¡La Poke-Ilíada! (Reto 28) "II Rapsodia"
¡Buenos días!
Aquí vengo a tomarle el reto número 28 a Demian, quien creía que nadie más que él podía hablar sobre un tema épico y transformarlo en una parodia de pokémon. Bueno, vamos a cerrarle la boca de una vez (o a dejarlo boquiabierto?).
En fin, la Poke-ilíada...
Primero, algunas aclaraciones:
*No estoy respetando completamente el texto original. He metido muchas partes inventadas para amenizarlo y para adaptarlo también al estilo pokémon. Casi todo lo del primer capítulo ha salido de mi imaginación completamente.
*Los personajes son directamente los mismos de la mitología, sólo que con los nombres mezclados con los de los pokémon para que al mismo tiempo pueda saberse quién es el personaje, y quién es el pokémon.
*Mientras que la Ilíada sólo nos muestra un pasaje de lo que fue la Guerra de Troya, yo preferí narrarla toda, desde sus inicios hasta el saqueo.
*No es necesario haber leído la Ilíada o conocer sobre la Guerra de Troya, aquí les voy a informar muy a mi manera xD
Los pokémon participantes están en el segundo spoiler, por si en algún momento se confunden en la lectura.
Aquí los pokémon:
Ah, por cierto. ¡Dudas que tengan sobre la historia original, o si se perdieron en alguna parte, pues pregunten, aquí les respondo!
Saludos.
Aquí vengo a tomarle el reto número 28 a Demian, quien creía que nadie más que él podía hablar sobre un tema épico y transformarlo en una parodia de pokémon. Bueno, vamos a cerrarle la boca de una vez (o a dejarlo boquiabierto?).
En fin, la Poke-ilíada...
Primero, algunas aclaraciones:
*No estoy respetando completamente el texto original. He metido muchas partes inventadas para amenizarlo y para adaptarlo también al estilo pokémon. Casi todo lo del primer capítulo ha salido de mi imaginación completamente.
*Los personajes son directamente los mismos de la mitología, sólo que con los nombres mezclados con los de los pokémon para que al mismo tiempo pueda saberse quién es el personaje, y quién es el pokémon.
*Mientras que la Ilíada sólo nos muestra un pasaje de lo que fue la Guerra de Troya, yo preferí narrarla toda, desde sus inicios hasta el saqueo.
*No es necesario haber leído la Ilíada o conocer sobre la Guerra de Troya, aquí les voy a informar muy a mi manera xD
Los pokémon participantes están en el segundo spoiler, por si en algún momento se confunden en la lectura.
Spoiler
La Poke-Ilíada.
I Rapsodia.
Al sonido de la lira, teñida con destreza por un romántico músico de fuego, las risas y la algarabía inundaban el ambiente y el gran salón. Tras la enorme mesa, que se extendía gloriosamente a lo largo de la resplandeciente estancia, se aglomeraban en cantidad incierta gran número de personalidades divinas. El mantel rojo que adornaba la mesa caía con deliciosa suavidad por sus bordes, hasta casi alcanzar el suelo limpio, extenso, agradable a la vista. De las paredes colgaban infinidad de velas, una siempre detrás de la otra, cuyas danzantes flamas iluminaban el recinto sin problemas, y parecía que gozaban de los sonidos que arrancaba la lira.
Una copa dorada de vino se alzó con algo de brusquedad, pero sin derramar una sola gota de su contenido.
—¡Por la felicidad de los nuevos esposos! —clamó glorioso Apolteon, el dios de excelsa puntería, mientras sus ojos fulguraban con pasión.
Todos los comensales imitaron el gesto enseguida, repitiendo en tonos distintos las palabras que el dios Jolteon había proferido con singular alegría para su carácter sempiterno.
Luego habló su hermana.
—Por la bonanza de nuestra bien querida prima de los mares, a la que la dicha y la fortuna acompañen eternamente —luego miró fijamente a Miletis, como si quisiera que sus palabras se quedaran por siempre grabadas en la memoria del pokémon marino, y plasmó—. Prima mía, a la que considero casi hermana carnal de no ser porque tú vives en los mares y yo en el PokeOlimpo, me es grato concederte una recompensa por tu bien sabida castidad y por la grandiosa elección que has realizado por el glorioso rey Empoleo.
Los dioses Arzeus y Gyaradión desviaron la mirada al escuchar las últimas palabras de la diosa Leafeon. Ambos sabían que todo había sido una completa argucia, un matrimonio arreglado.
Miletis asintió despacio con la cabeza; el rey Empoleo posó su vista en las alturas.
—Tómalo como un obsequio nupcial —añadió Arteafeon.
Luego se levantó de su asiento con tremenda gala para parecer más imponente de lo que realmente era. La diosa de los bosques y protectora de las féminas no poseía importantes poderes, pero era dueña de todas las criaturas salvajes que habitaban sus vastas tierras, además de la fama que tenían sus hojas navajas, capaz de asestarlas en el corazón de un enemigo incluso a la lejanía de un monte con otro.
