~El instinto tenebroso~
Sean bienvenidos a nuevo fic de CP, ésta vez traído a ustedes por TeOs~ y yo. Se trata de un fic de aventura, suspenso y acción que espero les guste mucho. Se trata netamente de un fic dual, ya que habrá dos protagonistas que narrarán esta gran historia y cada uno de los escritores nos haremos cargo de a uno. Así sin más preámbulos, les presento "El Instinto Peligroso".
Todo es tan relativo. Relativo y mecánico, si señor. La vida es así, como muchos dicen es un ciclo, interminable y tortuosamente bello. Esta manera de vivir bajo las leyes de Moebius donde no sabemos cuando todo empezó ni menos cuando acabará puede llevarnos por infinidad de caminos, los buenos y los malos, le pese a quien le pese. Y sí, que se le va a hacer, a algunos les toca la salida fácil, otros viven de problema en problema, así es como funciona eso.
Jamás tuve que objetar sobre la vida que me tocó, laboriosa y hasta un poco tajante, pero buena vida al fin. Pero nunca me gustó la rutina, que me atrevería a decir es el ciclo de la vida a modelo escala. La odiaba, para que andar con vueltas. El simple hecho de hacer lo mismo el resto de mi vida me asqueaba. Que irónico y caprichoso que puede ser el destino. Pero no puedo negarlo es muy astuto. Acabó con mi rutinario estilo de vivir, lo rompió en mil pedazos, pero a cambio me ligó a algo mucho peor. “Nadie puede conseguir todo lo que quiere”, sabio el hombre que ha dicho esa frase.
Pero basta de aburrirlos con mis lamentos e improvisada filosofía, no estoy aquí para educarlos, sino para hablarles de mi vida. La vida del Detective Hilario Alves, oficial policiaco desde hace doce años, casado con su profesión y amante de la justicia. Un tipo que lleva treinta y dos años odiando la violencia, el crimen y por sobre todas las cosas la impunidad y la injusticia, cosas que lo llevaron a elegir la profesión de los uniformados azules, aunque mi rango de detective me ha privado de mi uniforme durante los dos últimos años.
No hay demasiados hijos de un latino y una europea, vaya que no, cosas así solamente las vez en Miami, ciudad de bullicio y multicultural ecosistema, la tierra de mis raíces, cuna de mi enseñanza, y dejando de la lado la lírica, mi lugar de residencia durante toda mi vida. Y eso precisamente es lo que soy, fruto del amor de un ilegal costarricense con anhelos de conocer el sueño americano, y una albanesa que optó por cruzar el charco como turista. Fue amor a primera vista, según ella.
Y así es como mientras Eisenhower manejaba el país yo arribé a este mundo. Cuatro años más tarde, mi madre dio a luz a Steve. Mis padres acordaron alternarse para elegir los nombres de sus hijos, y como en los ’50 el hombre siempre estaba por delante, yo fui condenado a llevar un complicado nombre español en la ciudad de las hermosas playas. Me llevo bien con Steve, es un buen tipo, aunque hablamos poco, quizá sea por eso que nos llevábamos tan bien.
Mi viejo se nos fue cuando tenía siete en un accidente laboral, apenas pude disfrutarlo. Mi madre no volvió a casarse por respeto a mi padre, era una mujer chapada a la antigua. Pretendientes nunca le faltaron, su cabello castaño y fino rostro, muy característico de su tierra natal la convertían en una mujer preciosa. Además su carácter era irresistible para cualquiera. Todos en el barrio donde vivíamos allá en la Pequeña Habana la querían y respetaban mucho, era cosa de familia según ella. Jamás se arrepintió de dejar su hogar en Albania por casarse con un desempleado como mi padre. Las críticas no tardaron en llegar, pero él demostró a su familia política que de verdad valía. Consiguió la ciudadanía, un empleo con un salario digno y una linda casa, en fin, logró su deseo, ser un estadounidense promedio.
