◘-Saikyo-◘
Bien si para, los que me conocen, sep se viene uno mas de los mios xDDD, espero poder completar este nuevo fic y seguir con los otros. Para los que no me conocen, pues, BIENVENIDOS! a una nueva produccion de Drengist 
(Producciones sin Talento SA de CV... "Cero talento, pero el esfuerzo esta garantizado!"(?))Esta es mi nueva idea, espero que les guste n_n, por su puesto, si les gusta el genero de "Fantasia medieval" sin duda este es su fic!
ay, he jugado demasiado Skyrim...
Bien aqui os presento!
En los tiempos del Minith, existieron cinco leyendas, creadas por 5 hombres legendarios, destinados a convertirse en un mito que rivalizaría con los dioses mismos, que reiniciaría el mundo y crearía una nueva era, todo porque estos 5 hombres nacieron y unieron fuerzas para enfrentar a los más grandes retos y vivir sus feroces y siniestras aventuras en el Acath, el mundo visible. Este es el mito de aquellos 5 personajes, el mito de los Saikyo…
La bruma del ocaso cubría el suelo mientras que las últimas luces del sol dibujaban el contorno de las montañas, dentro de un claro al pie de las montañas blancas de Pie helado, un hombre encapuchado con un aura oscura caminaba en dirección a una mina abandonada en la espesura del bosque. Caía una llovizna densa pero tranquila sobre el claro, empapando la capa negra de la sombría figura que caminaba lentamente, de una manera siniestra, sin alma.
Todos los animales del bosque habían huido al menos a 1 kilómetro a la redonda de ese hombre, sentían ese miedo instintivo a la muerte intensificado infinitamente por la presencia del encapuchado. Aquel sujeto portaba la maldición de la muerte, todo lo que lo rodeaba moría sin razón alguna y de manera instantánea.
Todos los relatos, cuentos y rumores que circundaban alrededor de esta figura encapuchada decían que aquel hombre había nacido muerto, pero que su espíritu le había plantado cara a Drogionoth el señor de los muertos y había huído de las profundidades de Eterí el lugar donde moran los muertos inocentes y había vuelto de la tumba habiendo así roto las leyes de los dioses, habiéndosele escapado a Drogionoth en sus narices y que por tal insolencia el señor de los muertos le había maldecido obligándolo a cargar el espíritu de la muerte a donde quiera que fuera. Otras historias decían que era el propio Driogonoth en su forma mortal o su hijo quien había decidido entrar al mundo mortal por cualquieras fueren sus siniestras razones. Pero lo que aquel hombre sabia sólo eran dos cosas y ninguna de esas estaba relacionado con esos relatos alocados de los que hablaban los pueblerinos sobre él. La primera: Su nombre, que era Montock Le Blanc . Y la segunda: que todo lo que sabía sobre su maldición era que lo mataba todo, sin excepción. Las flores y el pasto marchitaban a su alrededor y se secaban hasta volverse polvo y todo animal o persona que pasara demasiado cerca de él aunque fuera por un instante caía al suelo sin vida y empezaba a pudrirse a una velocidad macabra.
Pero por eso él se encontraba al filo de esa mina. De esa mina era bien sabido que estaba conectada a unas ruinas de los Dex-Elih, los eruditos entre las montañas. Una raza pérdida de monjes eruditos que vivía refugiada entre las montañas, siguiendo las enseñanzas de Eutheri diosa del viento y la sabiduría. Construían sus templos en lo alto, en los límites del mundo mortal, lugares donde ningún hombre, enano, orco, trasgo o cualquier ser vivo pudiera pisar además de un Dex-Elih.
Los Dex-Elih eran conocidos por su bastedad de conocimientos sobre todo lo que existe en el Acath, Tokath, Enkath y Sucath, las tierras donde moran los mortales y las que moran los Mennag; los inmortales. Esto para Montock, era una luz de esperanza casi cegadora, porque tenía la certeza de que si los Dex-Elih no conocían el significado de su maldición, solo los dioses sabrían porque había nacido marcado por la muerte. Incluso de ser así, los monjes eruditos habían dejado su gran colección de conocimientos dentro de ciudades en el interior de las montañas que moraban, ahí habría algún libro que ilustrara las doctrinas del viento y Montock podría aprender a comunicarse con Eutherí y ella por sobre los demás dioses, sabría decirle cuál era su mal. Montock disponía de todo el tiempo del Acath, pues él era la muerte, no necesitaba comer, beber, ni siquiera necesitaba respirar, no podía morir, porque ya estaba muerto.
Montock dio su primer paso dentro de la mina abandonada y un viento le azotó la cara con todas sus fuerzas, tumbándole la capucha, alborotando su cabello del color de la nieve blanca. Ese viento era frio y triste, a Montock le daba la sensación de que esa ráfaga era como si la mina se lamentara de su prescencia, como si él hubiera entrado en un momento en el que no debía de haberlo hecho, rompiendo con la intimidad en de la mina, se sentía como si hubiera algo ahí que no debería verse, que no debería ser descubierto.
Dio un segundo paso dentro de la mina, entonces hubo un fogonazo blanco y Montock se quedó ciego, empezó a perder la sensibilidad de sus brazos y piernas, el sonido de las agujas de pino meciéndose a sus espaldas y el vacío de la mina empezaron a apagarse, incluso el olor de la tierra mojada y la piedra dura y seca desapareció. Sintió como si le hubieran desprendido de su cuerpo por un instante hasta que pudo sentir de nuevo, pero todo era diferente, estaba hincado en un suelo que no era de piedra, era suave y no sabría decir que era, sus manos estaban atrapadas con unos pesados grilletes, también sentía todo el peso de cadenas aplastando su espalda, forzándolo a permanecer hincado como estaba. Su audición todavía no había vuelto por completo y aún permanecía ciego.
