Gracias a Demian y Mati por los comentarios y por ser unos seguidores fieles de este relato, os traigo un nuevo capítulo para saciar vuestra curiosidad, espero que les guste, negros
Capítulo 13: Como un libro abierto.
Lucía despertó con un ligero dolor de cabeza, probablemente debido al alcohol, la música alta y el ajetreo de la noche anterior. Al abrir los ojos se encontró con un techo totalmente desconocido para ella, azul y sin ningún tipo de lámpara en el techo como un cielo despejado. Se incorporó un poco de la cama y echó una ojeada a la estancia, definitivamente no había estado nunca allí. Trató de dilucidar dónde estaba sin llegar a ninguna conclusión, no era su cuarto y tampoco una de las habitaciones de la casa de campo de Yanine ya que éstas estaban plagadas de enormes cuadros abstractos y muebles de último diseño. Los recuerdos de la fiesta comenzaron a llegar a su mente como un torbellino irremediablemente ligados a la casa de campo y su dueña. Por un momento se olvidó de dónde estaba, ahora su mente moraba en el bosque; recordó la pelea, las transformaciones en seres sobrenaturales, la charla entre sus dos amigas, las escuetas explicaciones de Luna, el pacto de sangre... Instintivamente levantó la palma de su mano derecha (en la que Luna había clavado la daga) y trató de ver el extraño símbolo que había dibujado ésta en su carne; no encontró nada, ni una simple marca, arañazo o rasguño.
Se sobresaltó al oír unos ligeros golpes en la puerta, ésta se abrió y un hombre de unos treinta años con algo de melena asomó la cabeza, sonriendo. Luz se puso tensa al instante, estaba en un sitio desconocido con un hombre al que jamás había visto y lo último que recordaba de la noche anterior fue que Luna en su forma angelical la agarró y echó a volar; por culpa de su pánico a las alturas se desmayó nada más alzar el vuelo.
—Hola, Lucía—dijo el hombre—. Me llamo Óscar, soy el tutor legal de Luna.
—El… ¿Tutor legal? —dijo preguntándose si los ángeles necesitaban de esas cosas.
—En el mundo de los humanos sí—respondió a su pregunta no contestada con una carcajada—, debemos guardar las apariencias.
Y la chica quedó con la boca abierta y los ojos abiertos como ventanas de par en par, ¿le habría contado Luna sobre lo sucedido? Recordó de nuevo el juramento y las palabras de Yanine revolotearon en su mente “morirás, “morirás, “morirás”. ¿Qué debería decirle a Óscar? Pensó Luz. Era evidente que no podía romper el pacto, y lo que juró fue no hablar sobre ese tema con nadie que no fuese Yanine o la propia Luna. El hombre abrió la puerta del todo y dio unos pasos hacia el interior de la estancia con las manos en los bolsillos.
—¿Puedo sentarme? —preguntó señalándola cama con un gesto de la barbilla, y sin esperar una respuesta lo hizo.
—Verás, sé todo lo que ocurrió anoche, que estuviste presente, sé que hiciste un pacto de sangre, también sé que te preguntas cómo conozco todo ello—sonrió amigablemente y Lucía se relajó un poco—. No me lo ha contado Luna, soy un “leedor”, es decir, puedo entrar en las mentes de las personas que se encuentran cerca y saber lo que piensan o sienten.
Se hizo un silencio incómodo. Óscar quería ser amable con Lucía, que parecía perdida, pero sabía que profundizar en el tema no sería algo bueno ya que a la chica se le podría escapar alguna pregunta en cualquier momento, así que decidió que cambiar de tema sería lo más conveniente para ambos; Luna era una chica demasiado complicada, pero si se rompiese el pacto quién sabe lo que sucedería…
—Esta es la habitación de Luna—dijo Óscar volviendo a terreno seguro.
—¿Dónde está ella? —preguntó—¿He estado durmiendo mucho rato?