Hablar sobre mi juventud sería una pérdida de tiempo, no hay nada que valga mucho la pena mencionar. La mía fue una adolescencia típica, mi mundo giraba alrededor de las chicas, el deporte y mi temporal pasión, el sipalki. Tenía malas juntas, pero supe elegir bien que camino quería seguir. Hasta hoy no sé que se siente siquiera fumar un cigarrillo, y así seguirá. Eso sí, la angustia de ver a mi madre sufrir para poder alimentarnos me llevó a pecar de tomador, vicio que hasta hoy en día me persigue cuando no me encuentro bien.
Desde chico supe que quería ser policía, lo veía como el método más eficaz para combatir las injusticias de la sociedad que azotaban a mi círculo íntimo. Con la profesión no tardé en darme cuenta que la cosa no era tan así, pero de igual manera no me arrepiento, me gusta mi empleo.
A mediados de los ’70 me metí en la academia y desde allí jamás me detuve. Para 1977 ya era un oficial hecho y derecho. Con gusto abandonaba cada día mí rentado apartamento con mi azul uniforme listo para solucionar cualquier problema que se me cruzase. Patrullar era duro y a veces la cosa se tornaba riesgosa, pero me agradaba el poder que tenía, y amaba los rostros agradecidos de la gente que ayudaba.
Convertirse en detective no es tarea fácil, sólo los mejores son capacees de colgar el infirme, y por lo general años de experiencia eran necesitados. Afortunadamente mi vocación jugó a mi favor, y una noche donde tocaba patrullar me arriesgué a intervenir en un caso de toma de rehenes sin refuerzos. La historia es larga y carente de importancia, no así su resultado, ya que con orgullo puedo admitir que me las arreglé para arrestar a seis hombres -dos armados- y salvar a la familia de un respetable contador sin disparar un solo tiro. Si la unidad de asesinatos fuese el paraíso, se diría que me gané mis alas. Una semana después, fui honrosamente promovido, y así me convertí en el detective más joven de la unidad de homicidios de la estación de policía de Miami Norte.
Mi madre apenas pudo ver mi nueva placa antes de que el cáncer también se la llevara a ella. Ese fue el golpe más duro que me dio la vida, vaya que quería a esa mujer, después de todo aunque sea un tipo frío y de pocas palabras, era su hijo.
Quizá ya lo notaron, pero mi vida giraba en torno a mi trabajo. Esta ocupaba casi todo mi tiempo y mis pensamientos se concentraban principalmente en ello, cosa que no me molestaba. Ya no trabajaba patrullando, sino que yo recibía casos que debía resolver, por lo que era incierto el tiempo que empleaba en ellos. Lo único que podía reprocharle a mi vida policial -además de lo rutinario de ésta- era el hecho de no haberme permitido mantener una relación estable por más de unos meses.
La estación era mi segundo mi hogar, y allí estaba mi nueva familia. La unidad era pequeña, por lo que todos nos conocíamos netamente. Robbie Harris era el detective forense, se encargaba de analizar las escenas de los crímenes, un tipo agradable e inteligente, y como cualquiera que ejerza en su rubro, un gran observador. Luego estaba May Graham, la siempre tan carismática y frontal psiquiatra del departamento, una mujer tocando los cuarenta años, de cabello corto y labios grandes. La otra pareja de detectives la formaban Scott Remington y James Forelli, ambos compartían los casos conmigo. Efectivamente, yo también tenía una pareja, el viejo Alexander “El turco” Sollozo, pero se jubiló a mediados de mayo de aquel año. Y No, no le dispararon una semana antes de su retiro, tuvo su fiesta, recibió un reloj barato del sindicato y otros presentes realmente valiosos por parte de la unidad. Ahora reparte su tiempo entre jugar golf, hacer deporte y sus nietos. Realmente se lo extrañaba en la comisaría, el fue mi compañero desde el principio y me enseño cada truco y como lidiar con las dificultades de ese empleo. Por tradición en la unidad de homicidios siempre actuábamos en parejas, por lo que esperaba la transferencia de mi nuevo compañero que pronto se convertiría en los ojos de mi espalda.
