XXX

Meowth
Juro que ahora sí no entendía lo que estaba sucediendo. Todo era tan confuso para mí, ¡y lo peor es que ninguno era tan amable de explicarme qué demonios estaba pasando! De repente habían aparecido cinco pokémon extraños, que no conocía y que nadie me los presentó. Parecía que yo era como invisible, mientras Fyrus hablaba embobado con ellos, como si hiciera años que no los viera. Debió haber sido muy popular en su bosque.
Bueno, a pesar de que no entendía nada de la escena, me conmovió un poco, porque pude suponer que eran amigos viejos de él, que no veía en algún tiempo y que ahora le habían querido dar una sorpresa en la casa. No me enteré muy bien de dónde venían o cuál era su objetivo en un principio, pero me gustó ver a este Raichu tan alegre, después de estar tan mustio todo el tiempo en la casa.
Y a pesar de todo eso, se me pusieron los pelos de punta al darme cuenta que venía Marriot hacia acá. ¡Esa terrible Vulpix había descubierto el secreto! Seguramente vendría a armar un escándalo, a intentar poner todo en orden y decirle al Raichu que se metiera inmediatamente a la casa, mientras trataría de intimidar a los extraños, ahora que sabía cómo manejar el fuego. ¡Malvada Vulpix! A veces se sentía la dueña de la casa.
Sin embargo, no todo sucedió tal y como lo había pensado en un principio, o mejor dicho, sucedió exactamente lo contrario. No llegó amenazante, ni burda ni ofensiva como es su carácter normal, sino que esta vez parecía bastante confundida. Además, a mi parecer, se veía bastante somnolienta, o algo así, porque no parecía muy fuerte en ese momento.
De primer momento, yo intenté ocultar el secreto de Fyrus, pero luego él mismo lo reveló, diciendo que quería que ella supiera todo al respecto. ¡Y a mí ni siquiera me cuenta!
Después resultó que estos pokémon del bosque venían con la misión secreta de rescatarlo de sus “captores”, entre otras locuras que me hicieron ver muy singulares a este grupo de amigos suyos.
—Entonces… ¿éstos son tus amigos? ¿Éstos planean secuestrarte y llevarte de vuelta al bosque? —preguntó Marriot, con cierta burla en su tono de voz.
El Scyther se aproximó un paso, mientras que uno de los Pikachus juntaba, distraídamente, una piedrecilla de colores del jardín.
—¿Cuál es tu problema, pequeño pokémon? ¿De nosotros te vienes a burlar? —dijo el primero, adelantando sus navajas que tenía en los brazos.
—No me hables en tono amenazante —se defendió la Vulpix.
—Cálmense, cálmense ambos. No hay por qué pelear, y menos ahora —terció Fyrus de manera oportuna—. Me interesa más que todos se conozcan, aunque quizá en estos momentos ya no tenga mucho caso.
—Fyrus, no me digas que es real esa idea tuya. Vamos, sabes que es absurdo esto. ¿Cómo estos cinco pokémon te van a llevar de vuelta al bosque? Estás desvariando, será mejor que regreses a la casa. Y ustedes, ustedes seguro que están locos, y están contagiándole ya la locura a Fyrus.
Ahora fue la Dustox quien se interpuso entre Fyrus, Marriot y el Scyther.
—No sé quién seas, pero será mejor que te retires ahora. Nada nos va a detener ahora que hemos venido desde muy lejos, y si hemos de luchar contra todos los habitantes de esta casa para liberar a Fyrus, no dudes que lo haremos. Será mejor que no muestres oposición, porque somos más y seguro que te iría mal.
Fyrus parecía angustiado y molesto por el intercambio de amenazas.
—Mooth, estás confundida. Y tú, Marriot, cálmate, no se pongan así. No quiero que nadie pelee, por favor. Sólo necesito que entiendas que debo irme ya al bosque, debo irme con ellos… que es lo que más deseo. Te pido que no le digas a nadie, así como lo prometiste. ¡Por favor, ayúdame!
Marriot bajó la cabeza un poco al cabo de unos segundos.
—Perdón —murmuró.
—Está bien —contestó también quedamente Fyrus, mientras le pasaba una mano por sus mechones de pelo—. Te voy a extrañar mucho.
Todos contemplábamos ahora la escena que se estaba desarrollando entre el Raichu y la Vulpix. Al principio, ella no dijo nada, ni siquiera elevó su mirada, pero poco tiempo después, alzó su rostro, titubeante, y luego balbuceó.
—No te vayas…
El Raichu la miró con calidez.
—Es necesario. Ahora… debo devolverles el favor a mis viejos amigos.
—Por favor… —insistió ella.
Confieso que nunca la había visto así. Su espíritu de hierro nunca había demostrado ternura en sus palabras.
—Anda, no me dejes, no quiero que te vayas —dijo Marriot—. Eres mi mejor amigo.
Si esas palabras me hicieron un nudo en la garganta, no puedo imaginar el efecto que le causó al pobre Raichu.
El caso es que hasta el Scyther grosero guardó silencio, respetando la situación. Nadie articulaba palabra, pero Marriot no se daba cuenta que era el centro de atención de muchas miradas.
—Sabes que tú también. De ti he aprendido muchísimas cosas, y pasamos un par de gratísimos momentos. La verdad es que nunca te voy a olvidar, siempre te tendré presente, te lo prometo. Pero ahora… ahora debo partir. Recuerda que yo no pertenezco a este lugar, sino al bosque, y a él debo volver. Es el destino, es la naturaleza —contestó Fyrus.
—Pero yo… yo… —dijo enseguida ella, callándose después. Al cabo de un rato continuó, con voz quebrada —Yo… ¿yo que voy a hacer ahora sin ti?
El Raichu volvió a acercarse a ella.
—No tienes por qué preocuparte, Marriot. Te quedan amigos que te quieren mucho. Tienes a Midnight; sabes que esa pequeña vale oro. ¡Y mira quién más está con nosotros! Tienes también al Meowth, que es un excelente amigo. También podrías comenzar a amistarte con Rosy… ¿ya ves? Ambos tenemos una gran vida por delante junto a extraordinarios amigos… sólo que por caminos separados.
Marriot asintió, al fin, resignada. Seguramente debería dejar ir a Fyrus sin más. Se acostó en un pedazo de tierra seca bajo un árbol para reflexionar sobre lo que estaba ocurriendo, mientras volvían los murmullos entre los amigos del Raichu. Éste también aprovechó para acercarse a mí y dedicarme unas últimas palabras antes de irse.
