VI

Marriot
Estoy conmocionada por lo que el amo dijo esta mañana, mientras estábamos reunidos humanos y pokémons en el comedor. Yo degustaba mi platillo de caviar, preparado con los huevos de los más finos Remoraids, cuando el señor Maillard alzó la cabeza sobre su comida, miró con seriedad a los que lo rodeaban e hizo un extraño comentario, sin dejar la cuchara sobre el plato.
—He estado pensando en adquirir otro pokémon.
¿Qué significaba aquello? ¿Adoptar? No tenía en esos momentos la menor idea acerca de lo que se refería, pero continué comiendo con tranquilidad, como si nada hubiera sucedido.
La señora de Maillard fue la que habló luego.
—¿Otro pokémon, Charles? Ya tenemos muchos.
—Pero familiares. Quiero un pokémon personal.
—¡Ahí tienes a Rey!
En efecto, lo tenía y en ese momento el Persian estaba acostado a los pies del amo, bajo la ostentosa silla, ronroneando orgulloso de estar en el lugar privilegiado de la casa, y echándome de nuevo miradas socarronas.
—Quiero uno… que haga cosas de las que Rey es incapaz —respondió él con voz clara.
Rey dejó de sonreír de súbito, pues había escuchado las últimas palabras, y yo me alegré para mis adentros de que lo hayan ofendido de esa manera, pero volví a hundirme en mi plato sin verlo para evitar su furia.
Después de voltear a verme con cariño desde su silla, Emily preguntó a su padre.
—¿Y qué clase de pokémon buscas?
Su padre, retirando el plato en el que desayunaba y deslizando su asiento hacia atrás sin el menor ruido, se puso de pie, pensativo, dejando a un lado a su mascota predilecta.
Al no obtener pronta respuesta, mi ama añadió.
—He visto en la tienda a un Charizard, a un módico precio, padre.
Nadie dejaba de ver al señor de la casa que se paseaba de un lado a otro de la estancia intentando poner en orden sus ideas; yo por mi parte procuraba que mi observación no fuera incisiva y de vez en cuando daba una lengüetada a mi plato ya vacío, con disimulo.
—Un Charizard es muy embarazoso, hija —respondió al fin.
—Pero son hermosos…
—¡No es lo que busco!— cortó, seco, el señor Maillard, pero como notó poco después que su interrupción fue áspera y que la pequeña Emily ensombreció su rostro, agregó —pero ya sabes, querida… si te portas bien, en tu cumpleaños puedo regalarte hasta cinco de ellos, si tanto te simpatizan.
Ella volvió a sonreír y yo también, pero Rey seguía inquisitivo, con mirada pétrea, humillado pero inmutable. Cabe mencionar que yo también estaba estática, esperando la resolución del caso.
—¿Entonces, qué clase de pokémon buscas?
Maillard seguía andando de un lado a otro por todo el comedor, con aire grave, meditabundo, caminando a grandes pasos, como si fuera una elección crucial, aunque seguramente para él lo era. De pronto se cruzó hasta donde yo me encontraba, y me volteó a ver un segundo, pero lo hizo tan duramente que yo bajé la mirada enseguida; aunque sin duda algo se le había ocurrido con ello, porque ya no tardó más en resolver.
—No lo sé, quizás un Arcanine. Son muy elegantes.
¡Un Arcanine!, pensé luego para mis adentros, con sorpresa. ¡No, eso no podía ser! ¡Seguro que me desplazaría al instante! Eso era algo que yo no podía soportar, porque, aunque había gran variedad de pokémon en la casa, yo era la única que poseía el poder de fuego, y si llegaba otro que realmente supiera exteriorizar sus habilidades ígneas, y sobre todo tan majestuoso como uno de aquéllos, era obvio que me olvidarían pronto, pasando a ser la segundona mientras todos admiraban al recién llegado y a sus maravillosos poderes… Entonces, ¿quién se iba a preocupar de mi deficiencia? Ya tendrían a un verdadero pokémon de fuego.
—Los Arcanines son aún más embarazosos que los Charizard —observó la señora Maillard.
—Entonces no sé. Tengo pensado ir mañana temprano a la tienda a echar un vistazo y elegir uno. Espero contar con su compañía para ir a decidirlo. Habrá que ver si tienen un buen Arcanine en venta.
Tragué saliva. Pensé que acaso mi mirada reflejaba inquietud, aunque lo intentaba disimular.
—Yo te acompaño entonces —dijo Emily.
—Es lo que esperaba. Decidiremos nuestra nueva adopción entre todos, pero hasta mañana.
Los integrantes de la familia ya habían terminado el desayuno y ahora se levantaban de sus sillas, para dirigirse a la cocina. Aunque yo estaba trastornada por lo que dijo el amo, este sentimiento lo exteriorizaba Rey hasta por los poros. No pude evitar una sonrisa al ver su cara llena de espanto.
—¿De qué te ríes, mocosa? ¿De mí, acaso?
—Yo no me estoy riendo…
—Pero sí te burlas— contestó, intimidante—. ¿Te parece que es un asunto divertido? ¿Crees que es un juego lo que dicen?
—Por supuesto que no —repuse, convencida de mi desgano para discutir—, yo también me sorprendí de la noticia de la adopción… no eres el único que se siente triste.
—Estúpida —cortó con altanería—, nunca me vas a entender porque jamás estarás a mi altura, ni tampoco sentirás lo mismo que yo jamás. ¿De qué puedes sufrir tú? Bah, eres sólo la mascotita de la niña, la noticia no debe impactarte. No pierdes nada precisamente porque no vales nada en esta casa —decía, hinchándose de orgullo—, pero a mí sí me golpea horrible, y en vez de mostrarte comprensiva conmigo, la mascota real de la familia, te ríes como si yo fuera un payaso. No olvides tu posición en esta casa, ni tampoco pierdas el respeto por el pokémon más fino y antiguo de los Maillard.