Sólo había un hombre que inspiraba más respeto que “el Turco”, y era nuestro teniente, Jeff Tyler, a quién religiosamente llamábamos “jefe”. Era un hombre de piel blanca y fría, de unos cincuenta años más o menos, aunque no los aparenta. Su cabello es el más negro que he visto y se complementaba perfectamente con su fino bigote. Su mirada era alarmante pero noble y jamás perdía su serenidad tan característica. Era posiblemente el hombre más inteligente que conocía, y un policía sin procedentes, era todo un ejemplo a seguir. No exagero, mil veces se le ofreció un mayor cargo que ese -y en mi opinión podría haber sido tranquilamente el secretario de defensa de la nación- pero siempre los rechazó argumentando que le gustaba su empleo en Miami. No tenía ambición ni mucho menos maldad, deseaba llegar a ser al menos la mitad de bueno que él.
Una mañana llegué a la estación donde exactamente una semana atrás y a esa misma hora el Turco guardaba en una caja las pertenencias personales que tenía en su escritorio. Estacioné mi vehículo y entré, en el recibidor había un antigua espejo, toda una reliquia que se conservaban en aquel edificio desde su fundación. Presioné el botón del ascensor y esperé moviendo mi pie al ritmo de una canción pegajosa que acababa de escuchar.
Puse atención al espejo y me vi a mi mismo, allí se reflejaba mi castaño cabello, corto, como el reglamento lo indica. Mi barba ya estaba demasiado crecida, debía afeitarme noté. Eran apreciables mis verdes ojos, herencia de mi madre, al igual que mi bronceada piel que se extendía a lo largo de mis ciento ochenta y cinco centímetros de existencia. Noté que había subido algo de peso y pensé en lo que extrañaba el ejercicio que hacía siendo un uniformado.
El elevador arribó, entré en este y presioné el botón que llevaba al piso tres, sede de nuestra unidad. Puse un pie en la oficina y me sentí como un marino que tras varios meses en alta mar regresa a su casa. El viejo piso revestido con madera sostenía todo el piso. Sobre éste se alzaban nuestros escritorios y gran número de sillas. La oficina privada del teniente estaba justo al fondo, al lado de la sala de interrogatorios. Unos libreros, la pequeña cocina, las empolvadas lámparas y un televisor a color conformaban el resto de la decoración.
Saludé a los presentes, sólo se encontraban allí Scott y James trabajando en un nuevo caso. Por mi parte no tenía ninguno asignado, pero estaba aburrido en mi casa y decidí pasarme para ver como iban las cosas.
-Buenos días, señores -dije amablemente- ¿nuevo caso?
-Hola, Alves -respondió Scott.
-Buen día también para ti, Alves. Sí, fue un robo que terminó en tragedia, lo habitual -mencionó el otro detective.
En la oficina era el único a quien llamaban por su apellido, y no los culpo, mi primer nombre siempre le resultó difícil a la gente.
Avancé unos metros con intención de sentarme en mi escritorio cuando el teniente Tyler salió de su despacho, inmediatamente me acerqué a saludar.
-Buenos días, jefe.
-¿Otra vez aquí Alves? ¿No te cansas de estar aquí?
-Lo mismo digo.
Rió brevemente.
-Tengo una sorpresa para ti -dijo mientras estiraba una hoja de papel hacia mí. Lo tomé.- Es un informe sobre tu futuro compañero.
-¿Así que Ana Regan?
-En efecto -respondió el sabio hombre.
-¡¿Veintiséis?! ¿Qué hizo esta chica? ¿Causó la rendición de los rusos o que?
-Continua leyendo, es brillante y tiene legajo excelente, ya me agradecerás cuando veas la joya que te conseguí como pareja.
Guardé el informe en mi bolsillo sin acabar de leerlo, no me apetecía en el momento. Me senté sobre la silla de mi escritorio y comencé a hamacarme en ésta mirando el techo. Sólo deseaba descansar, un presentimiento me decía que se venían tiempos difíciles… Y vaya que tenía razón.
Bueno eso es todo por ahora, es una introducción corta pero abarca los aspectos básicos de mi personaje. El próximo cap se los traerá Teos, así que también conocerán su parte de la historia. En fin, espero que muchos se prendan a este lindo fic. ¡Saludos!