Arteafeon agitó su cabeza, y dijo sonriente:
—Te auguro numerosa descendencia, producto del glorioso rey Empoleo, de cuya casta saldrán los más aguerridos guerreros que Grecia haya conocido jamás, para ponerse a órdenes de su patria; los hijos de tus hijos también recibirán su honra por las victorias en los combates y serán recordados con infinita cantidad de epopeyas.
Durante el tiempo que la Leafeon hablaba, ni un solo ruido se hacía presente en el gran salón; por obviedad, el Infernape tañedor de la lira había guardado el absoluto silencio, respetando las palabras solemnes de los dioses. Cuando la diosa de los bosques callaba, sólo podía percibirse el ligero tronar de las llamas de las velas, y el ronco respirar del viejo Rey del PokeOlimpo, Arzeus.
Miletis escuchaba con serenidad; no era muy emotiva normalmente, pero en ocasiones la apresaban ataques súbitos de cólera o de llanto.
—Escucha muy bien mis palabras, que lo que te diré será importante, mi apreciada prima —agregó Arteafeon—. Tendrás un hijo shiny de entre tu numerosa prole; éste será especial porque en toda Grecia jamás se conocerá mayor guerrero que él, hábil con la lanza, la espada y las flechas, no habrá quién se le iguale en destreza y fuerza. Además, tendrá la gracia de ser, como su abuelo paterno, un fenomenal Gallade.
Miletis no sabía muy bien qué decir. Volteó brevemente a ver a su marido, pero el rey parecía algo molesto. Ella lo conocía bien, no había nada más que le enfadara que interrumpirle la comida con pláticas largas.
La gran Milotic fijó sus ojos primero en Arzeus, su padre; luego giró para ver a Arteafeon, y sólo le dijo:
—Prima Leafeon, la más bella y casta de todas las hembras, de altísima gracia, es un grandísimo honor para mí aceptar tus exquisitos obsequios con los que engalanas nuestro matrimonio, de los que Empoleo y yo estamos ampliamente agradecidos y con una extensa deuda que saldarte; no te defraudaremos, y haré de nuestro Gallade el guerrero más diestro de Grecia entera.
—No tienes por qué agradecer, ni deuda qué saldar, si todo esto lo hago por el cariño y la estima que te profeso, prima mía.
Y ya todos iban a volver a sus festejos, a gritar, a hacer algarabía y seguir bebiendo, cuando una sabia Roserade, en sitio privilegiado de la mesa, casi junto al dios Arceus, levantó una de sus manos en señal de desaprobación. Enseguida todos se callaron al ver el signo de la titánide, y ésta se incorporó brevemente.
Ella era ciega de nacimiento, pero irónicamente, era la más inquisitiva y observadora de cuanto dios existiera. Normalmente se le tomaba como la aguafiestas de las reuniones, a pesar de que sólo cumplía su trabajo con diligencia. En aquellos momentos, la balanza que llevaba siempre fundida en su flor izquierda se desequilibraba mágicamente.
Volvió su rostro ante la joven Arteafeon, con una mueca de desaprobación.
Ésta respiró hondo.
—Sin embargo, Miletis, no todo puede ser paradisíaco, y menos en la tierra de los hombres. Tu hijo shiny será mortal, y ha de segar su vida en la guerra.
La diosa marina alzó la cabeza repentinamente, con los ojos casi redondeados por la sorpresa, pero era demasiado tarde para revocar la maldición que le habían proferido contra su hijo.
La balanza de Themisrade se había alineado.
—Lo siento, prima. La justicia ha vuelto a intervenir en mis deseos.
Y ambas se sentaron. El rostro de Miletis se había ensombrecido, y algunos escucharon a su marido murmurar.
—¿Y qué esperabas?
Luego, volvió él a centrar su atención en el plato de comida que tenía enfrente, y a continuar bebiendo sin moderación como lo hacían varios de los presentes, feliz de regresar a su actividad cotidiana.
De pronto, las puertas de entrada se batieron, dejando traslucir repentinamente la luz exterior. Todo fue una gran sorpresa; el ruido hizo que a dos comensales se les cayeran las copas de vino de las manos, y la brusquedad fue tal, que las velas contiguas a la puerta se apagaron.
—¿Qué sucede? —preguntó una diosa Meroetta asustada.
El impacto fue grandísimo, todos los concurrentes giraron sus rostros para alcanzar a ver la presencia que entraba lentamente al recinto, con sombría figura.
Miletis, ahora sumamente nerviosa, no podía controlarse de manera alguna, y por el susto que le había causado las maderas al batirse, se encontraba tan alterada que incluso hizo el ademán de retirarse de pronto, de no ser porque su marido se lo evitó.
—Miletis, no causes escenas. Fueron sólo las puertas.
Ella, aunque era diosa, se mostraba sutil con el Rey, de modo que decidió calmarse.
Atravesaba lentamente por el gran salón una sombra que poco a poco iba tomando forma lógica. La estela de oscuridad que dejaba tras de sí no aparentaba dar signos de bondad.
Cuando hubo llegado a un extremo de la mesa, ante el asombro de los presentes, dejó ver su figura real.
—Qué encantador —comenzó a decir cierto pokémon fantasma, mientras volteaba a su alrededor—. Aunque a decir verdad, esperaba algo así.
