Choque de creencias

Phew. Hacía tiempo que no hacía un one-shot.
Esto obvio que va a ser para las tribus; pero esta vez tuve mucho menos tiempo. Lo habría hecho antes, pero... wellp. Pasaron muchas cosas últimamente.

Espero que les guste :3

Cheerio~!


Choque de creencias


Spoiler
En una parte apartada de las grandes tierras, donde el sol y la luna convergen juntos, vivían dos grandes dioses. En la parte donde la luz bañaba el campo residía el dios creador, apasionado y virtuoso. Su sangre fluía con hervor; su mano era capaz de pintar paisajes; sin embargo tenía un temperamento combativo y sangriento. Si alguien violaba su ley, le castigaría con la muerte. Ese era Kane, aquel que estaba imbuido en luz solar.



Por otra parte, al oeste, había una deidad fría que se abrigaba con la oscuridad. Conocedor de artes sobrenaturales, reinaba las aguas y reunía todas las ciencias que podía. Era capaz de cubrir los cielos y hacer caer una lluvia que sanaba a quien se empapara de ella. Su nombre era Kanaloa; aquel que aparecía con la luna.


Ambos crearon juntos el mundo y vivían en paz y armonía en un archipiélago; cada uno reinaba dos islas tocadas por su astro. De vez en cuando ellos se reunían para compartir sus virtudes y defectos; solo para ampliar sus horizontes y charlar como buenos amigos que eran. Entre la Isla de Kana y la Isla de Oro, había un monte donde las aguas fluviales descendían desde su cima. Era el Monte de Awa, donde residía el manantial sagrado. Ningún titán debía de beber de sus aguas, pues su influencia aumentaría en exceso. Ambos lo tenían bien claro, y, rechazando la tentación de la corrupción, no tocaron el monte.


Sin embargo, una duda invadió la mente de Kanaloa. Quiso saber cómo serían las cosas si uno de ellos tomaran de esas aguas. Y entonces, camuflándose entre los astros, tomó parte del agua y la bebió. Fue solo un sorbo; pero sintió como su poder llegaba a niveles impensables. Maravillado, y a la vez horrorizado, dejó en paz la montaña y se iba a marchar de las tierras sagradas que acababa de violar.
Por desgracia Kane llegó antes de que pudiera pasar desapercibido, y, sin que se percatara, fue testigo de su rebeldía.


Estaba enfadado. No podía creer que su amigo haya roto la promesa. Iracundo, Kane sacó su espada dispuesto a seccionar su vida. Sin embargo Kanaloa no estaba del todo corrupto.


Hubo una lucha encarnizada por determinar si vivía o no. Cortes que pasaban apuntando del centro a los costados; ilusiones que se quebraron con el acero; fuego que encendía los árboles como gigantescas antorchas. Kanaloa se negaba a morir, y Kane insistía en que así debía ser, muy a su pesar. Harto de huir y en un solo impulso, reunió el poder de la luna en su mano y e hirió al heraldo del sol.


No podía creer lo que había hecho. Lo que normalmente sería un pequeño trozo de hielo en su ropa pasó a ser todo un brazo congelado. Y, después de su empeño, vio que Kane también cometió un error. La creación, su obra, amenazando con ser reducida a ceniza por su mismo poder. Era inaudito.

Tratando de arreglar las cosas, Kanaloa llamó a los mares para que apaciguaran las llamas. Por desgracia, era completamente incapaz de moderar sus virtudes; y, pensando que haría un bien mayor, hundió la quinta isla junto a sus aguas dulces. Los ríos que daba sustento a los mortales se saló completamente. Se desató el caos.


Los humanos de las cuatro islas restantes presenciaron esos titánicos actos; desde el incendio hasta la inundación. Sin saber quién fue el verdadero causante de esa catástrofe, confiaron en que sus respectivos dioses no fueron los culpables; y defendiéndolos, empezaron a injuriar el contrario. Así se desató la guerra entre los habitantes de las islas.


Aunque con menor rapidez, occidentales y orientales hirieron la tierra y segaron varias vidas con sus propias manos; todo por su propia versión de los hechos y la sed. Si la deshidratación no acababa con ellos, lo haría el acero; las flechas; el veneno. Ni ser fugitivo los salvaba de esa desdicha; ni las barcas sobrevivían al mar agitado por la guerra. Hasta los infantes conocieron lo que era la muerte y la desesperación.


Todo ápice de piedad y sensatez desapareció de un plumazo; sea por la ruptura del tabú que hizo Kanaloa o el estallido del propio Kane. Ambos tenían la culpa de que su mundo enloqueciera y se auto-destruyera. Toda virtud era usada en contra de sus semejantes, solo para que ellos dejaran de ofenderlos por toda la eternidad.


Era un completo desastre. Kane y Kanaloa, aún agotados por esa trifulca, se sentían impotentes al ver cómo sus actos llegaron a radicalizar a los humanos. Eran seres pacíficos; y sin embargo, se dejaron llevar por su disgusto. Sin corromperse ni nada, habían hecho una atrocidad, y poco podían hacer para arreglarlo.


Pero aún tenían algo de fuerza. Al menos algo podían hacer. Es entonces cuando tuvieron que elegir a varios moderados que compartieran su anhelo de paz. Eligieron bien, pues solo tenían fuerzas para contactar a cinco antes de hacer su último esfuerzo.


Aquellos afortunados recibieron parte de su poder. Les dio la virtud de la oratoria y la sanación para que puedan ser escuchados. Explicaron cómo fueron realmente las cosas, pues la interpretación fue lo que desencadenó esas batallas; así pudieron poner en orden todo aquel embrollo. Hubo oposición, claro estaba; pero ellos se mantenían firmes ante cualquier ataque no meditado. Era tal su imponencia que directamente infundía un gran respeto en los corazones y detenían toda fuerza humana que anhelara el exterminio.


Cuando los ardientes ánimos se apaciguaron, los dioses pudieron hacer su trabajo. Entre los dos devolvieron la salmuera al mar, y los ríos volvieron a ser bebibles una vez más. No pudieron salvar el Monte de Awa, pero al menos los humanos podían vivir tranquilos de nuevo.


Finalmente, ambos se retiraron hacia donde el pie terrenal no pudiera presenciar. Kane ascendió más allá de las nubes y se cubrió con las llamas del sol para reponer su poder. Kanaloa, por su parte, se sumergió hasta las profundidades abisales y cayó en un pesado sueño.


Después de eso, los elegidos de cada dios actuaron por separado, viajando sus tierras contrarias para curar el rastro de muerte y odio que su propia especie había dejado. Así, las tribus empezaron a cumplir con su deber, con ahínco y serenidad.