One-shot Nº1:
A mis espaldas
En ese momento apenas podía abrir los ojos, preguntándome en dónde estaba y cómo había terminado en aquel lugar después de haber huido hace tanto tiempo.
Entonces recordé por qué y sentí cómo mis sentidos volvían a reducirse, tornando todo a mi alrededor tan irreal pero tan tangible que pensé que no estaba viva.
Creí ver una intensa luz blanca intentar traspasar las gruesas cortinas de la habitación, pero la propia luminosidad de una pequeña lámpara la repelía, luchando hasta que lograba escurrirse entre las rendijas de las ventanas y lanzarla lejos de la casa.
No sabía qué sucedía, estaba tan desorientada y harta de sentirme tan decaída e indefensa. Ya era suficiente, no podía continuar en ese estado.
Logré sentarme, a pesar de lo pesado que mi cuerpo se sentía y que el mundo me diera vueltas estrepitosamente, aferrándome con fuerza a las sábanas para no dejarme vencer por aquellos ilusorios giros hasta que se detuvieran.
No podía recordar cómo había llegado a la cama, o cómo logré quitarme la ropa de encima y quedar en paños menores. Estaba tan confundida, incluso por un ínfimo instante olvidé quién era yo. Pero su presencia fue más que suficiente para recuperar mis cabales.
Allí estaba de nuevo, mirándome fijamente como lo hacía desde que tenía memoria, cubriéndose con una negra y desgarrada capa que ondeaba con cierto aire místico, cuidadoso de no dejar ver su rostro o sus macilentas manos. Que solo estuviese ahí, parado en silencio, provocaba que su alrededor se tiñera de tristeza y que quienes estuvieran cerca sintieran zozobra.
No tenía caso intentar esconder nada conmigo, después de todo, nos conocíamos desde que yo era pequeña. Siempre ha estado conmigo, si bien yo deseaba que desapareciera y dejara de atormentarme.
Sencillamente, era imposible olvidar aquellos ojos vacíos, completamente blancos y tan tenebrosos que podrían robar mi alma. Todo el tiempo evitaba contemplarlos fijamente, ya que si lo hacía, las peores y más espantosas pesadillas me atormentarían en la noche. Puedo decir, con mucha seguridad, que jamás he tenido sueños de verdad y a eso se deben mis marcadas ojeras.
Después de tanto tiempo pudiendo verle en contra de mi voluntad, me acostumbré en cierto modo, desconociendo la razón de su atosigamiento y empeño de estar siempre detrás de mí.
Le ignoré. Era la peor ocasión para que estuviera cerca de mí, le deseaba lo más lejos posible, muy lejos. Pasaba por el momento más difícil y doloroso de mi miserable vida, él era lo que menos deseaba tener.
Pero le conocía tan bien que sabía que era a propósito. Después de todo, se llevó a mi abuela hace un mes y no me enteré hasta hace unos días, cuando lograron contactarme. Por eso había vuelto…
Me levanté de la cama y me acerqué lentamente al baño para lavarme la cara. Al segundo, siguió mis pasos, deslizándose en silencio y con cuidado.
Me molestó que me siguiera, mucho más que pretendiera que yo desconocía que estaba ahí, observándome fijamente a través de su capucha… Mi sangre hirvió de rabia y eso era lo que él quería.
Necesitaba urgentemente recuperar la calma y el agua fría no ayudó mucho, solo me espabiló y él se volvió mucho más nítido a mis ojos.
De inmediato, acabé de quitarme la poca ropa que tenía y me metí a la ducha, girando el grifo rápidamente; ni siquiera me importó el agua helada, todo por no prestarle la más mínima atención.
No desperdicié tiempo. Al salir de la ducha, entré al cuarto y escogí algo de ropa en mi maleta para colocarme, bajé a prepararme un rápido desayuno y salí de la casa con prisa.
Apenas coloqué un pie en la calle, lancé una mirada a mí alrededor y no pude evitar suspirar, después de todo, había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve en aquel lugar.
