"De la Tierra" Un fanfiction por Guidoco [J.R.R.TOLKIEN]
¡Feliz encuentro! y bienvenido al fanfic conocido como "De la Tierra". El mismo trata del mundo creado por J.R.R.Tolkien, donde sucede todo sus relatos, desde el Simarillion hasta El señor de los anillos. Nuestra historia se situa en el 2876 de la cuarta Era. La cuarta era, la era del hombre, es donde las cosas se ponen interesantes. A medida que vaya agregando contenido. Vamos entonces con la leyenda.
Capítulo I.
Eso es todo por ahora, espero que les guste y no se vayan sin comentar. Dentro de poco subiré el segundo capítulo y aquellos que quieran aparecer, podrán hacerlo dejando aquí el nombre y la raza (Obviamente busquen que sea un nombre ambientado al mundo).
Saludos O:
Leyenda:
Texto en cursiva es QUENYA el idioma de los Elfos que cruzaron a Valinor.
Negrita es Orco, idioma bruto que fue modificado del primer idioma elfo.
Cursiva y negrita es el idioma de los enanos, el cual fue creado por Aüle.
Normal es idioma que hablan los humanos.
Texto en cursiva es QUENYA el idioma de los Elfos que cruzaron a Valinor.
Negrita es Orco, idioma bruto que fue modificado del primer idioma elfo.
Cursiva y negrita es el idioma de los enanos, el cual fue creado por Aüle.
Normal es idioma que hablan los humanos.
Capítulos:
I. Aikanáro.
II. Manwë.
III.De Barcos y los Teleri.
IV. Tierra Media.
V. De Bares y Tavernas.
VI. La historia de Gromlin.
VII. Viaje por el Norte.
VIII. Ladrón tramposo.
IX. La cueva del Norte.
X. La cuarta compañera.
XI. De vuelta al Sur.
XII. Orcos.
XIII. Montaña Solitaria.
XIV. El Primero.
XV. Rumbo al Rey.
I. Aikanáro.
II. Manwë.
III.De Barcos y los Teleri.
IV. Tierra Media.
V. De Bares y Tavernas.
VI. La historia de Gromlin.
VII. Viaje por el Norte.
VIII. Ladrón tramposo.
IX. La cueva del Norte.
X. La cuarta compañera.
XI. De vuelta al Sur.
XII. Orcos.
XIII. Montaña Solitaria.
XIV. El Primero.
XV. Rumbo al Rey.
Capítulo I.
Spoiler
I. Aikanáro
Rodeada por los árboles más hermosos que ëa, el mundo, jamás conoció, se encuentra una pequeña pradera de pasto corto y muy verde. Los cortes de seda, que emergían de la tierra, se movían al compás del cálido viento, al tiempo que mostraba el curso del mismo. Las hojas bailaban mientras iniciaban su descenso hasta el suelo, pero el mismo era interrumpido por una fuerza abrupta. El susurro del viento era interrumpido por unos zumbidos muy fuertes, estos eran cortos y terminaban en un golpe seco que hacía sentir la fuerza de aquello que producía el sonido. Uno tras otro, estos fuertes silbidos, fueron escuchados con frecuencia. Pasaron unos minutos antes de que todo parar y no se escuchara más aquel, ahora distante, extraño sonido.
En el centro de la pradera se podía observar un gran árbol, este más alto que todos los que rodeaban el lugar. La corteza, la cual era de color marrón oscuro, se encontraba cubierta por decenas de flechas blancas que parecían haberse incrustado con mucha fuerza. Todas y cada una de ellas conservaban, en parte de su cuerpo, el objetivo al cual habían sido disparadas. Una hoja, cada flecha había atravesado una de las hojas que había caído de aquel árbol.