Montock permaneció en silencio, no estaba seguro de lo que había pasado, se daba cuenta de que era prisionero. Todo esto podría ser obra de un ilusionista que lo había capturado apenas había entrado en la mina, pero él no podía ser humano, podría ser un Mennag oscuro, un demonio de ilusiones, los demonios estaban exentos de la muerte mortal, por lo que no podían morir a manos de la maldición de muerte que Montock cargaba, solo un dios, otro demonio o un emisario divino podría darle fin a un demonio.
Se escuchó una voz gutural sobre su cabeza. Hablando un idioma extraño del que Montock jamás había oído, sonaba como si un dragón gruñera e hiciera gorgojos sobre s cabeza.
Sonó de nuevo la voz, ahora como un rugido, atronadora, colérica.
-Lo siento, no entiendo –dijo Montock con toda calma, como ya se había dicho, él era la muerte, por lo que no necesitaba temerse a sí mismo.
La voz habló en un tono interrogativo que parecía indignado e irritado.
-Lo siento, no entiendo –repitió calmado.
-¡¿Te atreves a hacerme hablar una lengua mortal Eru?! –La voz cambio por completo se volvió una voz firme, imperiosa, poderosa, casi intimidante, tenía un acento perfecto y hablaba con mucha fluidez el idioma Acath.
Montock no respondió, no tenía porque, él no era Eru
-Creí que había sido tu fin Eru, y el mío también –continuó la voz, como si ignorara el hecho de que no le había respondido-. Pensé que ya habías desaparecido, muerto para siempre. Ahora dime, ¿Por qué de pronto sentí tu espíritu, acercándose a uno de mis santuarios? –Le interrogó el hombre de la voz.
Montock siguió prestando silencio, negándose a hablar.
-¡Responde! –Vociferó la voz.
-Yo no soy Eru –Respodió Montock en un murmullo.
-¿Pero qué…? –Gesticuló la voz
Montock escuchó como algún aparato mecánico se accionara y un objeto muy pesado se moviera, un segundo después hubo rugidos coléricos que estallaron en el lugar y la tierra empezó a temblar. Se oían murmullos aquí y allá, gritos y suplicas. Fuera donde fuere que estaba Montock, había caído en el caos total. Incluso para él esa atmosfera que se suscitó tan repentinamente, era abrumadora, pero permaneció en calma, esperando a que la tormenta amainara, porque estaba consiente de él no podía hacer absolutamente nada, estaba inmovilizado.
-¡ERES UN HUMANO! ¡UN HUMANO! –Rugió la voz tan imponente que podría haber tumbado a un jinete de su corcel con silbido-. ¡DIME POR QUÉ TU ESPIRITU ES EL MISMO QUE EL DE ERU O JURO QUE CALCINARÉ TU ALMA MORTAL, HASTA QUE NISIQUIERA LOS CUERVOS DE DROGIONOTH SE ATREVERÍAN COMERSELA!
¿Calcinar el alma?, eso tomó a Montock por sorpresa. Solo las Divinidades y los demonios más poderosos podrían jugar con el alma de los seres vivos a gusto.
-¡RESPONDE! –Exigió la voz.
Montock sintió un escozor se apoderaba de sus entrañas, que pronto se convirtió en un ardor tal que sentía que su sangre se hubiera convertido en ácido. Trató de retorcerse pero el peso de las cadenas se lo impedían, tenía que sufrir esa tortura, ahí quieto, sin poder mostrar su sufrimiento.
De pronto percibió como perdía el control de su mente, veía ante sí recuerdos que no había evocado, pensamientos que no eran suyos, sentía que alguien estaba revolviendo su cerebro mientras su cuerpo era quemado por dentro. Jamás había sentido tanta desesperación en ningún punto de su vida como aquel.
De repente todo se detuvo, el dolor se esfumó y su mente volvió a estar en su lugar. Sintió tanto alivio que soltó todos los músculos de su cuerpo y dejo tranquilamente que las cadenas los aplastaran un poco más.
-Así que eres Montock Le Blanc –Dijo la voz ya más calmada con un deje de satisfacción en su tonada, lo que sea que le hubiera hecho a su mente, había encontrado lo que buscaba-. Por lo que vi, ahora todo tiene sentido, entiendo porque tú tienes un espíritu similar al de Eru, y toda esa muerte que te sigue como grilletes a donde sea que vas.
-¿Quiés eres? –Pregunto entrecortado Montock, jadeando, aun recuperándose del espantoso tormento que había sufrido.
-¿Eh? –La voz volvió a sonar indignada-. ¿Acaso no reconoces a tu dios, pequeño humano?... ¡Ah! Es cierto –se mofó-. Ustedes mortales jamás aprendieron a ver, tampoco a escuchar, sólo a sentir, no es de extrañar que no me veas, después de todo no sabes cómo verme.
>>¡Yo soy Irinih!, supongo que eso te basta, humano.
Inirih, el dragón. Montock se sintió realmente tonto, Eru, ¿Cómo no se había dado cuenta?, Aquel “Dios” que le hablaba, no era si no la mitad de un dios, el bi-dios de la guerra Irinih-Eru, un dios hecho de dos partes. Irinih-Eru era el patriarca de todos los dioses, él era la representación del conflicto entre fuerzas opuestas que le daba sentido al universo. Si no existieran fuerzas que se opusieran las unas a las otras, el universo no existiría, por eso las dos mitades del dios estaban destinadas a pelear la una con la otra, las cuales eran Inirih y Eru respectivamente. Pero era imposible, Eru no podía morir, si el moría, Inirih también desaparecería. Una idea así era inconcebible.