Hace muchos años, cuando era pequeña, mis padres y yo nos mudamos, dejando a mi abuela atrás en esta vieja casa. Fue más una mudanza por necesidad que por gusto, premurosa debo decirlo. Mis padres, cuando les hablaba de él y del miedo que me daba, creyeron que era un cuento creado por una gran imaginación y reían, pero cuando notaron el tremendo efecto que él y mis recurrentes pesadillas tenían sobre mí, tuvieron que tomar medidas extremas. Por supuesto, a pesar de las pruebas, jamás me creyeron, pensaron que se debía a algún trauma, cosa absurda para una niña que era tratada como princesa.
La única solución fue el único psicólogo que (pensaron) me ayudaría, pero estaba al otro lado del país y, después de contarle todo mi cuadro, les dijo a mis padres que las consultas tendrían que ser estrictamente diarias. Adiós a mi hogar.
Pasaron muchos años y las visitas al psicólogo jamás rindieron frutos. Es más, él siempre estuvo junto a mí perturbándome, y yo rogaba porque nuestras miradas no se encontraran.
Cuando me di cuenta de que aquel simpático señor, por más bondadoso y buenas intenciones que tuviese, no podría ayudarme jamás, comencé a actuar, fingiendo que tantos años de consulta comenzaban a surtir efecto. Me sentía mal por mentir, pero mi situación solo hizo daño a mis padres y frustró por mucho tiempo a un buen hombre… Y a pesar de tantos dilemas y llantos, él seguía ahí, como si nada.
Mientras caminaba sin rumbo conciso, rememoré aquellos breves años de niñez en aquel pueblo, muy distinto al lugar lleno de bondad y brillo que recordaba. Debo admitirlo, antes el sitio me parecía más bonito, ahora solo podía ver a un pueblo sombrío, lleno de personas malhumoradas, mezquinas y de mal corazón.
¿Qué negra maldición habrá infectado a tan hermoso lugar? ¿Sería, acaso, que mi inocente cabecilla solo retuvo cosas que en realidad jamás existieron? ¿O es que después de tanto tiempo siendo perseguida y espantada, atesoraba cualquier rayo de luz y pureza?
Justo en ese momento llegué a un terreno baldío, sin cercado, con la maleza alcanzando alturas increíbles y con apenas dos esqueléticos árboles. Decidí sentarme al pie de uno de esos árboles un rato.
Caminando hacia el que más adentrado estaba, me sorprendí de cómo me absorbían mis divagaciones, mofándose del tiempo al dejarlo como algo superfluo y sin valor real. Me senté y lancé una mirada alrededor desde aquel modesto escondrijo, las calles estaban desérticas… ¡¿Y cómo no?! Con el cielo casi tan negro como la noche desde tan temprano, ¿quién quisiera arriesgarse?
A pesar de eso, no estaba sola, él aún seguía conmigo, sentándose descaradamente cerca de mí. Esa cosa realmente comenzaba a molestarme.
No debía sucumbir a la rabia, como me dije más temprano. Si iba a pasar un rato en ese lugar lo mejor era que lo usara para pensar… o recordar.
Era incapaz de despegarme de los recuerdos de la niñez, el pueblo me los devolvía, como si los hubiera guardado tanto tiempo que le estorbaban. El más fuerte reconstruía para mí el rostro del primer mejor amigo que tuve en mi vida.
Éramos tan pequeños e ilusos. Fue al primero con el que me atreví a contarle sobre la figura encapuchada que me acosaba, y en vez de censurarme o asustarse me brindó apoyo.
Pasábamos juntos tardes enteras escondiéndonos entre los arbustos, él me decía que era para esconderme del encapuchado, pero le decía que era inútil porque siempre estaba atrás de nosotros.
Cuando no nos escondíamos, nuestra tarde la dejábamos para cazar mariposas. Prefería un millón de veces esto, era mi juego preferido. Solíamos apostar nuestras meriendas, quien cazara la mariposa más grande y bonita ganaba, pero no importaba mucho porque igual compartíamos nuestras golosinas al final del día.
Eran tardes maravillosas, mi sustituto idóneo de los sueños que me eran robados en la noche, no importaba si solo retozábamos en la grama recién cortada, yo abrazaba aquellos momentos con fervor, apreciando el particular aroma, el frío de la tierra o las infinitas siluetas que formaban las nubes. Éramos los amigos más felices que existían.