—Meowth, a ti tampoco te voy a olvidar aunque me vaya lejos. Eres un gran pokémon con un espíritu libre y soñador. De verdad, te considero como un amigo bastante apreciable. Fue una suerte que nuestras vidas se hayan cruzado y habernos topado para conocernos.
—Lo mismo pienso de ti, Fyrus —le dije, intentando mantener el mismo tono—. Te deseo muchísimo éxito a dondequiera que vayas. Sé que una gran vida te espera por delante, así que intenta aprovecharla al máximo. Y si algún día llegas a volver a la ciudad, no olvides visitarnos, que aquí estaremos para recibirte. Seguro que a los amos también les daría infinito gusto volver a verte.
—Gracias, Meowth —contestó enseguida, sonriendo—. Por favor, dile a la pequeña Midnight que la voy a extrañar muchísimo.
—Pierde cuidado, se lo diré —afirmé.
—Dile que es una gran Eevee y que espero que algún día se realice su sueño de ser una hermosa Umbreon, o una poderosa Flareon. Qué gusto me daría si se pudiera superar de esa forma.
—Claro que sí, yo le comunicaré tus palabras.
—Cuida mucho su amistad —me dijo más bajo—. Espero que sean buenos compañeros.
—Lo seremos… y a ti, que te vaya muy bien —le dije de todo corazón.
Fyrus se alistaba para irse. Ya comenzaba a pedir explicaciones a sus compañeros que lo habrían de acompañar durante el largo viaje, y él aún seguía preguntándose cómo harían para recorrer esa distancia enorme que había entre las regiones cálidas del bosque y el clima glaciar de la ciudad. Seguramente estaría muy lejos su destino.
Pero antes de que pudiera decir algo más, Marriot intervino desde el fondo.
—Fyrus, espera.
El Raichu y sus amigos voltearon a verla.
—Por favor, muchachos, ¿habría lugar para una pokémon más en su viaje?
Me recorrió un estremecimiento nervioso. ¿Marriot pensaba en abandonarnos también para irse al bosque? ¡Qué gran locura!
El Scyther ladeó la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero ir con ustedes al bosque —respondió con sencillez.
—Imposible —resolvió al instante el Scyther.
—¿Por qué? —inquirió Marriot.
El gran bicho tomó aire para explicar brevemente.
—Porque ninguno de los de tu especie es bienvenido en nuestro bosque.
Marriot volvió la cabeza hacia donde estaba Fyrus, el cual la veía atentamente sin decidirse a decir nada.
—¡Por favor! —insistió—. ¡No los molestaré en nada durante el viaje, se los juro! Y… y… ¡y ayudaré mucho en el bosque!
—Marriot… ¡me encantaría que vinieras conmigo! ¿De verdad estás dispuesta? —preguntó Fyrus.
—¡Claro! No deseo otra cosa que ir al bosque, al lugar que durante toda mi vida he soñado. ¡Los bosques son tan hermosos! Y yo… ¡yo quiero ir a éste!
—Te repito que es imposible —contestó más tajante el Scyther.
—Por favor, no sean tan crueles… díganme por qué no pueden aceptarme en su comunidad —insistió con tenacidad la pokémon de fuego.
—Mi abuelo es el jefe de la comarca —explicó el Bulbasaur—. Y desde siempre, en todas las generaciones pasadas de Venusaur, se ha negado rotundamente la entrada a todo pokémon de fuego a nuestras tierras verdes, a raíz de todo el mal que han causado estas criaturas en general.
—Pero yo… yo soy muy calmadita. Les juro que no haré nada de daño. Ni siquiera puedo controlar bien mi poder de fuego. Además, yo misma hablaré con ese Venusaur para que me acepte. Debo convencerlo de que no todos los pokémon de fuego causan daños a su sociedad.
—Yo también hablaré con él —se apresuró a complementar Fyrus—. Tú debes ser bienvenida en el bosque.
—Pero… —balbuceó el Scyther.
—Nada se perderá con intentarlo, supongo —interrumpió el Bulbasaur—. Amiga, puedes venir con nosotros, si así lo deseas.
—¡Gracias, muchísimas gracias! —exclamó, estallando en júbilo—. Estoy eternamente agradecida por haberme aceptado. De verdad, no sé qué decir.
Y corrió hacia el grupo de viajeros.
—Mi nombre es Marriot —les anunció.
—Yo soy Ruz, mucho gusto —comenzó el Bulbasaur.
—Mi nombre es Lyra, y mi hermano es Don —se apresuró a presentar la Pikachu.
—¡Qué agradables son en realidad todos ustedes! —decía alegremente Marriot.
—Bueno, ahora sí ha llegado la hora de la partida —comentó Fyrus con un poco de tristeza.
—Extrañaré mucho esta casa, de la que tengo tantos recuerdos —dijo, triste, la Vulpix—. ¡Pero ya no deseo estar más aquí! Estos humanos me mantuvieron engañada durante tanto tiempo… ¡y yo ciega! Menos mal que ya me he librado de Emily. ¡Y lo de Rey! ¡Ya no tendré que vivir angustiada, huyendo de un maldito pokémon que quería deshacerse de mí a toda costa!
Luego depositó su mirada en el rostro de Fyrus.
—Y todo te lo debo a ti. Fue una suerte haberte conocido. Si nunca hubieras llegado a esta casa, nada hubiera cambiado y seguiría sufriendo ahí.
—Y gracias a que yo te conocí, han cambiado tantas cosas en mi forma de pensar… Ahora me doy cuenta de que estaba equivocado en mi creencia sobre los humanos. ¡Muchos son tan buenos! Y gracias a ti, he vivido una experiencia inolvidable en la ciudad.
Marriot volvió a sonreír y justo después me miró.
—Meowth, ¡saluda mucho a Midnight de mi parte! ¡Dile que la quiero mucho, y que espero que podamos volver a vernos pronto!
—Pierde cuidado, le diré —contesté.
—Y no sólo eso… —dijo, acercándoseme lentamente—. Dile que yo tengo mucha fe en ella, que es una gran Eevee, y que espero que sea muy feliz. Para mí, ella fue como mi hermanita menor. Dile que no esté triste, porque seguramente algún día volveremos a vernos nuevamente.
Asentí.
—¡Así será! —aseguré con convicción. Todos esos mensajes, seguramente se los diría por la mañana.
—Entonces… hasta pronto, Meowth.
