Capítulo 9
—¡Demonios! —exclamó en un susurro Brock, con extrema cautela en los ojos. Colocó el negro uniforme que tenía en las manos en uno de los estantes y sacó el diminuto aparato de su bolsillo. No emitía sonido alguno, ni siquiera se podía percibir alguna oscilación a simple vista; pero ambos sabían que se había activado porque los habían sentido vibrar—. Desactívalo —comandó él.
Al escuchar la orden, Seth dejó también su uniforme sobre el estante y retiró el aparato de sus jeans. Imitando a Brock, presionó el solitario botón en una de las caras del dispositivo. De inmediato dejó de vibrar. La sensación de peligro aumentó cuando Seth miró con ojos como platos a Brock, quien parecía estar teniendo un fiero debate dentro de su cabeza mientras lanzaba nerviosas miradas hacia la puerta del pasillo.
¿Podría ser cierto? ¿Habían sido descubiertos? ... ¿Por qué Kiyo activaría el aviso? A Seth solo se le ocurrió dos posibles alternativas a la activación del silencioso. Por una parte, alguien indeseado podría haber hecho aparición en el Ayuntamiento, y el centinela simplemente estaba dando el aviso. La otra alternativa era... que Kiyo estaba en problemas.
Sin importar cuál de las dos opciones era la verdadera, tenían que salir de allí. Y lo más pronto posible.
—Bien —susurró Brock, dirigiéndose con mucha seriedad al chico—. Esto es malo. Muy malo. Realmente no pensé que esto ocurriría; la verdad, ni se me pasó por la cabeza. Ni siquiera planeamos un método de escape... A estas alturas es imposible saber por qué Kiyo activó el silencioso, pero eso ya no importa. No hay tiempo para averiguarlo. Lo mejor para nosotros sería desaparecer de aquí. Lo más rápido posible.
Seth abrió incluso más los ojos. Su respiración pareció detenerse. ¿Cómo era que una misión prácticamente inofensiva podía tornarse en algo posiblemente fatal? ¿Pero qué había salido mal? Se imaginó que tendrían que salir de la forma más discreta posible, sin llamar la atención. Tal vez el edificio estaba rodeado de oficiales de Rocket, esperando a que saliesen para acribillarlos a balas. O tal vez simplemente habían entrado unos soldados a conseguir uniformes nuevos. De cualquier forma, ellos estaban en una posición difícil.
—¿Qué hacemos? —preguntó el chico con un hilo de voz—. ¿Salimos?
—Estaba pensando en eso, pero si hay gorros negros allí, estamos fritos. ¿Crees que nos dejarán pasar si ven que acabamos de salir del pasillo que lleva a sus asquerosos uniformes? Tenemos que evitar una confrontación.
—¿Y si echamos un vistazo al vestíbulo? —sugirió Seth.
—¿Y arriesgarnos a que nos vean? No lo creo, chico. Tenemos que pensar rápido, si es que alguien vino a sacar uniformes, estará aquí en cualquier momento.
—¿Y si continuamos por el pasillo? Debe haber una salida más allá, ¿no? —dijo Seth, con un ligero temblor en la voz.
—Hmm... Sí, podríamos hacer eso... Pero es demasiado arriesgado salir y que vean que estuvimos aquí...
Completamente desesperado, y al borde de hiperventilar, Seth empezó a mirar a su alrededor. Lo único que había en aquella habitación eran una escoba, una cubeta y uniformes. Uniformes, y más uniformes. El chico se preguntó qué
rayos podrían hacer para salvarse de aquella situación... Hasta que un chasquido sonó en su cerebro. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?
—¿Y si salimos con los uniformes puestos?
Primero, Brock lo miró como si estuviera completamente loco. Pero luego, su cara se fue transformando a una mueca de ironía y satisfacción.
—No sé por qué no te enviaron a otras misiones, chico. Eres un
genio. Bueno, no es la idea más sensata, pero es la única opción que tenemos en estos momentos, ¿no crees? Póntelo, rápido.
Luego del cambio de ropa más rápido de toda su vida, Seth se puso el gorro. Era una suerte que Rocket fabricara también uniformes para los que no tenían estatura promedio. Ambos se sintieron un poco como traidores al llevar el atuendo de su enemigo principal, pero si les iba a salvar la vida, Seth pensó, tendrían que resignarse por el momento. Se aseguraron de no dejar los silenciosos (o cualquier objeto, la verdad) en sus vestimentas de civiles, y procedieron a abrir la puerta del depósito para salir al no tan amplio pasillo.
Tal vez era la iluminación, tal vez era la agobiante situación en la que estaban, pero Seth pareció percibir un ligero cambio en el ambiente. Era más bien una sensación. Una sensación de peligro constante e inminente. Justo antes de llegar al corredor principal que llevaba al vestíbulo, Brock abrió una puerta que estaba a su derecha y entró en la pequeña sala mientras Seth esperaba afuera. Al igual que la habitación de los uniformes, esta parecía ser un depósito. Dentro, se encargó de esconder sus ropas comunes, cuidando que no se vieran a simple vista. Un armario bastante viejo lleno de sábanas hizo el trabajo. Luego, salió de la habitación y le indicó a Seth que lo siguiera de cerca mientras hacían su salida al luminoso pasillo principal.
