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#1

Flor de diciembre.

Con mucho respeto ante ustedes, mi humilde historia, siempre abierta a cualquier comentario constructivo. Tengan un hermoso día.




Spoiler

1.


El invierno estaba próximo a caer en Plaza Paraíso. Los nubarrones acechaban los cielos y cubrían la inmensidad. El reflejo en el viento y en la ciudad era enteramente gris; los colores, tímidos, se ocultaban de la vista popular. Grises las calles, grises los autos, grises los abrigos lanados de los hombres o los bolsos de las damas. Inerte el gris golpeando a los vidrios y a los escaparates, impulsado por las ventiscas que a ratos se tornaban violentas.


Era así un día del último mes, de nubes egoístas y de cielo sin mar. Un día ciego.
Las botas duras de los caminantes hacían crujir un suelo añejo, tan antiguo como la construcción misma de Plaza Paraíso. Las tiendas se abarrotaban de personas dispuestas a realizar de una vez sus compras navideñas. Ojitos brillantes y una mano asida de su madre, un pequeñuelo miraba tras un ventanal los juguetes que ofrecía una de las tiendas. Un jaloneo seguido: la mujer arrastraba a su hijo fuera de esos precios exorbitantes.


Las gabardinas casi llegaban al suelo. El viento arreciaba y traía consigo una gélida sensación. Esta vez no había sol que calentara las almas congeladas. Las sonrisas escaseaban, hablando propiamente de las verdaderas sonrisas, como es costumbre en las personas demasiado acostumbradas al devenir diario. Formalidades aquí y allá, incesante trepidar de costumbrismo. Mecánica. Saludos de mano y buenas tardes. Ojos egoístas, tal como las nubes grises.


Así era Plaza Paraíso en los albores de invierno. Cuando el año amenazaba con acabarse. Tiendas llenas de vida, pero muertas a la vez. Familias enteras andando de un lado a otro. Una fuente central para que embelleciera con la sinfonía de la naturaleza. Árboles artificiales, recorriendo el pasillo principal de la plaza. Algunos columpios al fondo, para que los padres despreocupados enviaran a sus hijos a que hallaran un cuidado sustituto. Pancartas con ofertas pegadas en las paredes: aproveche su aguinaldo. Ofrecemos la mitad de descuento en toda la ropa de temporada.




Había una silueta sosegada y quieta al fondo de la masa humana. Se encontraba sentada en el suelo, próxima a un rincón externo que formaban dos locales de la plaza: la hermosa tienda de zapatos y el lujoso restaurante Ámbar.
Ella no pensaba mucho, o por lo menos, no parecía hacerlo. Era como un bicho mecánico que chupa el néctar de las flores, aferrada a sus sentidos restantes. Y de hecho, diario era lo mismo para ella, sin esas variantes mágicas que propician encuentros fortuitos.
Ella, esa silueta sentada e inclinada sobre un inmenso aparato que sostenía sobre sus rodillas.


Danzó el aire en un compás. Ella lo sabía porque sus oídos observaban, y sabía sin siquiera levantar la vista que había unas cinco o seis personas a su alrededor, calladas, mirando.
Siempre la misma cantidad de personas.
Y el ambiente se deleitaba, como la gente mundana. Las monedas, que resbalaban de entre los dedos de los espectadores, gemían al caer, quién sabe si de gusto. Pero el pequeño sombrerito, discreto, siempre se llenaba hacia el mediodía.


Y tras una débil pancarta con letra torpe y temblorosa, y aún más allá, tras un enorme teclado musical que la dejaba reducida a un pequeño animalillo inquieto, se hallaba la mujer en cuestión. Su edad era indeterminada: a veces al alba le gustaba dibujarle rasgos de adolescente, otras veces lucía con unas facciones de mujer madura. Quizá dependiera de su humor. Quizá sólo del espectador.
La forma de su rostro importaba poco si ella no solía mirarse a sí misma, dejando gruesas manchas de polvo acumularse en sus mejillas y permitiendo que esos ojos hundidos que poseía se decoloraran más cada día. Algunas personas podían opinar que, tras esa palidez y esas cejas severas, ella era poseedora de una rara belleza. Otras la consideraban más bien desagradable. Pero todos podían opinar que ella era pequeña y menuda, lo cual no ayudaba a determinar su edad.
Así que la mujer sólo daba la polvorienta cara hacia la plaza.
A la plaza, a las teclas, a las personas, a la miseria.
Pero aquel día, como todos los demás, se hallaba arrancando las más hermosas notas de su teclado. Era una pianista callejera.