Pero el recuerdo más adorado por una niña atormentada, fue cuando su mejor amigo le prometió que estaría siempre con ella, combatiendo a la sombra de su terror hasta lograr que le devolviera sus sueños, porque era una bajeza arrebatarle a una niña pequeña el placer de crear un mundo en el que todo lo que la hiciera feliz la rodeara.
Cuando me hizo esa promesa, mis ojos no contuvieron las lágrimas y lo abracé fuertemente, no conocía palabras suficientes en ese entonces para expresarle mi gratitud. Nunca he vuelto a tropezarme con nadie que tenga un corazón tan grande como el de aquel niño, ese que jamás quiso dejarme sola y huir despavorido para no saber de mi triste realidad.
Lamentablemente, su promesa no duró demasiado.
A la semana siguiente, murió en un espantoso accidente de tráfico junto a toda su familia, él quedó completamente aplastado, casi no pudieron identificarlo.
No me enteré al instante, yo seguí yendo a la puerta de su casa a tocar tres veces antes de irme, decepcionada y triste por no poder jugar. Pasó una semana entera y como seguía llamando a la puerta, mis padres se dignaron a contarme lo que le sucedió a mi amigo.
El dolor que sentí fue inmenso y las lágrimas no tardaron en acudir. Tal sufrimiento era imposible que cupiera en un cuerpo tan pequeño. Perdí en un abrir y cerrar de ojos al único compañero de juegos y al único que estuvo dispuesto a pasar una vida entera desafiando a mi fantasma encapuchado…
En los días que estuve encerrada en mi habitación, llorando hasta que el día se desvanecía, pude escuchar el leve susurro de una risa malévola. Sentí rabia, odio, repulsión… cosas que para una niña deberían ser imposibles. Me lo había arrebatado y sin derecho a patalear, lo hizo y de una de las maneras más horribles.
Pasó un mes para que me repusiera y asimilara su partida, pero su recuerdo y su promesa vivían todavía en los latidos de mi corazón. Esperaba despierta, esperanzada de que su palabra fuera cumplida de alguna forma u otra, durmiendo hasta que la luz desapareciera y rogando que me permitieran soñar aunque sea una vez. No importaba que fuera una mera ilusión, solo quería saber qué se sentía no ser tan desdichada.
Hasta el día de hoy, su pérdida lastimaba mi corazón, como si pequeñas agujas se clavaran una y otra vez, soñando con los ojos abiertos y queriendo tener el poder de retroceder en el tiempo y enmendar tantas cosas… porque no fue la única vez que me arrebató a alguien.
Me levanté y eché a correr. Aquellos eran mis peores recuerdos… los de todos. Pero me detuve de sopetón, era inútil correr, no podría escapar jamás de nada. Pero, por lo menos, podría hacer algo por quienes amé.
Después de unas horas de caminata, llegué a mi destino, la parte más antigua y abandonada del pueblo.
El muy modesto cementerio me rodeaba, con lápidas que iban desde las más recientes hasta las que con solo tocarlas se volverían polvo. Comparado a otros en los que había estado, éste era muy pequeño y excesivamente solitario.
Decidí dejar de dar mi opinión de todo por un momento y comencé a caminar, sosteniendo un ramo de flores que pasé buscando por la florería del cementerio. Serpenteé entre las tumbas, cuidando no pisarlas y leyendo las lápidas hasta que encontré las que buscaba.
Me senté con cuidado, contemplando con tristeza a quienes yacían ante mí en su sueño eterno. Aquí, enterrados frente mío, estaban mis amados padres, mi adorada abuela y, algunas lápidas más adelante, estaba mi querido amigo junto a sus padres. Dejé unas cuantas flores a cada uno hasta que me quedé sin una en la mano, luego me regresé y me volví a sentar frente a las tumbas de mi familia.
Mis amados padres… Aún en su ignorancia y en lo poco que creían en mi, los adoraba como cualquiera ama a sus padres. A pesar de todo, ellos me hicieron feliz, brindándome todo el amor que se le da a un hijo único. Mi madre no pudo tener más hijos después de mí, creo incluso que fui un pequeño milagro, por eso tanta adoración para una pequeña princesa ojerosa.
