Hola, ¿Qué tal? yo muy bien, siento haber tardado tanto. Es que he estado en un campus de diseño gráfico, y luego escarbando en el internet para ver si mejoro como dibujante digital. He de decir que tenía un capítulo escrito y una nueva página del cómic preparada, pero perdí el pincho usb y cuando lo encontré ya me había vuelto a escribir todo el capítulo.
Otra cosa voy a esperar un pelín + antes de publicar una nueva página del cómic pues muchos me han diicho que publique dos de una vez...
Ahora, una foto del Hoothoot's close:

Otra cosa voy a esperar un pelín + antes de publicar una nueva página del cómic pues muchos me han diicho que publique dos de una vez...
Spoiler
Capítulo 8: Hoothoot’s Close
Amanecía en Villa Humus. Lentamente las múltiples chimeneas de los negros tejados empezaban a emitir humo a la vez que miles de Pokémon se preparaban el desayuno. Las tiendas abrían y las largas sombras de los callejones se desvanecían para dejar paso a una blanca luz que se colaba entre el eterno manto de nubes grises que cubría la ciudad.
En ese mismo instante en la cima de una colina que se hallaba en la periferia de una ciudad, la puerta de un alto torreón se abría con un chirrido y la bandera del gremio de exploradores, blanca con una estrella naranja, se izaba en un torcido mástil en el techo de este.
Sevin y Jarrú sacudieron la cabeza al oír una vez más el estruendo de un golpe en el primer sótano. Era la tercera vez que Martín se caía al intentar subir la escala del gremio, que, en realidad era mayormente subterráneo.
El gremio constaba de una gran bóveda subterránea que cumplía el papel de sala principal, donde los equipos exploradores se reunían cada mañana para revisar el tablón de anuncios. Allí estaban las puertas que daban a las habitaciones, el despacho de Alberto, la biblioteca…
Minutos antes, los tres amigos habían solicitado al Smeargle crear un equipo explorador. Él les había dicho que para ser aprobado por el gremio tendrían que pasar tres pruebas; “Aquí tenéis una moneda de oro” les dijo. “Con esta moneda tenéis que comprar todo el material necesario para una aventura; si sois capaces de reunir un buen equipo para las doce de esta noche, habréis aprobado la primera prueba”. Todos habían estado de acuerdo en que lo esencial era comprarle unas gafas a Martín, pero como no sabían dónde podían conseguir las adecuadas, le preguntaron a Rosa, quien les dio una dirección y un papel en el que ponía la graduación y el tipo de lentes necesarias. De inmediato, se pusieron en marcha.
Sevin miró al pequeño Pichu intentando subir por la escala y se fijó en su ojo izquierdo, una cicatriz lo surcaba verticalmente, provocada por uno de los pedazos de sus antiguas gafas al romperse en la pelea contra Urt, el Exploud que los había atacado en el Bosque Micelio. Por suerte, Martín había cerrado los ojos a tiempo y el cristal no había causado mucho daño, además, aun teniendo una horrible cicatriz en el ojo, estaba feliz como unas castañuelas pues, según decía, le daba aspecto de tipo duro. En el momento en el que Martín intentaba agarrar el último escalón, su vista le jugó una mala pasada y solo agarró el aire, pero, justo cuando empezó a caer, Sevin lo agarró de la mano y sin dificultad lo llevó a la superficie.
–¡Jope! Sin gafas estás de lo más torpón– se quejó Sevin.
Miraron abajo. El paisaje era magnífico, la colina era bastante alta y desde allí se veía toda villa humus, como un gran manto de afilados tejados negros y más allá, el inmenso Bosque Micelio, Jarrú y Sevin, ensimismados, se quedaron mirando la ciudad con el viento acariciándoles suavemente el pelo, pero Martín, al que no le parecía nada especial un mero paisaje, se apresuró a bajar la colina por la que discurrían unas larguísimas escaleras.
–Vosotros os podéis quedar embobados ahí– Dijo agitando el papel con la dirección– pero yo voy yendo a la óptica.
