El Temor a Dios
Bueno empiezo con este fic y veré que resulta de este. No se si catalogarlo como prologo o cap 1, si pudieran decirme, lo agradecería. No tengo ningún otro comentario. Espero lo disfruten.
Capitulo: Arena sacra.
Capitulo: Arena sacra.
Caminaba por un páramo desolado. El aire seco caliente en el despoblado ambiente perforaba mis pulmones con fuerza y la rustica vegetación arbustiva dispersa en el suelo se enredaba de vez en cuando con mis pies. Me ceñí con fuerza la capa que caía sobre mis hombros y seguí mi tortuoso camino.
La arena bajo mis pies es blanda y seca. Con cada paso una ligera capa de polvo se levanta del suelo y se arremolina junto a mis piernas. El sudor corre por mi cuerpo, un líquido caliente, pegajoso e inmensamente molesto. Por todos los cielos, necesito ya mismo un baño.
Hace una hora que había despertado en este desierto. Diez kilómetros atrás más o menos. No tenía ningún recuerdo de quien soy, como llegué aquí o donde estoy. Aun así no podía rendirme todavía. Había recorrido un largo trecho para dejarme morir allí.
<Por favor, has recibido demasiado castigo. Tan solo pido que te rindas.>
Otra vez esa insistente voz sonando dentro de mi cabeza. Ese idiota sigue ahí. Desde mi despertar, he vuelto a escuchar esa maldita cosa. Sé que la había oído antes, pero también recuerdo que me había librado de ella de momento. Y que feliz había estado por ello.
-Cállate.
<No debes protestar mi querido hijo, solo déjate caer>
-Ni lo sueñes “Padre”.
Los alrededores áridos y despiadados estaban extrañamente vacíos. No era capaz de ver ni un solo ser a mí alrededor. Nada tenía la capacidad de romper esta soledad que rodeaba mi humanidad. Deseé acabar ese vacío. Bueno, pensé, al menos tengo a Padre.
<Si. Tendrás a Padre el resto de tus días y el resto de tus noches. Podrás consultarme y adorarme y cuando todo se vea más oscuro te dejaré partir. Ahora por ejemplo sería un buen momento.>
-Esa frase es la más larga que has dicho en un tiempo. Quizá sea un avance. Pero sigues con esa idea irracional de matarme así que debo decir que no.
Di una mirada hacia atrás y el largo camino de huellas que había dejado se extendió hacia atrás. Volví a ver por enésima vez el abrasador desierto que me rodeaba. El paisaje se extendía varios kilómetros hasta que la vista se perdía en el lejano horizonte. O sea: estaba en el desierto y no sabía dónde ir.
De pronto un ruido se desato en mis oídos. Primero un ligero rumor pero su intensidad aumentaba lenta y constantemente hasta acabar como el feroz rugido de una bestia desconocida. Venía acompañado del viento que iba levantando capas y capas de arena girando y entrechocándose entre sí, en una danza sin comienzo ni fin. Me di cuenta del problema y me cubrí con la capa lo mejor que pude. La primera vez en todo el día que se vuelve útil.
-Demonios…
<No maldigas de esa forma hijo>
-Cállate Padre.
Ignoré por completo la voz interior que resonaba en mi cabeza y me lancé en carrerilla para tratar de encontrar algún refugio en donde aguardar el cese del viento. Él mejor lugar que encontré fue detrás de una duna realmente grande y me cobije allí lo mejor que pude. Puede que mi capa sea gruesa pero nunca se debe menospreciar la fuerza bruta y regia de la madre naturaleza.
Esperé.
<Hijo esta prueba es importante. La tormenta no parará hasta verte muerto y deshidratado, seco como una uva bajo el sol. No te matara directamente, pero no te permitirá marcharte de este lugar. No llegaras más lejos que esto. Pudiste morir pacíficamente pero tuviste que revelarte. Hay una manera de escapar, pero tú mismo debes hallarla.>
-Padre no creerás que me tragare esa tontería que dices.
Pero el tono de sus pensamientos se sentía como el veredicto final de un juez dictando la sentencia de muerte. El pánico sobrevino rápidamente, luego de perder la voz de Él en las profundidades de mi mente. Sentía pánico, ira y rabia. Soy joven niño amnésico y ni apoyo tengo en esta difícil situación. El maldito señor de allá arriba no me deja ventajas ni mucho menos, es más, deseaba verme muerto.
Me propuse a dirigirme al muro de arena en suspensión que me rodeaba y lo cruce con bastante facilidad, pero la arena me agujereaba con fuerza y los harapos que llevaba se desgarraban lentamente. Una última y poderosa ráfaga me devolvió al ojo del remolino. Caí sobre mi espalda con fuerza y emití un gemido de dolor. El estar en el medio de la nada no ayudaba y una tormenta de arena en el desierto es de lo más normal, así que, quien se preocuparía por venir a verme. Estaba solo, sin ayuda, suministros o algo que me permitiera salir. Ese maldito condenado no mentía, tenía toda la razón del mundo.
Él tenía razón, de cualquier, no importa cuánto tratase forma. Allí moriría.
La arena bajo mis pies es blanda y seca. Con cada paso una ligera capa de polvo se levanta del suelo y se arremolina junto a mis piernas. El sudor corre por mi cuerpo, un líquido caliente, pegajoso e inmensamente molesto. Por todos los cielos, necesito ya mismo un baño.
Hace una hora que había despertado en este desierto. Diez kilómetros atrás más o menos. No tenía ningún recuerdo de quien soy, como llegué aquí o donde estoy. Aun así no podía rendirme todavía. Había recorrido un largo trecho para dejarme morir allí.
<Por favor, has recibido demasiado castigo. Tan solo pido que te rindas.>
Otra vez esa insistente voz sonando dentro de mi cabeza. Ese idiota sigue ahí. Desde mi despertar, he vuelto a escuchar esa maldita cosa. Sé que la había oído antes, pero también recuerdo que me había librado de ella de momento. Y que feliz había estado por ello.
-Cállate.
<No debes protestar mi querido hijo, solo déjate caer>
-Ni lo sueñes “Padre”.
Los alrededores áridos y despiadados estaban extrañamente vacíos. No era capaz de ver ni un solo ser a mí alrededor. Nada tenía la capacidad de romper esta soledad que rodeaba mi humanidad. Deseé acabar ese vacío. Bueno, pensé, al menos tengo a Padre.
<Si. Tendrás a Padre el resto de tus días y el resto de tus noches. Podrás consultarme y adorarme y cuando todo se vea más oscuro te dejaré partir. Ahora por ejemplo sería un buen momento.>
-Esa frase es la más larga que has dicho en un tiempo. Quizá sea un avance. Pero sigues con esa idea irracional de matarme así que debo decir que no.
Di una mirada hacia atrás y el largo camino de huellas que había dejado se extendió hacia atrás. Volví a ver por enésima vez el abrasador desierto que me rodeaba. El paisaje se extendía varios kilómetros hasta que la vista se perdía en el lejano horizonte. O sea: estaba en el desierto y no sabía dónde ir.
De pronto un ruido se desato en mis oídos. Primero un ligero rumor pero su intensidad aumentaba lenta y constantemente hasta acabar como el feroz rugido de una bestia desconocida. Venía acompañado del viento que iba levantando capas y capas de arena girando y entrechocándose entre sí, en una danza sin comienzo ni fin. Me di cuenta del problema y me cubrí con la capa lo mejor que pude. La primera vez en todo el día que se vuelve útil.
-Demonios…
<No maldigas de esa forma hijo>
-Cállate Padre.
Ignoré por completo la voz interior que resonaba en mi cabeza y me lancé en carrerilla para tratar de encontrar algún refugio en donde aguardar el cese del viento. Él mejor lugar que encontré fue detrás de una duna realmente grande y me cobije allí lo mejor que pude. Puede que mi capa sea gruesa pero nunca se debe menospreciar la fuerza bruta y regia de la madre naturaleza.
Esperé.
<Hijo esta prueba es importante. La tormenta no parará hasta verte muerto y deshidratado, seco como una uva bajo el sol. No te matara directamente, pero no te permitirá marcharte de este lugar. No llegaras más lejos que esto. Pudiste morir pacíficamente pero tuviste que revelarte. Hay una manera de escapar, pero tú mismo debes hallarla.>
-Padre no creerás que me tragare esa tontería que dices.
Pero el tono de sus pensamientos se sentía como el veredicto final de un juez dictando la sentencia de muerte. El pánico sobrevino rápidamente, luego de perder la voz de Él en las profundidades de mi mente. Sentía pánico, ira y rabia. Soy joven niño amnésico y ni apoyo tengo en esta difícil situación. El maldito señor de allá arriba no me deja ventajas ni mucho menos, es más, deseaba verme muerto.
Me propuse a dirigirme al muro de arena en suspensión que me rodeaba y lo cruce con bastante facilidad, pero la arena me agujereaba con fuerza y los harapos que llevaba se desgarraban lentamente. Una última y poderosa ráfaga me devolvió al ojo del remolino. Caí sobre mi espalda con fuerza y emití un gemido de dolor. El estar en el medio de la nada no ayudaba y una tormenta de arena en el desierto es de lo más normal, así que, quien se preocuparía por venir a verme. Estaba solo, sin ayuda, suministros o algo que me permitiera salir. Ese maldito condenado no mentía, tenía toda la razón del mundo.
Él tenía razón, de cualquier, no importa cuánto tratase forma. Allí moriría.