Cuando fallecieron en extrañas circunstancias, igual que mi abuela y muchas de las personas que entablaron amistad conmigo, supe que uno de sus deseos al morir era que fueran enterrados en nuestro pequeño pueblo. Al traerlos de vuelta, no pude asistir al funeral, su muerte me impactó más de lo pensado y estuve en cama muchos días sin poder levantarme, por lo que solo di mi aprobación para que los transportaran antes de que comenzaran a descomponerse.
Y hace poco mi abuela… ¡Mi querida abuela! La única persona que me quedaba en el mundo. Falleció hace un mes, sola en la casa. “Fue algo natural” me dijeron los médicos, cosa extraña en una señora que gozaba de una excelente salud, mejor incluso que la mía. Como ya había dicho, no me contactaron hasta hace unos días, de nuevo no pude asistir a un funeral y darles mi “hasta luego”.
Envuelta en memorias, no me preocupé por el paso del tiempo, simplemente estuve ahí, pensando en las tristes muertes que experimentaron y lo triste que me dejó la partida de cada uno hasta que comencé a llorar.
Lo sentí a mi lado, disfrutaba el verme ahí, contemplando a quienes se llevó así sin más, relamiéndose de placer por mis desgracias.
No me molesté, tuve tiempo suficiente para pensar en ciertas cosas en las que jamás puse cuidado, no hasta que me percaté de lo sola que estaba ahora.
Me armé de valor y volteé, encarándolo para darle a entender que no me importaba y que no tenía el mismo efecto en mí como antes.
Desde hace mucho, incluso antes de que yo naciera, existieron muchas personas condenadas a estar solas, mayor prueba que tumbas descuidadas o abandonadas no había. Probablemente, él estuvo presente en las vidas de esas personas, igual que conmigo, quitándoles a sus seres queridos y esperando ansiosamente por llevarse a los afligidos por su compañía. Solo era diversión para él.
O quizás, ni siquiera lo hacía para entretenerse… Si lo pensaba un poco más, recordando cierto folklore, podría señalarlo de resentido, más desdichado que cualquiera que haya pisado la faz de la tierra. Esa sería una posibilidad del por qué, en contra de nuestra voluntad, a los elegidos les hacía saborear la soledad eterna.
Jamás conocería sus verdaderas razones para estar aquí, destrozando mi vida con tan sádica lentitud. Podría elaborar miles de teorías y todas serían incorrectas.
Lo único que podía hacer era tomar una decisión: dejarme vencer por el temor y entregarle mi vida, o intentar vivir con la mayor plenitud que pueda...
Frente a lo que quedaba de quienes me amaron, escogí desafiarlo y vivir.
Sentí un cambio brusco en la atmósfera, todo se tornó más pesado y la brisa dejó de jugar con mis cabellos. Pude ver, entonces, aquellos espeluznantes ojos a través de la capucha, pero en vez de huir le sostuve la mirada.
Le había desafiado y le molestó mi osadía. Pero no me importaba ya. No importaba, estando tan sola como lo estaba, que por siempre fuera a estar a mis espaldas.
One-shot Nº2:
El Juego
La pequeña no los escuchaba realmente. Odiaba cuando algún altercado estúpido eliminaba el espíritu pacífico y mágico de la casa. ¡Pero era tan difícil concentrarse en su juego con aquellos gritos!
—¡Cállate, mujer! ¡No tienes ningún derecho a hablar, y bajo ningún motivo voy a perdonarte jamás! ¡Eres una vergüenza!
—¡Yo hago lo que se me plazca en esta casa! —replicaba a todo pulmón la madre de la niña, desde el comedor—. Bastante bien merecido lo tienes por abandonarme de este modo.
La pequeñita, de apenas siete años de edad, centraba sus atenciones en el par de muñecas de trapo que tenía en las manos, o al menos ésa era su intención. Eran de baja calidad y ya muy viejas; a su padre nunca le importó su recreación con juguetes.
—¡Maldita mujerzuela, adúltera! —exclamaba el hombre, añadiendo otros adjetivos despectivos que los oídos inocentes de la niña no alcanzaban a comprender.
