Espero que no sea algo pronto para postear, pero aquí tengo listo el capítulo 12. Lo que sigue, seguramente lo complementará Demian xD
Spoiler
12.
El destino ya estaba echado para ambos y no había vuelta atrás. Seguramente los dioses ya no podrían ayudarlos en sus problemas ahora que habían ido demasiado lejos. Todo dependía de ellos, y de nadie más. ¿Pero quién pensaba en rendirse, o en regresar derrotados, cuando en las ardientes pupilas de los guerreros brillaban la bravura del combate y el deseo de aniquilar violentamente a los enemigos? Teñidas de escarlata líquida, las espadas hirientes de los payraunos no paraban de agitarse por los aires, blandiéndose con fiereza pura, para terminar en las entrañas de algún soldado rival que se cruzara intentando atacar. Ellos se lo habían buscado. Desenlazaron aquel antiguo problema, tan tenso con la cuerda de los arcos, y ahora estaban pagando por ello sufriendo la desmedida furia de Payraud.
Y seguían avanzando bajo el potente sol, continuaban arrinconándolos, acabando en gran parte con el escuadrón enemigo; desplazándolos literalmente, al fondo de un abismo por el que ya sentían hundirse.
El despliegue militar sin duda era un espectáculo sincronizado digno de admirarse y analizarse con detenimiento. Por tierra, un innumerable grupo de elementos no dejaba de avanzar a costa de los ducaros ya caídos en guerra; por aire, los soldados especializados en ataque a la altura continuaban provocando daños sutiles pero constantes, auxiliados de sus fieles compañeros alados y, por supuesto, de las agudas puntas de sus flechas que disparaban con diestro tino, atizando profundas heridas a los contrarios, todo desde arriba; y por último, sobre la superficie del mar navegaban sin aparente obstrucción los elementos acuáticos que, aunque acorazados y armados, no se encontraban en serias complicaciones aún.
No hace falta mencionar que Edward iba a la cabeza del ejército general. Cargando su arma ligera y azul, y su flamante escudo, echaba al suelo a cualquier víctima que intentara atacarlo. En medio de la polvareda que se daba lugar en el sitio de ataque, debido al constante galopar desordenado de los equinos, el guerrero parecía observar todos los detalles de su alrededor, ensartando la filosa espada en los cuerpos de los soldados que osaban acercarse al territorio payrauno. Asimismo, bloqueaba ataques contrarios sujetando correctamente el escudo y cubriéndose de forma debida para contrarrestarlo enseguida. No eran pocos los elementos ducaros que querían acabar con él, de modo que tenía que estar en constante atención para no recibir ataques sorpresas tanto de pokémons como de humanos. Algunos intentaban acercarse silenciosos por su espalda, pero los escuderos del joven príncipe, siempre astutos, bloqueaban cualquier ofensiva y eliminaban los peligros que le acechaban, salvándole en repetidas veces la vida a costa de las suyas.
Edward se hacía notar en el centro del campo de batalla, donde la acción no tenía límites, porque ambos flancos corrían en direcciones contrarias chocando entre sí con sus pesados escudos y eliminando a todos aquellos que no portaran la insignia de la flama azul en sus escudos como medio para reconocerlos.
No obstante, las cosas se complicaban de forma gradual para los payraunos porque no terminaban de brotar los ducaros, siempre con más ánimos; sin contar con que los pokémons más pesados iban abarcando el terreno. Se visualizaban varios Steelix al fondo, arrastrándose y escarbando en la tierra con prontitud; también era posible encontrarse con unos Tyranitars que avanzaban sin ninguna duda por el campo y por último un ofensivo Armaldo que repartía pedradas a todos los que se atrevían a acercársele y aun a los que no.
Por su parte, Borum —el soldado gigantesco— continuaba arrasando en conjunto con el escuadrón del flanco derecho. Era un hombre de temer, porque el sable que portaba lo blandía con una ligereza extraordinaria, el cual medía casi cuatro pies de longitud, razón por la cual los enemigos eran asesinados por éste cuando apenas intentaban aproximarse a él. No era un elemento fácil de acabar porque, así como atacaba, también se cubría excelentemente, debido al amplio escudo que cargaba, con la misma facilidad que su arma. Las flechas enemigas eran siempre bien repelidas.
Algunos arqueros terrestres se habían desplazado hacia sitios seguros, en donde los ducaros difícilmente podrían dar con ellos, tales como las copas de los árboles o detrás de las amplias rocas o incluso, habían corrido hasta los montículos cercanos desde donde podían visualizar todo el panorama de golpe sin estorbarles nada para desempeñar sus misiones correctamente.
