Bueno, más vale tarde que nunca. Aquí les dejo esta historia que originalmente pensé en utilizar en un RPG que no prosperó. Creo que aquí sabré sacarle mucho mejor el jugo. Tiene sangre, pokemon, dinosaurios y armas... todo lo que necesita un buen fic (?
VERDUGO DE SOMBRAS:
LA GESTA DE LOS POKESAURIOS
CAPÍTULO I: EL CAZADOR
Un constante tecleo era el único sonido que acompañaba los pasos de los dos hombres que caminaban por los intensamente iluminados pasillos de Laboratorios Genéticos Blooming S.A.
-¿Sabes por qué te elegimos a ti?- preguntó el más bajo de ellos, un claro estereotipo de científico de bata blanca portador de sólo unas pequeñas matas de cabello gris y unos lentes ridículamente redondos.
-Sí. Porque soy el mejor- respondió secamente su acompañante.
Quien oyera su voz con los ojos cerrados seguramente se lo imaginaría tal como era: imponente como una montaña; dejaba muy por debajo a su interrogador, aunque tal cosa no era muy difícil. Su cabello, cobrizo por naturaleza, reflejaba los omnipresentes luceros haciendo parecer que su rapada cabeza llameaba. Poseía ojos tan negros como las noches de Kanto, pero aquellos pocos valientes que se atrevían a mirarlo a la cara casi ni se percataban al centrar su atención en las tres cicatrices marcadas en la mitad de su ceja y mejilla derecha; y desde la fosa nasal izquierda hacia la barbilla… platos principales acompañados de entremeses en forma de cortes pequeños y moretones que dan vida a una cena capaz de saciar el hambre de miedo de cualquier mortal.
-Lo eres. ¿Y cómo lo sé? No es por como manejas un arma, por tus conocimientos en la materia, o tus legendarias habilidades en combate; ni tampoco por todos esos mitos que se han formado alrededor de ti sobre que disfrutas arrancando tráqueas a personas vivas o desollando una Chansey para vender infusiones hechas con su tan nutritiva piel. No, nada de eso. Eres el mejor porque trabajas rápido; en silencio; y sin dejarte llevar por emociones o moralidades, lo haces sólo por lo que importa verdaderamente…
-El dinero.
-Exacto. El dinero. En fin, dejémonos de tonterías, es hora de que veas en persona porque tus servicios han sido solicitados.
El encorvado investigador se detuvo ante una gran puerta de acero vigilada por dos guardias de dimensiones similares a las de su acompañante, incluso parecían más grandes dado que las ropas del extraño disimulaban su físico. Ambos iban acompañados por un Slaking… fuese lo que fuese lo que semejante portal protegía debía ser algo muy importante. Saludó a la seguridad y tecleó unos dígitos en un pequeño teclado a un lado de la puerta. Se abrió de par en par el tiempo suficiente para que entrasen y luego volvió a sellarse.
Tres zancadas bastaron para que el hombre ajeno a esas tierras se detuviera en seco exaltado por el asombro, pero sin mostrar ni una pizca de este. A decir verdad rara vez demostraba alguna clase de sentimiento; era duro como un Golem e impasible como un psyduck. Sólo era capaz de mirar fijamente al frente.
-Entonces… ¿es eso?- preguntó.
-No es “eso”, mi amigo, es “él”- explicó mientras limpiaba sus lentes.
Silencio incómodo.
-No soy tu amigo.
Frente a él se alzaba el atentado contra la naturaleza más importante de la historia desde la creación de cierto pokémon en base al ADN de otro. Quizá la forma más fácil de explicar la esencia de tal monstruosidad es imaginar el tronco de un árbol muerto en pleno invierno. Un gran tronco de carne cruda con injertos metálicos en varios puntos que acababa en raquíticas formaciones por encima y por debajo que se extendían por suelo y techo hasta amalgamarse con toda clase de cables y mangueras. En el centro de aquella mole de casi cuatro metros un agujero se abría y cerraba contrayéndose. ¿Una puerta? ¿Una boca?
-¡Por fin mis dos empleados más importantes se reúnen! Y no estoy hablando de ti, Marzolini, puedes retirarte ya.
Quien hablaba era un caballero de unos cincuenta años que acababa de entrar al recinto por la misma puerta. A diferencia del resto de las personas que había cruzado en aquel monumental edificio en las afueras de Johto no llevaba bata de laboratorio ni ropa formal, apenas unos jeans y una camiseta blanca con la imagen de un Lickitung sonriente con un bigote postizo. Su engominado cabello negro manchado por algunas canas complementaba perfectamente con su calzado deportivo del mismo color. Miró la hora en un reloj de pulsera que la mayoría de los habitantes de la región no podrían comprar ni ahorrando los sueldos de dos años y se puso a la par de quien osó llamar empleado mientras el doctor Marzolini dejaba la recámara.
-No soy tu empleado. Soy tu asociado, Blooming.
El hombre colocó su mano en la barbilla y lo miró de arriba abajo.
-Me encanta tu seguridad, eres tal como decían las historias. Sí señor, he hecho una gran contratación.