EL INSTINTO TENEBROSO
Por Teos y Maty
Spoiler
INTRODUCCIÓN
Todo es tan relativo. Relativo y mecánico, si señor. La vida es así, como muchos dicen es un ciclo, interminable y tortuosamente bello. Esta manera de vivir bajo las leyes de Moebius donde no sabemos cuando todo empezó ni menos cuando acabará puede llevarnos por infinidad de caminos, los buenos y los malos, le pese a quien le pese. Y sí, que se le va a hacer, a algunos les toca la salida fácil, otros viven de problema en problema, así es como funciona eso.
Jamás tuve que objetar sobre la vida que me tocó, laboriosa y hasta un poco tajante, pero buena vida al fin. Pero nunca me gustó la rutina, que me atrevería a decir es el ciclo de la vida a modelo escala. La odiaba, para que andar con vueltas. El simple hecho de hacer lo mismo el resto de mi vida me asqueaba. Que irónico y caprichoso que puede ser el destino. Pero no puedo negarlo es muy astuto. Acabó con mi rutinario estilo de vivir, lo rompió en mil pedazos, pero a cambio me ligó a algo mucho peor. “Nadie puede conseguir todo lo que quiere”, sabio el hombre que ha dicho esa frase.
Pero basta de aburrirlos con mis lamentos e improvisada filosofía, no estoy aquí para educarlos, sino para hablarles de mi vida. La vida del Detective Hilario Alves, oficial policiaco desde hace doce años, casado con su profesión y amante de la justicia. Un tipo que lleva treinta y dos años odiando la violencia, el crimen y por sobre todas las cosas la impunidad y la injusticia, cosas que lo llevaron a elegir la profesión de los uniformados azules, aunque mi rango de detective me ha privado de mi uniforme durante los dos últimos años.
No hay demasiados hijos de un latino y una europea, vaya que no, cosas así solamente las vez en Miami, ciudad de bullicio y multicultural ecosistema, la tierra de mis raíces, cuna de mi enseñanza, y dejando de la lado la lírica, mi lugar de residencia durante toda mi vida. Y eso precisamente es lo que soy, fruto del amor de un ilegal costarricense con anhelos de conocer el sueño americano, y una albanesa que optó por cruzar el charco como turista. Fue amor a primera vista, según ella.
Y así es como mientras Eisenhower manejaba el país yo arribé a este mundo. Cuatro años más tarde, mi madre dio a luz a Steve. Mis padres acordaron alternarse para elegir los nombres de sus hijos, y como en los ’50 el hombre siempre estaba por delante, yo fui condenado a llevar un complicado nombre español en la ciudad de las hermosas playas. Me llevo bien con Steve, es un buen tipo, aunque hablamos poco, quizá sea por eso que nos llevábamos tan bien.
Mi viejo se nos fue cuando tenía siete en un accidente laboral, apenas pude disfrutarlo. Mi madre no volvió a casarse por respeto a mi padre, era una mujer chapada a la antigua. Pretendientes nunca le faltaron, su cabello castaño y fino rostro, muy característico de su tierra natal la convertían en una mujer preciosa. Además su carácter era irresistible para cualquiera. Todos en el barrio donde vivíamos allá en la Pequeña Habana la querían y respetaban mucho, era cosa de familia según ella. Jamás se arrepintió de dejar su hogar en Albania por casarse con un desempleado como mi padre. Las críticas no tardaron en llegar, pero él demostró a su familia política que de verdad valía. Consiguió la ciudadanía, un empleo con un salario digno y una linda casa, en fin, logró su deseo, ser un estadounidense promedio.
Hablar sobre mi juventud sería una pérdida de tiempo, no hay nada que valga mucho la pena mencionar. La mía fue una adolescencia típica, mi mundo giraba alrededor de las chicas, el deporte y mi temporal pasión, el sipalki. Tenía malas juntas, pero supe elegir bien que camino quería seguir. Hasta hoy no sé que se siente siquiera fumar un cigarrillo, y así seguirá. Eso sí, la angustia de ver a mi madre sufrir para poder alimentarnos me llevó a pecar de tomador, vicio que hasta hoy en día me persigue cuando no me encuentro bien.