La diosa Misdreavus agitó su cabellera y continuó recorriendo alrededor de la mesa, ante el espasmo de todos.
—¿Están tristes, todos ustedes? ¿Por qué esas caras? Vamos, que no he venido a buscar problemas, si eso es lo que piensan. Esto es una fiesta, ¿no? ¿Entonces por qué no celebran? ¿Acaso les estorba mi presencia? Vamos, Infernape mortal, deja oír tu lira.
Arzeus se levantó de pronto de su descomunal asiento. La ira la reflejaba en sus ojos con un brillo mortífero.
—¡Misdris! ¡Misdris, espectro del Averno! ¿Quién te ha invitado para que vengas de este modo a irrumpir nuestra fiesta? ¿Acaso has encontrado tu nombre en la lista de comensales?
—Ciertamente no, Arzeus, y me preguntaba por qué lo habrán omitido —dijo Misdris, con una sonrisa que pretendía ser amable—. Quise pensar que simplemente lo habrían olvidado por algún descuido, y por eso estoy aquí. Bueno, igual no quiero que la fiesta se detenga por mí, así que continúen. ¿Quieren presentarme al esposo de nuestra prima Miletis? Ah, ya veo que se trata del nobilísimo Rey Empoleo. ¡Cómo no me había enterado antes!
Algunos presentes estaban asustados con la presencia fatalista de la diosa Misdreavus, quien de sobra sabía que a propósito no la habían invitado. Esta vez fue turno de la ruda Cresshera.
—Misdris, haznos el favor de retirarte por donde has entrado, y no volver el rostro más, porque a las fiestas a las que no se le ha invitado, es deshonor presentarse para reclamarlo.
Misdris la miró de reojo.
—No me hablen así, por favor. Pareciera como si todos estuvieran molestos conmigo. ¿He venido acaso a insultar a alguien? ¿No desea la feliz pareja mis mejores deseos? Vamos, no sean hostiles y denme un sitio en esta mesa. No me importaría mucho, después de todo, si me escogen el último de los lugares.
—¡Sombra, criatura tartárea! Sabes bien lo molestos que estamos contigo —rugió Arzeus—. No vengas a fingir estupidez después de haber creado la discordia en las bodas pasadas. Ahora no te queremos aquí, así que lárgate ahora mismo.
Misdris dio un respingo por tan crudas palabras, pero no se dejó intimidar.
—Bueno, no venía por ti, Arzeus, venía por la pareja recién casada —dijo sonriendo—. Aunque de sobra sabía que eras tú el que había planeado todo esto. Tú eres el que me odias, e infundes odio a todos los dioses menores. ¡Y no quieres que ande creando problemas! Pues bien, tú te lo has buscado. Me largaré ahora mismo, que ya no deseo participar en esta reunión idiota; ni en ésta, ni en las siguientes. No me volverán a ver por aquí, así que me largaré nuevamente a la morada de la Noche. Después de todo, siempre me sentí rechazada entre ustedes.
Las palabras de la Misdreavus dejaron con la boca abierta a más de uno, que no esperaba semejante discurso. Pero era, en realidad, lo mismo de siempre: Misdris no dejaba de ser el centro de atención de las fiestas por los problemas que se creaban en torno a ella.
—Sin embargo —continuó Misdris—, me da pena ver una fiesta tan apagada. ¿Así es como celebran ustedes? Vaya montón de aburridos y charlatanes. Están a punto de causarme náuseas. Veamos. Me iré, pero no sin antes dejarles un pequeño regalo, un… recuerdo de que yo estuve aquí. Después de todo, no me volverán a ver en mucho tiempo. Y saben qué clase de regalos suelo dar, ¿no?
La diosa Merodita se levantó enseguida de su asiento, al oír que la Discordia iba a dejarles un regalo. A la Meroetta le brillaron los ojos. ¿Otro collar de diamantes, con incrustaciones de zafiros y cuentas de brillantes de diferentes tonalidades? ¿O, como la reunión pasada, en la que dio flechas de plata a Apolteon, y un espejo de oro a Cresshera? ¡Por todos los dioses! Los regalos que Misdris otorgaba siempre valían la pena.
De modo que todos guardaron silencio y se prepararon para saber qué pretendía hacer la pokémon fantasma.
—Si esa es tu voluntad, deja el regalo y vete —ordenó Arzeus, cansado de molestarse frecuentemente.
—Así haré, paciencia. ¡Pero, ay, tengo un gran problema! ¡Veo tantos rostros dignos, y sólo llevo un regalo conmigo! ¿A quién habré de dárselo?
—He dicho que dejes el regalo y te vayas. ¡No vengas a crear más discordias! —rugió el Dios de Dioses.
Misdris cerró la boca, pero sus ojos agrandaron.
—Muy bien.
Luego se abrió paso hasta la mesa, en donde se encontraban todos los comensales sin probar un solo bocado para no perderse detalle alguno de la escena.
Misdris llegó hasta donde se encontraba la atónita Miletic, la diosa marina, para luego decirle por lo bajo.
