Perdón por la tardanza del capítulo, ya estoy listo.
Comienzo por los comentarios, de los que siempre estamos agradecidos. Aunque no todos son para mí, quisiera responder algo también:
Te aseguro que el Typhlosion va a sorprender... según parece, es el mejor de mis elementos. Y por cierto, no es un solo Primeape asesino, es un escuadrón xD
Hmm... creo que ya sé de quién se trata... Yo tampoco sé lo que planea Demian xDD Espero que no arrase con mi pueblo totalmente...
Al contrario, es un gusto tenerte de nuevo aquí y qué bueno que te está gustando nuestro fic, es nuestra mejor motivación.
Es que en la mayoría de los casos no sabemos con exactitud qué está pensando el otro, nos dejamos la libertad de escribir lo que venga. Eso es bueno porque así, tanto ustedes como nosotros, sentimos el realismo de la guerra.
Gracias por tus comentarios.
Spoiler
Por otro lado, en Payraud, la movilización militar era una revuelta total. El nerviosismo entre los ciudadanos era patente sobre todo cuando los ruidos de los cascos al galope llegaban hasta sus oídos en un tumulto de ecos disonantes. Muchos se asustaban cuando, ocupados en las labores cotidianas, se veían sorprendidos por los valientes guerreros que pasaban cabalgando frente a sus casas rumbo al norte. Algunos hombres prudentes y perturbados introducían a sus niños a los hogares al paso de aquéllos, en un absurdo intento de protección, pero otros tantos conciudadanos estaban sumamente orgullosos del despliegue.
—¡Adelante, soldados! ¡Lucharemos hasta el fin por la victoria y el honor de la nación! ¡Suerte, valientes!— les gritó una mujer atravesando los postigos de la ventana más alta de su hogar, y algunos vecinos la imitaron, motivados, brindándoles más palabras de ánimo a los que iban a la guerra.
Los jóvenes admiraban al tumultuoso grupo de hombres elegantemente montados en los Rapidash, e idolatraban a Edward, su héroe, siempre con un designio en mente, de modo que la voz se corría entre los muchachos para presenciar al valeroso ejército pasar por su calle, atravesando la ciudad, no olvidando gritarles algunas frases alentadoras, que los llenaran de coraje y bravura para batallar por Payraud.
Pronto hubieron salido de la civilización, y ahora todos galopaban sin cesar por el inmenso campo que delimitaba su nación al norte. Al ritmo decidido en que iban, pronto alcanzarían la frontera y cruzarían fuera de sus territorios; asimismo, con esas energías y ese arrojo, vencerían fácilmente al enemigo.
Por supuesto, el príncipe Edward lideraba el inmenso grupo armado avanzando al frente, guiándolos hacia el objetivo, brindándoles confianza a sus hombres. Llevaba un traje enteramente de guerra, una armadura muy vistosa y soberbia, plateada y con ciertos reflejos azulados cuando los rayos del sol acariciaban su superficie finamente pulida. También portaba una espada larga de batalla, ligera en manejo y de aristas mortales, con tres piedras de zafiros en la hoja y otro más en el mango dorado, envainada en una funda acerada con grabados misteriosos; además un escudo ovalado, casi redondo, con el clásico emblema de Payraud estampado en el centro, la sagrada flama azul.
De cerca le seguía Rubyc, el capitán de las tropas, con una malévola sonrisa esbozada en su rostro oscuro, como si el joven comandante fuera a una fiesta a divertirse y pasarla en grande. Estaba convencido de que tenía todo bajo control, y al menos así parecía hasta el momento, porque detrás de él iban los flancos de los soldados, formados organizadamente, sin que nadie se desalineara de repente en un descuido. Se notaba que habían sido entrenados especialmente en no perder sus posiciones de ataque iniciales. Por ello, Edward creía que Rubyc estaba haciendo un buen trabajo. Todo era estratégico, y hasta elegante, porque, como se ha dicho, todos sin excepción poseían Rapidash hermosos y fuertes, criados especialmente para luchar.
