La Gran Rebelión
Antes de comenzar, quisiera comentarles que el prólogo de este fic fue pensado antes como un Two-shots, por lo que estará, claramente, en dos partes.
Espero que disfruten la historia al leerla como yo al escribirla.
P.D.: Si bien el nombre es un claro nombre inventado que a muchos les puede parecer hasta sonso, viene de mi época de novato y le agarré cierto cariño, por eso mi personaje aún lo conserva.
Era un día de primavera en Ciudad Blackthorn, en la región de Johto. Los niños jugaban en las calles y Sazuke, de diez años, como de costumbre jugaba con Nana, la Delibird de su padre que vivía con él desde siempre. Su padre, un entrenador de gran fama en la región, era normalmente requerido por el profesor Elm para alguna que otra investigación, así como por distintas personas a través de la región para ocuparse de diversos problemas que, enfáticamente, él se encargaba de tachar como “importantes y privados”. Debido a esto es que Sazuke nunca pasaba mucho tiempo con él, pero cada vez que llegaba de algún viaje, lo recibía con mucho entusiasmo. A veces sus ausencias eran incluso más largas, debido a que, en ocasiones, hasta era requerido en la región vecina de Kanto, al este, o la de Ingka, al suroeste. Pero a pesar de su ausencia, se compensaba con la compañía de Nana que, desde que Sazuke tiene memoria, ayudaba en las tareas del hogar y se ocupaba de entretenerlo siempre que podía.
Aquel día era uno particular, puesto que era el cumpleaños número diez de Sazuke y su padre había prometido volver con un regalo especial, por lo que se encontraba ansioso como nunca. Ese día tenía tanta energía que había obligado a Nana, que estaba limpiando el patio, a jugar con él hasta que llegara su padre. Su madre lo llamó dentro porque quería que estuviera impecable para la llegada de su padre, pero al entrar, ella lo ve con una cara de sorpresa al darse cuenta que gran parte de su vestimenta estaba manchada de tierra, al igual que el plumaje de la Delibird.
—Ay, Nana, ¿no estás un poco vieja para estas cosas? Se supone que estarías limpiando el patio—le dice la madre, a lo que la pokémon responde con una cara de “el chico no me dejó otra opción”—. Bueno, qué se le hará. Sazuke, ve a cambiarte de ropa, debes estar limpio cuando llegue tu padre.
Nana, la Delibird, era una pokémon ya antigua en la familia e incluso anterior a Sazuke. Los Delibird eran el pokémon favorito de la madre de Sazuke, porque los veía desde su cuarto volar en invierno cuando era pequeña y, cuando el padre del mismo tuvo que partir por primera vez, capturó a Nana en las cercanías de la ciudad con el fin de hacerle compañía a la esposa y, desde entonces, está ayudándola con las tareas del hogar. La madre de Sazuke era una investigadora pokémon que, en colaboración con el Profesor Elm, estableció un laboratorio en Ciudad Blackthorn, su ciudad natal, para estudiar el comportamiento de los pokémon que viven en los al rededores. Era una mujer de una mente brillante y con gran amor por estas criaturas, sin embargo siempre fue una persona de poco carácter y jamás se atrevió a convertirse en entrenadora, a pesar que soñaba con viajar por el mundo. El padre de Sazuke y ella eran amigos en la infancia y siempre lo admiró por el camino que él escogió. Habiendo éste ganado la Liga Johto por primera vez, decidió volver a la ciudad, donde ambos se reencontraron y pronto se hicieron novios. A pesar de sus ocupaciones, en fechas importantes como estas, la madre siempre se daba el tiempo de estar en casa.
Sazuke heredó sin dudas el carácter suave de su madre. Desde pequeño fue de llanto fácil y por lo mismo le costaba hacer amigos. Su madre tampoco era gran compañía: siempre ocupada con investigaciones, poco tiempo pasaba en la casa y cuando estaba se la pasaba ordenando de allá para acá, entre las cosas de la cocina y sus papeles de investigaciones varias, por lo que la diversión estaba siempre a cargo de Nana, con quién había logrado gran cercanía y con quien se podía comportar como un niño normal. No es que fuera tranquilo, al contrario. Sazuke siempre fue bastante inquieto y a Nana le costaba seguirle el ritmo, pero siempre, a un paso del desastre, era ella quién lo salvaba y luego tomaba la responsabilidad frente a la madre o quien fuera (siempre y cuando la culpabilidad de Sazuke no fuera demasiado evidente).
Siempre fue muy tímido como para hacer amigos entre los niños de su edad, por lo que no había más invitados al cumpleaños y, a demás de esto, la única prima con la que tenía contacto, solamente la trataba por ser familia y aunque la hubiese invitado, quizás ni hubiese aparecido. Ella era ni más ni menos que la líder del Gimnasio Blackthorn, Clair, que viendo en Sazuke nada más que un niñito tímido, buscaba siempre la oportunidad para sacarle un poco de valor a fuerza de presionarlo. Sazuke solía decir que admiraba a su prima, pero que era mejor cuando cerraba la boca y combatía con sus pokémon. De vez en cuando, cuando la madre de Sazuke debía trabajar de noche, era Clair quien cuidaba de él junto con Nana, porque aunque no se llevara bien con él, respetaba mucho a su tío, el padre de Sazuke, de quién siempre se refirió como “la única otra persona capaz de llevar el gimnasio después de la muerte de mi padre, salvo por el hecho de no especializarse en dragones como el resto del clan”.
Así pues, mientras Sazuke se cambiaba la ropa, suena la puerta y luego una voz familiar viniendo de la entrada. Era papá. Entonces se apuró en colocarse la ropa y salió a su encuentro en cuanto pudo.
—Veo que tu madre aún no te enseña a colocarte bien una camisa—dijo medio riendo su papá al verlo.