Corrió hacia donde estaba el grupo de viajeros. En él, Fyrus aún se despedía de mí agitando su mano. Luego, comenzaron a caminar en dirección a la puerta de hierro; unos volaron por encima de ella, otros se arrastraron por debajo y otros, con menos dificultades, la atravesaron por en medio de los barrotes.
Así, tomaron rumbo hacia la derecha, del lado de la calle. Yo corrí a pegarme a la reja que circundaba el jardín, para revisar hasta dónde darían vuelta por la esquina.
Giraron enseguida, lentamente, perdiéndose detrás de un grandísimo edificio gris.
Dejaron sus huellas impresas en la nieve.
Ésa fue la última vez que los vi.
A la mañana siguiente, desperté en una habitación clara con hambre y muy pocas ganas de moverme. Sin embargo, era tarde, a juzgar por el Sol que ya se levantaba por todo lo alto del cielo. ¡Rayos! Debía haber actividad en la planta baja; quizá los amos ya habían terminado de comer… y yo ahí, durmiendo aún.
¿En dónde estaba? Parecía la habitación de los dueños de la casa, justo en donde estuve cuando la buena mujer me llevó al resto de la familia, presentando mi formal adopción.
Al mirar alrededor, noté que dicha habitación era muy bonita; nunca había visto algo así desde que tengo memoria. Antes, cuando vagaba por las calles, me gustaba asomarme a todas las casas para ver el estilo de vida de los humanos, porque cada uno vivía de diferente manera. Algunas casitas eran de madera y otras, más seguras, de concreto. El aspecto de la gente que residía en ellas también variaba, dependiendo del tipo de casa. Las más bonitas también guardaban a personas de buen ver.
Y aunque llegué a descubrir viviendas que contaban hasta con chimenea, realmente nunca había visto una como ésta. Era sencillamente excepcional. Por eso me hechizó desde la primera vez que la vi, queriendo a toda costa entrar en ella, como quien se pone un objetivo que desea cumplirlo. Nunca entraba a las casas, a pesar de que muchas veces me imaginé dentro de ellas, al calor de una fogatita en la chimenea, jugando bajo una silla con alguna bola de estambre que frecuentemente ocupan los humanos para elaborar sus ropas.
¡Oh! Pero ahora debía encontrarme con Midnight para cumplir los encargos que me habían confiado Fyrus y Marriot. ¿En dónde estaría esta pequeña Eevee? Seguramente ya se había dado cuenta de la ausencia de su amiga Vulpix, así como del Raichu. Yo solamente necesitaba explicarle lo que había entendido por la noche, diciéndole que, de repente, ambos habían abandonado la casa para emprender ruta hacia un bosque lejano, dejándome dicho que me despidiera por ellos. ¡Qué gran locura! ¡Nunca me creerá si le digo eso!
En fin, que estaba pensando qué tonterías iba a decirle a mi amiga, cuando de repente me asusté al escuchar unas pisadas cercanas que se aproximaban cada vez más a la entrada de la estancia. Seguro que eran los humanos. Pero… no se escuchaban como las pisadas de las personas, sino que eran unos sonidos muy sutiles y gráciles.
¡Claro, no estaba solo! ¿Cómo se me ocurría que lo estaría?
El susto cesó por un momento, pero sólo para arreciar con mayor ímpetu.
El que entraba, una figura elegante y blanca, me llenó de terror con su simple presencia.
¡Era ese Persian de nuevo! El mismo que había descubierto cuando recién llegué y que me miró de forma tan amenazante. Lógicamente, al entrar, descubrió mi figura y enseguida se dio cuenta de quién era. Me miró por un espacio prolongado con esos ojos aterrorizantes.
—Hola —le dije, en un intento por suavizar la escena.
Él no me respondió, sino que volteó la cabeza groseramente y continuó andando hacia donde supuse que era su cama.
—¿Ahora voy a tener que compartir esta recámara contigo? Es ridículo —me dijo de pronto, sin voltear a verme.
—Así parece ser —contesté un poco apenado, porque supe enseguida que le molestaba el hecho.
—Qué idiotas son los amos. ¿Por qué no me dan un cuarto privado? Odio compartirlo, y más con pokémon de clase tan baja como tú —continuó murmurando.
—No te preocupes, te juro que no voy a molestarte en lo absoluto.
—¡Me molestas con tu simple presencia! —exclamó el Persian.
Tragué saliva. No parecía un pokémon muy social, aunque quise aparentar que no me infundía miedo. Al contrario, como deseaba ambientarme al lugar y no llevarme mal con nadie, quise continuar con la plática. Quizá podría ablandarlo un poco.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—No te compete —respondió el muy zafio—. No mereces saber mi nombre.
Lo miré desde mi lugar. El Persian aún no volteaba a verme, sino que se limitaba a quedarse quieto en su gran cama roja.
—Me agradan los Persian —comenté—. ¿Será porque soy un Meowth?
Al fin, giró su rostro para verme con más claridad. Sus ojos chispeaban.
—Eres demasiado pretencioso como para intentar amistar conmigo. No mereces ser mi amigo, y yo no puedo rebajarme a tu altura para serlo también. ¡Cállate y déjame en paz, o verás que soy capaz de cerrarte la boca!
—No debes hablar de esa manera —observé, un poco contrariado por sus horribles modales—. Además, no tienes por qué rebajarte, si ambos vivimos en la misma casa y gozamos de los mismos derechos con los amos.
El Persian se incorporó de súbito, como a quien le ha molestado algo de forma especial.
—¡Miserable Meowth! —gritó con tono horrible—. ¡Tienes la desfachatez de decir que tú y yo somos iguales! ¡Enano tonto! ¿No te das cuenta? Yo soy un Persian de la clase alta, el fiel acompañante de uno de los hombres más ricos de la ciudad… y tú, en cambio, no eres más que un felino sucio y asqueroso que ha venido de las callejuelas de la ciudad para robar en la casa, y que, por suerte para ti, has agradado a los amos de forma extraña.
—Pero ahora pertenezco a esta familia, ya no soy un Meowth callejero —me defendí—. Además, yo no vengo de las callejuelas de la ciudad.
—No mientas. Sólo eres otro de esos miserables ladrones que entran para hurtar todo lo que pueden de la cocina. Tú has corrido con suerte. Tu llegada no se compara con la mía. A mí me adoptaron desde el más fino criadero del país. ¿Y tú?
—Yo vengo del barrio, no de la ciudad —contesté.
—¿Del barrio? ¡Mientes! El barrio está muy lejos de aquí. Vaya que además de sucio e indigno, tengo un compañero mentiroso.
—¿Por qué no me crees? —pregunté con curiosidad. Era extraño.