Una delgada, y elegante, mano se hizo presente en el lugar y tomó con delicadeza una de las flechas que estaban incrustadas. Sin esfuerzo alguno, como si fuera un juego de niños, la sacó de la corteza y la mantuvo en el lugar durante unos segundos. Luego de esto, la acercó hasta su rostro para poder admirarla mejor. El mismo era divino, su tez del color mármol más puro que la luz del sol. Sus labios, pequeños y esbeltos, le daban más elegancia y grandeza de la que ya poseía. La nariz, más chica de lo normal, hacía juego con la sonrisa que traía y sus ojos, los cuales eran marrones como la madera, combinaban con su cabello. Este era ondulado, asemejándose a ramas y raíces, le llegaba hasta la cintura. También estaba adornado con hojas, lianas y flores, dando la sensación que fuera más una planta que cabello. El vestido verde que traía puesto, hacía honor a su elegante cuerpo, el cual parecía haber sido esculpido por los mismos dioses. Este ser, el cual parecía de otro mundo, no se tomó mucho más tiempo para hablar:
- Sin duda alguna. –musitó aquella dama, mientras seguía observando la flecha con sumo cuidado, enfocándose en la hoja que traía la misma. – Sin duda alguna eres el mejor tirador que hay en toda ëa, joven Aikanáro. – terminó de decir, demostrando en la voz la calma y el cariño que estaba sintiendo en aquél momento.
-No es verdad señora Yavanna. – se hizo escuchar una voz masculina. Era un Elfo, alto como los de su raza, unos adornos de hojas sostenían el cabello plateado para evitar que se deslizaran por sobre el rostro y le impidiera ver bien, haciendo que se deslizara por la cabeza hasta los hombros y la espalda. Los ojos azules estaban clavados en el árbol, buscando algún objetivo al cual no hubiera logrado golpear. Tal como sus parientes, tenía una nariz pequeña y una boca chica con labios esbeltos. Una cota de malla era ocultada por una camisa verde, la cual no tenía mangas y hacía juego con los pantalones que traía puesto. Unas botas de color marrón oscuro hacían juego con el cinturón que sostenía la vestimenta. En su espalda traía un carcaj, el cual no tenía más de 4 flechas que no habían sido disparadas. Se le había llamado la flecha blanca, puesto que sus flechas siempre fueron de este color. Sobre la mano izquierda, el elfo, sostenía un arco élfico de color negro, este tenía runas del idioma quenya y la particularidad de traer dos tanzas, por las que podía disparar una flecha en cada una. Este joven elfo, cuyo nombre era Aikanáro, hizo una reverencia hacia Yavanna antes de seguir con su respuesta:
-El señor Legolas es un gran maestro, pero dudo mucho que pueda igualar su nivel, o las proezas, que tuvo durante las guerras del anillo hace ya mucho tiempo. Aún así, que uno de los grandes poderes de ëa reconozca una habilidad en mí, entonces debería aceptar el cumplido. Le agradezco profundamente, señora Yavanna, es un honor para mí recibir los elogios de un valar. -
- No es elogio aquello que has obtenido con tanto esfuerzo y por favor, joven Aikanáro, ni siquiera Oromë puede realizar una hazaña como esta con el arco. Ni una sola hoja se escapó a una de tus flechas. Es increíble como erez capaz de manejar ese arco que Fëanor hizo para tu madre. – le respondió Yavanna al elfo, el cual se acercaba hasta el árbol para comenzar a retirar las flechas. Ella decidió ayudarle y se sorprendió cuando todas las flechas que tomaban todavía podían utilizarse, ninguna había sido dañada en lo más mínimo. Se tomó un segundo antes de continuar con lo que quería decir. – Entonces no has cambiado de opinión, ¿cierto? ¿aun planeas dejar Valinor y explorar Tierra Media? –
- Sí. – respondió Aikanaro mientras asentía con la cabeza y luego prosiguió con la respuesta. – quiero explorar ese continente y llegar hasta donde ningún otro de los altos elfos llegaron alguna vez. Observar de cerca el lugar donde nuestros ancestros llegaron a ëa y fueron encontrados por Oromë. Quiero ir a Gondor y pararme junto al gran árbol blanco, para mirar a los campos donde se libró la batalla más importante de la tercera edad. – explicó sus motivos mientras que en sus ojos podía verse el brillo de la determinación y la llama del coraje que existía en su interior.
