Vitalaia, El Otro Mundo
*Se baja de una limusina* Well... llevaba tiempo maquinando qué decir en este momento, pero ahora que ha llegado; quiero a gradecer a mi asistente, al chófer de la limo, al aburrimiento...
Mentira xD, vengo a presentar mi humilde creación. Tenía mucho tiempo sin emprender un longfic, porque estaba pensando en qué hacer y; revisando entre los fics del foro; me di cuenta de que faltaba una historia como ésta (que por cierto es de mi género favorito).
Les advierto que podría haber lenguaje fuerte y escenas de violencia (sé que nadie le hace caso a la advertencia, pero cumplo con mi deber).
Tema y Trama del Fic: 15/15
Me gusta, es novedosa para la sección y llama la atención del lector, aunque para otros gustos no sea así. En lo personal me encantó y siento que es una gran adquisición a las historias del foro.
La Gramática, Ortografía y Estructura de la Escritura: 12/15
Aunque la mayoría de las cosas están cubiertas, parece que te comieras palabras o expresiones, dejándolas a medias. Esto se puede corregir releyendo la historia un par de veces en busca de esos errores de estructura. También noté la falta de algunas comas y signos de diálogo.
El Desarrollo del Fic, es decir, la forma de expresar del autor: 18/20
Es curiosa la manera en la que pasas de historia a cuento o leyenda, y también que de un mundo tan diferente se cuenten leyendas del nuestro, todo entremezclado. Eso sí, ten mucho cuidado cuando armas la historia, busca manera de diferenciarla con letras, colores o comillas para que la gente no se enrede.
Lo que sí te debo recalcar es que algunos segmentos quedaron confusos por las palabras que usaste, quiero decir que trataste de dar una idea pero no completaste la forma que debía tener, incluso llegas a dejar un comentario en el aire aunado a la palabra que ibas a arreglar. Revísalo.
En lo que respecta al lenguaje fuerte, trata de que sea al mínimo o mejor usa expresiones de ira, enojo y resignación que no usen palabras tabú.
Total:45/50[/B] (Con un mínimo de 30)
Conclusión: Fic apto para la Publicación.
Comentarios:
Puedes publicar, y ojalá la gente lo lea, vale la pena. Continua, mejora, arma tu lugar y llévala a obra completa. Me siento feliz porque te he visto crecer y me parece que de verdad te mereces la evaluación. ¡Felicidades y exito!
Espero que les guste, recuerden criticar y comentar.
¡Hasta otra!
Mentira xD, vengo a presentar mi humilde creación. Tenía mucho tiempo sin emprender un longfic, porque estaba pensando en qué hacer y; revisando entre los fics del foro; me di cuenta de que faltaba una historia como ésta (que por cierto es de mi género favorito).
Les advierto que podría haber lenguaje fuerte y escenas de violencia (sé que nadie le hace caso a la advertencia, pero cumplo con mi deber).
Evaluación
Evaluación del Fic
Vitalaia, el Otro Mundo
[/center]Vitalaia, el Otro Mundo
Autor: Joker X
Tema y Trama del Fic: 15/15
Me gusta, es novedosa para la sección y llama la atención del lector, aunque para otros gustos no sea así. En lo personal me encantó y siento que es una gran adquisición a las historias del foro.
La Gramática, Ortografía y Estructura de la Escritura: 12/15
Aunque la mayoría de las cosas están cubiertas, parece que te comieras palabras o expresiones, dejándolas a medias. Esto se puede corregir releyendo la historia un par de veces en busca de esos errores de estructura. También noté la falta de algunas comas y signos de diálogo.
El Desarrollo del Fic, es decir, la forma de expresar del autor: 18/20
Es curiosa la manera en la que pasas de historia a cuento o leyenda, y también que de un mundo tan diferente se cuenten leyendas del nuestro, todo entremezclado. Eso sí, ten mucho cuidado cuando armas la historia, busca manera de diferenciarla con letras, colores o comillas para que la gente no se enrede.
Lo que sí te debo recalcar es que algunos segmentos quedaron confusos por las palabras que usaste, quiero decir que trataste de dar una idea pero no completaste la forma que debía tener, incluso llegas a dejar un comentario en el aire aunado a la palabra que ibas a arreglar. Revísalo.
En lo que respecta al lenguaje fuerte, trata de que sea al mínimo o mejor usa expresiones de ira, enojo y resignación que no usen palabras tabú.