—¿Quién te ha traído hasta acá? —se interesó el Persian.
—Nadie. He sido yo, quien se aburrió de los callejones apestosos del barrio y de los malos tratos de ciertos Sneasel, y he venido a la ciudad a intentar dejar todo atrás y renovar mi vida.
Él se quedó pensando unos instantes.
—Ya basta. No me hables más. Te lo advierto.
Y volvió a echarse en su cama con autoritarismo, sin voltear a verme. Sin embargo, yo continué insistiendo. Podía ser un mal Persian, grosero y tosco, pero al fin, era la evolución de un Meowth como yo… lo que sería dentro de algún tiempo.
—¿Cómo evolucionaste a Persian? —pregunté.
—Ya te dije que no me hables —respondió, sin volver la vista.
—Pero… quiero saber, porque yo algún día seré como tú. Admiro mucho a los Persian.
—Eso es, lo único que te queda es admirarme, porque nada más podrás lograr para estar a mi altura. Admírame, y cállate.
—Por favor, ¿cómo se logra evolucionar a Persian?
—Bueno, ¡ya cállate de una vez, enano! —explotó—. ¿Vas a seguir fastidiándome toda la tarde! ¡Maldición! Ya no quiero seguir escuchándote, y no te recomiendo que me conozcas enojado. Si continúas molestando, voy a arrancarte la lengua. Si tanto te interesa saber cómo llegar a un Persian, ¿por qué diablos no le preguntaste nunca a tus padres, tonto?
—Porque no tengo padres… nunca los conocí. Sólo he vivido así desde que recuerdo.
Volteó a verme, ahora con un poco de curiosidad.
—¿Eso es cierto?
—Sí. Desde pequeño tuve que arreglármelas solo en los terribles callejones del barrio; seguro que mis padres murieron cuando nací… o quizá me abandonaron. El caso es que nunca los conocí, así que ignoro mi origen. Mira, ni siquiera tengo nombre. Nadie me bautizó nunca, así que todos me llaman Meowth. Me pesa bastante no tener conocimiento ni de mis padres.
Él gruñó ligeramente, y luego, como si no me hablara, dijo con voz lejana.
—Ese barrio del que hablas es de lo más sucio. Sobre todo en la parte norte, es asqueroso.
—¡Oh! Pero, ¿tú has estado ahí? —pregunté, con renovado interés.
—No, ¡no! Pero… me han contado —fue su respuesta, un tanto titubeante—. Yo no saldría de esta ciudad para ir a ensuciarme a tu asqueroso barrio.
—Dime, por favor, ¿qué te han contado de él?
El Persian agitó la cabeza hacia los lados rápidamente, luego me miró con fijeza.
—Lo que te dije, ¿qué te importa? Sólo sé que es un barrio muy bajo, en donde vive la clase más baja de la sociedad. Sobre todo en la parte del sur, en donde abundan los Sneasel y les roban cosas a los pokémon estúpidos como tú.
—Así es. Esos Sneasel son terribles.
—Sobre todo Bukes, su líder. Tiene fama de asesino.
De repente, como si estuviera ahogando sus propias palabras, se calló de súbito y no pudo evitar llevarse una garra a la boca, en señal de que estuvo hablando de más. Yo me extrañé bastante, por mi parte, pues poco esperaba que conociera a ese tipo de criaturas. ¿También éste tenía relación con los Sneasel?
—¿Cómo sabes eso? —le pregunté.
—Ya te dije que me han contado —contestó un poco más inseguro, con un ligero temblor en la voz.
—¡Dime quién te ha contado!
El Persian se quedó pensando largo rato, quizá intentando inventar alguna mentira, pero como no se le ocurría ninguna, no tuvo más remedio que confesar lo que desde hacía rato ya venía imaginándome ligeramente.
—Está bien, tú ganas. Sí, sí he estado en ese barrio de donde tú provienes. ¿Y qué?
—¿Tú, en el barrio?
—Cállate, no me preguntes más. Déjame en paz, no me hagas seguir hablando.
—¡Pero quiero saber qué relación tienes con mi barrio! A lo mejor nos llegamos a conocer y yo ni me acuerdo.
—No… yo estuve en el barrio hace mucho, antes de que me adoptaran…
Yo lo miré sorprendido.
—¡Dijiste que te habían comprado del más fino criadero del país!
El Persian se turbó de una manera increíble; había logrado hacer caer a ese tirano regañón en una clara contradicción de la que ahora no podía escaparse. ¡Ja!
—Meowth, cállate de una buena vez. No quiero… —comenzó a decir, y luego, cambió el tono drásticamente—. ¡Te juro que si mis palabras salen de aquí y llegas a contárselas a los demás, no voy a tener piedad en destriparte!
—Saldré con el chisme, si no terminas de contarme —dije, sonriendo—, e iré a contar mil mentiras más sobre ti.
Él me rugió con profundidad, sonoramente, como si quisiera intimidarme exponiendo sus filosos colmillos; pero yo sabía que no podía hacerme nada en esos momentos. Los amos estaban cerca, y todos se darían cuenta de su ataque.
Hasta que se calmó un poco, fue cuando tuvo que darse por vencido.
—Si te cuento, es porque eres un Meowth, y aunque eres muy desagradable y estúpido, tengo cierta afinidad a los de tu especie. Pero en realidad sólo es eso. También vengo del barrio, como tú, y me adoptaron de una forma parecida. Es falso lo de los criaderos. ¿Ahora estás feliz? Sólo con que me entere que Marriot o alguien más lo sabe, y te voy a colgar del pararrayos que está en el tejado.
—No te preocupes por eso —le aseguré, muy interesado en la plática—. Pero dime, ¿de qué parte del barrio vienes?
—Hmm… ya te dije que del Sur.
El Persian bajó la mirada, con una humildad que nunca había visto en él. Ahora ya no debía aparentar nada frente a mí. Ambos veníamos del mismo lugar.
—Lo que más me dolió fue cuando me separaron de esta Persian —continuó diciendo—. Los humanos me dieron captura y no tuve ni oportunidad de despedirme de ella, quien fue la única criatura razonable que he conocido en mi vida. Era maravillosa. Pero bueno, esos humanos lo que hicieron fue capturarme, me llevaron a una tienda pokémon y ahí me adquirió el señor Maillard, hace ya unos tres años. Supongo que me eligieron por mi llamativa belleza.
—No había muchos Persian o Meowth por esos rumbos en ese entonces, ¿o sí?