En efecto, entre el apuro, se había abrochado la camisa con un botón corrido y su madre entre risas le ayudó a arreglarla. Entre tanto, Sazuke le sonreía a su padre y le preguntaba por el regalo que le había prometido.
—Bueno, hijo —le dice su padre—, ya has cumplido diez años, edad suficiente para que te hagas cargo de tu primer pokémon. Ya has tenido un poco de práctica con Nana, pero ella es una pokémon vieja y, de seguro, ella cuida más de ti que tú de ella. Ahora, tu pokémon es una cría y tendrás que cuidarlo con mucho cariño para que crezca de la mejor manera posible.
Sazuke escuchaba todo esto con oídos atentos y no podía esperar el momento en que su padre le mostrara el pokémon del que hablaba. Entonces saca de un bolsillo una pokébola y la pone frente a los ojos ansiosos del niño.
—¿Estás listo? —dice el padre, a lo que Sazuke responde asintiendo con la cabeza.
Entonces de la pokébola sale un pequeño y tímido Houndour que, al ver a Sazuke, se arrinconó donde pudo y comenzó a ladrar entre temblores. El niño y la Delibird se acercaron para acariciarlo lentamente, pues el pokémon se arrinconaba cada vez más, pero ya cuando no pudo evitarlos y se dejó acariciar, se volvió un pokémon bastante manso y comenzó a jugar al poco tiempo.
Sazuke y Houndour se hicieron amigos rápidamente. Ambos salían a pasear por la ciudad o a jugar en el parque, siempre bajo la supervisión de Nana, a quien no dejaban de meter en problemas. Corrían por todos lados y, cada vez que algo se caía o se rompía, Nana, que los venía persiguiendo, terminaba en el lugar exacto de los hechos cuando el dueño o responsable de aquello llegaba al lugar. A pesar de todos estos problemas, ella los apreciaba mucho y siempre estaba atenta a que nada les pasara. Llevaba siempre en su bolsa un botiquín en caso de rasmillones o alguna otra cosa que le pudiera pasar al niño o ahora al pequeño Houndour.
Hubo un día que Nana no se encontraba, puesto que el padre la había enviado con un encargo para el profesor Elm y, aunque debía estar de vuelta pronto -por haber sido enviada ayer-, se había tomado su tiempo y ese día Sazuke salió a pasear solo. Después de todo, ya tenía diez años.
A Sazuke le gustaba pasar por fuera del gimnasio y observar la magnitud de éste. Pensaba que quizás, algún día, partiría en aventura y, aunque no le caía en gracia, quizás se volvería un entrenador tan fuerte como su prima. Cabe la casualidad que ese día Clair estaba saliendo del gimnasio cuando lo ve junto a su Houndour observando desde la acera exterior.
—¿Te gustaría ir de viaje por el mundo, Houndour? —le preguntaba el chico a su pokémon mientras admiraban la altura del gimnasio, a lo que el perrito le respondió con un ladrido entusiasta.
—¿Tú, de viaje por el mundo? —le dice Clair, dejando sorprendido al chico y haciendo que Houndour se oculte tras las piernas de éste—. Necesitas más que sólo un pokémon para ir a recorrer el mundo. ¿Tienes las agallas para enfrentarlo?
Sazuke no tenía como responder a las provocaciones de su prima. Mantenía un rostro serio pero que demostraba que estaba falto de palabras, que no tenía nada con qué responderle. Se sabía tímido y las palabras de Clair comenzaban a calarle.
—Hasta tu pokémon se ve asustado ahí tras tus piernas —continúa la líder—. Si te fueras ahora, seguro que terminas llorando y volviendo a casa esta misma noche.
—¡Basta! —le dice Sazuke con impotencia—. No es asunto tuyo. Quizás más adelante...
—¿Más adelante tendrás las agallas? —le interrumpe Clair, dejando a Sazuke en silencio—. Mira, tengo un poco de tiempo libre, ¿te parece si me demuestras ahora lo que tienes en el gimnasio?
Sazuke no sabía qué hacer. No soportaba que su prima se metiera con él y quería defenderse, pero sabía también que contra una líder de gimnasio como ella no tenía oportunidad alguna. Estaba ahí parado entre el orgullo y la sensatez y con Houndour entre sus piernas.
—¿No te atreves acaso? —insistía la líder—. Es más, te daré algo de ventaja. Sólo usaré un pokémon que es mi captura más reciente. Te aseguro que con él no tengo más experiencia que tú con Houndour.
Entonces Sazuke se armó de tripas corazón. Sabía que la batalla sería dura de todos modos, pero la ventaja que suponía enfrentarse a su prima en aparentemente igualdad de condiciones, lo llevó a pensar que, tal vez, hubiera alguna posibilidad de ganar.
—Acepto.
—Eso es —dijo Clair con una sonrisa—. Ven conmigo al gimnasio.
Ambos estaban uno frente al otro en el campo de batalla y, aunque nervioso, Houndour estaba ya preparado para pelear. Sazuke estaba nervioso también. A pesar de haber entrenado un poquito con Houndour, por orden de su padre, jamás obtuvo real experiencia en batalla. Cada que su padre se lo proponía, él se rehusaba. Le temía a su padre en batalla. A su prima le tenía miedo también, pero esto iba más allá del miedo: esto era una cuestión de orgullo.
—La batalla será un encuentro de muerte súbita entre la líder Clair y el retador, Sazuke —dijo la árbitro antes de comenzar el encuentro.
Clair entonces sacó a su pokémon, un pequeño y entusiasta Bagon que acababa de capturar hace unas semanas cuando estuvo de visita en Hoenn. Ambos estaban listos para la batalla, pero unos estaban notoriamente más nerviosos que los otros.
—¡Comiencen! —grita entonces la árbitro y la batalla da inicio.
—¡Houndour, Ascuas! —ordena Sazuke, pero Houndour comienza a lanzar fuego con los ojos cerrados sin pensar siquiera en apuntar.
—Bagon, Cabezazo.