–¡No, espera!– gritó Sevin, pero era demasiado tarde pues Martín ya rebotaba y rodaba escaleras abajo– Este chico no tiene remedio…– Dijo Sevin llevándose una mano a la frente, y empezó a bajar las escaleras acompañado de Jarrú.
Villa humus constaba de una calle principal que ejercía de espina dorsal para una alargada ciudad que a su vez tenía muchas calles perpendiculares a esta, como las espinas de un enorme pez. A su vez, cada calle estaba conectada con otras a través de unos estrechos callejones llamados Closes, pero, en realidad, muchas de estas callejas conducían a tiendas o tabernas aisladas o, sencillamente, no tenían salida. Como los tres pokémon descubrieron después, estos Closes se entrelazaban en la ciudad formando una laberíntica maraña de oscuros callejones que, aun siendo un poco lúgubres, constaban de una belleza espectacular, de los innumerables callejones por los que se perdieron uno, por ejemplo, estaba completamente cubierto de enredaderas que subían por las paredes de piedra de las rústicas casas, formando unos preciosos jardines verticales con todo tipo de flores; otro tenía un riachuelo que bajaba por una pendiente paralela al callejón en el que flotaban nenúfares y jugaban algunos Tympole y Poliwag que les saludaron cuando pasaron con una dulce vocecita; otro conducía a través de un húmedo túnel una tienda de antigüedades que constaba de un precioso jardín secreto. Cuando por fin llegaron al Close adecuado, ya era mediodía.
–Hoothoot’s Close– Leyó Sevin. Se encontraban frente a una pequeña apertura con forma de puerta entre dos casas sobre la que había un cartel con letras amarillas sobre fondo negro. Tras ella se extendían unas escaleras que bajaban entre las casas.
–Bueno, aquí estamos– dijo Jarrú– bajemos.
–¡Espera!– Interrumpió Martín– ¿no podemos comer algo antes? Me muero de hambre.
–Martín, colega– comenzó Sevin– solo tenemos una moneda de oro, no podemos andarnos gastando dinero en comida. Tendrás que esperar.
–No te preocupes, Martín, me conozco de memoria a tu estómago rebelde, así que te he traído esto– dijo Jarrú pasando a Martín un par de jugosas Bayas Aranja, ante las que Martín se relamió. A continuación le pasó la otra a Sevin.
Cuando terminaron de comer, empezaron a bajar por las largas escaleras del Hoothoot’s Close.
El paisaje era muy extraño, por más que descendían, no entraban en el subsuelo, sino que iban adentrándose en un laberíntico conjunto de enormes casas. Casas que se apilaban unas encima de otras, formando conjuntos enormes cuyas paredes estaban salpicadas por montones de puertas de infinitos tamaños y formas, que a su vez estaban conectadas por una complicada red de escaleras, que escalaba por los muros como una enorme enredadera.
Parecía haber una gran ciudad allí abajo, pasaron por innumerables plazas y calles, vieron fuentes y algún que otro pequeño parque, todo mientras Villa Humus les mostraba sus secretos.
Tras un rato caminando, cuando los tres pokémon miraron arriba, el cielo se les mostró como una hendidura azulada de color azul, entre un magnífico paisaje de colosales edificios.
Sevin no tenía muy seguro cuanto tiempo había pasado desde que habían entrado en ese gran laberinto, pero estaba seguro que en esa ciudad vivía mucha más gente de la que había imaginado en un inicio, porque la mayoría vivía allí, en esa increíble Ciudad Subterránea. Aun admirando profundamente ese bello lugar, se alegró mucho cuando, por fin, encontraron su destino, una gran plaza circular en la que se podían apreciar tres extraños árboles parecidos a esbeltas encinas, y, en el medio, ocupando el centro del triángulo se levantaba un gigantesco tocón rugoso.
El árbol debió haber sido colosal pues el tronco medía más de cuatro metros de grosor, en él se podía apreciar una puertecita de madera con cuatro pequeños cristales. A su lado había un cartel en el que ponía: Óptica Hoothoot.