—No. Ella y yo prácticamente éramos los únicos que habitábamos esas calles. Creo que había más Meowth, pero sobre todo del lado Oeste del barrio. Nosotros estábamos, como te dije, hacia el Sur.
—¿Por donde está el Gran Reloj? —pregunté, esperanzado de que conociera los mismos lugares que yo.
—En efecto. ¡Has acertado! —exclamó sorprendido—. Justo debajo del Gran Reloj es donde pasábamos la mayor parte de nuestros días. ¿Sabes algo?
Yo estaba casi sin habla.
—¿Qué?
—También como tú me tocó lidiar con molestos Sneasel. Conozco muy bien a todos ellos, en especial a su líder, Bukes. Un día lo tuve contra la pared y mis zarpas… era Sneasel muerto… de no ser por sus molestos amigos, que lo salvaron de su final fatal. Entre todos me atacaron, y no tuve más remedio que dejarlo libre. Pero eso sí, cobre víctimas entre ellos. A mí nunca me han intimidado esos asquerosos.
Intenté remojar mi boca, pero mi lengua estaba seca, y me recorría un sudor frío mi cuerpo.
—Sobre todo, luchaba para ganarme a esta Persian de la que te comento —continuaba hablando de sus anécdotas mi interlocutor—. Pobre, estaba esperando una cría de Meowth cuando la dejé… o cuando me hicieron dejarla, mejor dicho.
Sentí que mis ojos chispeaban de alegría o de desconcierto, no supe definir exactamente mi sentimiento, pero sí me recorrió un temblor extraño mientras experimentaba un nerviosismo difícil de describir.
—¿Cuál dices que es tu nombre?
—Mi nombre es Rey —contestó de un modo ya más accesible, ahora que me había ganado su confianza y que había permitido que se desahogara de toda su historia oculta.
—Oye, Rey —comencé, con un revoloteo en el estómago—, ¿y no se te ha ocurrido que quizá yo sea…?
—¿Que tú seas qué? No comprendo a qué te refieres.
—¿…que yo sea aquél hijo de esa Persian de la que me comentabas? —proseguí, con el corazón en la garganta. Lo único que esperaba era que no reaccionara para mal ante mis atrevidas conjeturas.
—¿De mi Persian? —preguntó—. ¡Imposible! Si no… serías también hijo mío. Y eso es simplemente imposible.
—¿Por qué? Mira… todo coincide. Por favor, permíteme que te explique. Tú vienes del barrio, igual que yo… exactamente de los callejones aledaños al Gran Reloj, justo donde yo pasé toda mi vida. Y nunca te conocí, puesto que cuando nací, ya te habían dado captura. Además, ambos sabemos que no hay muchos de nuestra especie habitando el lado Sur de nuestro barrio. No hay muchas posibilidades de que haya sido concebido por otra pareja de Persian, siendo que tú mismo aceptas que no había otra más que ustedes.
Rey abrió mucho los ojos y se quedó reflexionando por largo rato acerca de mis opiniones. No se molestó; quizá ni siquiera le dio lugar a ese sentimiento debido a lo sorprendido que estaba de que esto haya podido ser real.
—¿Y tú no conocías a otros Meowth por ahí? —me preguntó, con un hilo de voz, al cabo de cierto tiempo.
—No… —contesté, sin poder contener el temblor de mi voz—. No, yo era el único Meowth que vagaba por esos callejones.
—Y tú… —dijo, casi para sí—, tú… tienes más o menos esa edad… ¡Casi tres años van desde mi captura!
—¡Pues casi tres años son los que tengo! —exclamé, incrédulo.
—¡Entonces es verdad…! —terminó soltando, antes de que se le fuera la voz por completo.
Ambos estábamos de frente; Rey con una postura increíblemente atenta y abierta. Se le había quitado toda la pereza, pero sobre todo, la vanidad y el orgullo con el que había entrado a la habitación y ahora, parecía que nada más en el mundo importaba, sólo nuestro misterioso asunto.
Yo sentía como si mi corazón estuviera recorriendo todo mi cuerpo a una velocidad vertiginosa. Tenía la boca abierta y juro que no la podía cerrar.
—¡Al fin! —exclamé, casi sin pensarlo—. ¡Entonces, al fin te he encontrado! ¡Tú, no hay duda, tú eres mi padre!
—¡Y tú, joven Meowth… tú eres mi auténtico hijo, mi único hijo, la criatura de mi querida Persian…! ¡Meowth, no puedo creerlo! ¡No, aún no puedo…!
—¡El destino es grande! —le contesté, efusivamente—. ¡Y nos ha reunido aquí para que al fin pudiera conocerte! Rey… Padre mío, ¡te he buscado toda una vida, y aquí te encuentro, de la forma más inusual que haya podido imaginar!
Él me miraba como si yo fuera un auténtico fantasma.
—No sé qué decir, Meowth, perdón —contestó, parco como siempre.
—No digas nada, por favor… padre —le dije, muy seguro de sí mismo, y no aguanté más para correr a abrazarlo con todas mis fuerzas, como si tuviera el completo conocimiento de que él, en efecto, era el Persian que había estado buscando—. Dime… ¿me aceptarías como tu hijo?
Noté que tenía un nudo en la garganta, al igual que yo.
—¡Claro, Meowth! ¡No renunciaría a ti por nada del mundo! Por los dioses… ¡esto es un milagro! —exclamó con sincero entusiasmo, y casi sin querer, me correspondió el abrazo.
Cerré los ojos, extasiado ante lo que estaba sucediendo. ¡Estaba tan poco preparado para enfrentar esta escena! Pero… ¡pero todo estaba saliendo bien!
—Sí, es un milagro de los dioses —me continuaba diciendo, ahora en un murmullo—. Jamás pensé que encontraría a aquella criatura que mi querida Persian estaba esperando en esos tiempos… ¡y mírate, mírate nada más! ¡Eres tú, mi querido Meowth!
—Padre mío, si esto es real, estoy tan orgulloso de pertenecer a tu linaje…
—Tienes mi sangre, mi sangre fuerte y altiva. Verdaderamente eres mi hijo, no hay duda. ¡Serás un gran Persian, con tan sólo ver tu sólida constitución de Meowth lo puedo predecir!
Y luego no dije nada a esto, sino que continué con mis ojos muy cerrados, intentando no pensar en otra cosa que no fuera el gozo de pensar que ahora tenía a alguien en el mundo a quien llamar padre, lo que se me hacía rarísimo. ¡Había alguien como yo! ¡Ya no me sentía tan solo en el mundo!