Tenía su eterno sitio reservado en la plaza. Un guardia de tez morena que trabajaba ahí se lo apartaba amablemente hasta el anochecer en un principio. Después ya no hubo necesidad. Primero, porque los clientes asiduos de la Plaza Paraíso se acostumbraron a ver a la pequeña pianista en ese rincón durante tanto tiempo, que por derecho natural ese espacio ya era prácticamente suyo. Pero además, ella había adquirido la inoperante costumbre de no abandonarlo, como todo refugio, quedándose ahí noches enteras incluso. Eso le había costado su trabajo. Aunque, claro, eran sólo rumores: Plaza Paraíso cerraba sus puertas a la medianoche y nadie quedaba vagando en sus pasillos, salvo los guardias nocturnos. Era difícil que alguien pudiera quedarse a la vista y durmiendo en tal frío.
Pero así era la misteriosa mujer: tantos mitos había levantado a su alrededor por los espectadores ocasionales.
Lo que era seguro es que la pequeña artista, mañana tras mañana, aparecía en su sitio, se sentaba frente a su instrumento, colocaba un sombrero a su lado y, sin reparar en la audiencia, comenzaba a tocar hasta fatigarse.


A veces, el dinero rebasaba el borde del poco pretencioso sombrero. Pero ella no se apresuraba a recogerlo.
Seguía con su sempiterno chaquetón café, humilde, remendado, inmenso. Con aquel pantalón roto de las rodillas, que permitía que el frío le calara sus piernas.
Y su cabello rubio ceniza enmarañado y descuidado, y su apariencia frágil y resignada a la fatalidad.
Y aquellos ojos perdidos eternamente. Entre el blanco y negro de las teclas, blancas y negras sus notas, y después el gris de las paredes.




Y esa tarde monocromática no era diferente a ninguna otra. Sólo hacía más frío, pero no era nada a comparación de lo que pronosticaban. La mujer frotó sus manos, las calentó con su propio aliento un poco, agitó los dedos y volvió a posarlos una vez más sobre las teclas. Cinco o seis personas como audiencia, esta vez el público era diferente, pero a la vez igual. Misma cantidad de sujetos. Rostros distintos. Para ella, todo era lo mismo. Una vez más, a interpretar las piezas que conocía de memoria, aunque nadie sabía dónde las había aprendido.


De hecho, nadie sabía de dónde venía, cuándo había aparecido, quién era ella.
Eso era así. Ni el guardia nocturno, el dueño del restaurante Ámbar o la cajera de la tienda de zapatos sabían siquiera su nombre.


El nombre de quien poco a poco se iba convirtiendo en el ícono urbano de Plaza Paraíso. Sin saberlo. Sin pretenderlo. Las presencias más tranquilas y calladas siempre son las que más dan de qué hablar a las personas.
La pequeña pianista misteriosa y desconocida no era la excepción.

#2
Empecemos con la parte técnica; realmente no soy un experto para ver aquí pero gñé. No noté ninguna falta de tildes/acentos, plus, la narración esta muy bien echa, felicidades.
Algo que destaco es la forma en que describiste el ambiente, esa forma 'monocromática' que tiene el mundo en el que se sitúa es algo difícil de remarcar, y vos lo hiciste de una forma que, al menos en mi experiencia, no había visto aun.

La lectura se me hizo ligera, entretenida, suave, y muy tranquila, escribes bien, felicidades :33.

Con respecto a la trama; Es curioso, Plaza Paraíso parece un lugar triste, o desanimado. Me interesa saber más sobre la pianista, y como finalizo este capítulo, parece que no es el único personaje así de destacable/curioso.
Plus, la zapateria y el restaurante parecen ser lugares importantes en la historia.

En fin, me gusto mucho, tiene su toque sereno y semi melancólico, espero leer más. Eso sí, te recomendaría poner los capítulos en un spoiler.

Saludos.

#3
Agradezco tu comentario Rakhan. . . que bueno que te guste mi estilo; así será todo el fic.
Me ha gustado que lo describas como monocromático, me parece un término interesante. Espero que te guste mi siguiente capítulo.
Si alguien entra y desea leer o comentar es muy bienvenido.


Spoiler

Quiero dejar un audio de fondo para ambientar el mundo de la pianista. No es necesario ver el video en lo absoluto. . .



Spoiler


2.

Su silueta se deslizó de vuelta a su rincón por las paredes grises de Plaza Paraíso. Traía consigo una bolsa de sucio color. La pequeña mujer regresó a su lugar después de haber ido brevemente al supermercado, al otro lado de la plaza, y traer consigo dos piezas de pan y agua embotellada.

Se sentó sin ruido en el suelo frente a su eterno piano, cuyas teclas aparecían manchadas por el continuo polvo y la impresión de sus propias huellas. El aire traía una suave brisa helada que jugó un momento con su cabello cenizo. La chica casi sonrió, pero no alcanzó a hacerlo.
Husmeó en la bolsa que acababa de traer y que la había dejado a su lado; ésta contenía las piezas de pan de las cuales extrajo una y se puso a mordisquearla mientras observaba caminar a la gente por el pasillo principal.

Era curioso que cuando no tocaba sus melodías, pasaba completamente desapercibida por las personas. Algunos incluso se detenían en el escaparate de la tienda aledaña para contemplar un par de botas hermosas que ella ya había envidiado desde su humilde rincón. Pero nadie advertía su presencia. Era una vagabunda más.

