[Fiction] My Soul Divides


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NOTA: NO TOLERAMOS PERSONAS SIN GOTA DE CREATIVIDAD O POCA DIGNIDAD QUE DISFRUTAN RECIBIR MÉRITO POR EL TRABAJO DE OTROS, ASI QUE SI RIPEAS ESTE FICTION ATENTE A LAS CONSECUENCIAS.
SINOPSIS
Galaz ha quedado solo en el mundo, y sobre su conciencia pesa el recuerdo de una vida que antes fue maravillosa. Ahora no tiene a nadie, ni puede permitirse mostrar su debilidad ante los demás; porque él guarda un terrible secreto, un don que le atormentará por siempre. Y esa cruz es que, su alma, no es realmente suya.
ÍNDICE
- Prólogo (en este mismo post)
- Capítulo 1
- Capítulo 2
PRÓLOGO
HALLOWEEN
HALLOWEEN
Hacía frío. Eran mediados de Otoño. Podía ver en sus rostros excitación, provocado por un odio tan profundo como el sufrimiento de sus corazones. Deseaban sangre y muerte; cenizas esparcidas por el suelo, como las hojas que caen siempre durante las fechas. Pobres ignorantes. Incluso los ancianos parecían niños de rumbo perdido; aunque, claro estaba, para ella todos eran unos críos. Durante su larga vida, no era la primera vez que presenciaba algo parecido. Pero, esta vez, sí que fue de la forma más descarada y aberrante. ¿Quemar viva a una anciana? La curandera, la filósofa, la erudita. Hombres que dicen desear el conocimiento, pero que se niegan a éste si viene de algo tan común como una mujer. Igual con los creyentes, prefiriendo el dogma sobre la razón; podrían haber escogido ambos bandos, incluso, pero sus mentes eran demasiado cerradas para todo ello.
Pero lo peor eran las jóvenes muchachas.
Éstas no tuvieron tanta suerte como ella, pues antes de su crematorio en vida debían sufrir el peor de los crímenes en sus cuerpos: la deshonra por abuso. Y no eran ni más ni menos que los grandes obispos quienes, tras proclamar pueblo por pueblo el valor del celibato, desfogaban sus bárbaros instintos en dichas desgraciadas.
Absurdo. Todo ello aberrante, aterrador y sinsentido.
Todo aquello provocado por el poder de la simple ignorancia, y la verdadera naturaleza cruel de quienes buscan falsamente la gloria eterna.
Pero, ¿quién fue la que ayudó a parir a sus mujeres? ¿Quién fue la que cuidó a sus hijos y los curó cuando enfermaban? ¿A quién le deben la vida los peregrinos?
Nadie dijo nada.
Callaron mientras veían la escena, al igual que Judas una vez vendió a Jesús. Una hipocresía soberana sobre sus conciencias, donde éstas esperaban la salvación de su alabado Señor ante una satánica magia: la ciencia.
Ella dudaba que, en aquél momento, a Dios le hiciera mucha gracia el pensamiento de sus seguidores. Se preguntaba si no era debido a cosas como esas que jamás regresara a la Tierra, ni siquiera su amado hijo.
El verdugo, a quién una vez salvó de una fiebre mortal, ahora empuñaba una gruesa rama de roble blanco; esta sería prendida bajo el picar de dos piedras y, al momento, se convertiría en la antorcha que proclamaría su sentencia.
La paja empezó a humear.
Luego vino la chispa, el brillo y la llama.
Se extendió rápidamente por el poste de madera, donde había sido amarrada bajo cuerdas de pescador. Sentía el ardor en sus pies, ya cansados de luchar, y más tarde notaría el profundo dolor que se uniría a un hedor putrefacto.
Intentó no gritar ni llorar. Pero fue totalmente en vano.
Entonces, quizá despechada por la traición de su propio pueblo, quizá debido a conocer lo absurdo de la situación y la injusticia, o simplemente a causa del sufrimiento de su carne bajo el fuego, los maldijo:
«Ustedes llegarán a lo más alto, rozando el Cielo al que tanto anhelan y temen; pero recuerden bien esto, ya que solo podré decirlo una vez: cuando hayan llegado a la cima, y rocen tal paraíso inimaginable con la punta de sus dedos, caerán. Y descenderán de tal forma que, cuando crean haber tocado el suelo, lo traspasarán hasta llegar al límite de los infiernos. Estaré allí para verlo, esperándoles; en cada momento, en cada reflejo tras el espejo. Les esperaré y, una vez se estrellen, se lo haré pagar y entonces preferirán haber visto al Diablo. ¡Lo juro por siempre, y para siempre! ¡Por los siglos de los siglos! Amén.»
Después de aquello, ya no pudo sentir nada. Todo quedó en el más profundo y puro blanco. Se vio ascender a si misma, separándose de su propio cuerpo. Allí estaba ella, atada en aquél poste, con la carne ya tan dorada que parecía un pavo, los ojos amarillentos y espuma por la boca. Una visión realmente desagradable. Pero, por alguna razón, ya no le preocupaba; ni su carne chamuscada, ni el tétrico regocijo de las gentes, ni la conciencia impía de los obispos. Todos ellos comprendían tan poco. ¡Ah! No sabían nada. Pero ahora ella lo sabía. Sí. Ahora lo comprendía con claridad: que todo era uno, y que nada quedaba desenlazado.
Se sentía llena, más viva que nunca lo había estado en vida. Creía comprender cosas que antes le fueron imposibles, y se dio cuenta de que aquella mujer atada en la hoguera ya no era ella. No. Ya no.
Después la ascensión hacia el oscuro cielo del ocaso, que pareciera el túnel de alguna cueva. Luego, de una forma cálida y amable, se dejó abrazar por la luz.





















