~Pokémon Caos II: La guerra~
POKÉMON CAOS II: LA GUERRA
He aquí mi nuevo fic, un proyecto que lleva meses en mi cabeza y que por fin puedo dar a conocer. Se trata de la secuela de mi opera prima, Pokémon Caos: El despertar. Pokémon Caos II: La guerra, nos transporta tres años en el futuro desde la finalización de la los hechos del primer fic. El mundo se ha divido por culpa de las sociedad conservadoras que niegan la posibilidad de una convivencia pacífica con los pokémon. Ahora los protagonistas deben hacer todo lo posible para erradicar la paz entre humanos a pesar del alto precio que esto puede costarles.
PRÓLOGO: CRUELDAD
Spoiler
La crueldad y la genialidad, por desgracia, saben complementarse muy bien.
Todo iría bien, muy bien, intentaba pensar Arthur Jacobski, aquel alto caballero de mirada fría mientras rascaba su calva y sudada cabeza mientras observaba la situación. Todas las pruebas dieron resultado positivo, no quedaban cálculos que hacer, mucho menos alguna duda o incongruencia, aunque todo fue relativamente rápido, se tomaron su tiempo para asegurarse de que todo iría bien. Por supuesto, y esto llevaba al estadounidense científico a un estado de nerviosismo alarmante, en la ciencia nada es seguro hasta ser probado.
-Por Dios Jacobski, tu hedor es insoportable. ¿Podrías tranquilizarte un poco? No hay de que preocuparse, ya lo verás -mencionó la doctora Lisa Spungen, condecorada hasta el hartazgo con premios de física y genética, cuyo nerviosismo era significativamente menor.
-No puedo creer que afirmes la existencia de un dios sabiendo lo que estamos haciendo, todo esto es atroz. No sé como actúan ante estas situaciones ustedes los ingleses, pero a mí me tiemblan las piernas. ¿Eres conciente de lo que nos sucederá si fallamos?
-Nos mataran impunemente, no hace falta que lo repitas Arthur. -Acotó en tono de regaño el rubio caballero que acababa de entrar al cuarto de observación- Pero eso no pasará, ten un poco de fe, maldición.
Jacobski echó una dura mirada a aquel sujeto en un intento desesperado por no parecer inferior frente a sus colegas. Aquel hombre ni siquiera se molestó en prestarle atención, estaba a segundos de vivir el momento más importante de su carrera. Pues así era el alemán Amón Jendes, cínico, inflexible, seguro de si mismo y un calculador extremista.
-Será mejor que acabemos con esto de una buena vez -sugirió Spungen, impaciente.
-Empecemos -respondió el alemán y silenció.
El triunvirato de genéticos, cuyo CI en conjunto superaba los seiscientos puntos, se acercó al gran muro de cristal que daba una panorámica excelente hacia un enorme campo de batalla totalmente cerrado por muros de acero reforzado. En dicha arena de combate, la única abertura era una puerta metálica conectada a un ascensor cuyo espesor duplicaba el de los muros.
-De acuerdo, liberen al espécimen 373 -ordenó Jendes por un micrófono que comunicaba directamente con la planta inferior.
Observaban atentamente a través del cristal la arena debajo de ellos, puesto que por seguridad aquella sala de monitoreo se hallaba a diez metros de altura. Ansiaban el esperado momento y el anhelaban el sabor del éxito.
La puerta en el campo de batalla se abrió de par en par desplazándose de manera lateral. De ella salió volando un frenético Salamance escupiendo ardiente fuego. El azul dragón era una bestia indomable, y hallarse encerrado entre cuatro grises muros sólo aumentaba su cólera. Con sus garras rasgaba inútilmente las paredes y al no notar ningún resultado continuó usando Lanzallamas.
Jendes resopló por última vez, tragó saliva y acabó con aquella dramática situación.
-Atención, liberen al sujeto de pruebas número uno.
Muy por debajo de la arena de combate, en el inmenso primer sótano de aquel misterioso laboratorio, acataron la orden instantáneamente. Los hombres allí presentes fueron a la celda que citaba “Número 1”, la abrieron y lo desencadenaron. Asustado, “Número 1”, intentó resistirse inútilmente. Fue inmovilizado y llevado al ascensor.