La Navidad se olía en el aire; la Navidad como negocio, por supuesto. El dinero. Tiendas abarrotadas de personas con abrigos grises que entraban de la mano de sus hijos y salían cargando bolsas, con los pequeñines detrás. Eso les proporcionaba la felicidad. La pequeña pianista observó detenidamente a una pareja cuyas manos iban entrelazadas y caminaban intentando esquivar los postes de luces apagadas, en un juego tonto de enamorados.
Dio otro mordisco a su pieza de pan y se estremeció, cerrando los ojos, por una repentina ventisca gélida. Ese grueso chaquetón café ya no cubría del frío como antes.
¿Qué era la Navidad? Mayor afluencia de personas en la plaza, pero un negocio idéntico para ella. Nunca eran más de cinco o seis personas los que conformaban su audiencia. Nunca más. Todos iban ocupados en lo que debían adquirir. Familias enteras que no iban a detenerse tres minutos a escuchar una melodía de piano y menos que iban a tirar su aguinaldo en las propinas.
Y entre reflexiones, cerraba los ojos, en parte por el frío, en parte por el cansancio.

—Hija —escuchó de pronto que decía alguien.

Conocía la voz, pero no mucho. Era como un recuerdo cercano y a la vez lejano y difuso...

—Hija, te estás congelando. Y vaya almuerzo tan frugal el tuyo. Ven conmigo. Tengo chocolate caliente para ti.

Reaccionó de su breve ensueño. Quien le hablaba así era el guardia vespertino de Plaza Paraíso. Un hombre más bien bajo, de barriga prominente, raudo cabello cano y piel acartonada. La chica sabía que él era nuevo. Sólo le dirigió la palabra el primer día en que empezó a laborar (una semana antes) y hasta ese momento, se había limitado a mirarla desde su caseta de vigilancia, al otro extremo del pasillo.
Por supuesto, no tenía ningún vínculo con él. Pero el sujeto destilaba confianza.

La muchacha no era muy propensa a hacer caso a invitaciones. Alguna vez unos jóvenes universitarios quisieron entrevistarla, para completar un reportaje sobre las personas en situaciones de pobreza, y ella simplemente se dio la vuelta, con el rostro hacia el rincón, y no lograron arrancarle ni una palabra. Los muchachos, con lápiz y papel en mano, tuvieron que retirarse sin recibir información alguna. En otra ocasión, más importante aún, se negó a participar en el carnaval anual que se celebraba en Plaza Paraíso en las calendas de abril. El dueño de la plaza, el señor Dautt, le había insistido primero a que presentara un breve número a la audiencia (entre la cual se encontraba el alcalde), después quiso obligarle y por último se rindió soltando algunas burlas y amenazas, recordándole no sólo su estupidez por haber desperdiciado una oportunidad de oro frente al hombre más poderoso de la ciudad, sino también que su estancia en la plaza se debía a la bondad y compasión de él mismo por otorgarle un rincón gratuito de su plaza en donde exhibir su arte, a ella, ¡a una vagabunda! La joven sólo se había acostado en una manta improvisada junto a su piano y dado la espalda. Su desánimo por sobresalir la llevaba incluso a esos límites.

Pero ante el nuevo vigilante accedió, probablemente movida por el hambre. Dejó su discreta pieza de pan en la bolsa, se levantó a la par que varios huesos le crujían, y le siguió hasta la caseta. Los del restaurante Ámbar, tras el enorme vitral, siempre le cuidaban sus pertenencias amablemente.

—Pasa, pero toma asiento, por aquí —le indicó—. El frío azota fuerte en estas temporadas, ¿no, hija?
—Sí —respondió ella, arrebujándose con la enorme chaqueta.
—Mira, aquí está tu chocolate —le sirvió en un vaso térmico de una botella aún mayor, y continuó—. ¿Cómo me has dicho que te llamas? Siempre me has causado una profunda impresión.
—Yo no tengo un nombre, señor. Puede llamarme Diciembre si quiere.

Y tomó el vaso, aproximándolo a sus labios partidos, mientras otra corriente gélida golpeaba el vidrio de la caseta. El vigilante, con el gorro de lana hasta las cejas, miró aquel rostro pálido con sorpresa.

—¿Diciembre? —preguntó, como si no hubiese entendido—. ¿Como el mes, diciembre?
—Sí. Pero no es mi nombre real —comentó ella, y haciendo acopio de unos modales perdidos tras los años, que alguna vez escucharía, añadió—. Su chocolate es muy rico, señor. Gracias.
—Y... ¿de dónde lo has sacado? —volvió a preguntar intrigado.
—Del mes de diciembre, señor.
—Claro, del mes... —susurró aquél, convenciéndose de la obvia respuesta, y miró a través de la ventana. Se había empañado por el aire caliente que despedían ambos, y tuvo que limpiarla con la manga de su chamarra mientras escuchaba que su pequeña comensal sorbía con torpeza de su vaso.

