¡Oh, pequeña Luna, Luna de mi ser! Ni un solo rasguño arruinaba su tierno pelaje negro. Entonces lo vi aparecer: Bañado por un brillo de adamantino, a un reluciente caballero sobre un irreal Rapidash de plata; saltó a mi socorro como quien se cae de su libro de cuentos para blandir su espada contra la realidad. Me resultó imposible no suspirar por su desbordada muestra de gallardía, Menma me había salvado la vida.
Gocé invadida por la felicidad durante lo que restó del baile. Ver a la chica Milotic dejada de lado me pareció cruel, pero como ella no fue precisamente un ángel conmigo... bien obtienes lo que te mereces.
Al terminar de bailar nos volvimos a mover. En mis pies sentía un punzante dolor. Para alguien que nunca, nunca jamás en toda su corta vida, ha sido de gastar sus días en una discoteca, aquello era como danzar en el infierno. Claro, ¡era divertido! El éxtasis me ayudaba a olvidarme del sufrimiento propio, pero mi cuerpo empezaba a pasarme la cuenta por explotarlo tan despiadadamente.
Pasamos de un salón violeta a uno que parecía inspirado en la piel de un Zebstrika, sólo que en lugar de rayos era más común encontrarse con las Jukebox. No perdí mi tiempo, antes de que el dúo conformado por Gardevoir y Gallade se robaran las cámaras, fui a asaltar la barra; oh, claro que arrastré a Sylveon conmigo.
— Quiero una hamburguesa triple de queso, con lechuga, tomate, carne, ketchup... ¡pero quítele cualquier otra cosa rara! Nada de especias de otro planeta ni color negro en el pan; me dan mala espina. — Como respuesta, alcancé a percibir incredulidad en la mirada invisible de mi acompañante.
— ¿Estás... e-estás segura de que podrás con eso? — Casi, casi pareciera que hubiera temido e hice la orden para él.
— ¿C-cómo crees? ¡Claro que no! No tengo estomago de Snorlax.
Tomé un cuchillo para cortar el pedido en cuatro partes iguales. Una se la di a mi Zorua, que se desplazó desde mi hombro hasta el mueble, otro cuarto me pertenecía y los dos restantes se los ofrecí a Menma. Seguido, sostuve uno de los trozos con una de mis manos desnudas.
— Venga, debes decir "
aahh" con fina elegancia. — Silencio, oh silencio, ¿por qué me haces esto? Tosí suavemente, era obvio que debía aclarar las cosas, otra vez. — ¡N-no te sientas tan extraño! Es parte de mi forma de decir "gracias".
Ya satisfechos y recuperados en un no sé cuánto por ciento, nos fuimos derechito a una de esas cajas tan enigmáticas. Debo admitir que no tenía la más remota idea de cómo funcionaban, aunque tal parece que el Sylveon no dejaría de sorprenderme por esa noche. Escogió un disco, tecleó unos números y se encogió de hombros, murmurándome que con suerte conocía a un artista; yo estaba en la misma situación, nunca fui muy fan de esa famosa ola musical.
— No te preocupes. Tan sólo sigamos divirtiéndonos como hasta ahora. — Si tuviera súper poderes, hubiera visto una sonrisa en su rostro. El chico insertó una moneda y tomó de mi mano en lo que me alejaba de esa caja para brindarnos espacio.
Movimiento de caderas, brazos y pasos cargados en determinación de aquí a allá, no fue difícil intuir que aquel sería nuestro ritmo. Similar a un “cha cha cha” agitaba mis dos extremidades superiores, mientras que los pies intentaban pisar alternando entre los cuadradros blancos con los negros. En algún momento tomamos nuestras manos derechas y servimos de apoyo al otro para unos giros rápidos; eran movimientos complicados, pero una vez que te dejas guiar todo nace por sí solo. Exacto, es un baile donde todos podíamos desenvolvernos sin sufrir el bochorno de hacerlo mal; no existe paso alguno que sea erróneo.