El problema surgía con los pokémons de los ducaros. Un grupo de arqueros payraunos corrió a refugiarse entre el ramaje de los árboles para no ser vistos y poder propinar algunos flechazos desde esa perspectiva. No había problema en ello, los árboles eran amplios y cobraban gran altura, de modo que era un buen sitio en donde parapetarse. Escalaron ágilmente para cumplir sus cometidos, hasta llegar a la cima. Eran tres en total, quienes enseguida extrajeron sus flechas para colocarlas en los arcos y tensarlos. Una vez que estuvieron bien cubiertos por las ramas, se dispusieron a atacar desde ahí. La vista era inmensa, se podía controlar todo el campo desde ese sitio. Uno de los arqueros del árbol se dispuso a cubrir al príncipe Edward con sus flechas, cuidando de que nadie se le acercara. Los demás quisieron comenzar la ofensiva por donde fuera. En donde, en medio del torbellino de tierra, no brillara un resplandor azul, lanzaban flechas creyendo que se trataba de los ducaros. Y no fallaban mucho.
Por el campo, Rubyc continuaba avanzando siempre escoltado por sus más fieles beligerantes, que lo acompañaban y complementaban sus ataques. El altanero estratega y guerrero era hábil con su espada, además de rápido, por lo que no daba ocasión de que alguien pudiera atizarle un golpe mortífero. Pero iba demasiado lejos, separándose del resto del escuadrón de manera peligrosa, confiado en que él solo podía avanzar cuanto quisiera sin peligro. Se sentía totalmente capaz de contender a cualquier enemigo que se le cruzara en su camino, fuera pokémon u hombre. No sabía que se equivocaba, pero tampoco quería reconocer su error. Avanzaba con prisa, queriéndose infiltrar más y más en territorios de San Ducart, mientras sus guerreros continuaban siguiéndolo sin poder contradecirlo.
De pronto, después de haber hecho morder el polvo a un par de soldados, tuvo frente a sí a un magnífico Charizard que se postró frente a él, sin miedo, y rugiendo estrepitosamente. Los soldados acompañantes se dieron cuenta de que no podrían combatir contra esa bestia frente a frente y, guiados de la prudencia y de cierto temor, decidieron abandonar a Rubyc para devolverse hacia el resto de sus compañeros por un sitio seguro. Pero el hombre solitario no le tenía miedo, y se veía a sí mismo como el más valiente de los payrauds que iba a acometer a cualquier pequeño pokémon, y le hizo frente. El Charizard se le acercó, intimidante, como retándolo en un momento en que todo se detuvo para ellos. Rubyc, sin medir el peligro, asió la lancera que su Rapidash llevaba a un costado y colocó firmemente a su lado derecho el arma puntiaguda, como en un intento de espolear a su pokémon y embestir con el pico al vientre del dragón de fuego, pero algo se lo impidió. De pronto, un par de flechas se clavaron en el pecho del Charizard, provenientes de un lugar desconocido. Rubyc se detuvo enseguida, no comprendiendo de dónde surgía esa ayuda extraordinaria y, para él, incómoda.
El Charizard se irguió nuevamente, furibundo de pronto, y dejó a un lado al ególatra solitario para avanzar con dificultades por el campo, repartiendo zarpazos a los contrarios, mientras recibía dos, tres, cuatro proyectiles más en el estómago. Parecía que eran varios arqueros los que lo estaban atacando, y que habían salvado de una muerte segura a Rubyc.
El Charizard se desplomaba en tierra, sangrante, pero tuvo la fuerza necesaria para carbonizar con su lanzallamas a un enorme árbol cercano, en el que se hallaban apostados en su cima tres valientes arqueros…
Desde arriba, de las vista aérea que ofrecía Eyrie, Doringarph contemplaba las violentas escenas que se daban lugar en el campo, justo debajo de él. No era cómodo para los arqueros enemigos el hecho de atacarlo, ni a él ni a sus dieciocho compañeros que también sobrevolaban el sitio montados en sus Dragonites. Los soldados terrestres les impedían a los ducaros el alzar sus vistas para doblegar a los voladores, lo que era una gran ventaja para los payraunos, ya que los arqueros de los dragones estaban causando un fuerte impacto en los enemigos. Sólo uno de los veinte Dragonites originales había caído, por una flecha silbante que se había incrustado en su garganta, pero por el resto, continuaban ahí casi inmunes hasta el momento. No obstante, los peligros se avecinaban: comenzaban a surgir de más pokebolas contrarias una serie de pokémons de roca, como Armaldos y Golems, que quizás podrían representar una amenaza para los aéreos. Y no lo era sólo para los Dragonites: había Charizards que, rasantes al suelo, expelían sus alientos fogosos para chamuscar a toda una línea de soldados a la vez. Tampoco se podían pasar por alto a los Skarmories que aprovechaban para embestir de vez en cuando con sus picos acerados a algún infortunado que descuidara su espalda o costados de repente. Por último, un enorme Tropius lanzaba piedras gigantescas a todos aquellos que pasaban bajo él.