—Perdón por el trato que te di hace un momento —murmuró—. Perdón, pero yo no sabía…
—Tranquilo, no te preocupes —le aseguré, con un ademán de sincero afecto—. Yo te comprendo. Pero intentemos… no ser tan altivos de vez en cuando. Eres fuerte, padre, pero no debes imponerte de esa forma ante los que tienen marcada debilidad.
—Vas a ser un gran Persian, sincero y de gran corazón —me dijo—. Creo que tengo mucho que aprender de ti. ¡Qué orgulloso estoy de que mi único familiar que me queda en este mundo sea así de maravilloso! ¡Soy muy afortunado!
—Lo somos, padre, lo somos. Nada me causa más satisfacción que verme como el único hijo del gran Rey, el Persian del señor Maillard.
Él sonrió suavemente y se limitó a mirarme con ternura, como quien mira a un bebé recién nacido. Verdaderamente, creo que a partir de ese momento, su corazón se había ablandado de una forma notable. Ahora que contaba conmigo, su comportamiento por demás altivo y arrogante ya no volvería a ser el mismo de antes. Y me lo confirmó aún más cuando siguió diciendo.
—Meowth, hijo, yo te prometo que a partir de ahora, cambiaré mis malos hábitos por ti. Sé que a veces he actuado mal con los humanos y los pokémon que me rodean, incluso hasta contigo, y la verdad… quiero remediarlo, y hasta compensarlo, y créeme que lo haré por ti. No ignoro que es una mala conducta, así que no quiero ponerte ejemplos que no sean buenos. Tienes un corazón de oro, como no había notado en nadie más que en mi Persian, tu madre. Por eso, es mi deber cuidarte y darte una buena educación, como lo hacen los padres responsables y comprometidos con sus hijos. Yo he llevado… una vida llena de haraganería, y creo que es el momento de cambiar. Después de todo, por algo has llegado a mi vida, ¿o no? Por algo nos hemos reunido, porque existe algo que es necesario que cambie en nuestras vidas. Yo creo bastante en el destino, y el día de hoy me he llevado esta gratísima sorpresa, ¡imagínate nada más, yo, que ya me había rendido de buscar algún familiar perdido, encuentro uno en un día tan común y corriente! Pero ya se acabó; a partir de ahora seré otro Persian, seré un Rey completamente distinto, y que todo sea por tu bien. Procuremos ser los mejores Persian y Meowth de todos, ¿está bien?
—Es una gran decisión, te felicito enormemente, y créeme que yo haré lo mismo. Quisiera comprometerme conmigo mismo así como lo haces tú. Ahora, ¡quién lo diría!, empezaremos una nueva vida… juntos, en esta casa.
Ambos nos sonreímos mutuamente, como quienes hacen un acuerdo tácito, mudo, pero totalmente entendible.
—Una pregunta —dije al cabo de ello—. ¿Ahora sí podré tener un nombre propio? Estoy cansado de que me llamen Meowth.
—¡Claro que sí, y no sólo eso, te mereces el nombre más digno del mundo!
—Gracias… pero supongo que el nombre me lo colocarán los amos —dije, un poco desanimado. Aborrecía el nombre de “Marriot”, y deseé que no me pusieran otro así de ridículo y chocante.
—¡De ninguna manera! —contestó Rey, muy decidido—. El nombre te lo coloco yo, puesto que eres mi hijo.
—¿En serio? ¿Y cuál será? ¿Ya tienes pensado cómo podrías bautizarme?
—Hmmm… creo que se me ocurre un nombre muy bueno —dijo, sonriendo.
—¡Dímelo, por favor!
—Espera. Vamos a comunicarles a los humanos todo, incluyendo el nombre que he pensado.
Así, salimos de la habitación ambos, entre risas y buen humor.
Una vez que llegamos a la sala de estar, sorprendimos a toda la familia que estaba ahí reunida, en la mesa bonita que me había llamado la atención, junto al delicado fuego que ardía en la chimenea. Era un día frío.
—¡Miren, quién lo diría! —exclamó el señor Maillard—. ¡Rey y el Meowth ya se llevan bien!
—Es extraño —observó la señora—. Rey no suele hacer amigos así de fácil. El pobrecito siempre ha tenido dificultades para llevarse bien con los demás pokémon, y ellos lo excluyen de sus juegos.
—Pues parece que tu Meowth sí le simpatizó —rió la pequeña Emily.
La niña se nos acercó de pronto, sorprendida por el hecho que hasta a mí me hubiera parecido extraño, conociendo el humor poco agradable de mi padre.
Rey le dijo algunas cosas que me hicieron sonreír, aunque no supe si de simpatía o de pena.
—¿Qué? —exclamó ella al intentar descifrar las palabras de Rey.
Éste continuó informándola de lo nuevo que había sucedido, esta vez de forma más pausada y lenta para que comprendiera.
—¿Qué dices, Rey? —continuó preguntando Emily, incapaz de comprender el significado en sí.
—¿Qué pasa, hija? —preguntó el señor Maillard desde la mesa, con ciertas sospechas—. ¿Qué te dicen? ¿Alcanzas a distinguir algún sonido traducible?
—Sí… sí, casi todo, papá, pero la verdad, no entiendo a qué se refiere Rey con eso —contestó, incrédula.
—Di lo que entiendas —sugirió él.
—Dice que ha hallado en Meowth un hijo —le tradujo increíblemente la niña a su papá—. Y no lo dudo, mira cómo se han encariñado.
—¿Un hijo? —preguntó Maillard.
—Seguramente se refiere en un sentido subjetivo —opinó la señora—. Todos sabemos que Rey no tiene hijos, pero la llegada de este Meowth habrá significado algo muy importante para él. Quizás se ve reflejado en este pequeño de cierta manera, ¿no creen?
—Supongo que sí… —contestó el señor, dubitativo—. Pero qué bueno. Todo lo que sea agradable para mi Rey, mejor para mí. Lo único que deseo es que sea feliz, y si se lleva bien con este pequeño Meowth, también habrá que consentirlo.
—Espero que no comiencen llevándose mal cuando el Meowth evolucione a Persian —observó la señora.
—No, no lo creo. Rey sabrá respetar su espacio para entonces. Además, ya se ve que son muy buenos amigos…
—¡Esperen! —interrumpió Emily—. ¡Parece que hay algo más que Rey me quiere decir!
—A ver, dínoslo —le dijo la señora.
—Dice que… dice que… ¡Que ya tiene un nombre perfecto para el Meowth, ahora que está seguro que es su hijo!