Martín se acercó a la puerta mientras Sevin examinaba un cubo ubicado bajo uno de los árboles sobre el que caía un líquido viscoso que manaba de la corteza, resina.
–¿Hay alguien ahí?– Preguntó Martín asomándose por la puerta.
–¡¿Tu qué crees, *******?!– Le respondió una chillona voz de vieja– Y si quieres entrar, entra ya ¡Que entra fríoooo!
Martín, sobresaltado, se dispuso a entrar, pero, como era de esperar, se dio cuenta demasiado tarde de que el tocón daba a un agujero vertical y cayó al fondo.
Jarrú, alarmado, corrió a socorrer a Martín y al bajar por la escalera de mano se encontró con una chistosa escena.
Una vieja y arrugada Hoothoot despotricaba contra Martín mientras este, sentado entre los restos de un expositor de gafas que había destrozado al caer se rascaba un chichón que le estaba creciendo en la cabeza, ajeno a todo lo que pasaba a su alrededor.
Cuando la vieja se cansó de gritar al Pichu, Jarrú habló.
–Hola– dijo poniendo su mejor sonrisa– Queríamos comprar unas gafas, por favor.
–¿Qué tipo de gafas?– Gruñó la Hoothoot.
–Unas gafas resistentes, aptas para luchar, pero sobre todo, baratas.
–Lo que has dicho no existe, tenemos gafas resistentes para batalla, pero no son baratas. ¿Cuánto tienes?
–Esto– respondió Jarrú mostrándole la moneda de oro– La cual le fue arrebatada por la Hoothoot.
–Muy bien– le respondió esta– ya habéis pagado el mueble que vuestro amigo rompió al caer, ahora ¿Cómo vais a pagar las gafas?
–Es todo lo que tenemos, señora.
–¡Pues entonces no hay gafas!
Jarrú se dio la vuelta, dispuesto a marcharse, pero Sevin reanudó la discusión
–Pero ¡Necesitamos esas gafas, nos hemos presentado como aprendices en el gremio de exploradores y sin esas gafas no podremos cumplir las misiones que nos encomienden…! Hemos viajado cruzando el Bosque Micelio, luchando cara a cara con la muerte para llegar hasta aquí… y ahora no podremos seguir por unas gafas– cuando el Riolu terminó de hablar, con un hilillo de voz, sintió la mano de Jarrú sobre su hombro indicándole que no había nada que hacer. Cuando ya se marchaban, arrastrando a Martín tras ellos, una voz les interrumpió.
–Esperad… Que sea vieja no significa que no tenga compasión… os haré las gafas... si me demostráis que vale la pena.
–¿A qué se refiere?– preguntó Jarrú.
–A que ese atontao de Pichu tiene que ganarme una pelea– respondió la Hoothoot sin andarse con rodeos– mañana por la mañana, aquí mismo os quiero ver. Ahora daos el piro, que es hora de acostarse.
Los tres pokémon volvieron a recorrer la laberíntica Ciudad Subterránea que, poco a poco, se iba vaciando mientras, muchos metros más arriba, el sol se escondía tras el horizonte.
Cuando por fin vieron la entrada al Hoothoot’s close empezaron a correr. Era tardísimo y debían estar en el gremio antes de las doce.
Corrieron y corrieron, mientras la torre del gremio iba elevándose frente a ellos. Martín con sus patitas, casi no podía seguir el ritmo, así que empezó a correr a cuatro patas, ya le iba cogiendo el tranquillo. Subieron las escaleras de la colina y sorprendentemente el Pichu no se cayó ni una vez, cuando llegaron arriba, la luna se recortaba ya tras la torre. Se descolgaron por la escalera de mano rápidamente y en un plisplás se plantaron frente a la puerta del despacho de Alberto. Llamaron.
–Pasad, por favor– les respondió la tranquila voz de Alberto desde el interior– ¡Ah, sois vosotros! ¿Qué tal, reunisteis un buen equipo?