De pronto, recordé una cosa que me dijo mi hermano mayor:
el rock and roll es como un constante coqueteo, si sabes a lo que me refiero. Las canciones de hoy en día son más subidas de tono, pero en los tiempos de nuestros padres eran estas melodías las que resultaban provocativas e invitadoras. Me resultaba difícil emular lo que mi pariente trató de decirme, pero me pareció que Menma captaba la idea. Me enrojecí, "
¡maldito seas, hermano!" maldije, ¡y cómo no hacerlo! ¡Seguramente me estaría fastidiando de nuevo cuando me reveló esa oración! Para mi alivio, se me cerró el grifo de la vergüenza justo cuando el disco dejó sus revoluciones de lado y nos dirigíamos de vuelta a la barra.
— ¿Cuál es el problema? Te has visto extraña. — Noté que el muchacho estaba acalorado. ¿Me vería así yo también?
— N-necesito agua. — Tenía la garganta seca como ninguna, la use de excusa para distraer mi atención de mis propios pensamientos traicioneros.
Más tarde me arrepentiría de pedir algo tan "
aparentemente inofensivo". Menma pidió al fornido hombre, detrás de la barra, un vaso de agua. Al tratarse de algo sencillo no fue necesaria la espera, la jarra con el contenido transparente estaba cerca y cualquiera podía sacar si así lo hubiese deseado. Pero la tragedia no se haría de rogar para atormentarme.
Para mi sorpresa, el líquido se sintió agridulce. Al principio pensé que en realidad se trataba de jugo y no agua, la sed era tal que ni me preocupó el contenido que llevaba hasta mis labios. Cinco minutos más tarde me paré de golpe, como si me hubiera dado una descarga eléctrica.
— ¡E-esto no es agua! ¡E-esto! ¡E-esto... e-es... e-es...! — ¿Por qué mi voz sonaba tan ida de este mundo? ¿Por qué me tambaleaba tanto por ponerme de pie? ¿Por qué quería mi vaso lleno hasta rebalsar? ¿Por qué? ¡¿Qué rayos hice?! Mis padres me degollarían como se enteraran de que había bebido alcohol, por más que no fuese adrede.
Tomé a Menma por los hombros y no reparé en hablar alto y claro.
— ¡A-alguien enveneno el...! Digo, ¡alguien le tiró algo raro... muy, MUY, raro a esa jarra!
No le di la oportunidad de responder. Comencé a caminar en dirección a un grupo de jóvenes que estaban cerca y les dejé claro que conmigo no se juega.
— ¡Prepárense para ser descubiertos! — Apunté hacia… hacia... ¡no tenía idea! Creo que al horizonte, estaba ten metida en mi actuación que ni prestaba atención a los detalles irrelevantes.
Sentí como Zorua se posicionó a mi lado. Al principio le vi borrosa, algo danzante y curvilínea, pero eventualmente noté que había adoptado mi forma junto a mis gestos; era como tener un espejo al lado, un espejo al que sólo yo le conocía su verdadera cara.
— ¡Y más vale que teman! — Su voz, por supuesto, era clavada a la mía.
— ¡P-para defender al mundo del...! ¡¿V-vandalismo?! — Comenzaba a titubear. Oh, por un Darkrai, todo me daba vueltas. Era una presa de la euforia. Nada importaba, ni la opinión ajena, ni nada.
— ¡Para sumar a las otras divisiones a nuestra causa! — Zorua, en cambio, estaba totalmente cuerda y sana. En más de una ocasión me habría escuchado escupir idioteces a la buena de Arceus y le pareció gracioso imitarme en esos momentos. — ¡Luna!
— ¡Y yo soy...! — Cerré los ojos, mientras que mis pies bailoteaban en pasos burdos. Sentí un agarré amable en mi brazo y a los cinco segundos me hallé sentada de nuevo. Al despejarse mi panorama, contemplé la figura de Menma, ¿qué pensaría él de todo esto? Sólo recuerdo que, entre la niebla más allá de su figura, alcanzaba a percibir unas risas.