Total:45/50[/B] (Con un mínimo de 30)
Conclusión: Fic apto para la Publicación.
Comentarios:
Puedes publicar, y ojalá la gente lo lea, vale la pena. Continua, mejora, arma tu lugar y llévala a obra completa. Me siento feliz porque te he visto crecer y me parece que de verdad te mereces la evaluación. ¡Felicidades y exito!
Evaluado
By Novelista
By Novelista
Prólogo
Siempre he sido un ratón de biblioteca, pero no por autoestima ni nada de eso, sino porque me encanta estudiar toda clase de leyendas y mitos populares, lo cual resulta muy productivo si escribes libros con esas historias; el problema surge cuando ya has almacenado, clasificado y arreglado tanto material que es casi imposible encontrar más.
Así acabé metido en el ático de mi casa, trasteando entre mis interminables hileras de libros, sin embargo (como era obvio) no encontré nada ahí. De manera que, ya sea por azar o porque era mi destino, fui a parar a la vieja caja de mis libros de niño. Allí lo encontré; un grueso tomo recubierto de cuero, con letras en relieve dorado que, pese a la gruesa capa de polvo que lo cubría, refulgían como oro recién pulido: “Vitalaia, el Otro Mundo”, era una herencia familiar que yo nunca había leído… hasta ése día.
Entre esas dos tapas de piel cubiertas de polvo encontré las cosas más asombrosas que mi asidua mente de lector había contemplado jamás. Para empezar el libro en estaba escrito con una caligrafía finísima, en páginas que no parecían tener ni una hora de haber sido fabricadas.
Las primeras páginas del volumen habían sido dedicadas a describir a los dioses y criaturas que habitaban Vitalaia, con trabajados dibujos a color y reseñas tan detalladas que bastarían para hacer esos mismos dibujos. Lo más destacado que encontré allí fue una página titulada “humanos”, que estaba absolutamente vacía.
Luego del bestiario, el autor narraba la creación de Vitalaia por parte de sus dioses; una leyenda impresionante, debo admitir, pero no bastaba para satisfacerme, el Otro Mundo me tenía fascinado con su encanto.
—“Debo escribir sobre este lugar”—me dije emocionado.
Ya tenía personajes, dioses y un sitio, podía crear mi propia historia y seguro sería un éxito. No obstante, nunca fui imaginativo, así que seguí leyendo el libro.
Entonces fue cuándo encontré lo más maravilloso, en la sección mapas de Vitalaia, los márgenes de cada página tenían, escrito en letras muy pequeñas (pero caligrafía igual de fina), instrucciones muy precisas para viajar allí desde la tierra.
Lo leí todo. Cada palabra, cada mapa, cada descripción, cada cuento, cada nota… absolutamente todo.
Para cuando terminé, habían pasado ya dos semanas en las que a duras penas comía una vez por día y dormía sobre mi sillón de lectura con el libro abierto sobre mi regazo; sin embargo había una aseveración plantada en mi mente con una firmeza inquebrantable: “Iré a Vitalaia”.
[/CELL]Así acabé metido en el ático de mi casa, trasteando entre mis interminables hileras de libros, sin embargo (como era obvio) no encontré nada ahí. De manera que, ya sea por azar o porque era mi destino, fui a parar a la vieja caja de mis libros de niño. Allí lo encontré; un grueso tomo recubierto de cuero, con letras en relieve dorado que, pese a la gruesa capa de polvo que lo cubría, refulgían como oro recién pulido: “Vitalaia, el Otro Mundo”, era una herencia familiar que yo nunca había leído… hasta ése día.
Entre esas dos tapas de piel cubiertas de polvo encontré las cosas más asombrosas que mi asidua mente de lector había contemplado jamás. Para empezar el libro en estaba escrito con una caligrafía finísima, en páginas que no parecían tener ni una hora de haber sido fabricadas.
Las primeras páginas del volumen habían sido dedicadas a describir a los dioses y criaturas que habitaban Vitalaia, con trabajados dibujos a color y reseñas tan detalladas que bastarían para hacer esos mismos dibujos. Lo más destacado que encontré allí fue una página titulada “humanos”, que estaba absolutamente vacía.
Luego del bestiario, el autor narraba la creación de Vitalaia por parte de sus dioses; una leyenda impresionante, debo admitir, pero no bastaba para satisfacerme, el Otro Mundo me tenía fascinado con su encanto.
—“Debo escribir sobre este lugar”—me dije emocionado.
