Otra vez. Otra vez sentía un tacto helado en sus pieles. Sumida en la oscuridad, siendo completamente sensible a aquel misterio que le rodeaba. Vagamente recordaba todo lo que había ocurrido. Su enfrentamiento, su repentina llegada y luego... su desvanecimiento.
Tenía frío en el brazo derecho. Había caído en la alfombra, ¿no era así? Y entonces, ¿por qué? ¿Por qué tenía la sensación de que su cuerpo estaba gélido y tieso? Pensó que quizá haya...
No. Ni hablar. No podía ser. ¿Muerto, ella? ¡Jamás! Era consciente. Tenía todos los sentidos en su sitio. ¿Qué otra cosa le podría faltar? ¿Quizá la vista? ¿Solo porque estaba en plena penumbra? Pero si bien no podía ver otra cosa que negro, sería que estaba en el limbo. Y sumando eso con el frío, era incuestionable que no estaba en el mundo físico. Tenía grandes heridas y mucha pérdida. Por supuesto no podría haber salido impune de aquellas hendiduras. El resultado de aquello era inequívoco.
Pero entonces recordó que también tenía párpados.
Fue levantando la espalda lentamente mientras intentaba quitarse las molestas legañas. Cuando sus ojos abrieron, volvió a encontrarse con esos nobles estampados, junto con esa ventana que mostraba los claros cielos del planeta nuboso. Esta vez, no obstante, solo veía un horizonte que dividía el vacío espacial con la atmósfera de los recuerdos. Aunque sin línea divisoria, las luces separaban claramente los extremos de la vida y la muerte.
Había vuelto a Paraíso una vez más.
Se apoyó en la cornisa con los brazos cruzados mirando al vacío. Jamás pensó que iba a terminar varada en aquel sueño constante. No, nunca pensó que se enfrentaría a la misma muerte al entrar. Era un juego, ¿no? ¿Entonces por qué tal serias consecuencias? Ya imaginó que crear un nuevo mundo sería muy costoso, ¿pero tanto?
Fue ingenuo pensar que escaparía de ese destino. Por lo menos el limbo era bastante confortable.
Bajó la vista a las calles para contemplar la opulenta arquitectura de la ciudad. La gente de marfil caminaba por las calles, como era de esperar. Pero algo se sentía diferente entre la multitud. Normalmente iban apacibles, entre risas y felicidad en direcciones variadas. Sin embargo, la multitud estaba yendo hacia una sola calle. ¿Era un evento, un suceso? No lo tenía claro.
Debía salir y ver qué pasaba.
Sin embargo aquella torre no tenía escaleras. Era solo esa habitación y nada más. Ni pasillos ni escalones en caracol. Junto con todo el mobiliario, claro estaba. A no ser que la cómoda tenga toda una pila de sábanas, no podría bajar por la ventana.
Algo se le pasaba. Sabía que había algún modo; pero no se le ocurría ninguno.
Miró el suelo una vez más, quejándose internamente de que no hubiera ni un ascensor que la llevara abajo. Se fijó en un reflejo plateado que protegía una cabeza blanca que la miraba desde abajo.
¿Quién era? ¿Por qué la miraba tanto? Era como si la conociera o algo.
Fue entonces cuando empezó a hacer señas con su cuerpo. Estaba agitando el brazo de arriba a abajo, como si quisiera que bajara.
Ella negó moviendo su cabeza de un lado para otro, diciendo que no podía. Después este aleteó sus brazos de abajo a arriba. ¿¡Pero estaba loco!? ¡Ella no podía volar!
Visto que Samantha no hacía nada para bajar, el caballero se rascó su mentón, hasta que se le pasó la brillante idea de poner sus brazos en forma de cuña.
Era como si pretendiera rompérselos con su propio peso. En un principio se negó a tirarse. ¿Pero qué otra opción había? Además, ya estaba muerta. Como mucho se rompería unos cuantos huesos.
Se subió a la ventana y puso los pies sobre el borde. Aún tenía miedo. Pero si quería saber, tenía que dar ese paso al vacío.
Dejó caer su poco peso hacia abajo. Pudo sentir como el viento rozaba su tez mientras aquel sujeto se ensanchaba. Estaba preparada para estrellarse. Ni siquiera le tentaba gritar.