Clair da la orden con toda calma y así mismo reacciona el pokémon que, sin poner mayor esfuerzo, esquiva todos los ataques de Houndour y logra asestarle un fuerte cabezazo al pobre. El pokémon se resiente con pequeños alaridos y Sazuke intenta mantener la calma. La falla de Houndour se debía a su propia ansiedad. Si pretendía al menos salir parado de éste encuentro, tenía que mantener la calma a toda costa.
—¡Aullido! —le ordena Sazuke a su pokémon y éste comienza a aullar para así recuperar la confianza en la batalla.
Al darse cuenta, Clair ya había enviado a Bagon a darle un Mordisco a Houndour, por lo que Sazuke debió pensar rápido. En el último momento, el perro logró esquivar el ataque y lanzar Ascuas a su oponente, esta vez dándole de lleno en la cara.
—¡Así se hace! —dijo el entrenador con entusiasmo.
—No te alegres tanto —dijo la líder en tono confiado—, ese ataque no hará gran efecto.
Y efectivamente, de una sacudida el pokémon dragón se recompuso y con la cabeza al frente volvió a arremeter contra Houndour. El perro por su lado estaba resistiendo a duras penas y Sazuke lo sabía. La diferencia no estaba en la experiencia con el pokémon, sino la experiencia de cada uno en batalla. Mientras que Clair tenía ya años entrenando pokémon y combatiendo con ellos, él estaba librando su primer combate. Y entonces, cuando Bagon se acercaba para morderlo otra vez...
—¡Usa Polución! —alcanzó a ordenar Sazuke, de modo que Bagon quedó desorientado en medio de una pequeña nube de humo tóxico—. ¡Ahora dale un Mordisco!
Pero Sazuke no pensó que la nube de polvo no solamente desorientaría a Bagon y, al intentar Houndour encontrarlo, se dio cuenta que su pokémon estaba tan desorientado dentro de la nube como debiera estarlo el pokémon dragón. El pokémon perro logró salir ileso de la nube tóxica, pero ya estaba bastante cansado. Ambos entrenadores estaban esperando que el ataque se disipara para lanzar el siguiente. A pesar de la nube tóxica, que seguro estaba envenenando a Bagon, Clair lucía muy tranquila, sin embargo, a Sazuke se lo comían las ansias. No podía permitir que aquel pokémon atacara de nuevo o seguramente Houndour estaría perdido. Él y el pokémon perro estaban preparados a reaccionar una vez que pudieran divisar al objetivo. Sin embargo, antes de que Sazuke pudiera decir una sola palabra, la líder dio una orden con toda calma.
—Garra Dragón.
En el mismo segundo en que logro divisar a su pokémon, le ordenó a éste el ataque y él salió corriendo a toda velocidad desde la nube tóxica, desorientando tanto a Sazuke como a su pokémon. Houndour recibió todo el impacto del ataque y terminó herido en el piso. El pequeño perro estaba consciente de lo que esa batalla significaba para su entrenador. No podía dejarse vencer tan fácilmente, no podía dejar mal a Sazuke ahora. Antes de que la árbitro pusiese fin al combate, el pequeño can se puso de pie con las últimas fuerzas que le quedaban, reanudando entonces el combate. Sazuke veía todo esto ya casi con lágrimas en los ojos y Clair, que no había quitado su expresión seria desde el inicio del combate, no estaba dispuesta a dar marcha atrás hasta que el encuentro terminara oficialmente. Con la misma voz autoritaria y calmada que usó desde el principio, le dio la orden de otro Cabezazo contra Houndour que, aunque hubiese querido no hubiera podido esquivar. Pero antes de siquiera acercarse, Sazuke entró en el campo de batalla y, posicionándose ante su pokémon, le dio fin a aquel combate.
—Creí que me querías demostrar que podías ser un entrenadror, ¿no es así? —dijo Clair, manteniendo el mismo tono.
—No puedo permitir que le hagas más daño a Houndour —dice Sazuke con decisión—, ya sabes que tienes el combate ganado hace bastante rato.
—Un entrenador no se rinde. Lo da todo hasta el final de la batalla —responde la líder, seguida por un silencio general en el estadio—. Quizás no tienes la sangre del clan como tu padre, después de todo. No deberías molestarte en ser entrenador pokémon.
Apenado, Sazuke tomó su pokémon en brazos, que lo miraba con cara de arrepentimiento, y se retiró del gimnasio sin que Clair siquiera intentara detenerlo. No lo estaba culpando por la derrota, pero Houndour se sentía en gran parte responsable por lo sucedido. Sazuke, por su parte, tenía rabia. Él no se sentía incapaz de llegar a ser un entrenador en algún momento, pero quizás no aún, porque es muy pronto, ¿verdad? Debía esperar a ser más fuerte antes de salir de casa, ¿cierto? Pero se sentía impotente ante las palabras de Clair, porque no pudo callarle la boca, no pudo decir nada en contra de lo que ella afirmaba ante su presencia, casi como verdad absoluta, y eso era lo que por dentro le dolía: no haberle podido probar que se equivocaba.
Estaba oscureciendo. Al llegar a casa, Nana ya estaba de vuelta y, al verlo entrar, inmediatamente se alarmó por el estado de Houndour, que para ese momento ya se había quedado dormido en los brazos de Sazuke. Él no venía mejor. No tenía ninguna herida por fuera, pero a los padres les bastó verle la cara un momento para darse cuenta que su espíritu venía por los suelos. Al preguntarles estos lo que le había sucedido, Sazuke soltó un llanto de impotencia y sus padres lo invitaron a sentarse para cenar y conversar de lo ocurrido mientras que Nana se ocupaba de las curaciones de Houndour. Ya en la mesa, Sazuke les contó la historia. Cómo Clair lo provocó para una batalla y cómo luego lo humilló sin darle la oportunidad de replicarle algo. Sus padres ya conocían el carácter de ella y no les parecía extraño lo que hizo, pero no dejaba de parecerles grosero de su parte. Cuando ya el niño hubo terminado su historia, se paró un momento, miró a sus padres a los ojos y les dijo entre lágrimas ahogadas.