Ya tenía personajes, dioses y un sitio, podía crear mi propia historia y seguro sería un éxito. No obstante, nunca fui imaginativo, así que seguí leyendo el libro.
Entonces fue cuándo encontré lo más maravilloso, en la sección mapas de Vitalaia, los márgenes de cada página tenían, escrito en letras muy pequeñas (pero caligrafía igual de fina), instrucciones muy precisas para viajar allí desde la tierra.
Lo leí todo. Cada palabra, cada mapa, cada descripción, cada cuento, cada nota… absolutamente todo.
Para cuando terminé, habían pasado ya dos semanas en las que a duras penas comía una vez por día y dormía sobre mi sillón de lectura con el libro abierto sobre mi regazo; sin embargo había una aseveración plantada en mi mente con una firmeza inquebrantable: “Iré a Vitalaia”.
I
El Bosque de Awl era precioso, pero la sección en la que cierto grupo de nómadas habían establecido su campamento era aún mejor, leves resplandores provenientes de las hadas hacían que el aire nocturno pareciera lleno de luces de navidad en movimiento.
Hacía ya seis años desde que leí por primera vez el libro de mi tatarabuelo. Me tomó dos años encontrar una forma segura de viajar hasta Vitalaia en secreto, gasté mucho dinero consiguiendo información y aún más energía descifrando las instrucciones que, por haber sido escritas hacía más de un siglo estaban “un poco” desfasadas en cuanto al panorama de la Tierra; pero siempre encontraba fuerzas para seguir con sólo ver las brillantes letras del libro.
Y ahora, luego de cuatro años yendo y viniendo de Vitalaia para recopilar información; había alguien que podía contarme historias de la vieja Vitalaia. Era por eso que me encontraba ahora con un pueblo nómada en el sur del Bosque de Awl, en un campamento con tiendas hechas de madera y lona cosida.
Hogueras brillaban por todo el lugar, rodeadas de hombres mujeres y niños de todas las edades, todos con tres únicas cualidades en común: eran delicadamente delgados, de orejas alargadas y facciones muy, pero muy finas. Yo estaba sentado junto a una de las hogueras del campamento, pero esta no era cualquier hoguera. No, ésta era de fuego verde y se encontraba junto a la más grande de todas las tiendas del campamento.
Ya hacía varias horas desde que había llegado, quiénes me recibieron me pidieron esperar allí, junto a la hoguera. Un par de elfos que vestían armaduras de cuero reforzado salieron de la tienda, seguidos de un elfo anciano, con el cabello plateado y una barba que probablemente no conocía de afeitadoras; el viejo llevaba una túnica beige bajo un manto bordado con símbolos extraños en color verde oscuro que lo acreditaban como el líder.
El anciano se sentó en un tronco dispuesto al otro lado de la hoguera, frente a mí.
—Joven —comenzó pausadamente con su desgastada voz—, me han contado mis guardias algo del motivo de su visita. Pero necesito oírlo de usted.
—Pues, verá señor…
—Thodd, sólo Thodd por favor —dijo con rigidez.
—Bien, Thodd, soy un escribano.
—¿De dónde?
—Del mundo humano, La Tierra —el viejo suspiró—. Me han dicho que usted lo ha visto con sus propios ojos, pero no es por ello que vengo, sino por su fama de cuentacuentos —proseguí.
—Oh, ¿desea el joven escriba escuchar una de las historias del viejo Thodd? —una sonrisa afloró en su demacrado rostro.
—Sí Thodd, desde hace mucho que quiero escribir sobre una verdadera leyenda de Vitalaia. Pero, por alguna razón, siempre que cuento acerca de mi proceder, la gente se niega a contarme nada.
—Eso está mal… todos tenemos derecho de oír una buena historia de vez en cuando —su voz se suavizó visiblemente.
—Aparentemente, todos los Vitalaianos no piensan igual que usted —me lamenté.
—Sólo porque otros se han negado a dejarte escuchar, mi joven escriba, yo te permitiré también escribir como desees. Pero con tres condiciones.
—¿Cuáles? —no pude evitar el deje ilusionado de mi voz.
—Te la contaré por segmentos, mis nómadas también la oirán y yo le pondré un título a cada parte.
Las condiciones del viejo Thodd eran demasiado sencillas, no me importaba tener que esperar entre un segmento y otro, ni tampoco que otros pudieran oír la historia, siempre que me dejaran escribirlo todo.