Yavanna lo miró de reojo y pudo admirar como realmente quería eso, pero ella conocía tierra media y sabía bien como eran las cosas. Recordó un poco el pasado y a los padres del Elfo, cuando encontró la respuesta que quería comenzó a hablar nuevamente:
-Es comprensible, tienes una llama más fuerte que la de tu padre y tienes más energías de explorar, y adquirir conocimiento, que tu madre. – le comentó a lo que terminaba de recoger todas las flechas. Volvió a dedicarle una sonrisa antes de seguir. – Recuerda que debes hablar con Manwë antes de partir de Valinor hacia Tierra Media. Él es el responsable de todos los seres vivos que habitan en Valinor, el permitirle la salida a uno esta en su criterio. -
- Confiaré que el señor de los vientos será capaz de entenderme y me permitirá realizar este viaje que tanto mi espíritu desea. – respondió el joven elfo con una gran sonrisa de confianza en el rostro.
La señora de los bosques volvió a sonreír y le tomó del brazo derecho para comenzar a caminar en dirección al bosque que los rodeaba. Las hojas eran todas de diferentes tamaños, formas y colores. Cada árbol tenía su propio color de hoja característico. Así como también tenían formas diferentes, cortezas diferentes, flores y frutos. El bosque de los 1000 colores lo llamaban y era un nombre muy bien elegido para un lugar tan bello como aquel. Mientras los dos caminaban, admirando lo que tenían a su alrededor, otro elfo se fue acercando en sigilo hasta ellos. Su pelo rubio y trenzado, junto con dos ojos azules y ropa verde de bosque delataban la identidad y procedencia. Aun de esa forma, había otra cosa que lo delataba aún más que eso, era un gran arco blanco y dos espadas en su espalda.
Antes de estar lo suficientemente cerca como para poder saludarles, el recién llegado se irguió hasta su máxima altura y saludó sin previo aviso:
-¡Aikanáro Tinúviel! ¡¿Qué acaso no te había dicho que si ibas a entrenar yo tenía que estar presente?! – exclamó, con una gran indignación fingida, el elfo que había hecho acto de presencia en el lugar.
El nombrado se sobresaltó ante la presencia de otro ser vivo en el lugar, puesto que no lo había escuchado o visto. Reconoció a su maestro en el momento que lo había escuchado, pero esto no quitó la sorpresa y el plan de venganza que estaba desarrollando en su cabeza:
- Maestro Legolas, es bueno ver que, a pesar de sus más de cuatro mil años de edad, la primavera de su vida aún no ha terminado. – compartió el saludo en un tono de broma, mientras ambos cruzaban miradas. Poco duró la seriedad, puesto que los dos comenzaron a reír abiertamente mientras Yavanna los miraba con algo de envidia. Los dos rieron durante un buen rato, sabiendo que solo era un juego entre maestro y estudiante. Luego de que las risas se fueron apagando, ambos, tomaron una posición mucho más calma y, los tres, comenzaron a caminar nuevamente.
Ahora, en su camino a la ciudad, la tranquilidad había logrado que pudieran escuchar todo con claridad. El crujir de las hojas bajo sus pies, el correteo de conejos en el césped, el aleteo de un ave que frenaba su vuelo para descansar sobre una rama. Así de asombrosa era la audición que poseían los Elfos, la mejor solo superada por murciélagos y perros, pero los elfos tienen algo con lo que puede superar a cualquier otro animal vivo: La vista. La visión de un Elfo es por lejos lo más sofisticado que poseen y con la misma son capaces de ver a kilómetros de distancia, observar hasta en el más mínimo detalle de todo lo que le rodea, no hay criatura viva en ëa que tenga una vista más aguda que la de los elfos, con la excepción de Manwë el señor de los vientos.