Desde chico supe que quería ser policía, lo veía como el método más eficaz para combatir las injusticias de la sociedad que azotaban a mi círculo íntimo. Con la profesión no tardé en darme cuenta que la cosa no era tan así, pero de igual manera no me arrepiento, me gusta mi empleo.
A mediados de los ’70 me metí en la academia y desde allí jamás me detuve. Para 1977 ya era un oficial hecho y derecho. Con gusto abandonaba cada día mí rentado apartamento con mi azul uniforme listo para solucionar cualquier problema que se me cruzase. Patrullar era duro y a veces la cosa se tornaba riesgosa, pero me agradaba el poder que tenía, y amaba los rostros agradecidos de la gente que ayudaba.
Convertirse en detective no es tarea fácil, sólo los mejores son capacees de colgar el infirme, y por lo general años de experiencia eran necesitados. Afortunadamente mi vocación jugó a mi favor, y una noche donde tocaba patrullar me arriesgué a intervenir en un caso de toma de rehenes sin refuerzos. La historia es larga y carente de importancia, no así su resultado, ya que con orgullo puedo admitir que me las arreglé para arrestar a seis hombres -dos armados- y salvar a la familia de un respetable contador sin disparar un solo tiro. Si la unidad de asesinatos fuese el paraíso, se diría que me gané mis alas. Una semana después, fui honrosamente promovido, y así me convertí en el detective más joven de la unidad de homicidios de la estación de policía de Miami Norte.
Mi madre apenas pudo ver mi nueva placa antes de que el cáncer también se la llevara a ella. Ese fue el golpe más duro que me dio la vida, vaya que quería a esa mujer, después de todo aunque sea un tipo frío y de pocas palabras, era su hijo.
Quizá ya lo notaron, pero mi vida giraba en torno a mi trabajo. Esta ocupaba casi todo mi tiempo y mis pensamientos se concentraban principalmente en ello, cosa que no me molestaba. Ya no trabajaba patrullando, sino que yo recibía casos que debía resolver, por lo que era incierto el tiempo que empleaba en ellos. Lo único que podía reprocharle a mi vida policial -además de lo rutinario de ésta- era el hecho de no haberme permitido mantener una relación estable por más de unos meses.
La estación era mi segundo mi hogar, y allí estaba mi nueva familia. La unidad era pequeña, por lo que todos nos conocíamos netamente. Robbie Harris era el detective forense, se encargaba de analizar las escenas de los crímenes, un tipo agradable e inteligente, y como cualquiera que ejerza en su rubro, un gran observador. Luego estaba May Graham, la siempre tan carismática y frontal psiquiatra del departamento, una mujer tocando los cuarenta años, de cabello corto y labios grandes. La otra pareja de detectives la formaban Scott Remington y James Forelli, ambos compartían los casos conmigo. Efectivamente, yo también tenía una pareja, el viejo Alexander “El turco” Sollozo, pero se jubiló a mediados de mayo de aquel año. Y No, no le dispararon una semana antes de su retiro, tuvo su fiesta, recibió un reloj barato del sindicato y otros presentes realmente valiosos por parte de la unidad. Ahora reparte su tiempo entre jugar golf, hacer deporte y sus nietos. Realmente se lo extrañaba en la comisaría, el fue mi compañero desde el principio y me enseño cada truco y como lidiar con las dificultades de ese empleo. Por tradición en la unidad de homicidios siempre actuábamos en parejas, por lo que esperaba la transferencia de mi nuevo compañero que pronto se convertiría en los ojos de mi espalda.
