[Oneshot] La mano blanca y el demonio de Lavanda
Esta historia cuando me la contaron no pude evitar hacer un "creepypasta" sobre ella, pero como no tengo muy claro de que esté a la altura de calificarse como tal (puesto que es la primera vez que hago uno) lo puse como "oneshot". Creo que será una buen relato para el evento de Halloween, ya me dirán a ver que les ha parecido.
La mano blanca y el demonio de Lavanda
¿Porqué el relato? Porque esto me sucedió a mí.
Yo pensé que todo lo que me habían dicho de Pueblo Lavanda era verdad. Pero no lo es. Yo era un entrenador pokémon originario de ciudad Azafrán, fui entrenado por la mismísima Sabrina, la lider de gimnasio; todos piensan que ella es cruel y malvada pero no es así, en el fondo es una buena mujer. Ella fue quien me entregó mi primer pokémon , un Abra que ahora es un Alakazam, y uno bastante poderoso la verdad. Cada vez que entrenábamos, Sabrina me preguntaba si quería quedarme un poco más; yo aceptaba pues, a diferencia de otras personas, era más amable con ella. Tal vez fuera porque no tenía padres, o quizá porque en el fondo sentía algo por ella.
Una noche que quedé a entrenar con Sabrina, una vez terminado el entrenamiento ésta me contó una historia que le contaron hacía tiempo.
—Oye… ¿Tu conoces Pueblo Lavanda?— preguntó Sabrina
—Ah, sí. Queda cerca de aquí… ¿Porqué?— respondí.
—Bueno, es que me gustaría contarte una historia, la cual me la dijo mi abuelo antes de morir. Él me contaba que en Pueblo Lavanda había gente que realizaba actos extraños, rituales satánicos y cosas de ese estilo… Dijo que una vez que fue a visitar la Torre Pokémon vio algo extraño, como una especie de pasadizo tras una tienda; entró y, después de lograr descubrir la salida terminó en una cueva; donde en el momento que entró en ella, una densa niebla empezó a surgir alrededor. Una vez logró ver bien el interior del lugar , pudo contemplar un camino rodeado por agua, donde al final de éste encontró a un entrenador. Después de aquello no recordó nada más de lo sucedido, donde al parecer su Mr. Mime lo sacó de allí.
—¿Porqué me cuentas esto?
—Sobre eso, mañana se supone que es la fecha exacta en que mi abuelo encontró ese pasadizo y quiero ir a ver si lo puedo encontrar. Pero con todos mis deberes como líder no puedo abandonar así sin más el gimnasio, y me preguntaba si…
—No te preocupes.— dije interrumpiéndola —Yo iré.
—¿En serio?— dijo Sabrina —Muchas gracias.
—Descuida.— dije yo —Para eso están los amigos.
—Amigos… no recuerdo tener amigos…— murmuró ella con cara triste.
A la mañana siguiente me dirigí a Pueblo Lavanda con mi Alakazam y el resto del equipo. No parecía haber nada fuera de lo normal, se veía tétrico tal como me habían dicho; esperé un tiempo explorando la Torre Pokémon, donde tras un buen rato logré encontrar el tan famoso pasadizo ( o se me apareció, pues juraría que ya había mirado por aquél lugar en concreto).
Dirigiéndome al pasadizo, una niña que no había visto se puso en medio y se dirigió a mí.
—¿Crees en los fantasmas?— me preguntó la chiquilla.
—Pues no, sinceramente— respondí yo.
—Jajaja yo tampoco.— dijo la niña con una sonrisa —Esa mano blanca en tu hombro no es real.— aquello sonó un tanto perturbador, pero no le dí más importancia, tomándomelo como una broma.
Tras aquello continué mi camino hacia el extraño pasillo, pero entonces la niña volvió a detenerme.
—Espera.
—¿Qué sucede?— pregunté yo.
—Me dijiste que no crees en fantasmas…— dijo la pequeña.
—Sí. ¿Por?
—A donde vas hay un maligno fantasma.
—¿A qué te refieres?— pregunté desconcertado.
—En ese lugar hay un espíritu maligno, lo llaman el rey de los demonios.
—¿Y tu como lo sabes?— realmente no entendía a qué venía aquello.