Nadie se acercaba, como de costumbre, al piano arrinconado en aquella esquina manchada de humedad, aunque en aquellos momentos estuviera solo.

—Y entonces tocas el piano, ¿ah? —inquirió el vigilante, como si la respuesta no fuera ya obvia por haberla visto tocar durante siete tardes.
—Sí, ¿le gusta?

El vigilante le ofreció una rosquilla gratinada, que Diciembre aceptó de buena gana.

—Sí, el piano es muy bello —intentó ocultar su ignorancia sobre las artes y cambió de tema—. ¿De dónde vienes, hija?
—Estas rosquillas son de la panadería de don Diego, del pasillo C, ¿verdad? —espetó ella, saboreando el gratinado—. Las reconozco. El señor es lindo conmigo.

Y calló, con más amargura de la que debía tener ese comentario improvisado. El vigilante entendió que deseaba cambiar y zanjar el tema de su proveniencia. Él calló también.


. . . . . .


Aquel hombre, que se presentaría como Rodríguez y que había presumido, entre su monótona charla, que era orgulloso padre de dos varoncitos y que su mujer mantenía un jardín con dátiles, había despedido a Diciembre rellenando su vaso de más chocolate para que lo pudiera beber por la noche. También le regaló otra de sus rosquillas favoritas. Ella agradeció inclinando la cabeza y, sin más, se dirigió de vuelta a su conocido rincón, aquel que estaba formado entre esos dos bellos locales.
Para entonces atardecía, pero igual había logrado juntar la cantidad necesaria para sobrevivir un día más.

Practicó nuevas melodías, que improvisaba y con asombrosa capacidad iba memorizando de a poco, lo cual le llevó un par de horas más acompañada de su vasito de chocolate, su rosquilla gratinada y sus duras piezas de pan.
Cuando el frío comenzó a aterirle sus dedos, puso fin a su sesión de práctica, echó una manta sobre el teclado para evitarle el rocío, y se arrinconó, sentándose en donde ambas paredes la acunaban.
Se echó luego sobre sí misma la otra manta restante, envolviéndose en ella y abrazando sus propias rodillas. Fue testigo de la caída de la noche y de la retirada de la clientela.

Había luna llena tras las nubes, que ahora lucían tan blancas como la nieve helada de las montañas.
Procuró controlar sus temblores por el clima. La clave, según ella, era la capacidad mental para bloquear impulsos. Respiró hondo el aire glaciar. Y dejó de tiritar.

Se dejó caer lentamente al suelo, resbalando por la pared.
La noche era plena. No resonarían más botas, no crujiría más el suelo desgastado hasta el alba.



Gracias. Hasta luego.
#4
No tengo mucho que decir más que me ha encantado lo que he leído.

Partamos por la ortografía, no noté ningún horror ortográfico y si es que cometiste un error menor al menos para mi pasó desapercibido.

En cuanto al relato... no sé, tiene algo que me gustó muchísimo. Siento que creaste tan perfectamente un mundo en tan pocos párrafos. Tal como dijo Rak, todo es tan monocromático, te juro que lo que imagino a medida que leo esta únicamente en gris y algunos tonos claros de azul, un ambiente gris y frío como lo describes tú.

Me gusta como van los personajes, no profundizas pero nos llamas a saber querer más de ellos, o de nuestra protagonista para ser honesta.

La trama, la verdad es que hasta ahora siento que esta avanzando bastante lento, cosa que por lo general es un gran contra, sin embargo creo que ese paso es perfecto para esta historia. Definitivamente te diría que mantuvieras un ritmo similar al que llevas hasta ahora.

Nada más que decir, quiero saber más de Diciembre. Espero ansiosa el siguiente cap.
Premios











Firmas







#5
Bueno. Dije que lo leería entero. ¡Y lo hice! Ahora procederé con el comentario...

Antes que nada, diré que normalmente soy la paranoica de los errores y siempre encuentro algunos que otras atrocidades ocultas... ¡pero esta vez solo encontré uno muy chiquito (te dejaste un artículo por ahí)! Una nimiedad, vamos. Supongo que debo de felicitarte por ello. Y la narración ya te dije; con los dos párrafos ya me diste buena impresión. Tienes talento para narrar, hay que reconocerlo. Pude hacerme una triste imagen en la cabeza con muy pocos colores :3. ¿Ven? ¡Así es como se escribe un buen escrito! ¡Tomen nota! [?]