—El regalo no puedo dártelo a ti, puesto que a tu fiesta no fui invitada. Ya que quieren que las cosas sean así, no me queda más remedio que crearles la discordia y marcharme. ¡Idiotas! No se imaginan lo fácil que hubieran sido las cosas sólo con haberme invitado.
Y apareciendo mágicamente un objeto dorado de entre las sombras que su estela causaba, lo arrojó de la misma forma hacia el centro de la mesa.
—Ahí tienen. Una manzana, hecha totalmente de oro macizo. ¡Pero sólo es una! ¿Quién será la que la merezca?
Todos los dioses reunidos centraron su atención en la manzana que aparecía rodando frente a ellos, por en medio de los platos y las copas, para detenerse suavemente justo en el centro.
—¡Qué hermosa! —exclamó Merodita, la diosa de la belleza.
—¿Y quién será la dueña de esa manzana? —preguntó Cresshera.
—Eso no lo sé —contestó Misdris con tono ofendido—, puesto que ya no me importa nada de lo que suceda en esta estúpida fiesta. Arréglense ustedes. Hasta nunca.
Y uniendo la acción a la palabra con total convicción, se dirigió rápidamente hacia la salida para desaparecer nuevamente entre la estela crepuscular que cubría su cuerpo insistentemente. No salió precisamente, sino que se desvaneció en una mancha sin forma, hasta desaparecer en la nada.
Un suspiro recorrió la estancia.
—“Para la más bella” —leyó Hefagross cuando tuvo en su poder la manzana—. Esa, sin duda, debe ser Merodita.
—Torpe —le cortó en seco Cresshera, la reina de los Dioses—. Es a mí, a tu madre, a quien le corresponde ser la poseedora de esa manzana de exquisita belleza.
—No estoy de acuerdo —dijo Merodita—, puesto que la diosa de la hermosura soy yo, a mí me corresponde el regalo.
—¿Osas decir que eres aún más bella que yo? —preguntó con altanería la Cresselia.
—Se equivocan las dos —intervino la diosa Palas Gardevoir, de extrema inteligencia y galanura—, porque todos los presentes están seguros que el regalo es para mí.
—¡Han enloquecido! —volvió a exclamar Cresshera, cada vez más enardecida—. ¡Ahora dos estúpidas chiquillas se creen más hermosa que la reina del PokeOlimpo! Fealdad tienen en sus rostros, y en sus maneras descompuestas de comportarse, malvadas. ¡Y ahora denme esa manzana, adelante, Hefagross, dámela, que no cabe duda de que la más bella soy yo!
Pero el mismo dios Metagross dudaba de las palabras de su madre, e incluso un murmullo quedo de inconformidad recorrió la mesa. Miletis, incómoda, suspiró.
—¡Dámela! ¿Qué se supone que esperas?
—No se la dará, Cresshera, puesto que sabe que el regalo le corresponde a la más bella, y esa soy yo —insistió Merodita.
—¡Levántate! —rugió Cresshera con furia.
Merodita obedeció enseguida.
—¡Tú también, que dices ser más bella que yo, muéstrate!
Palas Gardevoir se sintió aludida y se incorporó de la misma forma.
—¿Una contienda quieren? ¡Una contienda tendrán! —exclamaba Cresshera—. ¡Vaya, quién lo viera! Adelante, multitud, y sean sinceros. ¿A quién le corresponde la manzana de oro? Hablen, hablen, digan mi nombre.
Pero nadie se atrevía a hablar en voz alta y sólo corrían murmullos de un lado a otro del salón.
—Cobardes, ¿eh?
—Sí, Cresshera —dijo Palas Gardevoir—. No se animarán a decirle en su cara que yo la supero en belleza.
La reina del PokeOlimpo, furibunda, se dirigió ahora hacia la sabia Roserade, que se hallaba acurrucada en su sitio.
—Tú, Themisrade, que eres la justicia encarnada, dinos, ¿quién es la más bella de las tres?
—La justicia no puede obrar sobre asuntos triviales, porque más injusto sería juzgar como la más bella a alguna de ustedes —respondió.
—Además, no puede ver —dijo el simpático Apolteon.
—Miren qué belleza —continuaba diciendo Merodita—. Miren solamente el brillo que despide, como invitándome a tomarla, sapiente de que soy la más bella de las tres.
Como Cresshera quería evitar la violencia física a toda costa, sobre todo por respeto al matrimonio en torno al cual se celebraba la reunión, optó por tomar las cosas de manera pacífica.
—Oigan, oigan, diosas… Escuchen. Dejemos de pelear y denme la manzana, por las buenas. Saben ambas, muy en el fondo, que no existe criatura en este mundo que se me iguale en belleza, ni siquiera un poco. Así que sean buenas y apártense, no me estorben, que esta manzana la quiero en mi colección de tesoros.
—¡Jamás! —exclamó Merodita.
—El asunto debe ser resuelto por un juez, por lo visto —mencionó Palas Gardevoir.
La opción propuesta por la diosa guerrera pareció satisfacer enormemente a Cresshera, quien se dirigió inmediatamente hacia su esposo para que le diera su opinión.
—A ver, Arzeus, tú que continuamente ejecutas actos de sabiduría, y que tan bien riges al mundo y al PokeOlimpo, dime, ¿quién es la más bella de las tres?