El señor Maillard rió, quizá por eso último.
—Su hijo… —repitió con una sonrisa, como si no lo creyera todavía.
—¿Rey le encontró un nombre al Meowth? Eso sí que es maravilloso —opinó la madre de Emily—. Así, me ahorró buscarle uno, porque no se me ocurría nada.
—¿Qué nombre es? —preguntó su padre.
Emily escuchó atentamente los ruidos que procedían del Persian.
—En fin, ¿con qué nombre lo bautizaremos, pues? —inquirió su madre, algo inquieta.
Si ella estaba inquieta, yo más, porque al fin iba a conocer mi nombre definitivo, como me llamarían de ahora en adelante por el resto de mi vida. ¡Qué emoción! ¿Qué se le habrá ocurrido a Rey, mi padre?
—¡Príncipe! —exclamó, triunfal, Emily—. ¡Príncipe, dijo Rey! Dice que el nombre adecuado para su hijo Meowth debe ser Príncipe.
—¡Guau! Vaya ocurrencias de este Persian —opinó el señor Maillard—. Bueno, Príncipe será un bonito nombre también. Si lo considera su hijo, viene muy acorde.
—Totalmente de acuerdo. ¡Ahora mi pequeño Meowth se llamará Príncipe! —dijo la señora—. ¡Gracias, Rey!
Después de una tertulia más o menos enfadosa con los humanos que estaban en la sala, me escurrí por entre las patas de la mesa para irme al segundo piso. Ya era bastante de ellos, ya estaba enfadado. ¡Una hora sin que me soltaran! Me hacían demasiadas preguntas, la mayoría de las cuales no respondía, así que al final me harté y me fui escaleras arriba sin que se percataran de ello en un principio. Después de todo, Rey era el centro de atracción en esos momentos.
Apenas hube puesto un pie en el segundo piso, cuando me topé con Midnight. Tenía una expresión muy divertida en su rostro y parecía verme con suma alegría.
—Así que Príncipe, ¿no? —me preguntó riendo—. Oh, hay que rendirle honores a nuestro nuevo Príncipe, ja, ja, ja.
—No te burles. Me ha gustado mi nombre.
—Querido Meowth, no te enojes, sólo estaba jugando, lo siento. A mí también me parece un nombre muy hermoso y digno de ti. Ya escuché todo desde aquí arriba, escondida, sin que nadie me viera. No entendí lo de que eras hijo de Rey.
—¿Escuchaste todo?
—Todo, todo. Sólo que no entendí esa parte, ¿a qué se referían con eso?
—A lo que escuchaste. Sé que suena raro, pero he descubierto que Rey es mi padre.
Ella sonrió ligeramente, como con ironía. Los ojos le brillaban de tal manera que se notaba que no me creía en absoluto; incluso parecía divertida.
—Eso no puede ser. ¿Tanto te has encariñado con Rey? Ese Persian es una piedra en realidad, y no tiene caso que intentes caerle bien. Por favor, mejor déjalo en paz en vez de decirle a todo el mundo que descubriste que eres su hijo, cosa que es mentira. De esa forma nunca te lo ganarás; al contrario, echarás a perder todo.
—¡Pero sí somos parientes! —le aseguré, y luego, me dispuse a contarle toda la historia, desde que entró en la habitación, que me miró con frialdad, pasando por que luego conversamos sobre el barrio y descubrimos al final nuestro indudable lazo sanguíneo.
—¡No lo puedo creer! —opinó Midnight, temiendo tragarse una gran mentira.
—Pero tú no te preocupes. Gracias a esto, las cosas van a cambiar de ahora en adelante porque, como ya te lo dije, él aseguró que nunca más volvería a ser como ha sido todo este tiempo.
—Ojalá sea de esa forma. Nunca imaginé que Rey fuera a cambiar, y menos de manera tan repentina. Perdón, pero es tan arrogante que será difícil erradicarle ese carácter y esa forma de pensar.
—Será así, te lo aseguro —le dije.
Y luego, me sorprendió que una sombra cruzara detrás de ella.
—¿Qué? —preguntó, cuando me vio que intentaba descubrir a quien había pasado.
—Una sombra. Acabo de ver que alguien pasó por detrás de ti —dije sin miramientos.
Avancé lentamente por el pasillo iluminado. No debía ser muy difícil encontrar a la criatura que se deslizó con rapidez frente a mi vista, y cuya figura no había distinguido bien.
—¡Soy yo, Meowth! —exclamó la pequeña Rosy, saliendo tímidamente de su escondite.
—¿Qué pasa? ¿Por qué te escondes? —le pregunté.
La Skitty bajó el rostro, un poco asustada.
—Estaba escuchando lo que decían ustedes. Lo siento, pero no pude evitarlo.
—No te preocupes, Rosy —la tranquilizó Midnight, y luego propuso—. ¿Qué les parece si vamos a la recámara? Podremos platicar más cómodamente que aquí, en el pasillo. Además, ya no tengo ganas de seguir escuchando a estos humanos que están ahí abajo, por la escalera.
Ambos aprobamos la idea.
Al llegar a la recámara de la Eevee, me sorprendí con una presencia inesperada, que se hallaba sentada junto al amplio ventanal que abría una de las paredes. La luz del sol le caía directamente al rostro, el cual volteó hacia mí, mirándome con picardía.
—¡Mako! —exclamé.
—¡Meowth! O… quizás deba decir… ¡Príncipe! —rió.
—¿Tú aquí todavía? —le pregunté con bastante sorpresa—. ¿Dónde habías estado? ¿Y los Sneasel?
—Ya ves, amigo, ya ves —explicó con calma—. Desde ayer, he decidido mudarme y pasar el resto de mi vida aquí, que es precisamente donde nací. Gran decisión, ¿no? De hecho, en este lugar se vive muchísimo mejor que allá afuera, en la madriguera fría. La comida la encuentro de una manera más sencilla, todo será cuestión de bajar a la cocina, abrir el refrigerador y… ¡tarán! Tengo todo lo que necesito.
—Mako —exclamé, molesto por su actitud—. Haznos el favor de largarte ahora mismo de esta casa. No te soporto, ¡largo!
—Hey, hey, ¿qué te pasa, Meowthcito? ¿Ahora tú mandas aquí? No me iré bajo ninguna circunstancia, por todo lo que te expliqué apenas.
