Una Historia de Caos
Prólogo:
Ley Quebrada
Ley Quebrada
Un hombre se encontraba parado delante de una pequeña cabaña en la que se notaba el paso de los años. Apoyó la mano sobre la puerta y se abrió, dentro del lugar se sentía un agradable olor a menta y solo se podía ver a una persona meciéndose en una silla delante de una chimenea, única fuente de luz del lugar.
— Oh, pasa, pasa, hace mucho que no tenía una visita. — La voz era de una mujer.
El hombre entró, cerró la puerta y se dirigió directamente a una silla de madera al lado de la mujer, estando más cerca pudo notar detalles de la dueña de la casa. Aún tapada con un manto negro, se podían ver sus arrugadas manos y mechones de blanco cabello cayendo de su cabeza que mantenía baja, haciendo imposible el ver su rostro. A sus pies dormía un gran perro de pelaje gris.
— Ya que estás aquí, déjame contarte una historia. — Dijo la anciana mientras sacaba un viejo libro con tapa de cuero de entre sus ropas.
Fuego, aire, amor, victoria, muerte… Todo es reinado por los dioses, seres divinos de gran poder que escapan de nuestro entendimiento y de las reglas de nuestro mundo, pero aunque no sigan nuestras reglas, deben seguir sus reglas. Creadas por Glyon, dios del orden y aceptadas por Mythostherur, Padre de los Dioses, las Leyes Inquebrantables existen para igualar a los dioses y que ninguno sea más poderoso que el otro.
“No intervendrás directamente en asuntos mundanos”. “No tendrás descendencia con alguien que no sea un dios”. Estas son las reglas más importantes entre tantas otras y las que se observa más rigurosamente que se cumplan, pero una diosa las rompió. Ophis, Reina del Fuego, comenzó a sentir curiosidad por una sombra de ojos rojos que la miraba fijamente sin descanso desde lo más profundo del Abismo, hogar de los demonios, ocho días seguidos de miradas fijas pasaron hasta que la diosa decidió bajar al mundo para conocer la fuente de su curiosidad. Y así se vieron perfectamente, por un lado una diosa de forma humana, piel blanca como las nubes, profundos ojos dorados, una larga cabellera de llamas que caía por su cuerpo como si fuera una cascada y dos enormes alas que parecían tener brillo propio. Por el otro, una sombra de ojos más rojos que el rojo mismo que se esforzaba por mantener una forma similar a la de la Reina del Fuego.
Ese encuentro fue el responsable de que ahora un bebé estuviera en camino, Ophis sabía que si volvía con los demás dioses tanto ella como su hijo morirían, pero aún así regresó a su hogar, allí encontró a todos reunidos con caras de decepción, odio y furia. Delante de Mythostherur, su padre, Ophis encontró su muerte cuando Nahrak’El, su hermano y dios de la noche, clavó una espada en su vientre. Apenado, el dios sostenía el cuerpo de su hermana mientras la sangre se mezclaba con sus lágrimas en su brillante armadura plateada, no solo había matado acabado con una vida, sino con dos… O eso creían los dioses.
Ophis tenía claro que su hijo iba a ser perseguido hasta la muerte por toda la creación, para protegerlo decidió dividirlo en tres y que cada Parte sea llevada en un vientre distinto alejados entre ellos, de esta forma, una sirena, una humana y una sílfide se convirtieron en la nuevas madres del niño. Luego de dos años las Partes nacieron y con cada nacimiento un mal presagio apareció. Primero la tierra se resquebrajó y los huesos del niño salieron del vientre de la humana. Luego, los mares se tiñeron de rojo y la carne del niño salió del vientre de la sirena. Por último, el cielo se oscureció de día y la piel nació del vientre de la sílfide. Las Partes se arrastraron hasta una montaña donde se unieron en una masa amorfa, costillas que se creían colmillos y garras, músculos queriendo tapar a las otras dos Partes para estar por encima de ellas y la piel intentado calmar la rebeldía de la carne y los huesos. Cuando las tres Partes se pusieron de acuerdo, tomaron forma y respiraron juntas como uno solo, esa fue la primera vez que él respiraba, el Alborotador, el Prohibido, el Padre del Caos, Padre de Herentos, el Dividido, Padre de Darafor, Guillotina de Reyes y Padre de Droida, El de las Garras Azabache, Xerxerios había nacido…
El hombre estaba mirando fijamente a la anciana esperando escuchar más.
— Oh vaya, parece que te gustó. — La mujer dejó salir una ligera risa. — Pero lo que sigue es otra historia, tendrás que volver otro día si quieres escucharla. — Rió nuevamente.







Spoiler




. Por un momento pensé que era parte de una mitología existente, pero me equivoque. Mmh...lo del pecado en forma humana siempre es un clásico, parece ser que los dioses tienen un fetiche con este tipo de cosas, o seguro por el mismo hecho de ser dios hace que quieran experimentar los placeres de "sus creaciones", dato curioso. 