Los tres amigos se miraron entre ellos, ninguno tenía nada que enseñar. Habían perdido la moneda en un accidente y no conseguirían las gafas hasta el día siguiente. Ante el silencio Alberto levantó una ceja. Abrió la boca para decir algo, pero en ese momento una visita inesperada le interrumpió.
–Tienen esto, se lo dejaron en la habitación– Se giraron, una deslumbrante Naushika se había presentado a la puerta del despacho. Su pelaje plateado reflejaba la luz de la luna emitiendo un impresionante brillo. Les mostraba un saco gris. Los víveres que les habían dado la familia Drake.
–No tiene muy buena pinta, comentó Alberto borrando las caras de alivio de sus aprendices, el saco no es práctico, deberíais haber comprado una bolsa nueva, un maletín o algo así. Aun así...– prosiguió examinando el interior del saco– habéis reunido un buen número de productos especializados que pueden costar muy caros, mmm… pocos víveres… bien, no se debe permanecer mucho tiempo en un laberinto misterioso, si no quieres volverte loco… Yo diría que en general estaríais aprobados excepto por una cosa...
–¿Qué cosa?– Preguntó Martín alarmado
–¡Vamos, mírate! ¡No distingues un Groudon de una zapatilla, en lugar de comprar este tipo de cosas deberíais de haberle comprado unas gafas a vuestro amigo! Ya podéis hacer bien la siguiente prueba si queréis aprobar, porque esta la habéis suspendido.
Y, así, los cuatro amigos inseparables, se fueron a dormir, sabiendo que todos sus esfuerzos de ese día habían sido inútiles.
Amanecía en Villa Humus. Lentamente las múltiples chimeneas de los negros tejados empezaban a emitir humo a la vez que miles de Pokémon se preparaban el desayuno. Las tiendas abrían y las largas sombras de los callejones se desvanecían para dejar paso a una blanca luz que se colaba entre el eterno manto de nubes grises que cubría la ciudad.
En ese mismo instante en la cima de una colina que se hallaba en la periferia de una ciudad, la puerta de un alto torreón se abría con un chirrido y la bandera del gremio de exploradores, blanca con una estrella naranja, se izaba en un torcido mástil en el techo de este.
Sevin y Jarrú sacudieron la cabeza al oír una vez más el estruendo de un golpe en el primer sótano. Era la tercera vez que Martín se caía al intentar subir la escala del gremio, que, en realidad era mayormente subterráneo.
El gremio constaba de una gran bóveda subterránea que cumplía el papel de sala principal, donde los equipos exploradores se reunían cada mañana para revisar el tablón de anuncios. Allí estaban las puertas que daban a las habitaciones, el despacho de Alberto, la biblioteca…
Minutos antes, los tres amigos habían solicitado al Smeargle crear un equipo explorador. Él les había dicho que para ser aprobado por el gremio tendrían que pasar tres pruebas; “Aquí tenéis una moneda de oro” les dijo. “Con esta moneda tenéis que comprar todo el material necesario para una aventura; si sois capaces de reunir un buen equipo para las doce de esta noche, habréis aprobado la primera prueba”. Todos habían estado de acuerdo en que lo esencial era comprarle unas gafas a Martín, pero como no sabían dónde podían conseguir las adecuadas, le preguntaron a Rosa, quien les dio una dirección y un papel en el que ponía la graduación y el tipo de lentes necesarias. De inmediato, se pusieron en marcha.
Sevin miró al pequeño Pichu intentando subir por la escala y se fijó en su ojo izquierdo, una cicatriz lo surcaba verticalmente, provocada por uno de los pedazos de sus antiguas gafas al romperse en la pelea contra Urt, el Exploud que los había atacado en el Bosque Micelio. Por suerte, Martín había cerrado los ojos a tiempo y el cristal no había causado mucho daño, además, aun teniendo una horrible cicatriz en el ojo, estaba feliz como unas castañuelas pues, según decía, le daba aspecto de tipo duro. En el momento en el que Martín intentaba agarrar el último escalón, su vista le jugó una mala pasada y solo agarró el aire, pero, justo cuando empezó a caer, Sevin lo agarró de la mano y sin dificultad lo llevó a la superficie.