—¿Sabes que por tus tontas ideas Midnight corrió un grandísimo riesgo ayer? —le reclamé furioso—. Tú trajiste a los Sneasel, ya lo sabemos. No tiene caso que lo niegues, porque ellos mismos fueron quienes declararon. ¡Tú eres su aliado! ¡Tú los trajiste aquí para que robaran y ellos… ellos nos pusieron en grandes aprietos, sobre todo a Midnight! No, no puedes estar aquí sólo porque quieres. Largo.
—Ya no mantengo ninguna relación con los Sneasel —y añadió más bajo—. ¿Tú crees que vale la pena relacionarse con unos tontos como esos, que no pudieron llevarse ni una miserable piedrecilla? Estoy harto de todo esto. Es mucho trabajo y poca ganancia, como pude percibirlo ayer. Es por eso que dejé que se fueran, y no pienso volverles a hablar en toda la vida, no te preocupes, miedoso. De hecho, voy a dejar de dedicarme a ese tipo de cosas. Ya no lo necesito, como puedes comprender. Ahora, tengo todo lo que ocupo en esta casa, sin correr tantos riesgos y viviendo en esta casa bonita. No, Meowth, no me voy a ir; me quedaré aquí con ustedes. Y ni siquiera tienes nada que decir, no te voy a estorbar, porque no quiero que los amos me vean. Viviré escondido por los rincones de esta casa, saliendo solo para alimentarme, ¿para qué quiero pasar por el estúpido proceso de adopción? Yo soy libre, y odio a los humanos. No, que son capaces de volverme a aplastar entre la escoba y la puerta de salida.
Yo lo escuchaba todo sin poderlo creer. ¿Cómo podía haber tanto cinismo en sus palabras?
Apretando los puños de coraje, volteé a ver a mi compañera, que se hallaba a mi lado izquierdo.
—¡Midnight! ¡Dile algo! —murmuré.
—¿Qué quieres que le diga? Yo lo he perdonado ya, y lo he dejado vivir en nuestra casa. Quiero que seamos amigos.
Cerré los ojos, incapaz de comprender y con la rabia brotándome del pecho a borbotones. ¿Ahora tendría que soportar a Mako con nosotros para toda la vida, sólo porque Midnight, la dulce Midnight, lo había consentido?
Suspiré con pesar: definitivamente, estaba comenzando una nueva etapa de mi vida muy difícil de llevar.
Al final, resultó que ni siquiera fue preciso darles el terrible mensaje de que nuestros dos amigos se fueron de la casa. No hubo necesidad, y todo gracias a Rosy. ¡Por los dioses, esa pequeña parece una espía, está en todo! Durante la noche, se había asomado por el ventanal anguloso de la recámara de Midnight, ¡y lo había escuchado todo!
Ya para la mañana, la Eevee estaba muy bien informada de lo ocurrido, gracias a nuestra espía. Fue un gran alivio no tener que pasar por ese proceso tan difícil de decirle todo lo que había ocurrido. Sólo le relaté lo que me habían encargado ambos, que le dijera ciertas palabras especiales que le traspasé con fidelidad.
—Qué bien por Fyrus —dijo tristemente—. Espero que encuentre la felicidad con sus viejos amigos y en su entorno conocido. En serio, quisiera que viviera feliz. Es un gran pokémon.
—Ahora ha vuelto a donde pertenece —le comenté.
—Sí, la ciudad no era precisamente el lugar en donde debía estar. Ahora, seguro que se desarrollará en su hermoso ambiente y será feliz. Se lo deseo de todo corazón.
Se hizo un silencio, en el que ambos nos quedamos pensando en el afortunado pokémon.
—Y Marriot —dijo, luego—. Ojalá que pronto pueda sanarse, tanto física como psicológicamente. Que el cambio de aires le sea para bien.
—No lo dudo. He oído que todos los que van al bosque se recuperan de sus males. Además, Marriot no era una mala Vulpix. Sólo estaba un poco confundida y necesitaba algo de ayuda.
—¡Por supuesto que no es mala! —exclamó Midnight, recalcando sus palabras; luego, con los ojos humedecidos, continuó—. Ella… era como mi hermana mayor. ¡Oh, la voy a extrañar tanto!
Miró hacia el viejo suelo de madera, tachonado de clavos.
—Marriot… —murmuró—. Espero que muy pronto halles la felicidad con tus amigos del bosque… y sabes que por más lejos que te vayas… estarás conmigo, siempre. Te tendré presente por la eternidad… Marriot, hermanita mía… Ojalá hubiera podido despedirme de ti…
Su voz se le quebró y no quiso continuar hablando de melancolía y tristeza. No era para menos, ambos estábamos tristes por la partida de dos grandes compañeros que iban en busca de la dicha y la alegría.
—Tranquila, Midnight, tranquila —murmuré, intentando calmarla.
La pequeña Midnight me miró con los ojos llenos de lágrimas, y se lanzó hacia mí. Yo la abracé.
—Ella no se ha ido —dije—. Continúa en tu corazón. Cuida de ese recuerdo, que nunca muera.
—No morirá nunca en mí —me aseguró inmediatamente, con una convicción admirable.
—Entonces está bien… mira, nosotros estamos juntos y no nos iremos.
Ella no respondió inmediatamente a mi comentario, sino que se limitó a permanecer en mi abrazo. Yo no quería soltarla.
—Ojalá todos tuviéramos amigos como los de Fyrus, que acuden desinteresadamente siempre que se requieran entre sí. Ésas son las amistades excelentes. Qué lástima que sea tan difícil encontrar amigos así.
—Tú los tienes —le dije—. Al menos, aquí tienes a uno.
Ella sonrió cariñosamente.
—Sabes que tú también, Meowth, querido Príncipe Meowth.
Durante toda la tarde, no me alejé de ella.
Y bien, aquí culmina mi participación en la historia de nuestra curiosa conexión de destinos. No tengo nada más qué narrar. Por lo que sucedió, y por haberme encontrado con este afortunado Fyrus y esta fastuosa Marriot, ahora tengo un hogar hermoso en donde vivir, y he conocido a los mejores humanos del mundo. Pertenezco a una linda familia, como siempre lo soñé. Además, me he deshecho de mis malos hábitos y hasta de mis enemigos, de los que no creí nunca que acabaría. Y por si fuera poco, conocí a mi mejor amiga, Midnight. ¿Qué más le puedo pedir al destino, que me hizo unirme a estos singulares pokémon?
¡Soy feliz, gracias a ellos!
Tengo una infinita gratitud a todos mis lectores, por tomarse el tiempo de conocer a un pequeño Meowth sin muchas cosas interesantes qué contar.
Un profundo agradecimiento, amables lectores.
***PRÍNCIPE***