—¿Cuándo comenzamos?
—Ahora mismo, joven escriba.
Thodd le hizo señas a sus guardias, quienes se dividieron; uno entró a la tienda y el otro comenzó a vociferar: “acérquense elfos pequeños, medianos y grandes, el maestro Thodd ha accedido a contar una de sus historias”.
Quince minutos después, la hoguera de Thodd había triplicado su tamaño, yo me encontraba sentado junto a él en una mesa rectangular con mis bolígrafos y un montón de hojas de papel parecidas a las de mi libro.
—Ésta historia es larga, demasiado como para contarla en unos pocos días. Es por ello que éste joven escribano se quedará con nosotros hasta que yo haya terminado de contarla —anunció refiriéndose a mí.
Se generó un profundo silencio, sólo roto cuando Thodd se aclaró la garganta y comenzó a hablar firme pero acompasadamente, posiblemente para darme tiempo de escribir lo que decía.
Esta historia se dio hace muchos, muchísimos años; antes de la invención de las naves que pueden volar, incluso antes de que la tecnología terrestre y la magia vitalaiana se unieran en este mundo, pero trata precisamente de uno de los terrestres que han sido más importantes para nuestro mundo y de la leyenda que lo convirtió en un héroe.
El capítulo de esta noche se llama: Hugo.
Incluso dentro de la embaldosada habitación de vestuarios, con su montón de casilleros metálicos distribuidos en columnas podía oírse el clamor de la multitud. Un clamor que debería contentar al ganador de la misma manera que enfurecía al perdedor. Por tercera vez consecutiva, Hugo Martínez era el campeón inter escolar de Boxeo en su categoría.
En ése momento, la puerta de madera pulida de la habitación se abrió de golpe y entró por ella un joven de tez color canela, ojos color gris oscuro y mandíbula prominente. Tenía dieciséis años, una estatura de 1,73 y una musculatura muy justificada en sus 78 kig; vestía el uniforme reglamentario del boxeo: un short azul con líneas amarillas, guantes azules y, en adición, una venda que cubría completamente su antebrazo izquierdo.
La rabia hacía que sus sienes acaneladas latieran con intensidad y cansancio mantenía su pecho agitado. Estaba molesto, muy molesto; aporreó su casillero con una fuerza tal que éste se abrió de golpe, dejando ver múltiples medallas de competiciones anteriores, pendiendo de al menos diez ganchos. El joven de piel oscura depositó sus guantes dentro del casillero con violencia y extrajo de él una toalla con la que comenzó a secarse el sudor de los negros cabellos y la prominente mandíbula sin mucha delicadeza.
La puerta de los vestuarios se abrió cuando el referee anunciaba el nuevo combate, entró por ella un hombre de al menos cuarenta años, ataviado con un esmoquin; el hombre sostenía con su mano derecha una medalla y pasaba la izquierda sobre su cabello plateado con gesto preocupado.
—¿Qué ha sido eso de allá afuera? —el individuo del esmoquin se había detenido en seco y miraba al joven fijamente.
—¿Qué ha sido? ¡¿Qué ha sido?! Ése imbécil me insulta, me pide que pelee en serio, pregunta si ésa es toda mi fuerza —el muchacho estaba alterado—. Y aun así, usted; mi maestro, me pide que no le pegue fuerte. ¡Soy boxeador, no me…!
—¡Hugo! —el potente grito del hombre retumbó en la habitación, silenciando al iracundo joven—. No me jodas tú a mí, ¿ya te preguntaste lo que pudo pasar si lo golpeabas con todas tus fuerzas? —ante el silencio del adolescente, el hombre se dio cuenta de que había dado en el clavo y bajó el tono—. Exacto, no sólo sería un K.O. en el 2do round, sino que también le habrías destrozado la cara; echando por tierra todo lo que has construido desde que saliste de las calles. Además: ¿por qué te restiraste del ring antes de recibir la medalla?
El profesor le arrojó la medalla al muchacho, quien la atrapó el en aire y la lanzó dentro del casillero.
—Maestro Sakai —el tono de Hugo se había suavizado—, a veces siento que usted me oculta cosas.
—¿Cosas como cuáles? ¿Cómo lo que llevas bajo esa venda? Porque es imposible que yo pueda ocultarte eso —apuntó al antebrazo izquierdo del muchacho.
—Ambos sabemos que no es ni una quemadura, ni una marca de nacimiento. Al igual que sabemos que ni mi fuerza ni mi velocidad de reacción se corresponden con las de alguien normal.