Aún así, pudo asentarse en los fuertes brazos del caballero, pese a la gran fuerza de la gravedad.
Luego sus miradas se encontraron. Los colores del ser blanco subieron hasta el medio de su cara como si una dama hubiera caído del cielo. Ella, en cambio, pensaba en una sola cosa:
─¿Te importaría bajarme, por favor?
Dio un suspiro. Dejó que pusiera los pies en tierra y siguieron a la multitud, al fin. Varios susurros y murmullos podían oírse entre la multitud. No podía entender muy bien las palabras que aquellos acorazados pronunciaban. Pero no había duda de que era un suceso extraordinario. Se preguntaba qué podía ser aquello que tanto captó la atención al pueblo.
La marea de marfil detuvo su curso. Se habían parado frente a una plaza algo elevada, rodeada por doce farolas, seis de las cuales se iluminaban con distintos colores. El centro de ese nuevo rincón relucía colores cálidos, desde naranjas hasta rojos y amarillos. Era como una cúpula anclada al suelo, cuya disposición dibujaba un reluciente sol veraniego. Recordaba vagamente andar por aquellas calles; sin embargo aquella rotonda no se le hacía nada familiar. Y asumía que a la gente circundante tampoco. Todo y que el brillo del citrino encandilaba, nadie podía contemplar su belleza sosegadamente. El desconcierto estaba en el aire.
Un astro. Doce luces.
¿Qué significaba todo esto?
Estaba empezando a doler la cabeza a horrores. Empezaba a perder el equilibrio en medio de la calle. Su vista empezaba a emborronarse mientras luchaba por mantenerse de pie.
Nada. No lo lograba. Solo daba unos tumbos que desembocó en un desmayo. El noble caballero la tomó con sus brazos antes de que la espalda chocara contra el suelo. Trataba de reanimarla, con el mejor de sus ánimos. Pero por mucho que Samantha quisiera permanecer en ese mundo, iba hundiéndose cada vez más en la oscuridad.
De pronto, el calor volvió a su cuerpo.
Sentía un ligero velo cubriéndole de pies a cuello. Cosa extraña, pues no recordaba el haberse metido a la cama. Abriendo los párpados, pudo ver aquella inconfundible lámpara modernista que colgaba del viejo techo.
No tenía duda alguna. Había vuelto a su habitación.
Tenía que levantarse. Su cabeza estaba llena de dudas por responder. Mas al mínimo movimiento tuvo que volver a tumbar la espalda. El horrendo dolor de abdomen había vuelto a las andadas.
No, no era lo único que escocía de dolor. Sus brazos también rabiaban; no tanto como para tenerlos completamente inmóviles, pero sí para que le resultaran más pesados. Las piernas también corrieron por la misma suerte.
Luego el corazón dio un vuelco muy brusco.
─No recomiendo ningún movimiento brusco. Esa herida casi llega a provocar daños severos en el estómago.
¿Pero de quién era esa voz? De Vergel no, desde luego. Su guía tenía una voz más infantil.
─También tienes las extremidades ligeramente laceradas y quemaduras de segundo y tercer grado en el cuatro por ciento del cuerpo. Se requirió una limpieza de las heridas, puesto que me informaron de un contacto directo con plomo en la sangre. Tuve que prescindir de la indumentaria para tratarlas debidamente. Espero que no te importe.
¿Prescindir de la ropa? Ahora que lo decía, no notaba la tela que llevaba consigo. Hizo un pequeño esfuerzo por levantar el brazo derecho. Tal y como dijo; tenía vendas envolventes en vez de las mangas rojas que llevaba consigo.
Pero su estado era lo que menos le importaba en esos momentos. Alguien le debía una explicación.
─¿Quién... quién eres?
Aquella alta figura sentada sobre la silla de oficina se levantó. Podía apreciarse una bata blanca colgando hasta las rodillas. Y no solo eso; aparte de sus pintas médicas había algo más que la desconcertaba.
Sus manos no eran blanquecinas, ni bronceadas; tampoco oscuras. Eran grisáceas como la piedra de pirita, cuyas venas lucían con sutileza un ocre amarillento. Alzando la vista podía apreciar mi corte a cero ligeramente ondulado y un par de cuernos tricolores también con ondas; uno de ellos terminado en una puntiaguda estrella.