El corazón de Seth empezó a palpitar con violencia cuando estuvieron a punto de doblar la esquina, sabiendo que de un momento a otro, un oficial de Rocket podría salir de la nada. Brock le hizo señas a Seth para que dejara de moverse con sigilo y que caminara con normalidad. El hombre apenas asomó su cabeza por la pared, y la retrajo inmediatamente—. Alguien está tratando de entrar por la puerta. Prepárate —susurró. Inhalando profundamente, Seth se dispuso para el posiblemente inevitable encuentro con los soldados. Haciendo una cuenta regresiva con los dedos, Brock primero levantó tres. Dando otra profunda respiración, Seth cerró los ojos por un momento. Dos... Uno...
Ambos salieron por el pasillo caminando con normalidad y con el rostro impregnado de arrogancia y malicia, justo en el momento en que la oscura puerta de caoba que daba al vestíbulo se abría e ingresaba un soldado de Rocket. El corazón de Seth prácticamente se hundió, pero logró mantener aquella soberbia máscara y la calma. El gorro negro saludó con la cabeza a los dos, quienes también devolvieron el saludo de la misma manera. Cuando se perdió de vista en el pasillo de los uniformes, Seth casi soltó un suspiro. “
Eso estuvo cerca”, pensó el chico. “
Un momento más en aquel almacén, y habría sido nuestro fin.”
Se acercaban más y más hacia la puerta del vestíbulo. Quizá aquella había sido la “amenazante situación” a la que Kiyo se había referido al activar los dispositivos. Seth agradeció que hubieran salido sin problemas. No había pasado nada. Habían sobrevivido.
Justo cuando el muchacho se disponía a poner una cara de alivio, Brock abrió la puerta.
Y ahí estaba. La verdadera “amenazante situación”.
Escoltado por al menos cinco soldados Rocket más, un hombre de uniforme gris hablaba con la cohibida recepcionista. Destellando a la luz del candelabro, un sinfín de reconocimientos abrochado en la sección derecha de su pulcro uniforme. Cabello azul verdoso, cubierto por un gorro gris con la maldita “R” estampada de rojo. Rostro casi amable, pero ojos fríos como el hielo. Sonrisa desagradable.
Oficial Superior Atlas, Comandante de la Zona Norte de Kanto.
Seth no conocía a ese hombre, pero al escrutar el rostro de Brock, supo al instante que era peligroso. Por primera vez, por debajo de la mirada de altanero que su compañero ahora tenía, pudo percibir algo más. Un ligero movimiento en las cejas, y un titubeo en sus ojos; lo que vio en Brock fue miedo. Estaba realmente asustado. Seth, al ver el estado de su aliado, no pudo evitar sentir también un temor por aquel hombre. ¿Acaso era así de brutal, para llenar de pavor a un experimentado soldado de la Oposición?
Luego de lo que parecieron varios minutos de intangible tensión, Brock pareció despertarse y dirigir la mirada hacia la entrada. Efectivamente, ahí estaba Kiyo, echando nerviosos vistazos hacia la imponente presencia en el vestíbulo y hacia la puerta de la cual Seth y Brock acababan de salir. Como había hecho antes, Kiyo se abstuvo de hacer alguna señal de reconocimiento hacia los dos soldados encubiertos, pero continuó observando con inquietud a la importante entidad de Rocket.
Seth se dio cuenta entonces de la horrible verdad. Si Brock estaba paralizado del terror, aquel hombre que estaba a meros metros de ellos no era alguien a quien fácilmente uno podría pasar por alto. Incluso su vestimenta era diferenciada de la de los soldados, y además, tenía escoltas. Llevaba un uniforme un poco más formal, casi elegante. Aquel oficial, cayó en la cuenta él... tenía que ser uno de los comandantes.
Con los pelos de punta, Seth intentó captar la atención de Brock con un codazo, pero su compañero levantó una mano para asegurarle que estaba pensando. Luego, inhaló profundamente, como preparándose para una presentación ante un gran público.
Seth lo entendió: la única forma de salir era por la entrada principal, pero para hacerlo, tal vez tendrían que enfrentarse con el comandante. Quizá eso era inevitable, pensó Seth, ya que justo en ese momento iban vestidos con uniformes de soldado, por lo que el saludo a su superior era obligatorio. Seth hasta pudo sentir su violento pulso en el cuello cuando la adrenalina se disparó por sus venas. Sintió que sus piernas eran más ligeras, como si pudiera salir corriendo a toda velocidad de un momento a otro si lo quisiera.
Luego de un momento, ambos empezaron a dar lentos pasos hacia el oficial. Seth intentó mantener una mirada seria, pero igual parecía estar haciendo un mejor trabajo que Brock, quien llevaba una cara que se debatía entre la seriedad y la constipación.
Como en cámara lenta, el oficial de pelo azul giró su sonriente rostro hacia ellos dos, alejándolo del de la recepcionista. En seguida, empezó a mirarlos de arriba abajo a medida que su sonrisa iba desvaneciéndose poco a poco en una cara de extrema autoridad.
