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#1

Vitalaia, El Otro Mundo

*Se baja de una limusina* Well... llevaba tiempo maquinando qué decir en este momento, pero ahora que ha llegado; quiero a gradecer a mi asistente, al chófer de la limo, al aburrimiento...

Mentira xD, vengo a presentar mi humilde creación. Tenía mucho tiempo sin emprender un longfic, porque estaba pensando en qué hacer y; revisando entre los fics del foro; me di cuenta de que faltaba una historia como ésta (que por cierto es de mi género favorito).

Les advierto que podría haber lenguaje fuerte y escenas de violencia (sé que nadie le hace caso a la advertencia, pero cumplo con mi deber).


Evaluación
Evaluación del Fic
Vitalaia, el Otro Mundo
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Autor: Joker X


Tema y Trama del Fic: 15/15
Me gusta, es novedosa para la sección y llama la atención del lector, aunque para otros gustos no sea así. En lo personal me encantó y siento que es una gran adquisición a las historias del foro.

La Gramática, Ortografía y Estructura de la Escritura: 12/15
Aunque la mayoría de las cosas están cubiertas, parece que te comieras palabras o expresiones, dejándolas a medias. Esto se puede corregir releyendo la historia un par de veces en busca de esos errores de estructura. También noté la falta de algunas comas y signos de diálogo.

El Desarrollo del Fic, es decir, la forma de expresar del autor: 18/20
Es curiosa la manera en la que pasas de historia a cuento o leyenda, y también que de un mundo tan diferente se cuenten leyendas del nuestro, todo entremezclado. Eso sí, ten mucho cuidado cuando armas la historia, busca manera de diferenciarla con letras, colores o comillas para que la gente no se enrede.
Lo que sí te debo recalcar es que algunos segmentos quedaron confusos por las palabras que usaste, quiero decir que trataste de dar una idea pero no completaste la forma que debía tener, incluso llegas a dejar un comentario en el aire aunado a la palabra que ibas a arreglar. Revísalo.
En lo que respecta al lenguaje fuerte, trata de que sea al mínimo o mejor usa expresiones de ira, enojo y resignación que no usen palabras tabú.

Total:45/50[/B] (Con un mínimo de 30)
Conclusión: Fic apto para la Publicación.
Comentarios:
Puedes publicar, y ojalá la gente lo lea, vale la pena. Continua, mejora, arma tu lugar y llévala a obra completa. Me siento feliz porque te he visto crecer y me parece que de verdad te mereces la evaluación. ¡Felicidades y exito!
Evaluado
By Novelista




Prólogo


Siempre he sido un ratón de biblioteca, pero no por autoestima ni nada de eso, sino porque me encanta estudiar toda clase de leyendas y mitos populares, lo cual resulta muy productivo si escribes libros con esas historias; el problema surge cuando ya has almacenado, clasificado y arreglado tanto material que es casi imposible encontrar más.

Así acabé metido en el ático de mi casa, trasteando entre mis interminables hileras de libros, sin embargo (como era obvio) no encontré nada ahí. De manera que, ya sea por azar o porque era mi destino, fui a parar a la vieja caja de mis libros de niño. Allí lo encontré; un grueso tomo recubierto de cuero, con letras en relieve dorado que, pese a la gruesa capa de polvo que lo cubría, refulgían como oro recién pulido: “Vitalaia, el Otro Mundo”, era una herencia familiar que yo nunca había leído… hasta ése día.

Entre esas dos tapas de piel cubiertas de polvo encontré las cosas más asombrosas que mi asidua mente de lector había contemplado jamás. Para empezar el libro en estaba escrito con una caligrafía finísima, en páginas que no parecían tener ni una hora de haber sido fabricadas.

Las primeras páginas del volumen habían sido dedicadas a describir a los dioses y criaturas que habitaban Vitalaia, con trabajados dibujos a color y reseñas tan detalladas que bastarían para hacer esos mismos dibujos. Lo más destacado que encontré allí fue una página titulada “humanos”, que estaba absolutamente vacía.

Luego del bestiario, el autor narraba la creación de Vitalaia por parte de sus dioses; una leyenda impresionante, debo admitir, pero no bastaba para satisfacerme, el Otro Mundo me tenía fascinado con su encanto.

—“Debo escribir sobre este lugar”—me dije emocionado.

Ya tenía personajes, dioses y un sitio, podía crear mi propia historia y seguro sería un éxito. No obstante, nunca fui imaginativo, así que seguí leyendo el libro.

Entonces fue cuándo encontré lo más maravilloso, en la sección mapas de Vitalaia, los márgenes de cada página tenían, escrito en letras muy pequeñas (pero caligrafía igual de fina), instrucciones muy precisas para viajar allí desde la tierra.

Lo leí todo. Cada palabra, cada mapa, cada descripción, cada cuento, cada nota… absolutamente todo.

Para cuando terminé, habían pasado ya dos semanas en las que a duras penas comía una vez por día y dormía sobre mi sillón de lectura con el libro abierto sobre mi regazo; sin embargo había una aseveración plantada en mi mente con una firmeza inquebrantable: “Iré a Vitalaia”.
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I


El Bosque de Awl era precioso, pero la sección en la que cierto grupo de nómadas habían establecido su campamento era aún mejor, leves resplandores provenientes de las hadas hacían que el aire nocturno pareciera lleno de luces de navidad en movimiento.

Hacía ya seis años desde que leí por primera vez el libro de mi tatarabuelo. Me tomó dos años encontrar una forma segura de viajar hasta Vitalaia en secreto, gasté mucho dinero consiguiendo información y aún más energía descifrando las instrucciones que, por haber sido escritas hacía más de un siglo estaban “un poco” desfasadas en cuanto al panorama de la Tierra; pero siempre encontraba fuerzas para seguir con sólo ver las brillantes letras del libro.

Y ahora, luego de cuatro años yendo y viniendo de Vitalaia para recopilar información; había alguien que podía contarme historias de la vieja Vitalaia. Era por eso que me encontraba ahora con un pueblo nómada en el sur del Bosque de Awl, en un campamento con tiendas hechas de madera y lona cosida.

Hogueras brillaban por todo el lugar, rodeadas de hombres mujeres y niños de todas las edades, todos con tres únicas cualidades en común: eran delicadamente delgados, de orejas alargadas y facciones muy, pero muy finas. Yo estaba sentado junto a una de las hogueras del campamento, pero esta no era cualquier hoguera. No, ésta era de fuego verde y se encontraba junto a la más grande de todas las tiendas del campamento.

Ya hacía varias horas desde que había llegado, quiénes me recibieron me pidieron esperar allí, junto a la hoguera. Un par de elfos que vestían armaduras de cuero reforzado salieron de la tienda, seguidos de un elfo anciano, con el cabello plateado y una barba que probablemente no conocía de afeitadoras; el viejo llevaba una túnica beige bajo un manto bordado con símbolos extraños en color verde oscuro que lo acreditaban como el líder.

El anciano se sentó en un tronco dispuesto al otro lado de la hoguera, frente a mí.

—Joven —comenzó pausadamente con su desgastada voz—, me han contado mis guardias algo del motivo de su visita. Pero necesito oírlo de usted.

—Pues, verá señor…

—Thodd, sólo Thodd por favor —dijo con rigidez.

—Bien, Thodd, soy un escribano.

—¿De dónde?

—Del mundo humano, La Tierra —el viejo suspiró—. Me han dicho que usted lo ha visto con sus propios ojos, pero no es por ello que vengo, sino por su fama de cuentacuentos —proseguí.

—Oh, ¿desea el joven escriba escuchar una de las historias del viejo Thodd? —una sonrisa afloró en su demacrado rostro.

—Sí Thodd, desde hace mucho que quiero escribir sobre una verdadera leyenda de Vitalaia. Pero, por alguna razón, siempre que cuento acerca de mi proceder, la gente se niega a contarme nada.

—Eso está mal… todos tenemos derecho de oír una buena historia de vez en cuando —su voz se suavizó visiblemente.

—Aparentemente, todos los Vitalaianos no piensan igual que usted —me lamenté.

—Sólo porque otros se han negado a dejarte escuchar, mi joven escriba, yo te permitiré también escribir como desees. Pero con tres condiciones.

—¿Cuáles? —no pude evitar el deje ilusionado de mi voz.

—Te la contaré por segmentos, mis nómadas también la oirán y yo le pondré un título a cada parte.

Las condiciones del viejo Thodd eran demasiado sencillas, no me importaba tener que esperar entre un segmento y otro, ni tampoco que otros pudieran oír la historia, siempre que me dejaran escribirlo todo.

—¿Cuándo comenzamos?

—Ahora mismo, joven escriba.

Thodd le hizo señas a sus guardias, quienes se dividieron; uno entró a la tienda y el otro comenzó a vociferar: “acérquense elfos pequeños, medianos y grandes, el maestro Thodd ha accedido a contar una de sus historias”.

Quince minutos después, la hoguera de Thodd había triplicado su tamaño, yo me encontraba sentado junto a él en una mesa rectangular con mis bolígrafos y un montón de hojas de papel parecidas a las de mi libro.

—Ésta historia es larga, demasiado como para contarla en unos pocos días. Es por ello que éste joven escribano se quedará con nosotros hasta que yo haya terminado de contarla —anunció refiriéndose a mí.

Se generó un profundo silencio, sólo roto cuando Thodd se aclaró la garganta y comenzó a hablar firme pero acompasadamente, posiblemente para darme tiempo de escribir lo que decía.

Esta historia se dio hace muchos, muchísimos años; antes de la invención de las naves que pueden volar, incluso antes de que la tecnología terrestre y la magia vitalaiana se unieran en este mundo, pero trata precisamente de uno de los terrestres que han sido más importantes para nuestro mundo y de la leyenda que lo convirtió en un héroe.


