El espíritu del traidor ~ Capítulo 3
Cita:
Bien, un nuevo fic de mi parte... No tengo demasiado que decir, tan solo que espero que se animen a leerlo y que les guste :'D! El título, como me dijo Cygnus en la evaluación, tal vez parezca propio de una historia ya muy vista, pero no tengo en mente que así lo sea... digo en mente, porque todavía no tengo los siguientes capítulos escritos (si alguna vez leyeron Sed de Venganza, mi primer fic, sabrán que es verdad x3U).
Evaluación
Spoiler
1. El tema del fic y su trama – 12/15
2. La gramática, ortografía y estructura de la escritura – 23/25.
3. La madurez del fic – 5/10
4. El desarrollo del fic, es decir, la forma de expresar del autor – 18/20
5. Apoyo visual (Si es que lo tiene, es decir, opcional) – 3/5
Puntaje total: 61/70 (Siendo 40 el mínimo)
2. La gramática, ortografía y estructura de la escritura – 23/25.
3. La madurez del fic – 5/10
4. El desarrollo del fic, es decir, la forma de expresar del autor – 18/20
5. Apoyo visual (Si es que lo tiene, es decir, opcional) – 3/5
Puntaje total: 61/70 (Siendo 40 el mínimo)
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Capítulo 1: Iguales, aunque distintos
Spoiler
Un joven muchacho conducía un coche de segunda mano por la carretera más vieja de la ciudad. Se notaba que iba con prisa, pues ya rozaba los ciento veinte kilómetros por hora, sabiendo que por este camino no se podían sobrepasar los ochenta.
No era común ver a algún automóvil transitando la, probablemente, vía más fúnebre y triste de la ciudad de Hodesh. Pues ésta, únicamente tenía un destino, el cementerio municipal.

El coche era de color azul marino y de cuatro puertas, más el maletero. Tenía unos cuantos rayazos en ambos laterales, el cristal de atrás estaba un tanto estallado y expulsaba un espantoso y contaminante humo negro por el tubo de escape.
Dentro del vehículo se encontraba el hombre, cuyo cabello era de un tono oscuro. Su vestimenta constaba de un traje negro con chaqueta de unos zapatos a juego con éste. En su mano derecha sujetaba un pitillo, el cual ya estaba consumido por cerca de la mitad. Y en la izquierda, el teléfono por el que estaba hablando. Sostenía como podía el volante, pues ambas manos las tenía ocupadas.
- Joder Rob, no veo ningún letrero que ponga “Cementerio”. ¿Me he confundido de camino?
…
- Ok, no me confundí. Pero… ¿Entonces por qué no veo el maldito lugar? ¡Se supone que ya debería estar rodeado de cadáveres!
El hombre le dio otra calada a su cigarro y continuó hablando.
- Si sigo pisándole fuerte al coche me terminarán multando por exceso de velocidad, hermanito… Já, si mamá viese que me estás incitando a que acelere cuando sabes que eso no está permitido, dejarías de ser el hermano responsable, Robert.
…
- Vale, sí, estoy de acuerdo en que no es el momento más adecuado para discutir. Pero, ¡eh!, tranquilo, que tan sólo era una broma… Por cierto… ¿Ya comenzó el entierro?
…
- Sí, está bien. Me alegro de que me esperen, pero tampoco es cuestión de retrasarme una hora… Oye Rob, voy a colgar, ya estoy viendo a la izquierda el cementerio y no creo que necesite más indicaciones. Nos vemos en unos minutos…
Colgó y guardó el teléfono móvil en uno de los bolsillos de su pantalón. Después, le dio unas dos caladas más a su pitillo y lo tiró por la ventanilla.
Continuó circulando por la vieja carretera. La vegetación de ésta era escasa, mejor dicho, todo era muy árido. Ya estaba comenzando a anochecer y el sol ya se había puesto. Su reloj indicaba que eran las seis de la tarde.
El conductor giró una vez a la izquierda y ya se encontró con unos cuantos coches. Maniobró un poco para aparcar el suyo y bajó de él.