—Pero... ¿ustedes creen que yo puedo llegar a convertirme en entrenador, verdad?
Sus padres se miraron por un momento y su madre le tomó la mano.
—Hijo, será mejor que no pienses en ello por hoy, ve a dormir que mañana será otro día —le dijo.
Sazuke pensó que quizás tenía razón y que lo mejor era olvidar el tema por hoy y ya mañana todo estaría mejor. Entonces subió a su habitación junto con Houndour que ya se encontraba mejor y se puso su pijama para ya irse a dormir, pero antes, quiso bajar de nuevo porque había olvidado lavarse los dientes y el baño estaba escaleras abajo. Pero, a mitad de la escalera, pudo escuchar una conversación entre los padres.
—Deberíamos dejar que se vaya de viaje como entrenador, después de todo ya tiene diez años —decía el padre—, a esa edad yo dejé mi hogar para hacer lo mismo.
—Pero él no es como tú, Evan —respondía la madre—. Él no tiene el mismo carácter, él no heredó esa parte de la sangre de tu clan. Es más como yo. No todo el mundo tiene que ser entrenador en esta casa. Mírame a mí que, por muchos deseos que tuve cuando pequeña, nunca tuve la personalidad para hacerlo por mí misma. Aún con nuestra autorización, hacer el viaje o no es decisión de él y, si hasta ahora no ha querido, quizás es mejor que no lo haga.
—... Tienes razón, Sofía—dijo el padre luego de un breve silencio—. Quizás no esté hecho para ser entrenador después de todo.
Sazuke estaba perplejo. Ni su prima ni sus padres creían que él podía hacerlo. Todos lo veían como una persona débil y sin carácter. Esto le causó mucha pena, pero esta vez no lloraría, porque no tenía ganas de hacerlo. Tenía que hacer algo. Tenía que mostrarle a todos que él si era capaz de lograrlo, que si la mitad del mundo era capaz de hacerlo, ¿por qué él no? Se sentó junto a la ventana que dejaba entrar la luz de luna en su cuarto a mirar el cielo de esa noche. Estaba completamente estrellado y pensó y se sintió capaz de hacer todo en este mundo, hasta alcanzar esas estrellas que se dejaban ver desde ese rinconcito.
—Tú si crees que puedo hacerlo, ¿verdad? —le dijo a Houndour que, ya recuperado, se acercaba para acurrucarse a su lado. Éste le respondió con un alegre ladrido antes de finalmente posarse a su derecha.
Entonces una estrella fugaz cayó del cielo y él pidió el deseo de convertirse en entrenador pokémon y entonces tuvo una epifanía. En ese momento supo exactamente lo que tenía que hacer para lograr lo que deseaba, ahora, con todas sus ganas.
A la mañana siguiente, Sazuke se levantó antes que nadie más en su casa y se puso a preparar su equipaje. Ropa limpia y accesorios de campamento que utilizó para acampar con su padre hace unos meses fueron las primeras cosas que guardó. Houndour estaba contento de ver a Sazuke tan decidido y lo seguía a todos lados moviendo la cola inquieto y con la lengua afuera de la emoción.
—Hoy nos vamos a recorrer el mundo, mi amigo —le dijo mientras le acariciaba la cabeza luego de ponerse en la espalda la mochila ya preparada.
Le dio un último vistazo a su cuarto antes de partir. Sabía que pasaría tiempo antes de volverlo a ver y, por un segundo, dudó de estar haciendo lo correcto. Pero el orgullo pudo más y ya no había marcha atrás para cambiar de parecer. Cerró la puerta y comenzó a bajar lentamente la escalera para evitar despertar a la gente y, a su vez, para retener la imagen de su hogar lo más que podía antes de partir. Sin embargo, justo antes de llegar a la puerta de entrada, se dio cuenta de que Nana lo estaba observando desde ahí. Se conocían tanto que bastó sólo una mirada para que ambos comprendieran la situación. Sazuke se apresuró donde la Delibird y comenzó a explicarle lo que estaba sucediendo.
—Verás, no puedo quedarme de brazos cruzados —le decía—. Nadie cree que pueda lograrlo y esta es la única manera que tengo de demostrarles que se equivocan. Los echaré mucho de menos, sobre todo a ti, Nana, que has sido parte de mi familia desde que tengo memoria. Por favor, deja que me vaya, porque si no...
Nana había estado escuchando tranquilamente, pero en ese momento lo interrumpió para sacar algo de su saco que tenía preparado de antemano. De ahí sacó una bolsa llena de víveres para viajero y comida pokémon por la que Houndour se puso a mover la cola.
—Nana... tú...
Entonces Sazuke la abrazó con lágrimas en los ojos, porque en ese simple gesto Nana le mostró no solamente que sabía lo que estaba haciendo, sino que era la única, a demás de Houndour, que confiaba en que él podría lograrlo.
—Te echaré mucho de menos.
Y dicho esto, Nana le sonrió, acarició a Houndour y les abrió la puerta para dejarlos salir.
Sazuke dejó con ella una carta donde les explicaba todo a sus padres, sobre la conversación que había escuchado y sobre el destino que tomaría. Que por favor no intentaran detenerlo, porque si se arrepentía, lo haría por su cuenta, pero que no contaran con ello. Les dijo también que se comunicaría con ellos apenas pudiera y que los amaba mucho. Se marchó junto a su pokémon sin saber cuándo volverían, sin saber que no sería sino hasta mucho tiempo después. Se fueron entonces esa mañana para probarle al mundo que ellos, con su decisión, valían más que las palabras de cualquier persona y para probarse a sí mismo que, si quieres hacer algo, debes hacerlo por ti mismo.