Cerraron la compuerta y sin escalas el elevador inició su ascendente marcha. “Número 1” estaba libre de cadenas, pero no tenía lugar a donde ir. Gritar era inútil, todos allí eran sus enemigos. Sudaba y lloraba de manera que era imposible distinguir que masas acuosas eran sus lágrimas y cuales sus desechos. Él no entendía que hacía allí. Deseaba estar nuevamente libre y con los suyos, como lo había estado a lo largo de su vida, al lado de su especie.
El ascensor llegó a su destino y la compuerta nuevamente se abrió. “Número 1” se negaba a salir, se aferraba al muro con fuerza. Del techo comenzó a surgir un gas frío y denso que lo hacía toser con violencia. Resistió lo más que pudo hasta que el frío fue insoportable. Corrió fuera y comenzó a revolcarse de manera desesperada con afán de calentar su cuerpo.
-No está funcionando, se niega a hacerlo. ¡Se los dije! -mascullaba Jacobski.
-Lo hará, su instinto de supervivencia lo obligará, sólo es cuestión de esperar -decía confiado el germano.
“Número 1” se puso de pie al ver que no se hallaba sólo, el terror que sintió al notar la presencia de aquel fiero Salamance era indescriptible. Una lágrima comenzó a rodar por su rostro mientras retrocedía involuntariamente. Sus extremidades, temblando con fuerza, flaquearon y volvió al suelo.
Y no pasó demasiado tiempo hasta que el violento pokémon, preso de la crueldad humana, notara su presencia. Al verlo se arrojó sobre él sin vacilar.
El sujeto de pruebas veía venir en picada al gran dragón y toda su vida pasó frente a él en un segundo, el recuerdo de su familia y tierra natal era como una puñalada en el corazón. “Número 1” no soportaba la idea de morir, aún le quedaban cientas de metas sin cumplir, lugares que visitar, sueños que llevar a cabo. No, el no podía fallecer, aún no era el momento.
Sufrió un Big Bang hormonal que cambió radicalmente su estado anímico y físico. Sin pensarlo siquiera dio un gran salto en dirección al Salamance listo para contraatacar.
La colisión sólo duró un segundo, menos quizá. “Número 1” logró encajar su poderosa Machada de lleno en el vientre del dragón para luego aterrizar sano y salvo en el suelo. La evolución de Bagon no sufrió la misma suerte. El golpe fue mortífero, destruyó una cantidad impresionante de huesos y aplastó sus órganos vitales atrofiando la mayoría. Se desmoronó en el suelo de lado, dejando a la vista el enorme moretón negro producto del ataque tipo lucha. Sus vasos sanguíneos demacrados por la golpiza inundaban su cuerpo de sangre. Estaba inmóvil y sufría convulsiones, su muerte estaba cerca. El experimento conocido como “Número 1”, el Ursaring, había sido un éxito.
Jacobski golpeó la mesa y elevó un grito al cielo. La inglesa también hizo varios gestos y luego abrazó a su colega norteamericano. Jendes observaba solemne, victorioso.
-Les dije que funcionaría. -Exclamó Amón- Salvamos nuestro pellejo pero no se duerman en los laureles, aún queda mucho trabajo por hacer.
-Lo sabemos, Jendes, lo sabemos.
Jacobski tomó el mismo micrófono usado por su colega y se comunicó con el piso inferior.
-Procedan equipo, llévenselo.
Dos minutos más tarde, por el ya conocido ascensor hizo acto de presencia un grupo de hombres fuertemente resguardados por escudos y chalecos antibalas. Estos portaban armas con las que arrojaron una serie de dardos tranquilizantes a “Número 1” hasta desmayarlo. Le colocaron una red y lo arrastraron hasta el elevador. Acto seguido repitieron la secuencia con el cadáver de Salamance.
Los tres científicos se regocijaban por su eficacia, celebraban su éxito con un costoso champagne. Su sentimiento de felicidad no se debía su avance tecnológico, sino al hecho de que conservarían sus vidas, después de todo, no muchos son capaces de lograr semejante milagro científico. Descansaron durante una hora en la cual las asperezas entre ellos parecían haber desaparecido momentáneamente, hasta a ellos los sorprendía su reacción. Una vez que se calmaron y volvieron a tener control de la situación, continuaron con su labor. Esa vez fue Spungen la que se acercó al intercomunicador.