-Humano –le llamó-. Desde ahora tú me perteneces, tu piel, tu carne, tu espíritu… tú maldición, ahora cada parte de ti me pertenece. Desde ahora tú serás mi siervo más fiel. Serás el emisario divino de Irinih.
-¿Qué? ¿Por qué? –Montock no entendía porque de repente el Dios de la guerra lo había tomado bajo su ala, todos sabían que los Emisarios divinos de los dioses eran personas que regentaban el poder de los dioses sobre los mortales y también servían de mediadores entre ambos, exponiendo los problemas terrenales a los dioses celestiales. Un Emisario divino es similar a un sacerdote, pero su conexión con los dioses no es a través de la fe, si no que era una conexión directa con el dios a quien representabas. Un emisario divino, podría entrar en el palacio de un emperador y decirle que le besara los pies sin que el emperador pudiera negarse.
-Eso no te corresponde a ti saberlo mortal –replicó con furia el dios-. Pero sé que un desdichado maldito como tú, jamás ha creído en la justicia de los dioses. Sé que nunca confiaras en nosotros como lo haría un Emisario real. Pero puedo ofrecerte algo a cambio de tu servidumbre.
-Esclavitud –susurró Montock amargamente. Nunca le tuvo simpatía a los dioses, después de todo, el jamás había tenido a nadie, su madre había muerto dándolo a luz, su padre también había muerto cuando lo sostuvo entre sus manos en el primer momento y todo aquel quien se le hubiera acercado también había perecido. La justicia divina solo era para aquel a quien a los dioses les conviniera. Sin embargo Montock sabía que a pesar de ser inmortal, provocar a un Dios era una estupidez tremenda, los dioses tenían poderes que superaban la comprensión humana. Pero el replicarles en la cara, le producía una satisfacción inmensa, aunque fuera solo un segundo.
-No, pequeño humano –Comenzó Inirih-. Nosotros los dioses, siempre tenemos algo que ofrecer a cambio de los favores mortales, nosotros somos poderosos y mi regalo es algo que no podrás rechazar, pues conozco todos tus deseos. Tú y yo sabemos que remover la maldición de la muerte es el deseo que tú pides a gritos… pero que hay de ese deseo que haz encerrado en tu corazón y lo has acallado junto con tus verdaderos sentimientos. Dime ¿qué es lo que realmente deseas, remover tu maldición o a aquella niña… Aura?
Al oír ese nombre, el rostro de Montock se demacró, lucia infinitamente más viejo y cansado que de lo que en verdad estaba, tenía el semblante de alguien que había sido golpeado por la vida un sinfín de ocasiones.
-Ningún alma mortal deberá regresar al Acath una vez perecido. De ser un muerto pecador este será enviado al Enkath la tierra de la oscuridad entre las estrellas, si es un muerto que ha cometido en favor de los dioses se le permitirá la entrada al Tokath el centro de la tierra donde reside el mundo divino, en el caso de ser un muerto inocente será enviado al Eterí para prestar servidumbre a Drogionoth señor de los muertos quien juzgará a las almas y decidirá si van a Enkath o a Tokath. Toda alma que infrinja las leyes de la muerte será calcinada. Eso, es lo que establece la ley divina –Respondió fríamente Montock sin demostrar el mas mínimo rastro de emoción en su rostro.
Inirih soltó una poderosa carcajada
-Desafías a tus sentimientos con la lógica –admiró Inirih-. Sin duda alguien cómo tú está más que calificado, para servirme. Bien cumpliré ese deseó por el que tanto pides. Pero yo no puedo remover una maldición como la que te acosa, está por fuera de mis poderes, por supuesto, por razones que no necesitas saber mortal…
Por más pequeña que fuese la esperanza que hubiese albergado Montock, se había esfumado, ni siquiera el patriarca de los dioses le podía asegurar remover su maldición.
-Siempre ha sido de mortales la inhabilidad de poder ver más allá de lo obvio –se quejó el dios con un gruñido, como si percibiera la decepción de Montock-. No puedo quitarte tu maldición, pero sí puedo proteger a todo los demás seres vivos de ella.
Montock levantó la cabeza tanto como podía con esas cadenas sobre su cuerpo, en un esfuerzo completamente inútil, pues estaba ciego y no podía ver nada, pero estaba asombrado.
-No dañaras a nadie mientras sigas teniendo mi bendición –prosiguió Inirih-. Eso sí aceptas servirme, lealmente. Aunque por supuesto, yo no soy ningún demonio, podras hacer lo que te plazca mientras no estés a mi servicio, podrás disfrutar de una vida mortal, casi normal.
Montock no lo pensó, no necesitaba hacerlo, desde que había nacido su único propósito había sido librarse de aquel mal que le acosaba, todo lo que hubiera más allá de ese propósito no le importaba.
-Sí, te serviré Irinih, primera mitad del equilibrio del universo, patriarca de las deidades y de los mortales, dios de la guerra y la razón –Montock pronunció su juramento, tan inexpresivo como siempre. Si había esperanza se aferraría a ella con todas las fuerzas que tuviera.
Inirih dio un gruñido de aprobación.