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Espero que disfruten la historia al leerla como yo al escribirla.
P.D.: Si bien el nombre es un claro nombre inventado que a muchos les puede parecer hasta sonso, viene de mi época de novato y le agarré cierto cariño, por eso mi personaje aún lo conserva.
Spoiler
"Un entrenador llamado Sazuke"
Prólogo en dos partes
Primera parte: La Partida
Prólogo en dos partes
Primera parte: La Partida
Era un día de primavera en Ciudad Blackthorn, en la región de Johto. Los niños jugaban en las calles y Sazuke, de diez años, como de costumbre jugaba con Nana, la Delibird de su padre que vivía con él desde siempre. Su padre, un entrenador de gran fama en la región, era normalmente requerido por el profesor Elm para alguna que otra investigación, así como por distintas personas a través de la región para ocuparse de diversos problemas que, enfáticamente, él se encargaba de tachar como “importantes y privados”. Debido a esto es que Sazuke nunca pasaba mucho tiempo con él, pero cada vez que llegaba de algún viaje, lo recibía con mucho entusiasmo. A veces sus ausencias eran incluso más largas, debido a que, en ocasiones, hasta era requerido en la región vecina de Kanto, al este, o la de Ingka, al suroeste. Pero a pesar de su ausencia, se compensaba con la compañía de Nana que, desde que Sazuke tiene memoria, ayudaba en las tareas del hogar y se ocupaba de entretenerlo siempre que podía.
Aquel día era uno particular, puesto que era el cumpleaños número diez de Sazuke y su padre había prometido volver con un regalo especial, por lo que se encontraba ansioso como nunca. Ese día tenía tanta energía que había obligado a Nana, que estaba limpiando el patio, a jugar con él hasta que llegara su padre. Su madre lo llamó dentro porque quería que estuviera impecable para la llegada de su padre, pero al entrar, ella lo ve con una cara de sorpresa al darse cuenta que gran parte de su vestimenta estaba manchada de tierra, al igual que el plumaje de la Delibird.
—Ay, Nana, ¿no estás un poco vieja para estas cosas? Se supone que estarías limpiando el patio—le dice la madre, a lo que la pokémon responde con una cara de “el chico no me dejó otra opción”—. Bueno, qué se le hará. Sazuke, ve a cambiarte de ropa, debes estar limpio cuando llegue tu padre.
Nana, la Delibird, era una pokémon ya antigua en la familia e incluso anterior a Sazuke. Los Delibird eran el pokémon favorito de la madre de Sazuke, porque los veía desde su cuarto volar en invierno cuando era pequeña y, cuando el padre del mismo tuvo que partir por primera vez, capturó a Nana en las cercanías de la ciudad con el fin de hacerle compañía a la esposa y, desde entonces, está ayudándola con las tareas del hogar. La madre de Sazuke era una investigadora pokémon que, en colaboración con el Profesor Elm, estableció un laboratorio en Ciudad Blackthorn, su ciudad natal, para estudiar el comportamiento de los pokémon que viven en los al rededores. Era una mujer de una mente brillante y con gran amor por estas criaturas, sin embargo siempre fue una persona de poco carácter y jamás se atrevió a convertirse en entrenadora, a pesar que soñaba con viajar por el mundo. El padre de Sazuke y ella eran amigos en la infancia y siempre lo admiró por el camino que él escogió. Habiendo éste ganado la Liga Johto por primera vez, decidió volver a la ciudad, donde ambos se reencontraron y pronto se hicieron novios. A pesar de sus ocupaciones, en fechas importantes como estas, la madre siempre se daba el tiempo de estar en casa.
Sazuke heredó sin dudas el carácter suave de su madre. Desde pequeño fue de llanto fácil y por lo mismo le costaba hacer amigos. Su madre tampoco era gran compañía: siempre ocupada con investigaciones, poco tiempo pasaba en la casa y cuando estaba se la pasaba ordenando de allá para acá, entre las cosas de la cocina y sus papeles de investigaciones varias, por lo que la diversión estaba siempre a cargo de Nana, con quién había logrado gran cercanía y con quien se podía comportar como un niño normal. No es que fuera tranquilo, al contrario. Sazuke siempre fue bastante inquieto y a Nana le costaba seguirle el ritmo, pero siempre, a un paso del desastre, era ella quién lo salvaba y luego tomaba la responsabilidad frente a la madre o quien fuera (siempre y cuando la culpabilidad de Sazuke no fuera demasiado evidente).
Siempre fue muy tímido como para hacer amigos entre los niños de su edad, por lo que no había más invitados al cumpleaños y, a demás de esto, la única prima con la que tenía contacto, solamente la trataba por ser familia y aunque la hubiese invitado, quizás ni hubiese aparecido. Ella era ni más ni menos que la líder del Gimnasio Blackthorn, Clair, que viendo en Sazuke nada más que un niñito tímido, buscaba siempre la oportunidad para sacarle un poco de valor a fuerza de presionarlo. Sazuke solía decir que admiraba a su prima, pero que era mejor cuando cerraba la boca y combatía con sus pokémon. De vez en cuando, cuando la madre de Sazuke debía trabajar de noche, era Clair quien cuidaba de él junto con Nana, porque aunque no se llevara bien con él, respetaba mucho a su tío, el padre de Sazuke, de quién siempre se refirió como “la única otra persona capaz de llevar el gimnasio después de la muerte de mi padre, salvo por el hecho de no especializarse en dragones como el resto del clan”.
Así pues, mientras Sazuke se cambiaba la ropa, suena la puerta y luego una voz familiar viniendo de la entrada. Era papá. Entonces se apuró en colocarse la ropa y salió a su encuentro en cuanto pudo.
—Veo que tu madre aún no te enseña a colocarte bien una camisa—dijo medio riendo su papá al verlo.
En efecto, entre el apuro, se había abrochado la camisa con un botón corrido y su madre entre risas le ayudó a arreglarla. Entre tanto, Sazuke le sonreía a su padre y le preguntaba por el regalo que le había prometido.
