Me conecté al MSN como tantos otros días. Era hijo único y mis padres no sabían ni prender la computadora, así que no tenía que compartirla con nadie. Además, ellos trabajaban todo el día casi, no podían impedirme estar conectado tanto tiempo. Yo sabía que no era sano, pero me hacía sentir mejor que juntarme con un grupo de compañeros que empezaban a tomar alcohol sólo para ver quién aguantaba más. Sin embargo, sea sano o no, los únicos amigos que tenía estaban en ese MSN. Increíble cómo unas personas conectadas en una computadora a cientos o incluso miles de kilómetros podían llegar a ser tan importantes para uno. Pero quien en verdad era importante, era ella.
Nos habíamos conocido hace muchos años por casualidad, en un foro de un videojuego de rol. No nos conocimos mientras jugábamos, sino en la sección de literatura del foro. Ella había publicado un pequeño texto que había escrito, y había llamado mi atención. Le dejé un comentario, que me había agradado lo que escribió y que en verdad tenía talento para su corta edad. El comentario pareció gustarle, ya que me lo respondió. Al parecer ambos teníamos el sueño de ser escritores famosos, lo que nos dio tema de conversación. No tardó mucho en que ambos nos pasáramos nuestros correos electrónicos para poder chatear. Nos volvimos amigos desde el primer momento, era increíble lo bien que nos llevábamos y todo lo que teníamos en común, como si hablara con un espejo. Hasta de la misma edad éramos. Parecía mágico, sobrenatural, como si el destino hubiera hecho que nos conociéramos, ya que costaba creer que hubiera otra persona en el mundo con quien compartiera tanto.
Por desgracia, no nos encontrábamos muy cerca que digamos… precisamente, era de otro país. Por suerte no era un país lejano, era limítrofe al mío, pero esa frontera seguía existiendo y sin importar qué tan cerca estuvieran nuestras naciones, una simple aduana hacía que fuera un camino muy largo. Podríamos visitarnos alguna vez, es más, le hice la promesa que alguna vez iría para allá, pero ese momento no estaba cercano, apenas éramos adolescentes.
Pero la distancia no dificultó nada… nada para la amistad. Por más que yo empezaba a sentir cosas por ella, el sentimiento no era mutuo. Ella no era muy romántica que digamos, tenía poca esperanza en el amor a diferencia de mí. Si supiera todo lo que yo sentía, me hubiera borrado de su lista de contactos en el mismo segundo que se enteraba, por lo que mantuve todo en secreto. La amé sin que lo supiera, a veces le enviaba indirectas, pero ella no parecía creer que yo vivía soñando y pensando con estar a su lado. Sé que parecía estúpido, pero el amor es así, uno no decide de quien enamorarse.
Me quedé mirando la ventana principal del MSN esperando ver que su nick apareciera en la lista de conectados, y tras pocos minutos sucedió. Empezamos la conversación como siempre: “Hola, ¿cómo estás?”, “Hola. Yo bien, ¿y vos?”. Así era todos los días. Luego seguía la pregunta de “¿Qué cuentas?”, la manera en que preguntábamos qué nos sucedió ese día. Generalmente respondíamos que nada, pero ese día ella no dijo eso.
“No te lo vas a creer”, fue lo que me dijo, seguido de un emoticón que demostraba sorpresa. Leí atentamente y pregunté qué era lo que no iba a creer, suponiendo que era algo sobre el colegio o su familia. Tal vez su hermano mayor ya iba a tener el bebé que estaba buscando con su mujer, o tal vez el profesor que ella más odiaba se había tomado licencia, pero por desgracia, no fue nada de eso.
“¡Tengo novio!”, me dijo con otro emoticón, esta vez de risa. Le parecía gracioso ya que no era propio de ella tener novio, siempre había sido reacia hacia los chicos. Sin embargo, pude sentir de todo menos risa. La emoción que superó a las demás fue como si una daga se clavara en mi corazón, como si se hubiera roto en mil pedazos, pedazos tan pequeños que ya nunca podría repararse.
“¿En serio?”, le pregunté. “¡No te lo creo! ¿Quién es, cómo se llama?”, dije, como si en verdad quisiera saberlo. No podía decirle que no me contara nada, que me dijera que era una broma, ya que yo sólo era su amigo, y mi deber era que ella esté feliz, no que yo lo fuera.
