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#1

Barrio Amatista [reto]

Sean todos bienvenidos a este nuevo proyecto que encaro en esta sección del foro que tanto amo. En este caso se trata de un fic que me propongo realizar en base a la idea dada por Demian en su desafío 42.
Bueno, siendo sincero no cuento con mucho tiempo para explicar de que trata la historia, pero como mi reputación me precede (? y confío en el boca a boca, espero que varios se animen a leer esta peculiar historia con la que todos nos sentiremos cerca al menos una vez. Sin más preámbulos:


BARRIO AMATISTA:
RELATOS DE PASIÓN, TRASTORNOS Y PODADORAS


ÍNDICE:


MAPA:

Como el posicionamiento del barrio y los apellidos de los personajes puede llevar a la confusión, les dejo este (horrible) plano que les servirá como guía:
Spoiler



CAPÍTULO I:

Spoiler
Sería muy complicado determinar qué es lo más difícil de encontrar en el mundo, pero es muy posible que se trate de una persona que no disfrute una buena historia. Está en la naturaleza del hombre: saber sobre los demás es la más deliciosa de las drogas. A causa de esto el barrio de la calle Amatista no puede pasar desapercibido entre curiosos ni ser olvidado por la historia… es de esos relatos en cuyas garras no puedes evitar caer; te atrapa como la más sagaz de las arañas porque es tan grotesca, irónica y absurda que es inevitable no identificarse con ella. Historias así son el reflejo de nuestra realidad, y generalmente elegimos reírnos de ella para no llorar. Esta, como la mayoría de las grandes historias, comienza con una muerte.

Juan Dulcich era un viejo zorro, muy precavido y difícil de engañar, al punto de que sólo la muerte pudo tomarlo por sorpresa. Había nacido, crecido y vivido toda su vida sobre su vieja casona en la calle Amatista desde donde había visto ir y venir a infinidad de vecinos de todas las edades.

Nadie hubiese tenido el descaro de reprocharle nada a Juan. Toda su vida se la pasó trabajando para evitar que a su familia le faltase nada. Las incontables horas que pasó en su consultorio metiendo mano en boca ajena sirvieron para que sus tres hijos tuvieran la mejor educación y dejaran los nidos como auténticos triunfadores. Todo iba bien hasta que diez años antes ese maldito tumor apareciera en la cabeza de su esposa, Clara.

Aquel maligno quiste con asombrada velocidad evolucionó en un cáncer con todas las letras y cada oncólogo en la ciudad diagnosticó que Clara no viviría más de un año… y al siguiente dijeron lo mismo. Lo cierto es que ese año se convirtió en una larga batalla que Clarita, como la llamaban todos, supo combatir como todo un gladiador. Su marido no se separaba un segundo de ella, y aunque las hospitalizaciones fueron casi nulas y la medicación necesaria siempre leve, el deterioro era cada vez más notorio.

Todo esto alimentó más el asombro de los allegados al estallar la noticia. “¿Estás seguro de que no fue Clara?” era una expresión de moneda corriente entre los que oyeron sobre el trágico suceso.
Aquella primavera recién comenzaba cuando finalmente Juan se jubiló. Derrochaba alegría a borbotones mientras narraba como por fin podría dedicar todo su tiempo a estar con su esposa. Dos días después, mientras su esposa y nieta habían salido de compras fue sorprendido por la parca que se presentó en forma de infarto. En un intento poco convincente de calmar el dolor de Clara los paramédicos dijeron que no sufrió. Mucho.

Pese a todo Clara era una mujer fuerte, jamás había visto a su enfermedad como un impedimento para nada. Ella misma organizó el funeral que sería realizado en su hogar, la más grande y bonita de todo el barrio, se encargó de avisarle a todo aquel que conociese a Juan; y mostrando que la testarudez humana no entiende de límites hasta cocinó distintos bocadillos para la recepción.

Y ese sábado en donde el cielo estaba tan despejado que casi era un crimen llevar a cabo una ceremonia fúnebre se reunieron familiares, colegas, amigos y vecinos a dar el adiós final a quien era un emblema del barrio tanto como el gran roble de la casa Suárez o la antiquísima podadora roja de Antonio Fariña. Poco a poco los invitados fueron copando la sala de estar en donde se asentaban tras presentar sus respetos al difunto y la familia.