—Bueno, hijo —le dice su padre—, ya has cumplido diez años, edad suficiente para que te hagas cargo de tu primer pokémon. Ya has tenido un poco de práctica con Nana, pero ella es una pokémon vieja y, de seguro, ella cuida más de ti que tú de ella. Ahora, tu pokémon es una cría y tendrás que cuidarlo con mucho cariño para que crezca de la mejor manera posible.
Sazuke escuchaba todo esto con oídos atentos y no podía esperar el momento en que su padre le mostrara el pokémon del que hablaba. Entonces saca de un bolsillo una pokébola y la pone frente a los ojos ansiosos del niño.
—¿Estás listo? —dice el padre, a lo que Sazuke responde asintiendo con la cabeza.
Entonces de la pokébola sale un pequeño y tímido Houndour que, al ver a Sazuke, se arrinconó donde pudo y comenzó a ladrar entre temblores. El niño y la Delibird se acercaron para acariciarlo lentamente, pues el pokémon se arrinconaba cada vez más, pero ya cuando no pudo evitarlos y se dejó acariciar, se volvió un pokémon bastante manso y comenzó a jugar al poco tiempo.
Sazuke y Houndour se hicieron amigos rápidamente. Ambos salían a pasear por la ciudad o a jugar en el parque, siempre bajo la supervisión de Nana, a quien no dejaban de meter en problemas. Corrían por todos lados y, cada vez que algo se caía o se rompía, Nana, que los venía persiguiendo, terminaba en el lugar exacto de los hechos cuando el dueño o responsable de aquello llegaba al lugar. A pesar de todos estos problemas, ella los apreciaba mucho y siempre estaba atenta a que nada les pasara. Llevaba siempre en su bolsa un botiquín en caso de rasmillones o alguna otra cosa que le pudiera pasar al niño o ahora al pequeño Houndour.
Hubo un día que Nana no se encontraba, puesto que el padre la había enviado con un encargo para el profesor Elm y, aunque debía estar de vuelta pronto -por haber sido enviada ayer-, se había tomado su tiempo y ese día Sazuke salió a pasear solo. Después de todo, ya tenía diez años.
A Sazuke le gustaba pasar por fuera del gimnasio y observar la magnitud de éste. Pensaba que quizás, algún día, partiría en aventura y, aunque no le caía en gracia, quizás se volvería un entrenador tan fuerte como su prima. Cabe la casualidad que ese día Clair estaba saliendo del gimnasio cuando lo ve junto a su Houndour observando desde la acera exterior.
—¿Te gustaría ir de viaje por el mundo, Houndour? —le preguntaba el chico a su pokémon mientras admiraban la altura del gimnasio, a lo que el perrito le respondió con un ladrido entusiasta.
—¿Tú, de viaje por el mundo? —le dice Clair, dejando sorprendido al chico y haciendo que Houndour se oculte tras las piernas de éste—. Necesitas más que sólo un pokémon para ir a recorrer el mundo. ¿Tienes las agallas para enfrentarlo?
Sazuke no tenía como responder a las provocaciones de su prima. Mantenía un rostro serio pero que demostraba que estaba falto de palabras, que no tenía nada con qué responderle. Se sabía tímido y las palabras de Clair comenzaban a calarle.
—Hasta tu pokémon se ve asustado ahí tras tus piernas —continúa la líder—. Si te fueras ahora, seguro que terminas llorando y volviendo a casa esta misma noche.
—¡Basta! —le dice Sazuke con impotencia—. No es asunto tuyo. Quizás más adelante...
—¿Más adelante tendrás las agallas? —le interrumpe Clair, dejando a Sazuke en silencio—. Mira, tengo un poco de tiempo libre, ¿te parece si me demuestras ahora lo que tienes en el gimnasio?
Sazuke no sabía qué hacer. No soportaba que su prima se metiera con él y quería defenderse, pero sabía también que contra una líder de gimnasio como ella no tenía oportunidad alguna. Estaba ahí parado entre el orgullo y la sensatez y con Houndour entre sus piernas.
—¿No te atreves acaso? —insistía la líder—. Es más, te daré algo de ventaja. Sólo usaré un pokémon que es mi captura más reciente. Te aseguro que con él no tengo más experiencia que tú con Houndour.
Entonces Sazuke se armó de tripas corazón. Sabía que la batalla sería dura de todos modos, pero la ventaja que suponía enfrentarse a su prima en aparentemente igualdad de condiciones, lo llevó a pensar que, tal vez, hubiera alguna posibilidad de ganar.
—Acepto.
—Eso es —dijo Clair con una sonrisa—. Ven conmigo al gimnasio.
Ambos estaban uno frente al otro en el campo de batalla y, aunque nervioso, Houndour estaba ya preparado para pelear. Sazuke estaba nervioso también. A pesar de haber entrenado un poquito con Houndour, por orden de su padre, jamás obtuvo real experiencia en batalla. Cada que su padre se lo proponía, él se rehusaba. Le temía a su padre en batalla. A su prima le tenía miedo también, pero esto iba más allá del miedo: esto era una cuestión de orgullo.
—La batalla será un encuentro de muerte súbita entre la líder Clair y el retador, Sazuke —dijo la árbitro antes de comenzar el encuentro.
Clair entonces sacó a su pokémon, un pequeño y entusiasta Bagon que acababa de capturar hace unas semanas cuando estuvo de visita en Hoenn. Ambos estaban listos para la batalla, pero unos estaban notoriamente más nerviosos que los otros.
—¡Comiencen! —grita entonces la árbitro y la batalla da inicio.
—¡Houndour, Ascuas! —ordena Sazuke, pero Houndour comienza a lanzar fuego con los ojos cerrados sin pensar siquiera en apuntar.
—Bagon, Cabezazo.