Arzeus abrió la boca, pero de pronto no pudo decir absolutamente nada.
—¿Por qué tengo que ser yo quien decida? Eso es injusto. Me provocaría disgustos con las otras dos a las que no elija.
Esa respuesta enfadó enormemente a su esposa.
—¡Torpe! —le gritó—. ¿Aún lo piensas delante de tu mujer? ¡Pues bien!
Y volviéndose hacia sus dos contrincantes, les dijo.
—Que sea un simple mortal el que decida.
Ambas estuvieron de acuerdo con esa resolución, puesto que en la cámara de los Dioses nada lograrían.
Las ansias fueron mayores que sus cortesías, de modo que las tres abandonaron el salón sin despedirse siquiera, y dejando turbada a la pareja de recién casados.
…
I Rapsodia.
Al sonido de la lira, teñida con destreza por un romántico músico de fuego, las risas y la algarabía inundaban el ambiente y el gran salón. Tras la enorme mesa, que se extendía gloriosamente a lo largo de la resplandeciente estancia, se aglomeraban en cantidad incierta gran número de personalidades divinas. El mantel rojo que adornaba la mesa caía con deliciosa suavidad por sus bordes, hasta casi alcanzar el suelo limpio, extenso, agradable a la vista. De las paredes colgaban infinidad de velas, una siempre detrás de la otra, cuyas danzantes flamas iluminaban el recinto sin problemas, y parecía que gozaban de los sonidos que arrancaba la lira.
Una copa dorada de vino se alzó con algo de brusquedad, pero sin derramar una sola gota de su contenido.
—¡Por la felicidad de los nuevos esposos! —clamó glorioso Apolteon, el dios de excelsa puntería, mientras sus ojos fulguraban con pasión.
Todos los comensales imitaron el gesto enseguida, repitiendo en tonos distintos las palabras que el dios Jolteon había proferido con singular alegría para su carácter sempiterno.
Luego habló su hermana.
—Por la bonanza de nuestra bien querida prima de los mares, a la que la dicha y la fortuna acompañen eternamente —luego miró fijamente a Miletis, como si quisiera que sus palabras se quedaran por siempre grabadas en la memoria del pokémon marino, y plasmó—. Prima mía, a la que considero casi hermana carnal de no ser porque tú vives en los mares y yo en el PokeOlimpo, me es grato concederte una recompensa por tu bien sabida castidad y por la grandiosa elección que has realizado por el glorioso rey Empoleo.
Los dioses Arzeus y Gyaradión desviaron la mirada al escuchar las últimas palabras de la diosa Leafeon. Ambos sabían que todo había sido una completa argucia, un matrimonio arreglado.
Miletis asintió despacio con la cabeza; el rey Empoleo posó su vista en las alturas.
—Tómalo como un obsequio nupcial —añadió Arteafeon.
Luego se levantó de su asiento con tremenda gala para parecer más imponente de lo que realmente era. La diosa de los bosques y protectora de las féminas no poseía importantes poderes, pero era dueña de todas las criaturas salvajes que habitaban sus vastas tierras, además de la fama que tenían sus hojas navajas, capaz de asestarlas en el corazón de un enemigo incluso a la lejanía de un monte con otro.
Arteafeon agitó su cabeza, y dijo sonriente:
—Te auguro numerosa descendencia, producto del glorioso rey Empoleo, de cuya casta saldrán los más aguerridos guerreros que Grecia haya conocido jamás, para ponerse a órdenes de su patria; los hijos de tus hijos también recibirán su honra por las victorias en los combates y serán recordados con infinita cantidad de epopeyas.
Durante el tiempo que la Leafeon hablaba, ni un solo ruido se hacía presente en el gran salón; por obviedad, el Infernape tañedor de la lira había guardado el absoluto silencio, respetando las palabras solemnes de los dioses. Cuando la diosa de los bosques callaba, sólo podía percibirse el ligero tronar de las llamas de las velas, y el ronco respirar del viejo Rey del PokeOlimpo, Arzeus.
Miletis escuchaba con serenidad; no era muy emotiva normalmente, pero en ocasiones la apresaban ataques súbitos de cólera o de llanto.
—Escucha muy bien mis palabras, que lo que te diré será importante, mi apreciada prima —agregó Arteafeon—. Tendrás un hijo shiny de entre tu numerosa prole; éste será especial porque en toda Grecia jamás se conocerá mayor guerrero que él, hábil con la lanza, la espada y las flechas, no habrá quién se le iguale en destreza y fuerza. Además, tendrá la gracia de ser, como su abuelo paterno, un fenomenal Gallade.
Miletis no sabía muy bien qué decir. Volteó brevemente a ver a su marido, pero el rey parecía algo molesto. Ella lo conocía bien, no había nada más que le enfadara que interrumpirle la comida con pláticas largas.
La gran Milotic fijó sus ojos primero en Arzeus, su padre; luego giró para ver a Arteafeon, y sólo le dijo:
—Prima Leafeon, la más bella y casta de todas las hembras, de altísima gracia, es un grandísimo honor para mí aceptar tus exquisitos obsequios con los que engalanas nuestro matrimonio, de los que Empoleo y yo estamos ampliamente agradecidos y con una extensa deuda que saldarte; no te defraudaremos, y haré de nuestro Gallade el guerrero más diestro de Grecia entera.