Con el pasar de los minutos, los tres caminantes, comenzaron a charlar sobre los más recientes asuntos que estaban en Valinor, las fiestas que se acercaban y los rumores que iban apareciendo. Fue Legolas quien utilizo esto para iniciar el tema de conversación que quería tocar:
- He escuchado, Aikanáro, que planeas salir de Valinor y viajar a tierra media, ¿Acaso es esto cierto? – preguntó con serenidad mientras seguía con su camino.
- Así es, Maestro, quiero viajar a tierra media, conocer, explorar y vivir todos los relatos que me fueron contados de niño. – Explicó el joven elfo, esta vez al ser que le había enseñado tanto en los últimos 200 años.
- Hemos pasado mucho tiempo juntos durante los últimos doscientos cuarenta y tres años, por lo que puedo decir que no vas a cambiar de opinión respecto a tu decisión, ¿Cierto? – volvió a preguntar, pero esta vez era solo para confirmar con lo que estaba asumiendo.
-Si, haré mi viaje. – le respondió el estudiante.
- Entiendo. Bien, ahora que sé de tu decisión y determinación, quiero darte dos regalos antes de que partas. – le dijo al momento que sacaba de su bolso un juego de cinturones de cuero. Estos parecían viejos y muy resistentes, pero no fue esto lo que sorprendió al joven, sino que colgando de los cinturones había dos espadas cortas con un mango de marfil y bordes dorados. Aikanáro pudo reconocerlas en el acto, puesto que las había visto antes y había escuchado tantas historias de las mismas. La cara de desconcierto que tenía demostraba que no podía creerse lo que estaba sucediendo y esto generó que su maestro comenzara a reírse por la reacción de su estudiante. Cuando se calmó, le ofreció nuevamente con las manos para que las tomara. – Vamos Aikanáro, tómalas, te pertenecen ahora. -
Cuando escuchó la respuesta de su maestro, no esperó mucho más y tomó las armas con sus manos. En un rápido movimiento se quitó el carcaj y el arco para colocar en su cintura los dos cinturones. Esto hizo que las dos espadas quedaran cruzadas a la altura de su cintura y podían ser desenvainadas con facilidad. Sobre las mismas colocó el carcaj con las flechas, de esta forma podía retirar una flecha sin problema u obstáculo de las espadas. Luego de eso cruzó el arco por su espalda quedando completamente listo. Se tomó un minuto para admirarse y probar la salida de las espadas y de las flechas. Cuando estuvo satisfecho miró a su maestro y realizó una reverencia.
-No tengo manera de agradecerle todo lo que hizo por mí, maestro, ahora este regalo no hace más que aumentar la deuda que tengo con usted. -
Legolas se acercó hasta su estudiante y le dedicó una sonrisa, mostrando todo el afecto y cariño que le tenía. Fue entonces cuando él hizo una reverencia a su estudiante.
- Es por eso que yo quiero pedirte algo Aikanaro. En tierra media, cerca de mi viejo hogar, se encuentra un lugar conocido como la Montaña Solitaria. Este era el hogar de mi viejo amigo, Gimli. – le contó a su estudiante, el cual se encontraba preguntándose a que se estaba refiriendo su maestro. Iba a preguntar, pero Legolas continúo con su petición antes de que pudiera interrumpirle: - Quiero que lleves algo en especial a esa montaña. Gimli me pidió que sea e esa forma por eso quiere hacerte este encargo. Quiero que lleves un objeto en específico a la montaña solitaria. ¿Puede ser que hagas eso por mí? -
-¡Si! –contestó el joven mientras asentía con fervor. – Haré esto que me pides maestro Legolas, pero tengo una curiosidad, ¿Qué es el objeto que deseas que lleve hasta la montaña solitaria? –preguntó ahora el joven con la duda en su mente.