Sólo había un hombre que inspiraba más respeto que “el Turco”, y era nuestro teniente, Jeff Tyler, a quién religiosamente llamábamos “jefe”. Era un hombre de piel blanca y fría, de unos cincuenta años más o menos, aunque no los aparenta. Su cabello es el más negro que he visto y se complementaba perfectamente con su fino bigote. Su mirada era alarmante pero noble y jamás perdía su serenidad tan característica. Era posiblemente el hombre más inteligente que conocía, y un policía sin procedentes, era todo un ejemplo a seguir. No exagero, mil veces se le ofreció un mayor cargo que ese -y en mi opinión podría haber sido tranquilamente el secretario de defensa de la nación- pero siempre los rechazó argumentando que le gustaba su empleo en Miami. No tenía ambición ni mucho menos maldad, deseaba llegar a ser al menos la mitad de bueno que él.
Una mañana llegué a la estación donde exactamente una semana atrás y a esa misma hora el Turco guardaba en una caja las pertenencias personales que tenía en su escritorio. Estacioné mi vehículo y entré, en el recibidor había un antigua espejo, toda una reliquia que se conservaban en aquel edificio desde su fundación. Presioné el botón del ascensor y esperé moviendo mi pie al ritmo de una canción pegajosa que acababa de escuchar.
Puse atención al espejo y me vi a mi mismo, allí se reflejaba mi castaño cabello, corto, como el reglamento lo indica. Mi barba ya estaba demasiado crecida, debía afeitarme noté. Eran apreciables mis verdes ojos, herencia de mi madre, al igual que mi bronceada piel que se extendía a lo largo de mis ciento ochenta y cinco centímetros de existencia. Noté que había subido algo de peso y pensé en lo que extrañaba el ejercicio que hacía siendo un uniformado.
El elevador arribó, entré en este y presioné el botón que llevaba al piso tres, sede de nuestra unidad. Puse un pie en la oficina y me sentí como un marino que tras varios meses en alta mar regresa a su casa. El viejo piso revestido con madera sostenía todo el piso. Sobre éste se alzaban nuestros escritorios y gran número de sillas. La oficina privada del teniente estaba justo al fondo, al lado de la sala de interrogatorios. Unos libreros, la pequeña cocina, las empolvadas lámparas y un televisor a color conformaban el resto de la decoración.
Saludé a los presentes, sólo se encontraban allí Scott y James trabajando en un nuevo caso. Por mi parte no tenía ninguno asignado, pero estaba aburrido en mi casa y decidí pasarme para ver como iban las cosas.
-Buenos días, señores -dije amablemente- ¿nuevo caso?
-Hola, Alves -respondió Scott.
-Buen día también para ti, Alves. Sí, fue un robo que terminó en tragedia, lo habitual -mencionó el otro detective.
En la oficina era el único a quien llamaban por su apellido, y no los culpo, mi primer nombre siempre le resultó difícil a la gente.
Avancé unos metros con intención de sentarme en mi escritorio cuando el teniente Tyler salió de su despacho, inmediatamente me acerqué a saludar.
-Buenos días, jefe.
-¿Otra vez aquí Alves? ¿No te cansas de estar aquí?
-Lo mismo digo.
Rió brevemente.
-Tengo una sorpresa para ti -dijo mientras estiraba una hoja de papel hacia mí. Lo tomé.- Es un informe sobre tu futuro compañero.
-¿Así que Ana Regan?
-En efecto -respondió el sabio hombre.
-¡¿Veintiséis?! ¿Qué hizo esta chica? ¿Causó la rendición de los rusos o que?
-Continua leyendo, es brillante y tiene legajo excelente, ya me agradecerás cuando veas la joya que te conseguí como pareja.
Guardé el informe en mi bolsillo sin acabar de leerlo, no me apetecía en el momento. Me senté sobre la silla de mi escritorio y comencé a hamacarme en ésta mirando el techo. Sólo deseaba descansar, un presentimiento me decía que se venían tiempos difíciles… Y vaya que tenía razón.
Bueno eso es todo por ahora, es una introducción corta pero abarca los aspectos básicos de mi personaje. El próximo cap se los traerá Teos, así que también conocerán su parte de la historia. En fin, espero que muchos se prendan a este lindo fic. ¡Saludos!





Sólo tengo buenos recuerdos de ustedes y de este agradable lugar también.