—No tienes por qué agradecer, ni deuda qué saldar, si todo esto lo hago por el cariño y la estima que te profeso, prima mía.
Y ya todos iban a volver a sus festejos, a gritar, a hacer algarabía y seguir bebiendo, cuando una sabia Roserade, en sitio privilegiado de la mesa, casi junto al dios Arceus, levantó una de sus manos en señal de desaprobación. Enseguida todos se callaron al ver el signo de la titánide, y ésta se incorporó brevemente.
Ella era ciega de nacimiento, pero irónicamente, era la más inquisitiva y observadora de cuanto dios existiera. Normalmente se le tomaba como la aguafiestas de las reuniones, a pesar de que sólo cumplía su trabajo con diligencia. En aquellos momentos, la balanza que llevaba siempre fundida en su flor izquierda se desequilibraba mágicamente.
Volvió su rostro ante la joven Arteafeon, con una mueca de desaprobación.
Ésta respiró hondo.
—Sin embargo, Miletis, no todo puede ser paradisíaco, y menos en la tierra de los hombres. Tu hijo shiny será mortal, y ha de segar su vida en la guerra.
La diosa marina alzó la cabeza repentinamente, con los ojos casi redondeados por la sorpresa, pero era demasiado tarde para revocar la maldición que le habían proferido contra su hijo.
La balanza de Themisrade se había alineado.
—Lo siento, prima. La justicia ha vuelto a intervenir en mis deseos.
Y ambas se sentaron. El rostro de Miletis se había ensombrecido, y algunos escucharon a su marido murmurar.
—¿Y qué esperabas?
Luego, volvió él a centrar su atención en el plato de comida que tenía enfrente, y a continuar bebiendo sin moderación como lo hacían varios de los presentes, feliz de regresar a su actividad cotidiana.
De pronto, las puertas de entrada se batieron, dejando traslucir repentinamente la luz exterior. Todo fue una gran sorpresa; el ruido hizo que a dos comensales se les cayeran las copas de vino de las manos, y la brusquedad fue tal, que las velas contiguas a la puerta se apagaron.
—¿Qué sucede? —preguntó una diosa Meroetta asustada.
El impacto fue grandísimo, todos los concurrentes giraron sus rostros para alcanzar a ver la presencia que entraba lentamente al recinto, con sombría figura.
Miletis, ahora sumamente nerviosa, no podía controlarse de manera alguna, y por el susto que le había causado las maderas al batirse, se encontraba tan alterada que incluso hizo el ademán de retirarse de pronto, de no ser porque su marido se lo evitó.
—Miletis, no causes escenas. Fueron sólo las puertas.
Ella, aunque era diosa, se mostraba sutil con el Rey, de modo que decidió calmarse.
Atravesaba lentamente por el gran salón una sombra que poco a poco iba tomando forma lógica. La estela de oscuridad que dejaba tras de sí no aparentaba dar signos de bondad.
Cuando hubo llegado a un extremo de la mesa, ante el asombro de los presentes, dejó ver su figura real.
—Qué encantador —comenzó a decir cierto pokémon fantasma, mientras volteaba a su alrededor—. Aunque a decir verdad, esperaba algo así.
La diosa Misdreavus agitó su cabellera y continuó recorriendo alrededor de la mesa, ante el espasmo de todos.
—¿Están tristes, todos ustedes? ¿Por qué esas caras? Vamos, que no he venido a buscar problemas, si eso es lo que piensan. Esto es una fiesta, ¿no? ¿Entonces por qué no celebran? ¿Acaso les estorba mi presencia? Vamos, Infernape mortal, deja oír tu lira.
Arzeus se levantó de pronto de su descomunal asiento. La ira la reflejaba en sus ojos con un brillo mortífero.
—¡Misdris! ¡Misdris, espectro del Averno! ¿Quién te ha invitado para que vengas de este modo a irrumpir nuestra fiesta? ¿Acaso has encontrado tu nombre en la lista de comensales?
—Ciertamente no, Arzeus, y me preguntaba por qué lo habrán omitido —dijo Misdris, con una sonrisa que pretendía ser amable—. Quise pensar que simplemente lo habrían olvidado por algún descuido, y por eso estoy aquí. Bueno, igual no quiero que la fiesta se detenga por mí, así que continúen. ¿Quieren presentarme al esposo de nuestra prima Miletis? Ah, ya veo que se trata del nobilísimo Rey Empoleo. ¡Cómo no me había enterado antes!
Algunos presentes estaban asustados con la presencia fatalista de la diosa Misdreavus, quien de sobra sabía que a propósito no la habían invitado. Esta vez fue turno de la ruda Cresshera.
—Misdris, haznos el favor de retirarte por donde has entrado, y no volver el rostro más, porque a las fiestas a las que no se le ha invitado, es deshonor presentarse para reclamarlo.
Misdris la miró de reojo.