—Lo primero es un buen comienzo, pero lo segundo es presunción —admitió—. Considero que ha llegado el momento de que tu entrenamiento suba de nivel Hugo, espero que estés desocupado mañana.
Dicho eso, Sakai salió de la habitación, dejando al joven a solas con sus pensamientos, ahora más despejados. Una vez más, su maestro dejaba preguntas en el aire, él aborrecía que le hiciera eso; siempre que Hugo preguntaba cualquier cosa sobre su vendaje, Sakai insistía en que lo mantuviera cubierto o rehuía a su pregunta. Lo raro era que hablara de “subir de nivel” en los entrenamientos, el muchacho siempre pensó que ya hacía entrenamientos al máximo; corría quince kilómetros, hacía trescientas flexiones y golpeaba el saco todos los días, además de las prácticas de evasión con el mismísimo profesor. Ni modo, Hugo ya estaba acostumbrado a que el profesor despertara su curiosidad y luego no respondiera, eso parecía complacerle.
Media hora más tarde, Hugo se encontraba camino a casa; vestido con los jeans y la camisa beige de su uniforme escolar. Ya era de noche, las calles de la ciudad estaban desoladas, todos corrían a sus casas temprano por el tema de la inseguridad. No obstante, el muchacho prefería volver a casa por los caminos solitarios, de calles mal asfaltadas y edificios poco transitados que acostumbraba recorrer con Sara, su mejor amiga; porque a ellos eso de la inseguridad no les preocupaba mucho. Hugo había pasado cinco años viviendo en las calles, comprendía cómo se manejaba todo y no tenía miedo en absoluto.
El silencio era casi absoluto, apenas era roto por un ocasional automóvil o algún perro abandonado, ni siquiera soplaba el viento. Así que Hugo decidió que era buen momento para algo de música, introdujo su mano en el bolsillo y sacó una pequeña ocarina de barro cocido que le había regalado su padre, ahora muerto, hacía ya muchísimos años. Comenzó a tocar una melodía suave que ascendía y descendía en los acordes con delicadeza, nunca muy agudos, pero tampoco muy profundos, lento y acompasado; una canción de cuna que adoraba tocar, pues le recordaba a sus padres y le evitaba sentirse solo cuando estaba triste.
Sin embargo el compás de la música del muchacho se vio interrumpido por un grito agudísimo que le hizo frenar en seco para aguzar el oído. Hubo un golpe seco y otro grito en el que pudo distinguir claramente su nombre, pero no la voz que lo gritaba. Con el siguiente golpe Hugo arrancó a correr, mirando en todas direcciones, en busca de lo que pudiera estar pasando. Hasta que lo encontró.
Introduciéndose en uno de los sucios callejones sin salida en los que durante tanto tiempo vivió, donde las frías y desconchadas paredes llenas de moho, las ratas y la basura son la única compañía, al principio escuchó un llanto, acompañado de una especie de siseó que logró reconocer como palabras.
—Ve aprendiendo a callarte, condenada puta —pese a no sonar alterado, parecía inyectar veneno en sus palabras—. Porque bien que tu amiguito sabe hacerse el genial.
Acercándose más al fondo de la callejuela, pudo observar la escena, iluminada solo por la luz lunar: Un sujeto de complexión fuerte, vestido con una sudadera roja de capucha; de espalda a él; tironeaba del pelo a una joven semidesnuda, cuyos largos cabellos castaños, figura delgada y piel pálida, reconoció inmediatamente.
—La vas a soltar infeliz… ¡PERO YA!
La ocarina, que era invaluable a los ojos de Hugo, y que hasta ese momento llevaba en la mano, estalló bajo la fulminante presión de su puño.
—¿Ahora sí me vas a tomar en serio, Huguito?—siseó el aludido, girándose mientras soltaba a la sollozante muchacha.
Aunque Hugo estaba tan ciego de la rabia que ni se inmutó, el agresor era “un poco inusual”; su rostro se mostraba alargado, cubierto de escamas, exhibía una lengua bífida, agujeros en lugar de nariz y pupilas irisadas; en efecto, era como el de un lagarto; no obstante, donde debería haber manos, estaban un par de zarpas peludas con cinco dedos tan largos como los de los humanos.
—Con eso hemos llegado al final del segmento de hoy —concluyó Thodd.