Caminó con paso firme hasta que llegó a la verja del cementerio, donde se detuvo para abrirla. Pero antes, le echó un vistazo a éste desde afuera. Era bastante tétrico, aunque bueno, no se podía esperar más de la casa de los muertos. En el centro había un no muy grande grupo de personas, alrededor de una especie de hoyo con una tumba dentro de él. Y delante, un sacerdote de la religión católica sostenía unos papeles.
El muchacho respiró hondo y abrió la verja, la cual rechinó un poco. Anduvo por un pequeño camino hasta que se juntó con el resto de la gente. Otro varón se le acercó y le saludó.
- Hola, Loben, me alegro de que hayas conseguido llegar. Seguro que a mamá le gusta el detalle de que no te pierdas su entierro - le dijo solemnemente.
Éste se parecía mucho al otro, excepto por el color del pelo, que era castaño.
- No será gracias a tus indicaciones, Rob - dijo.
- Venga, con un simple gracias me bastaría - le comunicó. - ¿Preparado para despedirnos para siempre de nuestra madre?
- Qué remedio. Aunque ya estaba preparado desde octubre, cuando el doctor nos dijo que tenía cáncer.
- ¡Loben! Pero era inesperado, era un cáncer sin importancia el que tenía…
- Pero ya iba mayor y ya estaba muy débil. Y, ¡venga ya! ¿Seguro que eres tú el que está estudiando en una universidad? Cualquier cáncer es importante, no hay que jugar con enfermedades como estas.
De repente, mientras hablaban, el hombre de Dios comenzó a hablar. Ambos se callaron al instante para escuchar las palabras de este señor. Dijo las típicas cosas que se dicen en el funeral de alguien, y por último, unos muchachos llenaron de tierra el agujero en el que estaba colocada la tumba su madre. El creyente fue el primero en irse, poniendo la excusa de que tenía otro funeral en unos minutos. Las demás personas se fueron poco a poco después de darles el pésame a los dos hermanos, que eran los únicos familiares directos de la mujer que quedaban vivos.
- Lo siento en el alma chicos, vuestra madre no merecía morir… Era una buena persona.
- Lo sé - afirmó Rob.
Mientras tanto, Loben contemplaba la lápida de su madre. Se fijó más que nada en la inscripción que tenía, debido a que le resultaba bastante curiosa: “No estás muerta, tu espíritu sigue con nosotros”. No pudo evitar pensar que una frase cursi y sin sentido como esa era una estupidez.
La gente terminó por irse, debido a que en un sitio como ese, no había nada más que hacer.

- Emotivo, ¿verdad? - le preguntó su hermano Rob. Éste parecía estar a punto de llorar.
- No me puedo creer que te comportes de esta forma. Aprende a comportarte como un hombre, ¡que ya es hora! - contestó fríamente Loben.
- Cada vez me asombran más las tonterías que dices. ¿Acaso un hombre no puede llorar?
- No debería. Las lágrimas indican la debilidad de la persona.
Robert estaba atónito por lo que estaba diciendo su hermano. Pero él ya lo conocía, Loben era así y nada podría cambiarlo.
- Vale, no seguiré discutiéndote eso. Pero dime, ¿te apetece que vayamos a cenar a alguna parte? - preguntó intentando arreglar las cosas. Rob siempre había sido muy pacífico, prefería darle la razón a la gente en vez de ponerse a discutir.
- Sinceramente, no. Además, mañana tengo trabajo.
- No te entretendré demasiado…
- ¡Ya te he dicho que no! No te pongas pesado. Yo mañana tengo que ir a trabajar, ya no fui hoy y no quiero que mi jefe me acabe despidiendo. No soy un simple estudiante que no tiene nada por lo que preocuparse... - terminó zanjantemente.
Se notaba a la perfección que no se llevaban demasiado bien, aunque hubiesen mantenido las formas hace un rato delante de la gente, después de todo, era el entierro de su madre. Pero ambos hermanos nunca fueron amigos y siempre peleaban. Sobretodo cuando eran niños pequeños y se pasaban el día haciéndose trastadas el uno al otro.
Robert siempre había sido el hermano responsable, en cambio, Loben era todo lo contrario. Por dentro eran muy distintos, aunque por fuera fuesen casi iguales.