Sobre el hermoso féretro donde yacía el dentista más querido por todos una joven veinteañera lloraba desconsolada ocultando su rostro bajo su negra cabellera. El dolor parecía abstraerla del mundo que la rodeaba. Iba totalmente despeinada y vestida muy mal para la ocasión.

-Pobre Niza -comentó Anabela a su esposo, con quien acababa de llegar-. Pensar que Juan la crió desde que era una niña.

-Lo sé. Esta chica perderá a dos padres a lo largo de su vida, no quisiera estar en su lugar -respondió Antonio mientras acomodaba su camisa dentro del pantalón.

Tras echarle un fugaz vistazo al estilizado cadáver de su vecino se acercaron a dar el pésame a Clara. Lucía fuerte por fuera llevando un largo vestido negro a juego con el pañuelo que en la cabeza llevaba para ocultar la calvicie que su enfermedad había acarreado; pero cualquiera podía notar que el dolor la consumía por dentro. Las dos mujeres sostenían mutuamente sus manos.

-Quiero que sepas que estamos para lo que necesites, Clara. Juan y tú nos ayudaron muchos cuando recién nos mudamos al vecindario, por eso queremos estar a tu lado en este momento tan complicado.

-Lo sé -replicó la anciana con serenidad-. Juan los apreciaba muchos a ustedes y a los chicos, sé que celebraría mucho tu actitud. Gracias, de verdad.

-¿Cómo está ella? -inquirió en referencia a Niza tras enseñar una de sus complacientes sonrisas-. Parece devastada la muy pobre.

-Y lo está. Su abuelo era un hombre que tenía bien definidos sus límites, pero jamás pudo contra ella. Le cumplía cada capricho, la llevaba a donde quisiera; si que estaban unidos esos dos. Es duro, pero tendrá que entender que ahora él la vigila desde los cielos.

-Sin duda -acotó Antonio-, el está en un mejor lugar ahora; esperándote. -y sólo al terminar de escupir dichas palabras notó la metida de pata monumental que había cometido. Por supuesto el no lo había dicho con esa intención pero el daño ya estaba ello, y la mirada inquisidora de la viuda era la prueba absoluta. -¿Dónde lo llevarán, Clara?- intentó rápidamente remediarse.

-Oh, cumpliré con la voluntad del viejo y lo enterraré aquí mismo, en el patio trasero, junto a sus padres. Una costumbre más que rara la de tener tumbas en el patio, ¿pero quién soy yo para juzgar? -explicaba la anciana-.
Vengan, les guardaré sus abrigos.

Ya con el trasero cansando de tanto estar sentados dos jóvenes un poco mayores que Niza veían el reloj dar vueltas desde un sofá. Uno de ellos, Nahuel, limpiaba sus lentes por quinta vez esa hora mientras que su amigo se deleitaba con el arte presente en la casa de los Dulcich.

-Francisco, si te las vas a pasar mirándole el trasero a la nuera de Juan al menos intenta hacer valer la poca decencia que te queda y no te relamas. Estamos en público. Y en un Funeral. Por todos los cielos…

-Relájate, hermano. Mirar no es ningún crimen. Uuuuh.

-Vayámonos de aquí, ya presentamos nuestros respetos. Tengo que ir a estudiar, tengo examen mañana.

-Aunque no estudiases, Nahuelín, tu nota seguiría siendo mejor que la de todos los demás tontos en tu clase de Física “megaespacial” y…

Siempre que Nahuel llegaba a creer que su amigo de la infancia no podía ser más exasperante este se superaba a sí mismo y revolucionaba el concepto de irritante.

-¡Que no es físic…

-Como sea hombre, ni hace una hora que estamos aquí. No podemos irnos tan rápido, se lo debes, el te ayudó con tu gran problema el año pasado.

-No exageres, no fue un…

-Si no fuera por él y su llave de tuercas creo que tu pie seguiría atascado en ese inodoro- comentó Francisco con fuerza suficiente para hacer reír a una pareja que conversaba junto a ellos. Después de tocar la guitarra, poner en vergüenza a Nahuel era su especialidad.