-De acuerdo equipo, es hora de continuar. Liberen al sujeto de pruebas número dos…
Todo iría bien, muy bien, intentaba pensar Arthur Jacobski, aquel alto caballero de mirada fría mientras rascaba su calva y sudada cabeza mientras observaba la situación. Todas las pruebas dieron resultado positivo, no quedaban cálculos que hacer, mucho menos alguna duda o incongruencia, aunque todo fue relativamente rápido, se tomaron su tiempo para asegurarse de que todo iría bien. Por supuesto, y esto llevaba al estadounidense científico a un estado de nerviosismo alarmante, en la ciencia nada es seguro hasta ser probado.
-Por Dios Jacobski, tu hedor es insoportable. ¿Podrías tranquilizarte un poco? No hay de que preocuparse, ya lo verás -mencionó la doctora Lisa Spungen, condecorada hasta el hartazgo con premios de física y genética, cuyo nerviosismo era significativamente menor.
-No puedo creer que afirmes la existencia de un dios sabiendo lo que estamos haciendo, todo esto es atroz. No sé como actúan ante estas situaciones ustedes los ingleses, pero a mí me tiemblan las piernas. ¿Eres conciente de lo que nos sucederá si fallamos?
-Nos mataran impunemente, no hace falta que lo repitas Arthur. -Acotó en tono de regaño el rubio caballero que acababa de entrar al cuarto de observación- Pero eso no pasará, ten un poco de fe, maldición.
Jacobski echó una dura mirada a aquel sujeto en un intento desesperado por no parecer inferior frente a sus colegas. Aquel hombre ni siquiera se molestó en prestarle atención, estaba a segundos de vivir el momento más importante de su carrera. Pues así era el alemán Amón Jendes, cínico, inflexible, seguro de si mismo y un calculador extremista.
-Será mejor que acabemos con esto de una buena vez -sugirió Spungen, impaciente.
-Empecemos -respondió el alemán y silenció.
El triunvirato de genéticos, cuyo CI en conjunto superaba los seiscientos puntos, se acercó al gran muro de cristal que daba una panorámica excelente hacia un enorme campo de batalla totalmente cerrado por muros de acero reforzado. En dicha arena de combate, la única abertura era una puerta metálica conectada a un ascensor cuyo espesor duplicaba el de los muros.
-De acuerdo, liberen al espécimen 373 -ordenó Jendes por un micrófono que comunicaba directamente con la planta inferior.
Observaban atentamente a través del cristal la arena debajo de ellos, puesto que por seguridad aquella sala de monitoreo se hallaba a diez metros de altura. Ansiaban el esperado momento y el anhelaban el sabor del éxito.
La puerta en el campo de batalla se abrió de par en par desplazándose de manera lateral. De ella salió volando un frenético Salamance escupiendo ardiente fuego. El azul dragón era una bestia indomable, y hallarse encerrado entre cuatro grises muros sólo aumentaba su cólera. Con sus garras rasgaba inútilmente las paredes y al no notar ningún resultado continuó usando Lanzallamas.
Jendes resopló por última vez, tragó saliva y acabó con aquella dramática situación.
-Atención, liberen al sujeto de pruebas número uno.
Muy por debajo de la arena de combate, en el inmenso primer sótano de aquel misterioso laboratorio, acataron la orden instantáneamente. Los hombres allí presentes fueron a la celda que citaba “Número 1”, la abrieron y lo desencadenaron. Asustado, “Número 1”, intentó resistirse inútilmente. Fue inmovilizado y llevado al ascensor.
Cerraron la compuerta y sin escalas el elevador inició su ascendente marcha. “Número 1” estaba libre de cadenas, pero no tenía lugar a donde ir. Gritar era inútil, todos allí eran sus enemigos. Sudaba y lloraba de manera que era imposible distinguir que masas acuosas eran sus lágrimas y cuales sus desechos. Él no entendía que hacía allí. Deseaba estar nuevamente libre y con los suyos, como lo había estado a lo largo de su vida, al lado de su especie.