—No me hablen así, por favor. Pareciera como si todos estuvieran molestos conmigo. ¿He venido acaso a insultar a alguien? ¿No desea la feliz pareja mis mejores deseos? Vamos, no sean hostiles y denme un sitio en esta mesa. No me importaría mucho, después de todo, si me escogen el último de los lugares.
—¡Sombra, criatura tartárea! Sabes bien lo molestos que estamos contigo —rugió Arzeus—. No vengas a fingir estupidez después de haber creado la discordia en las bodas pasadas. Ahora no te queremos aquí, así que lárgate ahora mismo.
Misdris dio un respingo por tan crudas palabras, pero no se dejó intimidar.
—Bueno, no venía por ti, Arzeus, venía por la pareja recién casada —dijo sonriendo—. Aunque de sobra sabía que eras tú el que había planeado todo esto. Tú eres el que me odias, e infundes odio a todos los dioses menores. ¡Y no quieres que ande creando problemas! Pues bien, tú te lo has buscado. Me largaré ahora mismo, que ya no deseo participar en esta reunión idiota; ni en ésta, ni en las siguientes. No me volverán a ver por aquí, así que me largaré nuevamente a la morada de la Noche. Después de todo, siempre me sentí rechazada entre ustedes.
Las palabras de la Misdreavus dejaron con la boca abierta a más de uno, que no esperaba semejante discurso. Pero era, en realidad, lo mismo de siempre: Misdris no dejaba de ser el centro de atención de las fiestas por los problemas que se creaban en torno a ella.
—Sin embargo —continuó Misdris—, me da pena ver una fiesta tan apagada. ¿Así es como celebran ustedes? Vaya montón de aburridos y charlatanes. Están a punto de causarme náuseas. Veamos. Me iré, pero no sin antes dejarles un pequeño regalo, un… recuerdo de que yo estuve aquí. Después de todo, no me volverán a ver en mucho tiempo. Y saben qué clase de regalos suelo dar, ¿no?
La diosa Merodita se levantó enseguida de su asiento, al oír que la Discordia iba a dejarles un regalo. A la Meroetta le brillaron los ojos. ¿Otro collar de diamantes, con incrustaciones de zafiros y cuentas de brillantes de diferentes tonalidades? ¿O, como la reunión pasada, en la que dio flechas de plata a Apolteon, y un espejo de oro a Cresshera? ¡Por todos los dioses! Los regalos que Misdris otorgaba siempre valían la pena.
De modo que todos guardaron silencio y se prepararon para saber qué pretendía hacer la pokémon fantasma.
—Si esa es tu voluntad, deja el regalo y vete —ordenó Arzeus, cansado de molestarse frecuentemente.
—Así haré, paciencia. ¡Pero, ay, tengo un gran problema! ¡Veo tantos rostros dignos, y sólo llevo un regalo conmigo! ¿A quién habré de dárselo?
—He dicho que dejes el regalo y te vayas. ¡No vengas a crear más discordias! —rugió el Dios de Dioses.
Misdris cerró la boca, pero sus ojos agrandaron.
—Muy bien.
Luego se abrió paso hasta la mesa, en donde se encontraban todos los comensales sin probar un solo bocado para no perderse detalle alguno de la escena.
Misdris llegó hasta donde se encontraba la atónita Miletic, la diosa marina, para luego decirle por lo bajo.
—El regalo no puedo dártelo a ti, puesto que a tu fiesta no fui invitada. Ya que quieren que las cosas sean así, no me queda más remedio que crearles la discordia y marcharme. ¡Idiotas! No se imaginan lo fácil que hubieran sido las cosas sólo con haberme invitado.
Y apareciendo mágicamente un objeto dorado de entre las sombras que su estela causaba, lo arrojó de la misma forma hacia el centro de la mesa.
—Ahí tienen. Una manzana, hecha totalmente de oro macizo. ¡Pero sólo es una! ¿Quién será la que la merezca?
Todos los dioses reunidos centraron su atención en la manzana que aparecía rodando frente a ellos, por en medio de los platos y las copas, para detenerse suavemente justo en el centro.
—¡Qué hermosa! —exclamó Merodita, la diosa de la belleza.
—¿Y quién será la dueña de esa manzana? —preguntó Cresshera.
—Eso no lo sé —contestó Misdris con tono ofendido—, puesto que ya no me importa nada de lo que suceda en esta estúpida fiesta. Arréglense ustedes. Hasta nunca.
Y uniendo la acción a la palabra con total convicción, se dirigió rápidamente hacia la salida para desaparecer nuevamente entre la estela crepuscular que cubría su cuerpo insistentemente. No salió precisamente, sino que se desvaneció en una mancha sin forma, hasta desaparecer en la nada.
Un suspiro recorrió la estancia.
—“Para la más bella” —leyó Hefagross cuando tuvo en su poder la manzana—. Esa, sin duda, debe ser Merodita.
—Torpe —le cortó en seco Cresshera, la reina de los Dioses—. Es a mí, a tu madre, a quien le corresponde ser la poseedora de esa manzana de exquisita belleza.
—No estoy de acuerdo —dijo Merodita—, puesto que la diosa de la hermosura soy yo, a mí me corresponde el regalo.