-Desde ahora serás el emisario divino de Irinih, portaras el fuego blanco en mi nombre y cumplirás mi palabra sobre los mortales y el Acath. Montock Le Blanc, desde ahora serás conocido entre los mortales como el sacerdote de la lógica y el verdugo del patriarca, todos los seres inferiores a ti deberán conocerte como Saikyo el muerto, solo tus iguales te llamaran por tu nombre…
***
Montock sintió aquella sensación de vacío a través de su cuerpo, esfumándose y sus sentidos recobrarse lentamente, comenzó a oír el agua fluir suave mente a su alrededor, el olor a piedra dura y seca estaba en el aire de nuevo y también podía sentirla roca bajo su cuerpo. Pronto se dio cuenta de que estaba recostado sobe una loza de piedra. Abrió los ojos y comprobó que su vista había vuelto por completo. Montock se vio a sí mismo en el altar de una gran capilla subterránea dedicada a la parte blanca de Irinih-Eru, todo era de piedra tallada a mano y cada una de las decoraciones estaba hecha de mármol blanco, los detalles eran exquisitos, se podría comparar con los templos de los 12 estados-capital del impero Ennahrio. Además de que la estancia estaba iluminada con una suave luz azulada gracias a cientos de lámparas de Brodick, mucho mejores que las lámparas de gas o las velas, pues estas estaban hechas con una pasta luminiscente, que no era inflamable, aunque sí muy costosa. Pues se necesitaba una sarta de ingredientes exóticos y un alquimista bien adiestrado para fabricarlas. Pero para los sacerdotes ese lujo no era un problema, no solo porque las iglesias fueran acaudaladas, sino porque los alquimistas abundaban en los templos e iglesias. A la alquimia se le consideraba como el centro de la religión, por una simple razón. La alquimia es la ciencia que estudia las propiedades místicas del universo, por lo tanto las leyes alquímicas eran lo mismo que las leyes celestiales, las leyes de los dioses.
Montock miró a su alrededor y vio que a su derecha había otro altar como en el que estaba apoyado, una réplica exacta, solo que los detalles de ese altar y de todo el lado derecho de la capilla no eran de mármol blanco, sino de mármol negro, lo que significaba que ese era el altar dedicado a la parte negra de Irinih-Eru. Estaba seguro de que se encontraba al interior de la mina en algún lugar de la ciudad de conocimientos de los Dex-Elih. Era obvio, pues todas las paredes a su alrededor estaban cubiertas con letras jeroglíficas que según la tradición de los Dex-Elih deberían ser conocimientos sobre los dioses, pues ellos tenían la costumbre de llenar todas sus paredes de conocimiento.
Montock se apresuró a ir a la parte trasera del altar de Inirih, pues según las instrucciones del dios, atrás del altar encontraría un baúl lleno de objetos. Inirih le había dicho que cualquiera que fuese el objeto que tomara, este se convertiría en un amuleto que lo conectaría a él directamente con el patriarca de los dioses y que mientras él tuviera ese amuleto y la bendición de Inirih, su maldición jamás volvería a cobrar ni una vida más.
Llegó a la parte trasera del altar y vio un arcón de mármol negro hermosamente decorado con pintura dorada. La tapa era muy pesada pero pudo retirarla con presteza. Dentro había muchos objetos clericales, destinados a la adoración de Inirih-Eru, como una balanza de doble contra peso, un cáliz de oro y plata, ropas de sacerdote, un bastón de mármol con una figurita en la punta que representaba a los dos dragones serpientes, uno blanco y otro negro, quienes eran una de las formas optadas por Irinih-Eruh, pero Montock no quería eso, quería que su amuleto fuera algo practico que pudiera llevar a todas partes y no fuera una carga. Entonces vio algo que superaba todas sus expectativas. Un brazalete de plata que sólo usaban los Dex-Elih de más alta categoría o los sacerdotes para ceremonias especiales. Este Brazalete no solo era fácil de llevar y liviano, sino que en el extremo tenía una piedra parecida a un zafiro, que en realidad era pasta Bronick cristalizada, la cual no solo era una bonita gema, eso también podría servir como una lámpara durante la noche y no solo eso, por alguna razón el Bronick ahuyenta a los diablillos y a los moradores de la oscuridad como los trasgos, las gárgolas y cualquier otro de los siniestros merodeadores de las sombras.
Montock tomó el brazalete de inmediato y se lo puso en el brazo derecho. Podía sentir como la emoción calentaba su corazón hecho de fría piedra, endurecida y curtida por muchos años de soledad y desdicha. Por lo que se dirigió de inmediato hacia la salida.
A pesar de estar muy ansioso, Montock tardó un par de horas en salir de la mina, debido a la razón de que no sabía el camino de regreso desde la capilla de Inirih-Eru hasta la superficie y de hecho ni siquiera salió por donde había entrado, sino que salió por alguna de las entradas secundarias de la mina. Pero eso era perfecto, porque por ahí él no había pasado, entonces podría verificar perfectamente sí Irinih realmente había controlado su maldición.
Montock se plantó frente a un árbol, él había notado que la hierba a sus pies no había muerto, pero quería verificarlo más directamente, así que alzó su palma, no le temblaba, estaba calmado, sabía que dejarse llevar por las emociones sería una tontería, no celebraría hasta no saber si el amuleto funcionaba.
Tocó el árbol con la palma de su mano y no pasó nada. Montock sintió satisfacción y admiración en ese momento, por fin podía tocar sin matar y más que eso, bajo su mano, podía sentir la vida del árbol correr por su interior, era maravilloso, sentir la vida.
Montock sonrió de manera sincera como nunca lo había hecho durante tantos insufribles años cargando con la muerte.
Pero su regocijo no duró mucho, Irinih le había encomendado una misión, tenía que cumplirla, le gustase o no. Era por su bien, y por el de Aura…
Espero que les haya gustado xD, disculpen si fue largo, pero estoy seguro de que la lectura es fluida por lo que no aburre demasiado, proximo cap, proxima semana, esperen con ansias :7
Comenten! se aprecian sus comentarios... me deprimo si no me comentan ;_;(?)
Bueh es todo, Byes!!
P.D: lol las 2 am, asd siempre se me da estrenar en la madrugada P_P.

(Producciones sin Talento SA de CV... "Cero talento, pero el esfuerzo esta garantizado!"(?))Esta es mi nueva idea, espero que les guste n_n, por su puesto, si les gusta el genero de "Fantasia medieval" sin duda este es su fic!
ay, he jugado demasiado Skyrim...