Ahora, es una belleza de texto; nos has presentado el espacio, el tipo de personas que residen en el pueblo, la protagonista... lo cierto es que también me gustaría saber quién es y qué le ocurrirá. No sé, pero por lo escrito me da que será una de esas historias costumbristas o... ¿una triste historia de navidad? I dunno. De momento, no nos diste muchos detalles sobre la trama. Creo que eso es lo que me ha faltado; el detonante. ¿Por qué se origina la historia? Tenemos a una joven pianista que toca en la plaza, muy bien; ¿pero qué le va a pasar?
...
De hecho... ni siquiera sé el género de esta historia. ¿Tal vez sea un escrito costumbrista (que tiene la pinta, por cierto)? ¿Un romance? ¿Biográfico? Bueno, tampoco es que se se suela dejar todo claro en el primer capítulo. Esa es la gracia de los fics largos (y los libros, por consiguiente). Dejas a los lectores como... "vale, ¿y luego? ¡Quiero ver ya el siguiente!". Así que el ritmo no me molesta tanto. Además, con esa maravillosa narración se te puede perdonar.

Y... no sé qué más poner. Supongo que eso será todo lo que puedo poner. Además, ando corta de tiempo, y no quiero entretenerme mucho comentando C,:
Welp, lo único que puedo añadir en es...
¡Sigue así!
¡Cheerio~!

PD: Sorry... me leí solo el primer cap. Luego te comento el segundo nwnU (estúpido sueño que me hace pasar de largo los mensajes...)
PD2: Acabo de leer el segundo capítulo en una pincelada. No diré mucho al respecto. Solo diré... tengo que comentarlo. ¡Me siento obligada a hacerlo!
Bueno... ¿qué decir? Mantienes ese estilo único, y sabemos más sobre la pianista. ¿Así que es vagabunda? Pensaba que era una de esas artistas bohe... bueno, trata de ganarse la vida con la música y el arte. Sigue manteniendo el espíritu bohemio :33.
Es una pena que la gente preste más atención a las tiendas que no a aquella pianista. Resulta irónico que, aún siendo algo reconocida y que todos sepan de ella, merezca tan poco mérito por parte de los pueblerinos (y lo cierto es que me siento identificada por ambas partes [??]). Incluso pensé; "¡pero al menos déjenle algo de propina, ingratos! ¿¡que os pensáis que la música no vale una porra o qué!?" [?]
Just... f**k. Esto refleja la sociedad de hoy en día.
Menos mal que no todos son así. Por lo menos el guardia le da chocolate... huh. Curioso. Eso me hace pensar la mala idea que tengo de ellos. Pensaba que todos serían... descarados y chulos. Pero este es nuevo. Bueno, ya veremos como evoluciona. Yaaa veremos C:.
Quiero ver el siguiente ya uwu. Está bastante bien *-*.


#6
¡Qué interesante! Escribes bastante bien. Y sí, tu manera de narrar ayuda a imaginar instantáneamente las cosas, cosa que conmigo no es tan fácil. Pero tú me has cautivado :woah:
Lo único que criticaría constructivamente es que... bueno, en el primer capítulo la pianista me sonó como una mujer anciana o al menos madura. Pero, al leer el segundo, me encontré con que era una chica y quedé como.. What? @_@
Jaja xD Me confundí un poco. ¿Lo hiciste adrede o fue que cambiaste algo al escribir la segunda parte? :confused:
Debes seguir, veo talento :singing:
"Seguí todos mis sueños hasta hacerlos realidad. Lloré, reí, amé. Puedo decir que realmente estuve vivo."

*:)


I was born in Hoenn with May and Torchic.


#7
Bueno, empecemos Cheeru.

Nuevamente me sorprendes, todo esta vuelto a narrar sin ningún error y con aquel léxico increíble tuyo que de verdad le da un toque de suavidad y melancolía al texto.
Me gusta el personaje de Rodriguez, parece ser de esa gente que por fuera solo es un viejo, pero desde el interior lleva un buen corazón, le da contraste al ambiente, y ya demostrado con invitarle comida a la pianista o, bueno, Diciembre, que por cierto, es muy curioso.

Como Diciembre reconoce las rosquillas delata que lleva mucho tiempo por allí, y el trato que le da Don Diego.

Lo que de verdad me gustaria destacar es que la gente le presta más atención a las tiendas, llevando de un lado a otro como perros con cadena a sus hijos, y no le presten atención a una chica que intenta sobrevivir en esas épocas que con nada más que un piano y el arte de la música.

Y yap, no puedo comentar mucho más.

Espero el próximo, ¡Saludos, Cheeru<3!

PD: Por cierto, por algún raro motivo la sonata para ambientar me recordó a
esta canción, que no tiene mucho que ver ni se parecen pero gñé.

#8
Quiero agradecerles. . . perdónenme por la tardanza, sólo escribo en momentos de buen humor y no son muy comunes en mí. Espero actualizar más constantemente.
Sobre todo gracias a las muchachas que lo han leído ya empezado. . . Sophie Smith, gracias por tu comentario y espero que la trama no te decepcione a medida que avanza, y si es denso y largo, es por el invierno que representa. Gracias también por tus impresiones Poisonbird. No estoy segura yo tampoco del género de la historia, me revuelvo con esas cosas. Sólo escribo. Gracias también Neige. La pianista no tiene una edad aparente. No he dicho que era anciana, quise dar a entender que a veces se veía tan demacrada y descuidada como una mujer de edad madura, pero sus rasgos son juveniles. El lector tiene el derecho de colocarle la edad que desee.
Gracias por tus impresiones, Rakhan, y qué bueno que has venido a leer también. Tus análisis son un gran motivante.


