Unnamed
"¿Quién eres?"
Ya no lo recordaba.
Esa sensación, una vez más.
Algo tan previsible como imponente y, aun así, no hice nada para evitar la situación; un torrente de emociones que me atravesaba el pecho como una daga dentada; desgarradora, sucia, oxidada.
Había jugado con fuego. Quizá sin saberlo, o puede que nunca quisiera reconocerlo; mi necesidad de llamar la atención, de atraer el peligro, de romper las reglas en busca de una falsa libertad. Pero, sobretodo, lo que realmente siempre quise fue borrarme de algún modo; matar a esa parte de mí, que tanto despreciaba.
Y lo hice.
Desgraciadamente, lo conseguí a un precio demasiado alto.
Ella me miraba, igual que todos los demás; ojos fríos, llenos de indiferencia, y una chispa de desconfianza. Ya no les importaba, ni tampoco les afectaba, para nada mi presencia.
Me habían olvidado.
Para ellos había muerto, quedando enterrado en lo más oscuro de sus memorias.
— Soy yo.
Pero, ¿quién era ese "yo"?
La persona que conocían, estaba claro que no. En aquél tiempo de ausencia, había cambiado radicalmente; muchas cosas pasaron en ese lapsus, y no fueron precisamente buenas... para variar. Y, ahora, este nuevo "yo" estaba plantado delante de toda esa gente que no me habían visto en la vida. ¿Qué decirles? ¿Cómo explicarles que, esta vez, no era una personalidad pasajera? ¿De qué forma dar a entender que no era un ente falso y vacío, sino alguien real? No podía. No. Ya no.
"¡Oh, cuánto tiempo!"
Falsedad.
Una respuesta hueca, manifestada por puro compromiso.
Mis venas no ardían así como mi pulso era llano; pero, al final, no podía evitar sentir una disconformidad en mi interior: una soledad abrumadora que, en realidad, podría confundirse fácilmente con mi melancolía resentida o, incluso peor, ser todo aquello una nueva emoción nacida del fruto salvaje y maléfico de las anteriores. Sin ir más lejos, decir que hacía daño. Un dolor nuevo; seco, maduro.
Y seguían sin recordarlo, en ningún momento.
Lo único que necesitaba para calmarme.
Esa mirada de alivio que no existía en sus rostros, ese acercamiento resquebrajado por culpa de mis pecados; una simple sonrisa por su parte, mientras decían lo único que ya no es mío; aquello que perdí tras tanto distorsionar, y olvidar por completo:
Su regalo.
Mi "nombre".
Ya no lo recordaba.
Esa sensación, una vez más.
Algo tan previsible como imponente y, aun así, no hice nada para evitar la situación; un torrente de emociones que me atravesaba el pecho como una daga dentada; desgarradora, sucia, oxidada.
Había jugado con fuego. Quizá sin saberlo, o puede que nunca quisiera reconocerlo; mi necesidad de llamar la atención, de atraer el peligro, de romper las reglas en busca de una falsa libertad. Pero, sobretodo, lo que realmente siempre quise fue borrarme de algún modo; matar a esa parte de mí, que tanto despreciaba.
Y lo hice.
Desgraciadamente, lo conseguí a un precio demasiado alto.
Ella me miraba, igual que todos los demás; ojos fríos, llenos de indiferencia, y una chispa de desconfianza. Ya no les importaba, ni tampoco les afectaba, para nada mi presencia.
Me habían olvidado.
Para ellos había muerto, quedando enterrado en lo más oscuro de sus memorias.
— Soy yo.
Pero, ¿quién era ese "yo"?
La persona que conocían, estaba claro que no. En aquél tiempo de ausencia, había cambiado radicalmente; muchas cosas pasaron en ese lapsus, y no fueron precisamente buenas... para variar. Y, ahora, este nuevo "yo" estaba plantado delante de toda esa gente que no me habían visto en la vida. ¿Qué decirles? ¿Cómo explicarles que, esta vez, no era una personalidad pasajera? ¿De qué forma dar a entender que no era un ente falso y vacío, sino alguien real? No podía. No. Ya no.
"¡Oh, cuánto tiempo!"
Falsedad.
Una respuesta hueca, manifestada por puro compromiso.
Mis venas no ardían así como mi pulso era llano; pero, al final, no podía evitar sentir una disconformidad en mi interior: una soledad abrumadora que, en realidad, podría confundirse fácilmente con mi melancolía resentida o, incluso peor, ser todo aquello una nueva emoción nacida del fruto salvaje y maléfico de las anteriores. Sin ir más lejos, decir que hacía daño. Un dolor nuevo; seco, maduro.
Y seguían sin recordarlo, en ningún momento.
Lo único que necesitaba para calmarme.
Esa mirada de alivio que no existía en sus rostros, ese acercamiento resquebrajado por culpa de mis pecados; una simple sonrisa por su parte, mientras decían lo único que ya no es mío; aquello que perdí tras tanto distorsionar, y olvidar por completo:
Su regalo.
Mi "nombre".







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