-Que no soy tu…
-¡Miralo! ¿No es hermoso?- lo interrumpió César Blooming, magnate del mundo médico, dueño del laboratorio más importante del mundo y principal proveedor de medicamentos e insumos para la investigación en los campos de la biotecnología y la genética. -¿A que todos esos años y millones invertidos valieron la pena?
-¿Cómo lo ha conseguido? Quiero decir… ¿Realmente funciona?
-Claro que funciona, mi buen amigo, no hay nada que la ciencia no pueda hacer. Gasté mucho dinero con tus colegas, ¿sabes? Se tardaron, pero lograron capturar un Celebi con vida. Luego fue sólo cuestión de tiempo y mucho esfuerzo. Logramos extraer el gen que permite al pequeño pokémon atravesar la barrera espacio-tempo de unas células en su médula y a fines del año anterior logramos crear réplicas sintéticas de la misma, éxito asegurado. No quiero aburrirte amigo mío, en pocas palabras con ellas creamos lo que aquí ves -hizo una pausa mientras señalaba a la criatura-. Su nombre es Vaxt, orgánico y mecánico a partes iguales, es la primer máquina del tiempo controlable por el hombre. Aunque no me agrada el término máquina, siempre me ha gustado referirme a él como un pokémon. Mi pokémon.
-Estás completamente loco, Blooming.
-Si ser un visionario me hace un loco, ¡hay que llamar al manicomio!- mencionó el empresario riéndose de su propio chiste.
-Y me quieres a mí para esta locura…
-A nadie más quisiera que a Beyazid Mestalla, el gran “Verdugo de sombras”, el cazador pokémon más temido que existe; tu reputación te antecede chico, en las calles se dice que serías capaz de asesinar hasta una sombra en plena noche. Podría enviar a un batallón completo a hacer este trabajo, pero ninguno sería tan efectivo como tú; además de que esta no es la clase de objetivo que se realiza en grupo, con la codicia de por medio puede ser demasiado peligroso. A la hora de elegir a un responsable para la operación, tras oír el consejo de mis informantes, no me tardé ni cinco minutos en llegar a la conclusión de que nadie estaba más capacitado que el cazador que supo asesinar a un Steelix utilizando sólo sus manos.
-No fue tan así -comentó Beyazid con evidente falsa modestia-. Tuve la ayuda de un tenedor plástico.
Blooming reía a carcajadas mientras el “verdugo de sombras” cruzaba los brazos.
-Mira, César, la idea me agrada, es todo un desafío. Pero no estoy seguro, no sé a lo que me enfrentaré. Me pides que viaje a tiempos de antaño a asesinar pokémon prehistóricos, eso no es a lo que estoy acostumbrado… no sé qué plantas pueden ser venenosas, o que tanto costaría perforarle el cráneo a un Salamence prehistórico de un balazo. Sería algo inigualable, ¿pero a qué precio?
-Pero señor Mestalla, no sea tan pesimista. La tarea es mucho más fácil de lo que usted lo hace parecer. No le pido que me acerque cadáveres de criaturas extintas ni que extermine a una raza desconocida, tan sólo quiero que vaya hasta cierta localización y traiga un objeto muy valioso para mí que por cuestiones geográficas ya no podemos hallar en la actualidad. Triunfar en esta misión representaría un gran bien, no sólo para nosotros, sino para todo el mundo. No sabe las cosas que se podría lograr con ello.
-Oh, vamos Blooming, no juegues conmigo. Sé que el mundo te importa tan poco como a mí la vida de los pokémon. No eres más que un manipulador y un mafioso, y sea lo que sea que me pides, estoy seguro de que es algo totalmente sucio y que el único que se verá beneficiado es tu bolsillo. No me meto con tus negocios; como un hombre se gana la vida no es asunto mío, pero te pido que no insultes mi inteligencia, reconozco a un lobo en piel de cordero cuando lo veo.
Su interlocutor sonreía con frialdad, nadie hubiera sido capaz de ver el sentimiento de odio naciente en su interior; excepto Beyazid.
-Me resulta muy divertido que venga a darme lecciones de moral un cazador clandestino. Apuesto a que dormir por las noches debe ser algo muy difícil para ti, ¿no? -negaba con la cabeza en señal de desdén-. Mira, es sencillo, si no quieres, buscaré a alguien más… no lo hará tan bien como tú, pero lo hará. No son de tu incumbencia mis intenciones o propósitos, pero niño te garantizo que si haces lo que te pido, te pagaré tan bien que no tendrás que volver a tocar un arma por el resto de tu vida.
Cruzaron miradas tan sólo un instante. Un instante que pareció eterno y en donde el aire se cortaba con navaja.
-De acuerdo, lo haré- exclamó el cazador, y estiró su mano para recibir la de su nuevo socio laboral.
Cuatro cosas hay que nunca vuelven más: una bala disparada, una palabra hablada, un tiempo pasado y una ocasión desaprovechada. Aquella tarde mientras esos dos hombres tan distintos pero iguales a la vez forjaban estrechaban manos se firmó un contrato que se pagaría con dinero y sangre; y que demostraría que esas palabras llevan mucha verdad.