I
Furia y dolor. Un sufrimiento inhumano golpeaba el corazón de Alicia hasta el punto de sentir que, si no terminaba, terminaría reventándole dentro del pecho. Un odio comenzaba a brotar lentamente dentro de su ser, como un parásito escarbando la carne de sus adentros. La carcomía junto al cúmulo de pensamientos que quedaban entrelazados al igual que el cable de unos auriculares, retumbando una estridente y estrambótica melodía dentro de su mente. ¿Cómo habían llegado a esto? La muerte del capitán Jack la tenía tan trastornada que, de no ser por el Señor Poli, habría estallado en un shock prácticamente irreparable. Aquél hombre había sido casi como un padre para ella, aunque tal cosa jamás fue mencionada de sus labios. Necesitaba a Davis, de su abrazo, del calor que desprendía cada vez que se sentía mal. Ella sabía bien que tenerle cerca bastaría para tranquilizarse y no decaer en la locura que ahora mismo sufría.
Aquella situación le traía recuerdos demasiado desagradables.
En su cabeza comenzaban a iluminarse fragmentos de su infancia. Momentos de frío, de noches eternas sentada en un rincón de su habitación. Escuchando los llantos de su madre cada vez que un desconocido, el cual no era su difunto padre, descargaba sus frustraciones y borrachera en ella. Recordaba su propia ira bajo murmullos al verlo, y la fuerza abrumadora de sus brazos poseídos por la rabia, y aquél cuchillo de cocina manchado de sangre al igual que las sábanas de lino blanco. Una tormenta que, posteriormente, dejaría en legado la calma.
Ahora, Alicia deseaba de nuevo ese alivio, esa paz.
Y entonces algo en ella cambió.
—Señor Poli— su voz ya no era quebrada, sino firme y contundente —, vamos a continuar. Ya hemos perdido el tiempo bastante.
Permanecían en una pequeña llanura en lo alto de la montaña, muy cerca del nacimiento de la cascada que unas horas antes el pokémon había superado para huir de los Vigilantes. Cerca de dónde estaban podía verse un largo camino natural que llevaba a la cima, y donde más allá de ésta quedaría, seguramente, la civilización que tanto anhelaban volver a ver para pedir ayuda.
Quizá encontrarían a Davis y Alice, o quizá estarían esperándoles más Vigilantes. Aunque realmente no es como si la morena le importara mucho en aquellos momentos, pues lo único en lo que podía pensar ahora mismo Alicia era en dos cosas: encontrar a su amigo y, sobretodo, ajustar cuentas con los asesinos del capitán. Pero aquello no pensaba decírselo al pokémon acuático, al menos no hasta tener claro cómo iba a lograr tal cometido.
—
Wrath…
El Poliwrath no sabía bien qué decir, aunque no es como si la chica fuera a comprender lo que realmente salía de su boca. Quedó dubitativo por unos instantes pues, inexplicablemente, podía comprobar cómo el estado de ánimo de su compañera humana había cambiado radicalmente. Igualmente, se imaginaba muy bien el porqué de aquello pues él, en el fondo, también sentía lo mismo. Habían arrebatado la vida de su mejor amigo, de su mentor y maestro, del hombre que le había cuidado desde que, literalmente, era un renacuajo; abandonado en un pantano, perdido en las profundidades de un bosque hecho cenizas. Había nacido demasiado tarde para conocer a sus padres biológicos, y a tiempo de salvarse del incendio que había devorado sus vidas. Y aún así, a pesar de aquello, nunca necesitó preguntarse el significado de la palabra "familia", pues fue Jack quién le hizo saber qué era tener una.
Poli tragó saliva y, sin decir nada más, acompañó a la rubia muchacha hacia el camino que tenían delante. Sin prisa pero sin pausa, caminaron con una determinación tan desbordante que podría haber sido tangible en el aire.