Bien aqui os presento!
SAIKYO
Prologo:
Prologo:
Las 5 leyendas
1ro de Octubre de la era Poctina, año 1402, Finalmoon.
En los tiempos del Minith, existieron cinco leyendas, creadas por 5 hombres legendarios, destinados a convertirse en un mito que rivalizaría con los dioses mismos, que reiniciaría el mundo y crearía una nueva era, todo porque estos 5 hombres nacieron y unieron fuerzas para enfrentar a los más grandes retos y vivir sus feroces y siniestras aventuras en el Acath, el mundo visible. Este es el mito de aquellos 5 personajes, el mito de los Saikyo…
-Elf-hen
Capitulo 1: De la Muerte.


De la Muerte
14 de Marzo de la era Poctina, año 1400, Veras.
La bruma del ocaso cubría el suelo mientras que las últimas luces del sol dibujaban el contorno de las montañas, dentro de un claro al pie de las montañas blancas de Pie helado, un hombre encapuchado con un aura oscura caminaba en dirección a una mina abandonada en la espesura del bosque. Caía una llovizna densa pero tranquila sobre el claro, empapando la capa negra de la sombría figura que caminaba lentamente, de una manera siniestra, sin alma.
Todos los animales del bosque habían huido al menos a 1 kilómetro a la redonda de ese hombre, sentían ese miedo instintivo a la muerte intensificado infinitamente por la presencia del encapuchado. Aquel sujeto portaba la maldición de la muerte, todo lo que lo rodeaba moría sin razón alguna y de manera instantánea.
Todos los relatos, cuentos y rumores que circundaban alrededor de esta figura encapuchada decían que aquel hombre había nacido muerto, pero que su espíritu le había plantado cara a Drogionoth el señor de los muertos y había huído de las profundidades de Eterí el lugar donde moran los muertos inocentes y había vuelto de la tumba habiendo así roto las leyes de los dioses, habiéndosele escapado a Drogionoth en sus narices y que por tal insolencia el señor de los muertos le había maldecido obligándolo a cargar el espíritu de la muerte a donde quiera que fuera. Otras historias decían que era el propio Driogonoth en su forma mortal o su hijo quien había decidido entrar al mundo mortal por cualquieras fueren sus siniestras razones. Pero lo que aquel hombre sabia sólo eran dos cosas y ninguna de esas estaba relacionado con esos relatos alocados de los que hablaban los pueblerinos sobre él. La primera: Su nombre, que era Montock Le Blanc . Y la segunda: que todo lo que sabía sobre su maldición era que lo mataba todo, sin excepción. Las flores y el pasto marchitaban a su alrededor y se secaban hasta volverse polvo y todo animal o persona que pasara demasiado cerca de él aunque fuera por un instante caía al suelo sin vida y empezaba a pudrirse a una velocidad macabra.
Pero por eso él se encontraba al filo de esa mina. De esa mina era bien sabido que estaba conectada a unas ruinas de los Dex-Elih, los eruditos entre las montañas. Una raza pérdida de monjes eruditos que vivía refugiada entre las montañas, siguiendo las enseñanzas de Eutheri diosa del viento y la sabiduría. Construían sus templos en lo alto, en los límites del mundo mortal, lugares donde ningún hombre, enano, orco, trasgo o cualquier ser vivo pudiera pisar además de un Dex-Elih.
Los Dex-Elih eran conocidos por su bastedad de conocimientos sobre todo lo que existe en el Acath, Tokath, Enkath y Sucath, las tierras donde moran los mortales y las que moran los Mennag; los inmortales. Esto para Montock, era una luz de esperanza casi cegadora, porque tenía la certeza de que si los Dex-Elih no conocían el significado de su maldición, solo los dioses sabrían porque había nacido marcado por la muerte. Incluso de ser así, los monjes eruditos habían dejado su gran colección de conocimientos dentro de ciudades en el interior de las montañas que moraban, ahí habría algún libro que ilustrara las doctrinas del viento y Montock podría aprender a comunicarse con Eutherí y ella por sobre los demás dioses, sabría decirle cuál era su mal. Montock disponía de todo el tiempo del Acath, pues él era la muerte, no necesitaba comer, beber, ni siquiera necesitaba respirar, no podía morir, porque ya estaba muerto.
Montock dio su primer paso dentro de la mina abandonada y un viento le azotó la cara con todas sus fuerzas, tumbándole la capucha, alborotando su cabello del color de la nieve blanca. Ese viento era frio y triste, a Montock le daba la sensación de que esa ráfaga era como si la mina se lamentara de su prescencia, como si él hubiera entrado en un momento en el que no debía de haberlo hecho, rompiendo con la intimidad en de la mina, se sentía como si hubiera algo ahí que no debería verse, que no debería ser descubierto.
Dio un segundo paso dentro de la mina, entonces hubo un fogonazo blanco y Montock se quedó ciego, empezó a perder la sensibilidad de sus brazos y piernas, el sonido de las agujas de pino meciéndose a sus espaldas y el vacío de la mina empezaron a apagarse, incluso el olor de la tierra mojada y la piedra dura y seca desapareció. Sintió como si le hubieran desprendido de su cuerpo por un instante hasta que pudo sentir de nuevo, pero todo era diferente, estaba hincado en un suelo que no era de piedra, era suave y no sabría decir que era, sus manos estaban atrapadas con unos pesados grilletes, también sentía todo el peso de cadenas aplastando su espalda, forzándolo a permanecer hincado como estaba. Su audición todavía no había vuelto por completo y aún permanecía ciego.
