[One-Shot] La lucha interminable
Bueno, como sabrán, está ese asunto de las tribus y... Well, crud. Como yo también pertenezco a una y esta es mi zona, voy a honrarla con un one-shot.
¿Honrarla? ¿Seguro? [?]
No es que fuera uno de los escritos más geniales, pero creo que logré transmitir lo que quería.
¡Coooomo sea, os dejo este escrito! Espero que os guste :33
¿Honrarla? ¿Seguro? [?]
No es que fuera uno de los escritos más geniales, pero creo que logré transmitir lo que quería.
¡Coooomo sea, os dejo este escrito! Espero que os guste :33
La lucha interminable
(Un corto de Hélix vs Domo)
(Con Ámbar incluido)
(Un corto de Hélix vs Domo)
(Con Ámbar incluido)
Spoiler
Hace miles de años, en el centro del universo, dos monstruos abismales se disputaron el reinado de aquel cúmulo de estrellas. Estos dos dioses acuáticos híperespaciales se hacían llamar Lord Hélix y Domo. Ambas fuerzas lucharon fieramente, manchando la oscuridad con las gotas de su sangre. Sin embargo, agotados de defender su propio sentido del orden, durmieron eternamente, dejando al universo campar por sus anchas.
Aquellas gotas de vida viajaron hasta varias tierras. Muchas de ellas se evaporaron o congelaron debido a las condiciones adversas de esos mundos. Pero hubo uno por donde se dejó manchar. Y fue entonces cuando diversas criaturas vieron la luz del día, ignorantes sobre sus orígenes.
Todos vivían en paz y armonía. Colaboraban juntos para sobrevivir. El hambre era fácil de saciar, y siempre se repartían los recursos. Era una época de oro por donde no había dificultades y todo parecía estar aprendido...
Hasta que Ámbar descendió.
El plantó la semilla de la discordia. Convenció a todos los seres vivientes que debían enfrentarse, pues su sangre no podía ser mezclada, y que eran demasiado distintos como para regocijarse. También los llenó de ambiciones y deseos, aspirándoles a tenerlo todo por la gloria de sus padres.
Entonces fue cuando, por llevarse el reino, ambos bandos se enfrentaron, con sus respectivos líderes e ideologías. Los hijos de Domo defendían la concordia y la resignación de las ideas individuales por el bien común. Los del Hélix defendían la persecución de sus ambiciones y la plena libertad incondicionada como estilo de vida.
La batalla se prolongaba con fervor. Ámbar disfrutaba con aquella vista, cómo los pokémon se peleaban sin tregua. Mas se dio cuenta de una cosa, y es que, gane el bando que gane, él seguiría sin ser el rey. Aquella plaga amenazaba con dejarle sin diversión, pues entre iguales nunca habría conflicto.
Así que creó a los humanos para que los pokémon fueran sublevados y controlados. Con su naturaleza egoísta, ellos serían los que ocuparían el mundo por él, y actuarían bajo su silencioso mandato, entreteniéndole cuando él lo quisiera con sus batallas.
No por mucho tiempo.
Entre tantos tumultos y ruidos, los dos seres abismales despertaron enfurecidos por aquel golpe de estado. Fue entonces cuando ambos pactaron. Cada uno elegirían a cinco humanos, revelándoles su existencia, y los ordenarían a luchar contra Ámbar, juntos. Entonces, los diez guerreros honraron a sus dioses, enfrentándose a los devotos del Soberano, y juntos lo sellaron en la resina de Árbol Sagrado.
Mas aún no reinaba la paz. Ahora que la Tierra fue liberada de Ámbar, los elegidos debían disputar la tierra por sus amos.
Ambos bandos formaron dos ciudades. Con la libertad presente en sus mentes, los cinco del Hélix fundaron una ciudad que estaría sobre las nubes; una utopía de libre albedrío y diversidad del cual Bird Jesus estaría orgulloso. Los devotos del Domo optaron, como símbolo de su causa, el agua; y por ende, construyeron otra urbe por debajo de las aguas, en el nombre de la adaptabilidad e igualdad.
La ingenua humanidad también se dividió. Todos aquellos, pensando que eran completamente distintos, empezaron a derramar la sangre los unos a los otros. Las bombas aéreas hendían de muerte a los pacíficos peces, mientras que los misiles se llevaban a los únicos que podían alzarse al aire. Mientras, aquellos que levantaron sus muros en sus tierras permanecían quietos, tan solo planificando cómo derrocar a su enemigo y usar sus efectivos.