Por supuesto, el viaje desde la puerta hasta la mesa de la recepción duró apenas unos cuantos momentos; pero todo parecía aminorar por el temor que sentían. Los seis viles rostros estaban vueltos hacia los dos traidores encubiertos, el del comandante y sus cinco soldados, dirigiéndoles una completa y agobiante atención. Ante las perforantes miradas, Seth y Brock se detuvieron justo ante el oficial, hicieron un saludo militar y se pusieron firmes, con las miradas hacia el frente, como esperando alguna orden.
—Señor... —empezó Brock.
Los seis abrieron mucho los ojos, como si hubieran sido ofendidos. Preguntándose qué había hecho mal, Brock se quedó callado. Uno de los escoltas, con una cara de furia, estuvo a punto de decir algo, pero el superior levantó una mano. Miró a Brock con una cara de peligrosa simpatía.
—Oh, ustedes deben ser los reclutas nuevos de Azafrán —dijo el comandante, pasando los ojos de Brock a Seth, y viceversa—. Me presento: soy el Oficial Superior Atlas. De ahora en adelante, cada vez que pongan un pie aquí en la Zona Norte de Kanto, estarán bajo mis órdenes. Y, como veo, son todavía demasiado... frescos.
Sin saber a qué se refería, el dúo no dijo nada aún. Por ahora, sus máscaras tenían algo de utilidad. Tenían que apurar su salida si no querían ser descubiertos, pero parecía que estarían atascados por un momento más en aquella peligrosa danza con el enemigo.
—Cuando se encuentran con un superior —dijo Atlas, sonriendo y haciendo una pequeña mueca—, tienen que esperar a que este hable primero. ¿Entendieron?
—¡Señor, sí, señor! —exclamaron al unísono.
De repente, la recepcionista levantó la cabeza. Había reconocido sus voces. Poniendo los ojos como platos, empezó a abrir la boca. No los había notado porque no se había fijado en ellos; solía eludir las miradas de los soldados, le ponían ansiosa. Pero esta vez, se dio cuenta de que ellos dos habían entrado para robar uniformes de la reserva de Rocket. Brock también notó los movimientos de la recepcionista, y en un encuentro con sus ojos, le envió un mensaje insonoro:
¡Por Arceus, no lo hagas, por favor! ¡Te lo ruego! La chica se quedó congelada. Todavía tenía una mano en la boca cuando Atlas percibió el cambio en los ojos de Brock y se decidió a girar la cabeza en dirección a la secretaria. El oficial frunció ligeramente el ceño antes de voltearse nuevamente hacia ellos, sumido en lo que parecía confusión.
—Bien, veamos —dijo Atlas con una voz repentinamente sin emoción—. ¿Qué tenemos aquí? A ver, díganme, ¿de dónde son ustedes?
Acercó un poco su cara a la de Brock y lo miró con intensidad. La frente de Brock estaba ligeramente perlada del sudor mientras intentaba sacar una respuesta convincente.
—Señor, ambos somos de Carmín, señor —mintió Brock, logrando de alguna forma mantener una voz firme.
—Ah, ¿Ciudad Carmín? —inquirió el superior, una pequeña sonrisa formándose en su rostro—. La zona de mi camarada Petrel... Supongo que hablaron con él, ¿no? Como siempre él no les enseña a sus soldados los modales necesarios —empezó a reír, pero Brock ni se inmutó—. Solo tengo una pregunta para ti... ¿Por qué tuvieron que molestarse en venir
todo el camino hasta Azafrán para conseguir sus uniformes? Todo Rocket sabe que en Carmín hay una reserva incluso
más grande que esta.
—Señor... Es que... —Brock se quedó sin palabras. El corazón de Seth iba a mil por hora.
—Mire, soldado, estoy hasta seguro de haberte visto en algún otro lugar —dijo Atlas, adquiriendo filo en su voz—. Me tiene una cara demasiado...
familiar. ¿Está seguro de que no son de otro lugar? Más hacia... uum, no sé... ¿Ciudad
Plateada, quizá?
Brock no respondió. Apretó las mandíbulas.
—Estoy seguro de que me recuerdas a alguien —continuó Atlas ante el silencio de Brock—. Y por aquí, ¿a quién tenemos?
Se inclinó para estar a la altura de Seth y le examinó el rostro con penetrantes ojos. Sin aviso, su desagradable sonrisa y sus ojos flaquearon ligeramente.
Observó con más atención el rostro del chico, incomodándolo hasta el punto de querer salir huyendo. Abrió un poco la boca, y levantó la mirada hacia la entrada, trasladando sus ojos de un lado a otro, como si buscara a alguien. Luego de posar los ojos por un momento en Kiyo, y con una cara un poco extraña, volvió a mirar a Seth.
—Pero, si eres muy joven —señaló el comandante con la voz un poco más grave, pero con la misma incómoda sonrisa—. Bueno, son buenas noticias escuchar nuevas adiciones a nuestro querido ejército. Soldado, ¿a dónde se dirigen ustedes?
—Señor, nos dirigimos a Silph, señor —exclamó Seth. Algunos de los escoltas suprimieron risas de burla o bufaron ante el tono de voz todavía infantil del chico.
—Bien, soldados, ¡pueden retirarse! —respondió Atlas, irguiéndose y acomodándose el gorro.