Me contó que era un chico de la otra división de su escuela. Irónicamente, tenía el mismo nombre que yo. Al parecer ella le gustaba a él desde hace rato, pero nunca habían hablado, apenas se conocían, por lo que él no se animaba a hablarle. Hasta ese día, en que durante el recreo la invitó a tomar algo y a charlar. Se cayeron bien, y le sugirió volver juntos de la escuela. Mientras caminaban hacia sus casas, fue cuando él sin decirle palabra alguna le dio un beso, un beso que al parecer dijo todo entre ellos. En ese momento odié que ella también fuera escritora, ya que me describió tan bien todo que sentí haberlo presenciado, lo que me hizo sentir aún peor. Fingí que estaba alegre por ella, y que tenía que bañarme y luego estudiar, sólo para tener una excusa para desconectarme del MSN.
Ese día me tiré en mi cama mirando el techo. No sabía cómo sentirme… ¿en verdad debía estar mal porque alguien a quien nunca había visto a la cara había conseguido novio? ¿Era correcto ponerse celoso de alguien desconocido que vivía a kilómetros de distancia de quien no sabía más que el nombre? ¿Valía la pena sentirse dolido por alguien que vivía detrás de una frontera? No sabía que pensar… a lo mejor me hacía bien, tal vez me hacía olvidarme de ella y enamorarme de alguien real. Sólo el tiempo diría la verdad.
No me volví a conectar al MSN por tres días. No hablar con ella me haría bien. Cuando me volví a conectar, le di la excusa de tener mucha tarea. Discretamente le pregunté por su novio, y dijo que las cosas con él mejoraban cada día. Sentía ganas de decirle que la amaba, ya que creía que ese era el momento de hacerlo; que si no lo hacía, luego ya sería tarde. Tal vez ella también sentía algo por mí, tal vez ese novio fuera imaginario para ver cómo reaccionaba yo. ¡Sí, eso debía ser! Me había decidido, le iba a escribir una confesión, la confesión más sincera de toda mi vida, para que vea lo que decía mi corazón.
Pensé bien cada palabra. La escribí con mucha seriedad, seguro de lo que iba a hacer. Me imaginaba a ella respondiendo que sentía lo mismo, que ese novio no existía, que quiso darme celos o alguna otra excusa. Yo sabía que las cosas funcionarían entre nosotros si nos dábamos una oportunidad, y esa oportunidad estaba por aparecer apenas enviara esa confesión, esa carta que mi corazón le enviaba al suyo. Ya la tenía lista, se la iba a enviar, mi dedo rozaba el botón de enviar, cuando en su foto del MSN apareció algo que yo no esperaba.
Había puesto una foto suya, besándose con un chico de cabello corto y castaño. Siempre había sido muy tímida, nunca había puesto una foto suya en el MSN, y menos besándose con alguien. Pensé que sería alguien más, tal vez una foto de otras dos personas para hacer su farsa más real, pero por desgracia no era así. Ella me había mostrado pocas fotos suyas, pero lograba reconocerla. Ese pelo negro, largo y brillante, tan bien cuidado. Esa piel blanca, pálida, propia de ella. Y esos ojos verdes, que según me había dicho cambiaban de color según su estado de ánimo. En ese momento eran de un verde brillante, vivo, lleno de vida. Definitivamente era ella, y en verdad estaba feliz.
Borré letra por letra todo lo que había escrito. Si quedaba alguna parte de mi corazón con esperanza, se había muerto en cuanto vi esa foto. Pero a su vez, sentía una extraña alegría dentro de mí. Ella se veía tan feliz, tan pura, tan llena de vida, y él parecía en verdad quererla. Me di cuenta que amar a alguien no era besarla, acariciarla, estar con ella… amar a alguien era preocuparse por esa persona, asegurarse que esté bien, que esté feliz, sea con quien sea. En este momento, ella tenía un novio que la quería, y ella al parecer lo amaba. ¿Y yo qué podría darle? Sólo una relación a distancia, un novio que no vería hasta dentro de quien sabe cuantos años… lo que era mejor para ella es que las cosas siguieran como hasta entonces, su novio allá, y su amigo acá.
Y la historia siguió como debía ser. Al parecer ese chico para ella no era simplemente un noviazgo más, ambos tenían planes para mucho tiempo, y la relación no parecía romperse fácilmente. La relación de ellos siguió muchos años más, claro que tuvieron sus discusiones, como toda pareja, pero por lo mucho que lo quería, yo deseaba que se reconciliaran por más que me doliera tanto. Ella tenía un estado de ánimo inquebrantable desde que empezó a salir con él, nunca la había visto tan feliz, y por suerte esa felicidad le duró varios años. Incluso luego de terminar la secundaria y empezar la universidad seguían juntos. Eran como esas parejas predestinadas que estarían juntos por siempre.