Spoiler

Melodía ambiental.


3.

Spoiler

Despertó cuando el sol aún no se escabullía por las ramas secas de los árboles.
Una tinta de un color naranja casi cítrico se esparcía por el horizonte, que los muros generosos de Plaza Paraíso dejaban ver tras ellos por su baja altura. El alba despuntaba.

Un día más de bullicio y proceder. Un día más de melodías que acaricien el ambiente. Diciembre se desembutió de su letargo estirando suavemente sus brazos. Para aquellos momentos las personas todavía no tenían la costumbre de arribar. Como la ciudad activa en la que se encontraba, la mayoría de las compras se realizaban por la tarde, cuando el sol caía vencido, hasta entrada la noche. Pero por las mañanas era el imperio de la tranquilidad.

Con la manga de su gruesa chaqueta, limpió el poco rocío que se había filtrado por la cubierta de su teclado. Esperó a que los ojos dejaran de arderle mientras degustó un sabor amargo en su boca.
Sólo el vigilante de la noche, cuyo turno casi acababa, se percató en aquel desierto de almas que la mujer se dirigió hacia la fuente central.

Una manada de gotas de agua resbalaron de sus manos, que se habían sumergido a la fuente para llevarlas a su rostro. El agua estaba helada y, en realidad, sucia, pero eso le bastaba. Si tenía que lavarse, debía ser a aquella hora en la que la zona estaba hecha un páramo. Observó el fondo: no había monedas que recoger esa mañana. Usualmente las personas se agolpaban a los bordes de la fuente, dándoles a sus hijos monedas para que las lanzaran a los aires y pidieran un deseo antes de que reventaran el líquido sumergiéndose.
Revolvió el agua hasta los mohosos sedimentos. El líquido helaba como verdadero hielo y le amorataba las manos. Pero Diciembre lo hacía de una manera mecánica, y no es que le faltara dinero. Su tarro de ahorros estaba casi lleno. El señor Dautt siempre opinaba que la joven artista podría darse mejor vida si así lo quisiera, por las buenas propinas que ganaba. Aún así, un extraño espíritu ambicioso y ávido, rebosante de tacañería y mezquindad parecía apoderarse de ella todo el tiempo.
Terminó su búsqueda y sacó las manos congeladas del líquido. No había obtenido nada, pero en su locura buscó lo invisible.
El guardia, quien la observaba apenado, discretamente se acercó al rincón que le servía de hogar y le deslizó unas monedas propias bajo sus ahorros, como si con ello compensara aquel acto.



Cuando el sol se mostraba por entero, aunque aún no enmedio del firmamento, Diciembre empezó a trabajar. Sus manos las calentó con sus propias piernas, bajo sus rodillas. Sólo tenía que relajar un poco los músculos de los dedos y comenzar a batir las teclas de su piano.
Como de costumbre, los curiosos se detuvieron a mirarla. Los nuevos en la plaza comentaban entre sí sobre aquella misteriosa vagabunda, de toscos modales, que tocaba melodías de ensueño. Por sí misma ella era un desastre: su cabello rubio cenizo, seco y sin vida les parecía un auténtico nido de ratas. Sus manos volvían a estar grises, y la inmensa chaqueta, del mismo color, estaba manchada y llena de roturas.
Pero las monedas se escurrían de los dedos de los espectadores y tintineaban como la lluvia fina.

Alzó la vista: miradas diversas la rodeaban de extremo a extremo. Esta vez había más audiencia que otras tardes. Hizo una mueca.
Decidió que se había cansado. Los aplausos tímidos, pero entusiastas, no se hicieron esperar en cuanto ella apartó sus dedos del teclado.
La sombra de una gruesa nube gris en aquel cielo de mármol blanco apagó un poco la luz del ambiente. Un hombre de calvicie incipiente no dejaba de batir palmas a la par que su mujer lo observaba sin expresar emoción alguna. Luego él se acercó a Diciembre y le tendió la mano para felicitarla.
Ésta lo rechazó girando su vista lentamente al otro lado.