El capítulo de esta noche se llama: Hugo.

Incluso dentro de la embaldosada habitación de vestuarios, con su montón de casilleros metálicos distribuidos en columnas podía oírse el clamor de la multitud. Un clamor que debería contentar al ganador de la misma manera que enfurecía al perdedor. Por tercera vez consecutiva, Hugo Martínez era el campeón inter escolar de Boxeo en su categoría.

En ése momento, la puerta de madera pulida de la habitación se abrió de golpe y entró por ella un joven de tez color canela, ojos color gris oscuro y mandíbula prominente. Tenía dieciséis años, una estatura de 1,73 y una musculatura muy justificada en sus 78 kig; vestía el uniforme reglamentario del boxeo: un short azul con líneas amarillas, guantes azules y, en adición, una venda que cubría completamente su antebrazo izquierdo.

La rabia hacía que sus sienes acaneladas latieran con intensidad y cansancio mantenía su pecho agitado. Estaba molesto, muy molesto; aporreó su casillero con una fuerza tal que éste se abrió de golpe, dejando ver múltiples medallas de competiciones anteriores, pendiendo de al menos diez ganchos. El joven de piel oscura depositó sus guantes dentro del casillero con violencia y extrajo de él una toalla con la que comenzó a secarse el sudor de los negros cabellos y la prominente mandíbula sin mucha delicadeza.

La puerta de los vestuarios se abrió cuando el referee anunciaba el nuevo combate, entró por ella un hombre de al menos cuarenta años, ataviado con un esmoquin; el hombre sostenía con su mano derecha una medalla y pasaba la izquierda sobre su cabello plateado con gesto preocupado.

—¿Qué ha sido eso de allá afuera? —el individuo del esmoquin se había detenido en seco y miraba al joven fijamente.

—¿Qué ha sido? ¡¿Qué ha sido?! Ése imbécil me insulta, me pide que pelee en serio, pregunta si ésa es toda mi fuerza —el muchacho estaba alterado—. Y aun así, usted; mi maestro, me pide que no le pegue fuerte. ¡Soy boxeador, no me…!

—¡Hugo! —el potente grito del hombre retumbó en la habitación, silenciando al iracundo joven—. No me jodas tú a mí, ¿ya te preguntaste lo que pudo pasar si lo golpeabas con todas tus fuerzas? —ante el silencio del adolescente, el hombre se dio cuenta de que había dado en el clavo y bajó el tono—. Exacto, no sólo sería un K.O. en el 2do round, sino que también le habrías destrozado la cara; echando por tierra todo lo que has construido desde que saliste de las calles. Además: ¿por qué te restiraste del ring antes de recibir la medalla?

El profesor le arrojó la medalla al muchacho, quien la atrapó el en aire y la lanzó dentro del casillero.

—Maestro Sakai —el tono de Hugo se había suavizado—, a veces siento que usted me oculta cosas.

—¿Cosas como cuáles? ¿Cómo lo que llevas bajo esa venda? Porque es imposible que yo pueda ocultarte eso —apuntó al antebrazo izquierdo del muchacho.

—Ambos sabemos que no es ni una quemadura, ni una marca de nacimiento. Al igual que sabemos que ni mi fuerza ni mi velocidad de reacción se corresponden con las de alguien normal.

—Lo primero es un buen comienzo, pero lo segundo es presunción —admitió—. Considero que ha llegado el momento de que tu entrenamiento suba de nivel Hugo, espero que estés desocupado mañana.

Dicho eso, Sakai salió de la habitación, dejando al joven a solas con sus pensamientos, ahora más despejados. Una vez más, su maestro dejaba preguntas en el aire, él aborrecía que le hiciera eso; siempre que Hugo preguntaba cualquier cosa sobre su vendaje, Sakai insistía en que lo mantuviera cubierto o rehuía a su pregunta. Lo raro era que hablara de “subir de nivel” en los entrenamientos, el muchacho siempre pensó que ya hacía entrenamientos al máximo; corría quince kilómetros, hacía trescientas flexiones y golpeaba el saco todos los días, además de las prácticas de evasión con el mismísimo profesor. Ni modo, Hugo ya estaba acostumbrado a que el profesor despertara su curiosidad y luego no respondiera, eso parecía complacerle.

Media hora más tarde, Hugo se encontraba camino a casa; vestido con los jeans y la camisa beige de su uniforme escolar. Ya era de noche, las calles de la ciudad estaban desoladas, todos corrían a sus casas temprano por el tema de la inseguridad. No obstante, el muchacho prefería volver a casa por los caminos solitarios, de calles mal asfaltadas y edificios poco transitados que acostumbraba recorrer con Sara, su mejor amiga; porque a ellos eso de la inseguridad no les preocupaba mucho. Hugo había pasado cinco años viviendo en las calles, comprendía cómo se manejaba todo y no tenía miedo en absoluto.

El silencio era casi absoluto, apenas era roto por un ocasional automóvil o algún perro abandonado, ni siquiera soplaba el viento. Así que Hugo decidió que era buen momento para algo de música, introdujo su mano en el bolsillo y sacó una pequeña ocarina de barro cocido que le había regalado su padre, ahora muerto, hacía ya muchísimos años. Comenzó a tocar una melodía suave que ascendía y descendía en los acordes con delicadeza, nunca muy agudos, pero tampoco muy profundos, lento y acompasado; una canción de cuna que adoraba tocar, pues le recordaba a sus padres y le evitaba sentirse solo cuando estaba triste.

Sin embargo el compás de la música del muchacho se vio interrumpido por un grito agudísimo que le hizo frenar en seco para aguzar el oído. Hubo un golpe seco y otro grito en el que pudo distinguir claramente su nombre, pero no la voz que lo gritaba. Con el siguiente golpe Hugo arrancó a correr, mirando en todas direcciones, en busca de lo que pudiera estar pasando. Hasta que lo encontró.

Introduciéndose en uno de los sucios callejones sin salida en los que durante tanto tiempo vivió, donde las frías y desconchadas paredes llenas de moho, las ratas y la basura son la única compañía, al principio escuchó un llanto, acompañado de una especie de siseó que logró reconocer como palabras.

—Ve aprendiendo a callarte, condenada puta —pese a no sonar alterado, parecía inyectar veneno en sus palabras—. Porque bien que tu amiguito sabe hacerse el genial.

Acercándose más al fondo de la callejuela, pudo observar la escena, iluminada solo por la luz lunar: Un sujeto de complexión fuerte, vestido con una sudadera roja de capucha; de espalda a él; tironeaba del pelo a una joven semidesnuda, cuyos largos cabellos castaños, figura delgada y piel pálida, reconoció inmediatamente.

—La vas a soltar infeliz… ¡PERO YA!

La ocarina, que era invaluable a los ojos de Hugo, y que hasta ese momento llevaba en la mano, estalló bajo la fulminante presión de su puño.

—¿Ahora sí me vas a tomar en serio, Huguito?—siseó el aludido, girándose mientras soltaba a la sollozante muchacha.

Aunque Hugo estaba tan ciego de la rabia que ni se inmutó, el agresor era “un poco inusual”; su rostro se mostraba alargado, cubierto de escamas, exhibía una lengua bífida, agujeros en lugar de nariz y pupilas irisadas; en efecto, era como el de un lagarto; no obstante, donde debería haber manos, estaban un par de zarpas peludas con cinco dedos tan largos como los de los humanos.

—Con eso hemos llegado al final del segmento de hoy —concluyó Thodd.

De esa manera, recogí mis pertenencias y seguí a los guardias la tienda que se me había asignado; dejando a Thodd en medio de una marea de niños preguntones, insistiendo en que les contara más o les explicara algunas cosas que no comprendían.

Yo, por mi parte, ya sabía lo suficiente y estaba muy cansado, así que me fui a dormir.
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Espero que les guste, recuerden criticar y comentar.
¡Hasta otra!
La venganza no sólo es dulce,
también es un plato que se sirve frío,
así que seguramente es un helado.
Pero el helado engorda, no seas vengativo...
A menos que quieras ser obeso :P




#2
Bueno, amigo Joker, vamos a ver qué has creado.

Prólogo:

Spoiler
Escribes muy bien, al igual que Novelista yo también te he visto crecer mucho y es notable la diferencia de tus primeros días en el foro a lo que estás haciendo en estos instantes. Es cierto que tienes algunos errores muy parecidos a los que yo tengo, son esos errores donde tienes una idea y terminas escribiendo otra por lo que ambas se terminan mezclando. Eso se soluciona releyendo el fic pero con mucha atención.

La trama es muy interesante, me encanta la fantasía. Me lo pintas muy bien a esto y me entusiasma. Embarcarme en una aventura desconocida es de las cosas que más me gustan hacer.


Capítulo uno:

Spoiler
Es rara la forma en que se va a generar la historia. Ahora no sé si la aventura en sí trata de los relatos de Thodd o de las aventuras de este escribano.

Fíjate la parte en que describes a Hugo. Se ve raro que lo describas con peso y altura tan específicos, Joker. La lectura se detiene si el lector se pone a imaginar cómo podría ser un hombre de 173 centímetros de alto y 78 kilos de peso. Con esos datos podría ser un joven bajo y delgado pero con unos músculos impresionantes o tener un trasero que pese diez kilos por sí solo o tener las piernas cortas para su estatura pero un tronco largo y robusto. Hay muchas posibilidades y en esos casos te recomiendo que sólo digas si es bajo, muy bajo, alto o muy alto, nada más. Yo a un chico de 173 centímetros la describiría como alguien bajo. Y si pesa 78 podemos decir que es más bien rellenito o que tiene unos músculos que ni un hombre tiene (supondré esto último ya que dices que practica boxeo xD). Algunos lectores no tienen idea de cuánto es 78 kilos, un lector que pese 60 kilos pensará que es un hombre muy gordo y uno que pese 110 kilos pensará que es un palillo. Trata de no dar ese tipo de datos, si lees libros verás que es muy raro que los autores incluyan esta clase de descripciones.

