T.r.i.p.
Disclaimer: Esta historia puede resultar un poco ofensiva a las personas sensibles. Utiliza un lenguaje soez pero nada explícito. PEGI +13
"Una historia fascinante" - The New York Times
Primer capítulo
T.R.I.P.
El infierno se desata en medio del desierto cuando uno de sus empleados le dice a la bruja que uno de los suyos los ha delatado. Después de años de dominio del negocio del LSD en su país y de conducir uno de los carteles más grandes de la historia, Andrea enfrenta una difícil decisión. Al principio, todo parece rutinario, pero pronto ella se dará cuenta que han apuntado a su talón de Aquiles. Y no descansará hasta haber destruído con sus manos hasta el último bastardo.
El infierno se desata en medio del desierto cuando uno de sus empleados le dice a la bruja que uno de los suyos los ha delatado. Después de años de dominio del negocio del LSD en su país y de conducir uno de los carteles más grandes de la historia, Andrea enfrenta una difícil decisión. Al principio, todo parece rutinario, pero pronto ella se dará cuenta que han apuntado a su talón de Aquiles. Y no descansará hasta haber destruído con sus manos hasta el último bastardo.
"Una historia fascinante" - The New York Times
Primer capítulo
Spoiler
La música la había dejado sorda. Su cuerpo regordete se meneaba entre un grupo de personas desconocidas mientras las oscuras luces parpadeaban según la canción demandaba. El lugar estaba repleto de personas ya mayores de treinta años, aunque ella tenía apenas veintitrés. Llevaba horas y horas bailando sin parar, sin agotarse ni un segundo, atrás de ella un hombre pasado los cuarenta años intentaba seducirla, mientras su mano recorría el cuerpo de Andrea. Ella seguía la corriente, sonriendo, con los ojos cerrados y su mente en otro planeta. Había consumido tres tripas y estaba en el cielo. De pronto, a lo lejos, escuchó su nombre. Cada vez más cerca. Sus ojos oscuros por fin se mostraron y nerviosos recorrieron todo lo que podían divisar. Al otro lado de la discoteca alguien la estaba llamando, levantaba su mano desesperadamente, esperanzado que ella lo notara. “¿Qué mierda querrá este *******?” se preguntó Andrea, mientras bruscamente se soltaba del viejo y caminaba empujando todos a su paso.
No se demoró nada en llegar al otro lado de la habitación. El adolescente de unos dieciséis años la tomó de la mano y se echó a correr. Ella lo siguió, cuando estuvieron fuera del antro él le empezó a explicar, pero ella no oía nada, sólo podía notar cómo los labios de Daniel se movían, asustados, y cómo él tiritaba.
— ¡Daniel, por la mierda, no te escucho!
— ¡Vienen! —Exclamó él, desesperado— ¡Vienen por nosotros!
Andrea rápidamente se sacó sus tacos y empezó a correr lo más rápido posible sobre el polvoriento suelo. Daniel corría junto a ella, ambos en dirección al viejo auto que manejaban. No demoraron en llegar y apenas cerraron las puertas el auto despegó a toda marcha. El ruido se escuchó en toda la cuadra.
En el volante estaba Roberto, sus manos firmes sobre el volante y sus ojos oscuros fijados a la pista. Su cara estaba llena de cicatrices y la falta de cabello le daba un aspecto rudo.
— ¿Cuánto falta para llegar al eje? —preguntó Andrea mientras rompía su teléfono móvil con el taco de uno de sus zapatos. Cuando lo logró, lo tiró por la ventana y debajo del asiento sacó uno desechable. Inmediatamente después Roberto cambió a la dirección contraria. Daniel miraba nervioso hacia atrás.
—No vamos al eje —le respondió.
—Mierda, mierda —susurró Andrea mientras sacaba y cargaba un arma guardada debajo de su asiento.
— ¿Sabes quién fue? —continuó.
Daniel la observaba más nervioso aún. Roberto miró por el retrovisor.
—Dile, Dani, quién fue.
—Creo, creo que fue Nicolás —dijo.
