Sarah de Portual
Aaaaaaaaaaaaaah, esta es la primera vez que hago un fic de Pokémon, ni siquiera me convenció lo que escribí, se me hizo muy complicao', así todas las criticas a mi.
Capítulo I
Un son de notas filarmónicas desvelaban la penumbra de una noche recién nacida, en un arcaico y pequeño bar entre las colosales torres de cemento que conformaban la jungla urbana de ciudad Porcelana.
Dentro de aquella cantina, hombres, en su mayoría marinos, se juntaban para sosegarse luego de amaneceres y ocasos de trabajo en las abisales aguas del océano, sosegados, disfrutando de una especie de trance anímico provocado por el licor y la música.
La melodía aumentaba su provocación, dentro del bar, entre las risas y las charlas de los navegantes, un grupo de jóvenes manejaba contrabajos, piano, guitarras, saxos, clarinetes y una batería.
Instrumentos manejados con gran pasión, interpretaban un ritmo de jazz bebop, ya en el final de la melodía, uno de los muchachos se lucía con su saxo, empapado de sudor, y vestido con una boina, bufanda gris, camisa blanca, un abrigo de paño oscuro como azabache, jeans de azul oscuro y mocasines beige, cualquiera que lo viese por la ciudad inmediatamente lo relacionaría con algún pokéhipster.
— Muchas gracias, nosotros somos Krabby and the Sad Lumineon, ¡Estaremos aquí el próximo jueves! — Gritó una muchacha, anunciando el final de la canción y promocionando su talento, aunque sin respuesta, pues todo el público vivía embelesados en su mundo marítimo, narrando logros y bebiendo a más no poder.
Decepcionados por su fracaso musical, marcharon por la entrada trasera mientras iban desmontando su equipo y llevándolo a la furgoneta en la que llegaron.
— Isaac — Dijo la muchacha, y lo tomó del brazo agresivamente — Se acabó.
— ¿Qué? — Preguntó.
— Ibas a contratiempo, te adelantabas — Le acusó, pero al momento cuando él intento hablar, ella le interrumpió — No, ya lo hablamos con el resto, estás fuera.
— ¿Y qué? ¿Con quien me reemplazan entonces?
— Mike Tuwner, el guitarra secundaria de Arctic Mankeys, también toca saxo, y mucho mejor que tú.
El resto de la banda miró a Isaac, decepcionados, subieron a su van y sin decir otra palabra, abandonaron al muchacho sin siquiera dejarle su parte de la paga.
— ZORRA, ES LO QUE SIEMPRE SERÀS ANTHEA, UNA ZORRA PEDAZO DE MIERDA, ERES LA PEOR MIERDA NACIDA DESDE QUE ANTHONY TUVO DIARREA EN EL HOUNDOOMFEST DEL AÑO PASADO — Gritó Isaac, abandonado a su suerte.
En el declive, no tuvo más remedio que caminar por las calles de la ciudad, y aunque las noches gozaban de más vigor y dinamismo que en el mismo día, se sentía solitario, desolador, yermo, y mil palabras más que podrían definirle.
Para el colmo, no podria volver a su hogar, si es que así podria llamarle, aquel antro tomado por toxicómanos que se inyectaban químicos aun peor que un carameloraro, aunque no era lo peor, ¿Y que era lo peor? Ser reemplazado por el miembro de la banda que más detestaba.
Y las horas pasaron, vagando con los ojos clavados en el suelo sin marcar un rumbo. Entre calles plomizas, luces rutilantes, y miradas foráneas.
— Necesito un trago — Pensó, y al levantar la cabeza se percató que se encontraba a unas calles del muelle, y cerca de él, el mismo bar donde había tocado.
Fue directo hacia la añeja taberna, de todas maneras ¿Qué importaba donde fuese? El alcohol es alcohol, y ya se encontraba demasiado deprimido como para recordar lo que sucedió hace ya unas horas.
Entró, el aroma a vino penetro su olfato, y como era de esperarse, nadie le reconoció.
El lugar no era muy grande, tampoco se alborotaba de personas como en algún club de baile, pero el aire inspiraba cientos de crónicas de hombres y mujeres que, en lo más probable, yacían muertos bajo una tumba de agua. Repleto de mesas color caoba, poseían un patrón de manchas de alcohol, y sangre de alguna pelea entre ebrios. Al fondo estaba la plataforma que usaban de escenario y, casi al costado, una barra que era atendida por un anciano en camisa de tirantes.