Montock permaneció en silencio, no estaba seguro de lo que había pasado, se daba cuenta de que era prisionero. Todo esto podría ser obra de un ilusionista que lo había capturado apenas había entrado en la mina, pero él no podía ser humano, podría ser un Mennag oscuro, un demonio de ilusiones, los demonios estaban exentos de la muerte mortal, por lo que no podían morir a manos de la maldición de muerte que Montock cargaba, solo un dios, otro demonio o un emisario divino podría darle fin a un demonio.
Se escuchó una voz gutural sobre su cabeza. Hablando un idioma extraño del que Montock jamás había oído, sonaba como si un dragón gruñera e hiciera gorgojos sobre s cabeza.
Sonó de nuevo la voz, ahora como un rugido, atronadora, colérica.
-Lo siento, no entiendo –dijo Montock con toda calma, como ya se había dicho, él era la muerte, por lo que no necesitaba temerse a sí mismo.
La voz habló en un tono interrogativo que parecía indignado e irritado.
-Lo siento, no entiendo –repitió calmado.
-¡¿Te atreves a hacerme hablar una lengua mortal Eru?! –La voz cambio por completo se volvió una voz firme, imperiosa, poderosa, casi intimidante, tenía un acento perfecto y hablaba con mucha fluidez el idioma Acath.
Montock no respondió, no tenía porque, él no era Eru
-Creí que había sido tu fin Eru, y el mío también –continuó la voz, como si ignorara el hecho de que no le había respondido-. Pensé que ya habías desaparecido, muerto para siempre. Ahora dime, ¿Por qué de pronto sentí tu espíritu, acercándose a uno de mis santuarios? –Le interrogó el hombre de la voz.
Montock siguió prestando silencio, negándose a hablar.
-¡Responde! –Vociferó la voz.
-Yo no soy Eru –Respodió Montock en un murmullo.
-¿Pero qué…? –Gesticuló la voz
Montock escuchó como algún aparato mecánico se accionara y un objeto muy pesado se moviera, un segundo después hubo rugidos coléricos que estallaron en el lugar y la tierra empezó a temblar. Se oían murmullos aquí y allá, gritos y suplicas. Fuera donde fuere que estaba Montock, había caído en el caos total. Incluso para él esa atmosfera que se suscitó tan repentinamente, era abrumadora, pero permaneció en calma, esperando a que la tormenta amainara, porque estaba consiente de él no podía hacer absolutamente nada, estaba inmovilizado.
-¡ERES UN HUMANO! ¡UN HUMANO! –Rugió la voz tan imponente que podría haber tumbado a un jinete de su corcel con silbido-. ¡DIME POR QUÉ TU ESPIRITU ES EL MISMO QUE EL DE ERU O JURO QUE CALCINARÉ TU ALMA MORTAL, HASTA QUE NISIQUIERA LOS CUERVOS DE DROGIONOTH SE ATREVERÍAN COMERSELA!
¿Calcinar el alma?, eso tomó a Montock por sorpresa. Solo las Divinidades y los demonios más poderosos podrían jugar con el alma de los seres vivos a gusto.
-¡RESPONDE! –Exigió la voz.
Montock sintió un escozor se apoderaba de sus entrañas, que pronto se convirtió en un ardor tal que sentía que su sangre se hubiera convertido en ácido. Trató de retorcerse pero el peso de las cadenas se lo impedían, tenía que sufrir esa tortura, ahí quieto, sin poder mostrar su sufrimiento.
De pronto percibió como perdía el control de su mente, veía ante sí recuerdos que no había evocado, pensamientos que no eran suyos, sentía que alguien estaba revolviendo su cerebro mientras su cuerpo era quemado por dentro. Jamás había sentido tanta desesperación en ningún punto de su vida como aquel.
De repente todo se detuvo, el dolor se esfumó y su mente volvió a estar en su lugar. Sintió tanto alivio que soltó todos los músculos de su cuerpo y dejo tranquilamente que las cadenas los aplastaran un poco más.
-Así que eres Montock Le Blanc –Dijo la voz ya más calmada con un deje de satisfacción en su tonada, lo que sea que le hubiera hecho a su mente, había encontrado lo que buscaba-. Por lo que vi, ahora todo tiene sentido, entiendo porque tú tienes un espíritu similar al de Eru, y toda esa muerte que te sigue como grilletes a donde sea que vas.
-¿Quiés eres? –Pregunto entrecortado Montock, jadeando, aun recuperándose del espantoso tormento que había sufrido.
-¿Eh? –La voz volvió a sonar indignada-. ¿Acaso no reconoces a tu dios, pequeño humano?... ¡Ah! Es cierto –se mofó-. Ustedes mortales jamás aprendieron a ver, tampoco a escuchar, sólo a sentir, no es de extrañar que no me veas, después de todo no sabes cómo verme.
>>¡Yo soy Irinih!, supongo que eso te basta, humano.
Inirih, el dragón. Montock se sintió realmente tonto, Eru, ¿Cómo no se había dado cuenta?, Aquel “Dios” que le hablaba, no era si no la mitad de un dios, el bi-dios de la guerra Irinih-Eru, un dios hecho de dos partes. Irinih-Eru era el patriarca de todos los dioses, él era la representación del conflicto entre fuerzas opuestas que le daba sentido al universo. Si no existieran fuerzas que se opusieran las unas a las otras, el universo no existiría, por eso las dos mitades del dios estaban destinadas a pelear la una con la otra, las cuales eran Inirih y Eru respectivamente. Pero era imposible, Eru no podía morir, si el moría, Inirih también desaparecería. Una idea así era inconcebible.
-Humano –le llamó-. Desde ahora tú me perteneces, tu piel, tu carne, tu espíritu… tú maldición, ahora cada parte de ti me pertenece. Desde ahora tú serás mi siervo más fiel. Serás el emisario divino de Irinih.