Actualmente, Rob estudiaba en la universidad principal de la provincia de Pérpetios, mientras que Loben se había mudado a una ciudad llamada Hodesh después de terminar los estudios secundarios. A sus 19 años, éste último trabajaba como dependiente de una librería. No iba demasiado con su estilo este tipo de profesión, pues a él le entusiasmaba lo arriesgado y no lo aburrido.
El frío le estaba helando por completo, la temperatura ya había bajado considerablemente. Rápidamente, cuando Rob se fue, subió a su coche y conectó la calefacción. Encendió un cigarro y comenzó a fumarlo mientras arrancaba el viejo vehículo y lo ponía en marcha. Tenía media hora de viaje.
No era común ver a algún automóvil transitando la, probablemente, vía más fúnebre y triste de la ciudad de Hodesh. Pues ésta, únicamente tenía un destino, el cementerio municipal.

El coche era de color azul marino y de cuatro puertas, más el maletero. Tenía unos cuantos rayazos en ambos laterales, el cristal de atrás estaba un tanto estallado y expulsaba un espantoso y contaminante humo negro por el tubo de escape.
Dentro del vehículo se encontraba el hombre, cuyo cabello era de un tono oscuro. Su vestimenta constaba de un traje negro con chaqueta de unos zapatos a juego con éste. En su mano derecha sujetaba un pitillo, el cual ya estaba consumido por cerca de la mitad. Y en la izquierda, el teléfono por el que estaba hablando. Sostenía como podía el volante, pues ambas manos las tenía ocupadas.
- Joder Rob, no veo ningún letrero que ponga “Cementerio”. ¿Me he confundido de camino?
…
- Ok, no me confundí. Pero… ¿Entonces por qué no veo el maldito lugar? ¡Se supone que ya debería estar rodeado de cadáveres!
El hombre le dio otra calada a su cigarro y continuó hablando.
- Si sigo pisándole fuerte al coche me terminarán multando por exceso de velocidad, hermanito… Já, si mamá viese que me estás incitando a que acelere cuando sabes que eso no está permitido, dejarías de ser el hermano responsable, Robert.
…
- Vale, sí, estoy de acuerdo en que no es el momento más adecuado para discutir. Pero, ¡eh!, tranquilo, que tan sólo era una broma… Por cierto… ¿Ya comenzó el entierro?
…
- Sí, está bien. Me alegro de que me esperen, pero tampoco es cuestión de retrasarme una hora… Oye Rob, voy a colgar, ya estoy viendo a la izquierda el cementerio y no creo que necesite más indicaciones. Nos vemos en unos minutos…
Colgó y guardó el teléfono móvil en uno de los bolsillos de su pantalón. Después, le dio unas dos caladas más a su pitillo y lo tiró por la ventanilla.
Continuó circulando por la vieja carretera. La vegetación de ésta era escasa, mejor dicho, todo era muy árido. Ya estaba comenzando a anochecer y el sol ya se había puesto. Su reloj indicaba que eran las seis de la tarde.
El conductor giró una vez a la izquierda y ya se encontró con unos cuantos coches. Maniobró un poco para aparcar el suyo y bajó de él.
Caminó con paso firme hasta que llegó a la verja del cementerio, donde se detuvo para abrirla. Pero antes, le echó un vistazo a éste desde afuera. Era bastante tétrico, aunque bueno, no se podía esperar más de la casa de los muertos. En el centro había un no muy grande grupo de personas, alrededor de una especie de hoyo con una tumba dentro de él. Y delante, un sacerdote de la religión católica sostenía unos papeles.
El muchacho respiró hondo y abrió la verja, la cual rechinó un poco. Anduvo por un pequeño camino hasta que se juntó con el resto de la gente. Otro varón se le acercó y le saludó.
- Hola, Loben, me alegro de que hayas conseguido llegar. Seguro que a mamá le gusta el detalle de que no te pierdas su entierro - le dijo solemnemente.
Éste se parecía mucho al otro, excepto por el color del pelo, que era castaño.
- No será gracias a tus indicaciones, Rob - dijo.
- Venga, con un simple gracias me bastaría - le comunicó. - ¿Preparado para despedirnos para siempre de nuestra madre?
