Nyeh, no voy a ser menos. ¡Me uno!
Siempre quise participar en un evento de fanfics. Veamos qué sale con estas palabras :3
EDIT: Gosh, os lo ruego, hagan algo mejor que esto. No es la mejor cosa que he escrito; de hecho creo que me he estrellado contra el suelo con este corto. Muy poco original, raro, con fallos... Lo que tiene las prisas [?].
Bueno. Al menos les gustará a algunos... o puede que ni eso [?].
Spoiler
La góndola navegaba por el río del Sena, cargando con buenas cantidades de pólvora a la luz de la luna. Era demasiado tarde como para que la gente noble se percatara de aquella pequeña canoa corriendo por la vena de Francia; solo las damiselas desesperadas y los hombres influenciados por Asomedo andaban fantasmalmente por las calles de París. Muchos veían a aquellas gentes como seres pérfidos que degradaba la actitud de los seres humanos. Para el loco navegante eran solo víctimas potenciales que habían que salvaguardar. Un delicioso alimento para un mal mayor que podría atentar contra la vida de todos los ciudadanos de a pie. Por ello no tenía tiempo. No tenía tiempo para estar más tiempo en aquella cárcel pedrada. Debía de salvarlos. Y para ello tenía que ver a su viejo amigo.
La estación de Orsay. Por el día, una humeante columna de vapor pasaba por las vías. Pero por la noche era tan solo un edificio oscuro. A sus puertas le esperaba un buen y fiel amigo. Un joven inexperto que tenía cierto potencial para la caza de monstruos.
Aquel ayudante era bien apuesto; menos corpulento que él, pero no menos hábil. Venía siempre acompañado de su dogo de burdeos, quien le había salvado siempre el pellejo. Iba cargado con mosquetes, una bolsa de cuero llena de varias herramientas y una botella de vino sin empezar. Su mascota anunció la llegada del anciano con sus ladridos, deseando a la vez que se llevara su nauseabundo aroma a otro lugar. Sin embargo el joven soldado no quería que se fuera. Todo lo contrario.
─¿Has traído la pólvora, Edmond?
El fornido hombre descargó con las cajas de pólvora gruesa, con cuidado de no incendiarlo. Aquel joven se agachó, solo para abrir y comprobar que era polvo negro para cargar sus armas. No se había equivocado.
─Ugh... eso es demasiada pólvora. ¿Seguro que no nos va a sobrar?
─Nunca hay suficiente pólvora para lo que vamos a cazar.
─Uh... bueno, pues ya estamos listos. Lo que tenemos que hacer es ir a la universidadde La Sorbona. Dicen que han encontrado algunos cadáveres en la cátedra, y todos presentan el mismo aspecto; secos a más no poder, marcas en el cuello... bueno, ya te lo imaginarás. Venga, tenemos que poner esto en el carro y dirigirnos hacia allí antes de que salga el sol. No querrás que se nos escape.
Cargando con lo que podía, Edmond colocó las cajas en aquel vehículo de madera y seguidamente se asentó junto al nervioso hombre de las armas. Hizo correr a los caballos, para así desgastar sus cascos y llegar a la universidad de París el menor tiempo posible. Su estructura arquitectónica maravillaba a cualquiera que se pasara por las calles. Sin embargo entre la oscuridad parecía una siniestra catedral por donde Dios ya no pasaba.
De forma lenta y cuidadosa, fueron descargando todo lo que necesitaban. Echaron la puerta abajo y, con lámparas candentes, empezaron a indagar por los pasillos del recinto. Había un silencio sepulcral en el interior que les hacía estar más alerta. De momento solo oían sus pasos, pero sabían perfectamente que había algo más que paredes, puertas y libros. Había un mal que tenían que atrapar y matar. Caminaron por un buen rato, creando sus propios ecos en la penumbra... y de pronto, golpes y gritos se escucharon al fondo. El rostro del perro no hacía más que arrugarse y abrir sus fauces una y otra vez para delatar a todos. Ahora era el momento de que el animal corriera hacia aquella amenaza. Benôit soltó al dogo para encontrar a aquello que injuriaba con sus ruidosos ladridos. Corrieron y corrieron hasta subir al piso tercero de aquel templo del saber.