—No ha pasado la noche aquí, vino a dejarte a mi cargo y se fue a… “trabajar” —dijo remarcando la última palabra—. Mandé un SMS a tu madre desde tu teléfono diciendo que había ido yo a recogeros finalmente y que pasarías la noche (o lo que quedaba de ella) en casa—sacó el teléfono de Lucía del bolsillo y se lo tendió.
Luz miró la hora en la pantalla de su móvil ¡Dios Santo! ¡Las tres de la tarde! Miró sus ropas, llevaba un pijama rosa y azul, probablemente de Luna. Debía cambiarse e ir a casa pronto. Se preguntó dónde estaba su ropa y miró inquisitivamente a Óscar. Éste sonrió divertido antes de contestar, una vez más, a su pregunta no formulada.
—Tu ropa acabó hecha un asco, llena de tierra y hojas secas del bosque—explicó—, así que la puse a lavar. Todavía no terminó, puedes ponerte cualquier cosa del armario de Luna, la mitad de las cosas están sin estrenar—y se quedó pensativo unos instantes—. No suele pasar demasiado tiempo en las tierras bajas, y cuando lo hace normalmente lleva el uniforme escolar.
—¿Seguro que no le importará?
—Seguro—dijo sonriendo—. Te dejaré a solas para que te cambies, el baño está justo al lado, te he dejado unas toallas limpias por si te quieres dar una ducha rápida.
—Está bien, muchas gracias, Óscar—dijo Lucía devolviéndole la sonrisa.
—No se merecen. Cuando acabes baja a la cocina, estoy preparando algo para comer—terminó de dar las instrucciones mientras se levantaba d la cama y echaba a andar hacia la salida, después cerró la puerta tras de sí.
Lucía se quedó todavía en la cama pensando; ¡Estaba en la habitación de Luna! Incluso había dormido en la misma cama en la que dormía ella. Volvió a mirar el pijama que llevaba puesto y se sonrojó al pensar quién le habría cambiado de ropa. Salió de la cama mirando toda la habitación y lo que había en ella, era simplemente genial. Abrió el armario con una mueca de disgusto, se sentía un poco como una intrusa, pero si le habían dado permiso para ponerse su ropa… tampoco se iba a ir a casa en pijama, era obvio. Eligió unos vaqueros sencillos y una blusa ancha de color negro y se dirigió hacia la ducha.
Mientras que el agua caliente recorría su cuerpo y las finas gotas se deslizaban por su rostro trató de hacer un resumen mental de todo lo vivido: ángeles y demonios. Luna le había dicho que su rey se correspondía con el Dios cristiano, entonces ¿qué hay de Jesucristo? ¿y la Virgen María? Nunca había sido muy devota ni religiosa, a pesar de las continuas charlas de su madre a cerca de Dios y Jesús nuestro salvador; según ella hay que rezarles todos los días para que cuiden de nosotros y nos den buena salud y felicidad. Y hablando de ángeles… ¿dónde quedaron los ángeles de la guarda? Porque la imagen que le habían dado la noche anterior se correspondía más con la de seres guerreros y sanguinarios. Dos reinos divinos enfrentados entre sí: el reino de Luz y el de la Eternidad; esa era la única verdad, o al menos la verdad que le habían contado. Pero todo esto le había dejado una duda existencial, las alas del chico demonio eran negras como las de un cuervo, las de Yanine blancas e inmaculadas, y sin embargo las alas de Luna tenían plumas de ambos colores; no entendía eso. Al parecer debía ser algo exclusivo en ella ya que Yanine la había reconocido como “Princesa del Hielo” al verlas, había dicho literalmente: “Cabellos plateados y alas pardas ¡Princesa del Hielo! Lu-luna… si lo hubiese sabido yo…” A su parecer no sabía que Luna era de los suyos, siempre la trataba mal en clase, y eso es algo que no se hace con las princesas, si era una princesa debía ser la hija del Dios Supremo. Demasiadas cuestiones por resolver. Lu terminó de quitarse el jabón del cuerpo y salió de la ducha.