Hugo es un típico héroe; me gustó como planteaste la historia y presentaste al personaje, a la protagonista y al villano. Fue simple pero no se te escapó ningún detalle así que te felicito. Me sorprendió un poco el tema del elfo contando la historia de un humano y también fue raro que el escribano este apareciera de repente en Vitalaia y no le dieras demasiada importancia a eso… supongo que pronto lo describirás así que esperaré pacientemente.

Buen inicio, seguiré leyendo y espero que sigas escribiendo con entusiasmo. ¡Buena suerte!


Gracias a todos por recordarme :) Sólo tengo buenos recuerdos de ustedes y de este agradable lugar también.
#3
Buenos días señor payaso, vengo (con algo de retraso, cierto) a comentar este estupendo fic. Tras estar meses y meses ausente del foro he decidido retomar las críticas en la sección de FF, y tu fic no iba a ser menos.

Me encanta el tema que has escogido, pero lleva cuidado porque el prólogo me ha recordado demasiado a una serie de películas ya existentes, lo del libro encontrado que lleva a otro mundo y demás... todo eso es justamente la trama de las pelis estas que te digo. No recuerdo el nombre, pero si me viene a la mente te do diré xD El caso es que debes crear tu propia historia y encontrar el modo de hacerla única y especial, no me cabe duda de que encontrarás la manera.

Apenas encontré faltas de ortografía, solo alguna por ahí perdida, pero con los signos tienes algún problemilla, eso se soluciona leyendo bien el cap antes de publicarlo, detenidamente. Tus descripciones son muy buenas, pequeños detalles que hacen que nos metamos en tu mundo, los justos y necesarios. aunque he echado en falta una descripción del protagonista, cuidado con eso.

No tengo mucho más que añadir, me gusta mucho tu estilo de narración. Estoy segura de que si te lo propones conseguirás que tu fiction llegue a ser VIP. Eso es todo, amigo, suerte con el proyecto ;)

PD: felices 18 años! acabo de verlo, vaya coincidencia jajajaja Espero que lo pases genial en este día tan especial =D




A la la long~~



Just me~


#4
Bien, considerando la enorme cantidad de tiempo que estuve sin internet, y la aún más enorme cantidad de tiempo que pasé sin colocar el siguiente capi, no sé si me leerán; pero igual responderé los comentarios y dejare el segundo capítulo de las desventuras del escriba y las aventuras de Hugo.

Demian:Gracias por ser el primero en comentar, Dems. Pss sí, la diferencia hasta yo la noto (aunque gracias por el halago xD); lo único que me sigue acompañando es ese bendito error del que me hablas, es más que todo por mi costumbre de no querer ponerme en el lugar de los lectores (que no pueden leer mi mente para diferenciar el cabo y el rabo de las ideas); pero seguiré tu cosejo para tratar de corregirlo.
La descripción de Hugo... bueh, es lo mismo que arriba, inconscientemente pienso que la gente me leerá la mente para verlo como yo lo veo con esa descripción, por suerte esa parte la puedo solucionar con facilidad.
Y respecto al tema de la historia y cómo consiguió el escribano llegar a Vitalaia, ya lo verás.
Akane:Gracias por lo del cumpleaños, el comentario es un buen regalo xD. Me gusta que te guste el tema, y lo cierto es que no recuerdo haberme basado en ningún libro o película cuando se me ocurrió lo del libro, pero creo haber visto al menos una de las pelis que dices.
Con las descripciones, bueno, es que siempre me ha parecido que una buena descripción puede arreglar muchas cosas y trato de reflejarlo en esos pequeños detalles, que cuando comencé a escribir eran excesivos, pero ahora los controlo un poquito más. Respecto a la descripción del protagonista... estoy buscando la forma de dar una buena carta de presentación al escribano (la verán pronto juejeje) y la de Hugo, creo que me ha quedado bien, salvo por el exceso de especifismo con las medidas.


II


Desperté al despuntar las primeras luces del alba y casi me da un infarto al descubrir que, justo al lado de mi colchoneta, tendida en una estera, reposaba una muchacha. Me senté con un respingo, sentí como se enrojecía mi rostro, dando gracias al cielo por no haberla despertado e intentando recordar lo que había hecho la noche anterior; sólo me había ido a dormir temprano.

Me quedé un rato contemplándola, era hermosa; tenía las características facciones afiladas de los elfos (extrañamente sin orejas afiladas), enmarcadas por una larga melena gris claro; su piel, tostada como la canela, le caía como anillo al dedo a su figura de piernas largas y cintura finísima. Da Vinci la consideraría una obra maestra de arte, yo sin embargo, me limité a calificarla como “un ángel”.

Un movimiento de la joven que dormía me sacó de mi ensoñación. Necesitaba un poco de aire, de manera que me puse una camisa de lana que saqué de entre mis cosas y salí fuera de la tienda.

Me sorprendió ver la cantidad de actividad que había fuera, como mi (o “nuestra”) tienda estaba un poco alejada del campamento y los elfos apenas conversaban, no me había percatado de nada. Los adultos iban de aquí para allá empacando las pertenencias u ordenándolas sistemáticamente en alguno de los carromatos disponibles, algunos de los niños preparaban a los caballos para el viaje, los más ancianos y algunas mujeres preparaban las raciones para el viaje; era asombrosa la coordinación de todos.

Verlos a todos empacar me recordó algo; cada siete días, los nómadas desplazaban sus campamentos para no abusar de la naturaleza, probablemente ése día era el final del ciclo; así que me dirigí hacia la tienda para recoger mis cosas.

No pudo ser mayor mi sorpresa al llegar donde estaba la carpa, me encontré con la misma chica que había dormido tan apaciblemente junto a mí. Pero ahora ella estaba despierta, intentando infructuosamente doblar la carpa, sin un ápice de delicadeza, y murmurando por lo bajo cualquier cosa menos palabras lindas, me dije.

―Oye, ¿qué haces? ―una pregunta estúpida sí, pero estaba horrorizado, ella doblaba la carpa con mis cosas dentro, tinteros y papel incluidos.

Apenas se giró a verme pude fijarme los niveles a los que llegaba su irritación, su tez morena estaba casi roja y su boca era una línea muy fina.

―Ah, ¿es que aparte de dejarme sola con esto también vas a cuestionarme cómo lo hago?

Dejó el trabajo y se acercó hasta ponerse al frente mío, para verme con aire desafiante. Aun así, no transmitía aquello que quería, pese a no ser muy alto, yo le sacaba una cabeza de ventaja y se veía obligada a mirarme desde abajo. Era como un caniche enfurruñado, no pude evitar sonreír.

―¿De qué demonios te ríes? ¿Te crees muy increíble sólo por tener la confianza de Thodd? No sé qué demonios le pasaba por la cabeza a ese viejo cuando te mandó a dormir en mi carpa ―apretaba los dientes con fuerza y hundía su dedo índice en mi pecho.

―No, no, no, nada de eso ―alcé las manos en gesto apaciguador y di un paso atrás, temiendo que pudiera abofetearme―. Es que recordé algo gracioso.

―Oh, ¿y puedes contarme el chiste? ―dijo con sarcasmo y no esperó mi respuesta para continuar:― Claro que no, porque seguro te burlabas de mi estatura.

Había escrito las siguientes palabras en muchos de mis libros, pero jamás creí que fuera a aplicarlas en la vida real: las mujeres lindas se ven aún más lindas cuando están molestas.

―Ya, discúlpame, no era mi intención molestarte; sólo quiero…

―Si no era tu intención molestarme, habría sido más fácil que ni siquiera te acercaras aquí, me chocan los tipos como tú ―respondió, sin dejarme terminar.

Aquello sí consiguió irritarme, no me importaba en absoluto cómo eran “los tipos como yo”. Cuando hablas tan poco como yo lo hago, te gusta que la gente al menos finja escucharte si dices algo. La hice a un lado con un empujón fuerte para transmitir mi indignación, pero cuidadoso de no lastimarla y me metí dentro de la carpa desarmada; apenas me tomó unos segundos meter mi colchoneta y las cosas dentro del macuto antes de salir.

―Supongo que te las arreglarás sola para doblarla y llevarla hasta un carromato.

Eché a andar, pero no había acabado de dar cinco pasos cuando me sostuvieron por la correa de la mochila. Intenté seguir caminando, sin embargo siguió sosteniéndome y dijo algo entre dientes. Me detuve.

―¿Cómo dices? ―pregunté, sin voltearme.

―Necesito ayuda.

―Bien ―respondí, recostando el macuto cuidadosamente en el suelo para que no se derramaran las tintas―. Pero tienes que sacar tus cosas para que sea más fácil, creo que tu estera estaba ahí cuando entré por mis cosas.

Esperé a que saliera, llevaba sus cosas enrolladas en su petate; lo que me dio un poco de lástima, así que fui hasta mi morral, saqué un saco de estopa y cuero que llevaba para emergencias.

―Puedes llevar eso aquí, si lo prefieres ―le dije, tendiéndoselo.

Ella lo aceptó con un poco de recelo y me tuvo una fracción de segundo esperando un “gracias”, que nunca llego. Me dirigí hasta la tienda de lona, retiré de dentro las varas y las sogas con que se sostenía; hice un rollo con la lona y las varas y procedí a atarlo usando las cuerdas.

―Ahora tienes que…

―Ya sé, ya sé. Llevarlo al carromato, no soy tan idiota como crees; yo te dije que había que hacerlo ―aún estaba irritado y no necesitaba que me dijeran qué hacer.