Particularmente, uno de los soldados que iban casi al frente y por el centro del grupo de sus compañeros, sobresalía por su extraordinaria estatura de entre el resto. Se trataba de un gigantesco hombre llamado Borum, vigoroso como un Machoke y fuerte como otro tal, cuyas curtidas facciones dejaban ver cicatrices de probables batallas pasadas. Esto hacía suponer que poseía bastante experiencia y no se podía negar que infundía miedo a la vista, porque portaba un inmenso sable que blandía con la facilidad de una daga, debido a su fuerza fenomenal y desmedida.
Y no sólo eso, también Payraud poseía excelentes y singulares elementos. Contaba incluso con los dos mejores arqueros de la región, y posiblemente, también de todas las tierras conocidas hasta entonces. Estos eran Kratos y Drunker, quienes, además, eran hermanos. Habían entrenado con el arco y sus proyectiles prácticamente toda la vida, desde pequeños, y ahora podían acertar con una magistral puntería a cualquier objeto en donde una flecha pudiera tener alcance. Realmente eran muy escasas las ocasiones en las que fallaban, y esto sólo cuando era de mucho exigir que atinaran a cierto objeto escurridizo. Era difícil determinar quién era mejor de los dos, porque siempre estuvieron a la par en talento y habilidad. En aquellos instantes, ambos cabalgaban juntos, siempre unidos, con el arco y el carcaj lleno de flechas en las espaldas, igual de decididos en matar sanducarts como cualquier otro.
A cada soldado se le habían confiado tres pokebolas, para que en el momento oportuno pudieran extraer a los pokémons guerreros sin problemas, con absoluta ausencia de riesgos, y todos de una vez. El sistema lo había implementado Edward en vista de que un solo encargado encontraba mucha carga al guardar todos los pokémons guerreros él. Por lógica, los pokémons no iban al ritmo de los humanos, hubiese sido muy pesado esperar que los más lentos corrieran al ritmo de los Rapidash.
Por otro lado, está claro que el ejército no era sólo terrestre, sino que también marítimo e incluso aéreo. A órdenes de Edward, por el océano, a una considerable distancia de ellos, navegaba el escuadrón de soldados y pokémons acuáticos, en su mayoría Gyarados, Sharpedos y otros iguales de atroces y fuertes. Ellos nadaban a la velocidad de las naves de los humanos, que se deslizaban por la superficie, y que contenían hombres entrenados para el abordaje violento y el asalto; muchos de ellos eran verdaderos “lobos de mar”, que habían sobrevivido ya en ocasiones anteriores a varios tempestuosos tifones y se habían apoderado de muchas embarcaciones ajenas con sus técnicas únicas y su notable arrojo.
Pero aún así, a pesar de tantos hombres de mar experimentados y naves con la última tecnología, era una sabia criatura la que iba guiando la tropa en dirección a las costas de San Ducart para el ataque por mar. Se trataba de una Lapras, única en inteligencia, quien ya tenía un buen número de batallas lidiadas en el pasado, y gran experiencia en el ejército, en donde se crió desde siempre y se desarrolló en entrenamiento, todo debido a una rara adquisición del Rey de esa época. Su nombre era Cassiopea, y aunque ya no era muy joven, era uno de los elementos en quien más confiaba Edward, depositándole entera confianza, porque, incluso desde que el príncipe era tan solo un niño, este pokémon acuático ya se había convertido en toda una leyenda de los mares. Era una de las pocas criaturas a las que el mismísimo Rey había concedido honores y, en ese caso, el cargo actual. Ahora regresaba una vez más, quizás la última antes de vivir en paz en sus últimos años, para desempeñar su labor de nueva cuenta, navegando por las aguas, tranquila, confiada, con su característica sonrisa enigmática y su vista posada en el horizonte lejano.