Por supuesto que me hirieron los mordaces comentarios de ese patán, que eran como veneno de Seviper para mí, pero decidí no flaquear. Esta vez ya no me mostraría sumisa, y si había algo qué arreglar, sería en ese momento.
—No, Rey, ¡cállate tú! Ya me tienes harta con tus tonterías. Eres un altanero y un pokémon odioso. No me interesa saber nada de ti, déjame en paz.
—¡Marriot, cómo te atreves a hablarme así! —aulló, levantándose enseguida—. ¡Me las vas a pagar caro, maldito insecto!
Sentí miedo, porque rugió con fiereza de repente y extrajo sus afiladas garras. Decidí adelantármele si es que me perseguía, y corrí despavorida hacia la puerta, volteando mi plato en la huida.
Escuché que el Persian me seguía, pero yo me escabullí por debajo de los muebles y pronto pude encontrarme ante la salida principal de la mansión. La atravesé sin ninguna duda y entonces me hallé en el extenso jardín frontal, corriendo por el caminito empedrado del centro sin que me importara nada, sólo burlar a mi persecutor y ponerme a salvo. ¿A dónde iba? Ni me daba cuenta, sólo huía por el pasto medio nevado, tal vez un poco arrepentida de haber ofendido a Rey de esa manera, llevándome por mis impulsos, porque él siempre era serio en sus amenazas. Ya antes hemos discutido y una vez, cuando estaba más pequeña, me propinó una terrible tunda por mi atrevimiento. Seguro abusa de que es más grande y fuerte que yo.
De repente me di cuenta que el camino por el que corría era de lo más conocido y lo continuaba subconscientemente: era la ruta que llegaba hasta la gran fuente lateral, que yo usaba como refugio para olvidar mis pesares.
Llegué hasta ella… siempre me había parecido una fuente de lo más majestuosa, con todo y sus finos grabados antiguos en la piedra y sus múltiples niveles en donde el agua caía a cascadas bellísimas.
Mi amigo el Swellow se lavaba en ellas casualmente en esos momentos, revoloteándose en el líquido para refrescarse, aunque no hiciera mucho calor. ¿Quizás sólo me estaba esperando…?
Me eché en el suelo al lado y él notó mi presencia enseguida, y seguramente mis inquietudes también. Volteé a verlo.
—Hola.
—Pequeña Marriot, ¿qué es lo que te acongoja?
—Nada me acongoja, pero algo sí me preocupa. El amo comentó su interés por adoptar un pokémon nuevo. Dime, ¿cómo se efectúa eso?
—El señor habla acerca de comprar una mascota, traerlo a tu casa y criarlo junto a ustedes. Así que… eso es lo que te mantiene con preocupación.
—Por supuesto, me da miedo de sólo pensarlo.
—No lo comprendo. ¿Por qué tiene que ser una situación traumática? Deberías alegrarte de tener un nuevo amigo, porque dices que ya estás harta de discutir con el Persian y lidiar con esa Eevee todo el tiempo.
—Sí, pero es que el amo desea adoptar un Arcanine. Swellow, si eso sucede, ¿qué será de mí?
—No te preocupes, pequeña Marriot. Jamás serías desplazada ni aunque adquiriera un legendario. El amor y el cariño son irremplazables. A ti se te adora y se te consiente, y estoy seguro de que será así por siempre.
El amable pokémon me observaba con ojos vivos y mirada sincera. Hube de aceptar sus palabras, sólo porque venían de él.
—Te sugiero que lo olvides —complementó enseguida—, e insistas en agradar a Emily, en vez de buscar enemigos. Esa chica es una persona especial, no te cambiaría ni por todo el oro del mundo.
Yo volteaba hacia otro lado, sin atreverme a verlo, mientras las palabras del ave intentaban surtir efecto en mi ser.
—Quiero verte sonreír —dijo.
Lo hice, para darle gusto. Al fin y al cabo, probablemente tendría razón. Acaso me preocupaba demasiado, y el amo al final decidía no adoptar nada. ¡No era seguro!
De pronto, volteé a ver hacia la reja que limitaba el jardín al sur, allá al fondo, y me pareció ver una anormalidad. Una presencia que nos observaba con asombro, colgado de los barrotes negros. Aunque yo conocía a los pokémons nuestros y de todos los vecinos, jamás había visto a aquel en mi vida, y me inquietó que se tratara de un callejero. ¡Oh, un callejero colgado de la reja de nuestra mansión, eso no lo consentiría!
—¡Hey tú! ¡Meowth sucio! ¡Largo de ahí! —exclamé con energías.
Mi amigo el Swellow volteó a donde yo me dirigía, pero el pokémon ya había desaparecido al oír mi advertencia, se había espantado con mis gritos.
—¿Un Meowth? —preguntó el ave.
—Callejero, supongo.
—No deberías tratarlos así —me reprendió—; al cabo, son criaturas igual que tú o yo. Bien sabes que no eres así de agresiva, quizás sólo actúas de esa manera por tu frustración.
Suspiré. Sabía que el Swellow tenía razón. Nunca fui cruel con los pokémons callejeros, así que seguramente mi mente intentaba desahogarse con algo.
—Cierto. No debo tener problemas con ellos… y de hecho, aunque no quiero a pokémons vagabundos aquí, me dan lástima… si algún humano bondadoso adoptara a ese Meowth, seguro sería más feliz…
…