Seth y Brock se excusaron con el mismo saludo militar de antes, el cual fue devuelto por todos los soldados y por Atlas. Se marcharon lo más calmadamente que pudieron, intentando coincidir sus pisadas como hacían los oficiales, pero fracasando espectacularmente. Salieron a la calle, bajaron la ancha escalinata y se mezclaron en la multitud. No se atrevieron a salir de sus personajes o a apurar el paso, porque sintieron las miradas del comandante y los soldados clavadas en sus nucas.
Seth nunca se había sentido tan feliz de salir de un edificio. Continuaron caminando por las calles hasta llegar al mismo callejón de antes, bastante seguros de que no habían sido seguidos. Y solo recién ahí, luego de cerrar la reja y esconderse detrás de unos basureros, soltaron un suspiro de tremendo alivio.
—Eso estuvo cerca —jadeó Seth, limpiándose el sudor de la frente mientras estaban en cuclillas detrás del cubo de basura.
—Ese infeliz... —murmuró Brock sin mirar a Seth, con una gota de sudor cayendo por su rostro—. De todos los infelices de Rocket, nos tuvo que tocar ese... Pensaba que estaba en Carmín, no aquí, en Azafrán...
—Pero, ¿quién era? Dijo que era Atlas, y parecía un comandante —dijo Seth en voz baja de forma inquisitiva—. Lo digo por cómo todos actuaban a su alrededor.
—Sí, Seth... —confirmó Brock, mirándolo—. Verás, Kanto y Johto tienen cada uno dos comandantes asignados: en Johto están Atenea y Protón; y aquí, en Kanto, están Petrel y... Atlas.
—Nunca había escuchado hablar de ellos —murmuró Seth confundido—. Lo único que sabía era que Giovanni es el líder, y que tiene a sus comandantes más leales...
—Lo único que deberías saber es que no debes fiarte de ellos —dijo con gravedad Brock—. Esta no será la última vez que escucharás hablar de ellos; sus nombres son bastante famosos en la Oposición. Además, no son comandantes por nada. Son muy astutos, y tienen una mente torcida. Justo como Giovanni... —frunció mucho el ceño—. Bueno, resulta ser que Atlas, si es que nos ponemos a comparar, es el más torcido de los cuatro comandantes. Es demasiado peligroso. A veces, por todos los planes que han sido frustrados a manos de él, parece que en serio lo sabe todo. Hasta tengo la impresión de que sabía quién era yo...
—¿Qué? ¿Cómo es eso? —preguntó Seth con curiosidad—. ¿Cómo podría saber quién eres?
—Bueno... —Brock soltó un suspiro, y luego empezó a explicar mientras se ponía cómodo en su posición—. Meses después de que Rocket tomara la región, e incluso antes de la Oposición, yo era un Líder de Gimnasio. No espero que sepas lo que eso significa, pero digamos que era famoso por ser un buen entrenador Pokémon. Yo tenía un Gimnasio Pokémon en Ciudad Plateada (me imagino que conoces esa ciudad). Cuando Rocket vino a cerrar mi gimnasio, fue Atlas el que se presentó en nombre de Giovanni. Se llevó a todos mis Pokémon. Yo jamás olvidaría su rostro (además que lo veo a diario en la Oposición en fotografías), y no creo que él haya olvidado el mío. Y ahora... después de todos estos años... creo que me reconoció.
—¿Tú crees? ... Pero, entonces, ¿por qué nos dejó ir tan fácilmente?
—Eso es lo raro... Eso no es común en él —el ceño del hombre estaba tan fruncido que sus cejas casi formaban una sola línea—. En la Oposición lo conocemos por sus métodos de tortura tanto física como psicológica, y parecía estar implementándolos en nosotros. Es muy inusual que nos haya dejado ir, y más si es que me reconoció. Creí que nos encerraría y luego nos interrogaría hasta matarnos, o algo así.
—¿Tal vez nos dio una oportunidad? —especuló Seth.
—Vamos, Seth. Ellos
no dan oportunidades —replicó Brock con un tono más fuerte de lo usual. Soltó un suspiro antes continuar con voz más baja—. Ellos son asesinos; fríos y calculadores asesinos. Y nada más que eso. Tenemos que agradecer que no nos haya ocurrido nada. Pero no puedo evitar pensar que hay otra razón para lo que hizo...
Las palabras se quedaron grabadas en el cerebro de Seth. “Fríos y calculadores asesinos”. Para Seth, sí eran más que eso. No solo eran simples homicidas; ellos eran los asesinos de sus padres. Los que destruyeron su familia. Apretó un poco los puños al pensarlo, y le entró ganas de sacarse aquel uniforme y quemarlo hasta reducirlo a cenizas.
Se distrajo cuando Brock sacó del bolsillo del pantalón un mapa y empezó a examinarlo. Era el mapa del edificio de Silph S.A., el siguiente hito importante en la misión, en donde conseguirían su transporte hasta Ciudad Trigal.
—Entonces —comenzó Seth mientras Brock analizaba con cuidado el diagrama de los pasillos del edifico objetivo—, ¿qué hacemos ahora?
Sin despegar sus incansables ojos del plano, Brock respondió—. Tenemos que llegar lo más antes posible. Todavía es temprano para abandonar la misión. Ahora estoy tratando de encontrar la ruta más rápida a la azotea. Además, si tenemos a ese comandante demente respirándonos en la nuca, creo que tenemos que apurarnos. No quiero pasar más tiempo de lo debido en la misma ciudad que este infeliz.