–¡Jope! Sin gafas estás de lo más torpón– se quejó Sevin.
Miraron abajo. El paisaje era magnífico, la colina era bastante alta y desde allí se veía toda villa humus, como un gran manto de afilados tejados negros y más allá, el inmenso Bosque Micelio, Jarrú y Sevin, ensimismados, se quedaron mirando la ciudad con el viento acariciándoles suavemente el pelo, pero Martín, al que no le parecía nada especial un mero paisaje, se apresuró a bajar la colina por la que discurrían unas larguísimas escaleras.
–Vosotros os podéis quedar embobados ahí– Dijo agitando el papel con la dirección– pero yo voy yendo a la óptica.
–¡No, espera!– gritó Sevin, pero era demasiado tarde pues Martín ya rebotaba y rodaba escaleras abajo– Este chico no tiene remedio…– Dijo Sevin llevándose una mano a la frente, y empezó a bajar las escaleras acompañado de Jarrú.
Villa humus constaba de una calle principal que ejercía de espina dorsal para una alargada ciudad que a su vez tenía muchas calles perpendiculares a esta, como las espinas de un enorme pez. A su vez, cada calle estaba conectada con otras a través de unos estrechos callejones llamados Closes, pero, en realidad, muchas de estas callejas conducían a tiendas o tabernas aisladas o, sencillamente, no tenían salida. Como los tres pokémon descubrieron después, estos Closes se entrelazaban en la ciudad formando una laberíntica maraña de oscuros callejones que, aun siendo un poco lúgubres, constaban de una belleza espectacular, de los innumerables callejones por los que se perdieron uno, por ejemplo, estaba completamente cubierto de enredaderas que subían por las paredes de piedra de las rústicas casas, formando unos preciosos jardines verticales con todo tipo de flores; otro tenía un riachuelo que bajaba por una pendiente paralela al callejón en el que flotaban nenúfares y jugaban algunos Tympole y Poliwag que les saludaron cuando pasaron con una dulce vocecita; otro conducía a través de un húmedo túnel una tienda de antigüedades que constaba de un precioso jardín secreto. Cuando por fin llegaron al Close adecuado, ya era mediodía.
–Hoothoot’s Close– Leyó Sevin. Se encontraban frente a una pequeña apertura con forma de puerta entre dos casas sobre la que había un cartel con letras amarillas sobre fondo negro. Tras ella se extendían unas escaleras que bajaban entre las casas.
–Bueno, aquí estamos– dijo Jarrú– bajemos.
–¡Espera!– Interrumpió Martín– ¿no podemos comer algo antes? Me muero de hambre.
–Martín, colega– comenzó Sevin– solo tenemos una moneda de oro, no podemos andarnos gastando dinero en comida. Tendrás que esperar.
–No te preocupes, Martín, me conozco de memoria a tu estómago rebelde, así que te he traído esto– dijo Jarrú pasando a Martín un par de jugosas Bayas Aranja, ante las que Martín se relamió. A continuación le pasó la otra a Sevin.
Cuando terminaron de comer, empezaron a bajar por las largas escaleras del Hoothoot’s Close.
El paisaje era muy extraño, por más que descendían, no entraban en el subsuelo, sino que iban adentrándose en un laberíntico conjunto de enormes casas. Casas que se apilaban unas encima de otras, formando conjuntos enormes cuyas paredes estaban salpicadas por montones de puertas de infinitos tamaños y formas, que a su vez estaban conectadas por una complicada red de escaleras, que escalaba por los muros como una enorme enredadera.
Parecía haber una gran ciudad allí abajo, pasaron por innumerables plazas y calles, vieron fuentes y algún que otro pequeño parque, todo mientras Villa Humus les mostraba sus secretos.
Tras un rato caminando, cuando los tres pokémon miraron arriba, el cielo se les mostró como una hendidura azulada de color azul, entre un magnífico paisaje de colosales edificios.