Suelo rustico y paredes llenas de fotografías en blanco y negro, donde marinos posaban junto a cadáveres de Gyarados más grandes de lo común, Huntails de apariencia inicua, Clamperls arrancados de su propia coraza, y hasta unas cuantas fotos a color, donde en una de ellas mostraba un Magikarp dorado. Todo bañado en la luz de tonalidad cálida.
No se había percatado de algo, ¿Tenia dinero acaso?
Introdució su mano en el bolsillo, y al sacarla, solo contaba con 30$ y unas pelusas.
Con eso le bastaba, ya que de todas maneras no esperaba llegar a ver un nuevo día, puesto que el suicidio quedaba como opción.
Caminó hacia la barra, sentado junto a un borracho durmiendo, puso todo su dinero sobre la ennegrecida madera, y observó al hombre barbudo que le atendía con una mirada de “Déme lo que sea que pueda permitirme”.
Consumido, ahogando su pena, la cabeza era atravesada con atribuladas reflexiones desde sus inicios en la música hasta todas las decisiones erróneas que tomo a lo largo de estos años.
— Estás loco y viejo, Edward ¿Un dragón gigante en el mar? Se te fue, viejo verde — Gritaba un sujeto algo viejo, aunque él no se percataba de ello, entre risas y voces roncas.
El chico de la boina fue empujado de su mente, oyendo la conversación, miro detrás de él.
— ¿Por qué no mejor te agachas y dejas que un Samurott ponga su cuerno en... — Decía otro hombre, pero cuando terminaba su frase el ebrio al lado de Isaac vomitó. — ¡Te lo juro!
El hombre se alzó de la mesa, e Isaac pudo echarle un vistazo por completo.
Llevaba un abrigo grueso, muy oscuro, pero a la luz podía notarse una tonalidad aceitunada, y unos pantalones igual de gruesos, rasgados y con manchas de suciedad.
Aparentaba unos 50 o 60 años, era bastante alto, y aunque parecía no ser muy diferente a todos los hombres que entraban en aquel bar, inspiraba respeto, su rostro era firme y marcado con algunas arrugas, sus ojos eran claros y tenia una barba tupida blanca en su plenitud.
— Como sea, no tengo tiempo que perder ahora, tengo un trabajo de dos hombres, uno soy yo, el otro todavía tengo que contratarlo — Dijo, y elevó una gorra blanca con una insignia de ancla dorada.
Dentro de aquella cantina, hombres, en su mayoría marinos, se juntaban para sosegarse luego de amaneceres y ocasos de trabajo en las abisales aguas del océano, sosegados, disfrutando de una especie de trance anímico provocado por el licor y la música.
La melodía aumentaba su provocación, dentro del bar, entre las risas y las charlas de los navegantes, un grupo de jóvenes manejaba contrabajos, piano, guitarras, saxos, clarinetes y una batería.
Instrumentos manejados con gran pasión, interpretaban un ritmo de jazz bebop, ya en el final de la melodía, uno de los muchachos se lucía con su saxo, empapado de sudor, y vestido con una boina, bufanda gris, camisa blanca, un abrigo de paño oscuro como azabache, jeans de azul oscuro y mocasines beige, cualquiera que lo viese por la ciudad inmediatamente lo relacionaría con algún pokéhipster.
— Muchas gracias, nosotros somos Krabby and the Sad Lumineon, ¡Estaremos aquí el próximo jueves! — Gritó una muchacha, anunciando el final de la canción y promocionando su talento, aunque sin respuesta, pues todo el público vivía embelesados en su mundo marítimo, narrando logros y bebiendo a más no poder.
Decepcionados por su fracaso musical, marcharon por la entrada trasera mientras iban desmontando su equipo y llevándolo a la furgoneta en la que llegaron.
— Isaac — Dijo la muchacha, y lo tomó del brazo agresivamente — Se acabó.
— ¿Qué? — Preguntó.
— Ibas a contratiempo, te adelantabas — Le acusó, pero al momento cuando él intento hablar, ella le interrumpió — No, ya lo hablamos con el resto, estás fuera.
— ¿Y qué? ¿Con quien me reemplazan entonces?
— Mike Tuwner, el guitarra secundaria de Arctic Mankeys, también toca saxo, y mucho mejor que tú.
El resto de la banda miró a Isaac, decepcionados, subieron a su van y sin decir otra palabra, abandonaron al muchacho sin siquiera dejarle su parte de la paga.