Dicho esto, siguió examinando el diagrama con extremo cuidado, a veces señalando secciones del mismo o farfullando cosas ininteligibles. Seth se puso de pie, y extendió un poco las piernas. De repente se preguntó dónde estaría Mew en aquellos momentos. O el Pignite. Miró hacia arriba, hacia el parche de cielo que se veía entre los edificios que cerraban el callejón. No percibió movimiento alguno que pudiera señalar la presencia del legendario Pokémon. Justo cuando decidió bajar de nuevo la mirada hacia su compañero, vislumbró un borrón de castaño. Un Pidgey, el pajarito marrón, se posó bien arriba en uno de los balcones del edificio a su derecha. Mientras Seth lo observaba con curiosidad, el ave empezó a arreglarse las plumas con su pico. Cuando el cuello de Seth empezó a dolerle de tanto tensionarlo, el Pidgey volvió a despegar, pero sin antes echar una mirada hacia Seth (o creyó él). Al parecer, su misión todavía estaba siendo supervisada.
—¿Qué ves? —le dijo Brock, haciendo que Seth bajara la mirada con brusquedad del susto. Ahora parado junto a él, el hombre también entrecerraba los ojos hacia donde él había mirado hacía unos momentos—. Bueno, nos vamos. Solo sígueme, ya sé el camino.
Seth asintió con la cabeza y siguió a Brock. Antes de empezar la marcha, echó un último vistazo a la barandilla en donde había estado el ave para luego repetir el mismo procedimiento que habían hecho cuando salieron del alcantarillado. Atravesaron la verja, se mezclaron con la gente; pero al emerger en la avenida, en lugar de ir hacia la derecha, torcieron hacia la izquierda. Había alguna especie de ventaja en llevar los uniformes del enemigo; los civiles y los oficiales de Rocket eran como un imán de polos iguales: si acercas uno al otro, se repelen. De igual manera, a medida que atravesaban la marea de personas, un camino parecía abrirse hacia donde iban. De vez en cuando se cruzaron con otros oficiales, algunos saludaban, otros no; pero el aumento del número de soldados parecía indicar que estaban llegando al nido de las ratas en Azafrán: Silph S.A.
Luego de cruzar una intersección, allí estaba, en la acera de enfrente. Era una edificación muy alta, con por lo menos veinte pisos de oficinas y laboratorios. Seth se acordó de repente del sueño que había tenido aquella mañana: era la misma fachada que en su visión, representada de forma impecable por los mecanismos encargados del sueño en su cerebro. Lo único que difería era el escenario, que en lugar de estar desolado y destruido, estaba perfectamente limpio y bullicioso de gente. A intervalos regulares, soldados de Rocket entraban y salían por las puertas automáticas del edificio, o también hombres con batas blancas. Había dos guardias a cada lado de la entrada, con la mirada al frente y postura tiesa. A pesar de cómo lograron pasar desapercibidos todo el camino hasta allí, Seth no pudo evitar preguntarse si los guardias sospecharían algo; después de todo, ellos no pertenecían a Rocket, y ver a dos desconocidos con el negro uniforme debería ser ligeramente dudoso para los oficiales. Empezó a mirar a los lados para verificar la venida de vehículos, porque ya no podía esperar a entrar al edificio y montar aquel helicóptero.
Sin embargo, jamás logró averiguarlo, porque sintió que fue tirado con fuerza hacia un costado. Lo siguiente que supo fue que estaba en otro callejón, con una mano ajena sobre su boca para impedir que emitiera sonido alguno. Temiendo que fuera un enemigo, Seth empezó a agitarse y a retorcerse para liberarse, pero la fuerza del individuo era muy superior a la suya. Luego de luchar en vano por varios segundos, el hombre lo hizo callar. En la oscuridad del callejón, levantó la mirada para ver que era Brock, que nuevamente llevaba aquel antifaz de cautela y peligro inminente. Cuando Seth se quedó quieto, el hombre lo liberó y le indicó que hiciera silencio. Con señas, el chico inquirió (con algo de violencia) cuál había sido la razón de hacer aquello. Sin embargo, Brock simplemente lo ignoró, y siguió concentrándose en la soleada calle.
Seth, al notar cómo Brock levantaba de repente las cejas en expresión de comprensión, también se giró hacia la avenida. Una camioneta negra, bastante grande y sólida, se había estacionado justo al frente del edificio de Silph S.A., bloqueándoles la vista de la entrada. De las puertas traseras, varios soldados de Rocket emergieron con velocidad. Con una punzada en el corazón, Seth reconoció a la última figura que se bajó del vehículo: Atlas.
El chico sintió que era arrastrado incluso más adentro del callejón, hasta unos basureros metálicos que no tenían el mejor aroma. Desde detrás, siguieron observando los movimientos del Comandante, cuidadosos de no asomar demasiado las cabezas.
El Comandante miró a todas direcciones al bajarse de la camioneta, y luego, subiéndose a la acera, llamó a sus soldados para que se pusieran en fila. Incluso desde allí, escucharon con claridad las órdenes que el Comandante profirió a todo pulmón.
