Flor de diciembre.
Con mucho respeto ante ustedes, mi humilde historia, siempre abierta a cualquier comentario constructivo. Tengan un hermoso día.
1.
El invierno estaba próximo a caer en Plaza Paraíso. Los nubarrones acechaban los cielos y cubrían la inmensidad. El reflejo en el viento y en la ciudad era enteramente gris; los colores, tímidos, se ocultaban de la vista popular. Grises las calles, grises los autos, grises los abrigos lanados de los hombres o los bolsos de las damas. Inerte el gris golpeando a los vidrios y a los escaparates, impulsado por las ventiscas que a ratos se tornaban violentas.
Era así un día del último mes, de nubes egoístas y de cielo sin mar. Un día ciego.
Las botas duras de los caminantes hacían crujir un suelo añejo, tan antiguo como la construcción misma de Plaza Paraíso. Las tiendas se abarrotaban de personas dispuestas a realizar de una vez sus compras navideñas. Ojitos brillantes y una mano asida de su madre, un pequeñuelo miraba tras un ventanal los juguetes que ofrecía una de las tiendas. Un jaloneo seguido: la mujer arrastraba a su hijo fuera de esos precios exorbitantes.
Las gabardinas casi llegaban al suelo. El viento arreciaba y traía consigo una gélida sensación. Esta vez no había sol que calentara las almas congeladas. Las sonrisas escaseaban, hablando propiamente de las verdaderas sonrisas, como es costumbre en las personas demasiado acostumbradas al devenir diario. Formalidades aquí y allá, incesante trepidar de costumbrismo. Mecánica. Saludos de mano y buenas tardes. Ojos egoístas, tal como las nubes grises.
Así era Plaza Paraíso en los albores de invierno. Cuando el año amenazaba con acabarse. Tiendas llenas de vida, pero muertas a la vez. Familias enteras andando de un lado a otro. Una fuente central para que embelleciera con la sinfonía de la naturaleza. Árboles artificiales, recorriendo el pasillo principal de la plaza. Algunos columpios al fondo, para que los padres despreocupados enviaran a sus hijos a que hallaran un cuidado sustituto. Pancartas con ofertas pegadas en las paredes: aproveche su aguinaldo. Ofrecemos la mitad de descuento en toda la ropa de temporada.
Había una silueta sosegada y quieta al fondo de la masa humana. Se encontraba sentada en el suelo, próxima a un rincón externo que formaban dos locales de la plaza: la hermosa tienda de zapatos y el lujoso restaurante Ámbar.
Ella no pensaba mucho, o por lo menos, no parecía hacerlo. Era como un bicho mecánico que chupa el néctar de las flores, aferrada a sus sentidos restantes. Y de hecho, diario era lo mismo para ella, sin esas variantes mágicas que propician encuentros fortuitos.
Ella, esa silueta sentada e inclinada sobre un inmenso aparato que sostenía sobre sus rodillas.
Danzó el aire en un compás. Ella lo sabía porque sus oídos observaban, y sabía sin siquiera levantar la vista que había unas cinco o seis personas a su alrededor, calladas, mirando.
Siempre la misma cantidad de personas.
Y el ambiente se deleitaba, como la gente mundana. Las monedas, que resbalaban de entre los dedos de los espectadores, gemían al caer, quién sabe si de gusto. Pero el pequeño sombrerito, discreto, siempre se llenaba hacia el mediodía.
Y tras una débil pancarta con letra torpe y temblorosa, y aún más allá, tras un enorme teclado musical que la dejaba reducida a un pequeño animalillo inquieto, se hallaba la mujer en cuestión. Su edad era indeterminada: a veces al alba le gustaba dibujarle rasgos de adolescente, otras veces lucía con unas facciones de mujer madura. Quizá dependiera de su humor. Quizá sólo del espectador.
La forma de su rostro importaba poco si ella no solía mirarse a sí misma, dejando gruesas manchas de polvo acumularse en sus mejillas y permitiendo que esos ojos hundidos que poseía se decoloraran más cada día. Algunas personas podían opinar que, tras esa palidez y esas cejas severas, ella era poseedora de una rara belleza. Otras la consideraban más bien desagradable. Pero todos podían opinar que ella era pequeña y menuda, lo cual no ayudaba a determinar su edad.
Así que la mujer sólo daba la polvorienta cara hacia la plaza.
A la plaza, a las teclas, a las personas, a la miseria.
Pero aquel día, como todos los demás, se hallaba arrancando las más hermosas notas de su teclado. Era una pianista callejera.