─Permítame que me presente; mi nombre es Arthur Miller y seré su médico durante esta sesión; suyo y el del resto de integrantes.
─Oh. Está bien.
Espera, ¿qué acababa de decir? ¿Estaba dejando que un ser extraño desconocido de pequeños y puntiagudos colmillos y amarillas córneas sea su asistente médico? ¡Cómo! ¡Era insólito! ¡Y encima le había quitado la ropa sin su consentimiento! ¿¡Pero cómo osa!?
Estaba haciendo una montaña en un grano de arena. Su vida ya no corría peligro, ¿verdad? Eso ya era mucho. No le iba a recriminar por ello.
Aunque eso no quitaba que le debiera unas cuantas explicaciones.
─¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Qué ha pasado? ¿¡Qué eres!?
─En orden inverso de las preguntas: soy un troll nato de Alternia de la baja casta; colapsó en medio de la habitación debido a la anemia causada por las heridas y su lusus guardián me trajo hasta aquí. Una extraordinada criatura, debo añadir.
─¿Lu... lusus? ¿Qué es eso?─no entendía nada con ese habla.
─Cierto. Los humanos ignoran gran parte de nuestro vocabulario. Traducido a su dialecto, es un ejemplar de fauna ajena que cría y protege a un humanoide, a la ver que usted le ofrece alimento y cobijo. Para entender lo que es, físicamente hablando, en su caso es... un pájaro. ¿Estoy en lo cierto?
¿Un pájaro? ¿Cronos? Imposible.
─Todo y que vi a un oryctolagus cuniculus totalmente alterado por su estado, así que no sé discernir cual de los dos son sus lusus realmente.
No entendía nada de lo que decía. Su cara lo decía todo.
─No importa; no hace falta que conteste. El caso es que está a salvo. Su vida no está en riesgo al menos. No obstante tendrá que permanecer en cama durante un periodo de dos semanas, por lo que no podrá explorar los alrededores.
─¡E-espera un momento! Tengo que hablar con mis amigas.
Intentó levantarse una vez más. De enseguida se resintió.
─Por favor, no sea terca. Si se opone, tendré que amarrarla a los mástiles, y no es buena idea, considerando que la sangre tiene que fluir.
─Pe-pero mis amigas....
─No te preocupes; ellas están debidamente informadas sobre tu actual estado. Tu... conejo común se encargó de notificar tu situación. No obstante, debo de informarle de que uno de ellos le urgía hablar contigo. La razón de ello es... inespecifica, no ha dicho por qué.
─¿Quién?─preguntó.
─Alguien de trollslum... o debería de decir pester, sí... windyGamer.
WindyGamer. ¿De qué le sonaba? Conocía a alguien que se auto-proclamaba hijo del viento y le encantaba los videojuegos. Pero ahora no podía pensar en alguien de esas características.
Salvo...
¡William!
Ya estaba. Otra razón para levantarse. Necesitaba que le asentara frente al ordenador, y rápido.
─Tengo... tengo que hablar con él. ¡Déjame levantarme!
─No puede, a no ser que pasen dos semanas. Ah, pero espera, ese afán por contactar tiene que ser la problemática que le impide reposar. No se preocupe; le pondré a su disposición un dispositivo que le permita contactar con sus amigos vía Pesterchum. También podrá atender a las necesidades del clente, si lo requiere.
─¿Me... me facilitarías ese trabajo?
─Por supuesto. Todo sea por mantenerla estable. Solo espera dos minutos.
El troll se retiró un momento. Exactamente al último segundo del minuto, volvió a entrar con una especie de tabla mediana de un solo botón en la parte de arriba. Parecía uno de esos ordenadores planos que usaban los tripulantes de la Entreprise para revisar el estado de las máquinas. Arthur le cedió el artefacto de alta tecnología.
─He tenido que tomar veintiún alijos de grist de su cuenta. Te faltan treinta-y-dos ahora, espero que no te importe. Si siente alguna molestia, por favor no dude en llamar. Estaré en el piso inferior.
─Vale, muchas gracias.