—Muy bien, tropa —vociferó Atlas con voz autoritaria—. Hoy es un día especial. Tenemos no a uno, sino a
dos infiltrados entre nosotros. Y me temo que podría haber más. Estos de la Oposición han sido una molestia en todos mis años de servicio, y esta no es la primera vez que intentan meter a sus asquerosos soldados entre los míos. Deben pensar que soy demasiado estúpido como para no notarlo.
La gente que pasaba empezó a apurar el paso, sin siquiera detenerse a escuchar lo que el oficial de Rocket iba a decir. A estas alturas, la calle ya estaba casi vacía, con los últimos transeúntes ya casi en una corrida por huir del lugar. Seth le lanzó una mirada de incertidumbre a Brock.
—Les voy a explicar bien lo que vamos a hacer —continuó Atlas, sin siquiera titubear—. Hay una enorme posibilidad de que estos impostores se encuentren dentro de Silph mientras les doy estas órdenes, y estoy seguro de que ya están advertidos por el volumen de mi voz. Pero no se preocupen, soldados, que esta vez será bastante fácil. Uno de los impostores ni siquiera tiene la edad para ser soldado, así que será pan comido. Pero solo tengo una condición para ustedes: tienen que traerme al niño vivo. Sin embargo, tienen permiso para disparar a cualquiera que lo esté acompañando o ayudando. ¡Vamos! ¡Muévanse!
—Hijo de... —masculló Brock, inhalando profundamente y luego soltando un suspiro—. Bueno, te tengo que agradecer; si no me hubieras avisado, ya estaría muerto, ¿no crees?
—¿De qué hablas? —preguntó Seth, mirando extrañado a Brock. Con el rabillo del ojo, percibió un destello de color claro, y casi saltó del susto al encontrar al mismísimo Mew a su lado. Trató de recomponerse, pero ya había sacado algunas risitas del gato.
—Deberías agradecerte a ti mismo, en mi opinión —dijo Mew. Seth, aunque ya había averiguado que el Pokémon podía hablar, todavía se sorprendía que fuera capaz de comprender y usar su lenguaje—. Me parece increíble que hayas captado las señales que hice. ¿Sabes? A veces un Pidgey puede ser imposible de ver... Pero ya sabes, no puedo ser otro Pokémon sin llamar la atención de medio mundo.
—Cuando hiciste el doble círculo, creo que ya lo había captado —rio nerviosamente Brock, echando otra mirada hacia los soldados que uno a uno entraban al edificio—. Es una suerte que nos hayamos tardado tanto en aquel callejón, Seth, ¿no crees? Pero, a ver... no me gustaría echarte la culpa, Seth, pero tengo que dejar esto en claro... Cuando estamos en territorio enemigo en una misión, nunca (y quiero decir
nunca) debemos decir nuestro objetivo; y me temo, Seth, que nos delataste cuando dijiste que veníamos hasta Silph. Pero no importa demasiado. Solo tenemos que alertar a Eco sobre el asunto, no queremos que haga algo estúpido.
Diciendo eso, Brock sacó del bolsillo su silencioso, y presionó el diminuto botón, dirigiendo su mirada al edificio de Silph. Inmediatamente, el silencioso de Seth comenzó a vibrar con intensidad e intervalos cortos, quizá debido a la cercanía del aparato emisor de la señal, pensó él.
—Pero, ¿qué pasará con el helicóptero? —dijo Seth casi en una queja. Agregó seriedad luego—. ¿Qué pasará con la misión, y la bomba esa?
—Pues, tendremos que suspenderlo todo, es lo mejor que podemos hacer —respondió Brock con otro suspiro. Mew, por otro lado, mantenía una mirada perdida hacia la entrada de Silph y el comandante—. Creo que el hecho de que Atlas estuviera justo en este momento en Azafrán será suficiente excusa para justificar el fracaso de esta misión. Después de todo, no creo que exista un solo soldado en la Oposición cuyo plan no haya sido saboteado por este imbécil. Creo que te debemos una disculpa, Mew.
—No, no, no importa... —dijo el rosado felino, haciendo un gesto despreocupado con el brazo, pero con la mente en otro lugar—. Creo que iré a verificar a mi compañero, ya debería haber terminado su parte. Además, estaré visitando a Koga por lo menos una vez por semana, así que si quieren intentarlo de nuevo, creo que tendrían que comunicárselo a él. Además, ahora que cuentan con los uniformes, ya no creo que haga falta venir a Azafrán para conseguir el transporte a Trigal. Si solo las otras ciudades no estuvieran tan vigiladas, creo que todo sería más fácil...
—Entendido —confirmó Brock, sacándose el gorro de Rocket y poniéndolo bajo el brazo—. En serio espero que nos volvamos a encontrar, señor. Nos disculpamos por haberte hecho perder el tiempo hoy.
—Pero, qué cosas dices... —dijo riendo Mew—. Hoy no han perdido el tiempo, ¿no ves que consiguieron los uniformes? Y además, por supuesto que nos volveremos a ver. Creo que ya les he dicho que nadie puede saber que yo estoy operando. Por eso solo ustedes tres lo saben: tú, Seth y Koga. Si toda la Oposición lo supiera, ¿cómo crees que reaccionarían? Puedo ser un Pokémon poderoso, pero no tengo la fuerza para echar a Giovanni con solo mover mi cola. No me gustaría dar falsas esperanzas. Por eso estoy intentando llevar a cabo este plan mío, para que cuando llegue el día en que se revele que estoy trabajando con la Oposición, sí fuera capaz de dar esperanzas. Y para poder efectuar este plan, necesito tener a algunas personas aquí en Kanto y en Johto.