Una vez vestida y arreglada y tras haber hecho la cama de Luna (se habría sentido fatal si encima de invadir su espacio se lo dejase desordenado) se dispuso a bajar las escaleras en busca de Óscar. Desde el rellano de la planta de arriba llegaba un olor delicioso a carne y queso, tras rugirle el estómago cual león enfadado se dio cuenta de que estaba realmente hambrienta. Siguió el exquisito olor por toda la casa hasta dar con la cocina. Como el resto de la casa estaba pintada de blanco, con el mármol de la bancada en color gris oscuro y todos los armarios, muebles, cajones y electrodomésticos en metal. No era excesivamente grande, tendría alrededor de diez metros cuadrados, pero estaba todo tan bien hubicado que el espacio era perfecto. La sala estaba dividida en dos partes, en una estaban todos los electrodomésticos y armarios propios de una cocina y, separando la otra parte que contenía una mesa metálica con seis sillas a juego y una puerta justo en frente de la de entrada que parecía corresponder con una salida a la parte trasera del patio, había una especie de barra de bar que iba desde un extremo de la pared hasta poco más de la mitad de la anchura total de la estancia. Se le hizo raro ver a Óscar ataviado con un delantal de cocina y unas manoplas, tenía un aspecto un tanto cómico.
—Óscar, ¿te ayudo a hacer algo?— preguntó la chica.
—No te preocupes, ya está todo a punto, siéntate, por favor—dijo con su tranquilizadora sonrisa, y entonces se oyó una especie de timbre—. ¡Oh! Ya está listo.
Se dirigió hacia el horno y sacó de él (con algo de esfuerzo por culpa de la poca movilidad que le dejaban las manoplas) una fuente enorme de lo que parecía ser lasaña casera. Dejó la bandeja encima de la mesa y se sentó en frente de Lucía. Sirvió un plato para cada uno sonriente.
—Cocinar es mi pasatiempo favorito, vamos, pruébala a ver qué te parece—dijo señalando el plato con la palma de la mano—. Estoy mejorando la receta.
Lucía tomó un poco de la humeante lasaña con el tenedor y, tras soplarle varias veces para enfriarla un poco la probó bajo la mirada expectativa de Óscar. Lo saboreó con gusto, estaba ciertamente deliciosa, este hombre tenía mejor mano para la cocina que su madre, aunque eso no era nada difícil. No sabría cómo decirle cuánto le gustaba su lasaña, pero tratándose de una persona que lee la mente tampoco hacían falta muchas palabras.
—Está riquísima, Óscar—dijo devolviéndole una gran sonrisa—. Tendrás que darme la receta…
—¡Ah, de eso nada!—se carcajeó y le guiñó un ojo—. Es una receta secreta, pero puedes venir a casa a comer lasaña siempre que quieras.
La comida transcurrió apaciblemente con una animada charla sobre recetas y trucos culinarios, ciertamente ese hombre era una compañía interesante. Cuando hubieron terminado de comer y tras haber recogido juntos (pese a la negativa del anfitrión) la mesa y la cocina, Lucía decidió que ya era hora de volver a casa. El tutor de Luna le entregó su bolso y la ropa recién lavada en una bolsita discreta y se despidieron a la vera de los rosales del jardín delantero. Justo cuando la chica se disponía a cruzar la puerta de la verja, Óscar la llamó. Cuando se dio la vuelta, el hombre estaba a unos pocos pasos de ella. La tomó de las manos como si se las fuese a besar y dijo:
—Sé cuánto quieres a Luna… pero su vida es demasiado complicada y peligrosa para estar cerca de ella, es mejor que tomes un camino distinto.
Y sin más explicaciones se dio la vuelta y caminó hasta entrar en la casa.
-FIN-
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