Me eché el macuto al hombro y me llevé el rollo de carpa conmigo. No le había preguntado en qué carromato tenía que poner la tienda, pero quería mantener mi orgullo intacto; ya le preguntaría a alguien más dónde ponerla.

Unos minutos después, ya había conseguido el carromato, un caballo para mí y la dirección de nuestro siguiente destino; por regla general, los Elfos no son malas personas, sólo tímidos y suelen tratar a los huéspedes como parte de la familia.

Nos dirigiríamos a Montaña Pedreras, un lugar al norte del bosque de Awl, obviamente con muchas piedras, aunque también con arroyos de agua cristalina que discurrían hacia el interior del bosque; era un lugar de reunión para cierto tipo de hadas y el viejo Thodd tenía algo que tratar con ellas.

Me pasé todo el viaje volteando inevitablemente hacia donde se encontrara la chica con quien había compartido la tienda, no estaba seguro de qué debía hacer, si disculparme o simplemente pedirle a Thodd otro lugar para dormir, pero cada vez que nuestras miradas coincidían; sus penetrantes y hermosos ojos azules me perforaban como puñales. La dejé plantada en el bosque, era lógico que siguiera furiosa.

Al caer la noche, no conseguimos llegar a nuestro destino, pero hallamos las ruinas antiguas de un castillo que Thodd catalogó como “La casa de Awl” e indicó que pasaríamos la noche allí; no obstante, aconsejó a todos no adentrarse más allá de donde les aconsejara su sentido común.

Después de un buen Asado Élfico; que sólo llevaba frutas verduras y raíces e hizo que me preguntara cómo se podía ser vegetariano en un bosque lleno de animales; los guardas de Thodd aumentaron el tamaño de la hoguera, colocaron la mesa y reunieron a todos y el cuentacuentos reanudó su relato.



El título es
Viaje.

La luz de luna que iluminaba el callejón ponía en evidencia la diferencia física entre agresor y defensor. Bajo la asustada mirada de una temblorosa y semidesnuda Sara, el burlón verde irisado de la quimera casi chispeaba al chocar con el gris vehemente de Hugo. Ambos rivales se miraban intensamente, como si quisieran eliminar al otro sólo con la mirada.

Hugo, pese a la nube roja que cubría su vista, evaluaba a su oponente con la precisión de un físico nuclear. Hombros echados hacia atrás, señal de confianza, una media sonrisa burlona casi imperceptible en la boca de un reptil y el meñique izquierdo de su zarpa doblado en un ángulo extraño…

Una cola escamosa asomándose por la espalda de la quimera hizo reaccionar a Hugo.

―¡Boris! ― rugió, al tiempo que se abalanzaba sobre él con un puñetazo de su mano izquierda.

―¡Dingdingding! ―rió el otro mientras evadía el golpe con facilidad.

Acto seguido, el muchacho le hizo una finta con la izquierda para asestar un derechazo, sin embargo su rival se anticipó a él; sostuvo su mano derecha y, sin darle tiempo para reaccionar, le dio una fuerte bofetada y un gancho en la sien derecha que lo envió, trastabillante, contra una de las paredes de la callejuela.

―Ya lo pregunté, pero lo voy a repetir: ¿Es todo lo que tienes, huerfanito? ¿Acaso no querías proteger a tu amiga? ―ni siquiera alzaba la voz, sin embargo, cada palabra parecía estar repleta de veneno.

―¡Cállate!

Hugo dio un salto con el puño hacia arriba, intentando un gancho a la mandíbula. No obstante, el monstruo al que había llamado “Boris”, gozaba de una agilidad sorprendente; esquivó el ataque y le asestó un contragolpe tremendo a la cabeza, que lo derribó ipso facto; dejándolo completamente tendido en el suelo.

El reptil bufó y comenzó a caminar hacia Sara.

―No te le acerques ―alcanzó a decir Hugo con voz entrecortada.

―No creo que estés en condiciones de exigirme nada ―se burló, mientras levantaba a horcajadas a Sara.

Entonces Hugo alzó la mirada: Boris sostenía el cabello de Sara con una zarpa, mientras la garra libre exploraba la espalda la chica en una repulsiva caricia. Subió un poco más la vista y captó el terror escrito en los ojos de su amiga mientras que dos lágrimas eran lamidas por la asquerosa lengua bífida del reptil.

Hugo sintió como si algo se rompiera dentro de él, su antebrazo izquierdo le comenzó a escocer de manera increíble bajo la venda.

―Déjala, bastardo…―exigió, con una voz que, aunque acartonada, haría palidecer a más de uno.

Boris se limitó a resoplar y siguió explorando el cuerpo de Sara con su mano, subió por su abdomen y se detuvo en el brasier de encaje.

―¡No! ―sollozó Sara―Por favor no…

―¿Acaso no la oyes, remedo de sapo peludo? ―la voz de Hugo no concordaba con la de alguien que recién conseguía ponerse en pie.

El reptil mutante arrojó a la chica hacia un lado y volteó hacia el muchacho para que el verde y el gris chocaran una vez más. La mirada de Hugo rezumaba odio; puro y ardiente como una hoguera; mientras que la de su adversario continuaba burlona, como un niño que está seguro de que va a hacer una travesura.

El brazo vendado de Hugo ya no sólo le escocía, sino que también emitía una pálida luz purpúrea, como un faro distante. Y, aunque nadie más que Boris se percató de ello, sus ojos también comenzaron a emitir esa luz.

La expresión de Boris mudó de la burla a la curiosidad al ver aquello.

―Tu…

Estaba tan embelesado que ni siquiera pudo terminar la oración. Hubo un chispazo repentino, un haz de luz voló desde Hugo y alcanzó a Boris en el pecho; dejando a éste último notablemente aturdido.

―¡Pelea! ―le urgió Hugo, con un zurdazo brutal en la rodilla.

El reptil hizo una mueca de dolor, al tiempo que su pierna producía un sonoro “¡crac!”. Sin embargo, no alcanzó a caer al suelo, fue atajado inmediatamente por un puñetazo desmesurado en las costillas que, fuera por la razón que fuese, no lo movió sino que lo dejó temblando por unos segundos antes de que se derribara como un montón de harapos.

Una vez que Hugo se agachó para darle una bofetada a Boris, se movió hacia Sara para comprobar cómo estaba. Se había desmayado. Intentó cargarla, pero un ramalazo de dolor en todo el cuerpo lo obligó a echarse contra la pared y revisarse, sin embargo no consiguió más fuente de dolor que unas severas magulladuras en su cara y cabeza.

Se quedó tumbado un rato, evidentemente preocupado, mientras las preguntas se agolpaban en su dolorida cabeza y él se encargaba de intentar ponerlas en orden. Al cabo de ése tiempo, Sara abrió los ojos algo aturdida.

―¿Hugo? ¿Estás bien?―preguntó con voz débil.

―Al menos no estoy semidesnudo ―disimuló.

―Idiota ¿Nunca me viste en traje de baño?

―Nunca habías usado uno de encaje y menos con ese… diseño ―rió, intentando parecer despreocupado.

La muchacha enrojeció repentinamente al fijarse a qué se refería su amigo e intentó desesperadamente localizar los jirones de su ropa. No obstante, abandonó la tarea casi de inmediato y le dirigió una mirada entre acusadora y preocupada.

―¿Qué intentas ocultarme? ―la expresión de Hugo comenzó a enseriarse― Sé sincero.

La mirada de Hugo viajó rápidamente del lugar donde estaba su rival hacia su amiga.

―¿Estás… bien, Sara? Quiero decir… ―su expresión ensombreció y Sara se estremeció de sólo pensarlo.

―Gracias a ti, bien. Nadie toca la ocarina tan bonito, te reconocí de inmediato.

―Si no fuera por mí y mis arranques de rabia, tampoco estaríamos aquí ahora ―guardó para sí el resto de una disculpa.

―Eso no importa ya.

Al salir del callejón recogieron las pocas piezas de la ocarina de Hugo que pudieron reconocer a la luz de la luna, y gracias al cielo, Sara no se había fijado en que aquella “cosa” que la atacó, se había convertido en el humano de piel blanca y rizos dorados que había visto hacía varias horas noqueado en un ring de boxeo.

Varios minutos después Sara cruzaba el portal de su casa, cargando la pesada mochila de Hugo, vestida únicamente con la enorme camisa de uniforme de éste y ayudándolo como podía para que caminara. El anterior dolor de las costillas del muchacho estaba completamente ausente, sin embargo le resultaba complicado coordinar sus movimientos; los golpes de Boris no eran precisamente suaves y la cabeza le dolía como si se la hubiesen atravesado con un puñal.

La muchacha sacó del bolsillo de la gran camisa un manojo de llaves que había extraído de sus viejas prendas y usó una para abrir la puerta con un sonoro “clank”. Del otro lado, en la modesta sala de estar, esperaba una mujer cuyo rostro afable se volvió rápidamente en una expresión de profusa preocupación al ver a ambos jóvenes.

―Por todos los… ¡Roberto! ¡Roberto ven rápido! ―se apresuró a gritar.

Casi de inmediato se escucharon resonar pasos en una escalera y apareció un hombre de facciones tan delgadas como su cuerpo, envuelto en una toalla y con champú en el cabello castaño.

―Buenas noches, familia García ―alcanzó a decir Hugo, mientras el hombre y la muchacha lo llevaban a rastras hasta el sillón.

―¡¿Qué demonios pasa aquí?! ―soltó la mujer, mirando de su hija apenas cubierta al muchacho con el torso desnudo.

―Anetta, primero lo primero; está herido. Tráeme el botiquín.

Con la velocidad de una enfermera en prácticas, Anetta llegó con una caja blanca, que colocó sobre la mesa mientras su esposo se afanaba en revisar los moratones que traía el muchacho.