—Entiendo —repitió Brock.
Seth casi quiso poner los ojos en blanco cuando vio que su compañero volvía a tener aquella mirada soñadora en su expresión. Sin embargo, una parte del discurso de Mew logró enganchar su interés. Había dicho, como antes, que solo tres personas conocían que él estaba en marcha, incluyéndolo a él, cosa que le entusiasmó en gran medida. Antes de que lo supiera, soltó algunas palabras.
—¿Eso quiere decir que somos alguna clase de elegidos? —dijo Seth con los ojos brillosos, no muy diferentes a los de Brock—. ¿Y que haremos misiones especiales para ayudarte, o algo así?
—Bueno, no sé —rio nerviosamente el rosado felino—, se podría decir que sí —de repente, sus ojos se fijaron a la calle nuevamente, y su semblante se puso serio—. Bien, Brock, Seth, más les valdría salir de aquí. Más atrás encontré una entrada a las alcantarillas. Les sugiero que la usen como ruta de escape, ya que ahora no sería bueno que les vieran —ambos asintieron y se levantaron hasta una posición encorvada, para no salir por sobre la cubierta de los basureros—. Nos vemos pronto. Cuídense.
Seth estuvo a punto de recordarle a Mew sobre la promesa de ver a su hermano, pero cuando abrió la boca, el gato ya se había disuelto en el aire. Bastante confundido y maravillado ante la demostración de teletransportación, Seth empezó a caminar casi en cuclillas siguiendo a Brock hasta la supuesta entrada a los desagües. “
Genial”, pensó con sarcasmo. “
De todos los lugares que visité hoy, justo volvemos al más
agradable”.
—Oye, Brock —habló Seth cuando Brock movía pesadamente la tapa de hierro de las alcantarillas, liberando una especialmente nauseabunda oleada de hedores del fondo. Arrugó un poco la nariz, haciendo que su voz sonara algo nasal—. Lamento lo que hice hoy... Creo que fue porque estaba desesperado. No podía pensar con claridad, y sin darme cuenta, dije que veníamos aquí —dijo algo avergonzado antes de agregar—. Lo siento.
—Bah, no importa, chico —le aseguró Brock—.La vida es más valiosa que una misión que podrías repetir en otro momento. Además, me impresionaste con tus actuaciones allá en el Ayuntamiento. Tal vez debería traerte más seguido.
El hombre le dio un amistoso puñetazo en el brazo, y luego soltó una risa. Seth no pudo evitar reír también antes de echar una mirada de ansiedad al hoyo que llevaba a su salvación.
—Mujeres y niños primero —dijo en son de broma Brock, haciendo una seña para que entrara al pozo. Luego de dirigirle una mirada de irritación, Seth comenzó a bajar. Una vez más, cuando llegó al fondo se apartó para dejar que su compañero bajara por completo—. Bueno, de nuevo aquí. No puedo decir que estoy entusiasmado.
—¿Y ahora qué? —preguntó el chico, intentando respirar de modo superficial para aspirar la menor cantidad de tufo posible—. ¿Ya nos vamos?
—Creo que eso sería lo mejor —dijo Brock, retirando el mapa de las alcantarillas de su bolsillo trasero y desdoblándolo—. Lo mejor sería irnos al sur, hacia Verde para luego ir a las Cataratas Tohjo. Podemos quedarnos ahí para dormir antes de volver a Trigal.
Con la mente en mil cosas, Seth siguió a Brock nuevamente por los resbaladizos pasadizos de los desagües, intentando no perder apoyo con cada paso que daba. A pesar de que su día no había terminado con una gran explosión, o la muerte de algún comandante tirano de Rocket, estuvo más que satisfecho por averiguar que tal vez formaba parte de un grupo de élite ultra secreto minuciosamente seleccionado por un Pokémon legendario cuyo plan quizá era echar abajo a Giovanni de la forma más espectacular posible.
Estela...
Solo un nombre rondaba la cabeza de Tyler mientras yacía en su tapete designado en el toldo de la enfermería. Solo no podía sacárselo de la cabeza. Era como si estuviera atormentándolo como un recuerdo doloroso. Era como si... se sintiera culpable.
Otto intentaba llamarle la atención con señas, ya que estaban en medio de un juego, y era el turno del Tepig. Reconociendo aquella expresión en su hermano, apartó las semillas hacia un costado y se sentó junto a él en su tapete. Tyler levantó la mirada, pero se perdió nuevamente.
—Acabas de decirme que querías jugar... ¿ya no quieres? —preguntó el Oshawott, obviamente consternado por su situación—. Vamos, tienes que reaccionar. Desde que entramos aquí en la enfermería no has hecho más que quedarte con esa mirada vacía.
—Sí... —murmuró Tyler, sacudiendo la cabeza e intentando mantener la vista en Otto—. Lo siento... Es solo que...
—¿Te sigue preocupando lo de la explosión?
—No... Bueno, sí, pero no es eso...