La sexta ronda de limpieza de lentes se ejecutó mientras el apenado muchacho encaraba hacia el baño. Conocía muy bien la casa, al igual que todos en el barrio. Juan no había sido solamente el más antiguo de sus habitantes, sino el más amigable y solidario. “Mi casa es tu casa” repitió hasta el cansancio. Nahuel Samir subió la escalera y recorrió el pasillo que lo llevaba hacia el cuarto de aseo pero jamás llego a este. Algo se interpuso en su camino… algo blanco y brillante.

En tanto Francisco seguía haciendo de las suyas. Le echaba un ojo y la mitad del otro a las curvas de Elena Vittone, la bellísima pelirroja casada con “el bancario de la esquina”. Con sus treinta y cinco años encima le daba mil vueltas a cualquiera otra chica del lugar. El rapado aspirante a músico la juzgaba perfecta. O casi perfecta, pues tenía un defecto de un metro ochenta de alto, atlético, rubio y con la cabeza llena de aire.

-Sam, ¿podrías mostrarte al menos algo afligido? Esa sonrisa no será tomada muy bien –mencionó a su marido Elena agudizando la voz.

Samuel Vittone, quien dicho sea de paso allí había sido arrastrado, sonreía con más fervor sólo para molestarla.

-No entiendo que hago yo aquí, Eli, son tus amigos.

-Sí, pero también son tus vecinos.

-Yo me la paso en el trabajo. Esa es mi vida. De casa al banco y del banco a la casa… somos vecinos geográficos no vecinos sociales –decía el impaciente marido.

-Perdón, no sabía que el erudito había cursado también estudios vecinales. Por cierto, tiene bragueta abierta señor genio.

-Cosas que pasan -respondió mientras acomodaba el cierre sin ningún tipo de disimulo. Acto seguido tomó tres bocadillos más otro que se trago entero.

-¡Samuel! Hombres…
Una de las pequeñas albóndigas que el señor Vittone tomó se escapó de sus grasosos dedos y rodó por el suelo hacia los pies de Antonio quien regresaba del armario junto a su esposa. Parloteaban en voz baja.

-¿Cómo se te ocurre decir una cosa así? Bestia insensible -Anabela rabiaba.

-Te juro que se me escapó, amor, y lo dije con buenas intenciones.
-Sí, la vida sería muy fácil si se rigiera por buenas intenciones. Mejor limítate a arreglar coches en vez de decir tantas tonterías; ya llegó la factura del gas.

-Sí, mi amor –respondió cabizbajo.

La amalgama de dos irritantes griteríos harto conocido por ellos acabó con la discusión. Se miraron a los ojos y entre resoplos fueron hacia el origen de la destrucción del silencio.

-¡Dámelo, idiota! –gritaba Ignacio, el mayor de los hijos Fariña, al mismo tiempo que estiraba sus brazos tratando de arrebatar un gorro sostenido en el aire por una chica… pocas cosas son más denigrantes que no ser lo suficientemente alto como para quitarle algo a tu hermanita menor.

-¡Salte, perro, salte! -se burlaba Tamara, la “nena” de la familia. -Pero Nachito, si que te quedaste cortito.

-No tanto como tu falda o el tiempo que tardas en meterte en el coche de un tipo.

-¿Qué dijiste, pendejo? -el aire entre ellos se cortaba con cuchillo. La chica de dieciséis años oponía cada vez más resistencia.

-¡Diecisiete años, diecisiete! -gritó Anabela con tanta fuerza que por poco no despierta al mismísimo Juan -¡Diecisiete años, pelos por todos lados y mis hijos siguen comportándose como bebés! ¡¿También ensuciaron sus pantalones?!

-¡Mamá! -exclamaron al unísono los vástagos.

-¡Shhh! Dale eso a tu hermano, Tamara. Y tú, discúlpate con tu hermana por decir esas cosas.

Ignacio aprovechó la distracción y robó el gorro a su hermana. Tomó distancia prudencial y se lo colocó. Se sentía desnudo sin ese pedazo de tela viejo y con olor a champú barato.