―Ya me pueden ir explicando lo que ocurre ―exigió, mientras llenaba una inyectadora con el líquido amarillento de una ampolleta.

Hugo intentó hablar, sin embargo, tenía una jaqueca muy fuerte y le costaba coordinar el movimiento de su boca, así que dejó que Sara lo explicara todo. De manera que la chica contó cómo había sido perseguida por un joven de sudadera roja hasta quedar acorralada en un callejón y justo cuando éste había intentado forzarla, escuchó la melodía y Hugo apareció al rescate; noqueando al hombre, no sin recibir unos buenos golpes.

Gracias a las atenciones de Roberto como neurólogo, en media hora la migraña representaba un dolor distante que le permitió a Hugo sentarse para recibir las congratulaciones.

―¡Caray Hugo! No pensé que estuvieras dispuesto a tanto por Sara ―insinuó Roberto.

―¡Neh! Ella no es mi tipo ―rió el muchacho―. Pero humildemente, eso pudo haberlo hecho cualquiera.

―No cualquiera, niño. Éste país está cada día más podrido. Pero eso pasa porque no me escuchan, les he dicho un millón de veces que usen el bus en lugar de esas sucias callejuelas ―reprendió Anetta.

―Lo que importa es que todo ya pasó, no me falta nada que no pueda arreglarse ―cortó Sara, en apariencia bastante mejorada para alguien que hacía pocas horas pasó por un intento de violación―. Además, conozco a alguien que aún tiene un par de sermones que recibir.

La muchacha acompañó a Hugo hasta la puerta con presteza.

―Cada día estoy más agradecida de haber acabado en aquel callejón hace diez años ―dijo la muchacha, dándole un fuerte abrazo.

―Y yo cada vez estoy más convencido de que hace diez años debí darme cuenta de que eras una niña problemática ―contestó él con gentileza al devolver el abrazo.

Se mantuvieron así por unos segundos, a Hugo le pareció oír un leve sollozo, sin embargo hizo oídos sordos a él y esperó hasta que Sara se sintiera lista para soltarle. Luego le dio un breve beso en la mejilla y cruzó la calle para llegar a su casa.

La calle estaba solitaria, por lo que se permitió actuar conforme a su estado de ánimo; sentía el cuerpo pesado y la mente abatida por los recientes acontecimientos. Se sentía demasiado cansado como para haber tenido sólo dos peleas ése día y sus pensamientos fluían densos como el petróleo. Decidió que no estaba de humor ni para comer.

Las luces del piso de arriba estaban apagadas, sin embargo se cercioró de que nadie pudiera verle y saltó la cerca; se fue hacia el lateral de la casa y después de una breve prueba de sus músculos, resolvió que podría trepar hasta su ventana para ahorrarse las preguntas de Marta, la amiga de su maestro que lo tenía a su cuidado. Tomó impulso y, con ayuda del mamparo, consiguió llegar a la pequeña hilera de tejas que había bajo el alfeizar de su ventana.

No fue necesario usar ningún truco para abrir la ventana, pues él frecuentemente olvidaba cerrarla y Marta nunca entraba allí sin su consentimiento; no obstante, había algo raro en la habitación. Lo notó apenas puso un pie dentro, su cuaderno de partituras reposaba el pequeño escritorio de madera, la cama seguía desarreglada, la puerta estaba bajo llave, pero algo andaba mal; conocía la pequeña habitación como la palma de su mano, no podía moverse una pluma sin que él se enterase.

Hizo un último esfuerzo para poner todo su cuerpo en tensión, despejó un espacio de su mente y repasó cuidadosamente la habitación… hasta que dio con ello; no se distinguía bien en la penumbra, pero la lámpara de la mesa estaba aparentemente, apuntando hacia la ventana.

Se relajó por completo y se dejó caer boca abajo sobre la cama, ya habría tiempo para preguntar…

―¡Mal! ―dijo una voz justo detrás suyo al encenderse la luz del dormitorio.

El muchacho dio un respingo y saltó para colocarse de frente al sitio del que provino la voz, sin demostrar el más mínimo rastro del cansancio que sentía y con cada parte de su cuerpo en tensión; listo para arremeter contra el intruso. Sin embargo, justo antes de que siquiera pudiese reconocer al individuo una poderosa mano lo alzó por el cuello y repitió:

―¡Mal!

Ahí fue cuándo lo reconoció: alto, con el cabello plateado engominado hacia atrás, una musculatura que contrastaba notablemente con sus afilados rasgos faciales, los acostumbrados ojos verdes, siempre evaluadores y el inconfundible esmoquin gris que tanto le gustaba usar.

―Vaya forma de saludar, maestro Sakai ―gruñó el muchacho, relajándose.

―Yo que tú no estaría tan tranquilo, hiciste bien al fijarte que algo había cambiado, pero sólo estuviste alerta por unos segundos; un asesino real te habría mandado al otro mundo sin sudar ―dejó caer a Hugo―. No sé cómo es que le ganaste a un chímaira dos veces con tan poca habilidad. O él es un incompetente o tú un suertudo.

―No venga a marearme con su cháchara, maestro ―¿había dicho chímaira?― ¿Cómo entró a mi habitación? ―¿qué rayos era un chímaira? La pesada losa del cansancio lo afectaba otra vez― ¿A qué vino?

―Número uno: Marta tiene las llaves, número dos: se adelanta el entrenamiento. Comienza a empacar ―respondió, dejando ver un atisbo de prisa.

―¿A qué viene tanta prisa? ¿Y cómo es eso de que tengo que empacar? ―inquirió frotándose los ojos en señal de cansancio.

―Tenemos algunos contratiempos y necesitamos irnos ahora mismo, no pensabas que ibas a continuar tu entrenamiento aquí ¿o sí?―hizo un ademán de desaprobación con la mano―. De cualquier manera, haz tu maleta porque nos vamos ya.

El muchacho acató la orden sin chistar, no tenía más energías para discutir, por lo que sólo preguntó:

―¿A dónde vamos?

―A Vitalaia, claro está.




Esta vez fui el primero en hablar.

―Oiga Thodd, siento un poco de curiosidad, ¿hace cuánto ocurrió la historia de Hugo? Porque ahora mismo, la tierra está en el año dos mil veinte.

―Ah, una pregunta razonable; pero lo importante de los cuentos es tener la certeza de que ocurrieron, poco importa cuando ocurrieron ―me respondió con un tono suave pero vivaracho― ¿Le molestaría dar un paseo a solas conmigo, joven escriba?

Aquella proposición me ponía en bandeja de plata la oportunidad de salir de los problemas con mi “compañera de habitación”.

―Si le soy sincero, eso mismo quería pedirle.

Soplé un poco la tinta para que se secara, limpié el plumín y lo recogí todo antes de echar a andar detrás de Thodd.

Hablamos un rato de temas inverosímiles, paseándonos por una sección del castillo llena de piedras semiderruidas y algo mohosas, pero cuando realmente caímos en el tema que quería, llegamos a lo que probablemente fuera el comedor, con una enorme mesa de piedra en el centro y sin techo, con vista al estrellado cielo nocturno.

Thodd dio un suspiro agotado antes de comenzar a hablar.

―¿Cómo va todo con tu “compañera”?

―Bien ―ironicé inmediatamente―, tanto que ni siquiera sé su nombre.

―Ah, pero respondes rápido. Quizá haya habido algún encontronazo esta mañana del que deba enterarme ―su perspicacia convertía la oración en una pregunta.

―No tengo idea de qué le pasa ―tercié―. No fue lo suficientemente orgullosa para no pedir ayuda, pero dejó claro que no me quiere aquí.

―¿Seguro? ¿No será, quizá, que una mala sorpresa, seguida de una cadencia continua de buenos y malos gestos puede alterar a la gente? Naya está muy predispuesta a malinterpretar ciertas cosas y me puedo jugar una moneda de oro a que cierto escriba suele alterarse por nimiedades.

―Pero si no me dejó hablar, intentaba ser conciliador, inclusive le regalé un saco para sus cosas como gesto de buena fe y no me dio las gracias ―me quejé.

―Por supuesto, cómo olvidar tan bonito gesto… cómo olvidar que dijiste que te creía idiota y la dejaste sola en el bosque ―el tono de Thodd no era un reclamo, más bien parecía una lección que le daría un padre a un hijo necio.

―Bueno. Si usted me lo pone de ésa manera…

―Naya es una buena chica, pero si un hombre duerme junto a su cama y después se ríe de su altura... Digamos que no se puede esperar que le vaya bien con ella.

Thodd se encontraba peligrosamente informado de mi problema con Naya. Sabía demasiados detalles, probablemente ya sabía incluso que yo le iba a pedir que me mandara a otro lugar del campamento. Quizá Naya hubiese hablado con él.

―Usted lo sabe todo ―me rendí, alzando las manos―. Del problema, quiero decir; por lo que supongo que sabe lo que quiero solicitarle.

―Sí, lo sé ―respondió con tranquilidad― Pero antes de que pida nada, le hago una pregunta: Si dos piezas de un rompecabezas, que embonan la una con la otra, tienen algún tipo de irregularidad en el borde, ¿qué pasa cuando uno desarma y rearma el rompecabezas muchas veces?

―Pues, con el paso del tiempo se desgastarán las irregularidades y las piezas embonarán aún mejor ¿no? ―respondí resignado, esperando que la respuesta fuera otra.

―Eres un muy buen alumno, Ian. Ella se acostumbrará a ti o tú te acostumbrarás a ella, yo no elegí ponerlos a los dos ahí.

―¿Cómo puede decir eso? Sus guardias me indicaron que debía ir allí ―subí un poco mi tono de voz, empezaba a molestarme.