- Qué remedio. Aunque ya estaba preparado desde octubre, cuando el doctor nos dijo que tenía cáncer.
- ¡Loben! Pero era inesperado, era un cáncer sin importancia el que tenía…
- Pero ya iba mayor y ya estaba muy débil. Y, ¡venga ya! ¿Seguro que eres tú el que está estudiando en una universidad? Cualquier cáncer es importante, no hay que jugar con enfermedades como estas.
De repente, mientras hablaban, el hombre de Dios comenzó a hablar. Ambos se callaron al instante para escuchar las palabras de este señor. Dijo las típicas cosas que se dicen en el funeral de alguien, y por último, unos muchachos llenaron de tierra el agujero en el que estaba colocada la tumba su madre. El creyente fue el primero en irse, poniendo la excusa de que tenía otro funeral en unos minutos. Las demás personas se fueron poco a poco después de darles el pésame a los dos hermanos, que eran los únicos familiares directos de la mujer que quedaban vivos.
- Lo siento en el alma chicos, vuestra madre no merecía morir… Era una buena persona.
- Lo sé - afirmó Rob.
Mientras tanto, Loben contemplaba la lápida de su madre. Se fijó más que nada en la inscripción que tenía, debido a que le resultaba bastante curiosa: “No estás muerta, tu espíritu sigue con nosotros”. No pudo evitar pensar que una frase cursi y sin sentido como esa era una estupidez.
La gente terminó por irse, debido a que en un sitio como ese, no había nada más que hacer.

- Emotivo, ¿verdad? - le preguntó su hermano Rob. Éste parecía estar a punto de llorar.
- No me puedo creer que te comportes de esta forma. Aprende a comportarte como un hombre, ¡que ya es hora! - contestó fríamente Loben.
- Cada vez me asombran más las tonterías que dices. ¿Acaso un hombre no puede llorar?
- No debería. Las lágrimas indican la debilidad de la persona.
Robert estaba atónito por lo que estaba diciendo su hermano. Pero él ya lo conocía, Loben era así y nada podría cambiarlo.
- Vale, no seguiré discutiéndote eso. Pero dime, ¿te apetece que vayamos a cenar a alguna parte? - preguntó intentando arreglar las cosas. Rob siempre había sido muy pacífico, prefería darle la razón a la gente en vez de ponerse a discutir.
- Sinceramente, no. Además, mañana tengo trabajo.
- No te entretendré demasiado…
- ¡Ya te he dicho que no! No te pongas pesado. Yo mañana tengo que ir a trabajar, ya no fui hoy y no quiero que mi jefe me acabe despidiendo. No soy un simple estudiante que no tiene nada por lo que preocuparse... - terminó zanjantemente.
Se notaba a la perfección que no se llevaban demasiado bien, aunque hubiesen mantenido las formas hace un rato delante de la gente, después de todo, era el entierro de su madre. Pero ambos hermanos nunca fueron amigos y siempre peleaban. Sobretodo cuando eran niños pequeños y se pasaban el día haciéndose trastadas el uno al otro.
Robert siempre había sido el hermano responsable, en cambio, Loben era todo lo contrario. Por dentro eran muy distintos, aunque por fuera fuesen casi iguales.
Actualmente, Rob estudiaba en la universidad principal de la provincia de Pérpetios, mientras que Loben se había mudado a una ciudad llamada Hodesh después de terminar los estudios secundarios. A sus 19 años, éste último trabajaba como dependiente de una librería. No iba demasiado con su estilo este tipo de profesión, pues a él le entusiasmaba lo arriesgado y no lo aburrido.
El frío le estaba helando por completo, la temperatura ya había bajado considerablemente. Rápidamente, cuando Rob se fue, subió a su coche y conectó la calefacción. Encendió un cigarro y comenzó a fumarlo mientras arrancaba el viejo vehículo y lo ponía en marcha. Tenía media hora de viaje.
Gracias, y hasta el próximo (que todavía no sé para cuando será eso...) Cuidense!



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Sólo tengo buenos recuerdos de ustedes y de este agradable lugar también.
















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