—¿Es por lo que ocurrió aquí? —insistió Otto algo contrariado—. Mira, Tyler, no creo que hubiéramos podido hacer algo para evitarlo: por lo que comentan todos, esos Arcanine podrían habernos destrozado. Has visto lo que le pasó a papá...
—Bueno, sí... —masculló el Tepig, mirando al tapete de enfrente, en donde se encontraba Momo durmiendo, con su brazo roto... Apartó rápidamente la mirada—. Pero lo que me molesta es, ya sabes... Estela.
Otto, que tenía el ceño ligeramente fruncido, entristeció su semblante—. Mira, Ty, a los dos nos hubiera encantado haber visto a Estela... y creo que a todos los pobladores... Además, cabe mencionar que más de la mitad de Pasaje cree que eres tú al que secuestraron.
—Bueno, desearía haber sido yo, y no ella... —murmuró Tyler.
El Oshawott frunció el ceño.
—¿Sabes qué? —dijo disgustado—. No es que desee que ella esté en esa situación, pero deberías estar agradecido de que no hayas sido tú. Tal vez haya sido casualidad que no estuvieses aquí cuando ocurrió, o tal vez fue destino; eso no importa. Lo importante es que se te ha concedido la oportunidad de vivir tal vez un tiempo más en este pueblo que amas.
Ahora fue el turno de Tyler de enojarse, dirigiéndole la mirada más furiosa que había hecho tal vez en su vida—. ¿Eso crees? ¿Prefieres pensar que las cosas injustas ocurren por destino (o casualidad, como quieras llamarle) y que no podamos hacer nada para cambiarlo? Y encima, quieres que esté agradecido. ¿Sabes, Otto? No. No estoy conforme, ni agradecido. Preferiría haber sido secuestrado yo que aquella pobre niñita recién nacida.
Otto se dio cuenta de que sus palabras no habían sido las mejores. Y peor, había enfurecido a su amigo—. Perdona, hice que me malinterpretases. Jamás desearía que esto le ocurriese a nadie, ni a Estelita, ni a ti, ni a nadie.
—Yo aún menos.
Tyler giró un poco la cabeza hacia el lado contrario, para evitar la mirada con su amigo. Otto se dio cuenta de que sería mejor dejarlo solo por un momento, ya que conocía demasiado bien la personalidad del Tepig; era bastante explosiva. Se alejó un poco, y se dispuso a ordenar las semillas del juego que habían empezado hacía un momento. Tyler volvió a sumirse en sus deprimentes pensamientos sobre el destino de Estela, negándose a aceptar lo que Otto acababa de decirle. Sí, tenía otra oportunidad de vivir en aquel pueblo, pero jamás sería capaz de disfrutarla si sabía que alguien cercano no podría.
De repente, todo el ambiente de la enfermería le pareció sofocante.
—Iré a tomar aire —le dijo a Otto, que lo miró y asintió.
Antes de dirigirse a la salida del toldo, echó un vistazo a Momo. Dormida pacíficamente como siempre. Hasta parecía que empezaría a babear de un momento a otro.
Salió a la calle, llamada la Segunda Avenida, que ahora ya parecía un poco menos ajetreada de tantos heridos. Inspiró y espiró el fresco aire, pero no se alejó demasiado de la entrada de la carpa. Con el rabillo del ojo, vio a un grupo de Pokémon conversando con gravedad sobre los eventos recientes. Vio a las hermanas Delcatty, vecinas de la Sra. Ambipom; la misma Sra. Ambipom; también estaba la pareja de Sealern, la Sra. Floatzel; tres Electabuzz, de la familia de Electabuzz del borde del pueblo que Ty no conocía demasiado bien; y por último, el hermano de Angus el Breloom. El Tepig no pudo evitar esconderse un poco cuando llegaron a sus oídos algunos fragmentos de su conversación.
—... a Tyler. Yo ni siquiera sabía que había otro Tepig, y encima un bebé.
—Lo que yo escuché fue que Tyler no estaba, y que se confundieron, así que se llevaron a la bebé.
—Oh, pobrecilla... Ella no se merecía esto...
—Selena,
ninguno de los dos se merece esto. La verdad, nadie se merece esto. ¿De dónde
rayos salieron esos Arcanine?
—Tal vez Selena tenga razón. La pequeña no se lo merecía. Los Arcanine buscaban al otro, a Tyler.
—¡No estoy diciendo eso, bestia! ¿Cómo se te ocurre?
Tyler abrió mucho los ojos y se retiró de la entrada, alejándose de las voces e ingresando nuevamente en el toldo. Con todas sus fuerzas, intentó bloquearlas, rechazarlas, evitar que llegaran al alcance de la parte lógica de su cerebro, aquella parte que le hacía ver las cosas como eran en la cruda realidad luego de haberlas analizado fríamente. ¿Cómo que lo estaban buscando a él? ¿Qué querían decir? ... Pero se dio cuenta de que era cierto. Casi nadie sabía que Estela había nacido hasta hoy en la mañana, así que era natural que pensaran que Tyler había sido el secuestrado. Y si eso era cierto... quizá los Arcanine, en primer lugar, no habían estado buscando a cualquiera de los dos Tepig que vivían en Pasaje. Quizá solo habían estado buscando a uno en particular.
Y supo, bien dentro de su alma, que aquel Tepig no tendría que haber sido Estela.