—¿Osas decir que eres aún más bella que yo? —preguntó con altanería la Cresselia.
—Se equivocan las dos —intervino la diosa Palas Gardevoir, de extrema inteligencia y galanura—, porque todos los presentes están seguros que el regalo es para mí.
—¡Han enloquecido! —volvió a exclamar Cresshera, cada vez más enardecida—. ¡Ahora dos estúpidas chiquillas se creen más hermosa que la reina del PokeOlimpo! Fealdad tienen en sus rostros, y en sus maneras descompuestas de comportarse, malvadas. ¡Y ahora denme esa manzana, adelante, Hefagross, dámela, que no cabe duda de que la más bella soy yo!
Pero el mismo dios Metagross dudaba de las palabras de su madre, e incluso un murmullo quedo de inconformidad recorrió la mesa. Miletis, incómoda, suspiró.
—¡Dámela! ¿Qué se supone que esperas?
—No se la dará, Cresshera, puesto que sabe que el regalo le corresponde a la más bella, y esa soy yo —insistió Merodita.
—¡Levántate! —rugió Cresshera con furia.
Merodita obedeció enseguida.
—¡Tú también, que dices ser más bella que yo, muéstrate!
Palas Gardevoir se sintió aludida y se incorporó de la misma forma.
—¿Una contienda quieren? ¡Una contienda tendrán! —exclamaba Cresshera—. ¡Vaya, quién lo viera! Adelante, multitud, y sean sinceros. ¿A quién le corresponde la manzana de oro? Hablen, hablen, digan mi nombre.
Pero nadie se atrevía a hablar en voz alta y sólo corrían murmullos de un lado a otro del salón.
—Cobardes, ¿eh?
—Sí, Cresshera —dijo Palas Gardevoir—. No se animarán a decirle en su cara que yo la supero en belleza.
La reina del PokeOlimpo, furibunda, se dirigió ahora hacia la sabia Roserade, que se hallaba acurrucada en su sitio.
—Tú, Themisrade, que eres la justicia encarnada, dinos, ¿quién es la más bella de las tres?
—La justicia no puede obrar sobre asuntos triviales, porque más injusto sería juzgar como la más bella a alguna de ustedes —respondió.
—Además, no puede ver —dijo el simpático Apolteon.
—Miren qué belleza —continuaba diciendo Merodita—. Miren solamente el brillo que despide, como invitándome a tomarla, sapiente de que soy la más bella de las tres.
Como Cresshera quería evitar la violencia física a toda costa, sobre todo por respeto al matrimonio en torno al cual se celebraba la reunión, optó por tomar las cosas de manera pacífica.
—Oigan, oigan, diosas… Escuchen. Dejemos de pelear y denme la manzana, por las buenas. Saben ambas, muy en el fondo, que no existe criatura en este mundo que se me iguale en belleza, ni siquiera un poco. Así que sean buenas y apártense, no me estorben, que esta manzana la quiero en mi colección de tesoros.
—¡Jamás! —exclamó Merodita.
—El asunto debe ser resuelto por un juez, por lo visto —mencionó Palas Gardevoir.
La opción propuesta por la diosa guerrera pareció satisfacer enormemente a Cresshera, quien se dirigió inmediatamente hacia su esposo para que le diera su opinión.
—A ver, Arzeus, tú que continuamente ejecutas actos de sabiduría, y que tan bien riges al mundo y al PokeOlimpo, dime, ¿quién es la más bella de las tres?
Arzeus abrió la boca, pero de pronto no pudo decir absolutamente nada.
—¿Por qué tengo que ser yo quien decida? Eso es injusto. Me provocaría disgustos con las otras dos a las que no elija.
Esa respuesta enfadó enormemente a su esposa.
—¡Torpe! —le gritó—. ¿Aún lo piensas delante de tu mujer? ¡Pues bien!
Y volviéndose hacia sus dos contrincantes, les dijo.
—Que sea un simple mortal el que decida.
Ambas estuvieron de acuerdo con esa resolución, puesto que en la cámara de los Dioses nada lograrían.
Las ansias fueron mayores que sus cortesías, de modo que las tres abandonaron el salón sin despedirse siquiera, y dejando turbada a la pareja de recién casados.
…
Aquí los pokémon:
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Arzeus (Arceus)
Cresshera (Cresselia).
Miletis (Milotic).
Empoleo (Empoleon).
Merodita (Meroetta).
Palas Gardevoir (Gardevoir).
Hefagross (Metagross).
Apolteon (Jolteon).
Misdris (Misdreavus).
Y creo que es todo xD
Cresshera (Cresselia).
Miletis (Milotic).
Empoleo (Empoleon).
Merodita (Meroetta).
Palas Gardevoir (Gardevoir).
Hefagross (Metagross).
Apolteon (Jolteon).
Misdris (Misdreavus).
Y creo que es todo xD
Ah, por cierto. ¡Dudas que tengan sobre la historia original, o si se perdieron en alguna parte, pues pregunten, aquí les respondo!
Saludos.



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Sólo tengo buenos recuerdos de ustedes y de este agradable lugar también.




Arzeus estuvo haciendo de las suyas con una Ninetales por allí…