— ZORRA, ES LO QUE SIEMPRE SERÀS ANTHEA, UNA ZORRA PEDAZO DE MIERDA, ERES LA PEOR MIERDA NACIDA DESDE QUE ANTHONY TUVO DIARREA EN EL HOUNDOOMFEST DEL AÑO PASADO — Gritó Isaac, abandonado a su suerte.
…
En el declive, no tuvo más remedio que caminar por las calles de la ciudad, y aunque las noches gozaban de más vigor y dinamismo que en el mismo día, se sentía solitario, desolador, yermo, y mil palabras más que podrían definirle.
Para el colmo, no podria volver a su hogar, si es que así podria llamarle, aquel antro tomado por toxicómanos que se inyectaban químicos aun peor que un carameloraro, aunque no era lo peor, ¿Y que era lo peor? Ser reemplazado por el miembro de la banda que más detestaba.
Y las horas pasaron, vagando con los ojos clavados en el suelo sin marcar un rumbo. Entre calles plomizas, luces rutilantes, y miradas foráneas.
— Necesito un trago — Pensó, y al levantar la cabeza se percató que se encontraba a unas calles del muelle, y cerca de él, el mismo bar donde había tocado.
Fue directo hacia la añeja taberna, de todas maneras ¿Qué importaba donde fuese? El alcohol es alcohol, y ya se encontraba demasiado deprimido como para recordar lo que sucedió hace ya unas horas.
Entró, el aroma a vino penetro su olfato, y como era de esperarse, nadie le reconoció.
El lugar no era muy grande, tampoco se alborotaba de personas como en algún club de baile, pero el aire inspiraba cientos de crónicas de hombres y mujeres que, en lo más probable, yacían muertos bajo una tumba de agua. Repleto de mesas color caoba, poseían un patrón de manchas de alcohol, y sangre de alguna pelea entre ebrios. Al fondo estaba la plataforma que usaban de escenario y, casi al costado, una barra que era atendida por un anciano en camisa de tirantes.
Suelo rustico y paredes llenas de fotografías en blanco y negro, donde marinos posaban junto a cadáveres de Gyarados más grandes de lo común, Huntails de apariencia inicua, Clamperls arrancados de su propia coraza, y hasta unas cuantas fotos a color, donde en una de ellas mostraba un Magikarp dorado. Todo bañado en la luz de tonalidad cálida.
No se había percatado de algo, ¿Tenia dinero acaso?
Introdució su mano en el bolsillo, y al sacarla, solo contaba con 30$ y unas pelusas.
Con eso le bastaba, ya que de todas maneras no esperaba llegar a ver un nuevo día, puesto que el suicidio quedaba como opción.
Caminó hacia la barra, sentado junto a un borracho durmiendo, puso todo su dinero sobre la ennegrecida madera, y observó al hombre barbudo que le atendía con una mirada de “Déme lo que sea que pueda permitirme”.
Consumido, ahogando su pena, la cabeza era atravesada con atribuladas reflexiones desde sus inicios en la música hasta todas las decisiones erróneas que tomo a lo largo de estos años.
— Estás loco y viejo, Edward ¿Un dragón gigante en el mar? Se te fue, viejo verde — Gritaba un sujeto algo viejo, aunque él no se percataba de ello, entre risas y voces roncas.
El chico de la boina fue empujado de su mente, oyendo la conversación, miro detrás de él.
— ¿Por qué no mejor te agachas y dejas que un Samurott ponga su cuerno en... — Decía otro hombre, pero cuando terminaba su frase el ebrio al lado de Isaac vomitó. — ¡Te lo juro!
El hombre se alzó de la mesa, e Isaac pudo echarle un vistazo por completo.
Llevaba un abrigo grueso, muy oscuro, pero a la luz podía notarse una tonalidad aceitunada, y unos pantalones igual de gruesos, rasgados y con manchas de suciedad.
Aparentaba unos 50 o 60 años, era bastante alto, y aunque parecía no ser muy diferente a todos los hombres que entraban en aquel bar, inspiraba respeto, su rostro era firme y marcado con algunas arrugas, sus ojos eran claros y tenia una barba tupida blanca en su plenitud.
— Como sea, no tengo tiempo que perder ahora, tengo un trabajo de dos hombres, uno soy yo, el otro todavía tengo que contratarlo — Dijo, y elevó una gorra blanca con una insignia de ancla dorada.









