Amrod, sentado en el cómodo sillón de terciopelo rojizo, apoyando elegantemente una pequeña libreta contra sus cruzadas piernas, en un gesto varonil, examinaba a la joven mientras tomaba nota.
—Muy bien, comencemos. ¿Está preparada?
Una mirada de desaprobación emanó de los oscuros, ya su vez brillantes, ojos color miel de la muchacha. Estaba un tanto consternada, frunciendo un tanto su fino ceño mientras comenzaba a mover los labios en algo ininteligible. Quizá un insulto.
—No es por nada, pero soy un chico…
Hubo un silencio.
La verdad, ahora que Amrod podía observar con detalle a su entrevistado, se fijó en que claramente era un hombre. No supo comprender como, por un instante, estuvo convencido de que había visto a una muchacha con ropa de hombre. Pero no, la vestimenta realmente concordaba con el género del portador.
—Discúlpeme usted, caballero— se disculpó —, con tanto ajetreo que llevo ya no sé ni lo que digo… ha sido un día duro.
—No se preocupe. Por suerte o desgracia, suele pasarme…
Amrod no comprendió bien a qué se refería con ese “por suerte”. ¿Quizá por los vestuarios del centro deportivo? Pero no era momento de rememorar ni pararse a pensar en tales cosas, pues debía comenzar con la entrevista cuanto antes; no podía andarse con las ramas en plena semana laboral, tenía una agenda muy ocupada.
—Bien, como iba diciendo… ¿Cómo encontró usted el foro?
Auri, el entrevistado, quedó pensativo durante unos segundos. Encaracolaba su largo, castaño y ondulado flequillo mientra hacía un gesto extraño en su expresión, como si le costara hacer memoria por algún motivo aparente.
Soltándose el pelo, comenzó su plática:
«Todo comenzó hará ya un par de generaciones, cuando los pitbull no eran considerados hadas y los dragones reinaban su tiranía en los vastos campos de cualquier región que se preciara. Eran tiempos oscuros, y a su vez hermosos.»
Era una mañana de verano, a mediados de la Cuarta Generación. Mientras en las lejanas tierras de Sinnoh recién comenzábamos a superar el despertar de Giratina, una potente noticia dejó huella en el mundo entero: las aventuras en Johto habían regresado. Tal fue la expectación de los entrenadores, que incluso yo mismo, junto a mi hermano, nos embarcamos en la más grande aventura en busca de la resurrección de Lugia y Ho-Oh; así como seguíamos la pista de rumores que apuntaban a que cierta divinidad había sido vista en las ruinas Tohjo.
—Bien— mi hermano mostró un enorme entuasmo—, ya era hora de algo bueno para variar. Handsome estaba empezando a mosquearme con sus desapariciones.
Aquél hombre era un buen detective, pero su mayor problema es que era demasiado excéntrico y siempre hablaba de alienígenas y una Guerra del Tiempo que no venía a cuento con nuestras conversaciones. Y estaba esa cabina de teléfono, de color azul… siempre me pareció sospechosa, aunque nunca supe bien porqué.
—Eso está genial hermanito mío, pero primero deberíamos buscar información en el PC de Ápel. Seguro que con la nueva aplicación que nos dio el profesor Serbal conseguimos encontrar alguna información de utilidad.
—Espera, ¿esa que se llama Gúguel? No se si deberíamos fiarnos de inventos no fabricados por Game Freak, yo es que desde que vi los PC que tienen esos tipos…
Mi hermano quedó pensativo, y después no dijo nada más.
En verdad no le faltaba razón en lo que dijo, al menos en parte. Si los aparatos de aquella gente que decían ser los dueños y creadores de nuestro mundo (¡menuda panda de lunáticos!) estaban tan avanzados, era porque formaban parte de una oficina empresarial. Y todo el mundo sabe, o eso me dijeron en Kanto, que unos PC como esos únicamente podían ser superados por una clase de gente llamada G.A.M.E.R.S.
Nunca supe qué significaban las siglas, y eso que incluso le pregunté a Bill.
La cuestión es que, una vez nos metimos en el PC de Ápel y fuimos a Gúgel, encontramos una página llamada CPokémon. Comprendimos al momento que era el servidor del propio Centro Pokémon y que, probablemente, allí hubiera mucha información útil para nosotros los entrenadores.
Pero hubo algo que no vimos venir.
Tras un tiempo utilizando la magnífica información de la página, con la que logramos domar al imperoso Giratina y aplacar la ira de Dios así como al pájaro sagrado y el guardián de los mares. Un día en el que viajé en el tiempo con Celebi para echar una mano al Pichu Picoreja me di cuenta de algo.
Una vez que vi el panorama existencial y paternofilial de Silver y Giovanni, antes de regresar pude ver cómo una niña en el Centro Pokémon (sí, me dio por visitar el sitio antes de volver a mi época, con la esperanza de ver a Gold y su Typloshion) se conectaba al servidor de CP y abría un lugar llamado Foro.
Fue entonces donde caí en la cuenta.
Pensé en registrarme, pero una vez Handsome, antes de volver a desaparecer en su extraña cabina de color azul, me dijo que si alguna vez viajaba en el tiempo que nunca intentara cambiar el curso de la historia. No entendí bien su respeusta cuando le pregunté el porqué, ya que me sermoneó con no-se-qué cosas de la Proclamación De Las Sombras y otras historias varias.
La cuestión es que hice caso a su consejo. No me apunté al Foro en el pasado, pero una vez regresé a mi tiempo en el presente sí que fui al primer Centro Pokémon y me registré. Aunque, para cuando ya estuvo todo tramitado, estabamos en plena Quinta Generación. Una lastima que terminara tan pronto, por cierto.
Y eso es todo.
Amrod cesó de escribir en su libreta, un tanto incrédulo ante lo que había escuchado. Se rascó su rubio y corto pelo mientras pensaba en qué decir o, mejor dicho, en cómo decir lo que sentía.
—Mira, esto… Auri.— su tono era de preocupación —¿Era necesaria tanta imaginación para explicarme una cosa tan sencilla?
Mirando fijamente a su entrevistador, Auri no comprendía lo que Amrod le decía. ¿Acaso no se creía lo de Celebi? Bueno, parecía comprensible. Pero, si ese no fuera el caso, la gran duda estaba en qué era en lo que dudaba el hombre de todo aquello.
—Si no entendiste bien algo lo repito, ¿acaso o te crees que capturara un legendario? Pues que sepas que yo llevé a Arceus a las Ruinas Tohjo, y me da igual lo que pienses porque es la verdad.
Silencio.
—A ver, Auri.—dijo Amrod —En el juego vale, en la vida real no.