-Quiero que lleves el casco de Gimli devuelta a su lugar de origen y lo dejes en la tumba que crearon para él. Si bien el cuerpo de Gimli reposa aquí, en Valinor, él quería que su legado continuara en Tierra Media. Por eso necesito que lo lleves y lo dejes en la tumba que le hicieron en su honor. – Le respondió con sinceridad mientras sacaba de su bolso un bollo de tela élfica, en el cual tenía dentro el casco de su amigo.
El joven aceptó el paquete con una sonrisa en el rostro. Le temblaban las manos, puesto que sabía cuanto valor histórico y sentimental tenía aquel objeto que le habían dado. Lo guardo en su propio bolso con especial cuidado de ni siquiera mover un solo centímetro el casco dentro de su envoltorio. Cuando terminó de hacer esto se volvió ver a sus dos acompañantes y les dirigió una sonrisa, ellos se la devolvieron y nuevamente afilaron sus cuerpos en dirección a la ciudad. Aikanaro espero un segundo y luego miró hacia el horizonte:
- Vamos a la ciudad, tengo que preparar todo y hablar con el señor de los vientos. Tierra media espera por Aikanáro Tinúviel. – Dijo al momento que comenzaba a caminar en dirección a la ciudad.
Rodeada por los árboles más hermosos que ëa, el mundo, jamás conoció, se encuentra una pequeña pradera de pasto corto y muy verde. Los cortes de seda, que emergían de la tierra, se movían al compás del cálido viento, al tiempo que mostraba el curso del mismo. Las hojas bailaban mientras iniciaban su descenso hasta el suelo, pero el mismo era interrumpido por una fuerza abrupta. El susurro del viento era interrumpido por unos zumbidos muy fuertes, estos eran cortos y terminaban en un golpe seco que hacía sentir la fuerza de aquello que producía el sonido. Uno tras otro, estos fuertes silbidos, fueron escuchados con frecuencia. Pasaron unos minutos antes de que todo parar y no se escuchara más aquel, ahora distante, extraño sonido.
En el centro de la pradera se podía observar un gran árbol, este más alto que todos los que rodeaban el lugar. La corteza, la cual era de color marrón oscuro, se encontraba cubierta por decenas de flechas blancas que parecían haberse incrustado con mucha fuerza. Todas y cada una de ellas conservaban, en parte de su cuerpo, el objetivo al cual habían sido disparadas. Una hoja, cada flecha había atravesado una de las hojas que había caído de aquel árbol.
Una delgada, y elegante, mano se hizo presente en el lugar y tomó con delicadeza una de las flechas que estaban incrustadas. Sin esfuerzo alguno, como si fuera un juego de niños, la sacó de la corteza y la mantuvo en el lugar durante unos segundos. Luego de esto, la acercó hasta su rostro para poder admirarla mejor. El mismo era divino, su tez del color mármol más puro que la luz del sol. Sus labios, pequeños y esbeltos, le daban más elegancia y grandeza de la que ya poseía. La nariz, más chica de lo normal, hacía juego con la sonrisa que traía y sus ojos, los cuales eran marrones como la madera, combinaban con su cabello. Este era ondulado, asemejándose a ramas y raíces, le llegaba hasta la cintura. También estaba adornado con hojas, lianas y flores, dando la sensación que fuera más una planta que cabello. El vestido verde que traía puesto, hacía honor a su elegante cuerpo, el cual parecía haber sido esculpido por los mismos dioses. Este ser, el cual parecía de otro mundo, no se tomó mucho más tiempo para hablar:
- Sin duda alguna. –musitó aquella dama, mientras seguía observando la flecha con sumo cuidado, enfocándose en la hoja que traía la misma. – Sin duda alguna eres el mejor tirador que hay en toda ëa, joven Aikanáro. – terminó de decir, demostrando en la voz la calma y el cariño que estaba sintiendo en aquél momento.