— ¿Cómo que crees que fue él? ¿Tienes alguna prueba? —le dijo mientras Andrea se cambiaba los zapatos a unos más grandes de su talla y se ponía guantes.
Daniel no pudo mantener contacto visual.
—Andaba raro hace días. Lo perseguí la otra vez que dijo que iba a comprar cuando estaba todo cerrado. Lo pillé hablando con los policías, en la esquina de Portugal.
—Supongo que vamos a encontrarlo —le dijo Andrea a Roberto. El hombre asintió y siguió su camino, alejándose del desierto.
Se generó un silencio incómodo. Andrea estaba preparado y Daniel parecía estar a punto de tener un ataque de pánico. Él apenas llevaba tres semanas vendiendo, Andrea lo reclutó porque le pareció que tenía una gran intuición. Y por sus ojos verdes.
Andrea lo observó detenidamente.
—Amorcito, no se asuste, que no va a pasar nada —dijo en un tono extremadamente maternal. Daniel sintió un alivio instantáneo. Todos sabían que Andrea jamás faltaba a sus promesas.
Iban directo a la ciudad. Era un pequeño pueblo y la policía de ahí estaba más que comprada. Todos sabían que la Bruja dominaba el lugar. Fueron directamente a la comisaría, donde el oficial los esperaba.
—Lo tenemos en el calabozo —le dijo con una voz extremadamente ronca. Se debería haber fumado un millón de cigarros, pensó Daniel.
— ¿Dónde andaba? —preguntó Roberto.
—Lo encontramos en Las Palmeras, un poco más allá del desierto. Andaba solo. Debe haber dado el dato a la policía de la otra región, pero nadie ha llamado para acá. Parece que se le olvidó contar este detalle.
—Daniel, ya entrenado, le pasó una gran cantidad de billetes al oficial. Él se fue a sentar a su oficina, mientras Andrea, la bruja, caminaba por el calabozo. Había un par de delincuentes de mala clase encerrados, y cuando la vieron caminar por el lugar miraron aterrados. Uno solamente se dignó a hablar, que se encontraba bajo el efecto de quién sabe qué clase de alcohol.
— ¡A alguien le quedan minutos de vida! —exclamó, riéndose.
La bruja ignoró el comentario y siguió recorriendo. Su pelo oscuro, enredado y sudado brillaba por la poca luz del lugar. Roberto encendió una luz de su llavero. Ahí estaba, Nicolás en un rincón. El pobre chiquillo no debe haber tenido más de quince años. Tenía la piel extremadamente blanca, como la bruja. Todo su cuerpo temblaba y sollozaba en silencio, mirando hacia abajo. Sabía lo que se le venía.
— ¿Fuiste tú? —le dijo Andrea a Nicolás. Él levantó la vista, aterrado. Sus ojos estaban bañados en rojo. Asintió con la cabeza.
—No, no, no, no, no —empezó a exclamar cuando vio que Roberto sacaba un arma de la parte trasera de su jeans. Andrea hizo una pausa, levantando la mano, dándole unos minutos más de vida al pobre diablo.
— ¿Por qué lo hiciste?
—Prometieron darme un lugar y un trabajo —respondió Nicolás, sincero. A esas alturas ya no había razón para mentir.
— ¿Después de todo lo que hemos hecho por ti? —exclamó la bruja. —Después de que te dimos techo, te alimentamos mientras te cagabas de hambre en la calle. Después de que te di trabajo… ¡Después de que te di una vida, mierda!
Nicolás quebró en llanto y se corrió hasta el rincón del calabozo. Roberto mantenía una actitud fría mientras Daniel parecía ausente.
—Ah, no —dijo la bruja, como si ya fuera el colmo. De un arrebato tomó la pistola con silenciador que tenía Roberto, abrió el calabozo de un golpe y la acercó al corazón de Nicolás. No se demoró ni un segundo en disparar y los quince años de vida de él se habían acabado. Destruido y con todos sus ojos rojos cayó al suelo. Andrea no se inmutó, Roberto tampoco, pero para Daniel era su primera vez de muchas cosas. Su primera ejecución. La primera vez que veía actuar a la bruja. Y la primera vez que dejó de sentir miedo.
El suelo rápidamente se empezó a empapar de sangre, y rápidamente le dio órdenes a Roberto para que llamara alguien que limpiara todo. El calabozo estaba sumido en un silencio cómplice. A pesar de no haber ningún sonido, todos sabían lo que había ocurrido. Y Andrea sabía sobre cada uno de lo que estaban ahí. La bruja nunca olvidaba caras.
Mientras Roberto hablaba por teléfono, y ambos salían de la comisaría, Daniel preguntó qué iban a hacer ahora.
— ¿Ahora, mi amor? —le dijo dulcemente. —Ahora vamos a tirar toda la mierda por la ventana.
No se demoró nada en llegar al otro lado de la habitación. El adolescente de unos dieciséis años la tomó de la mano y se echó a correr. Ella lo siguió, cuando estuvieron fuera del antro él le empezó a explicar, pero ella no oía nada, sólo podía notar cómo los labios de Daniel se movían, asustados, y cómo él tiritaba.
— ¡Daniel, por la mierda, no te escucho!
— ¡Vienen! —Exclamó él, desesperado— ¡Vienen por nosotros!
Andrea rápidamente se sacó sus tacos y empezó a correr lo más rápido posible sobre el polvoriento suelo. Daniel corría junto a ella, ambos en dirección al viejo auto que manejaban. No demoraron en llegar y apenas cerraron las puertas el auto despegó a toda marcha. El ruido se escuchó en toda la cuadra.
En el volante estaba Roberto, sus manos firmes sobre el volante y sus ojos oscuros fijados a la pista. Su cara estaba llena de cicatrices y la falta de cabello le daba un aspecto rudo.
— ¿Cuánto falta para llegar al eje? —preguntó Andrea mientras rompía su teléfono móvil con el taco de uno de sus zapatos. Cuando lo logró, lo tiró por la ventana y debajo del asiento sacó uno desechable. Inmediatamente después Roberto cambió a la dirección contraria. Daniel miraba nervioso hacia atrás.
—No vamos al eje —le respondió.
—Mierda, mierda —susurró Andrea mientras sacaba y cargaba un arma guardada debajo de su asiento.
— ¿Sabes quién fue? —continuó.
Daniel la observaba más nervioso aún. Roberto miró por el retrovisor.
—Dile, Dani, quién fue.
—Creo, creo que fue Nicolás —dijo.
— ¿Cómo que crees que fue él? ¿Tienes alguna prueba? —le dijo mientras Andrea se cambiaba los zapatos a unos más grandes de su talla y se ponía guantes.
Daniel no pudo mantener contacto visual.
—Andaba raro hace días. Lo perseguí la otra vez que dijo que iba a comprar cuando estaba todo cerrado. Lo pillé hablando con los policías, en la esquina de Portugal.
—Supongo que vamos a encontrarlo —le dijo Andrea a Roberto. El hombre asintió y siguió su camino, alejándose del desierto.
Se generó un silencio incómodo. Andrea estaba preparado y Daniel parecía estar a punto de tener un ataque de pánico. Él apenas llevaba tres semanas vendiendo, Andrea lo reclutó porque le pareció que tenía una gran intuición. Y por sus ojos verdes.
Andrea lo observó detenidamente.
—Amorcito, no se asuste, que no va a pasar nada —dijo en un tono extremadamente maternal. Daniel sintió un alivio instantáneo. Todos sabían que Andrea jamás faltaba a sus promesas.
Iban directo a la ciudad. Era un pequeño pueblo y la policía de ahí estaba más que comprada. Todos sabían que la Bruja dominaba el lugar. Fueron directamente a la comisaría, donde el oficial los esperaba.
—Lo tenemos en el calabozo —le dijo con una voz extremadamente ronca. Se debería haber fumado un millón de cigarros, pensó Daniel.
— ¿Dónde andaba? —preguntó Roberto.