II
Tardaron poco más de un día y medio en llegar a la cima de la montaña. Apenas durmieron para lograr tal proeza, movidos por aquella poderosa convicción de seguir adelante. Encontraron un segundo río cuyo nacimiento dejaba bastante cerca de lo más alto, y aprovechando el movimiento Surf del pokémon lograron cruzarlo con rapidez. Aquello hizo que adelantaran un trecho bastante considerable de su travesía, por no decir la mayor parte. Después retomaron la caminata hasta llegar a la cima donde, al otro lado, muy a lo lejos, pudieron ver unas luces en la oscuridad de la noche.
Era un pueblo.
Parecía estar al orto extremo de un rocoso sendero, bastante irregular y lleno de tierra rojiza en vez de la común que predominaba la zona de donde venían. De hecho, la mayor parte de lo que vieron una vez llegado el alba fue un paisaje árido en casi su totalidad. Aquella escena era completamente opuesta a la pintura agreste que habían cruzado en su viaje. Lo mismo sucedía con el clima, el cual había cambiado a uno notablemente caluroso desde que habían llegado a la cima de aquella montaña. De hecho, hacía demasiado calor para el poco sol que había, pareciendo más bien un horno natural. A menos que…
—Deberíamos echar un vistazo a la punta de la montaña— por primera vez en días, Alicia hablaba de nuevo—, no estamos muy lejos así que deberíamos llegar en poco tiempo. ¿Qué me dices?
—
Wrath.— podía verse una mirada de confirmación en los ojos de la rana, que brillando con cierto interés.
—Está bien, vamos.
Subieron por el sendero que daba a la punta de lo más alto de la montaña, vigilando de no caer debido a lo estrecho que era. Podía verse una altura realmente impactante desde algunos ángulos del camino, así como un paisaje realmente espectacular. Todo parecía diminuto desde aquella distancia, ya fuera la vegetación llena de innumerables e inmensos árboles que ahora parecían palillos de madera o los pokémon, que apenas eran visibles de no ser por alguna que otra llanura. Pero aquello que más les impresionó, así como confirmó la corazonada de Alicia, fue ver que la cima era un inmenso cráter lleno de lava.
Aquella montaña era un volcán.
Todo cobraba sentido: el calor, el paisaje árido alrededor de la cima y sobretodo en aquél otro lado donde, en la lejanía, parecía haber un pueblo esperándoles de alguna extraña y mística forma. Por un instante tuvo cierto temor a una posible futura erupción, pero el Poliwrath que la acompañaba no parecía sentirse alarmado más que del tremendo calor que producía estar allí plantados. Viendo el panorama de la piel húmeda del pokémon secándose con suma rapidez, así como el insoportable ahogo que provocaba el denso aire alrededor, Alicia decidió regresar por donde habían venido para, posteriormente, emprender el viaje hasta el pueblo que había tras aquél rocoso pasaje.
Pensó por un momento devolverle a su pokebola, para que se resguardara del clima, pero entonces cayó en la cuenta de que la esfera se había quedado con Jack. Aquelló le chocó e, intentando no recaer en el dolor de su pérdida, decidió centrarse en el odio hacia sus asesinos. Esto la hizo coger de la mano al Poliwrath y dirigirse de nuevo al sendero, cuesta abajo hasta el pie de la cima.
III
Vidar se despertó de golpe y, una vez sus ojos de insecto se adaptaron a la luz solar que iluminaba su rostro, pudo contemplar a un extraña figura cubierta por una especie de túnica de un color tierra. La tela podía observarse bastante rasgada y deteriorada, seguramente, por el tiempo. Bajo las roturas se avistaba un color verde muy pálido, casi fluorescente una vez entraba en contacto con la luz, pero en realidad era más bien un tono metálico. Fijándose bien, pudo distinguir que aquél verde procedía de su cuerpo, y que la silueta de éste le era bastante familiar. De hecho, el rojizo bicho creía conocer muy bien la forma de aquél individuo.
—¿Eres un… Scizor?