-Sueña con que me disculpe con esta tarada, yo no hice nada. –dio media vuelta y se encaminó a la puerta- Ahora regreso. Voy a comprar

-¿A comprar qué?- cuestionó Antonio.

-Vino -fue la respuesta seca.

-¿Para qué?

-Para acompañar el fiambre -disparó y dejó la casa.

-¡Irrespetuoso de porquería, te voy a castigar hasta que tengas que llevar bastón! -le gritó su madre.

-Ay Juancito… no sabes cuánto te envidio hoy -murmuró Antonio.

El sol radiaba y las plantas en la calle Amatista ya volvían a ganar verde con la estación del amor. Ignacio respiró largamente, agradecido de vivir en uno de los pocos vecindarios de casas bajas que aún quedaban en la ciudad, terreno ideal para que la brisa haga de la suyas paseándose por sus cabellos. Tomó dirección sur, hacia la intersección con la calle De Las Ostras. Lentamente veía pasar lo que había sido toda su vida: el viejo asfalto donde en tantos partidos improvisados sus rodillas quedaron peladas; el viejo terreno baldío, que con un poco de imaginación podía ser tanto la selva amazónica como la Estrella de la Muerte; las casas de todos sus vecinos, cada una con su estilo propio y bien marcado; el antiguo Roble de la casa Suárez, cuya base disfrutaba orinar día tras día cuando niño pues era el sitio predilecto de su hermana para sentarse a descansar. Era más que sencilla la vida en Barrio Amatista, un paraíso de tranquilidad en medio de una ciudad donde el estrés es rey sin corona… nadie hubiese visto venir los sucesos que se desencadenarían pronto.









PD: Disculpen si encuentran errores ortográficos o de tipeo graves, no hice a tiempo a corregir el capítulo. Lo solucionaré cuanto antes me sea posible.


#2
Bueno, Maty… el reto dice “sólo alguien de increíble intelecto como yo podría hacerlo” y sabemos que ese alguien sin duda sos vos negro.

Me alegra demasiado que hayas tomado este reto y te hayas animado hacer un fic de Los Sims, es un juegazo para mí y disfruto por horas cada partida. Sin embargo, siempre que escucho a los demás hablar de Los Sims por ahí lo tildan como un juego de niños o de mujeres… con lo que te despierta la imaginación y la lógica ese juego, dios mío. Así que de arranque bien por animarte, vamos a ver qué toque le das.

“Relatos de pasión, trastornos y podadoras” típico título Sims xDDD Es una locura ese juego.

“habían salido de compras fue sorprendido por la parca que se presentó en forma de infarto”

Magistral. Sublime, muchacho. Esto es Los Sims en su estado más puro, ocupándose de la muerte hasta con un tono irónico.

Nunca entendí el por qué de dar comida en los funerales o.o Como si fuera una fiesta. Bueno, supongo que te despeja cocinar y desde ese punto está bueno pero a la gente no le haría mal un poco de abstinencia, no se van a morir de hambre por estar acompañando al muerto por una vez.

Familia Fariña xDDDDDD

“notó la metida de pata monumental que había cometido.”

Te juro que sentí como que estaba en el juego y sobre la cabeza de Clara aparecía el globito de relación con dos signos menos en rojo xDDDDDDDDDDDDDDDDDD Es genial este fic.

Me cayó bien Sam, es el tipo de hombre que todo le importa un carajo excepto el dinero. Lástima el destino que lo va persiguiendo.

Pobre Antonio, hombre dominadísimo :P

Jojojo, el pequeño Fariña es todo una revolución. Me alegra haber visto que presentaste ya a las tres familias que te pedí en el reto y que además vas a meter algunas más, ya quiero saber qué personalidades les das.

Linda bomba nos dejaste antes de irte. Esperemos ver qué podes hacer cuando vuelvas inspiradísimo de bariló. Nos estamos viendo, compañero de piel empetrolada, hasta pronto.


Gracias a todos por recordarme :) Sólo tengo buenos recuerdos de ustedes y de este agradable lugar también.