De esa manera, recogí mis pertenencias y seguí a los guardias la tienda que se me había asignado; dejando a Thodd en medio de una marea de niños preguntones, insistiendo en que les contara más o les explicara algunas cosas que no comprendían.
Yo, por mi parte, ya sabía lo suficiente y estaba muy cansado, así que me fui a dormir.
[/CELL]Hacía ya seis años desde que leí por primera vez el libro de mi tatarabuelo. Me tomó dos años encontrar una forma segura de viajar hasta Vitalaia en secreto, gasté mucho dinero consiguiendo información y aún más energía descifrando las instrucciones que, por haber sido escritas hacía más de un siglo estaban “un poco” desfasadas en cuanto al panorama de la Tierra; pero siempre encontraba fuerzas para seguir con sólo ver las brillantes letras del libro.
Y ahora, luego de cuatro años yendo y viniendo de Vitalaia para recopilar información; había alguien que podía contarme historias de la vieja Vitalaia. Era por eso que me encontraba ahora con un pueblo nómada en el sur del Bosque de Awl, en un campamento con tiendas hechas de madera y lona cosida.
Hogueras brillaban por todo el lugar, rodeadas de hombres mujeres y niños de todas las edades, todos con tres únicas cualidades en común: eran delicadamente delgados, de orejas alargadas y facciones muy, pero muy finas. Yo estaba sentado junto a una de las hogueras del campamento, pero esta no era cualquier hoguera. No, ésta era de fuego verde y se encontraba junto a la más grande de todas las tiendas del campamento.
Ya hacía varias horas desde que había llegado, quiénes me recibieron me pidieron esperar allí, junto a la hoguera. Un par de elfos que vestían armaduras de cuero reforzado salieron de la tienda, seguidos de un elfo anciano, con el cabello plateado y una barba que probablemente no conocía de afeitadoras; el viejo llevaba una túnica beige bajo un manto bordado con símbolos extraños en color verde oscuro que lo acreditaban como el líder.
El anciano se sentó en un tronco dispuesto al otro lado de la hoguera, frente a mí.
—Joven —comenzó pausadamente con su desgastada voz—, me han contado mis guardias algo del motivo de su visita. Pero necesito oírlo de usted.
—Pues, verá señor…
—Thodd, sólo Thodd por favor —dijo con rigidez.
—Bien, Thodd, soy un escribano.
—¿De dónde?
—Del mundo humano, La Tierra —el viejo suspiró—. Me han dicho que usted lo ha visto con sus propios ojos, pero no es por ello que vengo, sino por su fama de cuentacuentos —proseguí.
—Oh, ¿desea el joven escriba escuchar una de las historias del viejo Thodd? —una sonrisa afloró en su demacrado rostro.
—Sí Thodd, desde hace mucho que quiero escribir sobre una verdadera leyenda de Vitalaia. Pero, por alguna razón, siempre que cuento acerca de mi proceder, la gente se niega a contarme nada.
—Eso está mal… todos tenemos derecho de oír una buena historia de vez en cuando —su voz se suavizó visiblemente.
—Aparentemente, todos los Vitalaianos no piensan igual que usted —me lamenté.
—Sólo porque otros se han negado a dejarte escuchar, mi joven escriba, yo te permitiré también escribir como desees. Pero con tres condiciones.
—¿Cuáles? —no pude evitar el deje ilusionado de mi voz.
—Te la contaré por segmentos, mis nómadas también la oirán y yo le pondré un título a cada parte.
Las condiciones del viejo Thodd eran demasiado sencillas, no me importaba tener que esperar entre un segmento y otro, ni tampoco que otros pudieran oír la historia, siempre que me dejaran escribirlo todo.
—¿Cuándo comenzamos?
—Ahora mismo, joven escriba.
Thodd le hizo señas a sus guardias, quienes se dividieron; uno entró a la tienda y el otro comenzó a vociferar: “acérquense elfos pequeños, medianos y grandes, el maestro Thodd ha accedido a contar una de sus historias”.
Quince minutos después, la hoguera de Thodd había triplicado su tamaño, yo me encontraba sentado junto a él en una mesa rectangular con mis bolígrafos y un montón de hojas de papel parecidas a las de mi libro.
—Ésta historia es larga, demasiado como para contarla en unos pocos días. Es por ello que éste joven escribano se quedará con nosotros hasta que yo haya terminado de contarla —anunció refiriéndose a mí.