Por aire aún no se avanzaba para no llamar prematuramente la atención de los enemigos, pero todo estaba listo para que en cualquier momento se extrajeran los pokémons voladores y los arqueros más experimentados los montaran para atacar desde arriba el posiblemente débil ejército de San Ducart. Muchos buenos tiradores habían sido entrenados especialmente para desarrollarse volando sobre sus pokémons y atacar de esa manera. Doringarf no tenía ninguna especie de miedo al montar en Eyrie, su elegante Dragonite, y hacer cabriolas desde las alturas para luchar, y derribar enemigos con sus flechas. Estaban ambos debidamente entrenados para ello.
Por último, sólo resta recordar que todas las huestes de pokémons que Royce había presentado a los reyes ya se habían integrado a los humanos, en sus pokebolas, para acabar de una vez por todas con el molesto enemigo. Con todo ese despliegue militar, con varios puntos de ataque, ¡Edward no tenía nada qué temer!
Ya habían cabalgado cerca de media hora y ahora al fin arribaban a los límites de sus territorios. Ya un poco más cerca se alcanzaban a divisar las murallas enemigas. Seguramente estarían bien resguardadas, porque con la noticia de los espías infiltrados, los soldados contrarios ya se habrían alertado y supuesto las ideas de los de Payraud, y adelantado. No entrarían sobre un desprevenido San Ducart, entrarían en terrenos en donde nadie los iba a recibir amablemente e iba a ser preciso introducirse a punta de espadas, a la fuerza, costara lo que costara.
A un par de kilómetros de distancia, en el campo pero bien camuflados por la vegetación que crecía en la zona, Edward ordenó detenerse. Ya era hora de dejar de avanzar con simpleza, ahora no podían dejarse ver por el enemigo. El momento de la astucia había llegado, y él ya había pensado en ello.
—Compatriotas— comenzó— estamos a punto de atacar esta maldita nación. Todo discurso de mi parte queda fuera de cuestión, porque tenéis muy en claro lo que quieren. Veo en vuestras miradas el deseo de luchar y morir por la patria si es preciso. Son todos vosotros muy valientes, tengo que remarcarlo. De la misma manera, quiero deciros que me siento orgulloso de dirigir un ejército como éste. Y también, de poder lanzar el grito de victoria, todos juntos, al aplastar las cenizas de San Ducart. ¡Por nuestra insignia, por nuestra patria, por nuestro Rey y por Payraud entero, venceremos!
Un grito de guerra, discreto pero efusivo, azotó entre ellos mismos, animados más que nunca por eliminar a los malvados enemigos. Era hora de luchar por el honor y la dignidad.
—Hurghland— dijo Edward cuando los ánimos se calmaron— ¿quién tiene encargado a Hurghland?
Alguien hizo una seña pronto, rebuscando en sus alforjas la pokebola adecuada, hasta encontrarla, y luego la alzó con la mano cerrada para señalar que estaba listo.
La lanzó poco después hacia la tierra, brotando de entre los rayos luminosos un bello Pidgeot, de raza fina y gran complexión, quien enseguida se calmó ante la salida para atender las órdenes.
—Pidgeot, tus ojos serán los nuestros. Dirígete hacia la gran muralla de manera discreta y vuelve para informarnos qué has visto.
Hurghland, sin dudarlo un segundo, alzó el vuelo con cuidado, y se elevó por entre las copas de los árboles, intentando no ser visto, al menos no tan pronto, y con una resolución digna de admirarse, se dirigió al peligro con la misión de espiar los proyectos de la nación contraria.
Los soldados, alegres, lo siguieron con la vista hasta que se perdió entre la maleza y las hierbas. Iba volando muy rápidamente, con decisión, sin titubear ningún instante, eligiendo pronto el mejor camino para llegar de un modo seguro pero útil a la muralla contraria. Seguro que ya habría actividad enemiga, que los hombres de San Ducart ya los estaban esperando para tenderles una sorpresa…
Al fin, el Pidgeot llegó hasta el lugar en donde se delimitaban ambas naciones.
…
A ver cómo continúa Demian (espero que no le haya dejado la parte más difícil...)
Saludos.