-¿Qué? ¿Por qué? –Montock no entendía porque de repente el Dios de la guerra lo había tomado bajo su ala, todos sabían que los Emisarios divinos de los dioses eran personas que regentaban el poder de los dioses sobre los mortales y también servían de mediadores entre ambos, exponiendo los problemas terrenales a los dioses celestiales. Un Emisario divino es similar a un sacerdote, pero su conexión con los dioses no es a través de la fe, si no que era una conexión directa con el dios a quien representabas. Un emisario divino, podría entrar en el palacio de un emperador y decirle que le besara los pies sin que el emperador pudiera negarse.
-Eso no te corresponde a ti saberlo mortal –replicó con furia el dios-. Pero sé que un desdichado maldito como tú, jamás ha creído en la justicia de los dioses. Sé que nunca confiaras en nosotros como lo haría un Emisario real. Pero puedo ofrecerte algo a cambio de tu servidumbre.
-Esclavitud –susurró Montock amargamente. Nunca le tuvo simpatía a los dioses, después de todo, el jamás había tenido a nadie, su madre había muerto dándolo a luz, su padre también había muerto cuando lo sostuvo entre sus manos en el primer momento y todo aquel quien se le hubiera acercado también había perecido. La justicia divina solo era para aquel a quien a los dioses les conviniera. Sin embargo Montock sabía que a pesar de ser inmortal, provocar a un Dios era una estupidez tremenda, los dioses tenían poderes que superaban la comprensión humana. Pero el replicarles en la cara, le producía una satisfacción inmensa, aunque fuera solo un segundo.
-No, pequeño humano –Comenzó Inirih-. Nosotros los dioses, siempre tenemos algo que ofrecer a cambio de los favores mortales, nosotros somos poderosos y mi regalo es algo que no podrás rechazar, pues conozco todos tus deseos. Tú y yo sabemos que remover la maldición de la muerte es el deseo que tú pides a gritos… pero que hay de ese deseo que haz encerrado en tu corazón y lo has acallado junto con tus verdaderos sentimientos. Dime ¿qué es lo que realmente deseas, remover tu maldición o a aquella niña… Aura?
Al oír ese nombre, el rostro de Montock se demacró, lucia infinitamente más viejo y cansado que de lo que en verdad estaba, tenía el semblante de alguien que había sido golpeado por la vida un sinfín de ocasiones.
-Ningún alma mortal deberá regresar al Acath una vez perecido. De ser un muerto pecador este será enviado al Enkath la tierra de la oscuridad entre las estrellas, si es un muerto que ha cometido en favor de los dioses se le permitirá la entrada al Tokath el centro de la tierra donde reside el mundo divino, en el caso de ser un muerto inocente será enviado al Eterí para prestar servidumbre a Drogionoth señor de los muertos quien juzgará a las almas y decidirá si van a Enkath o a Tokath. Toda alma que infrinja las leyes de la muerte será calcinada. Eso, es lo que establece la ley divina –Respondió fríamente Montock sin demostrar el mas mínimo rastro de emoción en su rostro.
Inirih soltó una poderosa carcajada
-Desafías a tus sentimientos con la lógica –admiró Inirih-. Sin duda alguien cómo tú está más que calificado, para servirme. Bien cumpliré ese deseó por el que tanto pides. Pero yo no puedo remover una maldición como la que te acosa, está por fuera de mis poderes, por supuesto, por razones que no necesitas saber mortal…
Por más pequeña que fuese la esperanza que hubiese albergado Montock, se había esfumado, ni siquiera el patriarca de los dioses le podía asegurar remover su maldición.
-Siempre ha sido de mortales la inhabilidad de poder ver más allá de lo obvio –se quejó el dios con un gruñido, como si percibiera la decepción de Montock-. No puedo quitarte tu maldición, pero sí puedo proteger a todo los demás seres vivos de ella.
Montock levantó la cabeza tanto como podía con esas cadenas sobre su cuerpo, en un esfuerzo completamente inútil, pues estaba ciego y no podía ver nada, pero estaba asombrado.
-No dañaras a nadie mientras sigas teniendo mi bendición –prosiguió Inirih-. Eso sí aceptas servirme, lealmente. Aunque por supuesto, yo no soy ningún demonio, podras hacer lo que te plazca mientras no estés a mi servicio, podrás disfrutar de una vida mortal, casi normal.
Montock no lo pensó, no necesitaba hacerlo, desde que había nacido su único propósito había sido librarse de aquel mal que le acosaba, todo lo que hubiera más allá de ese propósito no le importaba.
-Sí, te serviré Irinih, primera mitad del equilibrio del universo, patriarca de las deidades y de los mortales, dios de la guerra y la razón –Montock pronunció su juramento, tan inexpresivo como siempre. Si había esperanza se aferraría a ella con todas las fuerzas que tuviera.
Inirih dio un gruñido de aprobación.
