Jack's Shooters

Historias escritas por mí, Jack y el goofy Slowbro.

Spoiler
Sus manos acariciaban sus piernas cuando eran libres, con nerviosismo tiritaban al tacto y se revolvían entre sus piernas mientras Daniel con esfuerzo intentaba concentrar su mente en algo específico.
“Piensa algo que te relaje, no estás solo.”
Su mente repetía lo que su psiquiátra le decía después de cada sesión. Cuando intentába obedecerle su mente sólo se revolvía en lo único que veía todo el día, ese blanco perfecto atentando contra su mente. Aquella sensación de encierro propia de las clínicas lo ponía histérico y le generaban ataques de pánicos que tan sólo terminaban en gritos ahogados bajo murallas tapizadas en un material demasiado grueso, aveces pensaba en que quería tocarlo y lo intentaba, pero sus manos estaban exclavisadas bajo aquél chaleco de fuerza. Deseaba aveces poder sentir la textura de algunas cosas y disfrutarla acariciandola lentamente.
Incluso eso le deprimía haciendolo sentir vacío, como un tren sin dirección. Los rieles que conectaban su mente con el razonamiento interno habían desaparecido. Lo peor para él era estar mal pero no sentirlo, las pastillas antidepresivas no hacían más que dejarlo en un estado el cuál perdía su parte más importante de humanidad -y en un intento casi obligado, se sentía vacío.
Su mente era demasiado confusa para él mismo y creía que estaba perdido, habían voces en ellas de sus recuerdos diciéndole qué hacer, dónder ir y cómo sentirse. Por más que él quería que se silenciaran no lo hacían, al menos las pastillas lo hacían dormir de tal manera que las pesadillas no lo atormentaban. Solía recorrer la habitación blanca por hacer algo durante el día, de su vida anterior -o lo que podía recordar de ella- imaginaba algunas historias fantásticas que repetía una y otra vez para callar a las voces, se trataban sobre soldados de espionaje que iban a las superpotencias para investigar sobre mutación, experimentos sintéticos y clonaciones. Habían veces que los ecos aumentaban el tono y el tenía que gritar a todo pulmón que se callaran.
En realidad eran las únicas dos cosas que podía hacer: gritar y caminar. Además de ver a Javiera, su psiquiátra.
Era un tema complicado en sí, se encontraba libre para comer e ir al baño cuando lo pedía, el se había acostumbrado a aquello como cuando una mascota se acostumbra a dar paseos. Pero antes de eso le inyectaban algo que extrañamente reducía sus energías de manera considerable y su cuerpo se había acostumbrado a demorar siempre lo mismo en su digestión, las enfermeras sabían a qué hora debían ir a revisarlo.
Extrañaba la libertad, apenas estaba seis meses así pero se sentía vacío e inconcluso. Su mejor parte había desaparecido y tan sólo se encontraba él: sin nada ni nadie.
Por eso su mente había desarrollado con dificultad un plan, que por supuesto no se llevaría a concreto y no era más que una vaga idea de lo que esperaba llamar libertad -sin importar que desconocía por completo su significado.
El día que recuperó repentinamente su memoria fue el mismo que eligió para el escape.
La enfermera entró con tranquilidad e ignoraba totalmente el hecho de que Daniel la mirara fijamente y la analizara con detalle.
Su mente reaccionó tan rápido y con impulsos que con dificultad pudo manejar, cuando la jóven se acercó a el sus piernas se giraron y rompieron la inyección, cuando la enfermera iba a correr el se adelantó y la dejó encerrada en la habitación blanquecina. Buscó algo con filo e intentó romper su chaleco de fuerza pero no pudo, hasta encontrar una ventana que miraba hacia una pieza abandonada, en el marco de acero se había producido una astilla con filo el cual pudo cortar y rajar el chaleco. La fuerza había aumentado su adrenalina. Podía sentir la sangre fluir y quemar cada lugar de su cuerpo, escuchaba con claridad los gritos desesperados de la enfermera pidiendo ayuda.
Su mente realizó rápidos flash-back de cada habitación del lugar.
Supo que la salida debía estar arriba, subiendo una escalera cerca de la sala de almuerzos. Lo más extraño era la falta de personal del lugar pero no se detuvo a pensar en aquello.
No demoró más de un minuto en realizar eso y buscar entre el laberinto de pasillos una escalera que se dirijía hacia el cielo del lugar.
La subió tan rápido como pudo y al llegar lo más alto vio que tenía que girar una perilla similar a la de los submarino.
Jadeando y nervioso logró salir del lugar. Se detuvo cuando paró en tierra sólida.
Miró alrededor y no comprendió. Siguió dando vueltas y la angustia se apoderó de él, su corazón se había contraído y le dolía mientras sus manos temblorosas se congelaban poco a poco, sus labios se teñían de morado y sus orejas formaban una tonalidad roja. A pesar de la claridad que ahora su mente le daba, se sintió vacío.
Más vacío aun que cuando estaba encerrado en la habitación blanca, sin libertad.
Más vacío aun que cuando no recordaba nada de él mismo ni de su pasado.
Por eso lloró, su lágrima antes de llegar al suelo se había transformado en hielo y mimetizado con la placa gigante de antártica que tenía ante sus pies. Cuando reaccionó, el frío caló sus huesos y el calor lo había abandonado por completo.
Se dio la vuelta y estaba allí Javiera.
-¿Dónde está mi hija?
-Lo siento -susurró aunque por el frío Daniel lo escuchó perfecto.
-¿Por qué me trajieron aquí sabiendo lo importante que era todo ésto?
Esperó una respuesta pero no lo consiguió.
-Haz perdido la razón, eres demasiado importante para nosotros y matarte de alguna manera no nos aseguraría del todo que antes de la amnesia no le hubieras contado la información a nadie. Con lo que dijiste veo que fuiste leal a nosotros.
-Siempre lo he sido -sentenció.
-Ahora puedes irte tranquilo, papá -Javiera apuntó la pistola directo a la cabeza de Daniel y gatilló la explosión de pólvora que disparó la bala obediente a las órdenes de la psiquiátra a la cabeza de su paciente. Atravezó su cráneo, cerebro y luego buscando escapatorea terminó en el suelo del ártico. Ella volvió a bajar por las escaleras con aspecto cansado y frío.
Eran las únicas imágenes que la mente de Daniel le mostraban, mientras sus manos acariciaban sus piernas cuando eran libres, con nerviosismo tiritaban al tacto y se revolvían entre sus piernas mientras él, con esfuerzo intentaba concentrar su mente en algo específico.
“Piensa algo que te relaje, no estás solo.”
Su mente repetía lo que su psiquiátra le decía después de cada sesión. Cuando intentába obedecerle su mente sólo se revolvía en lo único que veía todo el día, ese blanco perfecto atentando contra su mente. Aquella sensación de encierro propia de las clínicas lo ponía histérico y le generaban ataques de pánicos que tan sólo terminaban en gritos ahogados bajo murallas tapizadas en un material demasiado grueso, aveces pensaba en que quería tocarlo y lo intentaba, pero sus manos estaban exclavisadas bajo aquél chaleco de fuerza. Deseaba aveces poder sentir la textura de algunas cosas y disfrutarla acariciandola lentamente.
Incluso eso le deprimía haciendolo sentir vacío, como un tren sin dirección. Los rieles que conectaban su mente con el razonamiento interno habían desaparecido. Lo peor para él era estar mal pero no sentirlo, las pastillas antidepresivas no hacían más que dejarlo en un estado el cuál perdía su parte más importante de humanidad -y en un intento casi obligado, se sentía vacío.
Su mente era demasiado confusa para él mismo y creía que estaba perdido, habían voces en ellas de sus recuerdos diciéndole qué hacer, dónder ir y cómo sentirse. Por más que él quería que se silenciaran no lo hacían, al menos las pastillas lo hacían dormir de tal manera que las pesadillas no lo atormentaban. Solía recorrer la habitación blanca por hacer algo durante el día, de su vida anterior -o lo que podía recordar de ella- imaginaba algunas historias fantásticas que repetía una y otra vez para callar a las voces, se trataban sobre soldados de espionaje que iban a las superpotencias para investigar sobre mutación, experimentos sintéticos y clonaciones. Habían veces que los ecos aumentaban el tono y el tenía que gritar a todo pulmón que se callaran.
En realidad eran las únicas dos cosas que podía hacer: gritar y caminar. Además de ver a Javiera, su psiquiátra.
Era un tema complicado en sí, se encontraba libre para comer e ir al baño cuando lo pedía, el se había acostumbrado a aquello como cuando una mascota se acostumbra a dar paseos. Pero antes de eso le inyectaban algo que extrañamente reducía sus energías de manera considerable y su cuerpo se había acostumbrado a demorar siempre lo mismo en su digestión, las enfermeras sabían a qué hora debían ir a revisarlo.
Extrañaba la libertad, apenas estaba seis meses así pero se sentía vacío e inconcluso. Su mejor parte había desaparecido y tan sólo se encontraba él: sin nada ni nadie.
Por eso su mente había desarrollado con dificultad un plan, que por supuesto no se llevaría a concreto y no era más que una vaga idea de lo que esperaba llamar libertad -sin importar que desconocía por completo su significado.
El día que recuperó repentinamente su memoria fue el mismo que eligió para el escape.
La enfermera entró con tranquilidad e ignoraba totalmente el hecho de que Daniel la mirara fijamente y la analizara con detalle.
Su mente reaccionó tan rápido y con impulsos que con dificultad pudo manejar, cuando la jóven se acercó a el sus piernas se giraron y rompieron la inyección, cuando la enfermera iba a correr el se adelantó y la dejó encerrada en la habitación blanquecina. Buscó algo con filo e intentó romper su chaleco de fuerza pero no pudo, hasta encontrar una ventana que miraba hacia una pieza abandonada, en el marco de acero se había producido una astilla con filo el cual pudo cortar y rajar el chaleco. La fuerza había aumentado su adrenalina. Podía sentir la sangre fluir y quemar cada lugar de su cuerpo, escuchaba con claridad los gritos desesperados de la enfermera pidiendo ayuda.
Su mente realizó rápidos flash-back de cada habitación del lugar.
Supo que la salida debía estar arriba, subiendo una escalera cerca de la sala de almuerzos. Lo más extraño era la falta de personal del lugar pero no se detuvo a pensar en aquello.
No demoró más de un minuto en realizar eso y buscar entre el laberinto de pasillos una escalera que se dirijía hacia el cielo del lugar.
La subió tan rápido como pudo y al llegar lo más alto vio que tenía que girar una perilla similar a la de los submarino.
Jadeando y nervioso logró salir del lugar. Se detuvo cuando paró en tierra sólida.
Miró alrededor y no comprendió. Siguió dando vueltas y la angustia se apoderó de él, su corazón se había contraído y le dolía mientras sus manos temblorosas se congelaban poco a poco, sus labios se teñían de morado y sus orejas formaban una tonalidad roja. A pesar de la claridad que ahora su mente le daba, se sintió vacío.
Más vacío aun que cuando estaba encerrado en la habitación blanca, sin libertad.
Más vacío aun que cuando no recordaba nada de él mismo ni de su pasado.
Por eso lloró, su lágrima antes de llegar al suelo se había transformado en hielo y mimetizado con la placa gigante de antártica que tenía ante sus pies. Cuando reaccionó, el frío caló sus huesos y el calor lo había abandonado por completo.
Se dio la vuelta y estaba allí Javiera.
-¿Dónde está mi hija?
-Lo siento -susurró aunque por el frío Daniel lo escuchó perfecto.
-¿Por qué me trajieron aquí sabiendo lo importante que era todo ésto?
Esperó una respuesta pero no lo consiguió.
-Haz perdido la razón, eres demasiado importante para nosotros y matarte de alguna manera no nos aseguraría del todo que antes de la amnesia no le hubieras contado la información a nadie. Con lo que dijiste veo que fuiste leal a nosotros.
-Siempre lo he sido -sentenció.
-Ahora puedes irte tranquilo, papá -Javiera apuntó la pistola directo a la cabeza de Daniel y gatilló la explosión de pólvora que disparó la bala obediente a las órdenes de la psiquiátra a la cabeza de su paciente. Atravezó su cráneo, cerebro y luego buscando escapatorea terminó en el suelo del ártico. Ella volvió a bajar por las escaleras con aspecto cansado y frío.
Eran las únicas imágenes que la mente de Daniel le mostraban, mientras sus manos acariciaban sus piernas cuando eran libres, con nerviosismo tiritaban al tacto y se revolvían entre sus piernas mientras él, con esfuerzo intentaba concentrar su mente en algo específico.
Spoiler
Ich gehe, weil ich bin langweilen von alles hier, Jian du bist ein Scheißer Ich danke allen, die mich all die Jahre unterstützt, Ich danke Samuz, Charro, für lehrt mich wettbewerbsfähige Schlachten. Ich danke auch Novelista für das helfen ich mit meinen Geschichten.
Von dass Flask ging, das Forum ist ein großes scheiße und Müll. Jetzt es gibt es drei Dummköpfen Moderatoren wenn meine Zeiten warne mehr als 8 und in Hackrom auch, und das war nutzlos
Ich gehe wie Demian, White sie sind groß hier. Jedenfalls ich nicht zurückkommen ich hoffe, dass alle hier erinnern mich als Slowbro
Jian du bist ein Stück Scheiße[/SPOILER]




Sólo tengo buenos recuerdos de ustedes y de este agradable lugar también.




