-No es verdad señora Yavanna. – se hizo escuchar una voz masculina. Era un Elfo, alto como los de su raza, unos adornos de hojas sostenían el cabello plateado para evitar que se deslizaran por sobre el rostro y le impidiera ver bien, haciendo que se deslizara por la cabeza hasta los hombros y la espalda. Los ojos azules estaban clavados en el árbol, buscando algún objetivo al cual no hubiera logrado golpear. Tal como sus parientes, tenía una nariz pequeña y una boca chica con labios esbeltos. Una cota de malla era ocultada por una camisa verde, la cual no tenía mangas y hacía juego con los pantalones que traía puesto. Unas botas de color marrón oscuro hacían juego con el cinturón que sostenía la vestimenta. En su espalda traía un carcaj, el cual no tenía más de 4 flechas que no habían sido disparadas. Se le había llamado la flecha blanca, puesto que sus flechas siempre fueron de este color. Sobre la mano izquierda, el elfo, sostenía un arco élfico de color negro, este tenía runas del idioma quenya y la particularidad de traer dos tanzas, por las que podía disparar una flecha en cada una. Este joven elfo, cuyo nombre era Aikanáro, hizo una reverencia hacia Yavanna antes de seguir con su respuesta:
-El señor Legolas es un gran maestro, pero dudo mucho que pueda igualar su nivel, o las proezas, que tuvo durante las guerras del anillo hace ya mucho tiempo. Aún así, que uno de los grandes poderes de ëa reconozca una habilidad en mí, entonces debería aceptar el cumplido. Le agradezco profundamente, señora Yavanna, es un honor para mí recibir los elogios de un valar. -
- No es elogio aquello que has obtenido con tanto esfuerzo y por favor, joven Aikanáro, ni siquiera Oromë puede realizar una hazaña como esta con el arco. Ni una sola hoja se escapó a una de tus flechas. Es increíble como erez capaz de manejar ese arco que Fëanor hizo para tu madre. – le respondió Yavanna al elfo, el cual se acercaba hasta el árbol para comenzar a retirar las flechas. Ella decidió ayudarle y se sorprendió cuando todas las flechas que tomaban todavía podían utilizarse, ninguna había sido dañada en lo más mínimo. Se tomó un segundo antes de continuar con lo que quería decir. – Entonces no has cambiado de opinión, ¿cierto? ¿aun planeas dejar Valinor y explorar Tierra Media? –
- Sí. – respondió Aikanaro mientras asentía con la cabeza y luego prosiguió con la respuesta. – quiero explorar ese continente y llegar hasta donde ningún otro de los altos elfos llegaron alguna vez. Observar de cerca el lugar donde nuestros ancestros llegaron a ëa y fueron encontrados por Oromë. Quiero ir a Gondor y pararme junto al gran árbol blanco, para mirar a los campos donde se libró la batalla más importante de la tercera edad. – explicó sus motivos mientras que en sus ojos podía verse el brillo de la determinación y la llama del coraje que existía en su interior.
Yavanna lo miró de reojo y pudo admirar como realmente quería eso, pero ella conocía tierra media y sabía bien como eran las cosas. Recordó un poco el pasado y a los padres del Elfo, cuando encontró la respuesta que quería comenzó a hablar nuevamente:
-Es comprensible, tienes una llama más fuerte que la de tu padre y tienes más energías de explorar, y adquirir conocimiento, que tu madre. – le comentó a lo que terminaba de recoger todas las flechas. Volvió a dedicarle una sonrisa antes de seguir. – Recuerda que debes hablar con Manwë antes de partir de Valinor hacia Tierra Media. Él es el responsable de todos los seres vivos que habitan en Valinor, el permitirle la salida a uno esta en su criterio. -
- Confiaré que el señor de los vientos será capaz de entenderme y me permitirá realizar este viaje que tanto mi espíritu desea. – respondió el joven elfo con una gran sonrisa de confianza en el rostro.