Clair da la orden con toda calma y así mismo reacciona el pokémon que, sin poner mayor esfuerzo, esquiva todos los ataques de Houndour y logra asestarle un fuerte cabezazo al pobre. El pokémon se resiente con pequeños alaridos y Sazuke intenta mantener la calma. La falla de Houndour se debía a su propia ansiedad. Si pretendía al menos salir parado de éste encuentro, tenía que mantener la calma a toda costa.
—¡Aullido! —le ordena Sazuke a su pokémon y éste comienza a aullar para así recuperar la confianza en la batalla.
Al darse cuenta, Clair ya había enviado a Bagon a darle un Mordisco a Houndour, por lo que Sazuke debió pensar rápido. En el último momento, el perro logró esquivar el ataque y lanzar Ascuas a su oponente, esta vez dándole de lleno en la cara.
—¡Así se hace! —dijo el entrenador con entusiasmo.
—No te alegres tanto —dijo la líder en tono confiado—, ese ataque no hará gran efecto.
Y efectivamente, de una sacudida el pokémon dragón se recompuso y con la cabeza al frente volvió a arremeter contra Houndour. El perro por su lado estaba resistiendo a duras penas y Sazuke lo sabía. La diferencia no estaba en la experiencia con el pokémon, sino la experiencia de cada uno en batalla. Mientras que Clair tenía ya años entrenando pokémon y combatiendo con ellos, él estaba librando su primer combate. Y entonces, cuando Bagon se acercaba para morderlo otra vez...
—¡Usa Polución! —alcanzó a ordenar Sazuke, de modo que Bagon quedó desorientado en medio de una pequeña nube de humo tóxico—. ¡Ahora dale un Mordisco!
Pero Sazuke no pensó que la nube de polvo no solamente desorientaría a Bagon y, al intentar Houndour encontrarlo, se dio cuenta que su pokémon estaba tan desorientado dentro de la nube como debiera estarlo el pokémon dragón. El pokémon perro logró salir ileso de la nube tóxica, pero ya estaba bastante cansado. Ambos entrenadores estaban esperando que el ataque se disipara para lanzar el siguiente. A pesar de la nube tóxica, que seguro estaba envenenando a Bagon, Clair lucía muy tranquila, sin embargo, a Sazuke se lo comían las ansias. No podía permitir que aquel pokémon atacara de nuevo o seguramente Houndour estaría perdido. Él y el pokémon perro estaban preparados a reaccionar una vez que pudieran divisar al objetivo. Sin embargo, antes de que Sazuke pudiera decir una sola palabra, la líder dio una orden con toda calma.
—Garra Dragón.
En el mismo segundo en que logro divisar a su pokémon, le ordenó a éste el ataque y él salió corriendo a toda velocidad desde la nube tóxica, desorientando tanto a Sazuke como a su pokémon. Houndour recibió todo el impacto del ataque y terminó herido en el piso. El pequeño perro estaba consciente de lo que esa batalla significaba para su entrenador. No podía dejarse vencer tan fácilmente, no podía dejar mal a Sazuke ahora. Antes de que la árbitro pusiese fin al combate, el pequeño can se puso de pie con las últimas fuerzas que le quedaban, reanudando entonces el combate. Sazuke veía todo esto ya casi con lágrimas en los ojos y Clair, que no había quitado su expresión seria desde el inicio del combate, no estaba dispuesta a dar marcha atrás hasta que el encuentro terminara oficialmente. Con la misma voz autoritaria y calmada que usó desde el principio, le dio la orden de otro Cabezazo contra Houndour que, aunque hubiese querido no hubiera podido esquivar. Pero antes de siquiera acercarse, Sazuke entró en el campo de batalla y, posicionándose ante su pokémon, le dio fin a aquel combate.
—Creí que me querías demostrar que podías ser un entrenadror, ¿no es así? —dijo Clair, manteniendo el mismo tono.
—No puedo permitir que le hagas más daño a Houndour —dice Sazuke con decisión—, ya sabes que tienes el combate ganado hace bastante rato.
—Un entrenador no se rinde. Lo da todo hasta el final de la batalla —responde la líder, seguida por un silencio general en el estadio—. Quizás no tienes la sangre del clan como tu padre, después de todo. No deberías molestarte en ser entrenador pokémon.
Apenado, Sazuke tomó su pokémon en brazos, que lo miraba con cara de arrepentimiento, y se retiró del gimnasio sin que Clair siquiera intentara detenerlo. No lo estaba culpando por la derrota, pero Houndour se sentía en gran parte responsable por lo sucedido. Sazuke, por su parte, tenía rabia. Él no se sentía incapaz de llegar a ser un entrenador en algún momento, pero quizás no aún, porque es muy pronto, ¿verdad? Debía esperar a ser más fuerte antes de salir de casa, ¿cierto? Pero se sentía impotente ante las palabras de Clair, porque no pudo callarle la boca, no pudo decir nada en contra de lo que ella afirmaba ante su presencia, casi como verdad absoluta, y eso era lo que por dentro le dolía: no haberle podido probar que se equivocaba.
Estaba oscureciendo. Al llegar a casa, Nana ya estaba de vuelta y, al verlo entrar, inmediatamente se alarmó por el estado de Houndour, que para ese momento ya se había quedado dormido en los brazos de Sazuke. Él no venía mejor. No tenía ninguna herida por fuera, pero a los padres les bastó verle la cara un momento para darse cuenta que su espíritu venía por los suelos. Al preguntarles estos lo que le había sucedido, Sazuke soltó un llanto de impotencia y sus padres lo invitaron a sentarse para cenar y conversar de lo ocurrido mientras que Nana se ocupaba de las curaciones de Houndour. Ya en la mesa, Sazuke les contó la historia. Cómo Clair lo provocó para una batalla y cómo luego lo humilló sin darle la oportunidad de replicarle algo. Sus padres ya conocían el carácter de ella y no les parecía extraño lo que hizo, pero no dejaba de parecerles grosero de su parte. Cuando ya el niño hubo terminado su historia, se paró un momento, miró a sus padres a los ojos y les dijo entre lágrimas ahogadas.