“Bienvenida, señorita, ¿qué se le ofrece?”, murmuraba la niña para sí misma, moviendo la cabecita de una de sus muñecas, que tenía dos cruces por ojos. Le dolían hasta el alma los insultos lejanos que le lanzaban a su madre, a su querida madre. “Buenos días, señora. Vengo a comprar”, simulaba que hablaba su otra muñequita.
—¿Te parece correcto que pasen hasta tres noches sin que vengas a dormir a tu casa? ¡Eres un desvergonzado! —gritaba la madre al fondo de la sala.
—Yo soy el hombre aquí y puedo hacerlo sin problemas —alegaba él.
La niña no disfrutaba de su juego. La angustia taladraba su estómago. Les estaba dando la espalda a sus padres, en la misma sala, acomodando sus muñecas sobre una mesita en la esquina. Generalmente a su madre le preocupaba que la niña presenciara la violencia, pero ahora las cosas sonaban distintas. La pobre mujer estaba aplicada totalmente con la discusión de su marido y no atendía a nada más. Parecía tener serios problemas esta vez. ¿Se había olvidado de ella?
—Es una vergüenza que hayas metido a otro hombre en mi cama. ¿Sabes lo que eres? Eres una…
La niña se tapó los oídos. Con semejantes barbaridades de fondo, hasta el mismo juego inocente se tornaba agresivo.
“Quiero comprar un vestido rosa”, decía una muñeca a la de los ojos de cruz con la voz sumamente temblorosa. Las manos no podían sostener a las muñecas, perdían fuerza, su vigor se esfumaba. A juzgar por el movimiento trepidante de las figuritas, parecían tener alguna crisis de epilepsia.
—¿Ah, sí? ¿Y con cuántas mujeres te habrás metido tú durante tus noches de ausencia? —le retó la madre con vehemencia.
—¡Con ninguna! ¡Con ninguna porque no soy como tú! Pero de haberlo hecho, ¿qué tiene? Soy un macho y tengo derecho a hacerlo.
“Tengo un modelito… que le va… que le va a gustar…”, se esforzaba la niña en continuar con su juego, pero su corazón estaba a punto de escapársele por la garganta. ¿A qué se refería su madre? ¿Qué significaban aquellas palabras?
Los gritos volaban de un lado a otro. ¡Cómo deseaba ver a sus padres en paz, queriéndose, dándose muestras de cariño, y ella sintiéndose tranquila, segura y protegida bajo su compañía!
—¡Ya me tienes harta! —exclamaba la madre.
—¡Tú más! —respondió él en un tono más grave, y acercándosele.
La pobre niña no pudo evitar volver el rostro para mirar lo que sucedía entre sus padres. No le gustaba que gritaran así, se aterraba. La atención en sus muñecas la tenía ya completamente desenfocada.
—¡Aléjate de mí! ¡Quítate!
—Yo hago lo que quiero contigo. A mí no vengas a darme órdenes.
La madre sintió un impulso repentino, y empujándola con todas sus fuerzas, le repitió:
—¡He dicho que me sueltes, bestia, animal!
Él trastabilló un segundo hacia atrás, pero se recuperó pronto, y ante los ojos pasmados de su hijita, hizo acopio de su supuesta aunque fallida hombría.
—¡Estúpida!
Tras el chasquido sonoro de una gran bofetada, una muñeca resbaló de una manita y cayó al suelo silenciosa.
La madre tenía el rostro vuelto por el golpe, y mantenía ambos ojos cerrados. La pequeñita, con la sombra del miedo bajo sus párpados, tuvo el instinto de correr hacia ella sin saber por qué, o en qué podría ser de utilidad. Parecía como si, con ello, el mundo se viniera abajo, una terrible catástrofe. ¿Qué era lo que le decía que las cosas jamás volverían a ser como antes? Era el inicio del fin. Sus padres se odiaban.
—¿Mamá? —susurró, tomando su mano.
—Criatura apestosa, ¿quién te ha llamado en esto? —espetó el padre con su furia arrebatada—. ¡Lárgate ahora mismo!
—Hija… vete a tu recámara, por favor —murmuró la madre, apenas moviendo los labios evidentemente partidos.
—Mamá… no, por favor… no peleen… me da miedo, por favor, no peleen… por favor… —decía la pequeña con lágrimas incipientes.
Antes de que su madre pudiera responder algo ante estas súplicas, un brazo poderoso la atenazó y la arrastró por la sala.