La señora de los bosques volvió a sonreír y le tomó del brazo derecho para comenzar a caminar en dirección al bosque que los rodeaba. Las hojas eran todas de diferentes tamaños, formas y colores. Cada árbol tenía su propio color de hoja característico. Así como también tenían formas diferentes, cortezas diferentes, flores y frutos. El bosque de los 1000 colores lo llamaban y era un nombre muy bien elegido para un lugar tan bello como aquel. Mientras los dos caminaban, admirando lo que tenían a su alrededor, otro elfo se fue acercando en sigilo hasta ellos. Su pelo rubio y trenzado, junto con dos ojos azules y ropa verde de bosque delataban la identidad y procedencia. Aun de esa forma, había otra cosa que lo delataba aún más que eso, era un gran arco blanco y dos espadas en su espalda.
Antes de estar lo suficientemente cerca como para poder saludarles, el recién llegado se irguió hasta su máxima altura y saludó sin previo aviso:
-¡Aikanáro Tinúviel! ¡¿Qué acaso no te había dicho que si ibas a entrenar yo tenía que estar presente?! – exclamó, con una gran indignación fingida, el elfo que había hecho acto de presencia en el lugar.
El nombrado se sobresaltó ante la presencia de otro ser vivo en el lugar, puesto que no lo había escuchado o visto. Reconoció a su maestro en el momento que lo había escuchado, pero esto no quitó la sorpresa y el plan de venganza que estaba desarrollando en su cabeza:
- Maestro Legolas, es bueno ver que, a pesar de sus más de cuatro mil años de edad, la primavera de su vida aún no ha terminado. – compartió el saludo en un tono de broma, mientras ambos cruzaban miradas. Poco duró la seriedad, puesto que los dos comenzaron a reír abiertamente mientras Yavanna los miraba con algo de envidia. Los dos rieron durante un buen rato, sabiendo que solo era un juego entre maestro y estudiante. Luego de que las risas se fueron apagando, ambos, tomaron una posición mucho más calma y, los tres, comenzaron a caminar nuevamente.
Ahora, en su camino a la ciudad, la tranquilidad había logrado que pudieran escuchar todo con claridad. El crujir de las hojas bajo sus pies, el correteo de conejos en el césped, el aleteo de un ave que frenaba su vuelo para descansar sobre una rama. Así de asombrosa era la audición que poseían los Elfos, la mejor solo superada por murciélagos y perros, pero los elfos tienen algo con lo que puede superar a cualquier otro animal vivo: La vista. La visión de un Elfo es por lejos lo más sofisticado que poseen y con la misma son capaces de ver a kilómetros de distancia, observar hasta en el más mínimo detalle de todo lo que le rodea, no hay criatura viva en ëa que tenga una vista más aguda que la de los elfos, con la excepción de Manwë el señor de los vientos.
Con el pasar de los minutos, los tres caminantes, comenzaron a charlar sobre los más recientes asuntos que estaban en Valinor, las fiestas que se acercaban y los rumores que iban apareciendo. Fue Legolas quien utilizo esto para iniciar el tema de conversación que quería tocar:
- He escuchado, Aikanáro, que planeas salir de Valinor y viajar a tierra media, ¿Acaso es esto cierto? – preguntó con serenidad mientras seguía con su camino.
- Así es, Maestro, quiero viajar a tierra media, conocer, explorar y vivir todos los relatos que me fueron contados de niño. – Explicó el joven elfo, esta vez al ser que le había enseñado tanto en los últimos 200 años.
- Hemos pasado mucho tiempo juntos durante los últimos doscientos cuarenta y tres años, por lo que puedo decir que no vas a cambiar de opinión respecto a tu decisión, ¿Cierto? – volvió a preguntar, pero esta vez era solo para confirmar con lo que estaba asumiendo.
-Si, haré mi viaje. – le respondió el estudiante.