―Elegí un lugar del bosque al azar, además, ni a ti ni a ella les incomodó dormir juntos esa noche; ella no me reclamó que hubiera un joven ahí cuando fue a dormir y tú no viniste a decirme nada cuando despertaste.

―Pero… pero, ella lo aceptó porque creyó que usted me había mandado sabiendo que ella estaba ahí y yo…

―No hay excusas, joven escriba. Ambos dormirán en la misma carpa a menos que los dioses dispongan lo contrario. Ni que fuera tan malo dormir con una jovencita hermosa ―zanjó, sonriente.

Tuve que darme por derrotado, para un hombre de veintiocho, por muy inteligente que sea, discutir con un Elfo de ochenta no es como en los cuentos; los ancianos son demasiado tercos y los jóvenes demasiado inexpertos.

―Te has dejado ganar muy fácilmente la discusión―comentó Thodd, mientras regresábamos―. Sabiendo todo lo que tuviste que buscar e insistir para llegar hasta mí, me sorprende que no hayamos pasado una hora dando vueltas en círculos ¿No hay algo más que quieras comentarme? ―percibí un deje de sugerencia en su voz.

―En realidad, Thodd, lo único que puedo decir es que admiro su astucia. Así que puedo estar seguro de que lo único que haré por aquí no será escribir.

―¿Ah, sí? ¿Y qué más hará por aquí?

―Usted es el sabio, sorpréndame.

La verdad, terminé de hablar con él bastante animado; el viejo tenía carisma, quizá yo pudiera aprender algo de él.

Recordé que había dejado mis cosas sobre la mesa antes de irme con Thodd, sin embargo, cuando llegué a la fogata no encontré nada más que gente conversando. Busqué bajo la mesa, pero no se había caído; regresé sobre mis pasos, pero tampoco las había dejado en mi caminata con Thodd; de manera que tuve que preguntarle a un par de niños, que me dijeron que Naya las había tomado. ¡Naya tenía mi libro, mis anotaciones, mis plumas, mi tinta! ¡Y yo la había tratado mal!

Puede que yo no supiera muchas cosas sobre mujeres, pero estaba seguro de que una mujer furiosa era más peligrosa que un mono con cuchillos.

Corrí como un poseso por el campamento hasta que la vi, sentada sobre un tocón enfrente de la carpa con una fogata pequeña, vestía una falda de cuero y una blusa azul que hacían un espectacular juego con sus ojos y piel, respectivamente.

―Mis… mis cosas ―dije entre jadeos―tú… ¿las tienes? ―sólo en ese momento me fijé en lo que sostenía en sus manos ¡Era el libro de mi tatarabuelo!

―Supongo ―respondió con voz distraída―. Favor con favor se paga, vi que te habías ido y me tomé la molestia de traerlas ―apuntó a mi macuto, recostado de la base de una pared― ¿Hablaste con Thodd?

―¿Qué haces con mi libro? ―evadí su pregunta, admitir que un viejo de ochenta años te ganó en astucia es duro.

―Lo ojeo, los dibujos son muy bonitos, ¿tú los hiciste?

―No, yo sólo sé escribir, nada de dibujar. Pero, si te fijas, con una descripción de ése libro, podrías hacer dibujos tan precisos como esos.

―Pues a mí me parece que la elfa que dibujaron se ve gorda ―me tragué mi risa ante el comentario, no quería molestarla, ya me sentía bastante culpable―, yo la habría dibujado mejor. Además yo no entiendo nada de ese galimatías que ustedes llaman letras.

Eso me tomo desapercibido, después de lo molesta que la había visto y de cómo la había tratado yo, me esperaba intercambiar algunas palabras con ella, recibir insultos, que me amenazara; no creí que me fuera a confesar que no sabía leer. El libro del abuelo realmente era mágico.

―Mmm… quizá yo pueda enseñarte a leer, pero me darás un favor a cambio ―dije con el mayor estoicismo que conseguí, intentando no parecer inapropiado.

Alzó la vista del libro y sus ojos azules volvieron a clavarse como puñales de hielo en mí.

―¿Qué te crees? ¿Piensas que voy a dejarte toquetearme a cambio de que me enseñes a entender tus asquerosas letras? No necesito nada de ti, aprenderé yo sola a leer, y a escribir también ―se levantó del tocón y me arrojó el libro―. Me voy a dormir, no quiero volverte a ver la cara de pervertido… al menos hasta mañana, cuando tenga que verte cargar un fardo entero de leña y me ría de ti, enclenque.

―Quería que me enseñaras a dibujar ―mascullé por lo bajo.

Divina pareja la que hacíamos ¿No? No importaba qué tan cuidadosamente quisiera caminar hacia Naya, había mucho hielo frágil en el camino y ya lo había quebrado dos veces. Sin embargo, como Thodd dijo; yo soy demasiado insistente.
[/CELL]

Bueno, eso es todo por ahora. Si leen, comenten sin temor y recuerden: no hay critica destructiva, sino mal planteada.
La venganza no sólo es dulce,
también es un plato que se sirve frío,
así que seguramente es un helado.
Pero el helado engorda, no seas vengativo...
A menos que quieras ser obeso :P




#5
Qué lindo despertar así (?)

Ou, ou, ou, que mala que es esta hermosa chica o.o Su carácter se contradice con su físico

Me gustó el comienzo y la historia del chico con su compañera de sueños… supongo que hasta más que la historia del cuentacuentos.

Tu fic es genial, tiene ese típico encanto de las historias de héroes donde las mujeres son totalmente inútiles y los tipos débiles se hacen fuertes cuando las maltratan. Siempre son buenas esas historias.

Qué buena batalla la de Boris y Hugo…

Muy buen léxico el que estás usando para escribir, amigo, la verdad me impresiona.

Tiene un toque que me gusta mucho. Ojalá no te dejes llevar por las ocupaciones y puedas seguir escribiendo, amigo, vale la pena la verdad. ¡Hasta el próximo capítulo, Jocker!


Gracias a todos por recordarme :) Sólo tengo buenos recuerdos de ustedes y de este agradable lugar también.
#6
¡Regreso! Casi un mes sin postear, pero no dejaré que pase más, este fic tiene que llegar a ser grande (aunque sólo lo lean sin comentar p_p).

Respondiendo:
Demian: Je... si te gustó el comienzo, imagina lo que le falta por vivir al pobre Ian con Naya. Este capi con Hugo me dediqué más que todo a dar información que luego puede resultar interesante y que ahorrará algunos problemas a la hora de conocer Vitalaia, así que será un tanto aburrido (por el lado de Hugo).
Una vez más, gracias por alabar mi léxico; de algo me tenía que servir un diccionario del tamaño de tres biblias juntas xD.


Y ahora, si más preámbulos...

III

Mi tercer día de estadía con los elfos del Bosque de Awl fue el primero de los días más pesados de mi vida y no porque me haya tocado cargar aproximadamente veinte kilos de leña con mi enjuto cuerpo, ni porque se me cayeron varias veces y tuve que recogerlos.

Desde muy temprano se habían distribuido las tareas de recolección, a Naya, a mí y a cuatro personas más nos había tocado recorrer el bosque para buscar leña para las fogatas. Ella no me hablaba, ni recogía nada, simplemente se dedicaba a observarme en silencio, riéndose estrepitosamente cada vez que yo hacía una mueca o se me caían los leños, pero nada más.

De desayuno comí apenas una manzana, y eso porque la encontré en el suelo. Naya era quien llevaba nuestro desayuno en su macuto, sin embargo en lugar de darme mi parte cuando paramos para comer, se despachó todo sin decir ni pío.

Al menos, para cuando conseguí llegar a las ruinas de la Casa de Awl, sudado y jadeante, las cosas mejoraron un poco; me pude dar un baño en un arroyo cercano, me hice un té de sauce y tuve un almuerzo caliente.

No obstante, el día siguió sin mejoras significativas; en el bosque al menos me distraía el cansancio, el hambre y la recolección, pero después de comer y descansar, tenía más tiempo para divagar hacia Naya, que seguía molesta. Sin importar qué intentara hacer, siempre acababa cruzando una mirada con ella, que me fulminaba cada vez que podía.

Ya entrada la noche, con las hadas vagando por el bosque, sus cientos de luces adornando todo y un firmamento repleto de estrellas, mejoré mi humor para poder escribir.

Cuando armaron la fogata simplemente me desperecé y me dirigí hacia allá. Thodd ya se había sentado así que sólo tomé mi lugar y me dediqué a escribir.


El Nuevo

Hugo y Sakai salieron de la casa muy tranquilos, como si un par de hombres llevando un maletín de viaje no destacaran a la una de la madrugada en aquel barrio; pero ignoraban por completo a la figura sombría que caminaba por el tejado, observándolos de cerca.

Hugo caminaba llevando su maletín con aire taciturno, con la cabeza embotada por el cansancio y las medicinas. Sakai, por su parte, aparentaba naturalidad; aunque la leve tensión de sus músculos y las rápidas miradas hacia los cristales que conseguía por el camino delataban cierto nerviosismo.

Pronto ambos hombres llegaron a un cruce de calles, donde un auto los esperaba, subieron sin que Hugo preguntara nada; cosa rara en él tratándose de un auto desconocido, que los llevó al exterior de la ciudad por un rumbo desconocido y los dejó en una casucha abandonada. Fue Sakai quien tuvo que hablar cuando ambos se hubieron bajado del auto.

―¿Qué te pasa Hugo? Hemos llegado hasta aquí sin que dijeras palabra, sin que me cuestionaras; tú no eres un alumno tan confiado.

―No lo sé ―reconoció con voz pastosa―. Siento como si tuviera el cerebro metido en una lata de guisantes. Quiero dormir.

―Perfecto entonces, estamos esperando a alguien así que puedes echarte una siesta entretanto ―apuntó al muro exterior de la casa―. Espero que hayas metido mucha ropa suavecita en ese maletín ―se mofó.