Tenía su eterno sitio reservado en la plaza. Un guardia de tez morena que trabajaba ahí se lo apartaba amablemente hasta el anochecer en un principio. Después ya no hubo necesidad. Primero, porque los clientes asiduos de la Plaza Paraíso se acostumbraron a ver a la pequeña pianista en ese rincón durante tanto tiempo, que por derecho natural ese espacio ya era prácticamente suyo. Pero además, ella había adquirido la inoperante costumbre de no abandonarlo, como todo refugio, quedándose ahí noches enteras incluso. Eso le había costado su trabajo. Aunque, claro, eran sólo rumores: Plaza Paraíso cerraba sus puertas a la medianoche y nadie quedaba vagando en sus pasillos, salvo los guardias nocturnos. Era difícil que alguien pudiera quedarse a la vista y durmiendo en tal frío.
Pero así era la misteriosa mujer: tantos mitos había levantado a su alrededor por los espectadores ocasionales.
Lo que era seguro es que la pequeña artista, mañana tras mañana, aparecía en su sitio, se sentaba frente a su instrumento, colocaba un sombrero a su lado y, sin reparar en la audiencia, comenzaba a tocar hasta fatigarse.
A veces, el dinero rebasaba el borde del poco pretencioso sombrero. Pero ella no se apresuraba a recogerlo.
Seguía con su sempiterno chaquetón café, humilde, remendado, inmenso. Con aquel pantalón roto de las rodillas, que permitía que el frío le calara sus piernas.
Y su cabello rubio ceniza enmarañado y descuidado, y su apariencia frágil y resignada a la fatalidad.
Y aquellos ojos perdidos eternamente. Entre el blanco y negro de las teclas, blancas y negras sus notas, y después el gris de las paredes.
Y esa tarde monocromática no era diferente a ninguna otra. Sólo hacía más frío, pero no era nada a comparación de lo que pronosticaban. La mujer frotó sus manos, las calentó con su propio aliento un poco, agitó los dedos y volvió a posarlos una vez más sobre las teclas. Cinco o seis personas como audiencia, esta vez el público era diferente, pero a la vez igual. Misma cantidad de sujetos. Rostros distintos. Para ella, todo era lo mismo. Una vez más, a interpretar las piezas que conocía de memoria, aunque nadie sabía dónde las había aprendido.
De hecho, nadie sabía de dónde venía, cuándo había aparecido, quién era ella.
Eso era así. Ni el guardia nocturno, el dueño del restaurante Ámbar o la cajera de la tienda de zapatos sabían siquiera su nombre.
El nombre de quien poco a poco se iba convirtiendo en el ícono urbano de Plaza Paraíso. Sin saberlo. Sin pretenderlo. Las presencias más tranquilas y calladas siempre son las que más dan de qué hablar a las personas.
La pequeña pianista misteriosa y desconocida no era la excepción.
Spoiler
1.
El invierno estaba próximo a caer en Plaza Paraíso. Los nubarrones acechaban los cielos y cubrían la inmensidad. El reflejo en el viento y en la ciudad era enteramente gris; los colores, tímidos, se ocultaban de la vista popular. Grises las calles, grises los autos, grises los abrigos lanados de los hombres o los bolsos de las damas. Inerte el gris golpeando a los vidrios y a los escaparates, impulsado por las ventiscas que a ratos se tornaban violentas.
Era así un día del último mes, de nubes egoístas y de cielo sin mar. Un día ciego.
Las botas duras de los caminantes hacían crujir un suelo añejo, tan antiguo como la construcción misma de Plaza Paraíso. Las tiendas se abarrotaban de personas dispuestas a realizar de una vez sus compras navideñas. Ojitos brillantes y una mano asida de su madre, un pequeñuelo miraba tras un ventanal los juguetes que ofrecía una de las tiendas. Un jaloneo seguido: la mujer arrastraba a su hijo fuera de esos precios exorbitantes.
Las gabardinas casi llegaban al suelo. El viento arreciaba y traía consigo una gélida sensación. Esta vez no había sol que calentara las almas congeladas. Las sonrisas escaseaban, hablando propiamente de las verdaderas sonrisas, como es costumbre en las personas demasiado acostumbradas al devenir diario. Formalidades aquí y allá, incesante trepidar de costumbrismo. Mecánica. Saludos de mano y buenas tardes. Ojos egoístas, tal como las nubes grises.
Así era Plaza Paraíso en los albores de invierno. Cuando el año amenazaba con acabarse. Tiendas llenas de vida, pero muertas a la vez. Familias enteras andando de un lado a otro. Una fuente central para que embelleciera con la sinfonía de la naturaleza. Árboles artificiales, recorriendo el pasillo principal de la plaza. Algunos columpios al fondo, para que los padres despreocupados enviaran a sus hijos a que hallaran un cuidado sustituto. Pancartas con ofertas pegadas en las paredes: aproveche su aguinaldo. Ofrecemos la mitad de descuento en toda la ropa de temporada.
Había una silueta sosegada y quieta al fondo de la masa humana. Se encontraba sentada en el suelo, próxima a un rincón externo que formaban dos locales de la plaza: la hermosa tienda de zapatos y el lujoso restaurante Ámbar.
