y déjala exactamente en su lugar, sólo que con la evidencia enterrada… ¡Ah sí! también asegúrate de quemar tu ropa cuando llegues a casa, toma una extensiva ducha y luego pásate por mi mansión, no importa la hora- dijo mi amiga al teléfono con una seriedad y calma que me aterraron.
-¡¿Hoy?! – reclamé deseando que el torbellino de iniquidades se detuviera.
-¡Apresúrate! Te espero… -oí decir antes que colgara el teléfono. >>
Una extraña sensación de tranquilidad se apoderó de mí, aun cuando mi mente pensaba de forma esquiva la posibilidad de una traición. Con todo eso decidí volver a donde estaba el cadáver y para mi suerte, o quizás desgracia, se encontraba tal como lo dejé.
Ni siquiera se sentía un alma en las cercanías cuando decidí hacerlo. Con mi bufanda disimulando mi rostro, torné en posición inicial, con mis piernas abiertas y los pies firmes, juiciosos sobre el suelo, presión en las rodillas y los tobillos adentro. Podía hacerlo sin pensarlo, pero los nervios me retornaban al tiempo donde debía repasarlo todo para no equivocarme.
Respiré hondo y proseguí con el improvisado plan. Con un rítmico pisotón de cada pie, pude levantar la placa donde permanecía mi tormento. Coloqué mis manos palmas arriba y dedos medio recogidos, siempre desde busto, para luego elevarlas paralelas a la altura de mis hombros, todo en una inhalación y con una relativa velocidad. Una vez elevada, viré la placa y la estrellé contra la fosa vacía, todo en la exhalación luego de mover mis muñecas y destensar mi cuerpo.
A simple vista era un trozo de piedra que a leguas denotaba Tierra Control. Recuerdo que temía que otra persona pasara y buscara el porqué de las diferencias en la calle, por eso decidí irme no sin antes destrozar parte del lugar, asimilando una pelea de maestros tierra que nunca pasó.
Corrí hasta mi casa y jadeante me quite toda la ropa, luego la até toda dentro de una sábana junto a las ensangrentadas cadenas. Me bañé, rápida y exhaustivamente, antes de partir a casa de mi amiga, aun tenía fe de que no me entregaría ni diría lo que pasó.
Fueron casi hora y media desde que le enterré, pasé por mi casa y llegué a la mansión de Iyaroak. No era tan tarde pero se podían ver todas sus luces apagadas. Toqué el timbre eléctrico con una angustia extraña, más que temer que fuese una trampa temía que no me quisieran dejar entrar.
De no estar aterrada hubiera apreciado mejor la inmensa mansión, clásica del área acaudalada de Ciudad República. Después de unos minutos eternos vi como la puerta se abría y una peculiar figura se presentaba ante mí. Un joven alto, delgadísimo, de cabello plata y ropa de asalto me ordenó entrar. Su voz la recordaba del teléfono, pero no esperaba que una persona con su temple pudiera tener una voz así, además de su rostro sólo podía ver los ojos tras la tela de su protector. Imagino que cualquiera que lo viera pensaría lo mismo.
Me guió en la opulenta casa, aunque no recuerdo si estaba tal y como ahora, sólo quería llegar ante mi amiga para acabar con lo pedido. También se llevó la sábana con la evidencia y me dijo que sabía qué hacer con ella. Finalmente me dejó sola en una estancia elegante donde Iya esperaba mi llegada. Hasta creo que esa sala es la misma donde tomamos el té, sólo recuerdo con certeza que me sorprendí de verla con ropas tan parecidas a las del joven que me recibió.
-Ven querida Ai, cuéntame bien que pasó –dijo con suavidad ofreciéndome un asiento del sofá.
-Me… me sacaron de mi esperado puesto en la policía –sollocé tartamudeando y sin siquiera poder evitar las lágrimas – Y esa persona terminó de empeorarlo todo al querer robarme el bolso, se quería burlar de mi desgracia y… una parte de mí, muy enojada se desquitó demasiado….
De inmediato sentí una calidez zozobrante. Mi amiga me abrazaba y consolaba, como si supiera de antemano lo que estaba pasándome, dio miedo en un principio pero luego comprendí que era fácil sentir esa empatía.
-Yo… simplemente no puedo… no puedo volver a mi trabajo… -comenté en cuanto se alejó, de a milagro podía sostener en mi consciente lo que había hecho esa noche y ni hablar de concebirme rodeada de lo que anhelaba ser sin poder hacer nada.
-Oye lo asesinaste en defensa propia, no tienes que sufrir tanto por eso –dijo en un tono más animado, tratando de confortarme.
-No… yo hablaba de mi “nuevo” puesto de trabajo. Si todo esto pasó por el enojo, la indignación o la tristeza quizá no debería volver a poner un pie en la policía –aclaré con pesar, quizás era la primera vez que admitía mi dilema emocional.
-Mmmm… y… ¿Qué tal si trabajas conmigo de ahora en más? –ofreció Iya luego de pensarlo un momento.
-¿En la clínica? –inquirí con duda.
-No, verás cuando te comenté que trabajaba entre la vida y la muerte no hablaba precisamente de la clínica… -explicó mientras sacaba de su traje una preciosa navaja con algunos restos de sangre y comenzó a peinarse usándolo de espejo.
Un escalofrío de emoción y sorpresa me recorrió la espalda. Comprendía esa indirecta, algo tarde tal vez, pero no podía dejar de pensar en la posibilidad.
-Apenas estoy asentando un grupito. Por ahora sólo yo, el joven que te trajo acá y un amigo hacemos el “trabajo sucio”; sin embargo no tenemos mucho orden y yo no puedo llevarlo al mismo tiempo que la clínica. Y ni pensar ese par, por no decir que sería imposible, podría recibir los encargos sin levantar sospecha –reseñó Iyaroak mientras seguía jugando con el arma y sus uñas –Mira se necesita una figura pública y de bajo perfil, pero con mucha inteligencia para hacerlo bien ¿Qué te parece? ¡Hasta podrías tomar algún encargo si lo deseas!
Un sentimiento extraño se apoderó de mi persona, era una mezcla de angustia, emoción, duda, inseguridad y felicidad y quien sabe que más, pero algo era seguro: necesitaba ayuda y apoyo. Puede que no sea lo más normal ni lo mejor pero quizás si aceptaba lo que era en lugar de rehuirle y negarlo podría encontrar paz interior. Decidí decirle que sí y por eso estoy aquí.
Así fue como volvía a reunirme con Iya, como entré a este mundo de sicarios y te conocí a ti pero… que puedo decir… Yo soy el amor… ¿dónde podría estar si no es con la verdad…?