Sevin no tenía muy seguro cuanto tiempo había pasado desde que habían entrado en ese gran laberinto, pero estaba seguro que en esa ciudad vivía mucha más gente de la que había imaginado en un inicio, porque la mayoría vivía allí, en esa increíble Ciudad Subterránea. Aun admirando profundamente ese bello lugar, se alegró mucho cuando, por fin, encontraron su destino, una gran plaza circular en la que se podían apreciar tres extraños árboles parecidos a esbeltas encinas, y, en el medio, ocupando el centro del triángulo se levantaba un gigantesco tocón rugoso.
El árbol debió haber sido colosal pues el tronco medía más de cuatro metros de grosor, en él se podía apreciar una puertecita de madera con cuatro pequeños cristales. A su lado había un cartel en el que ponía: Óptica Hoothoot.
Martín se acercó a la puerta mientras Sevin examinaba un cubo ubicado bajo uno de los árboles sobre el que caía un líquido viscoso que manaba de la corteza, resina.
–¿Hay alguien ahí?– Preguntó Martín asomándose por la puerta.
–¡¿Tu qué crees, *******?!– Le respondió una chillona voz de vieja– Y si quieres entrar, entra ya ¡Que entra fríoooo!
Martín, sobresaltado, se dispuso a entrar, pero, como era de esperar, se dio cuenta demasiado tarde de que el tocón daba a un agujero vertical y cayó al fondo.
Jarrú, alarmado, corrió a socorrer a Martín y al bajar por la escalera de mano se encontró con una chistosa escena.
Una vieja y arrugada Hoothoot despotricaba contra Martín mientras este, sentado entre los restos de un expositor de gafas que había destrozado al caer se rascaba un chichón que le estaba creciendo en la cabeza, ajeno a todo lo que pasaba a su alrededor.
Cuando la vieja se cansó de gritar al Pichu, Jarrú habló.
–Hola– dijo poniendo su mejor sonrisa– Queríamos comprar unas gafas, por favor.
–¿Qué tipo de gafas?– Gruñó la Hoothoot.
–Unas gafas resistentes, aptas para luchar, pero sobre todo, baratas.
–Lo que has dicho no existe, tenemos gafas resistentes para batalla, pero no son baratas. ¿Cuánto tienes?
–Esto– respondió Jarrú mostrándole la moneda de oro– La cual le fue arrebatada por la Hoothoot.
–Muy bien– le respondió esta– ya habéis pagado el mueble que vuestro amigo rompió al caer, ahora ¿Cómo vais a pagar las gafas?
–Es todo lo que tenemos, señora.
–¡Pues entonces no hay gafas!
Jarrú se dio la vuelta, dispuesto a marcharse, pero Sevin reanudó la discusión
–Pero ¡Necesitamos esas gafas, nos hemos presentado como aprendices en el gremio de exploradores y sin esas gafas no podremos cumplir las misiones que nos encomienden…! Hemos viajado cruzando el Bosque Micelio, luchando cara a cara con la muerte para llegar hasta aquí… y ahora no podremos seguir por unas gafas– cuando el Riolu terminó de hablar, con un hilillo de voz, sintió la mano de Jarrú sobre su hombro indicándole que no había nada que hacer. Cuando ya se marchaban, arrastrando a Martín tras ellos, una voz les interrumpió.
–Esperad… Que sea vieja no significa que no tenga compasión… os haré las gafas... si me demostráis que vale la pena.
–¿A qué se refiere?– preguntó Jarrú.
–A que ese atontao de Pichu tiene que ganarme una pelea– respondió la Hoothoot sin andarse con rodeos– mañana por la mañana, aquí mismo os quiero ver. Ahora daos el piro, que es hora de acostarse.
Los tres pokémon volvieron a recorrer la laberíntica Ciudad Subterránea que, poco a poco, se iba vaciando mientras, muchos metros más arriba, el sol se escondía tras el horizonte.
Cuando por fin vieron la entrada al Hoothoot’s close empezaron a correr. Era tardísimo y debían estar en el gremio antes de las doce.
