Beware the Bewear
Nota: Tiene modificaciones respecto a la publicación original.
Bewear era un pokémon cariñoso, quizá mucho más que lo la gente estaba dispuesta a soportar. Antiguamente los de su clase poseían un aspecto aterrador: ojos sanguinarios, colmillos capaces de desgarrar carne y una meneante cola lista para atizar; características que, según ellos, no coincidían con su filosofía de dar amor desmedido a toda criatura viviente (incluyendo la cena, ya que entre los Bewear era de buena educación jugar con los pokémon antes de comerlos). Pero pudieron solucionar eso empleando unos viejos disfraces —de un parque de diversiones abandonado hace años— que han ido pasando de generación en generación. Originalmente los Bewear iban vestidos completamente de rosa, aunque sus poderosos brazos constantemente rompían la parte frontal del traje. Además, ¿cómo iban a sentir a esas pequeñas criaturas estrujándose de felicidad con sus brazos y pancita cubiertos? Por lo cual optaron por quedarse sólo con una parte del disfraz.
Bewear sabía que nadie podría resistirse a su encanto con esos ojos profundos como la más oscura —o romántica— de las noches y un afelpado hocico blanco. Su último entrenador no era un tipo muy afectivo que digamos; se limitaba a gritarle órdenes y, al terminar los combates, a regresarlo a su pokébola. Aunque constantemente le gritaba cosas como: “No te me acerques demasiado, fenómeno”, a él no le importaba y estaba dispuesto a cambiar su modo de ser con el poder del amor. Por eso, tras perder una complicada batalla, pensó que un fuerte abrazo haría que no sintiese tristeza alguna. Y aunque corrió y corrió, pronto lo tuvo en sus brazos…
Lo abrazó fuerte, ¡muy fuerte! Tanto que no dejaba de gritar con euforia cosas como “¡Auxilio!” O “¡No quiero morir!”. Y después de un momento, escuchó un “crack” de a saber dónde. Tras el abrazo, notó que su entrenador se había quedado dormido, cosa lógica al sentir algo tan suave y apapachador como sus brazos y decidió esperarlo. Esperó y esperó pero al ver que no se despertaba, decidió que era un buen momento para buscar a otra persona con quién compartir su amor.
¡Y estaba seguro que ese nuevo alguien moriría por un abrazo suyo!
Bewear era un pokémon cariñoso, quizá mucho más que lo la gente estaba dispuesta a soportar. Antiguamente los de su clase poseían un aspecto aterrador: ojos sanguinarios, colmillos capaces de desgarrar carne y una meneante cola lista para atizar; características que, según ellos, no coincidían con su filosofía de dar amor desmedido a toda criatura viviente (incluyendo la cena, ya que entre los Bewear era de buena educación jugar con los pokémon antes de comerlos). Pero pudieron solucionar eso empleando unos viejos disfraces —de un parque de diversiones abandonado hace años— que han ido pasando de generación en generación. Originalmente los Bewear iban vestidos completamente de rosa, aunque sus poderosos brazos constantemente rompían la parte frontal del traje. Además, ¿cómo iban a sentir a esas pequeñas criaturas estrujándose de felicidad con sus brazos y pancita cubiertos? Por lo cual optaron por quedarse sólo con una parte del disfraz.
Bewear sabía que nadie podría resistirse a su encanto con esos ojos profundos como la más oscura —o romántica— de las noches y un afelpado hocico blanco. Su último entrenador no era un tipo muy afectivo que digamos; se limitaba a gritarle órdenes y, al terminar los combates, a regresarlo a su pokébola. Aunque constantemente le gritaba cosas como: “No te me acerques demasiado, fenómeno”, a él no le importaba y estaba dispuesto a cambiar su modo de ser con el poder del amor. Por eso, tras perder una complicada batalla, pensó que un fuerte abrazo haría que no sintiese tristeza alguna. Y aunque corrió y corrió, pronto lo tuvo en sus brazos…
Lo abrazó fuerte, ¡muy fuerte! Tanto que no dejaba de gritar con euforia cosas como “¡Auxilio!” O “¡No quiero morir!”. Y después de un momento, escuchó un “crack” de a saber dónde. Tras el abrazo, notó que su entrenador se había quedado dormido, cosa lógica al sentir algo tan suave y apapachador como sus brazos y decidió esperarlo. Esperó y esperó pero al ver que no se despertaba, decidió que era un buen momento para buscar a otra persona con quién compartir su amor.
¡Y estaba seguro que ese nuevo alguien moriría por un abrazo suyo!