El ascensor llegó a su destino y la compuerta nuevamente se abrió. “Número 1” se negaba a salir, se aferraba al muro con fuerza. Del techo comenzó a surgir un gas frío y denso que lo hacía toser con violencia. Resistió lo más que pudo hasta que el frío fue insoportable. Corrió fuera y comenzó a revolcarse de manera desesperada con afán de calentar su cuerpo.
-No está funcionando, se niega a hacerlo. ¡Se los dije! -mascullaba Jacobski.
-Lo hará, su instinto de supervivencia lo obligará, sólo es cuestión de esperar -decía confiado el germano.
“Número 1” se puso de pie al ver que no se hallaba sólo, el terror que sintió al notar la presencia de aquel fiero Salamance era indescriptible. Una lágrima comenzó a rodar por su rostro mientras retrocedía involuntariamente. Sus extremidades, temblando con fuerza, flaquearon y volvió al suelo.
Y no pasó demasiado tiempo hasta que el violento pokémon, preso de la crueldad humana, notara su presencia. Al verlo se arrojó sobre él sin vacilar.
El sujeto de pruebas veía venir en picada al gran dragón y toda su vida pasó frente a él en un segundo, el recuerdo de su familia y tierra natal era como una puñalada en el corazón. “Número 1” no soportaba la idea de morir, aún le quedaban cientas de metas sin cumplir, lugares que visitar, sueños que llevar a cabo. No, el no podía fallecer, aún no era el momento.
Sufrió un Big Bang hormonal que cambió radicalmente su estado anímico y físico. Sin pensarlo siquiera dio un gran salto en dirección al Salamance listo para contraatacar.
La colisión sólo duró un segundo, menos quizá. “Número 1” logró encajar su poderosa Machada de lleno en el vientre del dragón para luego aterrizar sano y salvo en el suelo. La evolución de Bagon no sufrió la misma suerte. El golpe fue mortífero, destruyó una cantidad impresionante de huesos y aplastó sus órganos vitales atrofiando la mayoría. Se desmoronó en el suelo de lado, dejando a la vista el enorme moretón negro producto del ataque tipo lucha. Sus vasos sanguíneos demacrados por la golpiza inundaban su cuerpo de sangre. Estaba inmóvil y sufría convulsiones, su muerte estaba cerca. El experimento conocido como “Número 1”, el Ursaring, había sido un éxito.
Jacobski golpeó la mesa y elevó un grito al cielo. La inglesa también hizo varios gestos y luego abrazó a su colega norteamericano. Jendes observaba solemne, victorioso.
-Les dije que funcionaría. -Exclamó Amón- Salvamos nuestro pellejo pero no se duerman en los laureles, aún queda mucho trabajo por hacer.
-Lo sabemos, Jendes, lo sabemos.
Jacobski tomó el mismo micrófono usado por su colega y se comunicó con el piso inferior.
-Procedan equipo, llévenselo.
Dos minutos más tarde, por el ya conocido ascensor hizo acto de presencia un grupo de hombres fuertemente resguardados por escudos y chalecos antibalas. Estos portaban armas con las que arrojaron una serie de dardos tranquilizantes a “Número 1” hasta desmayarlo. Le colocaron una red y lo arrastraron hasta el elevador. Acto seguido repitieron la secuencia con el cadáver de Salamance.
Los tres científicos se regocijaban por su eficacia, celebraban su éxito con un costoso champagne. Su sentimiento de felicidad no se debía su avance tecnológico, sino al hecho de que conservarían sus vidas, después de todo, no muchos son capaces de lograr semejante milagro científico. Descansaron durante una hora en la cual las asperezas entre ellos parecían haber desaparecido momentáneamente, hasta a ellos los sorprendía su reacción. Una vez que se calmaron y volvieron a tener control de la situación, continuaron con su labor. Esa vez fue Spungen la que se acercó al intercomunicador.
-De acuerdo equipo, es hora de continuar. Liberen al sujeto de pruebas número dos…












Sólo tengo buenos recuerdos de ustedes y de este agradable lugar también.

? (?). LOL lanzarse en picada desde un avión solo da un “Poquito de miedo” Debió estar muy drogado Matías para decir algo así xD. Tienes razón, fracasaron en la misión, aunque hayan derivado el barco, perdieron a dos soldados y sus Pokémon…