Al fin sola. Ahora podía ver su lista de conectados, todo y que debía de configurar la tableta. Dios, ¿pero qué eran todas esas letras? No podía entender nada.
Se fijó que había un menú desplegable para seleccionar la fuente. Tenía que cambiarla a una Times New Roman.
Ya estaba. Era sobrio, pero era algo que no le molestaba en absoluto; era su estilo, después de todo. El siguiente paso sería configurar SBURB; todo y que no fue necesario. Nada más recoger la IP pudo identificar quién era y recoger todos sus datos para luego mostrarlos en una ventana de confirmación. Tan solo dar a aceptar, podía ver el balcón de máquinas que ella creó. ¿Y Amber qué hacía?
Chateando, parecía. Ya le dirá algo en cuanto se conecte.
Y por último, el Pesterchum.
Otra cosa sencilla. Tan solo era introducir nick, contraseña...
¡Et voilà! La lista de contactos se mostró a lo largo y lo ancho de la pantalla táctil. Todos sus contactos estaban activos, incluso Silvia. Y ella no era precisamente nadie que trasnochara para una noche de cháchara.
Luego se fijó que tenía un contacto de más.
-talkingChaplin [TC] empezó a trollear a windyGamer [WG] a las 5:07-
TC: ¡Will!
TC: Soy yo, Sam.
Pero para entonces, tuvo la conversación más corta de toda su vida.
-windyGamer [WG] huyó de talkingChaplin [TC] a las 5:07-
¡Demontre! Se había desconectado. O al menos eso esperaba. Esos mensajes de salida hacían ver a todos como unos cobardes. Aunque eso era lo de menos. ¿Y si algún soldado lo había pillado intentando contactar con alguien fuera del Reino Unido?
No. No. Estaba bien. ¡Tenía que estarlo!
Pronto empezaron a reclamarla. O mejor dicho, incordiarla.
-poisonousCheeshire [PC] empezó a molestar a talkingChaplin [TC] a las 5:09-
PC: tiiiiiiiaaaaaaaaaaa
PC: anda q no te djo vien wapa el grizitto ese e
PC: precias una pta momia prno xavala
TC: Supongo que es normal que me deje como una momia.
TC: Venía herida
PC: shhhhhhhhh
PC: no mientas
PC: lo e bisto tdo e
PC: dioooooooooooooo me pika cn solo pnsarlo.
Ahí iba. Ya empezaba a malpensar las cosas.
TC: Griselda.
TC: No.
PC: griselda si
PC: k vi komo t rasjava la kamisa
PC: i esos komentrios k dava
PC: ui ui
Por desgracia, aquellos turbios pensamientos eran contagiosos a más no poder. Y además, debía de tener en cuenta que era su servidora. Podría haber sido testigo ese tipo de pecados. Que fuera su médico no quitaba el hecho de que fuera un alien. ¿Y si le hizo un sondeo?
Pero las cosas estaban en su sitio. Al menos lo sentía así.
Tenía que preguntarle, solo por si acaso.
TC: Oye.
TC: ¿No me habrá...?
PC: pfffffffft
PC: la verdad
PC: keria jdrte un poco
PC: ahora k si t mirava con un interes ke...
PC: ke ke keh
TC: Griselda, déjalo
TC: No estoy para que insinúes... cosas, ¿vale?
PC: bes lo ke t decia?
PC: sosa!
PC: abvurrida!
PC: x cierto
PC: refiviste el mensajito de willi wonca?
TC: Hm.
TC: No.
TC: Me dijeron que intentó hablar conmigo y que le urgía hablar.
TC: Pero no me dijeron por qué.
PC: baia ptada
TC: ¡Lo encontré conectado!
TC: Pero se fue nada más enviarle el primer mensaje.
PC: a mrda ke s le kallo el internete
PC: jder pos t keria dcir el
PC: ke
TC: ¿Sí?
PC: le kaes mal i ke t ba a avandonar komo amigo
Griselda se rió a descontroladas carcajadas poniendo jotas, as y cualquier otra letra por doquier. A Samantha, sin embargo, la broma no le hacía ni pizca de gracia.
PC: no ahora en srio
PC: keria dcir ke ia encontro refujio e internet por fin
TC: ¿¡De verdad!?