Ella no pensaba mucho, o por lo menos, no parecía hacerlo. Era como un bicho mecánico que chupa el néctar de las flores, aferrada a sus sentidos restantes. Y de hecho, diario era lo mismo para ella, sin esas variantes mágicas que propician encuentros fortuitos.
Ella, esa silueta sentada e inclinada sobre un inmenso aparato que sostenía sobre sus rodillas.
Danzó el aire en un compás. Ella lo sabía porque sus oídos observaban, y sabía sin siquiera levantar la vista que había unas cinco o seis personas a su alrededor, calladas, mirando.
Siempre la misma cantidad de personas.
Y el ambiente se deleitaba, como la gente mundana. Las monedas, que resbalaban de entre los dedos de los espectadores, gemían al caer, quién sabe si de gusto. Pero el pequeño sombrerito, discreto, siempre se llenaba hacia el mediodía.
Y tras una débil pancarta con letra torpe y temblorosa, y aún más allá, tras un enorme teclado musical que la dejaba reducida a un pequeño animalillo inquieto, se hallaba la mujer en cuestión. Su edad era indeterminada: a veces al alba le gustaba dibujarle rasgos de adolescente, otras veces lucía con unas facciones de mujer madura. Quizá dependiera de su humor. Quizá sólo del espectador.
La forma de su rostro importaba poco si ella no solía mirarse a sí misma, dejando gruesas manchas de polvo acumularse en sus mejillas y permitiendo que esos ojos hundidos que poseía se decoloraran más cada día. Algunas personas podían opinar que, tras esa palidez y esas cejas severas, ella era poseedora de una rara belleza. Otras la consideraban más bien desagradable. Pero todos podían opinar que ella era pequeña y menuda, lo cual no ayudaba a determinar su edad.
Así que la mujer sólo daba la polvorienta cara hacia la plaza.
A la plaza, a las teclas, a las personas, a la miseria.
Pero aquel día, como todos los demás, se hallaba arrancando las más hermosas notas de su teclado. Era una pianista callejera.
Tenía su eterno sitio reservado en la plaza. Un guardia de tez morena que trabajaba ahí se lo apartaba amablemente hasta el anochecer en un principio. Después ya no hubo necesidad. Primero, porque los clientes asiduos de la Plaza Paraíso se acostumbraron a ver a la pequeña pianista en ese rincón durante tanto tiempo, que por derecho natural ese espacio ya era prácticamente suyo. Pero además, ella había adquirido la inoperante costumbre de no abandonarlo, como todo refugio, quedándose ahí noches enteras incluso. Eso le había costado su trabajo. Aunque, claro, eran sólo rumores: Plaza Paraíso cerraba sus puertas a la medianoche y nadie quedaba vagando en sus pasillos, salvo los guardias nocturnos. Era difícil que alguien pudiera quedarse a la vista y durmiendo en tal frío.
Pero así era la misteriosa mujer: tantos mitos había levantado a su alrededor por los espectadores ocasionales.
Lo que era seguro es que la pequeña artista, mañana tras mañana, aparecía en su sitio, se sentaba frente a su instrumento, colocaba un sombrero a su lado y, sin reparar en la audiencia, comenzaba a tocar hasta fatigarse.
A veces, el dinero rebasaba el borde del poco pretencioso sombrero. Pero ella no se apresuraba a recogerlo.
Seguía con su sempiterno chaquetón café, humilde, remendado, inmenso. Con aquel pantalón roto de las rodillas, que permitía que el frío le calara sus piernas.
Y su cabello rubio ceniza enmarañado y descuidado, y su apariencia frágil y resignada a la fatalidad.
Y aquellos ojos perdidos eternamente. Entre el blanco y negro de las teclas, blancas y negras sus notas, y después el gris de las paredes.
Y esa tarde monocromática no era diferente a ninguna otra. Sólo hacía más frío, pero no era nada a comparación de lo que pronosticaban. La mujer frotó sus manos, las calentó con su propio aliento un poco, agitó los dedos y volvió a posarlos una vez más sobre las teclas. Cinco o seis personas como audiencia, esta vez el público era diferente, pero a la vez igual. Misma cantidad de sujetos. Rostros distintos. Para ella, todo era lo mismo. Una vez más, a interpretar las piezas que conocía de memoria, aunque nadie sabía dónde las había aprendido.
De hecho, nadie sabía de dónde venía, cuándo había aparecido, quién era ella.
Eso era así. Ni el guardia nocturno, el dueño del restaurante Ámbar o la cajera de la tienda de zapatos sabían siquiera su nombre.
El nombre de quien poco a poco se iba convirtiendo en el ícono urbano de Plaza Paraíso. Sin saberlo. Sin pretenderlo. Las presencias más tranquilas y calladas siempre son las que más dan de qué hablar a las personas.
La pequeña pianista misteriosa y desconocida no era la excepción.




