El muchacho ni siquiera se fijó bien hacia dónde apuntaba su maestro, se tiró sobre un poco de pasto y apoyó la cabeza sobre su maleta. Se rio un poco; sí, había mucha ropa suavecita. Se quedó completamente dormido.

Hugo despertó sin saberlo, con una lágrima rodándole por la mejilla. Pensar en sus padres no le dolía, pero siempre que soñaba con ellos, se despertaba sollozando un poco y pensando ¿cómo pudo ser todo si no hubieran muerto?

Pero la voz aterciopelada de una joven lo sacó de su ensoñación.

―Oye, ¿estás bien? ―le dijo con un deje preocupado.

Sólo entonces Hugo se fijó en el lugar donde se encontraba; era una habitación amplia, de forma rectangular y probablemente hecha de piedra, estaba tumbado en la parte de abajo de una de las múltiples literas de metal, por lo que no alcanzaba a ver el techo.

―¡Hey! no me ignores. Me preocupo por ti, ¿sabes? ―reclamó, casi como una niña pequeña.

Hugo intentó incorporarse para mirarla a la cara, pero lo hizo de una manera tan torpe que se golpeó la frente con uno de los soportes de la litera, tuvo que contentarse con girar la cara.

Su interlocutora era una muchacha unos pocos años mayor que él, lucía una blusa ajustada de lana roja y se cubría los hombros con una chaquetilla de cuero sin mangas, bordada con un raro signo sobre su pecho izquierdo y usaba un cómodo pantalón corto a juego con sus botas. Su rostro, de un color blanco bronceado, exhibía facciones afiladísimas; el cabello de rizos rojo brillante le caía sobre los hombros con una delicadeza casi vanidosa, dejando que la los lados de su cabeza se asomaran los pequeños filos de sus… ¿orejas?

―Pero qué dem… ―fue a decir Hugo, cuando se volvió a golpear con la litera.

La muchacha se alarmó y fue a auxiliarlo, sin embargo Hugo se desasió de su agarre como un animal asustado, consiguió incorporarse y se tiró hacia el otro lado de la cama con violencia, apuntándole las orejas.

―Oye, oye cálmate ―dijo la chica, con un tono más apaciguador que ofendido― ¿Nunca habías visto un elfo?

―¿Elfo? ¿De qué diablos me hablas? Yo sólo me dormí en el bosque mientras esperábamos a alguien. No tenía idea de que iban a traerme a una habitación con un fenómeno que se cree elfa.

Lo único que le impedía a Hugo gritar era que no quería mostrarse vulnerable, no confiaba en aquella muchacha y no tenía la menor idea de qué rayos hacía allí.

―¿Fenómeno? Mira quién habla ―ahora sí sonaba claramente ofendida―, seguro que tú eres muy normal, lleno de cicatrices y con un Croix en el brazo.

De pronto Hugo fue consciente de sí mismo, lo único que tenía puesto era la parte inferior de un pijama blanco, de manera que se veían las cicatrices de los muchos cortes arañazos y mordiscos que recibió hacía tiempo; incluso había algunas que no recordaba. No obstante, lo que más le llamó la atención fue cómo habían llamado a la marca de su brazo.

―Disculpa, ¿qué dijiste? ―las últimas seis palabras habían conseguido llamar al completo la atención de Hugo.

―Dios… ―puso los ojos en blanco― El maestro me dijo que no sabías mucho de la escuela, creo debió mencionar que eres un asno sordo. Dije que el tatuaje de tu brazo se llama Croix ¿ni siquiera sabes a qué rama perteneces?

Dio varios pasos hacia él sorteando la litera, pero Hugo siguió mirándola con recelo silencioso y casi automáticamente, varios de sus músculos se tensaron.

―¡Por las barbas de Moah! Casi matas a uno de los mejores de Combate Avanzado y no tienes ni la más chusca idea de dónde estás parado. Debí dejarle esto a Varamir ―se lamentó―. Estaría aburrida, pero al menos no habría asumido la responsabilidad de cargar contigo. Vístete, tu maleta está debajo de la litera; te veo afuera en diez minutos.

―Un momento. Si es cierto que no entiendo, explícame ―exigió Hugo desafiante―; o no me moveré ni un ápice de aquí.

La muchacha puso los ojos en blanco e hizo un ademán impaciente.

―De verdad que suelo ser amable con la gente y todo, pero eres más imbécil que un asno y más terco que una mula. Puedes decirme que vas a quedarte ahí plantado hasta que te salgan raíces ―le restó importancia con la mano―, yo sencillamente me iré y te dejare aquí, desorientado.

―¿Y cómo sé que no vas a hacer lo mismo al salir de aquí?

―¿Sabes qué te ganaste? Menos intimidad ―se sentó en la litera con impaciencia― Vístete.

Hugo hizo caso a lo que le pedía a regañadientes. Se fijó en que la chica desviaba la mirada para no verlo, pero no le dio la más mínima importancia, al fin y al cabo, estaba molesto. Se puso una camisa de lana blanca con trenzas en el pecho, unos jeans negros y sus zapatos deportivos.

Una vez que salieron de la habitación, se encontraron en un pasillo de piedra con otras puertas de madera, similares a la que acababan de usar y una escalera de caracol que descendía a una sala de estar con una chimenea y unos pocos muebles. Toda la casa parecía abandonada.

―¿Y bien? ―preguntó la chica, con una sonrisita de suficiencia.

―¿Y bien qué? ―respondió impaciente.

―¿Cómo ha estado mi actuación?

―¿Qué dijiste? ―los ojos de Hugo casi saltaron de sus órbitas por la rabia.

―Antes de que me mates ―alzó ambas manos con gesto pacificador―, tengo que admitir que era la única forma de sacarte de la habitación. Tengo talento para entender a las personas ―sonrió ampliamente―. Por eso el maestro Sakai me encargó de cuidar al nuevo.

El nombre de su maestro hizo que Hugo bajara la guardia, sin prestarle atención a cómo se había referido a él.

―No soy terco ―refunfuñó Hugo―. Sólo un poco desconfiado.

―Y ahí vas de nuevo ―chasqueó la lengua en señal de desaprobación―, ¿pasarás toda la mañana llevándome la contraria?

―Podría seguir, pero estoy esperando mis explicaciones. Puedes comenzar por “maestro Sakai”.

La pelirroja se detuvo frente a la puerta y se giró para mirar a Hugo con gesto de reclamo.

―El hecho de que te dijera asno allá atrás, no significa que tengas que tratarme como un si fuera un libro viejo; sigo siendo una chica ¿sabes? Y tengo un nombre ―dijo, tendiéndole la mano.

Hugo le estrechó la mano de buen grado, no era el nombre del maestro y ni mucho menos los últimos acontecimientos, pero comenzaba a tenerle confianza.

―Soy Hugo.

―Y yo Rikaln, pero prefiero que me llamen Rika.

Luego de las presentaciones, sobrevinieron varias horas de explicaciones; al principio, complicadas y generales, aunque se hicieron progresivamente más sencillas y específicas; así que me ahorraré la larguísima charla, junto con el centenar de preguntas y lo resumiré todo.

Rika le contó a Hugo que ya no se encontraba en Terra, como ellos lo llamaban, sino en Vitalaia; un mundo que había sido creado por Dios para que las creaciones de su Mano vivieran. Le explicó que, después de que Dios usara a su Mano derecha de cinco dedos; Aemis, Hareus, Yshleen, Moah y Leichale; para crear Terra, se durmió y los dedos aprovecharon para hacer sus propias creaturas. Sin embargo, cuando Dios despertó, halló que los dedos habían descuidado su trabajo; desatando el caos sobre Terra.

Dios no deseaba acabar con las creaciones que habían logrado, pero tampoco podía dejar a sus dedos impunes de semejante pecado; así que creo Vitalaia, le quitó la inmortalidad a sus dedos y los dejó, junto con sus creaciones en El Otro Mundo. Con el tiempo, los cinco consiguieron una especie de paz, separando Vitalaia en cuatro reinos, uno para las creaciones de cada uno, exceptuando a las de Leichale.

Rika prosiguió clasificando a las creaciones de cada dedo y algunas de sus características:

Primero estaban los Elfos como ella; hijos de Aemis, la mayor de los cuatro y el dedo meñique de la Mano; vivian en Illién, una región muy boscosa, con muchos animales y montañas. Los elfos eran curanderos por excelencia y tenían el don de la sabiduría.

Los siguientes eran los Chímairas, hijos de Moah, el pulgar; tenían el poder de convertirse en diferentes mezclas específicas de animal-humano. Moah les dio los dones de la fortaleza y la versatilidad, sin embargo les quitó la posibilidad de conocer su ascendencia, obligándolos a vivir en familias adoptivas. Rothgar era el lugar perfecto para ellos, poseía un paisaje muy diverso y salvaje.

Luego, los Humanos hijos de Yshleen, el dedo anular. Con la extraña capacidad de “alterar el orden natural de las cosas” de diferentes formas, la más conocida y temida de ellas era la magia. El reino humano se llamaba Azelleb, estaba lleno de tierra fértil y animales domésticos, con paisajes hermosos.

El reino de Sedah pertenecía a los seguidores de Hareus, el dedo corazón. A Sedah iban a parar las almas atormentadas y los muertos sin descanso, que tomaban forma en los temibles No Muertos para seguir vivos. Sedah estaba lleno de tierras áridas e infértiles porque los No Muertos no requerían comida.

Y los últimos fueron los hijos de Leichale, el dedo índice de la Mano de Dios. Los Croixis eran humanos que habían aceptado un don llamado Croix; les atribuía una cualidad única que se heredaba a sus descendientes, con ligeras variaciones y les dejaba una marca imborrable sobre la piel como símbolo de ello. Los Croixis, con aprobación de todos, estaban repartidos por toda Vitalaia, exceptuando el reino de Sedah y funcionaban, la mayoría de las veces, como intermediarios entre los reinos.