PC: yup
PC: ai, pro povrefin povreton
PC: el povre piyuelo no save ke sto s ira a la mrda mayana
PC: aunke as afelerado l profeso tu
PC: tenerife s ifo ayicos t enteras?
PC: i kasi tda canaria
PC: por ti
PC: pala persosa
PC: insensivle
PC: ASESINA
No podía ser. Ya sabía que tendría que sacrificar a tantas vidas para salvar a sus seres queridos. Pero nunca pensó que llegaría a tal devastadora magnitud como para acabar con todo un archipiélago. Había sumido en caos a su mundo. Y pensar que sería un proceso lento...
Pero ella no hizo nada malo. El planeta ya estaba condenado, ¿o no?
Por otra parte, podía considerar ese trágico suceso como un indicio. No había tiempo que perder. Tenía que hacer entrar a su hermana, y rápido.
TC: Vale.
TC: Es una señal.
TC: Tienes que entrar tú también.
PC: al juego asesino
TC: …
TC: Sí.
TC: Tendré que meterte yo, ¿no?
TC: O... ¿cómo funcionaba esto?
TC: No sé si había una norma que especificaba a servir solo una persona.
PC: bleh
TC: Bueno, ahora lo comprobamos.
TC: Tengo el juego aquí. Puedo atenderte, tranquila.
PC: muxas grafias mami
PC: pro ya tngo a alguien
TC: ¿Ah?
TC: ¿Quién?
Esperaba nombre. En vez de ello, tenía que recibir otro torrente de adjetivos.
PC: un tipo mu maho
PC: ercules
PC: tio caxas
PC: maxo
PC: vuenorro
PC: lo amo cn todo mi ser <3
Esta vez no esperó a que lo soltara todo. Tenía que interrumpirla ya.
TC: He dicho quién, hermana.
TC: No cómo es.
PC: buuuuuuu
PC: pro djame akabar
TC: No.
TC: Dime quién es.
PC: pro dja k te cuente
TC: ¿Tanto cuesta dar un nombre?
TC: ¡Vamos!
TC: Dime cómo se llama de una buena vez.
Finalmente se dispuso a revelar la identidad de su servidor. La respuesta que recibió no le gustó en absoluto.
¿Cómo podía ser? Ese hombre fornido mal educado, bien nacido en Bretaña y maldecido por las ideas noteamericanas; ese abusón que no paraba de incordiar a los débiles y maltratar a sus defensores; ese pedazo de burro cuya única mente estaba en sus fornidos músculos y las efímeras alianzas que creaba.
¡Ese hombre...!
¡ESE HOMBRE....!
Le hervía la sangre. Notaba cómo las costuras se tambaleaban con su agitada respiración. Aquella furia no hacía más que nublarle la mente e incitarle a decir barbaridades contra su propia hermana. No podía tolerar que encima le diga aquellos piropos de él frente suyo. Era algo que se negaba a consentir.
Pronto estalló. Empezó a decir todo lo que pensaba.
TC: De todos los servidores
TC: De toda la gente que habita en ese mundo
TC: De todos los amoríos que podías tener
TC: Tenía que ser precisamente con ÉL
PC: si C:
TC: ¡NI HABLAR!
TC: ¡NO VOY A ADMITIR ESTE INSULTO!
PC: ke?
PC: pro si no t dige nada sta bez
TC: ¿Tienes una mínima idea de con quién acabas de unirte?
TC: ¡Es Samuel II, por el amor de jesucristo!
TC: ¡Y tú también odias a nuestro tío!
TC: O sea, ¿¡cómo!?
TC: ¿¡CÓMO HA PODIDO PASAR!?
PC: mala prsona MIS GUEBOS
PC: s un pto justifiero
PC: sves k hifo e
PC: m slvo de una multitud furioza
PC: ivan a matarme samy
PC: si no zuera por el e
PC: staria muerta e
PC: asi ke no me seas ija de pta i agradefele de je este aki
PC: e
PC: k tmbien nos llevo con la iaia e
PC: asta nostros papis stan agradefidos cn el
PC: e
PC: me escuzas?