Aunque no puedo decir que yo estaba del mismo estado de ánimo. Pensé que dejaría de amarla pronto, pero ella me seguía hablando como siempre, nos seguíamos divirtiendo como siempre. Aún teníamos todo en común, por lo que no podía dejar de pensar en ella como mi alma gemela, y que estuviera con otro me dolía. Caí en una gran depresión que sólo se curaba cuando ella iniciaba sesión, siempre y cuando no lo mencionara, ya que cuando lo hacía me volvía a sentir mal. Pero me encargue de que ella nunca lo supiera, por más que fueron varias las veces que me preguntó qué me pasaba, yo siempre le decía que era algún problema del colegio o familiar. Aunque en parte era verdad, en el colegio me iba fatal por más que yo era muy inteligente. Incluso repetí un año de la escuela por la depresión que sentía.
Me gustaría decir que esta historia terminó en un final feliz para mí, pero no fue así. Terminé la universidad y aún éramos amigos. Llevábamos más de 10 años como los mejores amigos, y ella llevaba más de 10 años con el mismo chico. Me sentía un estúpido por seguir pensando en ella, por no querer a nadie más que esa chica que no sentía nada por mí más que amistad. Las cosas no parecían ir peor, pero si lo fueron cuando me envió una carta. Sí, una carta por correo. Me sorprendió ver su nombre en el sobre, y al abrirla, sentí una rara mezcla de emociones. Dentro del sobre había un pasaje de avión hacia su país, junto con una invitación de bodas. Luego por MSN me explicó que junto con su novio, habían decidido casarse, y yo, por desgracia, estaba en la lista de invitados.
¡Qué feliz era, al fin iba a conocerla; y qué triste estaba, iba a presenciar cuando definitivamente perdía toda oportunidad de que ella me amara!
Acepté, fui a su país. El día de la boda llegó, y por desgracia yo estaba en los primeros asientos. Podía ver todo con claridad. Cuando el momento llegó, ella apareció al final de la larga alfombra bañada en pétalos de distintas flores. Con un vestido blanco, casi tan hermoso como ella, fue que hizo su aparición. Con lentos pero seguros pasos fue que caminó hasta el altar, donde su casi marido le esperaba. Deseaba que no me prestara atención, pero cuando pasó junto a mí me dedicó una sonrisa. Se la devolví, por más que lo último que quería hacer era sonreír.
Finalmente llegó al altar. El cura empezó con la formalidad del discurso que se daba en esas ocasiones. Leyeron sus votos y finalmente llegó la pregunta definitiva. Era una costumbre, raras veces se le respondía “no”, pero siempre se hacía. Primero respondió él, con un claro “por supuesto”. Luego le tocó a ella. El cura le preguntó lentamente si lo aceptaba como esposo. Deseaba que dijera que no, pero sabía que no lo haría.
Por alguna razón, ella tardó en contestar. Seguía viéndose segura, pero por alguna razón esperó para decir su respuesta. Ella le dedicó una sonrisa a su marido y vi como empezaba a mover sus labios. De repente, dijo “sí”. Hacía poco había conocido su voz, pero sabía que era la palabra más honesta que sus labios habían pronunciado en toda su vida, y a su vez, la palabra que más me había dolido en toda mi vida.
Escuché esa palabra una y otra vez. Su dulce voz resonaba en mi cabeza incesantemente. “Sí”, “sí”, “sí”. No paraba de escucharlo. Mi corazón se sintió herido, demasiado. Tuve que mirar mi pecho para asegurarme que no hubiera ninguna daga clavándoseme. De repente, empecé a ver borroso todo. El dolor de mi corazón aumentó. Me agarré el pecho y grité como nunca antes en mi vida. Fue un grito que desgarró el cielo y la tierra, un grito lleno de dolor. Intenté levantarme pero caí, aún sin soltarme el pecho. Todos me miraron asustados, temblorosos, sin saber qué me pasaba. Uno de los invitados, que de casualidad era doctor, me inspeccionó al instante. No lo escuché bien, pero reconocí la palabra “infarto”. Cada vez veía peor, pero reconocí otra figura, una figura que de alguna forma veía clara. Era ella, ella estaba sobre mí. Se arrodilló a mi lado sin importar que se ensuciara su vestido, y tomó mi cabeza entre sus brazos. Pude sentir como una de sus lágrimas caía sobre mi rostro.
–Perdón –alcancé a decir. Mi voz era débil y tartamuda, no podía hablar bien–. Discúlpame por arruinar tu fiesta, espero que igual logres… ser feliz…
Luego de tartamudear esas palabras, cerré mis ojos. Escuché su llanto, lo único que escuché. Las demás voces se apagaron de a poco como si les fueran bajando el volumen. Sólo a ella la escuchaba ahora, sólo a ella es a quien oía llorar. Sentí algo húmedo en mis labios, como si fueran los de alguien más. Por desgracia ya no sabía si era real o no, después de todo, mi corazón ya estaba muerto como para seguir distinguiendo lo que era real y lo que no.