Pero ambas fuerzas estaban bastante igualadas. Los antiaéreos desarrollados por la República Flareon eran los mejores que podían hacer, mientras que la altura de Ciudad Pidgeot los protegía de su ira.
Fue entonces cuando dijeron basta.
Pronto los seres humanos se dieron cuenta de los errores garrafales que estaban cometiendo. Con la hambruna azotándolos cual plaga, ellos negaban participar más en la causa de los elegidos, pues empezaron a preguntarse si aquellos contrarios merecían tal maltrato. Con firmeza, el pueblo denunciaba. Protestaba. Se oponía. Dejaban de creer en líderes. Dejaban de tomar las causas de otros como las suyas propias, y actuaban con violencia.
Estaban acorralados. No podrían cumplir los propósitos de sus dioses si su pueblo se rebelaba. No tardaron en abandonar sus ideales, imponiendo sus convicciones con la fuerza, eliminando a aquellos que no apoyaban sus decisiones ni campar por sus anchas. La anarquía y la democracia murieron como tal. Solo quedó como un eufemismo de los cuales ocultaban la palabra “dictadura”.
Pero para mantenerlo, debían ganarse su respeto, su confianza. Y era usando sus armas más mortíferas para acabar de una vez por todas con la victoria.
Desde el cielo, grandes polillas dejaron caer polvo purpúreo que coloreó los cielos de ese mismo color. Aquella nube tóxica que se esparcía por el océano se disolvió en el agua, emponzoñando a todos los que vivían tranquilamente, matando a sus habitantes sin poder hacer nada al respecto. Todo lo que bebían y comían los enfermaba de tal modo que la muerte llegaba a arrebatar directamente sus almas.
Pero a la vez, aquellos fieles al Hélix recibieron otro regalo de parte de sus eternos enemigos.
Calor.
Antes de que el veneno contaminaran su santuario, los del Domo usaron el Fuego del Profeta para calentar los aires y liquidar así el sustento que los mantenía por encima de las nubes. Pronto las máquinas sucumbieron a las altas temperaturas. Y entonces, la ciudad del cielo cayó en picado mientras que sus enemigos se pudrían con el veneno.
Los daños fueron incalculables. Aparte de que aquellas dos multitudes guerreras habían caído, las fichas caían, una por una. Aquel inusual calor se expandió por todos los rincones del planeta, acabando con aquella idílica temperatura que permitía la existencia de la vida, quemando plantas y seres inocentes. Y junto a ese sofocante ambiente, las aguas se alzaban a los aires en forma de gas; mas también lo hacía las sustancias tóxicas. Fue entonces cuando, viajando por los rincones fríos, esterilizando las tierras por doquier.
La resina se disolvió. El sello de Ámbar fue quebrado, y volaba de nuevo libre por los confines del universo. Los acorazados abismales no pudieron resolver sus conflictos ni tener una multitud mortal que venerara a uno de los dos. De nuevo tenían que blandir sus cuchillas y disparar sus armas, para ver quién sería el dueño de aquel basto espacio.
Aquellas gotas de vida viajaron hasta varias tierras. Muchas de ellas se evaporaron o congelaron debido a las condiciones adversas de esos mundos. Pero hubo uno por donde se dejó manchar. Y fue entonces cuando diversas criaturas vieron la luz del día, ignorantes sobre sus orígenes.
Todos vivían en paz y armonía. Colaboraban juntos para sobrevivir. El hambre era fácil de saciar, y siempre se repartían los recursos. Era una época de oro por donde no había dificultades y todo parecía estar aprendido...
Hasta que Ámbar descendió.
El plantó la semilla de la discordia. Convenció a todos los seres vivientes que debían enfrentarse, pues su sangre no podía ser mezclada, y que eran demasiado distintos como para regocijarse. También los llenó de ambiciones y deseos, aspirándoles a tenerlo todo por la gloria de sus padres.
Entonces fue cuando, por llevarse el reino, ambos bandos se enfrentaron, con sus respectivos líderes e ideologías. Los hijos de Domo defendían la concordia y la resignación de las ideas individuales por el bien común. Los del Hélix defendían la persecución de sus ambiciones y la plena libertad incondicionada como estilo de vida.
La batalla se prolongaba con fervor. Ámbar disfrutaba con aquella vista, cómo los pokémon se peleaban sin tregua. Mas se dio cuenta de una cosa, y es que, gane el bando que gane, él seguiría sin ser el rey. Aquella plaga amenazaba con dejarle sin diversión, pues entre iguales nunca habría conflicto.
Así que creó a los humanos para que los pokémon fueran sublevados y controlados. Con su naturaleza egoísta, ellos serían los que ocuparían el mundo por él, y actuarían bajo su silencioso mandato, entreteniéndole cuando él lo quisiera con sus batallas.