PC: insultale 1 vef i stas muerta
De ningún modo. Le insultaría con todo su volcabulario igual que Griselda hacía con todo el mundo. Después de todo, aparte que era otro gorila sin sesera, era además manipulador y traicionero. Se tomaba demasiadas libertades como macho alfa que creía ser.
Y era escalofriante cómo su influencia afectaba a Griselda. Desde luego no se creía toda esa historia del salvador. Era demasiado impropio de él.
No... no podía hablar con ella. No así.
PC: ke?
PC: t as kedado sin palabras ermanita?
PC: hah!
PC: tmes a ke tu propia ermana t mate
PC: puedo sntirlo
PC: tus felos
PC: tu envidia
PC: tu furia!
PC: t silencian
PC: t aturden
PC: i eso kerida
PC: es mi zuerfa
PC: no puedes contradefirme i decirme ke no baya kn el pr ke temes berme desenbolviendo tda mi negatividad i t reduzca al nivel d una kukaracha
PC: hah!
PC: eso t pasa con mterte cn kien no devias
PC: nadie insulta a mi salbador
PC: i ablando d salbar
PC: agradefe a ke me sake de ste infierno
PC: a mi a papa a mama i a la avuelita
PC: a ver si asi djas el tema de una bez
PC: e dicho
PC: idiota
Y entonces la bloqueó. ¿Para qué? Le había robado todas las palabras que tenía. Maldito sabueso fornido acosador. Ya solo su nombre traía conflictos consigo.
No podía aguantarse. Estaba agotada. Dejó la tabla a su lado relajó su musculatura, a ver si lograba volver a ese mundo idílico.
…
Bombillas candentes en lámparas de mesa iluminaban la mesa por donde el médico trabajaba sus tesis sobre anatomía mientras tomaba un cristalino vaso de agua y asistía a Chag por vía comunicador. El joven se estaba enfrentando a varios monstruos con su pistola de agua. Tenía una suerte abrumadora al tener contrincantes de un material tan vulnerable a la erosión como era la arena. Pero el cansancio le hacía mella. Y eso podía repercutir gravemente en su salud.
Tenía que aconsejarle un descanso. Tenía que estar en forma para seguir.
Luego miraba sus apuntes. Dibujos hechos por él al carbón mostrando esquemáticamente el exterior del cuerpo humano ocupaba toda una hoja, junto a un par de la anatomía troll, tanto masculina como femenina. Era increíble el parecido que tenían ambas especies; tenían extremidades prensiles, se sustentaban bajo dos piernas y compartían incluso el idioma, tanto el colonial como el nativo. Las únicas diferencias apreciables eran el tono de piel, ojos, dentadura y la presencia de cuernos. Algunos trolls tenían incisivos planos para cortar, igual que los humanos; pero gran parte de las castas o bien tenían dientes redondeados o afilados colmillos cuales depredadores.
A lo cual le llevaba... ¿los humanos también se dividían por castas sanguíneas o solo recorría carmín por sus venas?
Una presencia interrumpió sus estudios. Había entrado sin previo aviso, sin siquiera abriendo una ventana. Aquel ser nacido de las estrellas había acudido a sus espaldas una vez más. Pero no requirió piar para hacerse notar. Su ensanchada sombra se reflejaba a contraluz de la lámpara, dando su silueta.
─¿Hay otro favor que deba hacerte, número cuatro uno tres?─preguntó el troll nada más notar su presencia.
─Espiaba. Simple y llanamente.─contestó.
─¿Para qué propósito?
─Nada de tu incumbencia.
─¿Hay algún problema?
─Probablemente.
─¿De qué tipo?
─Estructurales.
─¿Más específicamente...?
─Seré claro, Arthur.─cambió su tono agudo por uno más áspero─: Desde que has llegado, no puedo disuadir nada más allá del presente. ¿Sabes qué significa esto?
─No.
─Pues sencillamente ha habido un cambio respecto a las... normas de este microespacio. Cuando las reglas cambian así tan repentinamente no suelen desembocar en nada bueno.
─Oh... en otras palabras....
─Sí; podrías haber condenado la sesión. ¡Aunque bueno, aún es pronto para saltar a esas conclusiones! Pero... necesito que me respondas unas dudas. ¿Tienes algo que ver con estas anomalías, Arthur?