- Entiendo. Bien, ahora que sé de tu decisión y determinación, quiero darte dos regalos antes de que partas. – le dijo al momento que sacaba de su bolso un juego de cinturones de cuero. Estos parecían viejos y muy resistentes, pero no fue esto lo que sorprendió al joven, sino que colgando de los cinturones había dos espadas cortas con un mango de marfil y bordes dorados. Aikanáro pudo reconocerlas en el acto, puesto que las había visto antes y había escuchado tantas historias de las mismas. La cara de desconcierto que tenía demostraba que no podía creerse lo que estaba sucediendo y esto generó que su maestro comenzara a reírse por la reacción de su estudiante. Cuando se calmó, le ofreció nuevamente con las manos para que las tomara. – Vamos Aikanáro, tómalas, te pertenecen ahora. -
Cuando escuchó la respuesta de su maestro, no esperó mucho más y tomó las armas con sus manos. En un rápido movimiento se quitó el carcaj y el arco para colocar en su cintura los dos cinturones. Esto hizo que las dos espadas quedaran cruzadas a la altura de su cintura y podían ser desenvainadas con facilidad. Sobre las mismas colocó el carcaj con las flechas, de esta forma podía retirar una flecha sin problema u obstáculo de las espadas. Luego de eso cruzó el arco por su espalda quedando completamente listo. Se tomó un minuto para admirarse y probar la salida de las espadas y de las flechas. Cuando estuvo satisfecho miró a su maestro y realizó una reverencia.
-No tengo manera de agradecerle todo lo que hizo por mí, maestro, ahora este regalo no hace más que aumentar la deuda que tengo con usted. -
Legolas se acercó hasta su estudiante y le dedicó una sonrisa, mostrando todo el afecto y cariño que le tenía. Fue entonces cuando él hizo una reverencia a su estudiante.
- Es por eso que yo quiero pedirte algo Aikanaro. En tierra media, cerca de mi viejo hogar, se encuentra un lugar conocido como la Montaña Solitaria. Este era el hogar de mi viejo amigo, Gimli. – le contó a su estudiante, el cual se encontraba preguntándose a que se estaba refiriendo su maestro. Iba a preguntar, pero Legolas continúo con su petición antes de que pudiera interrumpirle: - Quiero que lleves algo en especial a esa montaña. Gimli me pidió que sea e esa forma por eso quiere hacerte este encargo. Quiero que lleves un objeto en específico a la montaña solitaria. ¿Puede ser que hagas eso por mí? -
-¡Si! –contestó el joven mientras asentía con fervor. – Haré esto que me pides maestro Legolas, pero tengo una curiosidad, ¿Qué es el objeto que deseas que lleve hasta la montaña solitaria? –preguntó ahora el joven con la duda en su mente.
-Quiero que lleves el casco de Gimli devuelta a su lugar de origen y lo dejes en la tumba que crearon para él. Si bien el cuerpo de Gimli reposa aquí, en Valinor, él quería que su legado continuara en Tierra Media. Por eso necesito que lo lleves y lo dejes en la tumba que le hicieron en su honor. – Le respondió con sinceridad mientras sacaba de su bolso un bollo de tela élfica, en el cual tenía dentro el casco de su amigo.
El joven aceptó el paquete con una sonrisa en el rostro. Le temblaban las manos, puesto que sabía cuanto valor histórico y sentimental tenía aquel objeto que le habían dado. Lo guardo en su propio bolso con especial cuidado de ni siquiera mover un solo centímetro el casco dentro de su envoltorio. Cuando terminó de hacer esto se volvió ver a sus dos acompañantes y les dirigió una sonrisa, ellos se la devolvieron y nuevamente afilaron sus cuerpos en dirección a la ciudad. Aikanaro espero un segundo y luego miró hacia el horizonte:
- Vamos a la ciudad, tengo que preparar todo y hablar con el señor de los vientos. Tierra media espera por Aikanáro Tinúviel. – Dijo al momento que comenzaba a caminar en dirección a la ciudad.
Eso es todo por ahora, espero que les guste y no se vayan sin comentar. Dentro de poco subiré el segundo capítulo y aquellos que quieran aparecer, podrán hacerlo dejando aquí el nombre y la raza (Obviamente busquen que sea un nombre ambientado al mundo).
Saludos O:









