Un amor inesperado.
Bueno, gente bonita del foro. ¡Les dejo un One Shot escrito por @Mr.Biutiful! (Abdy)! Seguramente se preguntarán porque lo estoy posteando yo y no él... o: pues, el dijo que ha tenido problemas para ingresar al foro últimamente. Así que yo le hice el favor.
Pero todos los derechos de autor van a él. O lo que sea que es. owo (??)
Sin más preámbulos, les dejo el One Shot. :3!
Todo iba bien en mi vida, los días parecían ser todos iguales y me gustaba, en cierta forma me gustaba que así fuera, nunca había cambios y podía controlar la mayoría de las cosas que me pasaban en el día a día sin preocuparme por algún evento inesperado, ya que hasta esos estaban planificados en mi mente. Me imaginaba una pequeña escena y mi reacción a todas las situaciones posibles y las imposibles también, qué podría hacer, cómo escapar. En pocas palabras planificaba todas esas cosas con la finalidad de que nada me tomara por sorpresa.
Pero pasó…
De un momento a otro mis planes se vieron arruinados, mi rutina de pronto pareció haberse esfumado y ya todas esas cosas que con tanto esmero había preparado mentalmente, desaparecieron. Solo por una razón, una razón con largo cabello negro y piel blanca.
Cuando la vi por primera vez es como si una flecha hubiese atravesado mi corazón, la verdad no lo podía creer. Yo, una de esas personas que deja el amor y ese tipo de babosadas para lo último, ahora me sentía raro. Mi estómago parecía revuelto, mi pulso se aceleró dramáticamente y un nudo se formó en mi garganta.
Ella se acercó a mí, muy cordialmente me saludó y yo le devolví el saludo, las palabras apenas podían salir de mi boca, era como si se apretujaran unas a otras para salir de mi boca; intenté parecer lo más calmado posible, o sea, sí, era un chica, pero como ella habían otras más ¿verdad?
Pero no, ella tenía algo especial imposible de describir, me hacía sentirme de una forma que jamás lo había hecho nunca, mi corazón se aceleraba cada vez que la veía y cuando se acercaba la sangre subía a mi rostro, me sonrojaba de forma tal que me era casi imposible hablar. Aunque durante varios días intenté disimular y actuar normalmente las cosas parecían salirse de control, parecía que no podía hacerlo y todos comenzaron a rodearme y preguntar que si ella me gustaba. Por más veces que lo negara nadie quedaba convencido con mis respuestas y seguían insistiendo.
─¿Te gusta, verdad? ─preguntó uno de mis compañeros.
─Ya te dije que no, deja de insistir ─le reproché.
─¡Es que se te nota! Debes aprender a disimular, todos sabemos que es bonita; todos hemos querido conquistarla para ella no nos presta atención.
─¡Ja! Si a ustedes no les presta atención a mi menos, o sea, yo soy el recién llegado después de todo ─agregué. Sin querer había, de alguna forma, “admitido” que si me gustaba ella.
─¡O sea que si te gusta! ─espetó mi compañero─. No te des por vencido, a ti al menos te trata mejor que a todos nosotros juntos; ella es de temer.
Por un momento me hice una imagen mental de cómo sería si fuéramos pareja, todo parecía color de rosas en mi mente, aunque aquí era de un azul celeste. Pero Fred, mi amigo, me había dejado con una inquietud.
─¿Temer?
─Sí, temer ─respondió con una pequeña risa.
─Explícame, ¿qué es lo que la hace ser una chica de temer?
─A ti te gusta, averígualo por ti mismo.
─Como sea ─agregué como si no me importara.
Pero era todo lo contrario, “es de temer”, dijo Fred, pero… ¿por qué? Le daba vueltas al asunto, ¿había algo que necesitaba saber? Parece que sí.
Me hundí en mis pensamientos por unos minutos, mi vista se perdió en el horizonte, casi donde estaba ella, pero en realidad no la estaba mirando ni a ella ni a nadie, estaba era nadando entre un montón de ideas que se pasaban por mi mente, intentando adivinar, sin éxito, que es lo que la hacía “de temer”.
─Deberías de decirle porque es una chica peligrosa ─dijo Clark mientras se acercaba.
─Es mejor que lo adivine por sí mismo, así es más divertido para nosotros ─respondió Fred mientras se recostaba del suelo sobre sus codos,
─A ver, si me van a decir háganlo de una vez y dejen de andar hablando en clave como si fueran niñas ─dije casi gritando. Cuando esos dos empezaron a hablar me trajeron de nuevo a la realidad.
Ambos se vieron directo a la cara y estallaron en risa, yo intenté entender cuál era el chiste pero ellos solo seguían riendo.
─Bueno, te lo diré de una vez. Hay dos cosas que debes saber sobre Katrina: Uno, nunca toques su teléfono y dos, jamás la hagas enojar. Créeme eso no es bonito, a menos claro que quieras quedarte sin descendencia.
─¡A mí me consta! ─agregó Fred.
Quedé realmente extrañado, acaso era esto real, parecía más un sueño que otra cosa, esos eran los consejos que me daban para poder agradarle a la chica, ¿qué más me dirían, que su cabello era de chocolate ó que era una ninja asesina?
Me parecieron bastante tontos sus consejos, pensé en reírme en sus caras pero solo sería una pérdida de tiempo hacerlo, preferí hundirme de nuevo en mis pensamientos.
─Eidan, oye, Tierra llamando a Eidan.
Con un sobresalto volví a la realidad, de nuevo, bastante desconcertado.
─Oye, ¿estás bien? ─preguntó una voz a la vez que dedos eran chasqueados frente a mi cara.
─Em… sí, ¿qué pasa? ─pregunté mientras me frotaba los ojos con fuerza, aún sin ver a la persona.
─¡Ah! Es que te quería preguntar si tienes planes para el sábado.
─¿Sábado? ─inquirí intrigado. La voz era extrañamente familiar, pero no lograba traer un nombre a mi mente, vi a los lados y allí estaban Fred y Clark mirándome con sus ojos ensanchados.
Cuando levanté la mirada me llevé una sorpresa. Ahí, parada frente a mí, estaba Katrina, con su largo cabello negro recogido en una cola de caballo, que, aún así le llegaba más debajo de la cintura.
─Ho… ¡hola! ─dije casi gritando. Mi corazón comenzó a acelerarse queriendo salir de mi pecho.
─Dime, ¿tienes planes para el sábado?
─No… no tengo ¿por qué?
─Celebraré mi cumpleaños, mis padres me harán una fiesta. Me preguntaba si querrías venir ─explicó─. Y ustedes también por supuesto ─dijo refiriéndose a mis dos compañeros que estaban a mi lado.
─Por supuesto, iremos todos ─declaró Fred─, verdad ¿Eidan?
─¡Oh! Sí, por supuesto. No me lo perdería por nada.
Le dediqué una mirada asesina a Fred, Clark intentaba contener la risa mirando hacia otro lado.
─¡Genial! Los veo el sábado, te espero, Eidan. A las nueve en mi casa. ¡No olviden mi regalo! ─espetó mientras se despedía, me dio un beso en la mejilla antes de irse.
Caminó unos cuantos pasos hasta unirse con sus amigas y luego salieron del lugar, la cancha de voleibol donde estábamos, ya que aquí era donde siempre practicábamos.
─Los odio, en serio los odio ─declaré con enojo.
─¿Sabes lo que acaba de pasar?
─Te invitó a su fiesta, y a nosotros ¡porque estábamos contigo! Eso significa que le gustas ─espetó Fred casi gritando.
─No creo que le guste, seguro lo hizo solo por educación.
─No fue por eso. Estoy seguro, mejor anda a comprarle un buen regalo, no vaya a ser que te llegues a la fiesta sin regalo ─ordenó Clark.
─Los sigo odiando. Me las pagarán, también pagarán por el regalo.
─Sí claro, anda y te quedas sentado en una silla esperando el día, cuidado te salen raíces ─agregó Fred mientras comenzaba a carcajearse.
Y sin más me levanté de la banca y me fui, ahora debía de comprar un regalo para ella, pero ¿qué podría ser? No sabía con exactitud que le gustaba así que cualquier cosa entraba en ese margen, pero tampoco sabía que era lo que no le gustaba así que podría meter la pata a la primera, cosa que quería evitar en la medida de lo posible. O sea, es la chica que me gusta; quiero poder regalarle algo que le guste no todo lo contrario.
Casi como si me lo hubieran ordenado fui directamente a un centro comercial, pasé de tienda en tienda buscando algo que me agradara para poder comprarle a ella. Habían pasado unos minutos que parecieron horas mientras escarbaba con la vista los expositores de las tiendas.
─Sabes, me gusta mucho ese collar. ¿Qué te parece? ─preguntó una voz cerca de mi oído.
Cuando me volteé vi que Katrina estaba parada detrás de mí, quién sabe cuánto tiempo llevaba ahí.
─¿Qué haces aquí?
─Acompañándote a elegir mi regalo. ¿No es obvio?
─Pe… pero…
─Nada, luego solo finjo sorpresa y listo, es como si esto nunca hubiera pasado igual lo usaré ─exclamó con una risita.
─Pero… yo quería regalarte algo que te gustara.
─¿Y sabes lo que me gusta? Yo creo que no,
Y no se equivocaba, no tenía ni la más mínima idea de que podía gustarle, ambos estábamos inscritos en el equipo de voleibol así que eso era algo que le gustaba pero aparte de eso no sabía mucho más acerca de ella, aunque no lo quisiera debía admitirlo, ella tenía razón.
─Ven demos una vuelta por aquí, podemos ir a comernos unos helados y así nos conocemos mejor, ¿te parece? ─propuso.
─Si eso quieres…
─¡Perfecto!
Me tomó de un brazo y me llevó por todo el centro comercial prácticamente a rastras, yo me sentía en las nubes, realmente estaba compartiendo con ellas a solas, de alguna forma, sentía que aquello era un sueño. Me sonrojaba de la nada cuando nuestras miradas se encontraban, era un sensación indescriptible pero me gustaba… y eso era lo que importaba.
Sólo había un pequeño detalle… cuando estaba con ella era más torpe de lo normal. Me perdía tanto en su cabello y en las facciones de su cara que, literalmente, no prestaba atención a las demás cosas a mi alrededor, mientras caminábamos me tropecé al menos unas cuatro veces y en tres de ellas caí directamente al suelo de boca, Pero ¡no importaba! Estaba con Katrina, el dolor podría esperar.
Después de tantas caídas, risas y más caídas por fin llegamos a la heladería que estaba al otro lado del edificio.
─Yo quiero uno de chocolate. Me encanta el chocolate.
─¿En serio? A mí también, el chocolate es tan sabroso ─agregué casi babeando, era otra de las cosas que no podía evitar, me encantaba el chocolate. Era endemoniadamente delicioso y podía comerlo con casi cualquier cosa.
Fui hasta la barra y le pedí a la muchacha que atendía que me diera dos conos triples de chocolate, con sirope del mismo y lluvia de maní para ambos; Katrina me esperaba en la mesa y cuando me entregaron los conos comencé a caminar haciendo equilibrio intentando concentrarme lo más posible en caminar sin que ocurriera una desgracia o… hacer el ridículo en frente de ella.
Cuando por fin llegué a la mesa, ella me miraba con curiosidad y un pequeño brillo en sus ojos y una sonrisa en sus labios delataban algo, pero no sabía que era, solo me sonrojaba sin poder evitarlo, era como si perdiera el control de mi cuando la veía y ahora que estábamos solo ella y yo era cómicamente peor, no sabía si lo estaba haciendo bien o no, pero mi compañera se reía de casi todo lo que hacía por más estúpido que fuera, y según tenía entendido eso era buena señal.
─Oye, Eidan ─comenzó.
─Dime, ¿qué pasa?
─Por casualidad… ─comenzó a jugar con su cabello y clavó su vista en el helado que ya le había entregado─, no tienes algo que decirme.
─Yo… ¿yo? Algo de… de qué ─pregunté, de nuevo como en un principio un nudo en mi garganta y ya comenzaba a tartamudear de nervios. Desvié mi mirada hacía mi helado también.
─No sé… esperaba que tú me lo dijeras… ─respondió. Su tono de voz y su mirada parecieron decepcionados.
─Este… no… no sé de qué hablas, Katrina. ¿Tienes alguna pregunta en mente?
─¡No! Olvídalo, solo tenía una pequeña duda nada más ─exclamó, levantó su vista hasta mí y sonrió.
Más sin embargo, luego de eso el ambiente se sintió algo tenso, terminamos de comer callados sin cruzar palabras, ni miradas ni nada. Después seguimos en busca de un regalo para ella pero ahora nos guardábamos cierta distancia el uno del otro.
Entramos a una tienda de ropa, aunque Katrina parecía emocionada se podía notar que no era más que una alegría fingida, y eso ya me estaba poniendo incómodo.
─¿Quieres esta falda? ─pregunté.
─Ajá. Como quieras ─respondió ella sin muchas ganas.
─Oye… ¿te puedo preguntar algo?
─Dime.
Me tomé un segundo para pensarlo, debía usar bien mis palabras no quería que sonara muy desesperado, como si solo quisiera ser su apoyo porque me gusta, algo así como un chicle en pegado a un zapato, que sólo es molesto y ya.
─¿Qué te pasa? No pareces muy animada ahora.
─Nada. No pasa nada.
Y ahí estaba, ese “no pasa nada” significaba pasa de todo. Si algo había aprendido de tanto tiempo ver imágenes cómicas en la red es que esos “ok, haz lo que quieras y no pasa nada” son problemas seguros. No sabía qué hacer, correr era quizás la solución más rápida pero quedaría como un cobarde.
En mi mente una pequeña escena animada se iba armando, estaba yo con una soga al cuello y ahí estaba Katrina jalándola con furia mientras decía “Nada, no me pasa nada, ¡idiota!”. Mi cabeza se iba hinchando cada vez más mientras que la soga alrededor de mi cuello se iba cerrando, tal cual caricatura, y explotó. Como un globo cuando es pinchado con una aguja, así hizo mi cabeza; luego de eso ella soltó la cuerda y se fue dando saltitos como si anduviera en una pradera. De verdad era de temer.
─Puedes decirme si quieres ─dije mientras le apartaba la vista del teléfono, empujando éste hasta abajo.
Gran error.
Su rostro se puso rojo como un tomate y me fulminó con la mirada, me espanté estaba molesta, y en eso recordé lo que Clark me había dicho horas atrás “Uno, nunca toques su teléfono y dos, jamás la hagas enojar”, o no, había hecho justo lo contrario.
Antes de poder reaccionar y disculparme por aquello ya estaba tumbado en el suelo quejándome del dolor que me había causado en la entrepierna con una de sus patadas “…a menos claro que quieras quedarte sin descendencia.” Tal vez los consejos que Fred y Clark me habían dado no eran tan inútiles después de todo.
─¡Nunca! Absolutamente ¡NUNCA! Toques mi teléfono ─gritó mientras salía dando tumba de la tienda─, me sorprende que los bobos de tus amigos no te lo hayan dicho.
─Lo… lo siento ─dije apenas en un susurro. Las lágrimas estaban saliendo de mi cara por el dolor y la pena que estaba pasando en ese momento.
Las personas me miraban con sorpresa, me sentía avergonzado completamente. Como pude me levanté y salí de la tienda intentando parecer lo más calmado posible pero caminada con las piernas abiertas porque dolía… y mucho.
“Creo que si quedaré sin descendencia” pensé. Fui a la primera banca que conseguí y me senté ahí a tomar aire y dejar que el dolor se pasara. Para mi sorpresa resulta que ella también estaba ahí, sentada en el otro extremo pero era tanto mi dolor que la había ignorado completamente hasta que habló.
─Si vienes a disculparte, ahórratelo. No te perdonaré ─dijo.
Quedé consternado, ¿aquello era en serio, fue ella la que me pateó mis partes y yo tenía que disculparme por tocas su teléfono? Esta niña tenía graves problemas.
─¿Disculpa?
─Que si vienes a disculparte puedes ahorrártelo, no te voy a perdonar.
─No tengo ni la más mínima intención de disculparme ─dije con tono de sarcasmo. O sea, es obvio que no podía disculparme yo por lo que pasó.
─¿Qué? ¿Qué acabas de decir?
─Que no pienso ni voy a disculparme, quien me pateó fuiste tú después de todo. No soy yo quien tiene que disculparse.
─Pe… pero… tú me hiciste enojar.
─Y té me pateaste ahí, no me disculparé por nada ─exclamé severamente.
Por un momento, al ver su rostro, pensé que era yo quien de verdad había tenido la culpa pero analizándolo bien no era así, ella no puede ir pateando a diestra y siniestra a quien la haga enojar. Pero si estuve a punto de disculparme hasta que ella… lo hizo primero.
─Lo… lo siento ─dijo Katrina en un susurro apenas audible.
─Que… ¿qué dijiste?
─Que lo siento.
Y ahora si explotó, todo parecía un sueño; ¡De verdad le había ganado una conversación a una mujer! Se sentía raro, no era como imaginé alguna vez, yo rebosando de alegría, en realidad sentía culpa ¡Sentía culpa! ¡Por ganarle una discusión a una mujer! Esto ya estaba raro, demasiado raro para ser verdad.
─Yo… yo también… ─dije al fin. Aunque no tenía una buena razón para disculparme igual lo hice. Puede catalogarse de despreciable ese don que tiene las mujeres para siempre salir ganando delante de los hombres.
─Gracias. Eres… eres genial ─respondió.
─Sigamos buscándote un regalo.
─¡Vamos!
Luego de un rato y con algo de esfuerzo logré pararme y caminar un poco mejor, ahora a la búsqueda del regalo perfecto.
Después de tantear y buscar en todas las tiendas del centro comercial, al final conseguimos un bonito collar que nos gustaba a ambos, lo compré sin que se diera cuenta y lo guardé en el bolsillo de mi pantalón.
─Lamento que hayamos encontrado nada que pudiera comprar. ¿Te puedo deber el regalo?
─No te preocupes, con que vengas a la fiesta es suficiente ─musitó ella alegremente.
Luego de eso caminamos por un rato más y después cada uno a su casa, al día siguiente era la fiesta, el sábado. Después que compré un bonito envoltorio para el collar finalmente llegué a mi casa.
Lanzándome sobre mi cama me puse a recordar todos los acontecimientos de ese bizarro día, que parecía de ensueño, todo parecía ser sólo una broma.
Sin darme cuenta caí dormido, cuando desperté ya era sábado, mi alarma sonaba con fuerza en la mesa de noche al lado de la cama y me daban ganas de lanzarla por la ventana pero no podía, después de todo la necesitaba.
Durante el día no hice gran cosa, no salí de mi casa y cuando llegó la hora busqué en el armario la ropa que me iba a colocar para la fiesta. Cuando el reloj marcó las nueve treinta de la noche bajé las escaleras de mi casa, me despedí de mis padres y mi hermano y fui directo a casa de Katrina. Allí, en la entrada, Fredward Clark me esperaban ya.
─Llegas tarde ─declararon al unísono.
─Apuesto a que ustedes acaban de llegar también.
Después de saludarnos y hablar durante unos minutos por fin pasamos a la casa, varias chicas en vestidos ceñidos a su voluminoso cuerpo atraían la atención de mis compañeros que casi babeaban cuando las veían.
─Contengan su baba ─les dije al ver las expresiones de sus caras. Pero ignoraron mis palabras, estaban anonadados.
Decidí que lo mejor era dejarlos allí e ir a buscar algo de beber, debías esperar a que fueran la hora de salida de la cumpleañera, que por cierto celebraba sus dulces dieciséis. Habían muchas personas, adultos mayores hasta bebés en brazos de sus bien vestidas madres, todos los varones vestíamos de traje y las mujeres de coloridos y largos o cortos vestidos.
Encontré a varias personas conocidas y entablé conversación con algunos de ellos para pasar el rato. Cuando el reloj marcó las doce en punto y las campanadas sonaron la gente volcó su atención en las escaleras que ahora eran iluminadas por los reflectores. Por ellas iba descendiendo una hermosa chica en un vestido de princesa color magenta, su cabello recogido en un hermoso peinado y sus ojos centelleando cuando la luz daba en ellos.
La lluvia de aplausos no tardó en llegar, algunos gritaban también. La música sonaba por los altavoces y fui directo hasta ella para invitarla a bailar; tenía el corazón en la garganta pero aún así me armé de valor y la saqué a la pista.
─Te ves hermosa.
─Gracias, tu también estás guapo.
─Te tengo tu regalo. Lo compré ayer sin que te dieras de cuenta ─le dije mientras metía mi mano en el saco y sacaba una pequeña caja negra y rectangular.
Ella quedó sorprendida y no sabía que decir.
─Es un collar, aquel que vimos ayer, ¿recuerdas? Se verías más bonito en tu cuello que en ese maniquí.
─Oh… muchas gracias ─exclamó mientras se daba la vuelta para que se lo colocara.
─Espero que te guste.
─Es hermoso, gracias ─respondió. Se volteó para admirar el colgante en forma de flor, las lágrimas comenzaban a derramar por sus mejillas─, eres el mejor amigo que una chica podría tener.
─Po… por nada.
Quería morir en aquel momento. Si tan solo la tierra se hubiese abierto y me hubiera tragado estuviera realmente feliz; sus palabras no salían de mi mente “eres el mejor amigo que una chica podría tener”, eso significaba que no, que no estaba enamorada de mi, que no tenía ninguna oportunidad. ¡QUE HABÍA QUEDADO EN LA FRIENDZONE!
Y todos sabemos que de ahí no hay salida.
Pero pasó…
De un momento a otro mis planes se vieron arruinados, mi rutina de pronto pareció haberse esfumado y ya todas esas cosas que con tanto esmero había preparado mentalmente, desaparecieron. Solo por una razón, una razón con largo cabello negro y piel blanca.
Cuando la vi por primera vez es como si una flecha hubiese atravesado mi corazón, la verdad no lo podía creer. Yo, una de esas personas que deja el amor y ese tipo de babosadas para lo último, ahora me sentía raro. Mi estómago parecía revuelto, mi pulso se aceleró dramáticamente y un nudo se formó en mi garganta.
Ella se acercó a mí, muy cordialmente me saludó y yo le devolví el saludo, las palabras apenas podían salir de mi boca, era como si se apretujaran unas a otras para salir de mi boca; intenté parecer lo más calmado posible, o sea, sí, era un chica, pero como ella habían otras más ¿verdad?
Pero no, ella tenía algo especial imposible de describir, me hacía sentirme de una forma que jamás lo había hecho nunca, mi corazón se aceleraba cada vez que la veía y cuando se acercaba la sangre subía a mi rostro, me sonrojaba de forma tal que me era casi imposible hablar. Aunque durante varios días intenté disimular y actuar normalmente las cosas parecían salirse de control, parecía que no podía hacerlo y todos comenzaron a rodearme y preguntar que si ella me gustaba. Por más veces que lo negara nadie quedaba convencido con mis respuestas y seguían insistiendo.
─¿Te gusta, verdad? ─preguntó uno de mis compañeros.
─Ya te dije que no, deja de insistir ─le reproché.
─¡Es que se te nota! Debes aprender a disimular, todos sabemos que es bonita; todos hemos querido conquistarla para ella no nos presta atención.
─¡Ja! Si a ustedes no les presta atención a mi menos, o sea, yo soy el recién llegado después de todo ─agregué. Sin querer había, de alguna forma, “admitido” que si me gustaba ella.
─¡O sea que si te gusta! ─espetó mi compañero─. No te des por vencido, a ti al menos te trata mejor que a todos nosotros juntos; ella es de temer.
Por un momento me hice una imagen mental de cómo sería si fuéramos pareja, todo parecía color de rosas en mi mente, aunque aquí era de un azul celeste. Pero Fred, mi amigo, me había dejado con una inquietud.
─¿Temer?
─Sí, temer ─respondió con una pequeña risa.
─Explícame, ¿qué es lo que la hace ser una chica de temer?
─A ti te gusta, averígualo por ti mismo.
─Como sea ─agregué como si no me importara.
Pero era todo lo contrario, “es de temer”, dijo Fred, pero… ¿por qué? Le daba vueltas al asunto, ¿había algo que necesitaba saber? Parece que sí.
Me hundí en mis pensamientos por unos minutos, mi vista se perdió en el horizonte, casi donde estaba ella, pero en realidad no la estaba mirando ni a ella ni a nadie, estaba era nadando entre un montón de ideas que se pasaban por mi mente, intentando adivinar, sin éxito, que es lo que la hacía “de temer”.
─Deberías de decirle porque es una chica peligrosa ─dijo Clark mientras se acercaba.
─Es mejor que lo adivine por sí mismo, así es más divertido para nosotros ─respondió Fred mientras se recostaba del suelo sobre sus codos,
─A ver, si me van a decir háganlo de una vez y dejen de andar hablando en clave como si fueran niñas ─dije casi gritando. Cuando esos dos empezaron a hablar me trajeron de nuevo a la realidad.
Ambos se vieron directo a la cara y estallaron en risa, yo intenté entender cuál era el chiste pero ellos solo seguían riendo.
─Bueno, te lo diré de una vez. Hay dos cosas que debes saber sobre Katrina: Uno, nunca toques su teléfono y dos, jamás la hagas enojar. Créeme eso no es bonito, a menos claro que quieras quedarte sin descendencia.
─¡A mí me consta! ─agregó Fred.
Quedé realmente extrañado, acaso era esto real, parecía más un sueño que otra cosa, esos eran los consejos que me daban para poder agradarle a la chica, ¿qué más me dirían, que su cabello era de chocolate ó que era una ninja asesina?
Me parecieron bastante tontos sus consejos, pensé en reírme en sus caras pero solo sería una pérdida de tiempo hacerlo, preferí hundirme de nuevo en mis pensamientos.
─Eidan, oye, Tierra llamando a Eidan.
Con un sobresalto volví a la realidad, de nuevo, bastante desconcertado.
─Oye, ¿estás bien? ─preguntó una voz a la vez que dedos eran chasqueados frente a mi cara.
─Em… sí, ¿qué pasa? ─pregunté mientras me frotaba los ojos con fuerza, aún sin ver a la persona.
─¡Ah! Es que te quería preguntar si tienes planes para el sábado.
─¿Sábado? ─inquirí intrigado. La voz era extrañamente familiar, pero no lograba traer un nombre a mi mente, vi a los lados y allí estaban Fred y Clark mirándome con sus ojos ensanchados.
Cuando levanté la mirada me llevé una sorpresa. Ahí, parada frente a mí, estaba Katrina, con su largo cabello negro recogido en una cola de caballo, que, aún así le llegaba más debajo de la cintura.
─Ho… ¡hola! ─dije casi gritando. Mi corazón comenzó a acelerarse queriendo salir de mi pecho.
─Dime, ¿tienes planes para el sábado?
─No… no tengo ¿por qué?
─Celebraré mi cumpleaños, mis padres me harán una fiesta. Me preguntaba si querrías venir ─explicó─. Y ustedes también por supuesto ─dijo refiriéndose a mis dos compañeros que estaban a mi lado.
─Por supuesto, iremos todos ─declaró Fred─, verdad ¿Eidan?
─¡Oh! Sí, por supuesto. No me lo perdería por nada.
Le dediqué una mirada asesina a Fred, Clark intentaba contener la risa mirando hacia otro lado.
─¡Genial! Los veo el sábado, te espero, Eidan. A las nueve en mi casa. ¡No olviden mi regalo! ─espetó mientras se despedía, me dio un beso en la mejilla antes de irse.
Caminó unos cuantos pasos hasta unirse con sus amigas y luego salieron del lugar, la cancha de voleibol donde estábamos, ya que aquí era donde siempre practicábamos.
─Los odio, en serio los odio ─declaré con enojo.
─¿Sabes lo que acaba de pasar?
─Te invitó a su fiesta, y a nosotros ¡porque estábamos contigo! Eso significa que le gustas ─espetó Fred casi gritando.
─No creo que le guste, seguro lo hizo solo por educación.
─No fue por eso. Estoy seguro, mejor anda a comprarle un buen regalo, no vaya a ser que te llegues a la fiesta sin regalo ─ordenó Clark.
─Los sigo odiando. Me las pagarán, también pagarán por el regalo.
─Sí claro, anda y te quedas sentado en una silla esperando el día, cuidado te salen raíces ─agregó Fred mientras comenzaba a carcajearse.
Y sin más me levanté de la banca y me fui, ahora debía de comprar un regalo para ella, pero ¿qué podría ser? No sabía con exactitud que le gustaba así que cualquier cosa entraba en ese margen, pero tampoco sabía que era lo que no le gustaba así que podría meter la pata a la primera, cosa que quería evitar en la medida de lo posible. O sea, es la chica que me gusta; quiero poder regalarle algo que le guste no todo lo contrario.
Casi como si me lo hubieran ordenado fui directamente a un centro comercial, pasé de tienda en tienda buscando algo que me agradara para poder comprarle a ella. Habían pasado unos minutos que parecieron horas mientras escarbaba con la vista los expositores de las tiendas.
─Sabes, me gusta mucho ese collar. ¿Qué te parece? ─preguntó una voz cerca de mi oído.
Cuando me volteé vi que Katrina estaba parada detrás de mí, quién sabe cuánto tiempo llevaba ahí.
─¿Qué haces aquí?
─Acompañándote a elegir mi regalo. ¿No es obvio?
─Pe… pero…
─Nada, luego solo finjo sorpresa y listo, es como si esto nunca hubiera pasado igual lo usaré ─exclamó con una risita.
─Pero… yo quería regalarte algo que te gustara.
─¿Y sabes lo que me gusta? Yo creo que no,
Y no se equivocaba, no tenía ni la más mínima idea de que podía gustarle, ambos estábamos inscritos en el equipo de voleibol así que eso era algo que le gustaba pero aparte de eso no sabía mucho más acerca de ella, aunque no lo quisiera debía admitirlo, ella tenía razón.
─Ven demos una vuelta por aquí, podemos ir a comernos unos helados y así nos conocemos mejor, ¿te parece? ─propuso.
─Si eso quieres…
─¡Perfecto!
Me tomó de un brazo y me llevó por todo el centro comercial prácticamente a rastras, yo me sentía en las nubes, realmente estaba compartiendo con ellas a solas, de alguna forma, sentía que aquello era un sueño. Me sonrojaba de la nada cuando nuestras miradas se encontraban, era un sensación indescriptible pero me gustaba… y eso era lo que importaba.
Sólo había un pequeño detalle… cuando estaba con ella era más torpe de lo normal. Me perdía tanto en su cabello y en las facciones de su cara que, literalmente, no prestaba atención a las demás cosas a mi alrededor, mientras caminábamos me tropecé al menos unas cuatro veces y en tres de ellas caí directamente al suelo de boca, Pero ¡no importaba! Estaba con Katrina, el dolor podría esperar.
Después de tantas caídas, risas y más caídas por fin llegamos a la heladería que estaba al otro lado del edificio.
─Yo quiero uno de chocolate. Me encanta el chocolate.
─¿En serio? A mí también, el chocolate es tan sabroso ─agregué casi babeando, era otra de las cosas que no podía evitar, me encantaba el chocolate. Era endemoniadamente delicioso y podía comerlo con casi cualquier cosa.
Fui hasta la barra y le pedí a la muchacha que atendía que me diera dos conos triples de chocolate, con sirope del mismo y lluvia de maní para ambos; Katrina me esperaba en la mesa y cuando me entregaron los conos comencé a caminar haciendo equilibrio intentando concentrarme lo más posible en caminar sin que ocurriera una desgracia o… hacer el ridículo en frente de ella.
Cuando por fin llegué a la mesa, ella me miraba con curiosidad y un pequeño brillo en sus ojos y una sonrisa en sus labios delataban algo, pero no sabía que era, solo me sonrojaba sin poder evitarlo, era como si perdiera el control de mi cuando la veía y ahora que estábamos solo ella y yo era cómicamente peor, no sabía si lo estaba haciendo bien o no, pero mi compañera se reía de casi todo lo que hacía por más estúpido que fuera, y según tenía entendido eso era buena señal.
─Oye, Eidan ─comenzó.
─Dime, ¿qué pasa?
─Por casualidad… ─comenzó a jugar con su cabello y clavó su vista en el helado que ya le había entregado─, no tienes algo que decirme.
─Yo… ¿yo? Algo de… de qué ─pregunté, de nuevo como en un principio un nudo en mi garganta y ya comenzaba a tartamudear de nervios. Desvié mi mirada hacía mi helado también.
─No sé… esperaba que tú me lo dijeras… ─respondió. Su tono de voz y su mirada parecieron decepcionados.
─Este… no… no sé de qué hablas, Katrina. ¿Tienes alguna pregunta en mente?
─¡No! Olvídalo, solo tenía una pequeña duda nada más ─exclamó, levantó su vista hasta mí y sonrió.
Más sin embargo, luego de eso el ambiente se sintió algo tenso, terminamos de comer callados sin cruzar palabras, ni miradas ni nada. Después seguimos en busca de un regalo para ella pero ahora nos guardábamos cierta distancia el uno del otro.
Entramos a una tienda de ropa, aunque Katrina parecía emocionada se podía notar que no era más que una alegría fingida, y eso ya me estaba poniendo incómodo.
─¿Quieres esta falda? ─pregunté.
─Ajá. Como quieras ─respondió ella sin muchas ganas.
─Oye… ¿te puedo preguntar algo?
─Dime.
Me tomé un segundo para pensarlo, debía usar bien mis palabras no quería que sonara muy desesperado, como si solo quisiera ser su apoyo porque me gusta, algo así como un chicle en pegado a un zapato, que sólo es molesto y ya.
─¿Qué te pasa? No pareces muy animada ahora.
─Nada. No pasa nada.
Y ahí estaba, ese “no pasa nada” significaba pasa de todo. Si algo había aprendido de tanto tiempo ver imágenes cómicas en la red es que esos “ok, haz lo que quieras y no pasa nada” son problemas seguros. No sabía qué hacer, correr era quizás la solución más rápida pero quedaría como un cobarde.
En mi mente una pequeña escena animada se iba armando, estaba yo con una soga al cuello y ahí estaba Katrina jalándola con furia mientras decía “Nada, no me pasa nada, ¡idiota!”. Mi cabeza se iba hinchando cada vez más mientras que la soga alrededor de mi cuello se iba cerrando, tal cual caricatura, y explotó. Como un globo cuando es pinchado con una aguja, así hizo mi cabeza; luego de eso ella soltó la cuerda y se fue dando saltitos como si anduviera en una pradera. De verdad era de temer.
─Puedes decirme si quieres ─dije mientras le apartaba la vista del teléfono, empujando éste hasta abajo.
Gran error.
Su rostro se puso rojo como un tomate y me fulminó con la mirada, me espanté estaba molesta, y en eso recordé lo que Clark me había dicho horas atrás “Uno, nunca toques su teléfono y dos, jamás la hagas enojar”, o no, había hecho justo lo contrario.
Antes de poder reaccionar y disculparme por aquello ya estaba tumbado en el suelo quejándome del dolor que me había causado en la entrepierna con una de sus patadas “…a menos claro que quieras quedarte sin descendencia.” Tal vez los consejos que Fred y Clark me habían dado no eran tan inútiles después de todo.
─¡Nunca! Absolutamente ¡NUNCA! Toques mi teléfono ─gritó mientras salía dando tumba de la tienda─, me sorprende que los bobos de tus amigos no te lo hayan dicho.
─Lo… lo siento ─dije apenas en un susurro. Las lágrimas estaban saliendo de mi cara por el dolor y la pena que estaba pasando en ese momento.
Las personas me miraban con sorpresa, me sentía avergonzado completamente. Como pude me levanté y salí de la tienda intentando parecer lo más calmado posible pero caminada con las piernas abiertas porque dolía… y mucho.
“Creo que si quedaré sin descendencia” pensé. Fui a la primera banca que conseguí y me senté ahí a tomar aire y dejar que el dolor se pasara. Para mi sorpresa resulta que ella también estaba ahí, sentada en el otro extremo pero era tanto mi dolor que la había ignorado completamente hasta que habló.
─Si vienes a disculparte, ahórratelo. No te perdonaré ─dijo.
Quedé consternado, ¿aquello era en serio, fue ella la que me pateó mis partes y yo tenía que disculparme por tocas su teléfono? Esta niña tenía graves problemas.
─¿Disculpa?
─Que si vienes a disculparte puedes ahorrártelo, no te voy a perdonar.
─No tengo ni la más mínima intención de disculparme ─dije con tono de sarcasmo. O sea, es obvio que no podía disculparme yo por lo que pasó.
─¿Qué? ¿Qué acabas de decir?
─Que no pienso ni voy a disculparme, quien me pateó fuiste tú después de todo. No soy yo quien tiene que disculparse.
─Pe… pero… tú me hiciste enojar.
─Y té me pateaste ahí, no me disculparé por nada ─exclamé severamente.
Por un momento, al ver su rostro, pensé que era yo quien de verdad había tenido la culpa pero analizándolo bien no era así, ella no puede ir pateando a diestra y siniestra a quien la haga enojar. Pero si estuve a punto de disculparme hasta que ella… lo hizo primero.
─Lo… lo siento ─dijo Katrina en un susurro apenas audible.
─Que… ¿qué dijiste?
─Que lo siento.
Y ahora si explotó, todo parecía un sueño; ¡De verdad le había ganado una conversación a una mujer! Se sentía raro, no era como imaginé alguna vez, yo rebosando de alegría, en realidad sentía culpa ¡Sentía culpa! ¡Por ganarle una discusión a una mujer! Esto ya estaba raro, demasiado raro para ser verdad.
─Yo… yo también… ─dije al fin. Aunque no tenía una buena razón para disculparme igual lo hice. Puede catalogarse de despreciable ese don que tiene las mujeres para siempre salir ganando delante de los hombres.
─Gracias. Eres… eres genial ─respondió.
─Sigamos buscándote un regalo.
─¡Vamos!
Luego de un rato y con algo de esfuerzo logré pararme y caminar un poco mejor, ahora a la búsqueda del regalo perfecto.
Después de tantear y buscar en todas las tiendas del centro comercial, al final conseguimos un bonito collar que nos gustaba a ambos, lo compré sin que se diera cuenta y lo guardé en el bolsillo de mi pantalón.
─Lamento que hayamos encontrado nada que pudiera comprar. ¿Te puedo deber el regalo?
─No te preocupes, con que vengas a la fiesta es suficiente ─musitó ella alegremente.
Luego de eso caminamos por un rato más y después cada uno a su casa, al día siguiente era la fiesta, el sábado. Después que compré un bonito envoltorio para el collar finalmente llegué a mi casa.
Lanzándome sobre mi cama me puse a recordar todos los acontecimientos de ese bizarro día, que parecía de ensueño, todo parecía ser sólo una broma.
Sin darme cuenta caí dormido, cuando desperté ya era sábado, mi alarma sonaba con fuerza en la mesa de noche al lado de la cama y me daban ganas de lanzarla por la ventana pero no podía, después de todo la necesitaba.
Durante el día no hice gran cosa, no salí de mi casa y cuando llegó la hora busqué en el armario la ropa que me iba a colocar para la fiesta. Cuando el reloj marcó las nueve treinta de la noche bajé las escaleras de mi casa, me despedí de mis padres y mi hermano y fui directo a casa de Katrina. Allí, en la entrada, Fredward Clark me esperaban ya.
─Llegas tarde ─declararon al unísono.
─Apuesto a que ustedes acaban de llegar también.
Después de saludarnos y hablar durante unos minutos por fin pasamos a la casa, varias chicas en vestidos ceñidos a su voluminoso cuerpo atraían la atención de mis compañeros que casi babeaban cuando las veían.
─Contengan su baba ─les dije al ver las expresiones de sus caras. Pero ignoraron mis palabras, estaban anonadados.
Decidí que lo mejor era dejarlos allí e ir a buscar algo de beber, debías esperar a que fueran la hora de salida de la cumpleañera, que por cierto celebraba sus dulces dieciséis. Habían muchas personas, adultos mayores hasta bebés en brazos de sus bien vestidas madres, todos los varones vestíamos de traje y las mujeres de coloridos y largos o cortos vestidos.
Encontré a varias personas conocidas y entablé conversación con algunos de ellos para pasar el rato. Cuando el reloj marcó las doce en punto y las campanadas sonaron la gente volcó su atención en las escaleras que ahora eran iluminadas por los reflectores. Por ellas iba descendiendo una hermosa chica en un vestido de princesa color magenta, su cabello recogido en un hermoso peinado y sus ojos centelleando cuando la luz daba en ellos.
La lluvia de aplausos no tardó en llegar, algunos gritaban también. La música sonaba por los altavoces y fui directo hasta ella para invitarla a bailar; tenía el corazón en la garganta pero aún así me armé de valor y la saqué a la pista.
─Te ves hermosa.
─Gracias, tu también estás guapo.
─Te tengo tu regalo. Lo compré ayer sin que te dieras de cuenta ─le dije mientras metía mi mano en el saco y sacaba una pequeña caja negra y rectangular.
Ella quedó sorprendida y no sabía que decir.
─Es un collar, aquel que vimos ayer, ¿recuerdas? Se verías más bonito en tu cuello que en ese maniquí.
─Oh… muchas gracias ─exclamó mientras se daba la vuelta para que se lo colocara.
─Espero que te guste.
─Es hermoso, gracias ─respondió. Se volteó para admirar el colgante en forma de flor, las lágrimas comenzaban a derramar por sus mejillas─, eres el mejor amigo que una chica podría tener.
─Po… por nada.
Quería morir en aquel momento. Si tan solo la tierra se hubiese abierto y me hubiera tragado estuviera realmente feliz; sus palabras no salían de mi mente “eres el mejor amigo que una chica podría tener”, eso significaba que no, que no estaba enamorada de mi, que no tenía ninguna oportunidad. ¡QUE HABÍA QUEDADO EN LA FRIENDZONE!
Y todos sabemos que de ahí no hay salida.
Eso es todo, ¡espero que les guste! ¡Viva Abdy! c:




