Hamistagan
Bueno gente, aquí les presento mi nuevo fic. Es algo un tanto distinto a lo que supe postear en su momento. No tiene mucho sentido extenderme aquí, así que paso directamente a la evaluación amablemente realizada por Akane.
Tema y Trama del Fic: 14/15
El tema me ha gustado mucho, es original y además lo has tomado muy bien. Desarrollas los acontecimientos perfectamente dentro del marco de tiempo, describiendo las acciones sucedidas una detrás de otra con claridad. Lo único que he visto es que debes intentar no perder el hilo de la trama al hacer flasbacks, en esto usar un determinado tiempo verbal u otro puede influir mucho.
La Gramática, Ortografía y Estructura de la Escritura: 11/15
No tengo mucho de lo que quejarme en este punto, la verdad. Cuidado con los fallos de tipeo al escribir porque pueden transformar una palabra por completo. He visto algunas comas de más en ciertos lugares que podrías sustituir por puntos suspensivos para dar una mayor claridad al escrito. Eventualmente en las oraciones largas acabas perdiendo la esencia de lo que estás contando deformando la oración, cosa que rápidamente recuperas después… pero esto hace que en ocasiones algunos fragmentos se vuelvan pesados
El Desarrollo del Fic (la forma de expresar del autor): 17/20
Tus descripciones son magníficas, además de ello tienes una facilidad pasmosa para inventar palabras… ojo: esto puede ser bueno y malo a partes iguales. Coges un lexema, le añades ciertas desinencias y ¡voilá! Ya tenemos nuevo vocablo. Normalmente dichas palabras son transparentes, es decir, se puede adivinar su significado con facilidad, pero en otras ocasiones esto no es así y el significado que tú has querido darle no se corresponde con el que el lector recibe… además de que a la vista resultan extrañas. Por ello es mejor que utilices palabras aceptadas por la RAE, con un significado predeterminado al que cualquiera puede acceder fácilmente.
Total: 42/50 (Con un mínimo de 30)
Conclusión: Fiction cualificado para la su Publicación.
Comentarios: Las faltas de acentuación que he visto han sido en su totalidad en relación con el tema de pronombres y determinantes… la RAE desde hace poco admite que se coloquen sin tildes (eso quiere decir que lo normal sería seguir poniéndolas) pero para mí siempre se va a ver y entender mejor con su respectivo acento aunque no se considere fallo, colocarlos o no ya es tu elección.
Me gusta el modo en el que vas dando pedacitos pequeños de la historia y enlazándolos poco a poco, al igual que no nos hayas dado la descripción del protagonista de golpe puesto que de este modo das más tiempo a que la imaginación del lector eche a volar.
Otro punto que quería comentarte es el uso de palabras de determinados lugares o dialectos del castellano. Has utilizado palabras típicas de ciertos países, por lo que me he visto obligada en ocasiones a usar el diccionario. Con esto quiero mostrarte que no todo el mundo entiende ciertas palabras u expresiones puesto que probablemente quienes lo lean no vivan en el mismo lugar que tu y las desconozcan. Lo adecuado sería que utilizases expresiones del “castellano neutro” para que todos lo entiendan… o si quieres utilizar esa palabra en concreto por cualquier motivo siempre puedes poner un asterisco y hacer la respectiva aclaración al terminar el capítulo.
Tienes un gran potencial que se puede percibir a leguas de distancia ¡Así que continúa con el proyecto y sorpréndenos a todos!
CAPÍTULO I
Dieron las cuatro en el reloj y Ricardo Lux llegó a la conclusión de que se odiaba a sí mismo.
Removiendo sin cuidado las lagañas de sus ojos marrones era capaz de ver un aburrido cielo raso blanco sostenido por cuatro paredes cubiertas con papel tapiz celeste salpicado con motas amarillas en un intento de darle un aspecto festivo, pero que en realidad no transmitía nada salvo el inconfundible aroma a cigarrillo impregnado allí por tantos transeúntes adictos al tabaco.
Giró un poco y se sentó en la cama a la que admitía como confortable. Suspiró, se desperezó y volvió a suspirar. Miró el reloj montado en el muro y sin saber si el cuatro de la pequeña avisaba sobre la madrugada o la tarde se puso de pie en una fría alfombra que era continuación del tapiz en aspecto y fealdad.
Pues si alguien preguntara por una habitación de hotel promedio, no habría mejor ejemplo que aquella. No era una pocilga, pero tampoco la gran cosa. ¿Podía este miserable cristiano pagar una mejor? Sí. ¿Lo deseaba? He ahí la cuestión.
Dio los pocos pasos que lo separan de la mesa vidriada donde había depositado su equipaje de mano, comenzó a revolver los pequeños estuches dentro de este hasta dar con una tableta de aspirinas. Tomó dos, sin saber que desde hace años era inmune a su efecto.
Entró al baño asqueado, no porque fuera malo el lugar, sino por el simple hecho de que cualquier baño ajeno le causaba repulsión. Hizo lo que tenía que hacer y volvió a posarse en la cama.
Le dolía todo. La espalda por falta de descanso, el pecho por el cambio de clima y los pies por sumatoria de mal calzado y exceso de tiempo andando. La jaqueca solo era consecuencia de todo lo anterior.
Pero todos estos habitúes poco le importaban, pues tenía esa maldita acidez otra vez. “Eres un estúpido” repetía por dentro mientras frotaba su barriga, pues sabía que eso era producto pura y exclusivamente del alcohol. No necesitaba cantidades exorbitantes ni las bebidas fuertes populares por aquellos lugares, con unas copas ya era suficiente. Desde los quince años tenía noción de ese ardor infernal que quita el aire e inhibe los músculos, y jamás su fuerza de voluntad superó el deseo de beber sabiendo que eso representaba pasar un día en cama partiéndose de dolor.
Pensó en ducharse y la idea se esfumó tan rápido como vino. Sin más abrió el práctico armario de la habitación 145 donde guardaba las pocas prendas que trajo consigo. Tomó una aburrida camisa gris a rayas que hace ocho kilos atrás solía sentarle muy bien. Se calzó la ropa interior sin siquiera verla y por encima uno de los tres jeans que poseía, a criterio suyo, todos iguales.
Ni se molestó en buscar uno de sus relojes o medallas que lucir, hacía tiempo que ostentar le aburría. Eligió unos zapatos algo gastados pero que apreciaba profundamente. Jamás se acostumbró a usar zapatillas ni ningún calzado que él llamara “moderno”, vestigio de aquella adicción a la que este individuo se refería como trabajo.
En el bolsillo trasero del pantalón dispuso todo su dinero. Era un fajo importante pero no hacía demasiado bulto, de los diez mil dólares que el gobierno permite a una persona ingresar a Uruguay, aún conservaba la mayor parte. Sólo había abonado su estadía por toda la semana y gastado casi nada en comida y cigarrillos. Volvió a desesperarse y se limpió la nariz con la cortina de la ventana que daba a la piscina. “Pagué por ellas, tengo derecho a hacer lo que quiera” era su filosofía al respecto.
Caminó hasta la puerta de un chillón color pastel y dio dos pasos por el pasillo. Se detuvo y retrocedió dirigiéndose nuevamente hacia su bolso de mano. Tomó su teléfono móvil, un novedoso aparato con mil funciones y sin ninguna que realmente sirviera para algo. Riéndose lo arrojó con violencia contra la réplica barata de un Dalí puesto en la pared.
Sacudiendo las manos en forma simbólica dejó la habitación sin molestarse por poner llave a la puerta. A carcajada limpia como no volvería a hacerlo por largo tiempo atravesó el circense corredor donde sin importar cuánto desodorante lanzaran, el hedor a whisky derramado en la alfombra era inconfundible.
Había decidido enfrentar el dolor por primera vez en su vida. Le costaba estar de pie y sabía que tarde o temprano una cesión de vómito sería inevitable, aún así por motivos que ni él comprendía se negaba a permanecer en reposo. Era común que se sintiera extraño por allí, “es la magia del Hamistagan” solía decirle a quien le preguntase en tiempos donde el Sol brillaba para él.
Accedió al viejo ascensor del ala este del edificio, una auténtica reliquia de paredes de algarrobo engalanadas con molduras rupestres y espejos como ya no se los ve hoy en día.
Ya saciado de risa cerró la puerta manual y mientras el mecanismo descendía clavó la mirada en el cristal y enderezó el cuello de la camisa por pura costumbre. Se humedecía los labios y pasaba las manos por el poco cabello negro que aún tenía, continuó con su barba de dos días y sus manos acabaron el tour en los bolsillos.
Con un brusco movimiento el ascensor se clavó en el suelo. Salió al gigantesco salón que tenía por delante y enseguida sintió el cambio de ambiente.
Los enormes candelabros e imponentes letreros de neón intenso le nublaban la vista. Aquel pasillo alfombrado podía llevarlo a donde quisiera. Hacia su izquierda podía apreciar el bar con su pequeño techo e infinidad de vasos y botellas de utilería. Junto a este un océano de mesas formaban un semicírculo alrededor de una modesta pasarela donde los artistas hacen sus presentaciones. A esas horas de la tarde siempre estaba poco poblada, Ricardo, hábil para juzgar personas, reconoció con solo menear la cabeza a un puñado de claros turistas internacionales, un “pez gordo” que tomaba la mano de una chica veinte años menor que seguramente acabaría la semana con un diamante nuevo y su dignidad hecha añicos, y a “Los Miserables…”
“Los Miserables”, los hay de todos las clases y edades, de cada color y cada credo, son cuenta corriente y pilares del folklore de aquel lugar. Aquellos palurdos que no comprenden que no se puede vencer al porcentaje y no controlan su ansia de juego. Por lo general no son mala gente, personas trabajadoras carentes de maldad pero débiles, prácticos e idealistas, virtudes que no les permiten comprender la triste realidad… la casa siempre gana.
Y ahí los veía, cabizbajos, ebrios, autodestructivos. Llegaron con grandes expectativas y buenas sumas de dinero, y se van sin una ni otra. En su juventud Ricardo les tenía pena, más de una vez invitó una cerveza a uno o regaló una ficha azul para que intentaran inútilmente recuperar sus pérdidas. Con los años y la sumatoria de varias visitas a esa Meca del despilfarro llegó a verlos como seres detestables. Se asqueaba de verlos allí jugándose aquello por lo que tanto han trabajado y luego llorando por haberlo perdido todo. Con un par de copas encima llegaba a desear seriamente que el edificio se derrumbase y enterrase a “Los Miserables” de forma literal, así ellos dejarían de hacerlo simbólicamente.
Por la dirección en que el Astro Rey asoma se alzaban las mesas, colocadas de forma laberíntica y llenas de gente a toda hora cual versión pecaminosa del Gran Bazar de Estambul. Blackjack y póker predominaban en el centro, los juegos menos populares se alojaban en la periferia. Entre las risas de los turistas y los quejidos de los jugadores profesionales se paraban los crupieres, astutos y con doble cara, a la caza de jugadores novatos a los que desplumar.
De forma paralela se alzaba el sector más abarrotado, las ruletas. Allí cuadrados y rojos dados de puntos blancos corrían como brillantes peces voladores sobre las ballenescas mesas. Más allá del alcance visual de Ricardo en otra sala de dimensiones semejantes la popularmente conocida como “sección de las maquinitas” se tragaba las fichas de cientos de usuarios y una vez cada tanto le devolvía una pequeña parte a un afortunado para hacer parecer que el sistema sí funciona y rellenar las ilusiones de los jugadores. De ese mundo aparte, nada le importaba a Ricardo que rara vez ponía un pie allí.
Como hipnotizado, contemplaba a los jugadores de la tarde desplazándose en intricadas y coreográficas figuras de mesa en mesa. El escenario seguía llenándose con nuevos actores: Entraban de la piscina al aire libre, del spa, la pista de baile, la cancha de tenis, el mini campo de golf y de las miles de habitaciones del hotel de donde descendían hartos de jugar al amor ya sea gratis o pagado.
Y he ahí la esencia del Hamistagan, templo del juego y utopía de la diversión para adultos, hogar de un billón de historias y de una infinidad que aún no han ocurrido. Un sitio donde nada es lo que parece ni todo lo que brilla es oro, tierra con sus propias reglas, donde el tiempo pasa a otro ritmo. Si se es la clase indicada de persona, sabrán juzgarlo como un lugar donde no se sabe si se está más distanciado de la vida que de la muerte.
Pero si no se es más que un turista que busca liberar tensiones quemando billetes, sacarse fotos en la piscina y probar los exóticos tragos de nombres centroamericanos e ingredientes producidos en masa a unos kilómetros de allí, el Hamistagan no es más ni menos que el hotel-casino más importante de Sudamérica. Son pocos, y ya mencionados quienes, los que podrían negar que se trata de un auténtico Edén vacacional. En sus casi tres mil habitaciones diariamente se alojan personas de todos los calibres, desde humildes trabajadores locales hasta los señores de las grandes corporaciones asiáticas que encontraron allí un paraíso fiscal ideal para los negocios que menos los enorgullecen.
Día tras día circulan por sus magnas salas de juego un sinfín de individuos que intentan ganarse la vida o pasar un buen rato. A los ya mencionados se suma un ejército de empleados: bármanes, crupieres, músicos y meseros quienes realmente no la pasan nada mal. Por otro lado están los “trabajadores independientes” como “ellas”, a quien todos reconocen a simple vista por su facha, a la espera de que algún infeliz la invitara a su cuarto a tener relaciones por unas cuantas fichas... o “las sanguijuelas” como Lux los llamaba, tipos de carisma y maestros en el arte del convencimiento. Llegan de noche y se sientan en las mesas de los ebrios adinerados, los invitan a una copita y se ganan su amistad en un santiamén. Pasan el resto de la velada hablándoles de negocios inmobiliarios, inversiones en sociedad y de aquel préstamo que hace tiempo buscan para un proyecto donde involucrarían a sus víctimas.
Los únicos con verdaderos motivos para quejarse al llegar a casa eran los del cuerpo de seguridad. Hombres fornidos y de elegantes trajes, estos clichés ambulantes no descansan un momento, van y vienen de un lugar a otro ahuyentando a las caras raras y acallando a los malos perdedores. Ni hablar de los destinados a la vigilancia de las cámaras de seguridad, que por turnos de diez horas cuidan que nadie haga trampa ni que ningún empleado robe siquiera una ficha.
Todos alojados en el gigantesco y asimétrico edificio que visto por fuera en tiempo nocturno adopta la forma de una colosal palmera debido al juego de luces y cintas. Pues así lo habían decidido los dueños, darle una fachada que recordase a una isla paradisíaca. Estatuas Tiki, antorchas de caña de azúcar, tablas de surf colgadas, estúpidos cocoteros plásticos y camareras que debían lidiar con el uniforme de sostén de cocos y falda de rafia abundaban hasta el hartazgo. Fiestas de Luau, dos por uno en camisas hawaianas, cuartetos de ukelele y la posibilidad de pedir que sirvan tu trago en un melón o coco hueco completaban la ambientación.
Al dejar el ascensor Ricardo estrechó la mano del recepcionista allí posado con el afán de ayudar a los huéspedes en lo que pudiera. Sin responder a la amable pregunta del hombre continuó avanzando taciturno.
En un confortable taburete junto a la barra posó los cuartos traseros y pidió un té, sí, un té, único remedio que lo ayudaba a combatir la acidez, o por lo menos el efecto placebo la hacía más tolerable.
Observó todo lo antes mencionado y le dio asco. Le dio asco tanta publicidad. Enormes letreros de cerveza con chicas en paños menores sonriendo como si ese brebaje fuera la solución a todos los problemas de la vida. Anuncios de productos totalmente ajenos a ese mundo por doquier, un sinfín de mesas rojas promocionando una popular gaseosa... hasta los altoparlantes anunciaban productos que nadie necesitaba y todos querían. Y la música le enfermaba. Basura moderna y superficial, ruidosa por demás, no había forma de que alguien se concentrara en el juego con esos ruidos molestando constantemente.
Se indigestaba con el aire “familiar” que intentaban darle al casino. Por donde alzara la vista veía gente joven, hombres que aún no debían afeitarse y señoritas que poco comprendían de la vida, algunos incluso acompañados por sus padres en una “vacación familiar”. No podía ni ver. Y el humo. Necesitaba el humo. En su peculiar cabeza no entraba la idea de que un casino fuera un sitio libre de tabaco, le era imposible imaginar un mundo donde la nicotina fuera de la mano contraria al alcohol y el juego.
Aflojó el cuerpo relajándose. Empezó a perder la noción de la realidad entre sorbo y sorbo cayendo en la tierra de la fantasía. Visualizó ese lugar como antes había sido y nunca debió dejar de ser. Por su fructífera mente provista de un peculiar ingenio al que le debe todo lo que tiene (¿o no tiene?) en la vida pasaron imágenes de lo que debió haber sido el Hamistagan treinta años atrás.
Oh, eso sí debía ser el auténtico paraíso, pensaba Ricardo. Sólo hombres y mujeres de verdad, sin lugar para débiles o esa abominación que los sociólogos de hoy quieren que llamemos “adultos jóvenes”. Sí, tiempos más sencillos donde los precios eran bajos y las calles más seguras. Allí en el Hamistagan serían menos los empleados y el decorado aún más horrendo, pero no existiría recinto más apropiado para el juego y el descontrol. Los altoparlantes, enormes y de pésima calidad sonora, pondrían sólo baladas de jazz y dulces voces femeninas cantando letras tontas pero con mucho sentimiento. Si no fuera así, algún pretencioso saxofonista o un cuarteto de cuerdas emitiría unas tristes notas capaces de transformar a los melancólicos bebedores en potenciales suicidas.
Toda gente seria, que pura y exclusivamente busca jugar, no sacarse fotos con las camareras temáticas u oír el sonido de las tragaperras girando. Y el humo lo impregnaría todo. No importa quien sea, si te acercas a su ropa sentirás el hedor a tabaco. Ricardo se extasiaba imaginándose alzando la cabeza y no llegar a distinguir el color del techo claramente, pues una nube negra y grasosa levitaba por allí.
Volvió a la realidad de golpe y lamentó haber dejado sus cigarros en la habitación. Liquidó el té de un sorbo, pagó lo que debía y caminó hacia el gigantesco predio exterior pues lo único que le saciaba el ansia de fumar, además de un chicle que no iba a conseguir por allí, era un poco de aire fresco.
“El patio” como lo llamaban popularmente solo equiparaba al casino en frivolidad, pues en extensión era mucho más grande. A lo largo y a lo ancho del terreno se alzaban las comodidades que disfrutaban los visitantes no tan afines al juego.
La piscina al aire libre, pues había otra más pequeña y confortable en el spa, era la atracción principal, de dimensiones colosales y rodeada por piso de madera térmica ideal para asolearse, sus aguas refrescaban a cientos y cientos diariamente desde el centro del predio. En los distintos puntos alrededor de esta podían ser realizadas distintas actividades que van desde tenis hasta tiro con arco pasando por golf, aerobics y pintura al aire libre.
Ricardo posó ambos brazos inclinando el cuerpo sobre la baranda del pequeño acantilado artificial donde se situaba uno de los bares exteriores, el otro podía ser hallado en una “isla” en el centro de la piscina. El dolor comenzaba a aliviarse mientras la brisa recorría sus vías respiratorias.
Quizá nunca lo supo, pero sonreía. No como quien ha oído algo gracioso, lo hacía como alguien que era realmente feliz, lo cual carecía de sentido, pues nunca se había sentido más despedazado.
Lo cierto, y también lo más curioso, es que sonreía porque fue justamente allí en el Hamistagan, donde se escapó con ella por primera vez.
Spoiler
Evaluación del Fic: Hamistagan
Autor: Maty~
Autor: Maty~
Tema y Trama del Fic: 14/15
El tema me ha gustado mucho, es original y además lo has tomado muy bien. Desarrollas los acontecimientos perfectamente dentro del marco de tiempo, describiendo las acciones sucedidas una detrás de otra con claridad. Lo único que he visto es que debes intentar no perder el hilo de la trama al hacer flasbacks, en esto usar un determinado tiempo verbal u otro puede influir mucho.
La Gramática, Ortografía y Estructura de la Escritura: 11/15
No tengo mucho de lo que quejarme en este punto, la verdad. Cuidado con los fallos de tipeo al escribir porque pueden transformar una palabra por completo. He visto algunas comas de más en ciertos lugares que podrías sustituir por puntos suspensivos para dar una mayor claridad al escrito. Eventualmente en las oraciones largas acabas perdiendo la esencia de lo que estás contando deformando la oración, cosa que rápidamente recuperas después… pero esto hace que en ocasiones algunos fragmentos se vuelvan pesados
El Desarrollo del Fic (la forma de expresar del autor): 17/20
Tus descripciones son magníficas, además de ello tienes una facilidad pasmosa para inventar palabras… ojo: esto puede ser bueno y malo a partes iguales. Coges un lexema, le añades ciertas desinencias y ¡voilá! Ya tenemos nuevo vocablo. Normalmente dichas palabras son transparentes, es decir, se puede adivinar su significado con facilidad, pero en otras ocasiones esto no es así y el significado que tú has querido darle no se corresponde con el que el lector recibe… además de que a la vista resultan extrañas. Por ello es mejor que utilices palabras aceptadas por la RAE, con un significado predeterminado al que cualquiera puede acceder fácilmente.
Total: 42/50 (Con un mínimo de 30)
Conclusión: Fiction cualificado para la su Publicación.
Comentarios: Las faltas de acentuación que he visto han sido en su totalidad en relación con el tema de pronombres y determinantes… la RAE desde hace poco admite que se coloquen sin tildes (eso quiere decir que lo normal sería seguir poniéndolas) pero para mí siempre se va a ver y entender mejor con su respectivo acento aunque no se considere fallo, colocarlos o no ya es tu elección.
Me gusta el modo en el que vas dando pedacitos pequeños de la historia y enlazándolos poco a poco, al igual que no nos hayas dado la descripción del protagonista de golpe puesto que de este modo das más tiempo a que la imaginación del lector eche a volar.
Otro punto que quería comentarte es el uso de palabras de determinados lugares o dialectos del castellano. Has utilizado palabras típicas de ciertos países, por lo que me he visto obligada en ocasiones a usar el diccionario. Con esto quiero mostrarte que no todo el mundo entiende ciertas palabras u expresiones puesto que probablemente quienes lo lean no vivan en el mismo lugar que tu y las desconozcan. Lo adecuado sería que utilizases expresiones del “castellano neutro” para que todos lo entiendan… o si quieres utilizar esa palabra en concreto por cualquier motivo siempre puedes poner un asterisco y hacer la respectiva aclaración al terminar el capítulo.
Tienes un gran potencial que se puede percibir a leguas de distancia ¡Así que continúa con el proyecto y sorpréndenos a todos!
Evaluado por:
Akane
Akane
HAMISTAGAN
Oh, el Hamistagan... El lugar donde todos los sueños (y pesadillas) se hacen realidad. En este curioso casino la vida de tres personas golpeadas por la vida se cruzarán en esta historia que puede verse como un policial, pero cuyos verdaderos focos son la miseria, la culpa y la redención.
CAPÍTULO I
Spoiler
“Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.”
Jorge Luis Borges
Jorge Luis Borges
Dieron las cuatro en el reloj y Ricardo Lux llegó a la conclusión de que se odiaba a sí mismo.
Removiendo sin cuidado las lagañas de sus ojos marrones era capaz de ver un aburrido cielo raso blanco sostenido por cuatro paredes cubiertas con papel tapiz celeste salpicado con motas amarillas en un intento de darle un aspecto festivo, pero que en realidad no transmitía nada salvo el inconfundible aroma a cigarrillo impregnado allí por tantos transeúntes adictos al tabaco.
Giró un poco y se sentó en la cama a la que admitía como confortable. Suspiró, se desperezó y volvió a suspirar. Miró el reloj montado en el muro y sin saber si el cuatro de la pequeña avisaba sobre la madrugada o la tarde se puso de pie en una fría alfombra que era continuación del tapiz en aspecto y fealdad.
Pues si alguien preguntara por una habitación de hotel promedio, no habría mejor ejemplo que aquella. No era una pocilga, pero tampoco la gran cosa. ¿Podía este miserable cristiano pagar una mejor? Sí. ¿Lo deseaba? He ahí la cuestión.
Dio los pocos pasos que lo separan de la mesa vidriada donde había depositado su equipaje de mano, comenzó a revolver los pequeños estuches dentro de este hasta dar con una tableta de aspirinas. Tomó dos, sin saber que desde hace años era inmune a su efecto.
Entró al baño asqueado, no porque fuera malo el lugar, sino por el simple hecho de que cualquier baño ajeno le causaba repulsión. Hizo lo que tenía que hacer y volvió a posarse en la cama.
Le dolía todo. La espalda por falta de descanso, el pecho por el cambio de clima y los pies por sumatoria de mal calzado y exceso de tiempo andando. La jaqueca solo era consecuencia de todo lo anterior.
Pero todos estos habitúes poco le importaban, pues tenía esa maldita acidez otra vez. “Eres un estúpido” repetía por dentro mientras frotaba su barriga, pues sabía que eso era producto pura y exclusivamente del alcohol. No necesitaba cantidades exorbitantes ni las bebidas fuertes populares por aquellos lugares, con unas copas ya era suficiente. Desde los quince años tenía noción de ese ardor infernal que quita el aire e inhibe los músculos, y jamás su fuerza de voluntad superó el deseo de beber sabiendo que eso representaba pasar un día en cama partiéndose de dolor.
Pensó en ducharse y la idea se esfumó tan rápido como vino. Sin más abrió el práctico armario de la habitación 145 donde guardaba las pocas prendas que trajo consigo. Tomó una aburrida camisa gris a rayas que hace ocho kilos atrás solía sentarle muy bien. Se calzó la ropa interior sin siquiera verla y por encima uno de los tres jeans que poseía, a criterio suyo, todos iguales.
Ni se molestó en buscar uno de sus relojes o medallas que lucir, hacía tiempo que ostentar le aburría. Eligió unos zapatos algo gastados pero que apreciaba profundamente. Jamás se acostumbró a usar zapatillas ni ningún calzado que él llamara “moderno”, vestigio de aquella adicción a la que este individuo se refería como trabajo.
En el bolsillo trasero del pantalón dispuso todo su dinero. Era un fajo importante pero no hacía demasiado bulto, de los diez mil dólares que el gobierno permite a una persona ingresar a Uruguay, aún conservaba la mayor parte. Sólo había abonado su estadía por toda la semana y gastado casi nada en comida y cigarrillos. Volvió a desesperarse y se limpió la nariz con la cortina de la ventana que daba a la piscina. “Pagué por ellas, tengo derecho a hacer lo que quiera” era su filosofía al respecto.
Caminó hasta la puerta de un chillón color pastel y dio dos pasos por el pasillo. Se detuvo y retrocedió dirigiéndose nuevamente hacia su bolso de mano. Tomó su teléfono móvil, un novedoso aparato con mil funciones y sin ninguna que realmente sirviera para algo. Riéndose lo arrojó con violencia contra la réplica barata de un Dalí puesto en la pared.
Sacudiendo las manos en forma simbólica dejó la habitación sin molestarse por poner llave a la puerta. A carcajada limpia como no volvería a hacerlo por largo tiempo atravesó el circense corredor donde sin importar cuánto desodorante lanzaran, el hedor a whisky derramado en la alfombra era inconfundible.
Había decidido enfrentar el dolor por primera vez en su vida. Le costaba estar de pie y sabía que tarde o temprano una cesión de vómito sería inevitable, aún así por motivos que ni él comprendía se negaba a permanecer en reposo. Era común que se sintiera extraño por allí, “es la magia del Hamistagan” solía decirle a quien le preguntase en tiempos donde el Sol brillaba para él.
Accedió al viejo ascensor del ala este del edificio, una auténtica reliquia de paredes de algarrobo engalanadas con molduras rupestres y espejos como ya no se los ve hoy en día.
Ya saciado de risa cerró la puerta manual y mientras el mecanismo descendía clavó la mirada en el cristal y enderezó el cuello de la camisa por pura costumbre. Se humedecía los labios y pasaba las manos por el poco cabello negro que aún tenía, continuó con su barba de dos días y sus manos acabaron el tour en los bolsillos.
Con un brusco movimiento el ascensor se clavó en el suelo. Salió al gigantesco salón que tenía por delante y enseguida sintió el cambio de ambiente.
Los enormes candelabros e imponentes letreros de neón intenso le nublaban la vista. Aquel pasillo alfombrado podía llevarlo a donde quisiera. Hacia su izquierda podía apreciar el bar con su pequeño techo e infinidad de vasos y botellas de utilería. Junto a este un océano de mesas formaban un semicírculo alrededor de una modesta pasarela donde los artistas hacen sus presentaciones. A esas horas de la tarde siempre estaba poco poblada, Ricardo, hábil para juzgar personas, reconoció con solo menear la cabeza a un puñado de claros turistas internacionales, un “pez gordo” que tomaba la mano de una chica veinte años menor que seguramente acabaría la semana con un diamante nuevo y su dignidad hecha añicos, y a “Los Miserables…”
“Los Miserables”, los hay de todos las clases y edades, de cada color y cada credo, son cuenta corriente y pilares del folklore de aquel lugar. Aquellos palurdos que no comprenden que no se puede vencer al porcentaje y no controlan su ansia de juego. Por lo general no son mala gente, personas trabajadoras carentes de maldad pero débiles, prácticos e idealistas, virtudes que no les permiten comprender la triste realidad… la casa siempre gana.
Y ahí los veía, cabizbajos, ebrios, autodestructivos. Llegaron con grandes expectativas y buenas sumas de dinero, y se van sin una ni otra. En su juventud Ricardo les tenía pena, más de una vez invitó una cerveza a uno o regaló una ficha azul para que intentaran inútilmente recuperar sus pérdidas. Con los años y la sumatoria de varias visitas a esa Meca del despilfarro llegó a verlos como seres detestables. Se asqueaba de verlos allí jugándose aquello por lo que tanto han trabajado y luego llorando por haberlo perdido todo. Con un par de copas encima llegaba a desear seriamente que el edificio se derrumbase y enterrase a “Los Miserables” de forma literal, así ellos dejarían de hacerlo simbólicamente.
Por la dirección en que el Astro Rey asoma se alzaban las mesas, colocadas de forma laberíntica y llenas de gente a toda hora cual versión pecaminosa del Gran Bazar de Estambul. Blackjack y póker predominaban en el centro, los juegos menos populares se alojaban en la periferia. Entre las risas de los turistas y los quejidos de los jugadores profesionales se paraban los crupieres, astutos y con doble cara, a la caza de jugadores novatos a los que desplumar.
De forma paralela se alzaba el sector más abarrotado, las ruletas. Allí cuadrados y rojos dados de puntos blancos corrían como brillantes peces voladores sobre las ballenescas mesas. Más allá del alcance visual de Ricardo en otra sala de dimensiones semejantes la popularmente conocida como “sección de las maquinitas” se tragaba las fichas de cientos de usuarios y una vez cada tanto le devolvía una pequeña parte a un afortunado para hacer parecer que el sistema sí funciona y rellenar las ilusiones de los jugadores. De ese mundo aparte, nada le importaba a Ricardo que rara vez ponía un pie allí.
Como hipnotizado, contemplaba a los jugadores de la tarde desplazándose en intricadas y coreográficas figuras de mesa en mesa. El escenario seguía llenándose con nuevos actores: Entraban de la piscina al aire libre, del spa, la pista de baile, la cancha de tenis, el mini campo de golf y de las miles de habitaciones del hotel de donde descendían hartos de jugar al amor ya sea gratis o pagado.
Y he ahí la esencia del Hamistagan, templo del juego y utopía de la diversión para adultos, hogar de un billón de historias y de una infinidad que aún no han ocurrido. Un sitio donde nada es lo que parece ni todo lo que brilla es oro, tierra con sus propias reglas, donde el tiempo pasa a otro ritmo. Si se es la clase indicada de persona, sabrán juzgarlo como un lugar donde no se sabe si se está más distanciado de la vida que de la muerte.
Pero si no se es más que un turista que busca liberar tensiones quemando billetes, sacarse fotos en la piscina y probar los exóticos tragos de nombres centroamericanos e ingredientes producidos en masa a unos kilómetros de allí, el Hamistagan no es más ni menos que el hotel-casino más importante de Sudamérica. Son pocos, y ya mencionados quienes, los que podrían negar que se trata de un auténtico Edén vacacional. En sus casi tres mil habitaciones diariamente se alojan personas de todos los calibres, desde humildes trabajadores locales hasta los señores de las grandes corporaciones asiáticas que encontraron allí un paraíso fiscal ideal para los negocios que menos los enorgullecen.
Día tras día circulan por sus magnas salas de juego un sinfín de individuos que intentan ganarse la vida o pasar un buen rato. A los ya mencionados se suma un ejército de empleados: bármanes, crupieres, músicos y meseros quienes realmente no la pasan nada mal. Por otro lado están los “trabajadores independientes” como “ellas”, a quien todos reconocen a simple vista por su facha, a la espera de que algún infeliz la invitara a su cuarto a tener relaciones por unas cuantas fichas... o “las sanguijuelas” como Lux los llamaba, tipos de carisma y maestros en el arte del convencimiento. Llegan de noche y se sientan en las mesas de los ebrios adinerados, los invitan a una copita y se ganan su amistad en un santiamén. Pasan el resto de la velada hablándoles de negocios inmobiliarios, inversiones en sociedad y de aquel préstamo que hace tiempo buscan para un proyecto donde involucrarían a sus víctimas.
Los únicos con verdaderos motivos para quejarse al llegar a casa eran los del cuerpo de seguridad. Hombres fornidos y de elegantes trajes, estos clichés ambulantes no descansan un momento, van y vienen de un lugar a otro ahuyentando a las caras raras y acallando a los malos perdedores. Ni hablar de los destinados a la vigilancia de las cámaras de seguridad, que por turnos de diez horas cuidan que nadie haga trampa ni que ningún empleado robe siquiera una ficha.
Todos alojados en el gigantesco y asimétrico edificio que visto por fuera en tiempo nocturno adopta la forma de una colosal palmera debido al juego de luces y cintas. Pues así lo habían decidido los dueños, darle una fachada que recordase a una isla paradisíaca. Estatuas Tiki, antorchas de caña de azúcar, tablas de surf colgadas, estúpidos cocoteros plásticos y camareras que debían lidiar con el uniforme de sostén de cocos y falda de rafia abundaban hasta el hartazgo. Fiestas de Luau, dos por uno en camisas hawaianas, cuartetos de ukelele y la posibilidad de pedir que sirvan tu trago en un melón o coco hueco completaban la ambientación.
Al dejar el ascensor Ricardo estrechó la mano del recepcionista allí posado con el afán de ayudar a los huéspedes en lo que pudiera. Sin responder a la amable pregunta del hombre continuó avanzando taciturno.
En un confortable taburete junto a la barra posó los cuartos traseros y pidió un té, sí, un té, único remedio que lo ayudaba a combatir la acidez, o por lo menos el efecto placebo la hacía más tolerable.
Observó todo lo antes mencionado y le dio asco. Le dio asco tanta publicidad. Enormes letreros de cerveza con chicas en paños menores sonriendo como si ese brebaje fuera la solución a todos los problemas de la vida. Anuncios de productos totalmente ajenos a ese mundo por doquier, un sinfín de mesas rojas promocionando una popular gaseosa... hasta los altoparlantes anunciaban productos que nadie necesitaba y todos querían. Y la música le enfermaba. Basura moderna y superficial, ruidosa por demás, no había forma de que alguien se concentrara en el juego con esos ruidos molestando constantemente.
Se indigestaba con el aire “familiar” que intentaban darle al casino. Por donde alzara la vista veía gente joven, hombres que aún no debían afeitarse y señoritas que poco comprendían de la vida, algunos incluso acompañados por sus padres en una “vacación familiar”. No podía ni ver. Y el humo. Necesitaba el humo. En su peculiar cabeza no entraba la idea de que un casino fuera un sitio libre de tabaco, le era imposible imaginar un mundo donde la nicotina fuera de la mano contraria al alcohol y el juego.
Aflojó el cuerpo relajándose. Empezó a perder la noción de la realidad entre sorbo y sorbo cayendo en la tierra de la fantasía. Visualizó ese lugar como antes había sido y nunca debió dejar de ser. Por su fructífera mente provista de un peculiar ingenio al que le debe todo lo que tiene (¿o no tiene?) en la vida pasaron imágenes de lo que debió haber sido el Hamistagan treinta años atrás.
Oh, eso sí debía ser el auténtico paraíso, pensaba Ricardo. Sólo hombres y mujeres de verdad, sin lugar para débiles o esa abominación que los sociólogos de hoy quieren que llamemos “adultos jóvenes”. Sí, tiempos más sencillos donde los precios eran bajos y las calles más seguras. Allí en el Hamistagan serían menos los empleados y el decorado aún más horrendo, pero no existiría recinto más apropiado para el juego y el descontrol. Los altoparlantes, enormes y de pésima calidad sonora, pondrían sólo baladas de jazz y dulces voces femeninas cantando letras tontas pero con mucho sentimiento. Si no fuera así, algún pretencioso saxofonista o un cuarteto de cuerdas emitiría unas tristes notas capaces de transformar a los melancólicos bebedores en potenciales suicidas.
Toda gente seria, que pura y exclusivamente busca jugar, no sacarse fotos con las camareras temáticas u oír el sonido de las tragaperras girando. Y el humo lo impregnaría todo. No importa quien sea, si te acercas a su ropa sentirás el hedor a tabaco. Ricardo se extasiaba imaginándose alzando la cabeza y no llegar a distinguir el color del techo claramente, pues una nube negra y grasosa levitaba por allí.
Volvió a la realidad de golpe y lamentó haber dejado sus cigarros en la habitación. Liquidó el té de un sorbo, pagó lo que debía y caminó hacia el gigantesco predio exterior pues lo único que le saciaba el ansia de fumar, además de un chicle que no iba a conseguir por allí, era un poco de aire fresco.
“El patio” como lo llamaban popularmente solo equiparaba al casino en frivolidad, pues en extensión era mucho más grande. A lo largo y a lo ancho del terreno se alzaban las comodidades que disfrutaban los visitantes no tan afines al juego.
La piscina al aire libre, pues había otra más pequeña y confortable en el spa, era la atracción principal, de dimensiones colosales y rodeada por piso de madera térmica ideal para asolearse, sus aguas refrescaban a cientos y cientos diariamente desde el centro del predio. En los distintos puntos alrededor de esta podían ser realizadas distintas actividades que van desde tenis hasta tiro con arco pasando por golf, aerobics y pintura al aire libre.
Ricardo posó ambos brazos inclinando el cuerpo sobre la baranda del pequeño acantilado artificial donde se situaba uno de los bares exteriores, el otro podía ser hallado en una “isla” en el centro de la piscina. El dolor comenzaba a aliviarse mientras la brisa recorría sus vías respiratorias.
Quizá nunca lo supo, pero sonreía. No como quien ha oído algo gracioso, lo hacía como alguien que era realmente feliz, lo cual carecía de sentido, pues nunca se había sentido más despedazado.
Lo cierto, y también lo más curioso, es que sonreía porque fue justamente allí en el Hamistagan, donde se escapó con ella por primera vez.



así que lo voy a hacer todo conforme vengan.
I like it. Y ya no voy a comentar más porque ya me da demasiada paja xDD pero la historia me gusta mucho, y tu manera de utilizar los recursos literarios es admirable. Perdona si te saqué demasiados defectos, pero como me dijo alguien... "tengo la vena crítica muy adentro" 







Sólo tengo buenos recuerdos de ustedes y de este agradable lugar también.