—Un señor que salió de ahí me lo contó, así que tenga cuidado por favor.
Con aquello me di cuenta de que lo que me contó Sabrina era verdad, ya había estado alguien allí, seguramente su abuelo. Pero como quiera decidí entrar igualmente, al fin y al cabo ella me lo había pedido. Tardé como una hora para cruzar aquél pasadizo, donde finalmente llegué a la cueva. Entré y el ambiente que pude observar era más tétrico que Pueblo Lavanda en sí. Continué la caminata y tras un rato hallé al entrenador misterioso.
—¿Quién eres?— pregunté al extraño entrenador —¿Qué haces aquí?
—¿Quién soy? Bueno, tengo muchos nombres… me suelen llamar el diablo.— respondió el entrenador con una voz inusual.
—Si claro, anda déjate de brom…
—En aquél momento el hombre se quitó la capucha de la oscura sudadera que llevaba, mostrando a una horrenda criatura: tenía la piel de un tono rojizo, donde una especie de cola sobresalió de su pantalón agujereándolo, y de su frente sobresalían unos sutiles cuernos que recordaban los de un carnero.
—Tu alma es interesante… la quiero, dámela.
En aquél momento de su bolsillo sacó una pokebola y tras lanzarla un pokémon que no era de la región de Kanto apareció. Era un perro de color negro, con cuernos y una especie de armadura natural hecha de huesos que sobresalían de su espalda. Al verlo bien, pude fijarme de que era un tipo fuego debido a que cuando jadeaba su aliento provocaba alguna que otra pequeña llama. Decidí enviar a Golduck debido a su ventajoso tipo agua, le mandé utilizar Hidropulso el cual fue un golpe directo. Pero por alguna extraña razón el pokémon enemigo ni se inmutó ante el ataque.
El entrenador, el cual tras ver su terrorífico aspecto comencé a creer que era realmente el diablo (y quién no), mandó a su pokémon atacar; Houndoom (así lo llamó) utilizó el movimiento mandado por su maestro, el cual sorprendentemente era Guillotina, ataque que dudaba pudiera aprender un pokémon de su constitución y con el cual asesinó a Golduck decapitándolo.
No podía creer lo que veían mis ojos, ¡había matado a mi pokémon! Lleno de furia, decidí seguir mi batalla contra aquél ser maligno sacando a todos mis pokémon a la vez, pero el Houndoom los decapitó a todos en un instante sin que pudieran siquiera reaccionar. Solo Alakazam logró evadir el golpe, donde con la cara llena de lagrimas mostraba una indecisa mirada de pánico; no sabía qué hacer, no había lugar donde huir y temía por la vida del único compañero que me quedaba. Al verme de aquel modo, el diablo me propuso un trato.
—Tienes dos opciones: la primera es sacrificar a tu Alakazam y salir de aquí con vida, la segunda es que a cambio de quedarte aquí el pokémon será llevado a manos de alguien en quien tengas confianza. ¿Qué eliges?
—Escojo… la segunda opción.— respondí.
—¡Bingo! Trato hecho.
En aquél instante, tras un chasquido de dedos por parte del demonio, la pokebola donde guardé a Alakazam fue teletransportada hacia alguna parte y yo me quedé.
—Bien… prepárate para tu destino.— anunció el demonio.
Nada más decir esto, su Houndoom lanzó una potente Llamarada contra mí. La experiencia de mi carne quemándose fue brutalmente horrible, donde grité de agonía como jamás había hecho ni creído posible. Cuando sentía morir, las llamas cesaron dejándome como un ser completamente deforme donde el putrefacto olor a quemado emanaba de todo mi ser; acto seguido el diablo se acercó a mí, y tras agarrarme de la mano izquierda me la arrancó de cuajo.
Lo último que recuerdo fue que después de eso me enterró en la Torre Pokémon de Pueblo Lavanda, donde ahora me dedico a ahuyentar las malas personas que devoro a veces debido a mi extraño deseo de carne.
Si alguna vez te encuentras con una niña en la Torre Pokémon, y esta te pregunta si crees en fantasmas, dile que sí; de lo contrario, mi mano blanca se posará en tu hombro. En cuanto lo que sucedió con Alakazam no te preocupes, pues está en manos de una buena entrenadora.