Entre artilugios de Bellas Artes y mesas, se hacía un macabro cuadro a los ojos de los dos cazadores. Un riachuelo de sangre se formaba entre las baldosas, provenientes del cuello de una mujer bien vestida. Más al fondo podía verse una figura raquítica, sujeta sobre sus manos y patas. Miraba con aquellos ojos rojizos a los dos que osaron interrumpir su festín. Aquel ser de piel pálida fue arrastrándose directamente hacia el guardia, dispuesto a hincarle el diente. Pero este no se quedó quieto. Esquivó aquel cuerpo maltrecho, y empezó a cargar su mosquete. Edmond, por su parte, trató de mirar si la caída fémina aún respiraba. Tenía suerte; aún vivía.
Mientras, su acompañante trataba de atinar un perdigón al veloz vampiro. Era muy esquivo, y no le permitía ser certero. Ya estaba cerca. Aquel ser iba a clavarle una garra para abrirle la yugular. Fue a pedir auxilio muy en alto, aterrorizado por la proximidad del monstruo. Una llamada a la que Edmond hizo caso de enseguida. Sus huesos estaban algo débiles debido a la edad, pero tenía la fuerza suficiente para cargar con una plancha de grabado y atizarle varios golpes con ella. Sin embargo, lo único que hacía era enfurecer a la bestia. Esta se lanzaba al hombre, intentando también sacarle su sangre; sin embargo la tabla de cobre le servía más que como arma, para blindaje. El vampiro se agarró a la plancha, provocando que el hombre provocara un pequeño terremoto en el suelo y lo chafara. Era el momento.
─¡Ahora, Benôit!
El guardia removió la bolsa que llevaba colgada mientras el ser estaba intentando quitarse aquel peso metálico de encima. Finalmente, sacó aquello que acabaría con aquella abominación pálida.
Un martillo y una estaca de madera. El vampiro finalmente logró sacarse la tabla, pero tenía algunos huesos rotos que le limitaban bastante. Después Benôit se lanzó a él y gritó clamando al techo:
─¡MUERE, DEMONIO!
Le clavó con fuerza aquel trozo de madera, y lo hundió más y más con cada martillazo. Finalmente, aquel demonio se rindió y en polvo se volvió. Por poco iba a ser una más de sus víctimas. Luego Edmond fue a cargar a aquella atractiva y debilitada dama luchando por respirar. Tenía esperanzas en que podría salvarla.
O tal vez no.
─Edmond, ¿qué haces? Pensaba que quienes estaban mordidos también se volvían vampiros.
─Cierto es... pero... ¿quizá sea yo que esté cansado de vivir en solitario?
─¿Cómo? ¿Qué dices? Oooh,no, esa broma es de muy mal gusto, señor mío, tendrías que-
─Shhhh... no querrás que te mate esta damisela antes que me la puedas traer al infierno, ¿verdad?
Estaba horrorizado al oír eso. Edmond quería morir.
Aquella mujer se iba despertándose de su letargo. Estaba pálida como si jamás hubiera visto la luz del sol, con los labios entumecidos y sin color. Aprovechando que el hombre la cargaba, le clavó sus crecidos colmillos para así chuparle la sangre. El dolor era insoportable. Pero él lo recibía con agrado.
Edmond se desplomó en el suelo como aquellos cuerpos que llevaba a investigación. Con una sonrisa en la cara, tuvo una muerte perturbadora. Aquella nueva integrante en el círculo del mal se levantó y le acercaba a Benôit peligrosamente. Él tenía el mosquete alzado, pero la muerte de su compañero le afectaba demasiado como para disparar. Pero estaba de suerte. Un pequeño rayo de luz entró en la ventana, quemando a aquella mujer. Gradualmente, iba transformándose en una montaña de hollín mientras agonizaba. Por poco acababa igual. Su perro también lo pasó mal al ver aquello. Reclamaba las caricias de su amo. Algo que amablemente le proporcionó.
─Vámonos bien lejos, Louise. No quiero volver a pisar esta ciudad.
Nunca más se supo de él.