Cuando los pokémons de roca comenzaron a surgir desmedidamente, Doringarph supo que estaba en problemas. Obligó a su compañero dragón a que diera la vuelta para poder visualizar mejor el campo y acaso atacar a algunos ducaros desde allá arriba.
Un enorme Armaldo continuaba su ofensiva lanzando rocas pesadísimas por doquier, y cuando descubrió que los Dragonites lo intentaban atacar desde las alturas, desvió sus proyectiles rocosos desde el campo hasta el aire, a donde intentaba golpear a los dragones que lo evitaban. Varios cayeron, porque la puntería del bicho de roca era prodigiosa: unas piedras iban directo a los rostros, otros alcanzaban a golpear simplemente al arquero, haciéndole perder el equilibrio y caer estrepitosamente en la tierra. Lo peor era que los ofensores aéreos no podían hacer nada salvo pretender evitar los lanzamientos y esperar a que algún Empoleon lo detuviera, pero era improbable. Ese escuadrón se vio seriamente afectado, porque los voladores, llenos de pánico, hacían cabriolas en el aire para no ser golpeados intentando aterrizar en un lugar seguro a la vez, de modo que en un momento ya habían sido derribados cerca de diez de ellos. Algunos descendieron en seguida, pero fueron víctimas de los fatídicos espadazos que les propinaron los enemigos, así que al ver el ejemplo, Doringarph prefirió continuar sobrevolando sobre Eyrie un momento más.
De pronto, surgió el milagro: una banda de Primeapes asesinos de Payraud —aquellos que había presentado Royce con tanto orgullo a Edward— llegó a salvarlos. Los iracundos pokémons se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo y detectaron a tiempo el problema, reuniéndose todos en torno al Armaldo, quien pudo hacer muy poco ante tan violentos contrincantes, que entre todos lo ultimaron con sus extraordinarios puñetazos.
El ataque hacia los dragones voladores cesó y los arqueros que quedaban aún volando pudieron dar un suspiro de alivio. Lamentablemente para ellos, la cosa recién acababa de comenzar, porque una decena de pokémons de roca continuaron el ataque detrás del monte cercano. Las rocas, que eran dirigidas con suma puntería a los Dragonites, los impactaban de lleno, haciéndolos bambolearse en el aire y a la larga, caer penosamente sobre el campo con el ruido ahogado de la tierra.
Los Primeapes se encargaron de disminuir este ataque, pero al momento de alejarse, el peligro fue inminente: un arquero experimentado de San Ducart, cuyo nombre aparentemente era Doblin, se ocultó detrás de un inmenso Aggron para redoblar el ataque. Asomándose desde atrás del gran pokémon metálico, ubicó rápidamente con su vista de Noctowl al arquero que su general le había señalado, quien era Doringarph. Colocó cuidadosamente una flecha en su arco, tensándolo después. Acto seguido apuntó hacia donde el Dragonite volaba y, sin dudarlo ni un instante, soltó de golpe el extremo de su flecha, que salió volando por los aires, siguiendo una trayectoria recta hasta detenerse repentinamente, clavada en el cuello del pokémon. Eyrie se retorció, intentando mantenerse en vuelo siempre pensando en su asustado amo, quien ya comprendía todo.
Otra saeta más fue a incrustársele en el pecho, haciéndolo tambalearse horriblemente y perdiendo el equilibrio en sus alas. Las fuerzas se le debilitaron al colosal pokémon y, plegando sus alas, aterrizó violentamente entre el campo, todo un maremagno infernal. El cuello del Dragonite se arqueó al recibir de lleno el peso de su cuerpo sobre la tierra, extinguiendo su vida al impacto. Doringarph fue lanzado de la espalda de su pokémon varios metros más allá, rodando, confundido y magullado por el choque. Sin ser capaz de levantarse, clamó el nombre de su pokémon, una y otra vez, con la esperanza de que se alzara de nuevo con fuerzas, pero eso era imposible: no era sólo él, sino todos los Dragonites que ya habían sido derribados por los arqueros enemigos.
El arquero fue arrollado por la innumerable bandada de Rapidash que galopaban por el campo, al igual que otros soldados payraunos que pugnaban por levantarse aún en el suelo.
…
Saludos.