-Desde ahora serás el emisario divino de Irinih, portaras el fuego blanco en mi nombre y cumplirás mi palabra sobre los mortales y el Acath. Montock Le Blanc, desde ahora serás conocido entre los mortales como el sacerdote de la lógica y el verdugo del patriarca, todos los seres inferiores a ti deberán conocerte como Saikyo el muerto, solo tus iguales te llamaran por tu nombre…
***
Montock sintió aquella sensación de vacío a través de su cuerpo, esfumándose y sus sentidos recobrarse lentamente, comenzó a oír el agua fluir suave mente a su alrededor, el olor a piedra dura y seca estaba en el aire de nuevo y también podía sentirla roca bajo su cuerpo. Pronto se dio cuenta de que estaba recostado sobe una loza de piedra. Abrió los ojos y comprobó que su vista había vuelto por completo. Montock se vio a sí mismo en el altar de una gran capilla subterránea dedicada a la parte blanca de Irinih-Eru, todo era de piedra tallada a mano y cada una de las decoraciones estaba hecha de mármol blanco, los detalles eran exquisitos, se podría comparar con los templos de los 12 estados-capital del impero Ennahrio. Además de que la estancia estaba iluminada con una suave luz azulada gracias a cientos de lámparas de Brodick, mucho mejores que las lámparas de gas o las velas, pues estas estaban hechas con una pasta luminiscente, que no era inflamable, aunque sí muy costosa. Pues se necesitaba una sarta de ingredientes exóticos y un alquimista bien adiestrado para fabricarlas. Pero para los sacerdotes ese lujo no era un problema, no solo porque las iglesias fueran acaudaladas, sino porque los alquimistas abundaban en los templos e iglesias. A la alquimia se le consideraba como el centro de la religión, por una simple razón. La alquimia es la ciencia que estudia las propiedades místicas del universo, por lo tanto las leyes alquímicas eran lo mismo que las leyes celestiales, las leyes de los dioses.
Montock miró a su alrededor y vio que a su derecha había otro altar como en el que estaba apoyado, una réplica exacta, solo que los detalles de ese altar y de todo el lado derecho de la capilla no eran de mármol blanco, sino de mármol negro, lo que significaba que ese era el altar dedicado a la parte negra de Irinih-Eru. Estaba seguro de que se encontraba al interior de la mina en algún lugar de la ciudad de conocimientos de los Dex-Elih. Era obvio, pues todas las paredes a su alrededor estaban cubiertas con letras jeroglíficas que según la tradición de los Dex-Elih deberían ser conocimientos sobre los dioses, pues ellos tenían la costumbre de llenar todas sus paredes de conocimiento.
Montock se apresuró a ir a la parte trasera del altar de Inirih, pues según las instrucciones del dios, atrás del altar encontraría un baúl lleno de objetos. Inirih le había dicho que cualquiera que fuese el objeto que tomara, este se convertiría en un amuleto que lo conectaría a él directamente con el patriarca de los dioses y que mientras él tuviera ese amuleto y la bendición de Inirih, su maldición jamás volvería a cobrar ni una vida más.
Llegó a la parte trasera del altar y vio un arcón de mármol negro hermosamente decorado con pintura dorada. La tapa era muy pesada pero pudo retirarla con presteza. Dentro había muchos objetos clericales, destinados a la adoración de Inirih-Eru, como una balanza de doble contra peso, un cáliz de oro y plata, ropas de sacerdote, un bastón de mármol con una figurita en la punta que representaba a los dos dragones serpientes, uno blanco y otro negro, quienes eran una de las formas optadas por Irinih-Eruh, pero Montock no quería eso, quería que su amuleto fuera algo practico que pudiera llevar a todas partes y no fuera una carga. Entonces vio algo que superaba todas sus expectativas. Un brazalete de plata que sólo usaban los Dex-Elih de más alta categoría o los sacerdotes para ceremonias especiales. Este Brazalete no solo era fácil de llevar y liviano, sino que en el extremo tenía una piedra parecida a un zafiro, que en realidad era pasta Bronick cristalizada, la cual no solo era una bonita gema, eso también podría servir como una lámpara durante la noche y no solo eso, por alguna razón el Bronick ahuyenta a los diablillos y a los moradores de la oscuridad como los trasgos, las gárgolas y cualquier otro de los siniestros merodeadores de las sombras.
Montock tomó el brazalete de inmediato y se lo puso en el brazo derecho. Podía sentir como la emoción calentaba su corazón hecho de fría piedra, endurecida y curtida por muchos años de soledad y desdicha. Por lo que se dirigió de inmediato hacia la salida.
A pesar de estar muy ansioso, Montock tardó un par de horas en salir de la mina, debido a la razón de que no sabía el camino de regreso desde la capilla de Inirih-Eru hasta la superficie y de hecho ni siquiera salió por donde había entrado, sino que salió por alguna de las entradas secundarias de la mina. Pero eso era perfecto, porque por ahí él no había pasado, entonces podría verificar perfectamente sí Irinih realmente había controlado su maldición.
Montock se plantó frente a un árbol, él había notado que la hierba a sus pies no había muerto, pero quería verificarlo más directamente, así que alzó su palma, no le temblaba, estaba calmado, sabía que dejarse llevar por las emociones sería una tontería, no celebraría hasta no saber si el amuleto funcionaba.
Tocó el árbol con la palma de su mano y no pasó nada. Montock sintió satisfacción y admiración en ese momento, por fin podía tocar sin matar y más que eso, bajo su mano, podía sentir la vida del árbol correr por su interior, era maravilloso, sentir la vida.
Montock sonrió de manera sincera como nunca lo había hecho durante tantos insufribles años cargando con la muerte.
Pero su regocijo no duró mucho, Irinih le había encomendado una misión, tenía que cumplirla, le gustase o no. Era por su bien, y por el de Aura…
Espero que les haya gustado xD, disculpen si fue largo, pero estoy seguro de que la lectura es fluida por lo que no aburre demasiado, proximo cap, proxima semana, esperen con ansias :7
Comenten! se aprecian sus comentarios... me deprimo si no me comentan ;_;(?)
Bueh es todo, Byes!!
P.D: lol las 2 am, asd siempre se me da estrenar en la madrugada P_P.




Spoiler

Grax Rene, quedo Rlz xD

Grax cell esta buena















(???)





me hizo gracia porque también encontré otras similitudes entre esa obra y Saikyo del mismo tipo. Deverías leerlo si no lo hiciste... es un libro fantástico.