Titubeó un poco en preguntarlo, pero estaba convencido de que aquellas formas no podían ser de otra especie más que de la suya propia. Sus sospechas fueron confirmadas cuando el sujeto movió un brazo y, deslizándose la fina tela, pudo verse una tenaza donde debería ir una extremidad equivalente a una pata o mano. Aquella tenaza era claramente la de un Scizor, pero no parecía la de uno cualquiera pues aquél color era inusual. Bastante de hecho.
—Muéstrate— los ojos de Vidar se mostraban desconfiados, pues a pesar de ser de la misma especie aquello no significaba que fuera de fiar—, quiero saber quién eres y qué hago aquí.
Permanecían en una casa en ruinas, pero que todavía conservaba parte de lo que una vez fue el tejado. Por el aspecto del paisaje afuera, parecía ser que se encontraban en el Parque Nacional. De hecho, donde permanecían ahora mismo debía ser uno de los edificios de la compañía que una vez se hizo cargo del lugar.
—Está bien— respondió el Scizor verde, con una voz algo más grave que la de Vidar—, es lo justo ya que yo he visto tu rostro.— quedó un segundo en silencio y de repente prosiguió —Pero no soy exactamente lo que parezco, al menos no físicamente.
—¿Qué quieres decir?— el insecto rojizo no comprendía nada de lo que hablaba el extraño individuo, suponiendo que intentaba decirle que era de fiar.
El bicho verde se quitó la capucha que cubría su cara, y pudo verse el rostro que cabría esperar de un Scizor. Pero lo que dijo a continuación dejó anonadado al pokémon rojo.
—Me llamo Bill, y aunque parezca mentira soy un ser humano.
Un silencio imperó la ruinosa y mugrienta estancia durante unos instantes. Fueron tan breves como eternos, únicamente interrumpidos por el sonido del follaje contra la suave brisa del amanecer. De repente, como reaccionando a un shock, Vidar no pudo evitar echarse a reír junto a una mueca de incredulidad.
—¡Por favor!— espetó el insecto —¿Me tomas el pelo? ¿A qué viene esto?
—Podría haberte mentido, decir que soy un pokémon e irme sin que sepas quién soy —comentó Bill, muy sereno—; pero contigo debo ser sincero, pues me vas a ayudar con mi objetivo.
Vidar quedó algo atorado, ya que realmente no esperaba esa respuesta por su parte. Continuaba creyendo firmemente que aquello de que era "humano" no era más que una tontería tan grande como decir que un Pikachu es de tipo veneno.
—¿Ah si?—preguntó sarcásticamente—¿Y en qué puedo ayudarle señor humano?
Bill se acercó a Vidar con una rapidez y sigilo que asustaron al insecto rojizo, pues pareciera que se hubiera tele-transportado. Acto seguido, con su rostro tan cerca del suyo que intimidaba, le clavó sus fríos ojos mientras dijo seriamente:
—Vamos a recuperar mi cuerpo.
IV
«Fue hace más de diez años, cuando yo todavía era considerado un científico novato en mi campo. Por aquél entonces una empresa llamada Caja de Pandora contactó con nosotros. Al parecer investigaban el desarrollo a nivel celular de los pokémon y cómo utilizar los beneficios que contenía éste en los humanos para poder tratar enfermedades. Decían que con la estructura biológica modificada de ciertas especies, podían crear células madre y otras cepas de acción regenerativa para tratar curas contra el Cáncer o el SIDA.»
Cuanto más investigábamos, podíamos observar que en todas las cadenas de ADN en todo tipo de especies pokémon existía un código en el cromosoma que no pertenecía a nada conocido. Fue cuando, al retocar en simuladores virtuales las cadenas genéticas para buscar genes compatibles con los humanos, descubrí
aquello. En el código genético humano había exactamente el miso tipo de información desconocida en una de las partes del cromosoma. Aquello solo podía significar una cosa: existía una posible relación entre nosotros y los pokémon biológicamente hablando. ¡Incluso podría ser que compartiéramos un parentesco prácticamente genealógico en cuanto a la evolución animal!