Corrieron y corrieron, mientras la torre del gremio iba elevándose frente a ellos. Martín con sus patitas, casi no podía seguir el ritmo, así que empezó a correr a cuatro patas, ya le iba cogiendo el tranquillo. Subieron las escaleras de la colina y sorprendentemente el Pichu no se cayó ni una vez, cuando llegaron arriba, la luna se recortaba ya tras la torre. Se descolgaron por la escalera de mano rápidamente y en un plisplás se plantaron frente a la puerta del despacho de Alberto. Llamaron.
–Pasad, por favor– les respondió la tranquila voz de Alberto desde el interior– ¡Ah, sois vosotros! ¿Qué tal, reunisteis un buen equipo?
Los tres amigos se miraron entre ellos, ninguno tenía nada que enseñar. Habían perdido la moneda en un accidente y no conseguirían las gafas hasta el día siguiente. Ante el silencio Alberto levantó una ceja. Abrió la boca para decir algo, pero en ese momento una visita inesperada le interrumpió.
–Tienen esto, se lo dejaron en la habitación– Se giraron, una deslumbrante Naushika se había presentado a la puerta del despacho. Su pelaje plateado reflejaba la luz de la luna emitiendo un impresionante brillo. Les mostraba un saco gris. Los víveres que les habían dado la familia Drake.
–No tiene muy buena pinta, comentó Alberto borrando las caras de alivio de sus aprendices, el saco no es práctico, deberíais haber comprado una bolsa nueva, un maletín o algo así. Aun así...– prosiguió examinando el interior del saco– habéis reunido un buen número de productos especializados que pueden costar muy caros, mmm… pocos víveres… bien, no se debe permanecer mucho tiempo en un laberinto misterioso, si no quieres volverte loco… Yo diría que en general estaríais aprobados excepto por una cosa...
–¿Qué cosa?– Preguntó Martín alarmado
–¡Vamos, mírate! ¡No distingues un Groudon de una zapatilla, en lugar de comprar este tipo de cosas deberíais de haberle comprado unas gafas a vuestro amigo! Ya podéis hacer bien la siguiente prueba si queréis aprobar, porque esta la habéis suspendido.
Y, así, los cuatro amigos inseparables, se fueron a dormir, sabiendo que todos sus esfuerzos de ese día habían sido inútiles.
Ahora, una foto del Hoothoot's close:
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Intentaré mejorar para no decepcionarte y que sigas leyendo y comentando. En cuanto a tus observaciones fueron muy útiles y acertadas ¡Gracias! En cuanto a la censura, intento evitar las palabras graves poniendo solo palabras ligeramente malsonantes por lo que no creo que sea necesario poner censura, además cuando yo leo un fanfic y tiene censura, me suelo pasar unos 5 minutos probando todas las palabrotas del mundo a ver cuales encajan y eso me resulta muy molesto. lo de DOLOR lo hice para darle énfasis como si Sevin lo resaltara pero sin levantar el tono, pero debería haberlo hecho poniendo una descripción en plan: Sevin pronunció esta ultima palabra... blablabla. Es cierto que voy muy rápido, pues tengo muchas cosas en mente y, además, si termino el fanfic tengo intención de reescribirlo dentro de unos años cuando sea mejor escritor. Por último lo de Martín, bueno, al principio reaccionó mal porque a diferencia de sus compañeros, el no sabía que eso le iba a pasar. Sevin, cuando lo descubrió también se lo tomó mal y Jarrú... bueno, Jarrú tiene un temple de acero
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Buen final, le agrega el siempre necesario suspenso y hace que el lector quiera seguir leyendo. Los cambios de escena que relataste los entendí todos perfectamente. No recuerdo mucho como era en los capítulos anteriores, pero tengo la sensación de que tu forma de narrar mejoró harto. En muchas partes usaste figuras literarias, cuyos nombres no recuerdo, que invitan al lector a seguir leyendo. Las descripciones de los lugares y las situaciones las entendí todas, de hecho, me las imaginaba mientras leía. Creo que no tengo ningún reparo sobre este capítulo.