Rika insistió en omitir algunas de las cosas que ocurrieron luego de aquello, como el por qué ahora sólo existían Illién, Rothgar y Azelleb. Se saltó hasta el lugar en donde estaban: el Instituto Polidisciplinario Vincent Baelish, fundado por un Croixis del mismo nombre, para instruir a todo aquel que quisiera sobre las distintas artes y ciencias del saber vitalaiano. Se encontraba en un punto intermedio entre los tres reinos, rodeado por la ciudad de Alrraim.

En el Vincent Baelish estaban por comenzar el trimestre de clases. La semana anterior al trimestre, los estudiantes inscritos debían escoger las asignaturas que cursarían, la mayoría de las asignaturas se dividían por niveles: Principiantes, Avanzados y Expertos; un estudiante no tenía la libertad de escoger el nivel en el que estaría, eso era designado por los profesores en base a sus últimas calificaciones.

Finalmente llegaron a las explicaciones más actuales. El maestro Sakai había llegado la noche anterior con Hugo, lo inscribió en el colegio, lo registró en una habitación de Dormitorios y seleccionó algunas asignaturas para él. O por lo menos eso le había dicho el maestro a Rika por la mañana, antes de enviarle para que lo guiara.

Ambos jóvenes caminaban por la Plaza Central, que tenía el nombre bien puesto: era una explanada de al menos cincuenta metros de radio, ubicada en el centro del Instituto y que tenía cinco estatuas perfectamente coloreadas formando un pentágono dentro de la plaza y una mano de oro macizo en el centro. El sol brillaba en el centro del cielo y ambos agradecieron aquel tramo de césped a la sombra de un olmo. Sobre todo considerando que había muchos estudiantes circulando por el instituto.

―Y bien, ¿qué más quieres saber? ―inquirió Rika con tranquilidad, Hugo era un gran oyente cuando le convenía.

―Quiero saber qué evidencias tengo de que todo esto ―hizo un ademán amplio para abarcar su alrededor―, es verdad.

―¿En serio? ―le preguntó la pelirroja, no sonaba ofendida, sino más bien abrumada― ¿Haber nacido tatuado no te bastó? ¿Pelear con Boris Izgarri no te bastó?

―No, no, quiero decir. Puedo creerte que existan elfos ―la señaló―, chímairas y ―se apuntó― Croixis. Lo que no acabo de encajar es lo del instituto y la magia.

―Bueno, es que aún no hemos ido a que tomes tus asignaturas, ni a retirar tu uniforme. Pero creo que confiarás en mí después de mañana ―dijo, poniéndose en pie―. Entretanto, ¿qué te parece si averiguamos lo que nuestro “misterioso” maestro dejó para ti.

El estómago de Hugo gruño con fuerza y éste agachó un poco la cabeza, casi imperceptiblemente; no tenía dinero, ni comida. Rika sonrió.

―Tranquilo muchacho ―hablaba al estómago de Hugo―, nos comeremos algo en el camino.

Y así fue, antes de internarse en la ciudadela laberíntica que suponía el instituto, Rika fue a un carrito ambulante para comprar un par de empanadas de pollo, una para cada uno.

Hugo no tenía ni la más remota idea de cómo moverse por los pasillos con las paredes de pequeñas piedras unidas con una especie de concreto amarillo y pisos de adoquín. No obstante, bajo ninguna circunstancia admitiría aquello, por eso, cuando Rika le decía: “En éstas aulas hay clases de Rúnica, en éstas Botánica, por allá están los pasillos para las prácticas de combate…” él se limitaba a asentir buscando algún punto de referencia en aquella enorme monotonía.

Finalmente llegaron a una especie de patio abierto que Rika describió como “Plaza Blanca” que hizo que Hugo se preguntara cuántas plazas había en aquel colegio. Allí, un centenar de estudiantes se acomodaba en hileras hacia cuatro mesas de madera acomodadas bajo un toldo de lona, cada una presidida por un hombre o una mujer cuyas ropas llevaban en común un símbolo semejante al de Rika sobre su corazón.

―Tú vas por allá ―apuntó a la mesa más alejada hacia la derecha, donde una mujer de rostro tosco con el tatuaje de un pájaro a un lado de su cuello atendía a sólo cuatro personas.

―¿Segura?

―Absolutamente, si te fijas, hay una mesa para cada rama ― le explicó―. Lamento decirlo, pero últimamente no abundan los Croixis ―dijo con suavidad―. Si no te sientes… ―iba a seguir pero Hugo la interrumpió.

―Quédate ―le espetó, con una sonrisa de suficiencia y se echó a caminar.

Pasó junto a la cola de los que posiblemente eran los Chímairas, pues todos emitían cierto aire salvaje (fuera de los cabellos alborotados y dientes afilados); echando miradas de soslayo, alcanzó a ver a un par de chicas guapas conversar y a algunos amigos bromeando. Pero no vio lo que buscaba.

Se ubicó al final de la fila, que avanzó considerablemente rápido, pues la mujer que estaba allí; ataviada con su largo vestido negro sin escote, similar al hábito de una monja; sólo tenía que buscar entre una decena de papeles antes de entregar el correspondiente a cada estudiante. Examinó la insignia que llevaba aquella mujer en el pecho, se parecía mucho a la de Rika, con la única diferencia de que el distintivo de ésta mujer era una mano dorada con su dedo índice apuntando hacia arriba sobre un fondo azul cían, mientras que el de Rika era la misma mano, pero apuntando con el meñique y sobre un fondo verde.

―¿Nombre? ―preguntó la mujer a Hugo, que sin darse cuenta ya estaba al frente.

―¿Perdón?

―Tu nombre, muchacho ―dijo con una cansina voz nasal.

―Hugo… ―iba a continuar diciendo “Martínez”, pero se interrumpió, en aquel lugar, con nombres tan extraños como Rikaln ¿qué clase de apellido había puesto el maestro para su inscripción?

Pero no necesitó darle su apellido, porque casi enseguida la mujer le tendía un par de hojas de papel con una ceja arqueada.

―¿Baelish? ―preguntó la mujer, más para sí que para cualquiera.

Hugo se limitó a asentir y tomó el documento, pero cuando regresaba hacia Rika se puso pálido al recordar algo. Revisó la hoja.

―Hombre ¿Qué pasó? Pareces un… ―no acabó porque Hugo ya había puesto las hojas frente a su cara.

Alzó las cejas y se llevó una mano a la boca sofocando el grito de asombro. Efectivamente, en el encabezado, la sección “Nombre del Alumno” enunciaba con claridad: Hugo Franklo Baelish Rakhad.


Una vez que Thodd terminó, se quedó sentado un rato más, casi expectante hasta que se escucharon pasos y jadeos. Un elfo alto, de piel blanquecina y rostro gesticulante apreció en la luz de la hoguera; estaba sudado y tenía aspecto preocupado.

―¿Tus hijos entraron, Lorr? ―preguntó Thodd con desaprobación.

Cuando el aludido asintió, una oleada de murmullos recorrió a la multitud.

―Alguien tiene que ir a buscarlos ―intervino Naya, mirándome desde la multitud.

―Ciertamente ―advirtió Thodd, también lanzándome una mirada― ¿Sabes dónde fueron Lorr?

―Sí, han ido por una de las puertas laterales.

Thodd alzó la mirada hacia uno de sus guardias, un tanto preocupado.

―Marco, ve con Lorr, llévense también a Duk e Ian.

Casi me da un infarto al oír aquello, “no vayan más allá de donde les indique su sentido común”, había dicho Thodd y ahora planeaba mandarme a mí a buscar a un par de chiquillos en la oscuridad de una fortaleza antigua que incluso él consideraba peligrosa.


Y con eso termina este capi, no olviden: Si leen, comenten; sólo les tomará unos minutos.

Ahí se ven~
La venganza no sólo es dulce,
también es un plato que se sirve frío,
así que seguramente es un helado.
Pero el helado engorda, no seas vengativo...
A menos que quieras ser obeso :P




#7
D: Que mala que es esa chica, ya es demasiada maldad… me hace acordar a cuando eres pequeño y la chica que gusta de ti te pega u.u

Mira: “Al menos, para cuando conseguí llegar a las ruinas de, sudado y jadeante,”

Ahí te faltó algo, no sé de qué son las ruinas D:

¿Varamir? O: Como tu personaje del CV, ¿Quién será?

OMG, esa elfa que le tocó a Hugo tiene cierto parecido a Naya pero es mucho más atrevida. Me gusta.

Ahhh, genial, genial, me está gustando porque empiezas con el tema de la mitología y la creación de los mundos. Eso me agrada.

Ahora lo que era algo mitológico cambió a una cosa más… ¿High School? O.O Es raro.

¿Comen empanadas de pollo? Tantas cosas raras y diferentes y al final terminan comiendo algo totalmente argentino, LOL

Alto nombre raro le pusieron a Huguito xD Es como el súper decendiente del fundador de la escuela xD

Pss si Thodd dice que vaya debe ser porque sabe que nada malo va a pasar. Además, como escriba Ian tiene que buscar contar la historia como verdaderamente es, sin dudas tiene que ser parte de eso.

Me gusta la historia porque son dos en una. Realmente no me pareció aburrido para nada, al contrario, fue uno de los mejores capítulos, uno de los más interesantes, ahora la historia de Hugo empieza a cobrar más sentido.

¡Sigue adelante! No te preocupes que ya llegarán los comentarios :)


Gracias a todos por recordarme :) Sólo tengo buenos recuerdos de ustedes y de este agradable lugar también.