Se generó un profundo silencio, sólo roto cuando Thodd se aclaró la garganta y comenzó a hablar firme pero acompasadamente, posiblemente para darme tiempo de escribir lo que decía.
Esta historia se dio hace muchos, muchísimos años; antes de la invención de las naves que pueden volar, incluso antes de que la tecnología terrestre y la magia vitalaiana se unieran en este mundo, pero trata precisamente de uno de los terrestres que han sido más importantes para nuestro mundo y de la leyenda que lo convirtió en un héroe.
El capítulo de esta noche se llama: Hugo.
Incluso dentro de la embaldosada habitación de vestuarios, con su montón de casilleros metálicos distribuidos en columnas podía oírse el clamor de la multitud. Un clamor que debería contentar al ganador de la misma manera que enfurecía al perdedor. Por tercera vez consecutiva, Hugo Martínez era el campeón inter escolar de Boxeo en su categoría.
En ése momento, la puerta de madera pulida de la habitación se abrió de golpe y entró por ella un joven de tez color canela, ojos color gris oscuro y mandíbula prominente. Tenía dieciséis años, una estatura de 1,73 y una musculatura muy justificada en sus 78 kig; vestía el uniforme reglamentario del boxeo: un short azul con líneas amarillas, guantes azules y, en adición, una venda que cubría completamente su antebrazo izquierdo.
La rabia hacía que sus sienes acaneladas latieran con intensidad y cansancio mantenía su pecho agitado. Estaba molesto, muy molesto; aporreó su casillero con una fuerza tal que éste se abrió de golpe, dejando ver múltiples medallas de competiciones anteriores, pendiendo de al menos diez ganchos. El joven de piel oscura depositó sus guantes dentro del casillero con violencia y extrajo de él una toalla con la que comenzó a secarse el sudor de los negros cabellos y la prominente mandíbula sin mucha delicadeza.
La puerta de los vestuarios se abrió cuando el referee anunciaba el nuevo combate, entró por ella un hombre de al menos cuarenta años, ataviado con un esmoquin; el hombre sostenía con su mano derecha una medalla y pasaba la izquierda sobre su cabello plateado con gesto preocupado.
—¿Qué ha sido eso de allá afuera? —el individuo del esmoquin se había detenido en seco y miraba al joven fijamente.
—¿Qué ha sido? ¡¿Qué ha sido?! Ése imbécil me insulta, me pide que pelee en serio, pregunta si ésa es toda mi fuerza —el muchacho estaba alterado—. Y aun así, usted; mi maestro, me pide que no le pegue fuerte. ¡Soy boxeador, no me…!
—¡Hugo! —el potente grito del hombre retumbó en la habitación, silenciando al iracundo joven—. No me jodas tú a mí, ¿ya te preguntaste lo que pudo pasar si lo golpeabas con todas tus fuerzas? —ante el silencio del adolescente, el hombre se dio cuenta de que había dado en el clavo y bajó el tono—. Exacto, no sólo sería un K.O. en el 2do round, sino que también le habrías destrozado la cara; echando por tierra todo lo que has construido desde que saliste de las calles. Además: ¿por qué te restiraste del ring antes de recibir la medalla?
El profesor le arrojó la medalla al muchacho, quien la atrapó el en aire y la lanzó dentro del casillero.
—Maestro Sakai —el tono de Hugo se había suavizado—, a veces siento que usted me oculta cosas.
—¿Cosas como cuáles? ¿Cómo lo que llevas bajo esa venda? Porque es imposible que yo pueda ocultarte eso —apuntó al antebrazo izquierdo del muchacho.
—Ambos sabemos que no es ni una quemadura, ni una marca de nacimiento. Al igual que sabemos que ni mi fuerza ni mi velocidad de reacción se corresponden con las de alguien normal.
—Lo primero es un buen comienzo, pero lo segundo es presunción —admitió—. Considero que ha llegado el momento de que tu entrenamiento suba de nivel Hugo, espero que estés desocupado mañana.
Dicho eso, Sakai salió de la habitación, dejando al joven a solas con sus pensamientos, ahora más despejados. Una vez más, su maestro dejaba preguntas en el aire, él aborrecía que le hiciera eso; siempre que Hugo preguntaba cualquier cosa sobre su vendaje, Sakai insistía en que lo mantuviera cubierto o rehuía a su pregunta. Lo raro era que hablara de “subir de nivel” en los entrenamientos, el muchacho siempre pensó que ya hacía entrenamientos al máximo; corría quince kilómetros, hacía trescientas flexiones y golpeaba el saco todos los días, además de las prácticas de evasión con el mismísimo profesor. Ni modo, Hugo ya estaba acostumbrado a que el profesor despertara su curiosidad y luego no respondiera, eso parecía complacerle.
Media hora más tarde, Hugo se encontraba camino a casa; vestido con los jeans y la camisa beige de su uniforme escolar. Ya era de noche, las calles de la ciudad estaban desoladas, todos corrían a sus casas temprano por el tema de la inseguridad. No obstante, el muchacho prefería volver a casa por los caminos solitarios, de calles mal asfaltadas y edificios poco transitados que acostumbraba recorrer con Sara, su mejor amiga; porque a ellos eso de la inseguridad no les preocupaba mucho. Hugo había pasado cinco años viviendo en las calles, comprendía cómo se manejaba todo y no tenía miedo en absoluto.
El silencio era casi absoluto, apenas era roto por un ocasional automóvil o algún perro abandonado, ni siquiera soplaba el viento. Así que Hugo decidió que era buen momento para algo de música, introdujo su mano en el bolsillo y sacó una pequeña ocarina de barro cocido que le había regalado su padre, ahora muerto, hacía ya muchísimos años. Comenzó a tocar una melodía suave que ascendía y descendía en los acordes con delicadeza, nunca muy agudos, pero tampoco muy profundos, lento y acompasado; una canción de cuna que adoraba tocar, pues le recordaba a sus padres y le evitaba sentirse solo cuando estaba triste.
Sin embargo el compás de la música del muchacho se vio interrumpido por un grito agudísimo que le hizo frenar en seco para aguzar el oído. Hubo un golpe seco y otro grito en el que pudo distinguir claramente su nombre, pero no la voz que lo gritaba. Con el siguiente golpe Hugo arrancó a correr, mirando en todas direcciones, en busca de lo que pudiera estar pasando. Hasta que lo encontró.
Introduciéndose en uno de los sucios callejones sin salida en los que durante tanto tiempo vivió, donde las frías y desconchadas paredes llenas de moho, las ratas y la basura son la única compañía, al principio escuchó un llanto, acompañado de una especie de siseó que logró reconocer como palabras.
—Ve aprendiendo a callarte, condenada puta —pese a no sonar alterado, parecía inyectar veneno en sus palabras—. Porque bien que tu amiguito sabe hacerse el genial.
Acercándose más al fondo de la callejuela, pudo observar la escena, iluminada solo por la luz lunar: Un sujeto de complexión fuerte, vestido con una sudadera roja de capucha; de espalda a él; tironeaba del pelo a una joven semidesnuda, cuyos largos cabellos castaños, figura delgada y piel pálida, reconoció inmediatamente.
—La vas a soltar infeliz… ¡PERO YA!
La ocarina, que era invaluable a los ojos de Hugo, y que hasta ese momento llevaba en la mano, estalló bajo la fulminante presión de su puño.
—¿Ahora sí me vas a tomar en serio, Huguito?—siseó el aludido, girándose mientras soltaba a la sollozante muchacha.
Aunque Hugo estaba tan ciego de la rabia que ni se inmutó, el agresor era “un poco inusual”; su rostro se mostraba alargado, cubierto de escamas, exhibía una lengua bífida, agujeros en lugar de nariz y pupilas irisadas; en efecto, era como el de un lagarto; no obstante, donde debería haber manos, estaban un par de zarpas peludas con cinco dedos tan largos como los de los humanos.
—Con eso hemos llegado al final del segmento de hoy —concluyó Thodd.
De esa manera, recogí mis pertenencias y seguí a los guardias la tienda que se me había asignado; dejando a Thodd en medio de una marea de niños preguntones, insistiendo en que les contara más o les explicara algunas cosas que no comprendían.
Yo, por mi parte, ya sabía lo suficiente y estaba muy cansado, así que me fui a dormir.
Espero que les guste, recuerden criticar y comentar.
¡Hasta otra!
La venganza no sólo es dulce,
también es un plato que se sirve frío,
así que seguramente es un helado.
Pero el helado engorda, no seas vengativo...
A menos que quieras ser obeso :P
también es un plato que se sirve frío,
así que seguramente es un helado.
Pero el helado engorda, no seas vengativo...
A menos que quieras ser obeso :P




Sólo tengo buenos recuerdos de ustedes y de este agradable lugar también.