La noche era bastante cotidiana para Diciembre, y se daba cuenta de cuándo era domingo porque la tienda de zapatos, situada en el muro de la derecha, cerraba antes del atardecer. Aquel día no lo era. Los muchachos de la zapatería siguieron trabajando hasta tarde, y un par de horas después de la caída del sol, al fin se decidían a apagar las luces del local y cerrar la cortina tras salir.
Atornillada en aquel eterno rincón, Diciembre los miraba con ojos muertos, cual si no hubiera otra cosa que mirar que el movimiento de aquellos sujetos descendiendo la cortina de metal y cerrando con candado.
La más simpática (de hecho, la única que lo era) sin duda era Jocelyn. Había aprendido así el nombre de la cajera. Antes la observaba desde el otro lado del cristal, tras los aparadores; la veía con su uniforme planchado y sus rizos delicados trabajar detrás de la caja registradora. Primero Jocelyn le pedía que no se recargara en el enorme vidrio que exhibía el calzado de temporada pues podría romperlo, y no había forma de que lo pagara. Luego tuvo que solicitarle que se retirara y no volviera más ahí: el dueño de la tienda opinaba que su presencia daba mal aspecto. No obstante, en su cercano rincón donde tenía sus cosas estaba segura. Si el señor Dautt, que era dueño de Plaza Paraíso, le daba la oportunidad de quedarse ahí, nadie más podía oponerse a aquella determinación, aunque el rincón fuese la colindancia entre los muros de la zapatería y el restaurante Ámbar.

Jocelyn dejó que sus dos compañeros aseguraran la tienda con candado y caminó, como de costumbre, hacia donde Diciembre se hallaba. Era una rutina saludarla.

—Ya es hora de irme a casa —le informó, con alegría contenida.

Diciembre, con su rostro nuevamente manchado y sentada en su esquina, le miró a los ojos y le sonrió un poco.

—Ve con cuidado.
—Gracias, ¿cómo estuvo la ganancia de hoy?
—No sé. No lo he contado.

Jocelyn dejó su morral en el suelo y se sentó a su lado con cuidado, aunque Diciembre jamás le pedía compañía. La pianista miró hacia otro lado disimuladamente, se arrebujó con su chaqueta y cubrió con cuidado su piano con la tela que siempre usaba.

—¿Por qué te has sentado a mi lado? —preguntó al fin, aunque con cautela.
—¿Te molesta?

La joven, con unos modales un tanto básicos, agitó enérgicamente la cabeza de lado a lado, pero siguió viendo hacia el suelo.

—Es sólo que, en realidad, siempre quise ver tu mundo —le dijo Jocelyn, y les hizo una seña a los muchachos de la tienda para que no la esperaran—. Siento que en parte es tan diferente al mío, ¿sabes? Es muy curioso. Es muy enigmático.

Diciembre callaba.

—Estás aquí, viendo a las personas todo el día —prosiguió—. Pero no como yo. Las personas que vienen conmigo no vienen por mí. Les atrae el comercio. Y tu negocio es más hermoso. Vendes belleza, belleza efímera. Y las personas te aman. Vives sin preocupaciones, vives al aire natural, sólo para ti, y te aman.

Abrazó su morral. El frío la sorprendió.

—Quién como tú, Diciembre... —concluyó.

Una o dos estrellas brillaban en los huecos que las nubes blancas dejaban esporádicamente.

—Deberías ir a casa —dijo la otra, con un volumen quedo—. No te quedes aquí, hará más frío.
—Sí... eso iba a hacer, sólo... quise venir un momento a tu lado —titubeó Jocelyn, sin saber qué más decir.
—Así ha sido —respondió Diciembre, y le sonrió un poco por segunda vez.

Jocelyn hurgó en sus bolsillos y de ellos extrajo dos pequeños caramelos de envoltura roja y verde. Los miró un instante, luego se los ofreció en su puño cerrado.

—Toma, los he guardado para ti. Son tuyos.

Diciembre la miró apesadumbrada. Las ráfagas de aire le mecían su cabello quebradizo antes de rebotar contra el muro.

—No he tocado ninguna canción para ti. No hay nada que debas pagarme.
—Son un regalo. Un regalo de mí para ti —dijo, sonriendo, la chica.

Pero a Diciembre no le hizo tanta gracia. La tomó de repente del brazo, la miró profundamente a los ojos y, con un tono gélido como la noche, le pidió:

—Por favor, no me tengas lástima. Por favor, Jocelyn, no me tengas lástima. Por favor. Eres linda. Pero te pido que no lo hagas. Por favor, ve a casa, que la noche se pone fría y peligrosa. Por favor.


Gracias. . .
#9
Noté un ligero error, seguro que de tipeo.

Cita:
¿sabes?Es muy curioso. Es muy enigmático.


Supongo que le falta el espacio y la mayúscula, así:

Cita:
¿Sabes? Es muy curioso. Es muy enigmático.


Más que nada, porque escribís demasiado bien y es muy difícil ver un error en tus escritos.

Es melancólica, pero curiosa la vida de Diciembre, puesto que, al no gastar dinero, no sé, le da un contraste con el resto de la gente en Plaza Paraíso, demás y valga la redundancia, es muy curioso, porque pareciera que ahorrara.
No me cansaría de decirlo, pero Rodriguez sigue siendo el personaje que más calidez me da, aun más que Jocelyn.

Y hablando de Jocelyn, se nota lo harta que esta de trabajar allí, da la sensación de que ella quisiera ser más como Diciembre.

"Un hombre de calvicie incipiente no dejaba de batir palmas a la par que su mujer lo observaba sin expresar emoción alguna".