—Pero... ¿ustedes creen que yo puedo llegar a convertirme en entrenador, verdad?
Sus padres se miraron por un momento y su madre le tomó la mano.
—Hijo, será mejor que no pienses en ello por hoy, ve a dormir que mañana será otro día —le dijo.
Sazuke pensó que quizás tenía razón y que lo mejor era olvidar el tema por hoy y ya mañana todo estaría mejor. Entonces subió a su habitación junto con Houndour que ya se encontraba mejor y se puso su pijama para ya irse a dormir, pero antes, quiso bajar de nuevo porque había olvidado lavarse los dientes y el baño estaba escaleras abajo. Pero, a mitad de la escalera, pudo escuchar una conversación entre los padres.
—Deberíamos dejar que se vaya de viaje como entrenador, después de todo ya tiene diez años —decía el padre—, a esa edad yo dejé mi hogar para hacer lo mismo.
—Pero él no es como tú, Evan —respondía la madre—. Él no tiene el mismo carácter, él no heredó esa parte de la sangre de tu clan. Es más como yo. No todo el mundo tiene que ser entrenador en esta casa. Mírame a mí que, por muchos deseos que tuve cuando pequeña, nunca tuve la personalidad para hacerlo por mí misma. Aún con nuestra autorización, hacer el viaje o no es decisión de él y, si hasta ahora no ha querido, quizás es mejor que no lo haga.
—... Tienes razón, Sofía—dijo el padre luego de un breve silencio—. Quizás no esté hecho para ser entrenador después de todo.
Sazuke estaba perplejo. Ni su prima ni sus padres creían que él podía hacerlo. Todos lo veían como una persona débil y sin carácter. Esto le causó mucha pena, pero esta vez no lloraría, porque no tenía ganas de hacerlo. Tenía que hacer algo. Tenía que mostrarle a todos que él si era capaz de lograrlo, que si la mitad del mundo era capaz de hacerlo, ¿por qué él no? Se sentó junto a la ventana que dejaba entrar la luz de luna en su cuarto a mirar el cielo de esa noche. Estaba completamente estrellado y pensó y se sintió capaz de hacer todo en este mundo, hasta alcanzar esas estrellas que se dejaban ver desde ese rinconcito.
—Tú si crees que puedo hacerlo, ¿verdad? —le dijo a Houndour que, ya recuperado, se acercaba para acurrucarse a su lado. Éste le respondió con un alegre ladrido antes de finalmente posarse a su derecha.
Entonces una estrella fugaz cayó del cielo y él pidió el deseo de convertirse en entrenador pokémon y entonces tuvo una epifanía. En ese momento supo exactamente lo que tenía que hacer para lograr lo que deseaba, ahora, con todas sus ganas.
A la mañana siguiente, Sazuke se levantó antes que nadie más en su casa y se puso a preparar su equipaje. Ropa limpia y accesorios de campamento que utilizó para acampar con su padre hace unos meses fueron las primeras cosas que guardó. Houndour estaba contento de ver a Sazuke tan decidido y lo seguía a todos lados moviendo la cola inquieto y con la lengua afuera de la emoción.
—Hoy nos vamos a recorrer el mundo, mi amigo —le dijo mientras le acariciaba la cabeza luego de ponerse en la espalda la mochila ya preparada.
Le dio un último vistazo a su cuarto antes de partir. Sabía que pasaría tiempo antes de volverlo a ver y, por un segundo, dudó de estar haciendo lo correcto. Pero el orgullo pudo más y ya no había marcha atrás para cambiar de parecer. Cerró la puerta y comenzó a bajar lentamente la escalera para evitar despertar a la gente y, a su vez, para retener la imagen de su hogar lo más que podía antes de partir. Sin embargo, justo antes de llegar a la puerta de entrada, se dio cuenta de que Nana lo estaba observando desde ahí. Se conocían tanto que bastó sólo una mirada para que ambos comprendieran la situación. Sazuke se apresuró donde la Delibird y comenzó a explicarle lo que estaba sucediendo.
—Verás, no puedo quedarme de brazos cruzados —le decía—. Nadie cree que pueda lograrlo y esta es la única manera que tengo de demostrarles que se equivocan. Los echaré mucho de menos, sobre todo a ti, Nana, que has sido parte de mi familia desde que tengo memoria. Por favor, deja que me vaya, porque si no...
Nana había estado escuchando tranquilamente, pero en ese momento lo interrumpió para sacar algo de su saco que tenía preparado de antemano. De ahí sacó una bolsa llena de víveres para viajero y comida pokémon por la que Houndour se puso a mover la cola.
—Nana... tú...
Entonces Sazuke la abrazó con lágrimas en los ojos, porque en ese simple gesto Nana le mostró no solamente que sabía lo que estaba haciendo, sino que era la única, a demás de Houndour, que confiaba en que él podría lograrlo.
—Te echaré mucho de menos.
Y dicho esto, Nana le sonrió, acarició a Houndour y les abrió la puerta para dejarlos salir.
Sazuke dejó con ella una carta donde les explicaba todo a sus padres, sobre la conversación que había escuchado y sobre el destino que tomaría. Que por favor no intentaran detenerlo, porque si se arrepentía, lo haría por su cuenta, pero que no contaran con ello. Les dijo también que se comunicaría con ellos apenas pudiera y que los amaba mucho. Se marchó junto a su pokémon sin saber cuándo volverían, sin saber que no sería sino hasta mucho tiempo después. Se fueron entonces esa mañana para probarle al mundo que ellos, con su decisión, valían más que las palabras de cualquier persona y para probarse a sí mismo que, si quieres hacer algo, debes hacerlo por ti mismo.
Fin de la primera parte.