—¡Te he dicho que te quites de en medio! ¡Voy a terminar con esta sinvergüenza! ¡Largo!
La niña se mordió la lengua hasta hacerse sangre. Cayó de rodillas frente a sus muñecas viejas y un temblor la sacudió profundamente. Tenía los ojos desorbitados y fijos en el suelo: le destilaban lágrimas redondas y gruesas, que se escapaban fácilmente porque no había ni esfuerzo ni voluntad en contenerlas.
Más golpes volvieron a escucharse: los gritos eran de ambos. Aparentemente su madre trataba de defenderla.
—¡Salvaje! —se escuchaba.
Ella no volteaba más. Recogió sus muñecas con precipitación y se encerró en su recámara sin volver a mirar la escena. Era suficiente para ella. El brazo continuaba doliéndole, porque su padre le aplicó toda su fuerza en él.
Cerró la puerta con seguro y se sentó recargándose en ella. Sus dos muñequitas estaban en sus manos, pero ahora tenían menos vida que nunca. Sus cabezas caían debido a sus cuellitos flácidos.
Agitó su cabeza un par de veces, quería alejar los recuerdos de la tristeza. Detrás de la puerta, aún se escuchaban gritos y golpes, cada vez más furibundos.
“Quisiera que me mostrara el vestido rosa”, dijo la niña, intentando colocar en el suelo a las muñecas, para concentrarse en otra cosa. No tenía ánimos, pero quería olvidar. “¡Por supuesto! Mire este modelito”.
Afuera las cosas parecían empeorar. La madre lloraba a gritos, lo insultaba de forma bárbara y el padre no aflojaba en sus pretensiones.
“¡Quiero comprarlo!” exclamó la niña más animada, dispuesta a ahogar los gritos de sus padres con su juego. “¿Cuánto vale?”, gritaba la misma.
—¡No, no! ¡Piensa en nuestra hija! ¡No, no, por favor, no! —escuchó de pronto la niña detrás de la puerta de su recámara, y sus pupilas se contrajeron.
“¡Cincuenta dólares!” gritó con todas sus fuerzas, para que su voz predominara entre el horror de afuera, y como no bastaba, continuó. “¿Cuánto dice usted?” “¡Cincuenta dólares! ¡Cincuenta dólares, cincuenta dólares, cincuenta dólares!”.
Y continuó repitiendo la frase en su juego con las lágrimas escurriéndole por sus pálidas mejillas, al saber que seguramente estaban golpeando brutalmente a su madre.
—¡No, por favor! —se escuchó al final, tras un gemido gutural del padre.
“¡Me lo llevo!”, gritó la niña. Eso era todo.
Soltó sus muñecas. El juego había terminado.
Un ruido metálico en el exterior, eco de zapatos. Jadeos increíbles propios de un loco. ¿Qué estaba pasando? De forma subconsciente lo sabía, pero su ingenuidad no le permitía comprenderlo, deshilacharlo en su mente.
Alguien tomó la puerta de escape de la sala, alguien corrió hacia la calle, alguien nunca volvería.
La pequeña abrió la puerta de su recámara lentamente. ¿Cómo lo hizo? ¿De dónde adquirió el valor? Lo ignoraba. Pero algo la impulsó a abrirla y descubrir lo que había pasado. Ya estaba oscura la sala. El padre había apagado la luz y dejado la puerta abierta en su huida. Los labios le temblaban a la niña, no sabía lo que debía hacer. Las muñecas en sus manos vacilaban, amenazaban con resbalarse por descuido.
—¿Mamá? —llamó débilmente.
A tientas, buscó la pared opuesta, en donde estaba el interruptor de luz. Caminaba lento, prolongando el tiempo para llegar, para saber la verdad.
La encendió.
—¿Mamá? —preguntó con un hilo de voz. ¿Por qué su madre estaba tirada en medio de la estancia?
Caminó lentamente hasta donde ella se encontraba.
—¡Mamá! —gritó entonces, tan fuerte como hasta hace un momento lo había hecho.
Y arrodillada sobre el piso, lloró como nunca.
Las muñecas también cayeron al piso. Ya no había lugar para más juegos fingidos.