Pero, de hecho, iba mucho más allá de lo que podía o, mejor dicho, quería imaginar. Los humanos y pokémon, realmente, existía la posibilidad de que fueramos de algún modo lo mismo. Pero entoces, ¿porqué no teníamos el Don de los Movimientos, aquella capacidad para poder utilizar la fuerza de la naturaleza como hacían ellos? Claramente los humanos nos desviamos del curso evolutivo en algún momento y, por alguna razón, dejamos de ser pokémon. Si es que alguna vez lo fuimos, claro, porque todo aquello no era más que un descabellado razonamiento. Y así lo vieron mis compañeros, tomándome por loco y diciendo que una idea como esa era absurda, imposible. Para ellos era impensable mi teoría.
Pero era la verdad.
Lo descubrí cuando conocí a Madam Boss, la dueña de Rocket Corporation que había heredado el puesto de su recién difunto marido. Era una mujer tan hermosa como ambiciosa, de fuertes ideales y gran visión empresarial. Pero lo que más le fascinaban eran los pokémon. Quería saber todo de ellos, incluso lo que nadie más podría llegar a conocer jamás. Buscaba al ejemplar más poderoso del mundo, el cual debía ser el más antiguo y, por ende, el inicio de todo. Estaba obsesionada con encontrarlo, y debido a ello comenzó a utilizar sus fondos para promover todo tipo de investigaciones. Y ahí es donde entro yo.
V
Vidar permanecía estupefacto ante las revelaciones de Bill, comenzando a creer en sus palabras pues veía imposible inventarse algo así. Su cuerpo empezó a temblar ante el hecho de meter en el mismo saco a pokémon y humanos como si, en algún momento de la evolución, hubieran sido el mismo tipo de animal.
—Esto es…— el insecto balbuceaba, pues no sabía qué decir ante todo aquello.
—Por favor— riñó Bill—, no interrumpas si no vas a decir nada. Bueno, ¿por dónde iba? Ah, sí…
«Fui reclutado por Rocket Corporation para investigar el origen de un fósil que fue encontrado en el Norte de África, si no recuerdo mal. Según los escritos en las ruinas descubiertas por los arqueólogos, al parecer pertenecía a un pokémon llamado Mew. En los tallados de piedra se le representaba como un símbolo de vida, así como el origen de todas las cosas. Los grabados en piedra, comprobada su veracidad, constaban de más de 6000 años a.C.»
Cuando examiné el código genético de Mew no lo pude creer. El cromosoma que compartían humanos y pokémon en común y que nadie había podido descifrar su procedencia permanecía en el fósil en un noventa i cinco por ciento, con un error de probabilidad exponencialmente nulo. Jamás había visto ni esperado nada semejante. Al final, mi teoría era correcta: humanos y pokémon no solo tenían ADN en común, sino que compartían un linaje biológico desde tiempos ancestrales. No cabía en mi de gozo y, a su vez, de puro terror. Éramos parientes de los pokémon que entrenábamos, y un conocimiento como ese podría cambiar para siempre la sociedad tal como la conocíamos. De hecho podría cambiar el mundo entero. Igualmente, necesitaba hacerlo; debía contarlo y demostrar que no estaba equivocado. Quería ver qué sucedería en aquél cambio. Ansiaba una nueva mentalidad más fraternal y cercana con los pokémon a nivel global, así como utilizar la información obtenida para poder buscar curas definitivas contra enfermedades usando la pieza del rompecabezas que faltaba. Sabía que todavía existían enigmas, pero tenía todas esas prioridades en mente y no quería retrasarlas por más tiempo. Hablé con el resto de mis compañeros científicos y éstos, eufóricos de tal hazaña, me felicitaron alegando que debíamos ponernos manos a la obra cuanto antes. Cogí todos los documentos necesarios así como hice llamar a un par de biólogos para que me acompañaran hasta Ciudad Viridian en Kanto; concretamente en la oficina central de la empresa que nos había financiado, la prestigiosa Rocket Corporation.
Fui a ver a Madam Boss.
Aquél fue el mayor error de mi vida.