En los dormitorios, resguardadas en su habitación, se hallaban dos jóvenes alistándose para un gran evento. Una de ellas se encontraba sentada frente a un espejo mientras que la otra la ayudaba a dominar sus largos cabellos de plata, haciendo retoques de último momento al colocarle un poco de tinte rojo temporal antes de ceñirlo en una buena cola de caballo.
La chica de cabellos claros supervisaba con cierta preocupación la labor de la otra, no porque le preocupara lo que hacía, confiaba en ella, era más bien por lo que le esperaba aquella noche.
— No estoy segura de esto, Siz —balbuceó ella, genuinamente nerviosa, tanto que sentía que tenía una montaña rusa en su estómago—. Yo... yo no sirvo para estas cosas...
— ¡No digas tonterías, Dyfir! —exclamó entre risas la aludida—. No comprendo este repentino miedo de tu parte, eres la persona con más confianza en sí misma que he conocido nunca.
— Sí, tienes razón, pero eso es con los deberes o en las batallas, no en este tipo de cosas. ¿Por qué crees que esta es mi primera vez? —replicó Dyfir con gran preocupación—. Además, no lo conozco. ¡Ni siquiera sé su nombre!
— Esa es la idea de una cita a ciegas, tontita —contestó Siz, dándole un golpecito amistoso en la nariz con su índice—. Si yo no intervenía en esto, estoy segura de que habrías ido sola y yo no podía permitir eso. Además, no tienes de qué preocuparte, yo conozco a tu pareja y es alguien adorable, tampoco iba a ponerte a pasar la velada con un imbécil.
— Pero...
— ¡Nada de peros! —dijo Siz alzando la voz e interrumpiéndola, justo cuando terminaba de ponerle el tocado en la cabeza—. Esta noche no importa quiénes sean, es una mascarada. Por hoy tú serás una adorable Zorua y él un gallardo Lucario.
Dyfir se sonrojó un poco, decidiendo evadir a su amiga por un rato para observarse. Le había parecido divertido disfrazarse de Zorua, teniendo presente que su pequeño Nicodemus era un maestro de las ilusiones y era perfecto para una fiesta de máscaras, esmerándose en la confección de su disfraz.
Lucía una malla negra traslúcida que le cubría todo el cuerpo. Sobre el pecho y el hombro reposaba un poncho de pelo negro, mientras que una falda sin vuelos ceñida con una cinta carmesí le cubría las caderas, permitiendo que se apreciara sutilmente su abdomen. Enfundaba sus manos con guantes rojos y sus pies estabas protegidos con suaves botines del mismo color. Sobre su cabello reposaba el tocado especial, un broche que parecía el copete de un Zorua.
Siz, que iba de Swellow, le pidió que apartara la vista del espejo para poder delinear sus ojos con algo de rojo, pero aún así veía de reojo la máscara negra con forma de zorro reposando sobre la peinadora.
— Y... ¡lista! —exclamó Siz con gran orgullo.
Dyfir prefirió no mirarse más en el espejo, sentía que cada vez que lo hacía perdía algo del poco valor que guardaba, así que ambas se pusieron sus máscaras, agarraron sus pokebolas y salieron presurosas, pues ya iban algo tarde.
— ¡Apúrate! Seguro ya nos están esperando —apremió Siz, aumentando la velocidad y arrastrádola por los pasillos. Dyfir agradeció entonces el haber descartado por completo la opción de los tacones.
Más pronto de lo que Dyfir habría deseado, llegaron al vestíbulo de la Academia, donde todos se congregaban para reunirse con su pareja. La variedad y cantidad de disfraces era impresionante, había desde lo más simples hasta los más elaborados que robaban el aliento, tanto que Dyfir sintió algo de vergúenza por la sencillez de su disfraz que incluso quedaba eclipsado por la belleza y elegancia del Swellow de Siz.
— ¡Ya vi a mi pareja! —dijo Siz muy contenta, saludando a un chico de años avanzados que iba disfrazado de Pidgeot. La chica estaba por lanzarse corriendo hacia su enamorado, pero se detuvo para darle una última mirada a su asustada compañera de habitación—. Descuida, bonita, todo saldrá bien. Esta noche es para divertirse, no un compromiso ni nada, sólo relájate y disfruta.
Y sin darle oportunidad de decir algo, Siz corrió hacia su pareja, dejando risillas y alegría a su paso. Dyfir suspiró con cierto pesar, observando muy conmovida lo feliz que estaba su amiga y deseándole lo mejor para aquella noche. Sin más que hacer, respiró profundamente y comenzó la búsqueda de su pareja.
Se hizo paso a través de la multitud, agudizando la vista en búsqueda de alguien disfrazado como Lucario con poco éxito, pues se dejaba embriagar fácilmente con los disfraces del resto. Desde hermosas princesas inspiradas en Lilligant o Blissey, hasta nobles caballeros reencarnados en Bisharp o Excavallier, todos lucían soberbios y entretenidos.
Lo único que la sacó de su trance fueron unos niños de primer año, que pasaron corriendo y se la llevaron de por medio. Dyfir intentó mantenerse en pie, pero tropezó y hubiera caído al suelo si no la hubieran atajado en el momento justo.
— Lo siento mucho —balbuceó Dyfir muy apenada, incorporándose con la ayuda de su ángel de la guardia—. No te pisé ni nada, ¿cierto?
Cuando Dyfir giró para mirar a su salvador, sintió que el corazón casi se le escapaba por la garganta. Se trataba de un chico robusto, de altura intimidante que rondaba los dos metros, con cabellos castaños y alboratos, cuyos ojos café la observaban a través de una cinta negra que cubría esta parte de su rostro, protegidos también por unos lentes que parecían de aviador.
Dyfir lo fue detallando poco a poco con la boca entreabierta, viendo con estupor los ropajes azules de pantalones holgados, con abundante pelaje beige en el pecho, botas de talle alto negras, guantes azabache que terminaban con picos en los nudillos. La chica tardó en comprender de qué iba vestido el joven, quedándose por un largo tiempo en el colmillo que colgaba sobre su pecho.
— ¡Eres un Lucario! —exclamó Dyfir, demasiado sorprendida como para disimularlo.
— Sí. Y tú un Zorua —señaló éste sin mostrar señales de disgusto ante la reacción de Dyfir—. ¿Eres la amiga de Siz?
Dyfir, aún conmocionada, se limitó a asentir con la cabeza para no meter la pata. El chico era enorme, tanto que en verdad la hacía sentir como un Zorua parado junto a un Lucario, había imaginado muchas cosas pero nada semejante a aquel joven.
En ese preciso momento, Dyfir se dio cuenta de que la multitud comenzó a moverse hacia el Gran Salón, el baile estaba por comenzar. Como era de esperarse, la curiosidad y emoción del festejo se apoderó de ella, así que no lo pensó demasiado cuando agarró a su pareja del brazo y lo arrastró (quién sabe cómo).
— ¡Ven, Lucario, ya va a comenzar! —exclamó emocionada.
— ¿No sería bueno presentarnos antes de...?
Pero Dyfir no le hacía caso, abriéndose paso y consiguiendo entrar al salón. Quedó maravillada cuando los colores explotaron en sus retinas, las luces reflejándose en la colorida decoración eran esplendorosos, no había visto cosa tan hermosa en su vida. Preciosas telas colgaban del techo, ayudando a centrar la atención en los lugares clave, flores por doquier, chocolates y comida que olía delicioso. Era como estar en el cielo.
Justo entonces, el silencio se hizo en el lugar, siendo el motivo la aparición de una pareja espectacular que engalanaba unos magníficos disfraces de Gardevoir y Gallade. Por unos breves instantes, Dyfir deseó haber escogido esos pokémn como inspiración.
Luego de que los anfitriones dieran la bienvenida, las luces menguaron y la música comenzó a sonar. Poco a poco las parejas se juntaban, muy cerca el uno del otro, y se sumergían en sus miradas mientras daban inicio a su noche con un baile.
"Ay, carajo...", pensó Dyfir al caer en cuenta de que en un baile... bueno... uno va a bailar. Miró de reojo a su pareja, esperando a que dijera algo al respecto, pero al ver la expresión en su rostro vio tanta perplejidad como la suya.
— Eh...
— No sé bailar —dijo el Lucario de inmediato, atropellando las palabras. No supo si por susto o renuencia a la idea de dar vueltas por la pista. La música, aunque hermosa y relajante, no estaba ayudando.
— Yo tampoco sé, pero... —balbuceó Dyfir, dibujando repentinamente una pícara sonrisa en su rostro—. Pero tú no eres tú y yo no soy yo, al menos por hoy.
El modo en el que la miró el Lucario dejaba claro que pensaba que estaba loca, pero ya que estaba ahí, Dyfir no le permitiría escapar fácilmente. La confianza que Siz tanto glorificó estaba de vuelta.
— Me refiero a que tú eres un Lucario y yo un Zorua, ya no somos quienes solemos ser todos los días, así que hagamos que sí podemos.
Sin borrar su sonrisa, llevó al Lucario hacia la pista, sin importarle mucho que a él no le hacía mucha ilusión... o que al menos no demostraba que le gustara la idea. Cuando estuvieron ahí, Dyfir echó una ojeada a su alrededor para tomar unas cuantas notas mentales y poder poner manos a la obra.
Aunque aún sentía cierta vergüenza, sostuvo la mano del Lucario y la colocó en su cintura, entrelanzando la otra con la suya. También intentó colocar la mano sobre su hombro, pero gracias a su metro sesenta no llegaba, así que la dejó reposar en el enorme antebrazo de su pareja.
Sin saber qué hacer, Dyfir intentó dirigir la danza, pensando en las clases de vallet que su madre casi le hace tomar, pero chocó de frente con el Lucario cuando éste no se movió ni un ápice.
— ¿Qué haces? —preguntó él, alzando una ceja.
— Bailar, creo...
Dyfir lo intentó una vez más, consiguiendo que Lucario se dejara llevar esta vez, pero cuando quiso dar el paso que los devolvía a la posición inicial, él no coordinó bien y la pisó... en ambos pies.
— ¡Ouch!
— ¡Lo siento! —exclamó él, mostrando una nueva clase de emoción aparte de la estupefacción y cierta frialdad.
— Descuida... pero trata de relajarte un poco, ¿si?
Lucario, algo contrariado, asintió levemente con la cabeza y la volvió a tomar de la mano con tanta delicadeza que sorprendió a Dyfir. Ambos respiraron profundamente y volvieron a intentarlo.
Ciertamente, no eran los mejores, la torpeza se desbordaba a cada giro que daban, al igual que la vergüenza se notaba a leguas. Un paso adelante, un paso atrás, uno adelante, otro atrás y giro. Lucario, sorprendentemente, le estaba agarrando el truco a la técnica aunque no fuera perfecto.
Mientras se dejaban llevar por la música, Dyfir agradecía tener una máscara cubriendo su rostro, pues su cara ardía ante tal experiencia. Nunca había salido con alguien y el único chico por el que se interesó, aparte de tener un hermano que le hacia propuestas indecentes, nunca mostró sentir nada por ella.
— Vamos bien —comentó Dyfir justo cuando le hacía dar una vuelta, lamentando no tener una falda que ondeara al hacerlo.
— Eso creo.
— Dime una cosa —continuó ella, dejándose llevar por las sensaciones que la música le producía y acercándose un poco más a su pareja—. Es una cita a ciegas en una mascarada, Siz nos coordinó para venir juntos, sin decirnos quiénes éramos. ¿Quieres que digamos quienes somos o...?
— No —dijo él con un tono algo cortante. La tomó con ambas manos de la cintura y la elevó por lo aires, cosa que no concordaba con el ritmo de la canción que sonaba, pero Dyfir no reparó en eso debido a lo roja que sentía la cara—. Si quieres cuando termine el baile, pero si decimos quiénes somos ahora que estamos haciendo una parodia de danza, dudo mucho que continuemos.
El Lucario pronto volvió a retomar el ritmo lento de la canción, haciendo que la sonrisa de Dyfir creciera cada vez más a medida que se balanceaban y recorrían la pista. En verdad lo estaba intentando, no podía estar más agradecida con su Lucario.
Pronto se sintió más cómoda, a su alrededor todos estaban inmersos en su propio baile, como si cada quien escuchara una tonada distinta. Apoyó la cabeza en el pecho de su pareja, alterándolo un poco y riendo por lo bajo, pero estaba bien, se sentía cómoda.
"Sin compromisos" dijo Siz. Ella no era Dyfir esa noche y su identidad podría permanecer en secreto si quería. Ella era un Zorua, maestra de las ilusiones, no tenía nada de qué preocuparse, mucho menos cuando era capaz de incomodar a una mole como aquella.
"Esta noche va a ser muy divertida. Ojalá él se deje", pensó, justo cuando daban la última vuelta antes de que la música se detuviera, las luces los enceguecieran y los aplausos inundaran el lugar.
Se separaron algo apenados, pero con una sonrisa cómplice que paulatinamente forjaría la confianza entre ellos. Dyfir rió y no pudo evitar abrazarlo, pues habían bailado y sobrevivido. Era una imagen totalmente adorable... hasta que a ambos les gruñó el estómago.
— ¿Comemos algo? —preguntó Lucario, tratando de disimular el ligero rubor que se asomó en sus mejillas.
— ¿Algo? Mejor arrasemos la mesa.
Dyfir no supo explicar la alegría que la embargó cuando a su Lucario casi se le escapa una risotada, la cual se esforzó enormemente en contener y sin ella saber el motivo.
Bueno, quizás no era asunto suyo, por los momentos moría de hambre.