No por mucho tiempo.
Entre tantos tumultos y ruidos, los dos seres abismales despertaron enfurecidos por aquel golpe de estado. Fue entonces cuando ambos pactaron. Cada uno elegirían a cinco humanos, revelándoles su existencia, y los ordenarían a luchar contra Ámbar, juntos. Entonces, los diez guerreros honraron a sus dioses, enfrentándose a los devotos del Soberano, y juntos lo sellaron en la resina de Árbol Sagrado.
Mas aún no reinaba la paz. Ahora que la Tierra fue liberada de Ámbar, los elegidos debían disputar la tierra por sus amos.
Ambos bandos formaron dos ciudades. Con la libertad presente en sus mentes, los cinco del Hélix fundaron una ciudad que estaría sobre las nubes; una utopía de libre albedrío y diversidad del cual Bird Jesus estaría orgulloso. Los devotos del Domo optaron, como símbolo de su causa, el agua; y por ende, construyeron otra urbe por debajo de las aguas, en el nombre de la adaptabilidad e igualdad.
La ingenua humanidad también se dividió. Todos aquellos, pensando que eran completamente distintos, empezaron a derramar la sangre los unos a los otros. Las bombas aéreas hendían de muerte a los pacíficos peces, mientras que los misiles se llevaban a los únicos que podían alzarse al aire. Mientras, aquellos que levantaron sus muros en sus tierras permanecían quietos, tan solo planificando cómo derrocar a su enemigo y usar sus efectivos.
Pero ambas fuerzas estaban bastante igualadas. Los antiaéreos desarrollados por la República Flareon eran los mejores que podían hacer, mientras que la altura de Ciudad Pidgeot los protegía de su ira.
Fue entonces cuando dijeron basta.
Pronto los seres humanos se dieron cuenta de los errores garrafales que estaban cometiendo. Con la hambruna azotándolos cual plaga, ellos negaban participar más en la causa de los elegidos, pues empezaron a preguntarse si aquellos contrarios merecían tal maltrato. Con firmeza, el pueblo denunciaba. Protestaba. Se oponía. Dejaban de creer en líderes. Dejaban de tomar las causas de otros como las suyas propias, y actuaban con violencia.
Estaban acorralados. No podrían cumplir los propósitos de sus dioses si su pueblo se rebelaba. No tardaron en abandonar sus ideales, imponiendo sus convicciones con la fuerza, eliminando a aquellos que no apoyaban sus decisiones ni campar por sus anchas. La anarquía y la democracia murieron como tal. Solo quedó como un eufemismo de los cuales ocultaban la palabra “dictadura”.
Pero para mantenerlo, debían ganarse su respeto, su confianza. Y era usando sus armas más mortíferas para acabar de una vez por todas con la victoria.
Desde el cielo, grandes polillas dejaron caer polvo purpúreo que coloreó los cielos de ese mismo color. Aquella nube tóxica que se esparcía por el océano se disolvió en el agua, emponzoñando a todos los que vivían tranquilamente, matando a sus habitantes sin poder hacer nada al respecto. Todo lo que bebían y comían los enfermaba de tal modo que la muerte llegaba a arrebatar directamente sus almas.
Pero a la vez, aquellos fieles al Hélix recibieron otro regalo de parte de sus eternos enemigos.
Calor.
Antes de que el veneno contaminaran su santuario, los del Domo usaron el Fuego del Profeta para calentar los aires y liquidar así el sustento que los mantenía por encima de las nubes. Pronto las máquinas sucumbieron a las altas temperaturas. Y entonces, la ciudad del cielo cayó en picado mientras que sus enemigos se pudrían con el veneno.
Los daños fueron incalculables. Aparte de que aquellas dos multitudes guerreras habían caído, las fichas caían, una por una. Aquel inusual calor se expandió por todos los rincones del planeta, acabando con aquella idílica temperatura que permitía la existencia de la vida, quemando plantas y seres inocentes. Y junto a ese sofocante ambiente, las aguas se alzaban a los aires en forma de gas; mas también lo hacía las sustancias tóxicas. Fue entonces cuando, viajando por los rincones fríos, esterilizando las tierras por doquier.
La resina se disolvió. El sello de Ámbar fue quebrado, y volaba de nuevo libre por los confines del universo. Los acorazados abismales no pudieron resolver sus conflictos ni tener una multitud mortal que venerara a uno de los dos. De nuevo tenían que blandir sus cuchillas y disparar sus armas, para ver quién sería el dueño de aquel basto espacio.