—Lo encontramos en Las Palmeras, un poco más allá del desierto. Andaba solo. Debe haber dado el dato a la policía de la otra región, pero nadie ha llamado para acá. Parece que se le olvidó contar este detalle.
—Daniel, ya entrenado, le pasó una gran cantidad de billetes al oficial. Él se fue a sentar a su oficina, mientras Andrea, la bruja, caminaba por el calabozo. Había un par de delincuentes de mala clase encerrados, y cuando la vieron caminar por el lugar miraron aterrados. Uno solamente se dignó a hablar, que se encontraba bajo el efecto de quién sabe qué clase de alcohol.
— ¡A alguien le quedan minutos de vida! —exclamó, riéndose.
La bruja ignoró el comentario y siguió recorriendo. Su pelo oscuro, enredado y sudado brillaba por la poca luz del lugar. Roberto encendió una luz de su llavero. Ahí estaba, Nicolás en un rincón. El pobre chiquillo no debe haber tenido más de quince años. Tenía la piel extremadamente blanca, como la bruja. Todo su cuerpo temblaba y sollozaba en silencio, mirando hacia abajo. Sabía lo que se le venía.
— ¿Fuiste tú? —le dijo Andrea a Nicolás. Él levantó la vista, aterrado. Sus ojos estaban bañados en rojo. Asintió con la cabeza.
—No, no, no, no, no —empezó a exclamar cuando vio que Roberto sacaba un arma de la parte trasera de su jeans. Andrea hizo una pausa, levantando la mano, dándole unos minutos más de vida al pobre diablo.
— ¿Por qué lo hiciste?
—Prometieron darme un lugar y un trabajo —respondió Nicolás, sincero. A esas alturas ya no había razón para mentir.
— ¿Después de todo lo que hemos hecho por ti? —exclamó la bruja. —Después de que te dimos techo, te alimentamos mientras te cagabas de hambre en la calle. Después de que te di trabajo… ¡Después de que te di una vida, mierda!
Nicolás quebró en llanto y se corrió hasta el rincón del calabozo. Roberto mantenía una actitud fría mientras Daniel parecía ausente.
—Ah, no —dijo la bruja, como si ya fuera el colmo. De un arrebato tomó la pistola con silenciador que tenía Roberto, abrió el calabozo de un golpe y la acercó al corazón de Nicolás. No se demoró ni un segundo en disparar y los quince años de vida de él se habían acabado. Destruido y con todos sus ojos rojos cayó al suelo. Andrea no se inmutó, Roberto tampoco, pero para Daniel era su primera vez de muchas cosas. Su primera ejecución. La primera vez que veía actuar a la bruja. Y la primera vez que dejó de sentir miedo.
El suelo rápidamente se empezó a empapar de sangre, y rápidamente le dio órdenes a Roberto para que llamara alguien que limpiara todo. El calabozo estaba sumido en un silencio cómplice. A pesar de no haber ningún sonido, todos sabían lo que había ocurrido. Y Andrea sabía sobre cada uno de lo que estaban ahí. La bruja nunca olvidaba caras.
Mientras Roberto hablaba por teléfono, y ambos salían de la comisaría, Daniel preguntó qué iban a hacer ahora.
— ¿Ahora, mi amor? —le dijo dulcemente. —Ahora vamos a tirar toda la mierda por la ventana.
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!!!!!!!!!!!!! Una historia de narcotráfico, nunca había leído una y me pareció muy buen primer capítulo, es corto y creo que satisface al lector, al menos yo quedé satisfecho. Lo que sucede es preciso para dar a conocer la personalidad de la protagonista y de lo que es capaz de hacer. Todos los sucesos fluyen con naturalidad y no se ven para nada forzados. En la parte más técnica no tengo nada que decir con excepción de que en una parte pusiste una letra que no iba, pero eso es error de tipeo, puesto que tu léxico y ortografía están a la altura. Espero pronto otro capítulo. Ciao.









Sólo tengo buenos recuerdos de ustedes y de este agradable lugar también.