Ahora, eso, esas palabras me sonaron a que la gente allí solo son ligeros muñecos buscando entretenimiento, que lo que ven es solo algo pasadero y luego vuelven a las compras. Eso o que la mujer se avergonzaba de su marido.

El final fue algo increíble, puesto que me dejo dudando, ¿Diciembre tuvo algún pasado traumatico? ¿Orgullo? No lo sé, por eso espero al próximo capítulo.
De verdad, felicitaciones por este gran fic, saludos y espero el siguiente.

Ludovico Einaudi<3.

#10
Hola, Cheer c:
La verdad es que estoy encantado con tu progreso. Creo que las cosas que te vi publicando en el otro foro están por debajo de esta genialidad y eso ya es mucho decir. Tu estilo no cambia, sólo se encrudece un poco más, y aquí de nuevo lo veo reflejado en un fic que relata un paisaje invernal y gélido como éste.
Ya hablando directamente de esta historia, pues me gusta mucho. Como dijo Poison arriba, es medio costumbrista, como si se centrara más que nada en escribir las vivencias de esta personita que vive de su arte callejero, y si ése es el punto, lo haces muy bien. No aburre la lectura, es dinámica, a pesar de que todo transcurre en un mismo lugar y en un período más o menos lento, le vas dando variantes que nos muestran diferentes facetas de la vida de Diciembre.

Tengo una pregunta. El piano, ¿es un piano público de la plaza? Los teclados son bastante caros para una persona de pobreza extrema como ella (aunque ya sé que faaalta que relates quién rayos es Diciembre, qué hace ahí, cuál es su pasado y siento que hay mucho que decir. Puede que finalmente no sea tan miserable). Aunque no es del todo una incongruencia, muchas plazas tienen pianos públicos, lo sé, sólo quisiera esa aclaración ^^.

Hay una observación que quiero hacerte (nada malo) y que los anteriores lectores no la han abordado (aunque Rakhan dijo una cosita al respecto). Tu estilo me deslumbra porque es una historia completamente a blanco y negro. Es deprimente, y lo logras en el mejor de los sentidos. No es en blanco y negro por la época (aunque entiendo que se trate de una época relativamente contemporánea), sino porque creo que cuidas de no meter un solo color en toda la historia. No recuerdo que hayas mencionado ningún color ni como referencia, y por el contrario, encuentro cosas como "el cielo blanco", "las nubes grises", "los abrigos negros", y muchísimas más referencias que sólo conducen a cosas en escala de grises. Incluso el hecho de que un piano sea el objeto central (que como sabemos, sus teclas son estrictamente blancas y negras, y que la música por sí misma se mida en notas blancas y negras) me deja mucho qué pensar. Conociéndote, sé que lo has hecho a propósito. Todo enmarca para que parezca que la narración es a blanco y negro, y que el invierno que azota Plaza Paraíso se sienta más gélido y terrible. Definitivamente no es una historia feliz ni creo que tenga un final de esa característica.

Otra cosa que noto es que el ambiente es opresivo. Que esté todo desarrollado en una Plaza (paredes), y jamás en un entorno de la naturaleza, así como que toda la acción se desarrolle en un miserable rincón (y me refiero a todo prácticamente, no has narrado nada más que se salga de los mismos metros cuadrados), produce una sensación de asfixia muy bien lograda. Eso contribuye al carácter deprimente del relato.

Los diálogos son ingeniosos, aunque creo que podrías explotarlos más. A nadie le haría daño que hicieras los capítulos un poco más largos, con más interactividad. Quiero ver cómo se relaciona el resto de la gente asidua a Plaza Paraíso con Diciembre. Aunque imagino que también vas a darnos información de su vida a cuentagotas si es que de eso trata en sí el fic.


Nada, Cheer, felicidades. Me encanta tu progreso y no podría estar más orgulloso. Nos conocemos de años y creo que en este momento estás en la cúspide. Sigue así, intentando siempre mejorar los puntos que podrían ser débiles (fuerza de la trama, integridad de los demás personajes y no solo Diciembre, diálogos un pelín más complejos). Aaah, y me encanta el hecho de que la protagonista, aún con todas las desaveniencias, no sea una Mary Sue. Le das un carácter medio arrogante que uno no sabe si simpatizar con ella o pensar que hacerlo sería un error, jaja.

¡Saludos!


Spoiler


#11
Que decir, ya te dije que me gusta leer este fic, tiene un ritmo suave.

Aunque con el final me haz sacado un poco de lugar, hasta ahora habíamos visto a nuestra protagonista bastante serena con todo, pero al final sonaba hasta desesperada lo cual como dijo Rakhan más arriba, quizás reacciona así pro algún tipo de evento traumático, aunque probablemente solo sea la vida del vagabundo. No tengo mucho más que decir, espero ansiosa el siguiente cap, ya quiero saber si esta historia seguirá con capítulos solo contando las andanzas de Diciembre o si es que hay una trama de fondo planeada.
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